Esa elemental incomunicación que conforma este universo: las imágenes   Leave a comment

«Bien, vosotros usáis los átomos y las moléculas de un modo extraño: transponéis en ellos vuestras ideas, los percibís de cierta manera. No os estoy culpando. Yo lo he hecho también en mi tiempo, y hay una buena razón para ello. Pero el hecho es que la materia física sólo es sólida cuando se cree que lo es, y que esa organización se transpone desde dentro sobre lo de afuera. No se transpone desde fuera sobre vosotros. Vosotros conformáis la realidad que conocéis, y, a pesar de que la mesa mantiene vuestros brazos y os podéis apoyar en ella y escribir, insisto en que la mesa no es sólida.» (Habla Seth II)

Encontrar este material del Curso ha supuesto una especie de aclaración de todo. Por ejemplo, podemos contextualizar de forma unificada todo lo que vamos a ir encontrando o fuimos encontrando en “filosofía”, en tanto discurso del ego y para el ego (ya que la filosofía hoy siempre tiene un cimiento de “querer tener el control”, por ejemplo, “arreglando el mundo”). Pero también ocurre, en ese lugar llamado ‘filosofía’, que contiene discursos que, sin embargo, hablan, sobre escapar del ego, casi tan claramente como se hace en el Curso de milagros; es decir, que hablan de otra forma radicalmente diferente de mirar el mundo: con tu maestro interior, o de “leer” el mundo desde “otro lugar”: el único lugar real (ya que nosotros no somos de este mundo).

Como anti-filósofos podríamos archivar a gente como Simone Weil, Søren Kierkegaard…, los cuales solo hemos hojeado. Alain Badiou, a estos autores que son, digamos, “más espirituales”, en general los llamaba: “anti-filósofos” —y ahora entendemos perfectamente por qué; y aquello de “más espirituales” también nos ha quedado “fundamentado”, no es una afirmación en absoluto vana, pues tiene una cierta relación con un saber —que queda reflejado—, un saber que, en realidad, “nosotros” no “controlamos” casi nada, porque, entre otras cosas, todo este jaleo de universo es nuestro propio sueño.

Esta unificación, muy clara, del campo donde creemos que pensamos, los humanos, y de la “situación humana” en general, nos viene dada sencillamente por todo lo que llevamos hablado por aquí, de lo que tenemos una muestra por ejemplo en el reciente «Escapar del programa del ego II: quiénes somos, de dónde venimos y a dónde vamos».

Antes de encontrar dicha unificación, había pensado alguna vez sobre una serie de cosas que me eran cuando menos chocantes, y que parecían fundamentales. Ellas habían ido despuntando en la vida como “momentos aislados”, desgranándose como momentos que —ahora veo, retrospectivamente— pueden consistir en una sola “enseñanza” (que en realidad todo el mundo tenemos, nos viene a todos en casi cualquier cosa como “de dentro”, y simplemente llega un día en que se reconoce como tal):

la enseñanza de que algunos “vislumbres” no venían de mí, lógicamente; y no solo eso, sino que, como vamos aprendiendo: ese “mí”, ese “yo”, ese “ego”…, ni siquiera existe (tal y como en realidad tampoco existe vuestro correspondiente yo: vuestra/nuestra “sagrada” personalidad).

Así pues, digamos que esas cosas —iluso de mí— me habían extrañado.

Una de ellas trataría de la caótica y esencialmente belicosa dinámica de cualquier encuentro entre dos o más personas. Y esto tendría que ver, como veremos, con una especie de autismo elemental, que sería en parte “la verdad sobre nuestro universo” (y pido disculpas por usar esta palabra —’autismo’—; disculpas a los familiares de enfermos y a los enfermos de tal enfermedad).

¿Y esto por qué?

Porque en general no solemos hablar sobre qué es lo que realmente ha percibido o sentido el otro, sobre qué es lo que la mente del otro ha captado en un encuentro cualquiera; sobre las imágenes —en sentido muy amplio— que conservará “el otro”. Y es que ni siquiera teníamos claro aquello de “la mente”, en tanto que es algo perfectamente separable de cosas como el cerebro, el cuerpo —pues nuestro fondo infernal de “pensamiento” en general parece uno donde básicamente estamos identificados, digamos que “inconscientemente”, por defecto, con los cuerpos.

