Escapar del guión del ego IV: el verbo ‘ser’, el lenguaje que nos piensa. La separación y el juicio… y ¡tampoco somos relaciones! Spinoza   Leave a comment

«Debido a que todas las vidas son simultáneas y suceden a la vez, cualquier separación es sólo de tipo psicológico. Yo existo como soy, mientras mis vidas en las reencarnaciones -hablando en vuestros términos- siguen existiendo. Pero ahora no me interesan, así que dirijo mi atención hacia otras áreas de la actividad.» (Habla Seth II)

El ataque es toda una institución en nuestra civilización (y en realidad lo es en el universo, pero no nos adelantemos de nuevo).

Y tal ataque es ante todo mental.

El verbo ‘ser’ es uno de los centros de este problema que es tanto un problema de victimización como de ataque en general, ya que también haciéndonos víctimas de algo atacamos a los “culpables” o a “la causa del problema” —es un ataque a aquel o aquello a quien atribuimos “la causa”, la sacrosanta causa: al cuerpo o cuerpos ahí fuera que “nos hayan hecho algo malo, feo…”, que “sean malos”, etc.

Atribuimos lo que nos pasa en la percepción a “lo de fuera”. Juzgando así interrumpimos el devenir, nos ponemos muy “trascendentes”:

— «eso es así».

El daño que nos hace esto es inconmensurable. De ello precisamente se sostiene el mundo, el ciclo de ataque, “falta”, daño, víctima, culpa, miedo, etc.

El universo está precisamente “fuera” para que nos hagamos nosotros a nosotros mismos este horrible daño, el del juicio (“eso ES así”), y a nivel de lo mental, que es donde está en realidad la causa y que es el único nivel realmente creativo.

Por ejemplo, un tipo nos hace algo “malo”, o le hace algo a alguien que nos ha sentado mal; es decir, percibimos en nosotros algún tipo de disgusto “a causa” de tal cosa (nos sentimos con ansiedad, preocupación, ira…). Si nos fijamos, desde ya vemos que en el propio lenguaje se establece potencialmente una especie de separación mortífera*: con ese “a causa de tal cosa” —aunque ahora vayamos a hablar más bien del sencillo y poco anecdótico uso del verbo ‘ser’**.

En general, la maniobra institucionalizada de la que hablábamos, en tanto ataque institucionalizado casi a nivel cósmico, es una que, tras ver eso que “nos han hecho”, enjuicia con:

— «es que ese tipo o esa tipa es o son, por ejemplo, unos cabrones»…

Una cosa es que nos siente mal algo, y otra cosa es que esto que nos sienta mal sea bueno-malo.

Como vemos, ya solo con la ayuda de ese uso del verbo ‘ser’ (aquel “sea bueno-malo”), el del juicio de atribución, ya con solo eso vemos que somos nosotros los que hacemos o creemos que esa cosa “es en sí” mala o buena…, eso creemos; pero esto es solo una creencia, ya que el juicio, el juzgar, en realidad no es nada, ¡no es posible juzgar! Y, en realidad, tampoco el ataque es nada, pero con esto nos adelantamos de nuevo… 🙂 .

El verbo ‘ser’ es peligrosísimo  🙂 (¡eh!, habíamos dicho que no se podía juzgar, cuidado con el anterior “es” en “es peligrosísimo” 🙂 ).

No sabemos que lo es pero lo es :), muy peligroso:

es una metralleta en manos de auténticos locos, esos locos que en realidad somos todos, en el universo de la separación, donde nacemos con un ego intacto a desplegar, con una “historia” a desplegar; estamos locos de atar y desesperados por proyectar juicios-balas a través de cosas como ese artilugio, el del inocentito verbo ‘ser’. Y ello…, hasta que dejemos de hacerlo, de hacernos este daño, y pese a que nuestra historia siga, con su programa, hasta que empecemos a aceptar en general. Aceptar es el único modo de “cambiar” algo en lo real (la mente), re-percibiendo así todo lo que podamos, para con ello poder re-interpretar el guión. A veces de este modo pueden darse cambios aparentes en “lo de fuera”, pero esto no es lo importante, ya que “el programa es un programa”, y ni uno mismo con su heroicidad de pensamiento-acción ni una colectividad pueden cambiar jamás básicamente nada en “lo de fuera”; las cosas no se hacen “aposta”; no tenéis más que mirar en vuestras vidas: todo en ellas sale de otra manera a como crees que iba o debería salir; es un programa, insistamos, el universo es un ego-programa y a la vez paradójicamente es caos (por muchas “leyes naturales” que queramos proyectar en él).

