El perdón es la locura feliz que te saca alegremente del mundo, de la separación   Leave a comment

«La consciencia no está esencialmente construida sobre esos preceptos del bien y el mal que tan a menudo os preocupan. Por deducción, tampoco lo está el alma. Esto no quiere decir que en vuestro sistema, y en algunos otros, no existan estos problemas, ni que lo bueno no sea preferible a lo malo. Sencillamente quiere decir que el alma conoce que el bien y el mal no son más que manifestaciones diferentes de una realidad aún mayor.» (Habla Seth I)

El mundo es una escombrera rebosante de negativos, repleta de película en negativo.

Esos negativos son recuerdos de cosas que nunca ocurrieron.

Perdonar es revelar los negativos y montar una película a todo color que te lleva al Cielo.

El mundo es una escombrera repleta de patrones de amor negativo que nos hacen reactivos para no permitirnos —nosotros a nosotros mismos— dar respuestas, darnos respuestas, “perdonándonos a nosotros mismos”… responsabilizándonos… al darnos cuenta de que podemos montar una película completamente diferente de esa que tenemos por defecto tirada por la escombrera, y que puede ser sustituida por una feliz película que nos dice que este basurero no es nuestro hogar, pese a que lo hayamos fabricado para sustituir a nuestro verdadero hogar.

Para el mundo es una locura que siquiera nos planteemos perdonarlo todo, perdonando incluso por anticipado, o en el mismo momento en que ocurre eso “a perdonar”.

Para mi sorpresa, creo que tras dejar durante los años y más o menos inconscientemente que algunas preguntas básicas se mantuvieran en el cuerpo… parece que hemos descubierto de forma “vivencial” que más bien es precisamente el mundo lo que es algo por completo demente.

El mundo es una especie de defensa que fabricamos como mente colectiva en un ilusorio “pasado lejano” por el hecho de habernos creído seriamente una locura en tanto que tal “mente colectiva” no separada.

¿Qué nos creímos? Nos tomamos en serio la idea de la separación. Es decir, nos creímos una cierta interpretación de esa idea demente de la separación… una interpretación seria, que se olvidó de reírse de tal idea. Pero en nuestra verdadera naturaleza, llamada por ejemplo “Cielo”, solo hay “risa”, solo “amor perfecto”… aunque de nada sirve en general describirlo solo con palabras.

Esa interpretación a su vez como vemos se toma en serio el mundo aquí y ahora y en cada momento. Y por eso este mundo, o universo, el que surge tras dicha seriedad, no tiene ni pies ni cabeza, ya que nos hemos creído una interpretación que el ego hace a través nuestro y constantemente: aquella interpretación de aquella loca idea de la separación. Y esto el ego lo hace “a través de” nuestro asentimiento o decisión constante por él, de nuestro decidirnos constante e “inconscientemente” por el ego; es decir, mediante nuestro decidirnos por su interpretación del mundo, por su interpretación de la separación; es esta una decisión que llevamos a cuestas, segundo a segundo, con más o menos sensación de lastre (dan igual los grados); y es una carga (ilusoria) con la que cargamos ya por el solo hecho de haber “nacido” aquí, en este no-lugar llamado universo y en tanto que cuerpos “sufrientes” e “indefensos” destinados a una “muerte” segura.

Así, el ego es la instancia que creímos y dimos pie al creer en su interpretación de la loca idea de la separación; nos decidimos por defecto por el ego para tapar la única otra decisión (solo hay dos): decidirnos por la Presencia del Ahora eterno que tenemos en nuestro interior esperando y que nos “habla” de nuestra verdadera naturaleza en unión con la Fuente (amor perfecto, Dios), en tanto mente colectiva unida en el Cielo (la esfera de la verdad, donde no hay elección, y que podemos elegir vivir, progresivamente, y para que nos arrope en el caos de identificaciones con el mundo “externo” que constituye el ego… en un “mundo” que no está afuera en ningún exterior… sino dentro de nuestra mente).

Así pues, tal idea de la separación está ilusoriamente “materializada” en este universo de cuerpos, y tal interpretación se refleja aquí en nuestras mentes, en la tierra, en eso que llamamos “ego”. El universo es una defensa que no consigue ni mucho menos aliviar el miedo que nos dio la interpretación de la idea loca, sino que sigue y sigue reciclando culpa y miedo relativos a tal separación imposible de nuestra verdadera naturaleza en Dios.

