Sentir: mística material   Leave a comment

Michael Brown: autor de "el proceso de la presencia" y "la alquimia del corazón"

Michael Brown: autor de El proceso de la presencia y La alquimia del corazón

«Si odiáis el mal, debéis tener cuidado con vuestra concepción del término. El odio es restrictivo: estrecha el campo de vuestra percepción. Es realmente un cristal oscuro que ensombrece la totalidad de vuestra
experiencia. Él hace que cada vez encontréis más y más cosas que odiar, y que llevéis esos elementos
odiados a vuestra propia experiencia.» (Habla Seth II)

«No se puede comprender lo que hace vivir a las cosas si para ello se les roba primero la vida. Y así, cuando el hombre aprendió  a clasificar, calcular y diseccionar la naturaleza, se volvió insensible hacia la cualidad vital de ésta y ya no se sintió parte de ella. En gran medida el hombre renegó de su herencia, ya que el espíritu nace en la naturaleza y el alma, y por un tiempo reside en carne.
» Los pensamientos del hombre ya no parecían tener ningún efecto sobre la naturaleza porque en su mente se veía separado de ella. Así que, paradójicamente, aunque se concentró muy conscientemente, en los aspectos exteriores de la naturaleza, acabó negando los poderes conscientes de su propia mente. Se volvió ciego ante la conexión existente entre sus pensamientos y su entorno y experiencia físicos.
» La naturaleza se convirtió entonces en un adversario que debía controlar. Pero, en el fondo, sentía que estaba a merced de la naturaleza, porque al aislarse de ella también se negó la posibilidad de usar muchas de sus propias facultades.
» Fue en este momento cuando el hombre interpretó tan mal la propia naturaleza de la mente consciente, y las posteriores escuelas de psicología atribuyeron a las partes  inconscientes del ser esos poderes no reconocidos o rechazados. Ciertas funciones muy naturales de la mente consciente, por tanto, se «enterraron» y se impidió su uso normal.» (Habla Seth III)

¿Por qué es tan importante la mente en lo relativo al sentir?

Las diferentes culturas materiales de las épocas de nuestro sueño-universo influyen en qué conlleva eso que denominamos “sentir”.

Por una parte parece obvio que “el sentir” estaría en el centro de toda “cuestión”. Pongámoslo ahí, en el centro.

Y siguiendo el hilo de eso que no se ve, del sentir, podemos preguntarnos por ejemplo por las claves de cómo se dio en este mundo aquel bárbaro exterminio del “mundo indígena”, cometido por nuestra “metafísica occidental”, hipnotizada como está ella, de esa forma tan desequilibrada —dentro del equilibrio posible entre las dimensiones evolutivas de lo “mental”, lo “físico” y lo “emocional”.

Diríamos que, ante el hecho de que en nuestra “cultura” todo lo indígena podría recordarnos demasiado a nuestro Niño interior —ese que tenemos por norma tan mal integrado— entonces aquellas claves del exterminio tendrían que ver, claro, con ese mismo desequilibrio, el que atenazaría exageradamente a ese Niño interior con el “corazón roto” que todos portamos (ese que siempre tuvo que aprender a simular en vez de a Ser, en una sociedad-de-adultos increíblemente poco integradora de tales “dimensiones”).

Mente

Pero hay dos significados de mente; el primero es muy importante para nosotros, en un primer momento, a la hora de hablar de nuestra integración —es decir, de una forma digamos más “psicológica”.

El segundo es importante a la hora de hablar muy claramente de nuestra liberación o despertar del sueño.

Ambos podrían requerir (para algunos de nosotros) que los distingamos lo mejor posible, en un principio, para así a su vez poder hacer otro tipo de integración de “más alto nivel”:

1.— Un significado de “mente” es el relativo a nuestro desarrollo “psicológico” en sentido amplio de “psicológico”.