Así pues, tales imágenes nos las guardamos “para nosotros”; nos guardamos ese “tesoro” podrido que va conformando nuestro ego en la correspondiente diferenciación infinita y caótica con respecto a todo, a “los demás” y a “lo demás”.

Y esto parece tener que ver —de una manera muy fundamental también— con otro problema fundamental: que somos nosotros los que venimos aquí, al universo, a simular que nos “auto-creamos” (por ejemplo con el espíritu de “querer cambiar el mundo”); y ello tan paradójicamente como que, a la vez, también ocurre que es el universo quien creemos que está en gran medida a cargo, “ahí fuera”, del devenir de los cuerpos. Sin embargo no es así: también es la mente, en otro nivel.

Así pues, venimos a proporcionarnos una especie de “engaño de vivencia”, cuando nos parece que, en gran parte, somos porque somos nuestros propios “creadores”, es decir, que, si somos, es, porque nos “auto-creamos”; y, además, tal cosa la haríamos siempre como… “de nuevas”.

Ya tenemos pues dos ingredientes fundamentales para construir el infierno en el que vivimos por defecto (infierno al que le es consustancial esa apariencia de grados: unas veces “más”, otras “menos”; unas personas aparentemente “más” y otras “menos”…).

Así que venimos al universo, entonces, en tanto que “inocentes”, y debido en parte a ese “venir como de nuevas”. Pero tal universo es, o se compone en realidad de solamente tales actos de “disimule”…, en esa selección esencialmente “autista”, en nuestra selección de percepciones o que conforma eso que llamamos “la percepción”, que va acumulando nuestro “tesoro” personalizado de exquisitas diferencias podridas (personalidad…). Así pues, en general, esto sería así porque así es en realidad el universo, y por entero, teniendo en cuenta que es “mental”. Así que la percepción (y el universo) es evaluación, por definición, y aquí venimos a recrear esto en tanto que “legisladores de grados”, reyes de un mísero reino de diferencias inexistentes, en tanto que egos “evaluadores universales”, y, por tanto, esencialmente “autistas”: a recrear un cierto “autismo esencial”, que es nuestro elemento, ya que sería además, y para colmo, aquello que este universo esencialmente es, en tanto que mente dividida: ego (el falso ser).

Así que esta característica sería básica dentro de las características del programa del ego, ese programa que aquí por defecto venimos a cumplir; ese del que en parte parecemos sentirnos tan “contentos” —e inercialmente contentos— de poder venir aquí a cumplir, y que además sentiríamos a menudo que es algo así como… “nuestro deber” (¡oh!: “tener personalidad”).

Y todo ello se da para satisfacer también la necesidad de “la cara de inocencia”, de esa tan fundamental carita que debemos poner en general ante todo:
— «eh, que no…, que son casi siempre los demás los causantes del problema, los culpables…»;
— o bien: «que no, que es que es “el mundo” el que me hace esto, el que es así, o asá»…

Las mentes parecieran irse configurando, entonces, así de infernalmente, de forma “autista” por defecto, siempre; y de esto ya hemos hablado: es el mero despliegue del programa-ego, que ya ha sido admitido en otro nivel de lo mental. Las mentes, entonces, parecen ir configurando una especie de infernal “a solas”, un “ser esencialmente a solas”, en una ficticia e infernal soledad e incomunicación, en un contexto donde, en general, el miedo al interior, a la realidad de la mente, es, quizá, palpable, se puede mascar en el ambiente, siempre (ya que, como sabemos, esencialmente estamos divididos entre: “amor perfecto”* y ego).

Sobre ello, el ejemplo de la educación es quizá uno de los paradigmáticos, y entre otras cosas porque ahí hemos podido pasar muchas horas. Pese a los momentos de “transmisión de amor” que los profesores hayan podido alcanzar, aparte de toda formalidad o transmisión de formas (curriculum), pese a ese “contenido de amor” felizmente “transmitido” y que sabemos que es “lo importante”…, pese a ello, las relaciones entre alumnos y profesor, por ejemplo, serían esencialmente “belicosas”, en el sentido al que nos estamos refiriendo aquí. Como todas casi siempre.

