Notas de Simone Weil. La universalidad del despertar. Introducción con comentarios sobre “Spinoza básico”   Leave a comment

«Estos buscadores pueden parecer volubles. Tienen una ligera impaciencia, un descontento divino que los conduce hacia adelante hasta que las fronteras de su propia personalidad se abren finalmente. La personalidad física debe integrar el conocimiento obtenido, pero, debido a la naturaleza de un conocimiento de esta clase, éste derramará su luz y seguirá su propio camino.»  (Habla Seth II)

Aquí iré recopilando notas de o sobre Simone Weil; y todo para ir así recogiendo lugares que atestiguan acerca de la “universalidad” del tema del despertar o de “la iluminación”.

Esta “universalidad” tiene que ver con lo más elemental de este asunto de “lo espiritual”, cosa que hasta hace poco aún estaba algo liada para mí, embrollada —ya no.

Esto de la iluminación, el despertar, es una tendencia que tenemos todos, y de hecho “está” en el universo, y es también el universo, aunque en un sentido diferente del verbo ‘ser’.

Simone Weil parece que en cierto modo se crucificó en vida, diciéndolo muy rápidamente. Quiso “ser pequeña”, eligió con ello las crudas evaluaciones del mundo que éste le presentaba: ese mundo que diferencia de forma a veces tan precisa entre humildes y distinguidos, entre pobres desfavorecidos y ricos favorecidos.

Peroen realidad es imposible crucificarse y crucificar a nadie, ya que en último término —y hablando en “no-dualistas puros” (como es esa literatura en torno al vedanta advaita con la que Weil parece que se puso más en contacto al final de su vida)—… en último término, decíamos, el sufrimiento, la muerte, etc., son nuestro propio invento —son en realidad del todo imposibles, pese a que duelan mucho —individual-egoicamente— los sufrimientos y las diferencias del mundo del ego).

Uno puede querer sufrir y justificarlo de mil modos…, se puede ser un “masoquista” por decirlo vulgarmente…; es decir uno puede estar “crucificándose”; de hecho se nos ofrecen muchas oportunidades para ello ya sin tener que salir “de casa”; entre otras oportunidades tenemos la de los medios de “comunicación”, que están ahí en parte para dosificar oportunamente los desastres, las penas, etc., con toda la industria que hay montada también alrededor de ello.

Y si uno quiere crucificarse, significa que uno no ha entendido el mundo en absoluto (pues éste solo está para perdonar, para perdonar toda percepción). En realidad todos malentendemos el mundo por defecto cuando venimos aquí, y ello hasta que nos damos cuenta que, como hemos dicho, en realidad, este mundo o este universo, —con todo esto que vemos aparentemente ahí fuera y ahí delante— no tiene otro objeto que el de ofrecer motivos para el perdón (pues no hay nada ahí fuera, ya que somos uno, unidad, y no hay separación; la separación no es real, es nuestro sueño).

Así que tampoco hay que forzar la cosa identificándose demasiado con el universo, con la separación, con la muerte, el sufrimiento…: martirizándonos queriendo ser muy pequeñitos o muy grandes hombres o mujeres (con grandes carreras, éxitos o buenas y rollizas proles; no).

Y esto viene a cuento porque, tomando algo de contacto con el fascinante personaje-Weil (del cual tenemos aquí abajo una muestra en cuanto a notas y comentarios), uno se da cuenta de cómo ella seguramente estaría digamos que “exagerando”, aunque también parece que sabía ya muchísimo —y “sabía” en el sentido de sabiduría chapada a la antigua, es decir, en el verdadero sentido (no el de la masturbatoria “creación de conceptos”).

La parte de nuestra mente que no entiende de sufrimiento, muerte, necesidad… (y que todos tenemos), siempre está ahí, presta a enseñarnos a percibir todo de otra manera (de una manera que no es de este mundo y que no entiende de muerte, separación, etc.). De hecho está para eso, y no otra cosa son los milagros, como vimos: cambios de percepción.

Así pues, tenemos un problema si en la vida exageramos la sensación de: “yo no me lo merezco”, y, por tanto, soy “mala” o “malo” por vete a saber qué cosa por la cual merezco sufrir:

– por cualquier cosa que me hice a mí misma, o que hice al mundo o a los demás…,
– o por las que el mundo me hizo…,
– o porque nací en medios más o menos favorecidos, etc., y debería sufrir así o asá por ser demasiado afortunada/o…, etc.

Empezando a conocer a Weil, y empezando a conocer y practicar —como también estoy haciendo—, los maravillosos materiales no-dualistas puros —como los del Curso, etc.— dan ganas de saltar a gritos por no poder gritarle a Weil al oído…, antes de que ella terminara así como “dejándose morir”…: ¡eh, Simone, no hagas tan real el mundo! ¡Es tu propio sueño! ¡No le pongas tan difícil a tu mentalidad milagrosa el reinterpretarlo por ti —en favor de Dios— para así enseñarte a escapar de aquí! ¡Pero en vida! ¡En vida! ¡Tontaaaaaa!

El despertar se hace en vida, no dejándose influir por las categorías del mundo, por el sistema de pensamiento del ego que cree en la separación, en necesidades, en muerte…, dualidad. Así, nos despegamos de esto en vida y así es como somos realmente útiles a nuestra verdadera Fuente y a la vez “a nosotros mismos”, reconociendo en realidad que nunca hubo un “nosotros mismos” que pudiera elegir; y luego, ya será Ésta, la Fuente, quien nos guíe acerca de cómo y de cuándo “ayudar” a “los demás”, pues estos “demás”, estos “otros”, en realidad, no están separados de nosotros, ya que no somos cuerpos.

Esta Fuente (Brahman_Dios_como-se-quiera-llamar) en ningún momento ve este nuestro sueño, y tampoco está de acuerdo con que lo estemos “pasando mal”, y por defecto lo estamos, más o menos en el fondo, pues el universo de entrada se trata de una pesadilla, se fabricó como tal, ya que aquí venimos a escenificar la muerte, es decir, una ilusión horrible (la Fuente no quiere ni quiso nunca ningún “martirio”, ninguna ascesis exagerada, etc., etc., ya que estas cosas son muy a menudo nuestros propios inventos egoicos para prolongar el sistema de pensamiento del ego y su universo de separación y dualidad irrisorias). La Fuente no lo ve, pero sí que puso en nuestra mente un “intermediario” entre Ella y nosotros; este intermediario sí que ve nuestro mundo, y es una especie de canal de comunicación para ayudarnos a reinterpretarlo todo, para salir de aquí en vida y felices (en realidad es un canal por el que entendemos que toda comunicación real no pertenece en realidad al universo, no está “aquí”).