Y por cierto, ya hemos visto, por lo que acabo de decir, que el universo no se puede pensar (paradoja), pues para describir algo esencial de él he tenido que juzgar (aquel problema con el verbo ser, con ese “es peligroso”).

Y es que en realidad el universo no es. Es decir, que de aquí, de este lío, solo se puede escapar, aunque sea muy difícil reconocerlo y recordar que es eso en realidad lo que hemos venido a hacer aquí y que ya estamos haciendo: escapar de este sueño de universo, del infierno de la separación.

Con el lenguaje tenemos pues un grave problema :), muy muy grande…, porque podemos decirnos por ejemplo —en otro caso de posible juicio:

— «…no puede ser bueno “tanto pensar”…» (quizá tras leer un texto que nos sentó mal, por ejemplo este o cualquiera de los anteriores del blog, a veces o siempre un poco “feuchos”).

Entonces pasamos de un:

— «qué mal me ha sentado este texto, estas palabras…, qué difíciles o feas las siento…, o qué mal me sentó o sentí eso que me acaba de contar el tipo este…, es que mira que me ha sentado mal…, será cap…»;

…pasamos de eso… a decir…:

— «eso no es bueno».

Cerramos con ello —o ponemos un broche más a— la falsa eternidad del ego, a su sistema de pensamiento, con cuyas imágenes nos hemos ido fabricando, a nosotros mismos, durante toda la vida, una especie de cuerpo de juicios.

En realidad, ya dijimos, el universo es eso, con sus infinitas evaluaciones diferenciantes; esas evaluaciones, gradaciones, son tradicional y penosamente contempladas con una cierta “piedad cósmica”, esa que nos hacen aún o nos hacían a veces exclamar cosas sobre “oh, la inteligencia del universo” (eso es solo proyección nuestra, sentimos eso “relacionalmente” y luego atribuimos a lo de fuera; pero esos sentimientos solo están ¡porque nos estamos escapando!).

Todas esas evaluaciones, separaciones, gradaciones, etc., al final son lo mismo en tanto parte y sustento mayor del programa. Y la separación, su base, no tiene “inteligencia” alguna. La única inteligencia posible —adelantémonos un poco— es la del amor, como ya dijimos (y en realidad el amor no es de este mundo (!)): ese amor con que por ejemplo miramos “el universo” (es decir, nos unimos, comulgamos o nos comunicamos con él), pretendidamente “ahí fuera”, el universo, y decimos…: “oh, qué belleza”.

Jajajajajaja.

Vemos por tanto que, atribuyendo “algo” a “lo de fuera” lo que hacemos es dejar que el verbo ‘ser’ haga de las suyas (“separadoras”) a través nuestro; es decir, estamos dejando que una determinada metafísica (la de la separación que es este universo) lo haga y nos lo haga sin mayor problema: nos estamos dejando pensar por ella y, por entre otras mil cosas, aquel uso del verbo ser.

Así que el “juzgar”, desde cierto punto de vista, es entonces también un inconsciente “dejarse pensar” por una metafísica que, como dijimos, en realidad conecta todo este problema con “niveles cósmicos” de “lo que hay”, pues aquí nada está separado, “todo está en todo”, y todo este problema al final está en íntima conexión con el motivo de que exista —o parezca existir— algo “ahí fuera”.

El verbo ‘ser’ nos permite por ejemplo atribuirle a algo de “afuera” lo que en realidad es de nuestra percepción, es decir, es una de las metralletas que usamos para proyectar, ya sea desde una relación aparentemente más “neutra” (con ‘la rosa es roja’ por ejemplo), o ya sea en un ataque flagrante (es decir, a más o menos lo contrario de un simple y liberador “aceptar”).

