La muerte no existe   8 comments

«Con frecuencia decidís conscientemente enterrar un pensamiento o una idea que podría haceros cambiar de comportamiento, porque no parece encajar con ideas restrictivas que ya albergáis. Escuchad el flujo de pensamientos a medida que transcurren los días. ¿Qué sugerencias e ideas os dais a vosotros mismos? Recordad que se materializarán en vuestra experiencia personal.
» Muchas ideas restrictivas pasan sin escrutinio bajo la apariencia de bondad.» 
(Habla Seth III)

[Nota 1: un artículo anterior que sirve para quizá poder entender por qué se habla en este así, de esta forma “tan simple”: desprogramación de Matrix… acto final
Nota 2: este artículo, pese a lo “rudo” de la temática se intenta escribir con todo el amor del mundo (ese mundo que no debería obtener quizá tanta complacencia de nuestra parte, ya que él siempre nos quiere vender la idea de que la muerte es real, idea que pagamos caro y, obviamente, con nuestras supuestas “vidas” aquí)…, con todo el amor del mundo por lo que en verdad somos. El mero hecho de que algo se vea escrito puede causar efectos más “duros”, pero, luego, hablando, en acto, podría ser visto de una manera muy diferente]

La muerte no existe
De la dualidad, la reencarnación, el cuerpo, el infierno y la decisión

Es muy simple.

Ante la cuestión de la muerte y la desaparición de nuestros “egos” es todo muy sencillo. Tenemos una versión que quizá sea “la versión del sentido común”, y que quizá sea contemplado como algo de mal gusto el llegar a explicitarla. Quizá ocurre que aún nos da miedo afrontar esto, ya que ella incluiría, por lo bajinis, la pregunta de: ¿qué somos realmente? Supongo que no estaremos para perder el tiempo con tanta “tontería” (está todo “claro”, aunque no se suela exponer la premisa claramente, que es la siguiente en lo “esencial”: que “somos cuerpos, y ya está”).

Quizá esto se debe a que pensamos que tal cuestión en realidad “no importa”, y que “ya vale de tanta tontería”, que “qué pesados somos”, hablando de esto y estando como están “las cosas”, siendo tan difícil por ejemplo mismamente “sobrevivir”, luchar, etc. Así, «esta cuestión hay que darla definitivamente por zanjada»: tonterías.

Entonces, el siquiera plantear “algo diferente” de lo anterior —es decir: no son tonterías— quizá sea visto como algo de “arrogantes”, y/o algo demasiado inocente, algo ya pasado de moda, una pérdida de tiempo para gente aburrida, o bien algo que ya está solucionado “espiritualmente” por cada cual, y por cada cual “a su manera” —esta es la primera ley del caos: “la verdad es la de cada cual”.

En realidad, la cuestión de la muerte es muy “natural”, bien poco “arrogante”. Lo arrogante será más bien la batalla de egos que tenemos aquí montada, en la nada-polvo a la que “volvemos” según esa versión del “pensamiento único” sobre el tema, que nos dice que es ahí donde “volvemos irremediablemente”, a “la nada”.

Entonces, la “visión” corriente, la digamos infernal, de “este mundo”, la versión que digamos “apoya” solo este mundo (en definitiva: meramente de “cuerpos”), es una visión que parece que tenemos por defecto, siendo nuestra segunda piel.

Supongamos que tal versión nos dice eso, que somos cuerpos y ya. Pero empecemos a hablar entonces de “la huella” que “dejamos”; y siempre desde la tonalidad con la que digamos que pensaría la “versión usual”; insistamos: será de mal gusto hablar así…, pero ya dijimos que íbamos a explicitar cosas.

La huella es, si acaso, “cultural”, digamos que el “bien cultural” que alcanzamos con:

– nuestras composiciones adecuadas con la gente, las cosas…,

– o por ejemplo con nuestras buenas composiciones con las cosas del arte, la cultura…,

O bien, la huella puede ser algo que es lo supuestamente contrario (en el mundo de la dualidad0 tenemos “bien” y…: “mal”, que también deja huella):

– lo que descompongamos y nos descompongamos…, con todo ese “mal” que es algo también a ser registrado…, para la historia de este mundo de dualidad…, en esta historia o “individuación” de la nada, en esta individuación del vacío que llamamos mundo.

