Escapar del «programa del ego», pero más allá de toda “filosofía”: introducción   Leave a comment

«Podéis alterar teóricamente vuestro propio pasado, el que habéis conocido, pues el tiempo no está más separado de vosotros de lo que puedan estarlo las probabilidades.» (Habla Seth II)

En cierto modo parece que la filosofía, al estilo antiguo, ya era algo donde se problematizaba cómo hacer “milagros”. Los milagros, recordemos, son, de entrada, cambios verdaderos en tu percepción y, a la vez, inevitablemente en la de aquellos que te rodean, pues los milagros nos enseñan en la práctica que no estamos separados, por mucho que a menudo nos parezca increíble este hecho (que es, por cierto, el único hecho). Son cambios sobre la percepción de “tus problemas”, de “tu” alrededor, “tu” vida, “tu” pasado, “tu” perspectiva sobre el futuro, “tus” anhelos, “tus” creencias, “tus” deseos, etc., etc. Es decir, son trastocamientos radicales del campo del ego (ese que cree en cosas como “intereses separados”…, en la importancia de las diferencias entre las percepciones de los diferentes egos…, y un largo etcétera en el mundo de las complejidades del ego, complejidades tan queridas para éste).

En filosofía se habla desde siempre de ejercicios espirituales…, de práctica en la transformación del sujeto…, de la “verdad” en ese sentido…, etc.

La filosofía, cerca de lo que serían sus “raíces”, digamos, en occidente, y que la ligan a eso llamado ‘sabiduría’ —y como se habla desde hace mucho en muchos lugares…—, la filosofía no era, pues, una más o menos “salvaje creación de conceptos” —como podría definirla el genial Gilles Deleuze—, y más o menos dentro de una corriente ya “académica” (digamos que en parte castrada por lo académico).

Era arte de vida, enfocada por tanto en cierta dirección o guía práctica del “paciente”, alumno, compañero…, (o también en lo que en parte podríamos caracterizar como “abandono de la dirección”, de la guía, en la corriente escéptica helenística, la aparentemente menos presuntuosa). Es decir, sería como una especie de metodología práctica, o “médica”, del cambio de la percepción (del milagro, por tanto), a la hora de acompañar —al alumno, el oyente, a los compañeros de vida— en el viaje de búsqueda de, por ejemplo, paz interior (esa ataraxia de los escépticos, por ejemplo), o de cierta felicidad.

En la visión “academizada” actual, podemos ver textos donde se expone detalladamente, y desde hace años, el fundamental uso de vida o la fundamental “vida” digamos médica de la filosofía. Por ejemplo existe un libro básico, el de Martha Nussbaum: ‘la terapia del deseo’.

Este es un libro sofocante, casi como todo libro de filosofía, en esa corriente terriblemente egoica que es la filosofía de un tiempo a esta parte…, con esa su competición deportiva…, por “crear” y “crear”, dentro de ese campo por ello mismo también sofocante: el campo de los conceptos, los particulares de cada cual, con los que irse midiendo, las individualidades, de los egos, durante tantos siglos (pero bueno, como diría aquel: “mientras les paguen”…, pues bien, que sea; total, es otro trabajo más, en este universo de la separación, y no pasa nada no es ni peor ni mejor que otras cosas, pues aquí, todo, simplemente, no es).

Y es sofocante o agobiante como tantas cosas en el universo de la separación, y sobre todo, supongo, cuando de hecho ya conocemos la perspectiva de por ejemplo el ‘Curso de milagros’ —este curso que practicamos con gusto.

¿Por qué lo es?

Será sofocante ya que, desde el comienzo, desde que releemos la primera línea (como ocurre casi con todo libro de “filosofía” de nuestra era) siempre parecería que el filósofo se posicione en una especie de paradójico promontorio —paradójico por ser profundamente oscuro, abismal…— desde donde se supone que podríamos entender “todo” o casi todo por nuestra cuenta…, y que podríamos por tanto solucionarlo todo “por nosotros mismos”.

De hecho el que Nussbaum en su texto dedique solo uno de los 13 capítulos a los escépticos antiguos, en el helenismo, solo uno —aunque un informativo capítulo…—, será sintomático de esto que decimos (eso, y además que, según leemos en el breve artículo de la wikipedia sobre Pirrón, en la Edad media los escolásticos destruyeron muchos escritos del escepticismo antiguo).