Y el perdón, poco a poco, lo que hace es simplemente un cierto deshacer: deshace las falsas consecuencias que tuvo tal idea loca: el universo; el universo es un sueño donde venimos a proyectar, como mente dividida… donde venimos a revivir una y otra vez esos cansinos ciclos de ataque, de miedo y separación… con su correspondiente y también principalmente inconsciente escapada reunificante, escapada de todo este lío: el “despertar” (“cerrando el bucle” entre tierra (infierno ilusorio) y Cielo(realidad)).

El universo esconde el hecho de que tenemos mente… como dice Kenneth Wapnick… esconde el que tenemos una mente que puede siquiera decidirse por algo real (la esfera de la verdad del Cielo, que nos arroparía aquí si purificáramos nuestra mente de toda la oscuridad del ego simplemente dejando que la verdad, lo natural, la luz… trabajara en nosotros). Esconde por un lado el hecho de que estamos decidiendo constantemente: esto lo esconde en su aparentemente ser “natural”, en la aparente “naturalidad” del mundo material, biológico con el que nos identificamos creyendo que es “causa” de algo… y en la fragilidad y en la “personalidad” de las vidas de nuestros cuerpos, sociedades… escondiendo así el hecho de que todo esto es un sueño que es proyectado solo por nuestra constante creencia en la interpretación que el ego hizo de una loca idea.

Al esconder por tanto el hecho de que tenemos una mente que puede decidirse, esconde la otra elección clara que tenemos, la Presencia, nuestra Identidad real, que nos enseña a mirar el sueño con ojos completamente inocentes y que nos enseña por tanto a escaparnos en vida de él (solo se puede hacer esto en vida) pues solo es un sueño (de miedo, muerte, destrucción… es decir, de una “vida” dependiente en dualidad de su “opuesto” ilusorio: la muerte).

El perdón es pues lo único natural, ya que en el mundo, en tanto que el universo simboliza la separación (idea que es absurda), no hay absolutamente nada cuerdo —no en tanto que lo veamos como mundo de la separación, como mundo con cosas separadas, etc.

Decíamos que se puede perdonar “al instante”, pero obviamente el pasado también lo perdonamos: también buscamos más o menos inconscientemente perdonar todo el pasado, pues el pasado, al igual que el universo, en realidad no existe… (solo es la creencia en la separación); el pasado solamente insiste en que lo perdonemos reflejándose en las más o menos caóticas o desesperantes circunstancias externas —las mismas que nos llaman a la integración perdonando todo lo que nunca existió (y en aquel “externas” incluimos cosas como el cuerpo —cuando por ejemplo “enferma”).

Pero, para empezar, es corriente comprobar que la palabra ‘perdón’ está muy mal vista, ya que por aquí está relacionada con esa tan a menudo fatídica tradición católica en lo “religioso”.

Esto que ocurre con las palabras tiene sus ventajas… y sus inconvenientes: por un lado puede contribuir a hacer más inconsciente aún esa culpa (auto-ataque) que de todas maneras sentimos, y, con ello, conseguiría en parte que tal culpa se reflejara en cualquier motivo disparatado “a perdonar”: desde por ejemplo el motivo de haber nacido en un país “x” supuestamente “mejor” que otro…, hasta cualquier otro motivo aparente (incluso por cosas que nos pasaron cuando éramos fetos, pues todo quedaría almacenado en lo que Brown llama nuestro cuerpo vibratorio).

Hacernos “inocentes por defecto” —esta cosa tan simple y que nos daría tanta paz—… reconocer, recordar, que somos absolutamente inocentes en vez de culpables por defecto… es una aparente imposibilidad para el mundo y una completa locura; o quizá también sea una completa desfachatez… ya que el mundo de “ahí fuera” parece precisamente alimentarse a menudo de culpa y en general de ataque en formas muy diversas.