En fin, en medio de todo esto tenemos esa huella que a veces nos parece que deja poca marca —y quizá esto sucede por normalmente haber negado ilusoriamente el verdadero fondo de todo esto, del que intentaremos hablar luego:

– la huella dejada en el “vivir intensamente instantes felices”, ya sea con “el arte”, con “el amor” a gente especial (amigos, amantes, familia, etc.)…, con el “trabajo” bien hecho…

Debemos valorar, entonces, el instante “glorioso”. Pero…, hay una pega:

dicho instante, sí, vale, es “glorioso”, pero se le quiere sin fondo, se le quiere sin perfección, se le quiere sin nada. Esto supone una contradicción: no podemos negar que existe eso ante lo cual dejamos, ahora sí, realmente “una huella”, y que, como acabamos de decir, si tiene que ser “perfección”…, entonces debe ser “uno”, unidad…, debe estar unificado (perfección obliga); y esto no es otra cosa, no tiene otro nombre, en nuestra tradición…, que…, y sin remilgos…, …, tachán, tachán……, “Dios” —o como queráis: Diosa, Fuente, etc.

Debemos entonces valorar pues las pequeñas-grandes alegrías…, sí, pero en instantes que sí tienen “algo más”, que dejan entrar algo más, pues son precisamente la receptividad ante eso —que es lo único que verdaderamente “cura”.

Pero aclaremos todo esto de “la huella”: la relación aquí no es la de un “dejar huella” en algo, en “eso” innombrable (Dios) por ejemplo, sino la de abrirse a deshacer el aspecto-ego de toda relación de este mundo, abriéndose a la única realidad (la de la Fuente). Por tanto, más que “huella” se trata de la desaparición de toda huella, de cómo toda huella verdadera aquí es signo de la posibilidad de la desaparición de toda huella, de toda separación, aunque esta disolución-desaparición aquí nos parezca ir muy lento, o que cuesta mucho esfuerzo y mucho pensamiento de “grandes y arrogantes” activistas, pensadores, artistas, amantes, etc.

Y ahora, cuanto antes…, una aclaración: hablamos aquí de una forma aparentemente clásica (que si de “Dios”, etc.…), pero lo hacemos desde una comprensión que en realidad invierte radicalmente la mayoría de las “premisas” clásicas (llamadas “cristianas” o “católicas”, que atañen a una manera digamos contraproducente de pensar sobre el sacrificio, el castigo, etc.; el catolicismo es esencialmente política, y sirve para dar continuidad a temas tan viejos como el universo: la culpa, etc.).

Esta perspectiva que invierte radicalmente la “visión” católica usual es la del “Curso” (UCDM) recientemente hallado; éste es una especie de “joya” a la que hemos llegado gracias a Gary Renard. Sin el libro de Renard, aparentemente (y por cierto, también sin la técnica Ho’oponopono, que va de lo mismo en realidad), sin ello casi me hubiera sido imposible volver a conectar con este lenguaje, y ver cuán real y cuán “operativo” es el sentido que tienen en este sistema las siguientes palabras o “diferenciaciones” tan clásicas, y básicas, para nuestra tradición de pensamiento:
– Dios
– la diferencia entre lo llamado Jesús y lo llamado Cristo,
– el Espíritu Santo.

Volviendo atrás, muy atrás. Como hemos visto, por “otro lado” tendríamos nuestra muy seria y muy digna contribución al “bien colectivo”, el “bien” del conjunto de pro-cadáveres que nos rodean (perdón por la descripción, no debe sentirse como agresión: así nos ve el sentido común, es decir, así nos ve la versión cruda convencionalmente establecida de la “vida”, la ya expuesta arriba).

Así que, como ya decíamos, tenemos también “lo cultural” en sentido restringido, ya que a largo plazo tenemos a los “grandes hombres”, y ahora afortunadamente también a las grandes mujeres, quienes “pasarán a la historia” —y para mayor gloria del Hombre.

Y esto desde el lado que sea:

– bien sea desde el lado de “los malos”, los retrasados, los retrógrados…,

– o bien sea desde el lado de la gente muy “constructiva”, de los “constructores” de los supuestos “nuevos mundos” por venir y los micro-mundos ya aquí…, de nuevas condiciones para la alegría o la desdicha (pero en el mismo infierno “global”, y para gloria de este infierno de la batalla de los egos; pero bueno, «qué se le va a hacer» 🙂 ).