Aquí nos interesa comparar las diversas cualidades de nuestra manifestación aparente como seres vivientes; vemos que hay una especie de etapa evolutiva donde se accede preponderantemente a una dimensión mental de la existencia, al “contarnos historias”, como dice Michael Brown (La alquimia del corazón), contarnos historias sobre cosas; esto de entrada supone aceptar los medios que para ello ha dispuesto nuestro mundo adulto de turno (donde siempre en realidad “cuentan los que vencieron”, en el doble sentido de “cuentan”; o bien cuentan las víctimas; todos ellos hablan de forma “tendenciosa”, como dice Brown), y por tanto contarnos nuestra propia historia, configuradora de nuestra “misteriosa” personalidad…, y para con ello, mal que bien… huir de nosotros mismos hacia delante, en tanto que somos un atajo de emociones que han quedado sencillamente reprimidas cuando reflejamos —obviamente sin poder comprender— el mental mundo de los adultos (“represión” primordial y sucesivos actos relativos a la simulación).

“Huimos”, por tanto, tal y como lo decíamos ya en Amor negativo…: huimos partiendo desde una etapa digamos más “solo emocional”, en la etapa infantil.

2.— Otro significado de “mente” sería el fundamental, y estaría muy directamente relacionado con nuestra liberación del sueño como un “todo” (liberación o despertar del sueño).

Lo hemos tratado ya algunas veces por aquí, aunque no hemos hablado del problema de la palabra “mente” en sí.

Todo el universo es una especie de error de percepción de la mente que se cree dividida. Tal división no existe, pero para demostrárselo a sí misma y para con ello creer que atacamos a nuestro verdadero Creador o a nuestra verdadera Fuente, “tuvimos que” proyectar todo un universo (falso, de la percepción), donde venimos a hacernos los inocentes, a sufrir aparentemente, etc.

Sin embargo, solo existe el amor perfecto de esa Mente que nos creó en tanto que en realidad nosotros no estamos aquí, donde sin embargo creemos estar, en el universo físico: en cuerpos físicos contándonos historias conceptual-mentales para digerir falsamente unas vidas ilusorias basadas en la idea falsa de la separación.

No estamos separados por tanto de este último problema, tan “global”; no lo estamos en tanto que aquí nosotros holográficamente repetimos el mismo patrón de “mentes divididas”, configurando con ello —sin creer que somos autores— configurando alrededor nuestro, en el sueño de universo, un cierto patrón de manifestación “externo” de las cosas físico-mentales, patrón que rota alrededor del otro patrón interno o “malla conflictual”, intensa, vibratoria: el del contenido profundo de separación (falso).

El círculo se cierra cuando sabemos (por UCDM por ejemplo) que ese contenido profundo de separación también es una mera idea aunque en dimensiones “cósmicas”: es mente digamos que en un nivel más global.

Así pues, esta responsabilización interna —liberación o despertar— depende de esa “metafísica global” de este apartado 2. En realidad es una especie de última anti-metafísica. Ésta nos permite “comprender” rápidamente —directamente, en tanto seres mentales en el sentido 1— un cierto “cómo” fundamental acerca de nuestra liberación del universo —liberación de los apegos en tanto que somos responsables de ellos como seres que proyectamos desde nuestro centro vibracional…, responsables de cómo vivimos la experiencia programada por el Ello-ego-universo para auto-engañarnos proyectando separación.

Quizá las culturas “más integradas” (llamadas “primitivas”), y quizá por no estar, como nosotros, tan hipnotizados con lo mental y lo físico, permitirían de cierta forma que se pueda ver mejor tanto la “dimensión de integración” en 1, como la dimensión “global” de 2 (a partir de ahora usaremos esos números —1 y 2— para referirnos a la dimensión involucrada —de “integración psicológica”— en 1, y a la de “liberación global” o despertar del sueño en 2).

Quizá el vivir en medios culturales más susceptibles de promocionar cierta integración nos permite sentirnos más y mejor como “fabricantes” de nuestra realidad, como responsables del loco rotar de lo exterior en torno a aquel patrón conflictual que venimos a manifestar aquí en la tierra en cada vida y de mil maneras diferentes.

Marius Schneider, autor de El origen musical de los animales-símbolos

Esas culturas compartirían, con la percepción infantil, el poder percibir fácil y globalmente el universo por “totalidades rítmicas”, como las llama Marius Schneider en su El origen musical de los animales-símbolos.