Pero resulta que todos somos “tontos”, y que no hay juicio-insulto posible que podamos hacer a Simone por lo que hizo, por esa especie de suicidio, pues todos somos iguales al sernos imposible juzgar, ya que todos compartimos el mismo “problema”. Todos empezamos la “vida” aquí, en este no-lugar imaginario, creyendo a pies juntillas que lo que vemos es lo real. Luego, algunas personas, en cualquier ámbito —aunque en poco número desde nuestra perspectiva—, terminan dándose cuenta e interiorizando más o menos la verdad: que todo esto es más bien un sueño en comparación con “lo otro” (con nuestro verdadero hogar), y que existe un nivel de la mente colosal esperándonos (que nunca nos castigó), pero que no puede hacer otra cosa que esperar nuestro despertar del sueño —y desde aquí parece que como a cuentagotas.

La Fuente espera por tanto nuestra iluminación o despertar aparentemente progresivo, en interminables ciclos…; espera que simplemente nos dejemos despertar, actuando aquí abajo teniendo siempre en cuenta el perdón…, y que dejemos de creer en esto simplemente perdonando todo (“por anticipado”)…, ya que si nosotros parece que “estamos” aquí es simplemente porque seguimos, erre que erre, queriendo creer en ello, porque creemos en todo esto…, en el universo de la separación (que fue nuestra propia “creación” desde una aparentemente “minúscula parte” de esa mente colosal; y esa minúscula parte fue quien creyó poderse separar; pero no es posible, y de ahí la ilusoriedad inherentemente fatalista, por defecto fatalista, de este universo).

Y, además, como sabemos, aquí estamos muy atemorizados, lo queramos reconocer o no, pues creemos que “lo otro” —la verdad— va a ser aún peor que este mundo de dualidad, de falsa vida frente a no menos falsa muerte, en ciclos eternos de no menos falsas aparentes reencarnaciones, en este universo y estos niveles de universo de los que apenas vemos —¡oh pobrecitos minúsculos “humanos”!— una pequeña ventana de universo o multiverso…, muy poca cosa…, dentro de esta negra inmensidad… y todo para que así sigamos creyendo en su colosal complejidad…, en su enormidad apabullante…, y demás tonterías.

En Weil podríamos pensar, a bote pronto, que se da en cierto modo algo inverso a lo que podríamos interpretar que buscaríamos si trabajamos a Spinoza en el lado práctico-ético tal como lo cuenta Deleuze…, al menos al principio de una tal práctica “a lo Spinoza”, y si es que conocemos algo su maravillosa ética a través del fascinante comentario de éste, de Deleuze (ed. Cactus).

Simone es como si se tirara de cabeza en situaciones que no le convenían, que le restaban potencia, que le ponían triste…, y ello pese a que —supongo— seguramente ella conocía bien desde muy pronto el “tema Spinoza” (en sus escritos alude al segundo género de conocimiento).

El problema de esto será aparentemente eterno. Porque, diríamos…: es muy loable una persona como Simone por querer mezclarse con todo, por conocer el mundo en su variedad también en lo relativo al sufrimiento, la explotación, etc. (como, vaya, nosotros mismos…, :), en plan masoquista :), a veces nos damos cuenta ahora de que habríamos hecho en el pasado, un poquito también, ya que todos somos “(auto)crucificadores”…, todos…, más o menos).

Sí, digamos que ella “es muy loable”. Mmmmm ¿Muy loable? La respuesta de por qué no es tan loable (más bien, de por qué no habría que emitir juicio alguno), y una vez que conocemos los datos básicos y crudos en torno al no-dualismo puro…, la respuesta es simple: lo que más bien “tenemos que” hacer —cuando lo decidamos así— es no seguir creyendo tanto en este mundo de “ahí fuera”…, no seguir dándole tanto valor intrínseco a “lo de fuera” en tanto que “ahí fuera”…, con esas evaluaciones de las que hablábamos, puesto que, como ya dijimos…, no existe tal “afuera”. Entonces, muy coherentemente, Simone no cejaba en ese espíritu auto-crucificante…, no lo parece…, y parece que hasta llegar con él a dejarse morir.

Parecía muy coherente con eso.

Pero ya dijimos: es imposible crucificar o crucificarse, aunque quizá era lo único que ella podía hacer (y desde luego que fue lo único que pudo hacer una vez ya hecho 🙂 ).

En realidad faltaban pocas decenas de años para que ella hubiera podido tener en sus propias manos el tan esotérico y maravilloso Curso de milagros, donde una voz fascinante que a todas luces parece la de un maestro no-dualista, muy enterado de lo que sucedió hace 2000 años allá por Judea o Galilea…, una voz, le hubiera contado muy simplemente algunas prácticas recetas relativas a la mente sobre cómo salir del atolladero; pero Simone, por lo que cuenta ella misma, parece que se dejó cautivar por los ritos católicos —pese a estar tan en contra de todo o de prácticamente todo el catolicismo al uso—, y, cómo no, ella también se dejó cautivar por el sufrimiento, por el sacrificio, etc.; uno puede terminar idolatrando cualquier cosa; y es que el ego es así, sus trampas son brutales y a veces brutalmente sutiles.

Pero la historia de Jesús, como la de cualquier maestro no-dualista (seguramente Sócrates también lo fue muy puramente…, aparte de los orientales, obviamente), la historia de Jesús (que poco tiene que ver como sabemos con la religión instituida…), su historia no iba en realidad de ir sufriendo por ahí así porque sí…; no se trataba de nada de eso, sino que se trataba de perdonar por anticipado…, de perdonar toda percepción.

Es decir, y yendo al fin de la historia: un ser que ha despertado, un “iluminado”, ya no sufre, pues su mente ha sido ocupada por lo que se puede denominar “mente milagrosa”; así que deja de entender lo que supone la muerte o sufrir, pues parece que se da cuenta de que, al igual que el universo, estas cosas tampoco existen. Y es debido a ello, por cierto, por lo que sucede lo que sucede a su alrededor, tan “raro” (aunque no tanto al parecer como se cuenta en el muy deformado “Nuevo Testamento”), donde a veces sucedían cosas raras…; pero éstas son lo de menos: ¡lo que importa es ir ayudando a la Fuente! ¡Y dejar este irrisorio sueño de dualidad! ¡Esto es un mundo infeliz a todas luces!

La ética de Spinoza-Deleuze da al principio la impresión de que tendríamos que seleccionar demasiado de entre las cosas o situaciones del mundo, más bien demasiado.

Spinoza-Deleuze le otorga mucha realidad al mundo, al universo, lo hace muy real, como cualquier hijo de vecino; y nos la otorga a nosotros, a los cuerpos, por supuesto…, o al menos eso podría parecer al principio; pero en realidad parece más bien una astuta trampa, una buena trampa, para quien lo siga de verdad…, pues ya dijimos…, lo de Spinoza tiene una lectura —sobre todo una práctica— obviamente crística a partir de un cierto momento (“crística” en el sentido del Curso, ni mucho menos en el sentido de lo que el sentido común entiende por todo lo relativo al cristianismo, que aún está muy desfigurado por el pastiche bastante digamos “criminal” que se terminó instituyendo por ejemplo como “catolicismo”).