Y es que…, por muy posmoderno que se sea, seguimos amando cosas como el “reconocimiento”; el gran ego nunca puede abandonar eso; le cuesta mucho abandonar a su “sí mismo” —normalmente ni se lo puede plantear realmente.

Si, por cierto, ha quedado bien poca —ninguna— huella…, en “nuestros” registros…, en “nuestra civilización”…, si ha quedado poco en nosotros de “otras civilizaciones” —humanas y/o humanoides, terrícolas…, o del sistema solar…— que sí han existido y que estaban “mucho más avanzadas tecnológicamente” que nosotros…, entonces, no digamos ya la “poca huella” que, visto desde el mundo del ego (muerte-destrucción-miedo), queda de cada uno de “nosotros” (vistos, claro, como “cuerpos” aquí, en el infierno del universo de la separación).

Solo por el modo en que hemos presentado la cuestión ya vemos que nada en la “visión” invidente de un cierto “sentido común” sobre la muerte puede, en realidad, ser “cierto”; no hay nada en esta visión-que-no-ve–nada, en esa visión que “ve” y que recrea la nada; no hay nada más que caos y confusión.

Afortunadamente, a veces con solo presentar la versión usual de “la vida y la muerte”, en este mundo de dualidad, se siente que algo nos debe estar faltando…, pues nos vemos ahí metidos casi sin poder ni respirar…, y es quizá por esto por lo que ni hablamos de ello. Quizá ocurre que nuestra negación del fondo en tanto que “disuelve” (de eso que arriba ya nos hemos atrevido incluso a nombrar) no resiste al examen en crudo, pues no queremos ver la verdad, ya que brilla demasiado fuerte.

Aquello que sentimos con naturalidad que somos, es decir, la eternidad, el que somos eternos…, aquello es cierto, y es lo único verdadero aunque nos olvidemos…, aunque sea muy difícil concebirlo, estando como estamos programados para creer en el cuerpo, y solo en el cuerpo. Esto es lo que tradicionalmente se llamaba temor o miedo de Dios (y nosotros sin saberlo —yo al menos—…, y lo he podido ver así gracias al texto (UCDM) ya comentado); es decir, temor de nuestra única y verdadera realidad. Este miedo está en la base de todos los conflictos, en la base del sistema de pensamiento del miedo…, es decir, de “la separación”, de esa separación con infinitos matices aparentes que llamamos “universo”.

Cada cual, particularmente, y volviendo más atrás…, cada cual tendrá sus experiencias sobre este tema, o sus “idiosingracias”, pero, poniendo una sobre la mesa —y por si quizá nos sirve para quizá desatar el recuerdo de otras o de las “vuestras”…: “yo” mismamente, por ejemplo, un día muy “ingenuo”, aún casi adolescente, sentí que la muerte sencillamente era algo que no tenía sentido. Claro que no me lo dije así y que no se trataba de un mero “yo sentí”, sino que lo pasé “fatal”; fatal porque esto no lo racionalicé así como hago ahora; más bien tuve al final que decirme cosas como…: «vale, habrá “mucha gente” que “vivirá” después y que “vive”…». Esto, en realidad, según veo ahora, no es algo que consiguiera dejarme del todo convencido…, aunque sí que algo me tranquilizó, tanto como para poder seguir en el sistema del ego y con su sentido común —infernal.

Así que lo que sentí fue más bien ciertos arrebatos hiper-emotivos de rabia ante esa realidad que tenía implantada en “mí”, por defecto, ante ese chip que me había implantado a mí mismo “en la mente”…, y que llevamos todos implantado (ese “todos” se refiere a la “unidad” humana aparentemente desunida, en tanto unidad-desunida del gran ego, concretada en la infinita parcelación de “egos” humanos y no humanos).

Esta es la realidad de un “chip” que lo que a su vez consigue es otorgarle realidad a algo que no existe: la muerte.

