«La peor cosa que los padres, profesores o cualquier adulto puede hacer con un niño es perder el control»   Leave a comment

»Diciéndolo de una manera sencilla, una creencia en el bien sin creer en el mal os puede parecer algo sumamente irreal. Sin embargo, esa creencia es el mejor seguro que podéis tener, tanto para la vida física
como para después. Vuestro intelecto puede sentirse insultado por tal creencia, y las pruebas recogidas por
vuestros sentidos físicos pueden gritar que eso no es verdad, pero creer en el bien y no en el mal es en
realidad sumamente realista, ya que ello mantendrá vuestros cuerpos más sanos en la vida física, os
mantendrá psicológicamente libres de muchos miedos y dificultades mentales, y os dará un sentimiento de
tranquilidad y espontaneidad con que podréis desarrollar vuestras capacidades más fácilmente. Después de la muerte os liberará de la creencia en el infierno y en el demonio, y el consiguiente castigo. Estaréis mejor
preparados para entender la verdadera naturaleza de la realidad. Sé que este concepto puede ofender
realmente a vuestro intelecto, y que vuestros sentidos parecen negarlo. Pero ya deberíais saber que vuestros
sentidos os dicen muchas cosas que no son verdad; y os digo que la realidad que perciben vuestros sentidos
físicos es el resultado de vuestras creencias.» (Habla Seth I)

Esto es lo que dice Wapnick en este vídeo subtitulado (min. 3’43”):

Niña enfadada pidiendo a gritos cambiar al Amor. Pero si se enfada, si es revoltosa, si es indisciplinada, rebelde… tú no te enfades, pues solo está pidiendo amor (todos no hacemos otra cosa que eso)

«La peor cosa que los padres, profesores o cualquier adulto puede hacer con un niño es perder el control».

Pero como vemos en “la vida” esto es prácticamente lo normal; es normal que suceda así, tal pérdida de control de un adulto ante un niño. Pero no deja de ser dantesco ver a un adulto representar ese personaje: estar enfadado con todas sus fuerzas contra un niño.

La firmeza amorosa no nos suele parecer que sea algo suficiente para tratar con estas situaciones “desesperantes”. Y parece que los niños provocan especialmente muchas situaciones en las que los adultos fácilmente perdemos la paciencia y saltamos a gritos, a golpes… de la rabia o de la ira… desesperación.

Pero la asimetría es tan brutal…: este enfado tan “asimétrico” se siente como algo realmente dantesco, infernal. Y al mismo tiempo parece ser “lo normal”. ¿Cómo es esto posible?

Ya sabemos “por qué” pasa esto: es así porque el universo está precisamente configurado para poder representar cierto drama de la mente global, un drama de nuestra propia invención: la separación (y se trata de una ilusión, aunque una muy bien fabricada, eso sí).

Ya el mero enfado “entre adultos” se siente a veces sin mucho esfuerzo como algo que es por completo absurdo… aunque quizá normalmente esto se llega a sentir mejor con el paso del tiempo, cuando nos vamos cansando de “vivir” la misma historia de siempre sin aprender nada real.

Pero entonces… si ya solo el enfadarse “entre adultos” es algo que resulta a veces tan tonto o cansino… o tan absurdo… u otras veces tan irrisorio… qué no nos resultará o parecerá también el hecho de enfadarse ¡con los niños! —y si quizá sabemos mirarlo con los mismos ojos “inocentes” con los que vemos la inutilidad o absurdo del enfado entre adultos.

El sentir la “estupidez” del enfado en general, es quizá algo que nos llega cuando somos —ya dijimos— más “maduros”, o estamos cansados… y nos decidimos por cierta reintegración: una reintegración con esa cierta “presencia interior” que siempre podemos elegir; con la presencia que nos “reconcilia” con nuestro corazón dañado; es decir, con la que vamos intentando “despertar del sueño”, de ese sueño que llamamos muy rimbombantemente “universo” (que solo es una idea: la mera idea de la separación).

Y, de todas maneras, recordemos por otra parte que este fenómeno tan general, el del enfado, sería una “estupidez necesaria”… ya que aquí estamos en un gigantesco salón de clases, en un aula inmensa… aprendiendo por el solo hecho de proyectar todas estas “tonterías” (“enfado”) en el mundo de la dualidad, de la materia.

¿Por qué? Porque así podemos ver nuestro interior roto ahí “fuera”, y reintegrarnos con la Fuente perdonando (aprendiendo a elegir el milagro del cambio de percepción)… perdonando todas las ilusiones que vemos (recordemos también que la Fuente es amor perfecto, es decir, nuestra verdadera naturaleza (o “Dios”)).

Pero lo dicho: es a veces absolutamente desquiciante contemplar la situación de un adulto enfadado, tirándose de los pelos, por los actos de un niño de 4 o 5 años.