Tú percibes una rosa como roja y, entonces, con todo tu “derecho” (cultural, en esta cultura) dices:

— «es roja».

Y te quedas tan pancho-a, pero sin darte cuenta de que con ello estás seguramente aprendiendo a no aceptar, es decir, que por defecto con ello siempre estamos aprendiendo separación, esa separación ínsita en nuestro mero “ser metafísico” como egos.

Esto parece inofensivo, pero no es tan inofensivo cuando piensas que, en realidad, tal gesto hace en un nivel muy básico (“metafísico”) lo mismo que estamos viendo en el caso de arriba —el de “los cabrones”, u otros similares; es decir, es la misma “guerra” que la que hay en esos otros usos más “violentos”, y que hemos practicado tantas veces con fruición o bien que vemos “ahí fuera” practicar a la gente con denuedo a nuestro alrededor, cuando se encabronan con los correspondientes “cabrones” —esos otros usos de este para nada inocente verbo “ser” (bueno, insistamos: tampoco podemos culparle a él, ¡cuidado! 🙂 ).

Claro, los usos más violentos parecen tener otras connotaciones muy diferentes cuando proyectamos ya no sobre rosas, sino sobre otro tipo de seres mucho más cercanos mentalmente y que supuestamente también están “ahí fuera”; en general, y por tanto, alejamos así la “hermandad” que en realidad nos une con todo y con todos en la misma “causa”: ¡escapar del universo! Pero en vida, ojo, sin suicidarse, ¡que eso no soluciona nada! 🙂 .

Pero nosotros no estamos en aquel nivel “muy básico” (metafísico), y como nos importa más la gente que las rosas (normalmente, pues sí que realmente estamos más cerca de ellos, como dijimos: mentalmente), nos hace por tanto más daño afirmar cosas tajantes sobre la gente que sobre las “rosas”. Y por consiguiente nos es más difícil perdonar a una persona que a una rosa, por mucho que ésta pinche.

Así pues, con los ejemplos “separadores” de tipo más “emocional”, por decirlo así, condenamos irremisiblemente a los demás, a la gente, etc., en esa eternidad de mierda instituida por esos fatídicos “esto es así o asá”. Nos pretendemos con ello separar de lo demás en una especie de “para siempres”, de “¡eh! ¡Aquí estoy!”…, de puntadas pretendidamente “eternas” en el tejido de la nada del tiempo (“son unos cabrones”), y ello unas veces más “duramente” que otras…, aunque en realidad todas las veces son iguales: toda separación es lo mismo, es falsa, es falsa en este sistema del juicio —como diríamos que lo llamaría Deleuze, comentando a Spinoza.

Todo lo que hagamos metidos en este lío es falso (excepto los pensamientos verdaderamente amorosos), pues está recreando el “problema” de la separación, el único “problema” (que no es real ni es problema en realidad pues realmente no podemos separarnos y en nuestro verdadero hogar nada ha sucedido; pero esto, tan fácil de decir, no se ve solo así con decirlo: debemos practicarlo y lo interesante es que ya lo estáis practicando [sic] aunque no lo reconozcáis de este modo).

En el juicio sobre la rosa no vemos ataque, pero de una forma elemental lo sería.

Así pues, parece como si la palabra “ataque” escondiera dos elementos:

– la mera separación,

– más una cierta emocionalidad unida al ataque.

Uno percibe “x” cosa…, y…, entonces…, rápidamente este uso del verbo ser nos dice lo siguiente —es decir, la metafísica o el lenguaje que nos piensan casi nos obligan a decir lo siguiente:

— «¡corre, corre! Proyecta cuanto antes diciendo…: “eso de ahí fuera es “x” cosa, es así»…

De eso vive también nuestra “falsa inocencia” del ego, con esos usos tan aparentemente “normales” del lenguaje. Claro que todo se trata de una actitud. Nosotros, por conveniencia y por disimular, debemos realizar —para sobrevivir, a veces— tales juicios.

El problema en realidad está por entero en el trabajo siguiente:

— cómo hacer que pierdan para nosotros importancia las formas, la forma, “lo de fuera”, y, correspondientemente, que cobre importancia el contenido; es decir, cómo hacer que la actitud sea cada vez más “todo” para nosotros, que sea lo más importante.