¿Belicosas? ¿Son simplemente una parte más de la hipocresía, “institucionalizada” por todos lados, que existiría en todos los ámbitos en un universo de dualidad? Eso parece.

Es chocante (más bien es infernal) que todo en la vida, todas las imágenes que nos hemos hecho de las cosas, las personas, dependan al final y básicamente solo de nuestras reacciones ante ellas; y de nada más. No contamos ni podemos contar, por norma, con las reacciones-sensaciones de los demás, pues quizá tales reacciones —tan rápidamente asimiladas, ejecutadas— lo que nos sirven es, de entrada, para esconder su causa mental y para escondérnosla a nosotros mismos; es decir: para que casi no nos preguntemos sobre —o no ahondemos nada en— la causa (con los textos o prácticas del Curso no-dualista del que hablamos por aquí, más o menos vemos que se consigue aprender (o más bien: nos dejamos enseñar por la realidad “de verdad”) a pensar un poco sobre todo esto, y de forma muy práctica).

Así pues, sería como si no pudiéramos creernos, por definición, que las mentes pueden estar mucho más conectadas de lo que pensamos, como si no tuviéramos fe en que las mentes pudieran realmente ser “lo importante” en los encuentros, y que podrían hacer mucho —o hacerlo todo— por conectarse; en realidad pueden hacer mucho porque no lo hacen ellas solas (pues ya están de hecho conectadas), ya que nunca estuvimos “solos”, ni estamos ni estaremos solos, y dicho trabajo no es “nuestro trabajo”, sino que es del “amor perfecto”, que, si se lo permitimos, funcionaría de maravilla, al parecer —cuando le dejamos (su tiempo es el presente, porque su “no-lugar” es la eternidad, único lugar donde se puede hablar realmente de felicidad).

Si tuviéramos, entonces, esa especie de “norma”, con esa especie de “deber”, el de un cierto “tener que contar” o que contarnos, narrarnos entre nosotros, más, o mejor, las mentes, entre sí…, todas sus reacciones, sus sentires, etc.…, entonces, quizá, por ejemplo nos sería más fácil ver que cualquier persona, en realidad, y tras la máscara de por ejemplo “seriedad”, de “dureza”, etc.…, cualquier persona…, siempre, en realidad, lo que está “pidiendo” es amor (o expresando amor) —por supuesto, como siempre, por tanto, en todo “ataque” que de primeras podríamos sentir que es lo que encontramos “ahí fuera” tan a menudo.

Claro que —diríamos, nos excusaríamos…:

— «es que……, no podemos “sentirnos como el otro» (por ejemplo como “el profesor”).

Pero bien: es que ni siquiera hablamos de forma natural de esto en el universo del ego; así pues: ¿esto es, pues, cierta “hipocresía” institucionalizada, y parte esencial del sacrosanto “inconsciente colectivo”?

Toda relación parece albergar, entonces, este matiz de hipocresía “institucionalizada”, ya que, como hemos dicho, venimos aquí en realidad para no meternos tampoco demasiado en “líos mentales”…, sino, más bien, parece, para identificarnos con el cuerpo, los cuerpos…, con las historias, las dificultades, los progresos de “la sociedad” o la “anti-sociedad”, etc. etc.

Tenemos, pues, que ser “duros”… y “duras”, independientemente del sexo, pues igualmente las mujeres, pese a que podría parecer que estadística y mentalmente “intiman” mejor —al menos entre ellas, a veces…, con esa medio “secta” —como dicen en Renard— que tienen, esa secta tan simpática a veces… 🙂 —…, igualmente ellas, digo, tienen por ejemplo problemas con “lo mental” (como todo hijo de vecino que viene a este universo 🙂 : depresiones, etc.).

Y quizá todos estos problemas a veces se ven favorecidos hoy por ejemplo por eso que está tan de moda decir: cosas como “siento, luego existo”, negando así en parte un problema central: el de la mente, el de lo mental, el de esos patrones mentales cuyo sistema de pensamiento es quien, muy en general, nos dicta lo que podemos o no podemos “sentir” —y según aprendemos en el Curso: solo la mente puede crear realmente.

Claro que, si se hablara mejor de todo esto, que es tan fundamental para nosotros…, entonces…, seguramente se desharía muy fácilmente el ego, y ya no estaríamos casi ni hablando de este universo (!)…, y digamos que tampoco existirían “instituciones” que defender o de las que quejarse 🙂 …, y que el “problema” de la paz interior se habría “tematizado” mejor, ya mismo, tal cual —de forma natural.