¿Qué estamos enseñando al niño con el enfado? 

Lo dice Wapnick en el vídeo. Y bien, intentemos empezar a comentar sobre cuál es el contexto donde estamos situados cuando nos enfadamos con niños.

Si nos damos cuenta, un adulto, el que básicamente proteja al niño en ese momento (y será casi siempre la madre en las etapas más tempranas)… un adulto es de cierto modo el sustituto de la Fuente, del amor perfecto, de Dios, en la tierra… para el niño.

La madre simboliza “la Diosa”. Pero sabemos que tal Dios, o la Diosa, o la Fuente… o como lo queráis llamar… sabemos que Eso que es nuestra verdadera naturaleza es algo que no tiene nada que ver con este mundo (con el de la tierra, con “la materia”) pues precisamente todo este “universo material” (que es nuestro propio sueño) está configurado para poder creer (nosotros, la mente global) que hemos destruido al Amor… es decir, que el Amor es algo que pudimos y podemos “atacar”; es decir, que todo esto está fabricado por nosotros mismos así como “en otro nivel de la mente” para poder aquí “abajo” creer que estamos en guerra contra Dios —o que incluso lo hemos asesinado (en el fondo, inconscientemente, eso es lo que creemos; tenemos un miedo terrible a mirar en nuestro interior, y debido precisamente a este otro miedo inconsciente, el que digamos “viene” del comienzo de los “tiempos”).

Así, a la vez —y paradójicamente— tememos una venganza que vendría en algún momento futuro de parte de ese dios inventado, una venganza atroz por su parte. Nosotros temeríamos tal cosa global, inconsciente e “individualmente”.

Le pedimos algo a Dios, en tanto mente (y previamente a soñar este sueño)… parece que le pedimos la separación, la “individualidad”; pero esto no se nos pudo conceder realmente (es decir, no eternamente… pues solo lo eterno es real); no tuvimos lo que hubiéramos querido, ya que no es posible, y ello por pura y simple incompatibilidad con el auténtico ámbito al que pertenecemos: la eternidad del amor perfecto de una Fuente que en realidad no se puede atacar, cambiar, distorsionar… y que no tiene nada que ver con este sueño de universo que tuvimos que soñar o fabricar para jugar a ser individuales, separados, etc.

A Dios solo se le puede “cambiar” en sueños, y eso es lo que es el universo, en consecuencia: un sueño de muerte, destrucción…: la dualidad.

Y bien, ¿qué pasa si un niño ve ese enfado del adulto que es quien precisamente “sustituye” a la Diosa, o Dios, en la tierra (enfado que ya dijimos parece siempre absurdo, aunque solo sea por lo asimétrica que resulta tal situación, entre un niño y el adulto)?:

«Cuando te enfadas con un niño, lo cual es diferente de ser firme, disciplinado, etc., le estás diciendo a ese niño: “tienes razón, has cambiado a Dios”» (Wapnick)

Es decir, que en cierto modo el niño ha conseguido “matar” al Amor. Ese sería el mensaje básico con el que graba sus primeros pinitos en la grabación de su “cuerpo emocional”… cuando consigue que un adulto pierda los papeles.

Sabemos en general qué “elección” tenemos siempre a nuestro alcance ante cualquier cosa de ahí fuera que a bote pronto nos parezca “un ataque”: interpretarla como petición de amor, sea cual sea su naturaleza aparente.

Y la petición de amor que viene de un niño cualquiera “enfadado”… es algo tan tan paradójico como lo sería este universo: es una petición que viene de un individuo, de un ego… en aparente formación… y que requiere respeto firme y amoroso, disciplina efectuada desde la seguridad del Amor (no ira, no enfado)…, desde la presencia del Amor en todos nosotros; y requiere respeto hacia esa extraña “decisión” del niño: la de “venir” a “reencarnar” una y otra vez aquí “abajo” a creerse “individuo”.

Nosotros podemos elegir de cierto modo un “hacérselo más fácil al Amor” (a la Fuente en nosotros, a Dios) si, ante el niño, simplemente nos comportamos lo más astutamente posible: interpretando el comportamiento como simple petición de amor, si bien en la paradójica forma de —obviamente— aquello que conforma este universo: cuerpos que a veces están “en formación” cuyo destino es despertar del sueño (es decir, deshacer el universo en su mente despertando, siendo felices de verdad, reconectando con su verdadera naturaleza como mente eterna reunida en la Fuente).

Ay, si supiéramos elegir nuestra presencia interior automáticamente delante de todos los niños…, qué fácil sería la paz interior para todos… qué fácil sería “erradicar” toda disfunción emocional… esa disfunción que es “lo normal”… y que para colmo, en estas civilizaciones “modernas” y “posmodernas” es aquello que parece nutrir esas cosas tan “importantes” como “la economía”…, como el sistema de producción (publicidad…), o también cosas como el paradigma médico convencional en gran parte basado en una sociedad drogadicta… etc.