Claro que, quizá, como nosotros a la vez estamos aprendiendo, indudablemente y siempre, a ser bondadosos —más o menos…—, es obvio que no vamos a ponernos así como así a “insultar” a nadie; no al menos si es que nos sensibilizamos con todo lo que hablamos por aquí, y ya sea que estemos o no trabajando materiales tan directos como el del Curso.

No vamos necesariamente a pillarle gusto por ejemplo al mero insultar; pero, cuando usemos juicios más aparentemente banales (todos son iguales en la “realidad falsa” elemental, la de la separación), podremos intentar buscar la guía interior, y elegirla a ella para que a su vez nos enseñe a elegir la otra actitud: en vez del contenido de separación que normalmente podríamos decir que es lo que siempre expresamos casi a través de cualquier palabra o acto (por mucho que a veces tengamos buenas intenciones…), intentaremos conectarnos —gracias en parte a la práctica de nuestro “trabajo espiritual”, muy simple pero muy difícil o trabajoso— con el otro contenido, que es el único contenido que en realidad responde o apunta a lo real: el del amor, la unión.

Esto, mentalmente, traerá consecuencias.

Y sabemos de tales consecuencias ya solo por poder reflexionar un poco sobre las situaciones más normales, sobre los casos más banales del mundo, pues, en realidad, ya todos estamos en el elemento de los milagros, es decir, en el de los cambios de percepción, en el de esos cambios que no controlamos nosotros y que nos permiten o ayudan por ejemplo a ver todas esas cosas que en algún momento podrían parecernos “ataque” como, en realidad, peticiones de amor; nos permiten leer amor o paz donde antes —o en otras situaciones— leeríamos odio, ataque, guerra…; he aquí un caso muy banal:

— «¿es que eres tonto/a o qué?» Imaginad las miles de situaciones diferentes, eróticas o no, en que en realidad esta frase puede sonar más a “gloria” 🙂

Así que con esto que hemos comentado sobre la actitud —sobre que todo puede, debe y será reinterpretado con el cambio de actitud— hemos contestado ya a una pega posible: la de que con todo esto podríamos perder cierta espontaneidad o cierta “mundaneidad”, es decir, nuestra cualidad de “ser normales” en el mundo y en la vida (aunque eso en realidad no exista…), y, podríamos, por ello, no poder ya seguir mezclándonos de la forma habitual con “lo mundano”, con la gente, etc.

En realidad es un abandonar el control, y no sabemos “lo que pasará”, sino solo que lo que ocurrirá será lo mejor para todos, en este sueño. Pero, como en Spinoza, la alegría es también la guía (y a ser posible sin perder el norte: todo esto que “vemos” es nuestro propio sueño), porque tal alegría en realidad no responde a algo de este universo de cuerpos separados, pues, si por ellos fuera, “aquí” todo en realidad sería más bien tenebroso (si ellos realmente tuvieran la capacidad, como creemos falsamente, de hacer algo, de “mandar” algo…)…, es decir, si este sueño realmente existiera…, todo serían “solo tenebroso”, no existiría una alternativa —interior— con la suficiente pureza como para realmente poder escaparnos del infierno.

La oferta de Spinoza, esa de hace ya tanto tiempo —releída desde lo que sabemos ahora— podríamos explicarla simplemente así: eh, ábrete y deja que tu alegría te muestre qué “eres” pero en el devenir, deja que lo invisible de los afectos sea algo que te ayude a discernir; ponlos en un pedestal, pues ahí empieza tu camino, y no te dejes avasallar por lo exterior, por esas supuestas esencias ahí “fuera” (la moral y la moralina de todo tipo). Es decir, no te cierres en el “ser” (deja que éste te enseñe dónde está o cómo es vivir con tu verdadera esencia singular).

Con esta invitación al “cambio”, pero aplicando en él un discernimiento que viene de un sitio altamente “invisible”, inviolable y eterno, con esto, claramente nos transformamos mediante la ayuda de ese “algo” que está en nuestro interior pero que, como sabemos desde que leemos el Curso (y como sabréis si conocéis materiales no-dualistas que se expresen claramente sobre esto), nos enseña que todo esto no es más que un sueño, y que, hablando rápidamente, si es así es porque queremos.