Dentro del paquete con la muerte va la destrucción, el tiempo lineal y las sucesivas reencarnaciones1 en dicho tiempo, reencarnaciones —también ilusorias— que terminan en el despertar “final” para todos, pues somos una unidad; esa unidad “universal” fue muy esotéricamente denominada «Cristo», y no hay que identificarla en principio para nada con el rabino judío al parecer mal nombrado “Jesús”, aunque él en esa encarnación (“Jesús”) parece que fue la primera vez que aquí un “maestro”, un “sabio”, consiguió alcanzar dicha unidad; habría sido “el primero” —en nuestro tiempo lineal ilusorio— en alcanzar la iluminación y la consiguiente ruptura del ciclo de reencarnaciones en el infierno ilusorio llamado “Universo”.

Para entender por qué puede darse dicha iluminación tan “tarde” en la historia humana, solo hace 2000 años (y decir que podría ser “la primera”)…, para entender esto, es decir, para entender que pudo que hubiera otras iluminaciones “anteriores” dependientes de la que tuvo lugar hace 2000 años…, debemos comprender que una vez es alcanzada la unidad con “la unidad”, valga la redundancia, el tiempo lineal ya no tiene sentido, es un sueño, siempre lo fue…, y, además, se presta a ciertas manipulaciones. De hecho ya todos estamos “despiertos”, pues el tiempo lineal, como digo, no tiene sentido, solo lo tiene la eternidad; vivimos en la eternidad pero con el bozal dirigido solo hacia la cinta pregrabada del guión del gran ego que pasa una y otra vez las vidas de culpa en mil formas en este “múltiple” Universo de la forma.

“Pensaba” entonces, en esa anécdota de la que hablo, pensaba, es decir, me emocionaba para “mal”…, sobre cómo es que era posible que “yo”, que mi yo, tan patente como era él…, pensara e hiciera cosas tan maravillosas…, o lo intentara a veces con supuesto ahínco…, para, “al final” dar con todo ello y “conmigo” en el “polvo” —como vemos, quizá este “conmigo” quiere decir sencillamente “con mi cuerpo”.

Pero la historia está en que no somos cuerpo.

El cuerpo no existe2, siempre está muerto, o mejor, o más bien: es neutro, no está ni muerto ni vivo (es un medio dentro del sueño “utilizable” para nuestro despertar, o bien por contra un medio (robot) para ahogarnos más con el gran ego). En el nivel de nuestra práctica el cuerpo es por tanto neutral. En el nivel metafísico es más bien una proyección “muerta” de una mente “global” aterrorizada, una especie de robot programado por el gran ego del sistema del pensamiento del miedo.

El cuerpo es siempre pasado; él nos insta constantemente a que interpretemos todo desde y con el pasado…, con la muerte…, y por tanto, con el sistema del miedo. Él no es otra cosa que eso, por defecto, hasta que nos damos cuenta de que podemos, progresivamente, convertirlo en un medio para despertar —algo que en realidad, siempre, un poco, ya estamos haciendo en realidad, pues es algo que ya todo el mundo en cierta medida practica o intuye; de alguna manera, hay algo dentro nuestro que sabe que esos “instantes” de amor pretendidamente sin gloria no son “para nada”, no son para “solo el instante” y pueden extender un amor que no es ya solo nuestro; esos instantes son entonces potencialmente “destructores” del tiempo lineal, es decir, destructores del infierno, de la mentira del tiempo lineal y de este mundo (siendo, repitamos, no nosotros solos quienes estamos a cargo de ese desvanecimiento pacífico del infierno).

El cuerpo es una ilusión más dentro del universo de la ilusión, del infierno. Esto no quiere decir que debamos estar a malas con él…, ni que debamos dejar de cuidarlo…, ni que debamos tampoco empezar a ver con buenos ojos el suicidio o el retiro del “mundanal ruido”. Nada de eso. “Debemos”, si acaso, más bien utilizar el cuerpo, alegremente, para escaparnos del infierno3 que llamamos “universo”, y todo lo bien que podamos, con cuanta más alegría y cuanta más gente mejor; con cuanto más “Bien” mejor.