Es decir, con todo el cuerpo “en trance” somos capaces como humanos —en tanto que somos cuerpos-instrumentos del universo: robots del ego-universo, en tanto que éste es separación ilusoria—, somos capaces…, decíamos, con todo el cuerpo-alma más integrado… somos capaces de entrar individual o colectivamente en estados donde vivimos más directamente la mente global dividida en tanto autores de la misma… y todo para con ello percibir-transmitir “historias” que son mucho más que historias, que son inmersiones colectivas (o en pareja de chamán-“paciente”) que se centrarían en los ritmos “reales” que comparten los seres de este universo (es decir, que forzamos a que “compartan” con nosotros desde nuestra proyección, pues en realidad no hay nada “ahí fuera”), aunque tales seres, como nosotros en tanto cuerpos, sean por otra parte ilusorios, en la dimensión 2 de la que hemos hablado arriba.

Pero es precisamente por tal ilusoriedad por la que puede tener muchísimo sentido tal “conectarse”, “locamente”, de los seres, por totalidades rítmicas.

El origen musical de los animales-símbolos

El origen musical de los animales-símbolos

La percepción rítmica, por totalidades rítmicas, de las cosas, que divulga Schneider en el primer capítulo, es algo que básicamente hemos perdido, pues nuestra cultura no favorece el (o se construye básicamente con la represión del) traer la inmensa riqueza posible de una “percepción infantil” hacia las cosas del mundo adulto.

Y esto parece que, casi siempre (hasta que el universo se deshaga en la inmensa carcajada sincrónica en la que se deshará con nuestro sucesivo despertar “individual”), casi siempre en estos planetas aparentes (como la Tierra)… parece que “todo” evolucionará “naturalmente” (aunque el universo no es “natural”, recordemos) en la misma dirección en la que hasta ahora estaríamos, dentro de “la historia” oficial (una violenta dirección de no-integración). Y ello sucedería hasta que las civilizaciones enloquezcan y se auto-destruyan, dándose cuenta —en un quizá aparentemente fatídico “último darse cuenta”— muy material-física-mentalmente, de que el universo es meramente nuestro sueño.

Pero esto no nos importa, es mero espectáculo dentro de la separación; y no importa porque durante este camino, y para quien quiera elegir escuchar…, en el camino, quienes se han ido dando cuenta —como Jesús, Buda, etc.—, nos han ido dando medios simples para irnos enterando-despertando al escuchar lo que somos desde dentro de nosotros mismos. ¿Cómo? Sí sí: individualmente.

¿Individualmente? ¡Qué egoísmo!

Pues no, no es egoísta, ya que se trata de que el tal “camino” es un deshacer el ego, sin juzgarlo, dándose cuenta con ello de que en realidad solo hay UNO de nosotros.

“Individualmente” por tanto; es decir: independientemente de las ilusorias “salvaciones globales”, o colectivas, que, por una parte, son del todo imposibles, ya que no estamos separados.

Es por tanto, y muy en general, una contradicción bárbara (una compensación o componenda mental para no enfrentar nuestro cuerpo emocional) el hablar de “salvación colectiva” y justificarnos mentalmente nuestras vidas con ello; eso es la dimensión fatídica de “lo político”, enfocado como desde “arriba”… desde “lo mental”.

Y es por tanto una contradicción hablar de “evolución de las civilizaciones”: ni ellas ni el universo “evolucionan” realmente (todo lo que cambia aquí es para dejar sin tocar el problema “vibracional” profundo); el universo es un carro caótico que gira y chirría sobre sus falsas ruedas dando vueltas a la nada de su falsa redondez… es el eterno retorno cíclico de la nada. En realidad, como “sabemos”, el universo no existe (solo está para salir amorosamente de él; el universo es solo “propósito”; pero solo hay dos propósitos o ideas universales: una nos condena al infierno (la de separación) y otra nos saca de él; y tal infierno solo está en nuestro interior: no hay nada fuera: ¡no existe el universo!).

El sentido 2 de símbolo (más digamos “paradójicamente metafísico”, pues se trata en realidad de la última anti-metafísica, la de la sabiduría de todos los tiempos) es relativo al hecho de que aquí, todo cuerpo, es símbolo de la separación del universo, y por una parte simboliza por ello una idea falsa.