Y ya al principio, ese tal “hacer real el mundo” es un hacer real aunque bastante suave, al tener que ver con el pensamiento-acción racional sobre las relaciones, que ya de por sí son algo bastante “etéreo”.

Es innegable que a nosotros nos importa muchísimo el mundo, al principio, y que lo creemos en un principio muy real. Por tanto, es obvio que algo tenemos que hacer con éste, con el mundo :), al principio, pues las murallas y las confusiones entre interior-exterior puede que ni siquiera nos dejen comenzar con el trabajo de deshacer el ego.

Pero… cada maestrillo tiene su librillo.

Spinoza, contado por Deleuze (ed. Cactus), es un librillo “racionalista” de las relaciones, y donde el ego parecería querer creer que…, en el proceso de su salvación…, a él se le necesita mucho…, en tanto que “pensador” de las relaciones, en tanto que amaestrador de relaciones…, o incluso como deportista del mundo…, donde va por ahí encantado componiendo individuos de mayor orden, de mayor y mayor escala…, en quizá una cada vez mayor necesaria complejidad aparente (con “proceso de su salvación” se quiere decir, obviamente, proceso hacia el estado de “beatitud”, que es lo que parece contar Spinoza en la última parte de su ética).

Pero no es necesaria tanta complejidad; se necesita al menos en igual medida o mayor medida aceptación, perdón: amor. El fin es la paz, y para ello muy a menudo tampoco parece que haya por qué construirse muchos baluartes para el propio sistema de necesidades en el ego de cada cual, que siempre está más o menos aterrorizado frente al mundo, la economía, etc. (y así siempre en realidad consigue separarse de éste).

La realidad obviamente no es lo que nos cuentan en la universidad, en la ciencia, en los medios de comunicación…, etc.; esto ya es obvio a estas alturas.

Ni siquiera parece que la realidad tenga mucho que ver con lo que puede quedarle a uno en mente tras estudiar “teología”, al parecer, donde supongo que será un poco como en “filosofía occidental”, en la que aún tenemos, y tendremos por mucho tiempo según parece —a la entrada los estudios o las facultades—, un gran cartelón —que no se ve, en caracteres invisibles— donde pone en letras bien grandes: «BUSCA, PERO NO HALLES». Por lo que parece, en teología hay mil y un conceptos para perderse, cómo no; mil y una historias para no despertar, para alejar al interior; aunque en “teología” (no conozco a ningún “teólogo”) se está paradójicamente hablando todo el rato precisamente de eso, de algo que es interior, pues Dios solo está en el “interior”, ya que en realidad no hay ningún “afuera”, como dijimos (en último término es proyección).

La realidad es solo mental, como ya dijimos.

El Curso donde aprendemos esto tan simple sobre la realidad está escrito digamos que “muy poco egoicamente” (pues su autora, Helen, estaba tranquila y racionalmente “poseída” por una pacífica voz ¡con la que podía hablar!).

En realidad, como quizá sabéis, esto no es tan extraño ni tan nuevo, no es tan “de locos”. En realidad, Occidente mismo tiene a Sócrates, una especie de “ídolo”, y digamos que es un ídolo muy justificado: uno de esos “sabios”, por actitud (no por ser ducho en “conceptos” o cualquier otra cosa)…, y que decía escuchar una voz que le hablaba e inspiraba muy directamente (que, como a Helen: «…nunca me obliga a actuar»). Al menos eso pone Platón en boca de Sócrates (Apología 31c-d).

Por eso parece que fue tan extraordinario e inspirador su actuar. La inspiración “normal”, la que podemos todos más o menos sentir (desde una facilidad en alguna tarea, hasta ideas nuevas locas…, u obras de arte…, etc., que nos llegan de golpe e íntegras, y como dependiendo de oleadas de una especie de amor perfecto, de una integridad total…, que se manifestaría en formas a las que más o menos ya estamos abiertos por una práctica determinada…), esa inspiración también sabemos que es como si nos llegara de un “sitio diferente”.

Así que parece un dato —si no somos desconfiados, si somos abiertos de mentalidad— el que haya ocasiones, gente, etc., que, por el motivo que sea, están más conectadas, y simplemente debido a que toca, en ese momento, el estarlo.

Así que este Curso es un texto que, por todo ello, nos suena a algo más esotérico que un simple testimonio de algún “pensador” (con su ego tan reluciente)…, nos sonaría a algo mucho más esotérico que lo que normalmente se podría admitir como “válido” por ejemplo en lo académico, normalmente repleto de relucientes egos, en esa muy neurótica “neutralidad” del tan natural “imperialismo” académico, donde acumulamos siglos de erudición —y digamos que tal erudición es un “fiarse demasiado solo en hombres”, en “egos”, en “personalidades”…, cuando, en realidad, nuestra naturaleza es estar conectados con lo otro, y siempre, aunque tapemos esta naturaleza con millones de libros, de trabajos, de sufrimientos…: de tiempo ilusorio.

Este Curso, recordemos, se dictó en el siglo XX, 25-30 años después de la muerte de Weil, y, como quizá sabréis, parece que viene de parte de la misma conciencia que se encarnó en el rabino a veces denominado Jesús, hace unos 2000 años [sic]; ahí se nos insta también, como en Spinoza, a que no temamos al cambio aparente en las cosas “externas” (es decir, “el cambio alegre” en lo relativo a las situaciones, a la selección en las situaciones que nos favorezca de algún modo si es que lo estamos pasando mal “innecesariamente”).

El cambio es lo penoso de este mundo de dualidad-caos, pero a la vez es la oportunidad para reflejar lo que no es de este mundo, y, por tanto, es también gracias al cambio por lo que… ¡estamos salvados! :); es decir, se debe a ello por lo que vamos, día a día, vida a vida, poco a poco, en apariencia…, aprendiendo a cambiar de percepción enfocándonos cada vez más y mejor en la realidad fuera de este mundo (amor —y humor— perfecto).