Es duro decirlo y aceptarlo (les da miedo a nuestros egos, pues para eso están); pero no es duro vivirlo, y será dichoso para todos poco a poco ir descubriendo esto viviendo progresivamente conscientes de ello, es decir, de la única realidad, la del espíritu, del amor perfecto. Esta realidad es aquello que en nuestra tradición se llamaba y se llama ‘Dios’, por mucho que lo deformen las instituciones durante siglos y siglos; es eso que solo puede ser unidad, uno…, pues es perfecto, amor perfecto —”amor perfecto” es el símbolo, en palabras, que más se aproximaría desde nuestro incapaz mundo, a su vez hecho con símbolos en forma de cuerpos [sic] y palabras.

En realidad, aunque parezca mentira, nunca hemos salido de ahí, del amor perfecto; y todo esto que vemos como tan patente, que vemos alrededor nuestro, es un mal sueño, es meramente un sueño proyectado desde otro nivel de la mente, más “unificado”, donde también nosotros realmente estamos; ese nivel “vive”, proyecta el engaño, proyecta los robots que llamamos cuerpos…, proyecta la negación de su verdadera realidad (siendo ésta el amor perfecto = Dios).

¿Es un sueño de qué, por tanto? Es un sueño de culpabilidad, de negación culpable de nuestra verdadera realidad, una negación que se ve proyectada, proyectando esa culpabilidad…, y haciéndola por tanto “inconsciente”, proyectándola en un —dicen— “armonioso”, “divino”, “inteligente”, “bello”, “equilibrado”…, sistema de “cuerpos” (incluyendo por ejemplo las “palabras”).

Y este tal “divino” universo infernal de miedo y destrucción, de separación y soledad por defecto…, este universo es, afortunadamente, del todo ilusorio.

“Dios”, el amor perfecto, no creó el universo y no tiene absolutamente nada que ver con él, como podemos observar si miramos con honestidad cómo es “realmente” este universo (nada que ver con “amor perfecto”). Tampoco obviamente el universo es fruto del azar y la necesidad tras una o varias “explosiones creadoras” sin sentido.

El universo es el sueño de una mente dividida que en realidad desea recordar su auténtica realidad —la verdad— y que busca despertar; y nosotros estamos a cargo del desvanecimiento de esta pesadilla; para ello nos basta con empezar a saber que podemos y tenemos que elegir4 la posibilidad de la verdad, sustituyendo así el sistema del ego-miedo por el del amor, en un proceso de perdón avanzado.

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Notas:

0. Dualidad.

Hoy, la “base” del mundo —un mundo que se asienta sobre o con el sistema del miedo— es una base aparentemente neutra; nos dice que “hay momentos malos y hay momentos buenos, y que dependen unos de otros”. Nos dice que nos conformemos con esto. Es decir, esta dualidad, este mundo de la dualidad, se nos presenta como un equilibrio entre alternativas dependientes, diciendo cosas que muestran claramente cómo está montado el universo (del ego): “el auténtico sabor de los buenos momentos surge en comparación con los malos”. Esto es la “viva” descripción del infierno3.

1. Reencarnación.

Todo el mundo, incluso los más ateos, acepta inconscientemente, como ya dado o como obvio, aquello que “poderes” como el catolicismo decidieron en torno a temas “importantes”; esto es lo que se fue usando para implantar un “nuevo mundo”. Una de las decisiones fundamentales fue la que involucra a la reencarnación: literalmente parece que se prohibió creer en tal cosa. En Europa sin embargo parece que se creía masivamente en ella también en los primeros siglos después de Jesús; y parece que tal creencia era “lo natural”.

Así, todo el mundo ha interiorizado el “invento de Dios” que el catolicismo (re)inventó muy bíblicamente hace muchísimo tiempo, y poco a poco (volviendo a dar cuerda al vengativo Dios judeo-cristiano, bíblico, y ello pese a la entrada en escena de gente como Jesús, que pusieron un pie fuera del infierno, cosa que solo se puede hacer en vida). Y todo el mundo, al haber hecho eso, al haber interiorizado:
– tal “Dios” que conlleva todo un mundo,
– mundo que por ejemplo ya no tiene en mente la reencarnación,
– o mundo donde cabe un “Dios que castiga”, vengativo…

Al aceptar todo esto, ya sea con:
– rechazo (un “ateo” por ejemplo, quien acepta “el concepto”, en parte quizá para así no molestarse más y poder rechazarlo, con lo cual…, lo fortalece también)…,
– o bien sea admitiendo el conjunto, como un “fiel” más (como un “católico”)…,
– o bien siendo indiferentes (“qué más da”…)…

Al aceptar esto, no se estaría valorando la configuración, los juegos de poder, que dieron lugar a tal concepto equivocado de “Dios”; aunque en realidad todo “concepto” del mismo está equivocado por definición, ya que de lo que aquí se trata es de una experiencia, de, digamos “la última experiencia”…, y que es, dijimos, una experiencia a realizar “en vida”, ya que lo que llamamos normalmente “vida” no es la vida real.