Por otra parte, el sentido 1 de “símbolo” tendría que ver con cierta percepción simbólica; en ella las clasificaciones de las cosas del universo son relativas al canto o vibración interna, percibida-proyectada por seres vivos (humanos) digamos en principio…: “más integrados”, ya que saben mejor, más integradamente, en cuerpo y alma (con mucha “mística material”), que ellos son los soñadores del sueño que es este universo “material”.

Esta vibración interna de todas las cosas provoca una “clasificación” de las mismas que no es una clasificación tal y como la entiende la “mente occidental”, sino una movilización rítmica alrededor de una especie de centro intenso de la experiencia. En torno a eso parece rotar realmente “la simbología”.

Por esa profundidad de la vibración con la que se “clasifica” el mundo simbólicamente de una forma “primitiva” (más sutil e integrada/integrable) podríamos entender que los seres así dotados son más “psíquicos” por estar más habituados a esa cierta integración que supondría una percepción más global del ego-ello-universo, una realizada digamos que “con todo el cuerpo” (físico-mental-emocional integrado).

Entonces, mezclar “material” con “mística”, en el título, ya no es algo tan confuso.

Obviamente la persona mística, el místico, tiene un cuerpo, es decir, su “comunicar” intenso se hace en/con un cuerpo, aunque “el místico” en realidad recibe amor de algo “natural” aunque paradójicamente natural: es lo único natural en realidad (pues el universo no lo es); recibe por tanto amor de aquello que está en nuestro interior y que es aquello que está fuera de los cuerpos, y que ni siquiera ve este mundo de cuerpos (la Fuente, lo más natural del mundo, en realidad).

Por otra parte, hay muchas acepciones de la palabra “mística” o de “lo místico”. Podemos también con estas palabras referirnos simplemente por ejemplo a las “vidas espirituales”. Así pues, aquí cabe casi todo.

Volvamos a 1 y 2, y simplificando

El terreno de “lo espiritual” es entonces relativo a:

1.— La integración de nuestras aparentes dimensiones como seres físico-mentales-emocionales.

2.— Y también es relativo a “2”: a la comunicación con lo inefable, que está más allá de este universo pues éste es solo nuestro sueño.

Esto “espiritual” es pues incluso relativo a trascender tal “integración 1” en una comunicación con lo inefable, en una conversación con lo que Michael Brown llama “lo vibracional”, con el contenido vibratorio interno del cual nos vamos dando cuenta que era lo que configuraba nuestra experiencia (la configuraba ya fuera por falta de integración, ya fuera en el raro caso de la felicidad de una integración maquinada, cuando vamos trabajando en lo que se nos pide hacer para escapar de aquí).

La alquimia del corazón

La alquimia del corazón. Michael Brown

En realidad 1 y 2 podrían claramente tener mucho que ver entre sí —y de ello va toda la reflexión sobre lo “transpersonal”. Cuando nos integramos podríamos ser “más” capaces —aparentemente— de conectar con aquella Fuente de la cual podemos recibir amor.

Como sabemos, la parte “2” involucra a un “Actor” (la Fuente, Dios) que no tiene nada que ver con este mundo (amor perfecto); y “su realidad”, que es paradójicamente la única real (su realidad de “no-actuación” o “no-acción”) no está sujeta a las “leyes” de lo que creemos ser “nuestro universo”.

Su no-acción es algo relativo a lo milagroso (y ya cualquier cambio de percepción es un milagro, como vimos).

Por ello ni sabemos ni tenemos por qué saber en realidad cómo es la “(no)relación” entre 1 y 2; y no podemos saberlo realmente, jamás (por muchas teorías ajustadas que tengamos en “lo transpersonal”), pues no podemos saber sobre el plan, sino solo apuntarnos a ese plan que existe para deshacer este sueño de universo: solo podemos apuntarnos a él o no apuntarnos (seguir apegados esquizofrénicamente a las posesiones físico-mentales-emocionales no integradas, las cargas que impiden la potencia de actuación de la parte integradora o correcta de nuestra mente —desde “lo emocional”— en este mundo).