Por tanto, podría parecer que el comienzo del trabajo ético en Spinoza es algo muy egoico, en apariencia. En él nos imaginamos a un Spinoza huidizo…, como una especie de ratón de biblioteca, huyendo por las esquinas de la ciudad, de la biblioteca, de su casa, de la de sus amigos, de las tiendas…, de las reuniones…, huyendo de todo encuentro con cualquiera que no fuera a depararle un encuentro “cómodo” donde componerse, y yendo así a refugiarse donde por contra sí se le dieran tales encuentros…; “naturalmente”; y bien, todos hemos tenido momentos o épocas así…, o bien quizá hemos conocido a sabandijas que representaban tal cosa muy bien ante nuestros ojos…, que…, en cuanto pintan un poco bastos…, toman las de villadiego y se esfuman entre las sombras…, pues los conflictos, las discusiones, realmente, son algo deplorable, ridículo, inútil…, basura. Pero la apariencia de sabandija inmunda reptante huidiza solo se da al principio del comentario de la ética que hace Deleuze…, pues, al final…, con el tema de la “beatitud”…, vemos claramente despuntar algo que decíamos que era de hecho tan tan “crístico” y tan tan equivalente al Curso que estamos haciendo…, y que tiene tanto que ver —lógicamente— con deshacer el ego…, que asusta por lo parecido que es con respecto a lo que vamos vislumbrando con el Curso.

La beatitud sería un estado donde a su vez nosotros nos hemos ofrecido “en cuerpo y alma” a que se haga a través de nosotros una voluntad que ya no es la de nuestro ego, que ya no es nuestra.

Es la convivencia con la abstracta voz, esa de la que hablaban Sócrates o Helen. Pero no tenemos que necesariamente oír algo muy concreto en forma de voz, aunque puede ocurrir; también puede ser simplemente un dejarse llevar, una inspiración constante e intensa…

Y al principio vemos que “hay que” aprender un poco el arte de la sabandija a lo Spinoza-Deleuze; pero tal arte nos podría hacer perdernos en el ego, como casi todo; podría justificar en nosotros una ampliación sin fin del ego…, un engrandecimiento falso…, poniéndonos así demasiado al mando de todo, aparentemente al mando de todas las situaciones-encuentros…, y teniéndonoslas por tanto que arreglar muy mucho “por nuestra cuenta”…, en ese caos que es el mundo de los signos, el de las relaciones exteriores…; porque, según el comentario de Deleuze, como recordábamos antes, al principio del trabajo ético habría que seleccionar muy cuidadosamente las situaciones en las que uno/a se mete…; y luego en parte este principio —primer género de “conocimiento”— es algo a combinar para siempre en la vida…, es decir…, a mezclar con otros “principios” de otras fases digamos “posteriores”…, en las que ya se supone que nos acercaríamos más a cierto feliz “abandono”, a cierto feliz abandonar y deshacer el ego (un abandono en el que somos ayudados, lo queramos o no)…, y en el que ya no sería tanto nuestra consciencia egoica la que diría…: “voy ahora a mezclar esta receta y pensar-hacer esta relación…”, “voy ahora a retirarme de aquí o de acá”…

Pasamos, por tanto, de ser autómatas del ego, de ser infelices robots del programa de separación del ego…, a autómatas de la realidad, a felices marionetas de alguien que sí sabe de qué va este sueño (cuyo único objeto es ir deshaciéndolo, ayudando a que los entes de aquí no se lo crean y perdonen toda percepción, cuando empiezan a escuchar su otra voz interna, la suave voz del despertar).

Este convertirnos en autómatas de la auténtica realidad, la que no es de este mundo, ese proceso, no creo que necesite una explicación como la de Spinoza-Deleuze (que se hace tan interesante para el ego, por otra parte), en términos de composición de relaciones, de creación de individuos como límites “superiores”… Esto en realidad a menudo sería escuchar al ego sin más. Pero bueno, esto solo importa en tanto que haya alguien a quien le haya ayudado o que le haya servido como soporte; pero los conceptos siempre pueden funcionar como muy potentes excusas para perderse a uno mismo (lo contrario del “conócete a ti mismo”, que es la meta, pues solo hay uno de nosotros, y eso es lo que “hay que” conocer).

Así que en realidad debemos quedarnos con “lo elemental” si queremos no dar muchas más vueltas en el universo. ¿Por qué? Porque el universo está precisamente para despistarnos (lo pusimos ahí nosotros mismos [sic] para ello, pues nos sentíamos muy culpables…, y teníamos que proyectar; el universo es una defensa ilusoria ante un ataque ilusorio que nunca se dio…, nada más y nada menos).

Todos estos registros —de todas las miles de palabras de los artículos anteriores…, de los dibujos que pondremos en próximos artículos, etc…—, nos dan a veces una especie de “imagen del universo” o del proceso ilusorio que aquí parece desatarse; pero, lo importante es lo que no nos pueden dar por sí solos: la voluntad para “practicar” esto (siendo lo más importante, además, a este respecto, la práctica mental: es la clave).

Es decir, lo que se sugiere en estos temas viene a ser: «oye majo, o maja: no vas a poder aprender nada de nada de esto si no lo experimentas». Este es su grito. Y es más divertido aún, pues en realidad ya todos estamos practicándolo, o practicando algún “camino” —digamos que “sin ser conscientes” de ello.

Lo más importante para todos estos registros, representaciones, palabras, etc., es el tema de la Fuente, la divinidad: Dios.

Suceden dos cosas con este “problemita” de Dios:
— que, si resulta ser un “problema”, es por ser tremendamente simple, demasiado simple para el ego, y…,
— «está en nuestro interior» (la Fuente, el acceso a).

Esto son para mí ya dos hechos, afortunadamente; y nunca podríamos dejar de parar de dar las gracias por ello.

Esta forma de decirlo —interior— parece a veces la única manera rápida que tenemos de hablar de ello, ya que Dios nos parece algo…, digamos…, muy paradójico: es lo que menos “aparece” en el mundo, pues este mundo es solo nuestro sueño (el universo está precisamente para despistar (auto-despiste), y por eso es tan complejo).

Por tanto este sueño-señuelo es algo que a la vez hay que reinterpretar, cosa que en algún momento todos haremos. Tal reinterpretación es algo que se hará “en cuerpo y alma”, deshaciendo con ello la percepción, y ello durante la vida; es decir, que no se trata de algo a nivel de los conceptos, obviamente. El nivel de los conceptos es otra historia más de estas que cumplen en general tan bien ese lema del ego: «busca, pero no halles», aunque los caminos que cada uno tiene son disparatados, y hay gente que llega a ganarse la vida explicando conceptos y cosas así (aunque ahí solo importa el matiz: “ayudar a otros”, como en todo: compartir intereses; así reflejamos la Fuente).

Así pues…, de todo este “absurdo” universo…, ¡para qué hablar más! El universo es disparatado, ¡obviamente! Pero, a la vez, “de algo hay que ganarse la vida”…, como se suele decir en el mundo de las necesidades. Así que los ejemplos de “qué absurdo es el universo” en realidad al final nos valen solamente por sus efectos de suspensión de todo juicio, y no tanto por aquello de…: “eh, vamos a cambiar el mundo, ¡eh chicos!”. Así que ya se acabó, no vamos a poner más ejemplos, por muy verdad que sean —en cierto sentido son desesperantemente verdaderos, piden a gritos hacer algo.