Los escépticos antiguos (no lo que hoy a menudo y diversamente se dice ‘escéptico’) son de lo más útil para hacer el puente o la transición entre “filosofía” y una cierta sabiduría que quizá diríamos que podría clasificarse como ‘religiosa’ (es decir, algo en realidad radicalmente “práctico”).

Son un puente, por tanto, entre “lo de los filósofos de hoy”…, y lo que un filósofo podría clasificar quizá como “religión”: por ejemplo, el ‘curso de milagros’, este curso que dice que la religión no se puede instituir, que nosotros jamás hemos podido decidir realmente algo “por nosotros mismos”…, y que nos intenta por tanto ayudar en un cierto “dejarnos llevar por nuestro maestro interior”…, enseñándonos cómo ocurre que tenemos un enlace real con aquello que, no siendo de este mundo (amor perfecto), sí que es, sin embargo, lo único en el universo que apunta a algo que es real.

Aquí acabamos de presentar una especie de “dogmatismo”; es decir, un cierto esquema universal que va a responder perfectamente —si también conocéis lo que venimos diciendo hasta aquí— a las siguientes preguntas clásicas:
– dónde estamos,
– quiénes somos,
– de dónde venimos y
– hacia dónde vamos.

Este esquema, por su dogmatismo, podría no gustar a muchos de los protagonistas del escepticismo antiguo, que, diríamos, es nuestra corriente más afín; pero eso no lo sabemos.

Lo que sí parece, a todas luces, es que ellos, con su práctica, estaban haciendo un poco “lo mismo”: abriendo la vía para que de hecho pudiera actuar ese maestro interior de cada cual (que es de todos pues nos enseña nuestra natural unidad fuera de este mundo), ya que ellos estaban disolviendo todo apego a cualquier creencia, opinión, juicio “de este mundo” —ese parecía ser su fin, por decirlo rápido y mal: un paradójico “fin”, ya que no querían tener, tampoco, por otra parte, cosas como “fines”.

Parece que, para los escépticos antiguos, los verdaderos, todo aquí, todo sobre lo que pudiéramos emitir cualquier clase de juicio, todo, era igualmente nada… Y parece que, si nuestras creencias u opiniones, en algún momento sucedía que nos hacían mal, o nos hacían daño, o que eran creencias que nos causaban dolor…, o que nos sentíamos por ellas traicionados en un momento dado…, no era debido a su carácter de por ejemplo ser unas creencias más o menos fundamentadas, más o menos “verdaderas” o “falsas” en sí…, sino, más bien, se debía al mero hecho de ser opiniones, de ser nuestras opiniones, nuestras creencias…, al hecho, por tanto, de haber intentado hacer algo imposible: juzgar por nuestra cuenta al mundo o a ciertas partes del mundo, en nuestro nombre, y, por tanto, de este modo, habernos proclamado “seleccionadores” más o menos universales, juzgadores arbitrarios de “lo mundano”.

Como dice el curso, en realidad todos nuestros problemas se reducen a un problema de autoría; y eso, al final, tiene que ver con el problema de la autoridad, sucediendo por cierto que sí que existe eso de “la autoridad” en un plano real (podríamos decir: “físico”, “natural”), que no es por tanto algo negable en sí (es lo único natural en realidad, como veremos).

Lo que sucede, anticipándonos, es que solo existe una autoridad real, una “válida”; y es real y válida precisamente por no ser de este mundo, por no tener nada que ver con él (por no haberlo creado); es la única autoridad real por el hecho de que nos habla dulcemente desde nuestro interior para que despertemos de nuestro sueño de universo; y despertaremos de éste cuando elijamos escucharla y compartir paradójicamente su eternidad desde dentro mismo del sueño y de nuestro interior, desde dentro de este sueño que, contra todo pronóstico, es nuestro propio sueño (nosotros, en otro nivel de la mente, hemos ‘fabricado’ todo esto que vemos delante y que creemos como situado ‘ahí fuera’). Este compartir es algo que, para la Fuente, para ella, desde su eternidad, ya ha sucedido y está sucediendo siempre. Dios, o la Fuente, en tanto que son un abstracto “amor perfecto”, saben ya que ya estamos salvados, Él o Ella no ven nuestro sueño. Solo nos queda por tanto reconocer todo esto; y de ahí que nos hayamos puesto a nosotros mismos tantas dificultades en el campo del ego-universo: por ejemplo con la dificultad que constituye el haber asociado tan fuertemente a veces la “religión” con el ataque, con la jerarquía mundana, el ritual, las catástrofes como las cruzadas, etc. (la religión, insistamos, no es algo que se pueda instituir, jamás).