De todas maneras, seguramente que echando mano de las sorprendentes correlaciones en astrología (esas al parecer conocidas desde siempre por “los sabios” públicos, excepto quizá diríamos que en civilizaciones en cierta degradación no-integrativa, como la nuestra), podríamos contextualizar un poco mejor todo este asunto del que en realidad da un poco igual “hablar” y “hablar”… pues en realidad, desde nuestro centro intenso —que no tiene nada que ver con el universo— podemos hacer que cante el universo entero (y de hecho eso es lo que ocurre).

El espíritu, lo vibracional, es potencialmente un puente con nuestra verdadera realidad, como amor, y que nada tiene que ver con lo que vemos como físico, aunque podamos sentir sus influencias y abrirnos más a las mismas.

Normalmente sin embargo nos anquilosamos, y nos parece muy difícil en nuestro estado no integrado el “conectar”. Hay mil y una formas culturales de anquilosarnos y de relativo despertar (relativo a las dimensiones del anquilose). Pero no debemos olvidar que en realidad nunca hemos perdido la conexión, y que de nosotros solo se “pide” un recordar nuestra verdadera naturaleza: el milagro del cambio de percepción solo depende de nuestra elección, y siempre está esperándola pacientemente.

El despertar absoluto es aún siempre relativo, excepto que para el individuo llega un momento en que sabe que no hay vuelta atrás y ello pese a tal relatividad: sabe que es lo absoluto en tanto que escape progresivo en la inocencia.

Lo absoluto de la Fuente (como dice Corbin a cuento de lo “ab-suelto”) actúa pura y felizmente para nosotros porque es lo ab-suelto y porque lo tenemos a nuestra disposición: absuelto de todo cargo que le imputamos, de toda carga (ver la definición de “absolver” en el diccionario si se necesita).

Lo absuelto en nosotros es lo inocente, la inocencia de nuestra conexión con la Fuente; es nuestro Niño inocente interior, es el Espíritu Santo que nos susurra (“no creas en lo que ves”); es lo que sabe que hay una parte de nosotros que no tiene absolutamente nada que ver con el universo, ya que está conectada con la Fuente que no lo creó, que no lo soñó, y que sabe que no es real.

Esta parte absuelta, en conexión con lo absoluto, nuestro Niño, nos puede enseñar a ver el universo de otra manera, una manera en que conseguimos escapar de él en tanto conciencia pura e inocente que siempre fuimos —aunque nos agobiamos con las nubes inventadas de la falsa proyección de culpa, falta, pecado, miedo.

La “mística” en realidad se refiere pues a una “otra vida”, esa que en realidad todo el mundo tiene aunque no la reconozca. Uno mismo parece que difícilmente puede reconocerlo si solo se tienen las herramientas “conceptuales” (la mente deformada usual), y con la “política de conceptualización” de esta determinada cultura donde se nace hoy (pues para eso está lo cultural, el ego, para estructurar un mundo que por definición reprime el tratamiento “natural” del cuerpo emocional).

La cultura, la filosofía, etc., es componenda, es magia, compensación de nuestra no-integración, da un medio de ocultamiento en el campo del ego.

Perdonando todo sueño (incluso en sus “injusticias” aparentes)

Entonces, la dimensión de 2 es altamente liberadora por lo siguiente.

En realidad todos los fenómenos, objetos, situaciones… dan igual, amorosamente igual, desde el plano de la Fuente (o “Dios”, para los amigos), y solo importan en tanto que aprendamos a mirar con Ella ese “afuera” que realmente no existe en ningún “afuera” espacio-temporal.

Todo esto supone encaminarnos hacia nuestra felicidad auténtica, que solo proviene de nuestro interior en niveles digamos “mentales”; entonces, al final, en último término, dan igual los tipos de formas “antropológicas” de aquel mirar (proyectar-ver) a las que seamos más propensos dependiendo de la época ilusoria en que hayamos parecido nacer en este sueño de universo, dependiendo de la época en la que estemos ahora aparentemente “reencarnando” ilusoriamente.