Hemos zanjado por tanto esta “no-guerra” con todo lo anteriormente escrito (por ejemplo con lo de “escapar del ego”, sobre “salir de los juicios”).

Así que se termina la orgía de… “¡eh, qué absurdo es el mundo/universo!”. Obviamente que lo “es”, y está para eso. Pero este último juicio, este último “esto es así”, tampoco nos vale…, pues de lo que aquí se trata es de eliminar todo juicio (pues en realidad más bien ocurre que el universo no es). Por ejemplo tenemos el “absurdo” en las cuestiones médicas, donde tenemos una medicina oficial —acompañada de nuestras aterrorizadas mentes que en general no quieren mirar al interior (“perdonar”) ni de casualidad—que en general tiene un auténtico pavor a la realidad, es decir, a la realidad mental de toda enfermedad (ver Hamer para una tremenda sistematización que sirve de puente hacia algo más real, es decir, hacia que la realidad tiene más bien que ver con que la enfermedad es siempre “enfermedad mental”; pero no importa, todo esto sigue un guión, es un programa (del ego), así que si ya estáis o estamos “cambiando el mundo” como unos grandes héroes (si os ganáis la vida así), pues genial…, si no…, pues igualmente genial. ¡No pasa nada y nunca pasó nada aquí realmente!).

Retomando lo anterior: hemos de reinterpretar todo, a la vez que suspendemos todo juicio (sus efectos) para ver que, en realidad, el universo no para de reflejar a la Fuente, a Dios…, es decir, que no para de llorar alegremente por la Fuente, por Dios; pero parece que, hasta que lo vemos así, pasa mucho “tiempo ilusorio”. Y tal ver o re-percibir parece que nos supone una cierta “iluminación”, es decir, un “fenómeno” que sería como el reverso de todos los fenómenos, en un cierto sentido dinámico y “en otro nivel de la mente”. Sería el último fenómeno, en nuestra plácida y alegre reunión con la Fuente.

Así pues, todo este tema “espiritual” no-dualista ha de vérselas con la paradoja de tener que usar el mundo falso (palabras, conceptos, símbolos, cuentos…) para inducir la práctica de algo que es inefable, que solo se puede experimentar, y para lo cual de nada sirve el solamente tener símbolos (de hecho, recordemos: los cuerpos ya son símbolos, de la separación).

Así que esta “imagen” que recibimos de estos escritos y representaciones es un poco el reverso de todas las imágenes, el reverso de la percepción, ya sea que estemos o no practicándolo en alguna medida (sobre todo mentalmente, aunque parezca mentira, pues la mente, las “creencias”, son cosas muy importantes…).

Estos testimonios son algo que despunta en cualquier tiempo, situación…, bien sea de un modo visible, transmisible, o bien en el más perfecto incógnito.

Obviamente, lo que se conoce mejor es lo que se ha conservado en las tradiciones de todo el planeta, en nuestra era “humana”. En lo “hindú” tenemos esa tradición más pura del vedanta no-dualista, “advaita”…; o, por ejemplo, una parte de la mística sufí o del sufismo, Ibn ‘Arabí, decía cosas muy claras al respecto…; o bien los ejemplos similares que existen en la mística en general y en la judía en particular…, es decir, por ejemplo en ese personaje muy influenciado al parecer por tal mística judía, y que por aquí es muy célebre: “Jesús” o “Yeshua” de Galilea —tan tergiversado a veces…—, y…, ya en general…, todos los “filósofos-sabios” que en el mundo han “sido”, en todo tiempo, pertenecientes a las “gnosis” de todo el planeta-historia…, o bien algo más recientemente gente como Simone Weil y mil otros.

La clave de tal “fenómeno” es simple y es la clave oculta del universo; el universo es un escondite, nuestro escondite de este fenómeno-verdad: de la simplicidad llamada Dios, un Dios que es nuestro verdadero hogar (solo hay “mente”, en realidad). El universo está para escondernos, precisamente nosotros, de esta simple verdad: es un acto de ocultamiento con respecto a la verdad («el mundo es la creencia de que el amor es imposible», dice J. en el Curso no-dualista que seguimos; y la verdad como proceso de desocultamiento en este universo se experimenta más bien como amor (mayor “unión”, etc.)).

Así pues, intelectualmente hablando (y no de una forma “práctica”, pues esto son solo palabras) podríamos describir perfectamente el tema del “despertar” diciendo que, en esos momentos, los sabios, iluminándose, se dan cuenta de un ocultamiento, es decir, desocultan un ocultamiento, desencubren o descubren un ocultamiento. La verdad es por tanto el desocultarse de lo oculto (creo que algo así es lo que venía a decir Heidegger, otro filósofo a la vez que sabio o más bien quizá cuasi-sabio).

Es pues un abrirse, un recordar a Dios, a la Fuente; y esto normalmente lo hace todo el mundo, aquí no hay distinciones, aunque no se exprese así. ¿Por qué? Porque todo el mundo siempre ha reflejado algo esas categorías del Cielo: unión, verdad, etc. —siempre (por mucho que haya hecho el tonto o haya intentado pasarlo mal; en realidad nadie hace nada “por su cuenta”, eso es solo una ilusión). Es decir, todo el mundo ha tenido algún pensamiento verdaderamente amoroso. Y, en ese movimiento del despertar parece que lo que ocurre es que nos damos cuenta (descubrimos recordando nuestra verdadera naturaleza) que todo en el universo es ocultamiento con respecto a eso mismo: a la Fuente, a Dios (y nuestros cuerpos son precisamente símbolos de esta separación ilusoria con respecto a la Fuente).

En realidad descubrimos que no había nada que descubrir, sino más bien un todo a recordar: “nuestra” verdadera realidad inmortal. Haciéndolo, regresamos a la Fuente, cosa que desde aquí se ve como “en cuentagotas”, pero desde Allí ya ocurrió (¡estamos “salvados”! 🙂 ).

Es decir, a nivel cósmico el universo es una especie de vergüenza. O, en el lenguaje del Curso (introducido como dijimos maravillosamente en el libro de Renard), el universo es culpa (en realidad “no es”, es ilusorio): es culpabilidad ilusoria, culpa cósmica que sentiría una “parte” de la mente que tiene miedo de un posible castigo por haberse “separado” de la Fuente, de Dios (insistamos, van entre comillas ‘parte’ y ‘culpa’ porque todo es ilusorio, ya que tal separación solo está en nuestra mente, y el universo es separación por ello mismo).

También podríamos verlo como “deuda”, sentida con respecto a los dioses —algo así parece existir en la tradición hindú, según hojeé en algo de Malamoud. Etc.