Nuestros cuerpos y todos los cuerpos del universo tienen su base en una operación, un proceso de encarnar el ciclo de pecado-culpa-miedo (pasado-presente-futuro); así, ellos son y somos la encarnación del tiempo lineal, encarnado en cuerpos o en “empaquetados” de resentimiento.

El tiempo lineal hiere ilusoriamente al Todo (= Dios = “amor perfecto” =…) en una especie de “inserción” de los cuerpos (ya siempre “muertos”, o ni muertos ni vivos, pues nunca viven “por sí mismos”), “condenando” de tal modo, e ilusoriamente, la eternidad (lo “incondenable”).

Los cuerpos abren ilusoriamente las heridas ilusorias de condenación que llevan a cabo la ilusoria “continuidad” de muerte entre pasado y futuro. Pasado y futuro son ambos condenados y cerrados por el presente de culpa. Esas heridas ilusorias ligan entonces aquellos dos tiempos-que-no-están (pasado y futuro: “pecado” y miedo-castigo) en un presente de culpa, un presente que condena así todo futuro haciendo que éste se cuele por ahí, por la ficticia herida que en realidad sutura nuestra “única realidad”, la falsa, la que está hecha de culpa, que es en su núcleo por completo culpable: la realidad monolítica de “nuestro universo”. Por contra, también —o solamente— vivimos de hecho en el eterno presente o en la verdad del Todo (amor perfecto), aunque parezca que no nos acordamos y todo “ahí fuera” esté para tal fin (que nos olvidemos). Vivimos el eterno “siempre” ahora de lo llamado “Dios”. Esas ficticias heridas en forma de cuerpos son pues meramente un símbolo “atemorizado” de la separación ilusoria con respecto al Todo —esa separación ilusoria dio lugar al universo.

Esa herida que a la vez sutura, sentida como “lo normal”, no pararía entonces de supurar resentimiento, conformando así nuestro “universo” de la culpa, nuestro mundo de ilusiones, preparando así siempre el “futuro” de muerte y gangrena…, condenado por un pasado que vuelve siempre a caer en la brecha de la culpa…, y siempre así, y vuelta a empezar.

Cada uno de nuestros cuerpos y de los cuerpos del Universo-ilusión es entonces una herida, un desgarro en la eternidad de Dios; pero son una herida ilusoria, no existen realmente: Dios no los ve, no los comprende, y en realidad no existen y no existimos: son la “supuesta materialización” de un sueño que solo se mantiene ahí por nuestra férrea creencia en él, en nuestro sueño (desde otro nivel de la mente, pues no existe nada “natural”).

Lo único realmente viviente es Dios; esa realidad, la única, no ve “el universo”; si lo viera, ya no sería lo que es, y tampoco estaríamos aquí; el colapso sería total pues aún dependemos de su perfección, aunque pensemos que no la recordamos y ella solamente se refleje en este mundo, un mundo irreconciliable con el de la perfección, el del amor perfecto, un mundo en realidad concebido como ilusorio ataque a Dios. Heredamos los poderes de la mente aunque en realidad no sepamos de qué va esto —tantísimo poder que este asunto al final resulta en una ilusión tan patente como “nuestro universo”.

Nuestros cuerpos son testigos ilusorios de una ilusoria condena que un día nos aplicamos a nosotros mismos creyendo en la realidad del pecado y la culpa, y por tanto del castigo.

