Toda persona de la izquierda radical es “crística”   2 comments

«Debéis estar convencidos de que podéis alterar vuestras creencias, y debéis estar dispuestos a intentarlo. Tened en cuenta que una idea limitadora es como un color sucio, y que vuestra vida es un cuadro multidimensional echado a perder. Debéis cambiar la idea como un artista cambiaría su paleta de colores.» (Habla Seth III)

Toda persona de la izquierda radical es “crística”
Algo sobre cárceles, culpa, justicia, tiempo…

Toda persona —es decir, toda “máscara” más o menos elegida— de la izquierda radical (digamos: anarquismo, etc.) es “crística” (es, o éramos, o seremos, o somos…, a elegir en vuestro caso). Lo sería en el sentido de ese rechazo fundamental que se siente por ejemplo contra la figura de la cárcel.

Después, en cuanto se empieza a “envejecer” (a veces sucede muy prontito), uno se convierte por ejemplo en “ciudadano”, y, obviamente, transige: hay que ser “justos” castigando a “los culpables”…, hay que hacer componendas. Aunque en realidad a grandes rasgos también el ala radical-izquierda nutre una intensa búsqueda de “culpables”.

¿”Crístico”? ¿Qué significaría esto? Digamos para empezar: que todos creemos, desde “nuestro interior”, y por escondido que esto esté…, creemos o más bien sabemos que todo el mundo en realidad es “perfecto y libre de toda culpa”, lo cual es la definición de…, tachán tachán…: “santo”. Es decir, que como dentro de cada uno todos somos “crísticos”, entonces conocemos la “santidad” real de toda persona (lo cual en realidad es su única realidad). Y tal cosa, la santidad, nada tiene que ver en principio con pasar gurruminas asustando cabras en taparrabos por algún despoblado o con ir por ahí ayunando y moralizando al personal.

Así que en un nivel “bajo”, o básico, parece que al final todo se basaría en terminar protegiendo, con la excusa que sea, el “sagrado” proceso de la proyección de la culpa: los “malos” son los demás…, están fuera de nosotros…, son los capitalistas, banqueros, rentistas, empresarios, o bien lo son “los que no piensan”…, o bien los malos son los “rojos”, los pobres y los vagos que no quieren trabajar…, inmigrantes, perroflautas, etc., etc. Ese nivel básico en realidad no parece que nunca deje de “fundamentar” el resto de “búsquedas”, digamos más avanzadas, o digamos “intelectualizadas”…, no dejaría de teñir, de ser una tonalidad de fondo, una tonalidad de venganza cósmica…, para prácticamente todo movimiento “de lo humano”, por defecto (los matices “crísticos” vendrían a alterar esto en su raíz).

El esquema social usual de la “justicia” es más viejo que la Biblia. Este esquema es, bien pensado, en realidad inaceptable para cualquier persona sensata, o, particularizando, para cualquier persona sensata de la vieja ala más “a la izquierda radical”… En realidad y por definición digamos que todo el mundo es “crístico” (aunque quizá parezca —y solo parezca— que es más difícil reconocerlo en según qué casos).

Este simple esquema básico de la justicia se repite en cada reo actual, encarcelado, castigado…, y se repitió paradigmáticamente bajo la forma usual en que se entendió la crucifixión de Jesús, esa increíble tontería —con perdón— que inventamos, con la que se entendió que…: «de acuerdo, el tal Jesús…, era en general inocente…, pero eso da igual; el truco está en que de todas maneras con su sufrimiento él logró borrar —expiar— los “pecados” de la gente».

Ahí tenemos pues, las prisiones, llenas de borradores.

Este esquema que tenemos incorporado nos dice que los que cometen las faltas (“pecado”) se merecen un castigo que logrará mágicamente expiar la culpa mediante el sufrimiento del reo; da igual cómo, pero éste tiene que sufrir.

Esto es magia, la de siempre. Ahí está, delante nuestro y en nuestros cuerpos viviendo. Todo el mundo vivimos y damos vida si queréis por omisión a lo más “rancio” que nos podamos imaginar de eso que viene incluido en el saco del “concepto de pecado”. Todo este “sistema social” es profundamente “católico”; es decir, ambas cosas, sociedad y catolicismo, comparten lo esencial, rasgos esenciales (en lo que atañe a la culpabilidad, por ejemplo).