En realidad todo es lo mismo. Hay una vergüenza-culpa-deuda-caída-etc…, con su respectivo miedo (y falta, o “pecado”) asociado…, en la base de este universo de la separación ilusoria (del “infierno”).

Pero todo eso es nuestro propio engaño. Nunca ocurrió nada, jamás. El amor no condena y nunca condenó a nadie ni a nada. Y en el universo, el amor, nuestra verdadera naturaleza, solo se refleja; y ello “para” salir de aquí y escaparnos del universo (ese es el propósito que habría que ver en todo si queremos practicar esto; es el único propósito verdadero).

Así que insistamos: las “claves”, en cuanto a mi parecer y por lo que llevo visto —hoy y digamos que desde siempre— ya estarían al completo dilucidadas —son muy simples. En todo lo que hemos divulgado mal o bien por aquí tenemos mil y una “introducciones” o inducciones posibles… Y, repitamos de nuevo: las claves están por ejemplo en Renard expresadas muy amenamente, un Renard que sirve para introducir el Curso no-dualista que seguimos. Es decir, Gary Renard os puede dar una buenísima pista —como me sucedió a mí, creo—, a la hora de entrar en el tema, es decir, de entrar en cualquier simple material no-dualista (no-dualismo que a todas luces parece lo más “profundo” que hay en “espiritualidad”). Y, como dijimos, este maravilloso ‘Curso de milagros’ es no-dualista, puramente no-dualista, también.

E insistamos: son materiales muy simples, pero muy difíciles de sentir o de aplicar, pues en definitiva se trata de perdonar toda percepción, y eso de “perdonar”, a mucha gente, le disonará mucho, o nos disonaba bastante (siempre hay algo que guardamos que nos parece imperdonable, en el mundo, en otra gente, etc.).

En definitiva, el universo no se puede “conocer”, pues el conocimiento supone sencillamente deshacer el universo, y supone, por tanto, salir —escaparnos— de él, del universo —y en vida (= felicidad). El conocimiento es la experiencia del Cielo.

«Estamos realmente atados a irreales cadenas»
(Simone Weil)

«Hablando con propiedad, el tiempo no existe (salvo el presente como límite), y sin embargo es a eso a lo que estamos sometidos. Esa es nuestra condición. Nos hallamos sometidos a lo que no existe. Tanto si se trata de la duración padecida pasivamente —dolor físico, espera, pena, remordimiento, miedo—, como del tiempo dirigido —orden, método, necesidades—, en ambos casos, aquello a lo que nos rendimos no existe. Pero nuestro sometimiento sí existe. Estamos realmente atados a irreales cadenas. El tiempo, irreal, cubre todas las cosas y a nosotros mismos de irrealidad.»
(Simone Weil. Cuadernos, p. 214)

Hablemos de esta parte de la cita:
«Estamos realmente atados a irreales cadenas»

Tenemos por ello dos sentidos de ‘realidad’:

– el sentido del ego, pues para el ego estamos “realmente” atados. El ego tiene su concepción de lo que es “la realidad”; pero es un mero sueño, como lo es este universo, que es nuestro propio sueño desde otro nivel de lo mental —siendo todo un guión que más o menos ya hemos aceptado.

– el otro sentido: la realidad verdadera; no es la del ego, y es esa la que el ego intenta tapar con sus alaridos constantes (que convocan a nuestras reacciones programadas ante lo que nos “afecta” de lo de ahí fuera; las afecciones que disminuyen nuestra potencia singular: nuestra conexión con el amor perfecto).

Esta “singularidad” no es algo relativo a una individualidad:
la singularidad comunica órdenes diferentes de “magnitud”, ámbitos claramente distintos que son puestos en comunicación por el relámpago de una singularidad.
Y el movimiento eminente de la singularidad en cada uno de nosotros es precisamente el de comunicar estos dos terrenos absolutamente incompatibles:
– la verdad, como amor perfecto, nuestro verdadero hogar, fuera del otro terreno, el de…
– la dualidad, que es este sueño de universo.

Todo el mundo está en realidad en el proceso de deshacer el ego, pero el universo tiene mil cosas que aparentemente nos esconden este hecho (que es el único hecho), de formas muy barrocas.

El universo es un “ahí fuera” ilusorio que nos ofrece mil excusas sentidas como muy lógicas, “muy válidas”, completamente “necesarias” (pero que todas desaparecerán, como bien sabemos y no queremos ver), mil excusas para seguir prolongando el tiempo falso de la espera, del orden, la necesidad, el método, el dolor… —como decía la dulce Simona.

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«Lo bello: la realidad sin apego»
(Simone Weil)

Claro: la belleza es realidad sin apego, dice Simone. Por eso en cierto nivel básico toda relación “amorosa”, al estilo usual —por tanto, cualquiera que dure más de unas horas 🙂 —, por eso mismo, por lo que dice Simone Weil…, toda “relación” tiene entonces todas las papeletas para convertirse en el infierno del que también a menudo suelen nacer (proyección de carencia, de que “me falta algo” y tú eres “más especial” y me completarás).

Toda relación que quiera hacer perdurar el infierno de la carencia “honrará” la “fealdad”, y no la belleza, en cada segundo que dure, en cada respiración supuestamente dada “juntos”…, y tan hipócritamente como pueda. Entramos pues de lleno en el infierno de los apegos; ninguna belleza.

Hay “remedio” para esto, y en general sin tener que hacer necesariamente nada demasiado visible en “lo exterior” (pues los cambios importantes son en último término mentales); pero el “remedio” supone un dejarse hacer, como sabemos, un ofrecer, una “fe”.

En general, todo esto de ver qué pasa con los apegos y con el realizar algo al respecto parece estar en la raíz de todos los actos y pensamientos de todos los “sabios” de todo pelaje: en oriente…, o en la tradición más “de aquí”: cínicos, Jesús, escépticos, epicureístas, estoicos, platónicos, místicos de todo tipo…, psicoanalistas (el irónico Lacan), y… Simone, que decía esto tan sencillo también:

«La realidad del mundo la hacemos nosotros con nuestro apego [por eso es ilusoria en “comparación” con la realidad real, que luego Simone llama “exterior” en esta cita aquí mismo]. Es la realidad del yo [es decir, la realidad del mundo es el ego, el sistema de pensamiento del ego] trasladada por nosotros a las cosas. En modo alguno es la realidad exterior [exterior relativamente a la ilusión “normal”, la corriente, la que constituye la realidad]. Ésta [realidad exterior, como la llamó Weil, la “auténtica”, nuestro verdadero hogar] no es perceptible más que por medio del desapego total. Mientras quede un hilo, habrá asimiento

(Más citas sobre apego y vacío en esta entrada de este blog: ‘natural ment’ (extraídas de ‘la gravedad y la gracia’))

En este artículo ‘psicoanalítico’ se está tratando —desde ese aparato de conceptos (Lacan)— esta misma cita de Weil (aparentemente).