Ese discernimiento de la alegría, la razón de la alegría, los motivos de la verdad, no son de este mundo —mundo que es solo nuestro propio sueño.

El genial Gilles Deleuze, cuando comenta a Spinoza, a veces habla de que no es Spinoza un autor que apoye la sensibilidad de que “todo esto es un sueño”. Sin embargo, sí que Spinoza habrá supuesto un paso adelante en ese sentido para mucha gente, ya que él no ve “seres”, sino paquetes de relaciones al infinito (en concreto, dice Deleuze comentándole: «toda relación es relación de relaciones al infinito, siendo los términos [de cada relación] simplemente relativos a cada nivel de relación» (ed. Cactus. 2ªedición, p.149)).

Esta visión, “des-sustancializante”, es algo muy “new age”, con todo el tema fractal y demás. Es algo ahora muy moderno, popularizado. Somos nuestro propio sueño. No somos sustancia, no somos seres, tal y como comenta Deleuze comentando a Spinoza. Nuestro mundo hoy para bien y para mal muy a menudo parece más spinoziano que otra cosa.

Pero… ¡tampoco somos relaciones! Y es que lo que sucede es algo muy simple: nada en el universo realmente “es”. De hecho en Spinoza somos esencias singulares, y diríamos, que éstas consiguen hacer un conjunto muy “esotérico”, así como en otro nivel, aunque aquí en este también lo hacen (en realidad no hay niveles, solo para nosotros cuando nos auto-engañamos, es decir, siempre por defecto); y ese conjunto es conjunto por compartir un interés verdaderamente fundamental en este universo: el de escaparnos de aquí.

Entonces, como comprenderéis, y en tanto que un primer momento necesario y muy liberador…, al final todos nos daremos cuenta de que es estúpido decir, por ejemplo: “esos son unos cabrones” —los banqueros, los perroflautas, la izquierda, la derecha, el centro y padentro…

Lo mismo da, que da lo mismo. Si de verdad queremos “cambiar algo”, si queremos cambiarnos, entonces, hacia lo único que podemos dirigirnos es hacia dentro, dejándonos guiar hacia la paz interior por algo que también tenemos dentro (aparte del chirriante ego). La única verdad está en tu interior, y, ya hemos dicho: ¡es la dulce escapada de este mundo, en vida! Que la forma de lo de ahí fuera no te subyugue, sería nuestro “anti-mandamiento”: cuidemos el contenido, busquemos la paz interior.

Nosotros, como en realidad no somos cuerpos (¡pero qué “duro” se puede hacer el recordar esto!), entonces, en tanto que tales “no-cuerpos”, no somos “seres”, pero tampoco “relaciones”. Y, sin embargo, sí tenemos ese “maestro interior”, el de la alegría, del cual mismamente Spinoza se pudo servir tanto en su vida como además para escribir sus textos en una especie de “¡no sabéis lo que voy a hacer con vuestros conceptos! “¡filosofastros de pacotilla!”».

Spinoza: una especie de sabio, es decir, un filósofo que no es alguien digamos que muy “al uso” dentro de la corriente de la “filosofía” académica, para nada. Él se pudo servir de la alegría de un modo en que además “clarificó” tal movimiento, a su modo, y para que lo use o lo tenga en cuenta en tanto que tal todo el mundo que pueda…, con ciertas herramientas “conceptuales” más o menos infernales para muchos, y en una especie de sistema “semidualista” (al igual que hoy nos podemos ayudar con materiales no-dualistas puros, como es el que desde junio del 2011 llevamos comentando aquí: ‘Un curso de milagros’).