Los escépticos del mundo helenístico abren pues el camino a la actuación de ese canal de unión con el amor perfecto (recordemos: amor que es lo único real); y digamos que quizá lo hacen más “radicalmente” que sus en parte “contrincantes”: los estoicos o los epicúreos. Los escépticos abren pues, ese canal, que se llama también en nuestra tradición ‘espíritu santo’; y son estas unas palabras (‘espíritu santo’) que también ya hemos perdonado; es decir, cuya disonancia se va limpiando en nosotros, tras todo eso que durante casi dos mil años parece que se podría haber implantado, en el inconsciente colectivo, debido a la tramposa asociación inconsciente entre palabras como esas —o como ‘Dios’— y esos “terribles actos” de por ejemplo una iglesia católica, una inquisición, sus jerarquías que en sí nada tienen que ver con el amor, tal y como en realidad sucede también en cualquier cuerpo del universo (que no es nunca para nada “en sí” algo amoroso, “amor”), o, más concretamente, con cualquier institución mundana, y también las instituciones “laicas”…, y no digamos, por supuesto, como sucede con por ejemplo una cárcel: esa institución tan laica ella, la cárcel, tan laica como igual y directamente incubadora de la muy bíblica o ancestral “culpa”, esa culpa que en realidad es el motor del universo [sic], en tanto que éste es puramente mental, a todos los niveles.

La ‘Fuente’ (en idioma más admitido en la ‘Nueva Era’—’New Age’), o bien ‘Dios’ (en un idioma digamos más clásico, ‘patriarcal’, pero que nosotros, como decimos, ya hemos perdonado), la Fuente o Dios es amor perfecto (es, desde nuestra perspectiva, algo abstracto, solo abstracto). Y todos tenemos en nuestro interior, en la mente (que obviamente no es “el cerebro”), algo que nos une con eso, y que, por tanto, no es de este mundo (de hecho eso es precisamente lo que nos enseña la literatura cuando le dejamos; una literatura que, como dijimos ya, es algo con lo que siempre nos habríamos enseñado nosotros a nosotros mismos eso: que todo esto es un sueño, nuestro sueño; y que nosotros mismos no somos de este mundo; que nuestro ser real no tiene en realidad nada que ver con este cíclico eterno retorno de la nada).

Todo esto solo nos faltaría reconocerlo, pacientemente, en tanto que tal, y con la experiencia como objetivo y a la vez “base de operaciones” (deshaciendo mientras el ego).

Esta ‘salvación’ va a ocurrir, ocurrirá, tarde o temprano. A nivel individual, desde nuestra perspectiva mundana, parece ir como con cuentagotas, pues depende de irse dando cuenta “individualmente” de ello; por ello, nos parecerá que va a ocurrir dentro de mucho tiempo; pero esto en realidad es algo que ya ha ocurrido desde la otra perspectiva, la de esa eternidad que sabe que el tiempo no existe (así como tampoco existe la muerte, etc., etc.), es decir, desde la perspectiva del amor perfecto, en la que también estamos —via la conexión que permite dicho canal (es decir, por una parte, desde la perspectiva “más metafísica” digamos que se trata de reconocer que ya estamos salvados de esto que es simplemente nuestro sueño: de eso que llamamos ‘universo’).

[Entonces, en los siguientes textos, toca seguir comentando —tras esta introducción— la perspectiva que nos da todo esto a la hora de poder hablar sobre el programa del ego, sobre nuestra programación automática como robots al servicio del ego, etc.]

Paz y amor

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Publicado 26 septiembre, 2011 por qadistu en amor, discernimiento, ego, verdad

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