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La verdad y Simone Weil

«Una verdad constituye el punto innombrable [indefinible, no cualificable, “a-logos”] con referencia al cual es posible ordenar y colocar en su sitio preciso todas las opiniones posibles sobre un asunto»
(Simone Weil; Cuadernos, p. 343)

¿Por qué no definible?
Porque en realidad “la verdad” no es de este universo.

En este universo —que es cambio, un eterno retorno de la nada del cambio— en este universo, “la verdad”, solo se da como algo que radicalmente da aparentemente mayor profundidad a las condiciones en las que las cosas, en otro nivel, pueden “cambiar”.

En realidad, en la verdadera realidad, nunca nada ha cambiado; y esa realidad verdadera es nuestro verdadero hogar [sic].

Pues como vemos en este otro parrafito*:

«Todos sabemos que no hay bien en este mundo, que todo lo que aquí aparece como bien es finito, limitado, se agota y, una vez agotado, la necesidad se muestra al desnudo. Probablemente en la vida de todo ser humano ha habido algún momento en el que se ha confesado a sí mismo con claridad que no hay bien en este mundo. Pero en cuanto se percibe esta verdad se la recubre de mentira. Muchos que jamás han podido soportar el mirarla de frente por más de un segundo se complacen en proclamarla buscando en la tristeza un placer mórbido. Los hombres perciben que hay un peligro mortal en mirar de frente esta verdad durante un tiempo prolongado. Y es cierto; ese conocimiento es más mortífero que una espada, la muerte que inflige produce más miedo que la muerte carnal. Con el tiempo mata en nosotros todo lo que llamamos “yo”. Para sostener esa mirada hay que amar la verdad más que la vida.»

…amar la verdad… deshaciendo el ego 🙂
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* http://homepage.mac.com/eeskenazi/weil1.html

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«La violencia del tiempo desgarra el alma: por su desgarro entra la eternidad»

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«…el principal apoyo del opresor radica en la rebelión impotente del oprimido»

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«…el peligro más grande no es la tendencia de lo colectivo a comprimir a la persona, sino la tendencia de la persona a precipitarse, a ahogarse en lo colectivo. O quizá el primer peligro no es sino el aspecto aparente y engañoso del segundo.» (Simone Weil. «La persona y lo sagrado», en Escritos de Londres y últimas cartas; p. 23; trad. Maite Larrauri; ed. Trotta. 2000)

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El obvio sinsentido de las guerras: Simone Weil, Spinoza y la guerra civil española

Dice Simone Weil (Carta a Georges Bernanos*), al parecer en el año 1938, y algo después de estar casi dos meses en España, en la guerra civil española:

«No sentía ya ninguna necesidad interior de participar en una guerra que no era ya, como me había parecido al principio, una guerra de campesinos hambrientos contra propietarios terratenientes y un clero cómplice de los propietarios, sino una guerra entre Rusia, Alemania e Italia».

Volvió a Francia digamos que descompuesta tras ver desatarse la conocida “muerte gratuita” que tanto se da en las guerras…:

«Lo esencial es la actitud con respecto al hecho de matar a alguien. Ni entre los españoles, ni siquiera entre los franceses llegados, sea para combatir, sea para darse un paseo —estos últimos con mucha frecuencia intelectuales blandos e inofensivos—, he visto nunca expresar, ni siquiera en la intimidad, la repulsión, el desagrado ni tan sólo la desaprobación por la sangre vertida inútilmente. […] Cuando se sabe que es posible matar sin arriesgarse a un castigo ni reprobación, se mata; o al menos se rodea de sonrisas alentadoras a aquellos que matan. […] Una atmósfera así borra pronto el objetivo mismo de la lucha. Pues no se puede formular el objetivo más que reconduciéndolo al bien público, al bien de los hombres, y los hombres tienen un valor nulo. […] Y bien, esos míseros y magníficos campesinos de Aragón, tan dignos bajo las humillaciones, no eran para los milicianos siquiera un objeto de curiosidad. Sin insolencias, sin injurias, sin brutalidad […] un abismo separaba a los hombres armados de la población desarmada, un abismo semejante al que separa a los pobres y a los ricos. Se sentí en la actitud siempre algo humilde , sumisa, temerosa de unos, en la soltura, la desenvoltura, la condescendencia de los otros.

» […] Se parte como voluntario, con ideas de sacrificio, y se cae en un a guerra que se parece a una guerra de mercenarios, con muchas crueldades de más y el sentido del respeto debido al enemigo de menos.»

Ay, “las masas”…, lo masivo… Las “atmósferas masificantes”. Es como si absorbieran lo que, en sencillo sentido spinoziano, podríamos llamar sentido ético…, es decir, el tratar cuidadosamente con lo que toca a nuestra actitud, o al cuidado de la más mínima posibilidad de seleccionar las afecciones hacia nuestra felicidad…, hacia encontrarnos con nosotros mismos…, hacia nuestro interior…, hacia la realidad.

Es como si las atmósferas siempre pudieran tragarse nuestra capacidad de discernir lo elemental…, vapuleándolo…, impidiendo el mínimo trabajo interior que todo humano puede darse como regalo a sí mismo…, en esa para nosotros su tarea esencial: alcanzar una cierta paz interior.

En general, “la sociedad”, como la guerra, es una condición atmosférica para nuestro ser ético. Las situaciones excepcionales, como esta guerra civil o un partido de fútbol…, lo son, a su manera, y dentro de atmósferas más globales…, y haciendo o no a su vez una posible mella en tales atmósferas más globales (mella que diríamos “política”, “económica”…, etc.).

Pongámonos racionalistas por un rato, a lo Spinoza (macabro el racionalismo, pero no tanto en Spinoza, que era un pedazo iluminado 🙂 ).

¿Cómo podríamos decir que se justifica, en estos casos de guerra, un asesinato?

Pongamos que estamos compartiendo un interés con otros camaradas, en este caso comunistas, anarquistas, etc. Nos une “la salvación de la humanidad”, de la República, o el ascenso radical en la posición política del campesinado-proletariado, etc. Esa unión entre camaradas, esa fortaleza digamos “micropolítica”, se impone a veces por sobre cualquier otra cosa, aliada como está a “grandes ideales”, o paradójicamente sostenida por ellos.

Así pues, ya “nos da igual todo”, todo es lo mismo, da igual ocho que ochenta:

somos de tal o tal equipo, para bien y para mal. Se abre la veda, vamos a la caza de “enemigos”, incluso a su tortura “gratuita”, etc. Cuando agarremos a alguien, y lo matemos, asociaremos su muerte a la imagen (a algo imaginario, al futuro que no existe) de, por ejemplo, una revolución conseguida, una alianza internacional de proletarios y campesinos, la República conservada…, etc., o en el otro bando: a la imagen de un golpe fascista existoso.