Ese “maestro” nos enseña que esto es solo nuestro sueño si aprendemos a elegir y a aceptar su interpretación de las cosas; la mirada que así aprendemos (cuyo aprendizaje es o más bien parece algo muy difícil en un principio) tendría que ver con el ascenso a esa especie de estado de “beatitud”*** al que se refería Spinoza (que digamos que sería lo mismo que el “despertar” o la “iluminación”, etc.); aunque en Spinoza parecería en una primera impresión que todo queda realizado de forma digamos “continuista”, mientras que, para nosotros —que sabemos que existe una discontinuidad esencial entre el “terreno de la gracia” y el de la “gravedad” del universo-sueño—, para nosotros la beatitud no depende de nada mundano, de ningún aprendizaje más o menos “deportivo” en el devenir de las relaciones en el mundo, pues no somos cuerpos (eso es solo nuestra imaginación, y lo que sucede es, sencillamente, que la mente es enormemente poderosa. No depende por tanto de hacer más y más deberes, toda la vida, en el primer género de conocimiento).

Depende pues de la elección, de saber dejarse elegir por el presente…, de aprender a elegir al maestro correcto, y no al que nos enseña separación (llamado “ego”): el correcto es quien nos llama dulcemente desde la eternidad para que elijamos regresar, acercándonos de nuevo a la experiencia del amor perfecto, que es algo que solo hemos olvidado por nuestra propia voluntad de ensoñación.

El universo está para enseñarnos separación pero solo porque le dejamos (y así lo aceptamos y así lo fabricamos desde otro nivel de la mente); y, solo nosotros, eligiendo nuestra “otra instancia” interior, podemos ir aprendiendo qué es lo que en realidad sí que somos; y mientras, al mismo tiempo, este sueño se deshace, poco a poco.

Así, hemos “perdonado” en realidad toda “filosofía”, toda esa “innecesaria” complejidad conceptual (igual de “innecesaria” que el universo), pues, entonces, con todo esto ya sabemos por qué todo el mundo “tiene razón” aquí: porque, en el universo, es imposible tener razón, solo se puede escapar de él; es decir, que nosotros no nos podemos enseñar a nosotros mismos qué es “la razón” o qué es “el conocimiento”; no en último término.

Un sistema de escapar de aquí puede ser el de Spinoza…, el del Curso…, aunque “caminos espirituales” hay infinitos, velocidades muy diversas (el universo, desde aquí, seguirá pareciendo que dura “mucho tiempo”)…; y, desde aquí, una y otra vez insistiremos en el camino no-dualista puro del Curso; ¡es una gozada y toda una aventura interior!

Gracias a “la Fuente” no todo es tenebroso —o gracias a “Dios”…, como se le quiera llamar. Gracias a esa verdadera realidad que es a la que pertenecemos en tanto que realidad mental (la única realidad real), gracias a eso, en nuestro sueño-universo, podemos atisbar qué es vivir —qué es realmente vivir. Es decir, ¡no hemos sido abandonados! No estamos solos en este matadero donde venimos a sacrificarnos vida tras vida creyendo en cosas como “la muerte” y demás tonterías; o, mejor dicho: aquí existe una discontinuidad esencial entre dos cosas:

— el universo, donde cabe lo tenebroso (y en realidad lo tenebroso fundamenta al universo, ya que el fundamento de éste es la separación…),

— y nuestro verdadero hogar, ese hogar que nos llama desde el interior aunque a veces no sepamos reconocerlo (y aunque otras veces “exageremos” de mil modos la llamada, ritualizándolo —y por vete a saber qué “misiones” que nos hemos impuesto o, mejor dicho, que hemos aceptado).

Dios es amor perfecto, lo único real, es lo único que “es”.

«Nada real puede ser amenazado.
Nada irreal existe.
En esto reside la paz de Dios»

(UCDM; pág. 1)

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Paz y amor.

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* “separación mortífera” porque en realidad todo nos lo inventamos nosotros, aunque parezca una locura decirlo; como ya dijimos: todo esto que vemos es un guión, un programa, el del ego; es un guión aceptado por nosotros desde otro nivel de la mente donde también estamos (y que venimos aquí a olvidar ciclo tras ciclo —aparente).

** este tema de “desgranar” un poco el verbo ser y las actuaciones dependientes del mismo viene en parte de todo aquello que tradujimos de Tiqqun, que se puede seguir encontrando quizá a partir de la hoja de presentación —en el link del archivo de la anterior web dentro de dicha hoja o por ahí.