Es decir, tampoco tenemos que desesperarnos por nuestra perdida “intensidad primitiva”… o por la perdida intensidad infantil… ya que aquí nunca ha pasado en realidad nada.

Es decir, para nuestra auténtica liberación, en el aquí y ahora del despertar del sueño, siempre posible… es decir, para “2”… da igual el contexto antropológico, social o material de aquel mirar —de ese que es un mirar que tiende a la visión… a la visión del vidente que se re-úne en nuestra verdadera naturaleza en el Cielo con la Fuente y con todos nosotros en tanto que mente no-separada y vuelta a reunir; visión que alimenta tal naturaleza real…, que la anticipa… que la enseña, la aprende y la re-toma.

Es decir, perdonemos, es decir: por una parte es igual “un primitivo” que “un ilustrado”.

Para la Fuente o Dios (amor perfecto) resulta que no hay ninguna diferencia (todo el mundo está ya salvado, pues el tiempo nunca existió). Dios no está “fuera”, ya que no hay ningún afuera; lo que vemos delante es solo un sueño; claro que todas estas diferencias (primitivo-ilustrado), sin embargo, a la Fuente le importan muchísimo pero por un solo motivo: porque y mientras a nosotros nos importen.

Solo podemos elegir nosotros nuestra liberación. No se nos puede obligar. Y nuestra liberación depende de no hacer diferencias.

Solo nuestra voluntad es importante, solo nuestra intención, nuestra atención-propósito… y ya sea que nos encontremos danzando en trance salvaje imitando o ritmando con nuestro cuerpo y otros materiales alguna situación “natural” del contexto vital… o ya sea que estemos sentados más o menos plácidamente (a ser posible sin muchas culpas de por medio) en el trono ilustrado de turno, y redactando la enciclopedia de turno de la época histórica de turno.

Realmente no hay grados, pues el ego-ello-universo no existe… ya que el universo es solo nuestro invento.

No hay grados; aún así, volvamos a describir qué ocurre en culturas más “integrales”:

el cuerpo entero, y diversos objetos con él, pueden “pensar” imitando ritmos… haciéndose uno y regresando a estados más unificados en lo mental del Ego-Ello-universo. Esto lo vemos en los materiales citados o enlazados, y que nos cuentan algo digamos “más antropológico”.

Pero esto lo podemos hacer también nosotros por ejemplo con terapia regresiva…, etc.

¿Qué es entonces “pensar”, en un sentido ampliado y teniendo en cuenta esto? Pensar sería (re)integrar(se), proyectar desde nuestro interior de forma más holista, es decir, intentando sumergirnos y traer a la oscuridad del mundo de la vigilia capas más profundas del inconsciente (siempre por una parte colectivo-individual) para intentar favorecer un cierto “regenerar”-comprender-perdonar el mundo de la vigilia, y por el mero placer de ser y de saber que no somos de tal mundo.

Así pues, todas las cosas en el universo parecen estar relacionadas con cuerpos, hay un polo aparente material. Pero en realidad este polo es manifestación del polo vibracional, interno, pues todo depende de nuestra proyección, del “cómo” en el “cómo percibimos”.

En lo interno, en la mente en sentido 2… tenemos —como sabemos ya desde siempre en este blog (y en Renard, en UCDM, etc.)— dos cosas estrictamente separadas, pues una es real y otra no.

Lo real es la conexión con la Fuente, lo no-real es nuestra mente dividida que pretende haber podido negar el Amor, haberlo podido atacar: cree en que lo que ve es real, pese a que solo es un sueño de separación.

Nuestra parte dividida es falsa, y el único “problema” es que creemos en ella. En realidad en nuestra mente no tenemos esta separación tajante, y solo parecemos tenerla debido a nuestra creencia en que lo que vemos está “fuera” —y cosas por el estilo.

La parte de la mente que no está dividida espera pacientemente (susurrándonos) a que la hagamos caso y a que dejemos de proyectar separación, a que dejemos de creer en la separación.

Estamos todos salvados, comprendidos, perdonados, liberados, despiertos…, pues nunca ocurrió nada.

Ahora toca recordarlo conectando con la eternidad que espera.

Paz y amor.

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