Y fue así, con ese mensaje que fue meramente una invención en nuestra “mente global”: “hemos atacado/matado al Amor, a Dios… a la Mente de donde salimos”… fue así como empezó nuestro sueño en tanto “ego global”, en tanto mente global.

Creímos que el Amor se podía atacar o cambiar, distorsionar… etc.

Esto dio pie a que soñáramos la mera ilusión que llamamos universo, la ilusión de separación.

Si criamos, pues, a un niño, en la infancia, tal y como usualmente hacemos (rodeado de adultos dementes, que obviamente están “emocionalmente rotos” y que por supuesto para nada eligen la presencia en sí mismos), entonces estará claro que tal disfunción emocional (demencia normal) que los adultos hemos heredado de nuestros contextos respectivos será lo que a su vez y de forma “natural” hereden “nuestros” niños.

Este parece el sello casi irremediable del mundo: «tú, niño, ¿has visto? Enfadándote has sido capaz de hacer lo que has querido con el sustituto de Dios en la tierra; tu dios ha perdido los papeles… has hecho trizas al sustituto del Amor perfecto en este reino de postín que es el universo… eres, pues, capaz de llevar por ejemplo a tu madre a esos estados irrisorios de desesperación rocambolesca en situaciones altamente asimétricas y sin sentido alguno… esas que se dan entre vosotros los niños y los adultos que son vuestros cuidadores que os “aman”».

Pero… insistamos o recordemos esto: con todo ello tampoco estamos “culpando” a nadie, ya que todos por un lado somos inocentes (solo nos creemos muy inconsciente y profundamente culpables)… pues todos estamos aprendiendo, en este salón de clases.

Y estamos aprendiendo a volver a elegir la voz que no es el ego, en nosotros… aprendiendo así a cierto “reintegrarnos” con la Fuente (recordar lo que somos)… con Dios… volviendo a elegir esa presencia que sabe percibir este sueño… el universo… y percibirlo de tal modo que todos “salimos ganando”… mientras a la vez el sueño se va deshaciendo (es lo único realmente “natural” aquí), deshaciendo en donde vino: en la nada de una loca idea, la idea loca de la separación… una mera idea sin consecuencias para nuestra verdadera naturaleza como mente perfecta.

Sigue Wapnick diciendo (copio subtítulos con pocos cambios):

«“Has tomado a mamá y papá, que son tan amorosos, y los has convertido en alguien tan demente como tú”. “Ellos también tienen berrinches, como tú”»

Y sigue:

«…así que eso es lo peor que pueden hacer con un niño, porque le estaremos demostrando que su miedo más grande es cierto; se le estará diciendo que es un ego omnipotente […]:

» “ves lo que puedes hacer, eres todopoderoso”, “me vas a cambiar y voy a convertirme en un idiota que grita” [dice el adulto].

» […] La culpa que surge en todo esto [en esta fabricación de adultos en el contexto demente donde ponemos a los niños] es enorme, puesto que te [nos] recuerda el cambio (culpa) “original” que instituiste, cuando el ego cambió a Dios, aunque no lo hizo en la realidad, sino en su sueño —y ese es el comienzo del sueño del ego.

» En realidad nada pasó, Dios no sabe nada del sueño. Dios no sabe nada del sueño de un hijo “enfadado, culpabilizado, pecador, demente”… Dios solo se conoce a Sí Mismo y a su Hijo como una extensión de Sí Mismo; eso es lo único que sabe. Debido a que no podemos cambiar a Dios tuvimos que inventar un dios que sí pudiéramos cambiar.»

Un dios que sí pudiéramos cambiar: el dios del ego, ese que venimos a escenificar desde muy pronto, en la tierra. Y, al parecer, una de las primeras situaciones —de las de fuera del útero— donde aprendemos tal escenificación que es un sinsentido (esa que a su vez tiene que ver —como todas las demás— con la paradoja constituyente del sinsentido que es este universo: la de “el amor tiene opuestos”, el “amor negativo“)… una de las primeras situaciones es precisamente la de la familia, donde fácilmente se pierde la paciencia, y donde nos enseñamos tanto “caos” (aprendiéndolo nosotros al mismo tiempo, pues, como sabemos… lo que se enseña se aprende; el enfado separa; si enseñas enfado, aprendes enfado, aprendes a verte separado como ego…, enfadado… enseñas la separación del ego; es decir, de nuevo: enseñas la idea loca que dio pie al sueño y por tanto lo que dio pie también a sentir que estábamos perdidos aquí, que algo falta… que necesitamos despertar de esto… de este infierno ilusorio).

paz y amor

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Publicado 23 noviembre, 2011 por qadistu en amor, discernimiento, ego, verdad

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