*** definida como posesión de tu potencia de actuar. Pero más bien es lo contrario: desposesión: ya no eres tú quien está al mando, y por eso no hay grados, todo viene de lo mismo, de la Fuente, de nuestra conexión con la Fuente (lo también llamado ‘Dios’).

Como explica Deleuze, uno puede ir discerniendo, en una primera etapa, las relaciones que se componen o no con las de uno mismo, que le convienen (pues uno mismo es a su vez solamente composición de relaciones, circulación de relaciones); con ese discernimiento, tu potencia o alegría aumenta —o disminuye si no discernimos.

Esto puede sonar a algo aún muy egoico, y de hecho podemos perdernos aquí si nos dejamos fascinar por el matiz de “llevar las cosas por nuestra cuenta”, de “control” egoico, que pueden tener estos conceptos que utilizan cosas como “relaciones” y demás, dando realidad a lo de fuera, al universo. Pero el control, en realidad„ se lo vamos dejando precisamente a “la alegría”, que en realidad no viene de este mundo (y que desemboca finalmente en aquella beatitud que ya no nos pertenece). En general, este paso de “selección”, de actividad selectiva, es un paso digamos que a menudo necesario, ya que hay una especie de “condiciones mínimas” para “la felicidad”; es decir, que es necesario a veces un cierto “retirar obstáculos”, esos que parecen estar en ese “aparente ahí afuera” del universo, verlos más o menos “fuera”, y “perdonarlos” en sentido amplio (aunque nosotros sepamos y trabajemos ya que todo es mente).

Así que tenemos en Spinoza una discontinuidad esencial, parecida a esa de la que hablamos aquí.

Teníamos, por una parte:
— las “pasiones”; terreno donde ir seleccionando poco a poco para ser menos pasivos y más activos, para convertir todo en “menos pasivo”.
Dentro de tales pasiones nos vamos dejando guiar por la alegría, y nos vamos mezclando o vamos seleccionando más las situaciones según aumentan o no la potencia de actuar, el poder actuar —o “alegría”; así que en cierto sentido seleccionamos para poder aumentar nuestra potencia de actuar o alegría, para con ello progresivamente llegar a “ser más activos” (es decir, cuyo fin es ese precisamente: ser menos pasivos…);

— y aparte de las pasiones estarían, decimos, las acciones que realizamos, pero ahora ya desde lo que Deleuze comenta como “posesión” de la potencia de actuar, en las que ya poseemos plenamente dicha potencia: nos vamos así uniendo a la esencia en tanto espíritu, diríamos, y nos dejamos ya totalmente llevar por ella; así que, más bien, se trata de una “desposesión”, de un deshacer el ego, de un escaparse de ese sistema de pensamiento; aquí ya no nos importaría nada la cuestión de los “grados”, de si aquella persona o situación conlleva un mayor o menor incremento de “nuestra” alegría, pues ya habríamos comprobado en las propias carnes que la fuente de la verdad, es decir, de la verdadera alegría, no es de este mundo (aunque quizá no lo digamos de este modo si estamos más bien en un sistema semi-dualista —como interpretaríamos que es el de Spinoza).

El estado de “beatitud” reflejaría este último, tras hacernos, de cierta manera (que hay que explicar en este sistema digamos “mezcla de sabiduría y filosofía”, de Spinoza), “expertos” en el arte de “poseer nuestra potencia”, es decir, como ya hemos dicho: de desposeernos en ella, desposándonos, poco a poco, con lo eterno que sabe mirar por nosotros al mundo y enseñarnos qué es éste realmente. Por tanto, un salirnos sabiamente de la dualidad, pero sin componendas, ya que esto reflejaría nuestra querida discontinuidad esencial, esa que tiene a su vez que ver con que lo “triste”, el “miedo”, el “ataque”, etc., son cosas que solo responden a ilusiones, a nuestras ilusiones, son falsas y hay un maestro dentro de todos que nos enseña simplemente que eso es falso, ni más ni menos (tristeza, miedo, etc., con sus correspondientes duales que también son “falsas”, pues la verdadera alegría no es de este mundo, aquí no es posible la felicidad).

Paz y amor

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