Y una auténtica “religión” cristiana —que nunca puede existir pues no puede ser más que una institución interior (interior de cada cual, en un proceso de perdón avanzado que, por cierto, consiste en, poco a poco, ir diluyendo, desvaneciendo, disolviendo, literalmente, el Universo)—, pero una auténtica “religión” cristiana, digo, “prohibiría” esos trucos de magia; de hecho aunque en realidad no “prohíbe” nada, ya que es algo interior, hablemos de este modo: «prohibiría amorosamente nuestro mundo», por entero (ese fue el mensaje, tan malentendido, de Jesús), ya que éste, el mundo, está en realidad equivocado de raíz —por duro que sea decirlo, pero se trata de una obviedad, pues todo el mundo en realidad rechaza por ejemplo la institución carcelaria.

Pero, como tenemos que crecer (envejecemos, es decir, caemos profundamente en las telarañas del sistema del ego-miedo), entonces tenemos que ir disimulando el hecho de que vivimos aquí, y el de que damos vida “con toda el alma”, desde muy dentro de nosotros (con nuestra profunda “culpabilidad”), damos vida a este “infierno” —con perdón— que llamamos sociedad: con sus ciudadanos, sus radicales, sus granujas…, todo da igual en el fondo.

Así pues, se va diluyendo nuestra a veces querida “radicalidad” esencial (si es que nos dio alguna vez por ser algo izquierdistas, del ala más “emancipatoria”), y obviamente al final tenemos que prescindir del ideal, tan amado a veces, de la inocencia; hay que dedicarse a cosas serias.

La gente se hace ciudadanista…, republicana…, etc., y/o se apega mucho al estudio de “la economía”, o crea un fuerte apego a echarle las culpas a quien sea “ahí fuera”…, o se apega a ser postmarxista…, o se apega a estar cuanto más “a la moda” mejor…, formando así mil y un tipos de grupos…, publicando mil y un escritos sobre “cómo está el mundo” de desapegado a nuestro apego (que juzgamos mejor que el apego de los demás…)…, ya que…, es que “hay que ver”…, cómo está esto…, que la gente no ve que “¡es la economía, imbécil!”…, etc. etc.

Al final, ya decimos, viene a ser todo un poco lo mismo: el mundo del ego se las organiza para no tocar el núcleo duro de cada cual, interno, respecto a la culpa, y se inventa mil trucos para que proyectemos por ahí dicha culpa; así que en realidad es todo muy simple: el sistema del ego tiene “infinitos” enredos ya planeados para complicarlo todo…, para poner nubarrones ante el simple fundamento de todo este sistema del miedo, de nuestros cuerpos…, que sería la siguiente tríada:

– la “falta” (o: “pecado”),
– la culpa y
– el castigo.

Es decir, el problema del tiempo lineal:

– un pasado de pecado inventado ilusoriamente (sobre él la mente-ego montó esta ilusión que en general es nuestro mundo-universo);
– un presente de culpa inundado de un miedo al castigo…:
– castigo que vendrá —seguro— en el futuro.

Y así, de este modo, condenamos ilusoriamente la eternidad en un tiempo lineal artificialmente fabricado por la mente-ego.

Y la viva imagen, la institucionalización o materialización de la esencia de nuestro Universo, y —concretando un poco más— de nuestro mundo es…: una cárcel (igual que cada cuerpo es una cárcel que materializa —ilusoriamente— la creencia en la separación).

Así que vivimos en y damos vida a un guión preestablecido. En realidad todo está escrito; no hay nada nuevo bajo el Sol en este mundo de ilusión (un universo que es un auténtico disparate).

Pero de todas maneras —y debido a todo esto— os deseo y nos deseo la mayor felicidad en “el papel”…, y que, si nos apetece…, nos podamos abrir a reinterpretar todo esto desde el amor, abriéndonos a, paradójicamente, no ver “culpa” ahí fuera, nunca: en jueces, reos, políticos, antipolíticos, amigos, enemigos, familia, etc. etc.; esta parece ser la única forma, ¡la única!, de escaparse del infierno, desvaneciendo el guión de este mundo-sueño del ego, deshaciendo el tiempo.

Solo hay dos posibilidades a elegir: inocencia o culpabilidad. Elige eso interiormente y eso es lo que verás.

Son dos mundos que no tienen nada que ver el uno con el otro, aunque esto nos parezca mentira.

La felicidad real solo se puede dar si interiormente elegimos la inocencia. Pero primero tenemos que ser conscientes de si queremos o no elegir decidirnos entre una de las dos; es decir, tenemos que poder situarnos en el plano donde se ve claramente que ambos mundos son incompatibles, y que solo hay esas dos opciones a elegir (donde por defecto siempre la segunda “habla primero”): o amor-inocencia, o miedo-culpa.

No es baladí el “trabajo” de ponerse en el plano donde solo existe tal decisión.

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Publicado 16 julio, 2011 por qadistu en amor, discernimiento, ego, verdad

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