Así pues, el hablar en estos términos no es algo que esté bien visto. Nos hemos vuelto muy enrevesados, no podemos llamar a las cosas por su nombre; no podemos llamar ‘culpa’ al auto-ataque o auto-machaque constante en que más o menos inconscientemente estamos sumergidos (por los fantasmas del pasado, el futuro, el “qué dirán”, etc.)… eso no nos es fácil hacerlo… y, entre otras excusas que nos ponemos para dificultarnos el ser simples, sanos, honestos con nosotros mismos (querernos)… entre otras excusas tenemos la excusa de “lo religioso”…: la historia de la religión y qué “mala” fue… la historia del poder religioso y sus malvados patriarcas… la sociología… etc. —y recordemos que la religión en realidad no se puede instituir, pues, como dice Jesús en Un Curso de milagros: «…el mundo es la creencia de que el amor es imposible».

Y comunicar con la esencia de lo que somos, esa presencia… una esencia que estaría digamos que como “a la contra” de lo que propone el mundo que somos… ese comunicar es el único trabajo real que podemos hacer en el mundo, es lo único que nos aproxima a nuestra realidad, a una realidad que no es de este mundo en absoluto, pues nuestro estado natural es el reconocer, en una experiencia vital y constante (estado al que todos llegaremos, y en vida, pues la muerte no existe) que nada de esto que vemos delante habrá ocurrido jamás: que la separación y el miedo no son reales.

Por un lado es lógico y a veces hasta útil quizá el hecho de que el ‘perdón’ sea tan a menudo algo que esté fundamentalmente muy mal visto, pues la palabra, el concepto y el acto se han usado para hacer justo lo contrario de lo que debería realmente significar “perdonar”.

Si el mundo es algo deprimente, infeliz y demente es por ejemplo porque intenta demostrar que el “perdón” usual es algo valioso; el perdón usual es eso que Jesús llama, en el El canto de la oración, “perdón-para-destruir”. Con este perdón al uso, el que destruye… todo el “hecho” de “perdonarte” a ti consiste en reconocer que tú eres alguien que ha cometido algo terrible o más o menos terrible… y, luego, otorgarme a mí mismo la potestad de no solo reconocer que tú hiciste eso —lo cual te identifica miserablemente solo con tu cuerpo, tu comportamiento y tus circunstancias… es decir, con la trinidad del ego, tal y como lo dice Michael Brown en su precioso El proceso de la presencia—… sino, además, “absolverte” (!) más o menos explícitamente, con una arrogancia que en realidad no sabemos hasta qué punto nos rebaja a los abismos vibratorios más miserables de este infierno de la separación que hemos fabricado para “expiar” una culpa que nos hemos inventado nosotros mismos en tanto que mente colectiva… un infierno que llamamos rimbombantemente ‘universo’ (esto lo aprendemos maravillosamente con las imprescindibles palabras que nos llegaron en el siglo XX con el texto de ‘Un Curso de milagros’ (UCDM)).

Así pues, el perdón “auténtico” es una auténtica locura para el mundo, pues desde tal perdón por fuerza hemos de sentir profundamente que en todo este dislate de universo no hay y nunca hubo nada que perdonar… y se siente en el mismo instante en que lo que sea que ocurra ahí “fuera” esté “pasando”… o incluso antes, como dijimos, pues cuando te vas haciendo “inocente”, es decir, “feliz” desde la alegría del Ahora eterno… se supone que sentirás las consecuencias de tus actos incluso antes de que éstos ocurran; es decir, te haces tremenda y liberadoramente responsable.

Alguien que perdona realmente, alguien que es perdón… es decir, alguien inocente… es alguien que no puede compartir ataque (ni se le ocurre), es decir, que no puede compartir culpa, miedo, separación…: solo puede extender inocencia, paz… sea cual sea la condición de lo “exterior” (que nunca está en ningún “afuera” y nunca lo estuvo)

Y esta locura sana, la del perdón que no destruye, la del auténtico perdón… es lo que más nos acerca a nuestra no menos sana y loca “única realidad”, esa que no está en absoluto “aquí”, como cuerpos, en la tierra (como “polvo”). Como dijimos, nuestra auténtica realidad es el Cielo, es decir, en nuestra unión con una Fuente que nunca hemos abandonado o perdido —solo en sueños, en los sueños de miedo que quiere ser este universo pero que serán transmutados por todos nosotros en sueños felices, en alguna vida ilusoria, y cuando nos vayamos dando cuenta de que «nada real puede ser amenazado», que «nada irreal existe»… y de que precisamente en esto «radica la paz de Dios» (la única paz real) (ver UCDM, pág. 1).

paz y amor

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Publicado 3 diciembre, 2011 por qadistu en amor, discernimiento, ego, verdad

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