2. El cuerpo no existe.

El cuerpo no existe porque el mundo no existe. Solo existe nuestra creencia en él, en el mundo (y, por lo tanto, en el cuerpo). En el universo nunca ha habido otra cosa que mente. Lo “natural”, la naturaleza, es una ilusión. Es difícil quizá tragarnos todo esto, pero estamos hablando de unos niveles de “la mente” a los que estamos enganchados aunque no nos lo parezca, y que tienen a su cargo la “creación” de este universo holográfico (como gigantesco decorado para la proyección de culpa negada, y sentida por una separación ilusoria).

3. Infierno.

Aquí todo son excusas o situaciones proyectadas por el “gran ego” que nos quiere dejar muy claro a nosotros —identificados con él, como estamos por defecto…—, muy claro, que no hay escapatoria del círculo de pecado-culpa-miedo (miedo al castigo…, y vuelta a empezar), y nos pone, nos ponemos, en bandeja situaciones de todo tipo, aparentemente más o menos “graves” o complejas (todas son para lo mismo), para con ellas justificar tal sistema de pensamiento: el del miedo, el de la identificación con el cuerpo o los cuerpos.

Todo el mundo ahí fuera es una llamada a la orgía caníbal del ego, obsesionado por la culpa y los cuerpos: «el factor motivante de este mundo no es la voluntad de vivir, sino el deseo de morir» (UCDM: T-27.I.6.3).

El deseo de morir es en realidad la culpabilidad inconsciente concretada en nuestros cuerpos, que desean siempre olvidarse “reencarnando” —en ciclos aparentemente eternos (pero ilusorios) de reencarnación—, en otras “vidas”, para con ello olvidarse de nuestra verdadera naturaleza, de nuestro verdadero Ser…, en este sueño de mundo cuya única motivación es la muerte y la tortura del culpabilizar a lo que vemos “ahí fuera” (ahí fuera no hay nada).

Así está configurado el Universo como proyección de la mente global (un pedazo, la parte del ego en la mente dividida); esta mente está hiper-fragmentada para hacer aparentemente más difícil salir de aquí. Pero podemos literalmente salvarnos del infierno y romper el ciclo de reencarnación haciéndonos conscientes, en un proceso de dicha, nosotros mismos a nosotros mismos (no necesitamos Padres en la Tierra, solo necesitamos perdonar toda percepción)…, conscientes de nuestra verdadera realidad inmortal; se trata de un cierto “deshacer”, poco a poco, constantemente, esa locura que llamamos “realidad” y que “materializa” el sistema de pensamiento del ego-miedo; bien visto, parece increíble que nos mantegamos como si no pasara nada aquí, “viviendo” en esta realidad falsa…, pensando aquí que la muerte es real, que los cuerpos tienen poder de enfermar por motivos “materiales”…, y que un día nuestra consciencia desaparecerá.

Esto es un complejo sueño de individualidad materializado en infinitos cuerpos para mayor gloria del ego ilusorio y su sistema de pensamiento asesino, que es de donde todos aparentemente venimos en exclusiva. Pero no, nosotros somos lo otro, somos espíritu, aunque no sea fácil recordarlo con una cada vez mayor “plenitud”.

4. Decido, luego existo.

Existo realmente en la medida en que me hago diestro en el proceso de dejarme acompañar por el “enemigo” del ego en mí, que es lo único que apunta a algo real, a la verdad; todo lo demás es falso; tal compañía es lo que nuestra tradición llama “Espíritu Santo” (sin entenderlo en su amplitud, por supuesto, ya que el cristianismo y el catolicismo, Pablo, etc., sirvieron en parte desde el principio para malentender las palabras del rabino judío mal denominado “Jesús”…, pese a lo poco que sí que se conservó).

Existo realmente, entonces, en la medida en que reconozco que soy un tomador de decisiones y que recuerdo la “enorme” decisión que inconscientemente siempre por defecto ya he tomado, y que es la “definitoria” de toda vida, por defecto: una “en favor del ego”, de ese gran ego, con su sistema de pensamiento basado en el miedo, que fundamenta todo conflicto, ataque, ira…

Y solo tengo dos opciones: o seguir en la elección del ego, del miedo, o bien elegir mirar de frente (sin mucho “análisis”) cada vez más profundamente tal elección, para así poder elegir su contrario, la del amor; no hay nada más “en este mundo”.

Se trata de la necesidad de darse cuenta y de mirar de frente la decisión que sustenta o sostiene nuestra forma actual de mirar, de percibir, por entero, que es el ego (en otro nivel de la mente más unificado, aunque igualmente ilusorio).