Pero no, eso aquí “no puede ser”…, ya que contravendría “las normas básicas de este universo”, que no es tan natural como creemos (de hecho no es “lo natural”). Es decir, contravendría el hecho de que aquí venimos “asustados por lo que tenemos en el interior”, en el interior de cada cual; y también contravendría el hecho de que venimos, entonces, a cumplir con un papel más o menos pre-establecido y aceptado por nosotros desde otro nivel de lo mental (el universo es esencial y metafísicamente un matadero, el nuestro propio; es un lugar sacrificial).

Son imágenes, por tanto —esas “autistas”, las que fundamentarían toda percepción—…, son imágenes entonces forzadas supuestamente con solo nuestro sentir, con nuestra percepción (así se van formando ese “nuestro”, ese “nuestra”, ese “autismo esencial”)…: son, las imágenes, todas, asesinato; siempre por defecto son asesinato, hasta que no demos un giro en nuestras vidas.

Y no existe entonces un “método” o una norma —o una cierta “paz”, a instituir, digamos—, para poder aceptar, sistemáticamente, “la mente del otro”, para “la aceptación del otro”…, para buscar qué es lo que el otro ha podido o no “percibir” en el encuentro “x”.

No hay tiempo, pues, para tener o darse tiempo para ello, y así, recursivamente, se forma y se mantiene el tiempo lineal ilusorio que es este universo de culpabilidad aparentemente solidificada “aquí”, en la nada, en este eterno retorno de la nada.

Y diríamos entonces que existe una creencia —fundamental para el ego— en una esencial “incomunicabilidad” de las mentes, creencia “instituida” diríamos que en ese acto básico de selección, o por ese acto, tan inconsciente casi siempre…, el de:
— «vale, quedémonos entonces ahora con tal cosa sí, y con tal otra no…, en este grado y no en este otro…, y tras ese encuentro o aquel otro que tuvimos con esta u otra persona…; y en esta u otra situación, evaluada así o asá…».

Vamos entonces —consciente, inconscientemente— configurando así esa cierta “geometría de las barreras”, esa que conforma nuestra “socialización”, más o menos suave…, más o menos aparentemente “abundante”…, pero siempre diríamos que lo hacemos dentro de aquella esencial incomunicación, y favoreciéndola, recreándola recursivamente en ciclos infernales de “universo de la separación”.

Y quizá podríamos pensar entonces que la comunicación “total”, en este sentido, aparte de ser por definición algo imposible aquí, en el universo (donde no se puede en realidad entender qué supone eso de…: “total”), podemos entender que dicha comunicación sí que es, en tanto que propósito —solo como objetivo unificador—, aquello con lo que poder ir consiguiendo cierto “despertar” (poniendo un pie en la eternidad, pero en vida, viviendo). Pero, como ya dijimos: entonces quizá ya no quedaría aquí mucha “gente”, aquí, en este universo falso…, o no la suficiente como para poder contarlo 🙂 ; lo cual sería una especie de suerte para ellos y para nosotros :), pues somos uno, somos una unidad, es decir: si nos diéramos tiempo para hablar de eso, veríamos cada vez mejor que en realidad no existe eso de “el otro”.

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Paz y amor (pues hay alternativa a este matadero, y está en nuestro interior).

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*como vimos, amor perfecto es igual a “Dios”, que es igual a “la Fuente”…, es la parte de la mente que no está dividida, que nos es muy difícil de reconocer; y parece difícil entre otras cosas porque esta parte de la mente no tiene nada que ver con este mundo o universo (que no lo creó).

De esto ya hemos hablado por aquí, y es algo “enseñado” por el Curso (‘un curso de milagros’, “UCDM”), aunque también lo “enseñarían” en parte, solo en parte, algunos de los detalles sueltos que por aquí y por allá podríamos encontrar —y traerlos en parte para apoyar estas ideas…: ciertos detalles de la “filosofía” de tendencia platónica, o en partes de lo “gnóstico”, etc.

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Publicado 23 septiembre, 2011 por qadistu en amor, discernimiento, ego, verdad

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