Ya estamos, pues, “justificados”, estamos en el equipo, estamos en el agenciamiento guerra y hemos tomado partido (vivido como inevitable…):

aquí se juega a eso; “la vida” poco importa, el fin es el fin y vivimos alegremente para tal fin, entre camaradas; y tanto, que nos podemos reír, en las comidas, por la sangre que algún “enemigo” vertió hace poco, en nuestra quizá embriagadoramente ampliada categoría de “enemigo”.

Para Spinoza (según el comentario de Deleuze) sabemos que no hay ni bien ni mal: hay lo bueno y hay lo malo. Spinoza veía el mundo como relaciones de relaciones al infinito; el mundo no tiene “esencias”, el mundo no nos pide a gritos que seamos por ejemplo “morales” en el sentido usual; eso de la moral son tonterías, son ilusiones, son imaginaciones locas; el mundo no va así, el mundo es digamos “neutro”, y nosotros solo tenemos nuestra perspectiva y nuestro discernimiento selectivo desde ahí (en este “racionalista”, ya digo, pero muy “iluminado” ser que era Spinoza…, insistamos); entonces, solo podemos decir…:

– esto es bueno, esto es malo…, en el sentido de si nos conviene o no nos conviene (de si establece condiciones para la alegría o de si las descompone, podríamos decir también).

Y dice Deleuze**: «será llamada “buena” toda cosa cuya relación o cuyas relaciones se componen directamente con las mías; directamente o con pocos intermediarios».

Pone luego el ejemplo del aire: el aire, su relación constituyente, normalmente se compone directamente con nuestra relación (en tanto que cuerpos, nuestra relación o relación de relaciones, esa que “fluye” en, y que constituye, nuestros cuerpos).

Una relación constituyente, en la guerra —digamos que muy a menudo “nueva”— es la relación micropolítica de “camaradería”.

Entonces, ¡ajá! Nuestra relación de “camaradería”, ahí, tan orgullosa a veces, con todas sus armas, sus planes e ideales…, etc. (en algunos casos quizá más imaginaria, volátil o “superficialmente” que otra cosa…)… ¿cómo se compone tal relación camaraderil con otras relaciones, en ese acto de dar muerte, más o menos “indiscriminada”, a alguien catalogado —más o menos ajustadamente— como “fascista” —por ejemplo, en la guerra civil?

Quizá se trate de que yo, en la guerra, cuando mato, asesino, torturo, y luego me río después, comiendo con los camaradas (en realidad sea el bando que sea), creo estar componiendo:

– esa relación amistoso-comunitario-camaraderil con “los míos”, esa que tiene el noble fin de por ejemplo, visto desde esa perspectiva, ganar la guerra para impedir la arribada del fascismo a la España de los años 1930…,

– con la relación que quizá se instituya, futurible, imaginaria (¡oh peligro!, el presente nos queda tan lejos…), tras haber ganado la guerra o incluso derrotar al fascismo en Europa.

Éticamente en realidad esto obviamente parecería malo, en la definición de Spinoza.

Aún así, a pesar de ser tan claro, de todas maneras no podríamos decir, en racionalistas estrictos: “es el mal”. Paradójico, pero…

Vamos a ver cómo, muy “racionalmente”, si queremos decirlo así, el mundo, en general —obviamente—, no tiene ningún sentido, en absoluto, es pura estupidez, puro disparate, a no ser que nos dediquemos prácticamente solo a “perdonar”, y, que con ello, nos escapemos dulcemente de aquí, de la demencia de este universo de destrucción (ya en otra nota hemos visto decir a Weil claramente que aquí no es posible ningún “bien”).

Veamos si hay algo “bueno” en el sentido de Spinoza.

Las relaciones de la persona que matamos, en el aquí y ahora de tal acto…, se descomponen (no hay composición, siquiera), a la vez que supuesta e imaginariamente componen nuestra relación —en el futuro— con una “nueva sociedad” revolucionaria o con simplemente una España sin fascismo y con una República conservada.

Creemos —imaginariamente— que descomponiendo esa relación descomponemos la relación del fascismo, o algo así de confuso, mil cosas así de confusas.

¿Eh?

¿Es que vemos aquí algo “bueno”, algo que componga sus relaciones directamente, o con pocos intermediarios, con nuestras relaciones?

Uf. ¿Nuestras? Digamos que son nuestras ya las relaciones de camaradería con los compañeros o también las de la República, las de la democracia.

Si acaso, lo que inmediatamente se da es un cadáver que, muriendo, descompuso sus relaciones constituyentes para con ello, luego, quizá, provocar o hacer (re)constituirse, en mí, la camaradería (para componer y recomponer relaciones camaraderiles) con los compañeros del infierno de la guerra, o, del todo imaginariamente, componerse con la relación de la República, conservada imaginariamente mediante el concreto asesinato o fusilamiento de, pongamos, las 12:15 AM, poco antes de comer.

Horror, infierno, desastre.

¡Bah!. En general parece obvio, estamos en una gran trampa, la trampa de las guerras. No tiene sentido. No hay nada “bueno” éticamente, en sentido spinoziano…, la guerra es basura. Es absurdo, no se entiende cómo el humano es tan tonto…, a no ser que sepamos ya, como parece que ya sabemos, que todo esto, que el universo incluso…, es nuestro propio sueño; nunca tuvo, tiene o tendrá, jamás, ningún sentido (solo el de perdonar).

Ese estilo de guerra, ya tan aparentemente “de otro tiempo”, siempre parece que fue eso: engañar sin parar a la gente para que crean estar justificados en su propio envilecerse (mientras tanto, gastando balas, productos industriales…, acicateando la industria…, y mientras tanto…: el capital haciendo los negocios de turno…, etc., etc.).

El universo es, aunque parezca muy esotérico decirlo…, pero no…:

es nuestra propia estúpida conspiración contra nosotros mismos. Pero es puro sueño, no tiene consecuencias. Así que hemos venido a perdonar, y todo lo que podamos: no hay nada ahí fuera, todo es un sueño, nuestro sueño.
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* «Escritos históricos y políticos» (2007), pág. 253…

**  «En medio de Spinoza», Ed. Cactus, pág. 143.

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Una nota “primeriza” sobre libertad:

« …Dos cuestiones distintas para un máximo de libertad:
1º que el individuo tenga la menor necesidad posible de la colectividad;
2º que la colectividad tenga la mayor necesidad posible del individuo, es decir, del pensamiento (puesto que es lo único inseparable del individuo).
Emprender la búsqueda, no de la técnica que da mayor rendimiento, sino de la técnica que da mayor libertad: una completa novedad…»
(Simone Weil, Cuadernos, p.40)

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