Esto nos animaría y nos permitiría elegir lo contrario del ego, y ello cada vez mejor y en un nivel más profundo.

Y fijémonos qué fácil es todo (de UCDM T.14.IV.5): «tu única función es decidir en contra de decidir qué es lo que quieres, reconociendo que no lo sabes.» Justo antes dice: «antes de tomar cualquier decisión por tu cuenta, recuerda que ya has decidido ir en contra de tu función en el Cielo, y luego reflexiona detenidamente acerca de si quieres tomar decisiones aquí».

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Publicado 11 julio, 2011 por qadistu en amor, ego, verdad

8 Respuestas a “La muerte no existe

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  1. Sobre el “ataque”, miedo, juzgar, realidad…, es decir, acerca del tema general de UCDM, que empezamos a usar un poco para todo por aquí…, escribo este comentario en este foro:

    « Si percibes ataque (si los demás por ejemplo “te hartan”)…, en “los demás”…, si percibes eso, entonces te conviertes en eso, te conviertes en “ataque” (como creo que podemos comprobar “leyendo” el sentir, el malestar, en lo que pusiste).

    Pero tú puedes elegir qué quieres ser (ante cualquier posibilidad de “percibir” que el mundo te plante delante). Esto puede parecer una tontería, pues parece que casi siempre lo que creemos por defecto es que es el mundo “exterior” quien nos hace como somos, que somos resultado del mundo y de las confluencias exteriores entre los cuerpos (químicas, etc.). Pero en realidad el mundo sería más bien proyección, es proyectado (desde un nivel de la mente que no queremos ver pero que es lo que está detrás de que realmente funcionen un poco todos esos cuentos del “ego”, esos de “la ley de la atracción”…, “el secreto”…, etc.).

    Y por muy justificado que veamos que son “los demás” los malos, son lo que sea…, todo eso…, si lo “vemos”…, es por algo: porque en realidad todos somos “uno”, es decir, estamos todo el rato proyectando la culpa de esas cosas que hemos sido o seremos (en otras reencarnaciones), en “parte”, si quieres, o “totalmente” (quizá para mantener nuestra cara de inocencia, y así no tener que mirar “culpas” todavía más profundas).

    En realidad el problema es aquí para mí el de, en un momento dado, atreverse a hacer una diferencia “final”: dejar de identificarnos con “lo de fuera” (¿y si nunca hubiera habido nada afuera?); dejar de decir, por ejemplo, eso que acabo de decir: “las cosas que hemos sido o seremos”.

    Todos nacemos con un ego a desplegar…, y además dentro de esa sociedad que empiezas a describir…; así que, “lógicamente”, reproducimos “el mal” y todo lo que sea en este mundo de dualidad, bien-mal…; pero ese mal en realidad no existe; “es” falta de bien, falta de amor; así que podemos ir saliendo de la dualidad, por fin…, de lo falso, en este sentido tan simple (y comparando el amor con las manzanas…):

    ¿existe una “falta de” manzanas?
    No, existen las manzanas, y punto; luego no existe verdaderamente “lo negativo”, una “falta de”.
    Así que depende de nosotros el otorgar o no, ilusoriamente, realidad a lo que en realidad es falta de amor expresada en una petición (en cualquier ataque).

    La única salida de esto, es, pues, aprender a no juzgar —qué difícil—, liberarse de “ser” uno mismo “ataque” cuando juzga.

    Ante un ataque percibido —y como ves, en este sentido general de “ataque”— puedes elegir una especie de nueva perspectiva:

    ver que en realidad lo que se está expresando en eso que te ataca es una falta de amor, algo que queda por perdonar, por querer…, etc., y sea cual sea la forma de ataque.

    Y como es una “falta”, no es nada real. Solo el amor sería real.

    Así que en el mundo solo habría peticiones de amor (y ofrecimientos de tal cosa), no importando nada más, ya que este universo “holográfico” en realidad podría no ser más que un sueño —yo eso creo desde que me encontré con esto.

    Si seguimos otorgando realidad sin parar a lo que “los demás” cometen, seguimos recreando este sueño basado en el miedo y en la culpa…, y más culpa.
    »

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