Representamos la obra teatral de un autor loco, sin espectadores, y que podríamos titular ‘infierno’   Leave a comment

El universo en tanto separación es una puerta a la nada

«Cuando uno ha nacido y muerto muchas veces creyendo que cada muerte supondría la extinción, y luego a esa experiencia sigue el conocimiento de que la existencia aún continúa, entonces le embarga la sensación de la divina comedia.» (del libro “Habla Seth I”)

Representamos una ridícula obra teatral, el infierno de un ‘guionista’ loco, y para ningún espectador, hecha para nadie. Este es el universo de la separación, aunque en realidad es solo nuestra creencia en él —aunque parezca mentira, sencillamente no existe.

Nos creemos libres cuando sin embargo estamos sujetos al guión de un ego loco, el falso “autor” del sueño que es este universo.

En el momento en que nos diéramos cuenta profundamente de lo ridículo que es todo esto despertaríamos jovialmente (o en su caso aún más jovialmente quizá de lo que ya habréis logrado estar).

Pero, inconscientemente, tenemos muchos impedimentos para asumir el anti-papel que podemos asumir al darnos cuenta que en realidad aquí no hay nadie y que nadie real ve nuestras tonterías: somos un cuerpo trabado de juicios, somos un inocente (invisible) escollo para el amor real, un amor que no es de este mundo.

Tenemos muchos impedimentos para nuestro, podríamos decir… “crecimiento emocional”.

De forma transitoria, para ir sanando, esto lo podríamos expresar en contextos donde existen fórmulas como por ejemplo esa de Michael Brown, que dice que el mundo es el patio de recreo de unos inmaduros emocionales. Somos inmaduros hasta que decidimos ponernos a cargo de nuestra respectiva carga emocional negativa, no integrada y que tarde o temprano es algo desintegrante. Tal carga procede —en el contexto de Brown— de los tiempos de la infancia —por lo menos viene de ahí (o de más lejos).

Pero, por defecto, lo que hacemos los humanos es arrastrar tal carga en tanto carga, y no ponernos a cargo de ella: no nos hacemos responsables emocionalmente de ella. Así pues, llevamos la carga como una carga, y así va modulando nuestro cuerpo de juicios en sus reacciones inconscientes, y más o menos infernales. Esto lo hacemos en vez de estar a cargo; en vez de dar respuestas responsables nos cargamos a las espaldas las cargas negativas emocionales —de nuestros contextos familiares y sociales— y vamos por ahí reaccionando: reproduciendo patrones de amor negativo más o menos exagerados, por el mundo… y con casi todo el mundo.

Nuestros egos, aquí, no pueden ser en realidad espectadores de nada. Y nuestro ego, como diría también Brown, está compuesto por la mortal triada de: comportamiento, circunstancias vitales y apariencia (cuerpo).

Tal triada no tiene ninguna relevancia para la realidad, aunque esta frágil triada es precisamente aquello a lo que más nos apegamos para ser “felices” según el infernal e invertido concepto de “felicidad” que tendría el mundo-sueño.

Hay una única presencia o un único “espectador” al que en buena lógica podemos entregar esta obra irrisoria sin espectadores, y ello con una lógica que no es de este mundo, pues este mundo no tiene ningún sentido. En parte tal entrega es algo que ya hacemos, y que haremos tarde o temprano más explícitamente si es que queremos ver algún efecto que tenga que ver con esa realidad que nos espera siempre en nuestro interior; nuestra realidad nos espera pacientemente para “contarnos” —progresiva y suavemente, con una experiencia definitiva— que el infierno, esta obra teatral, es en realidad nuestra propia pesadilla: es meramente el resultado de la interpretación de una loca idea, la idea de la separación.

Esta interpretación “seria” de la idea loca es algo que seguimos realizando “holográficamente” cada vez que vemos el mundo con el ego, cada vez que interpretamos automáticamente con él lo que parece suceder “fuera”.

Y esto nos introduce de lleno en la dualidad cuya emoción base es el miedo (alegrías y tristezas en la dualidad llevan por lo bajo un bajo continuo como fondo de miedo).

Esta presencia nos enseñará, por lo dicho, que aquí no merece la pena que se siga representando ningún papel, pues todos tienen el mismo guión: la separación, la obra del loco que en realidad somos nosotros mismos, así como “inconscientemente” por alimentar la interpretación de una idea loca: la separación.

Aquí nos merece la pena más bien dejarnos llevar por la presencia interior, y para que ella consiga que todo sea lo menos dramático posible para todos… es decir, para recordar nuestra naturaleza, para volver a enseñarnos con ella la otra interpretación de este sueño de universo —un universo que es el intento de materializar una imposibilidad: la separación.

Así pues… ¡en qué paradoja nos vemos! Pues esta presencia —a la cual entregamos esta no-obra del mundo— precisamente nos enseña que esta obra no tiene realidad. Le regalamos por tanto una nada, y, por cierto, debido a eso mismo, a que es nada… en nada se nos termina disolviendo cualquier “culpa”, cualquier miedo, etc.

El universo es auto-ataque, es culpa.

La obra teatral, “la separación”, se alimenta de ciclos y reciclajes de una ficticia culpa (auto-ataque) que nos provocamos a nosotros mismos cuando, como mente colectiva, pensamos que habíamos hecho algo real (“pecado”)  a nuestra Fuente de amor perfecto y que habíamos usurpado los poderes de tal Mente, la que nos creó… o que la habíamos atacado e incluso “matado” al haber creído la interpretación del ego de la separación (creímos que habíamos atacado, con algún efecto real, a lo que llamamos Dios o Fuente).

Así que esta fue aquella interpretación de la que hablábamos, la de la “idea loca”. A partir de ahí estamos dormidos.

Haber interpretado así dicha idea es lo que nos llevó en el mismo golpe a fabricar todo un sistema de “pensamiento” y a proyectarlo (universo): “pecado”, culpa, miedo —que como vimos en varios lugares se corresponde por ejemplo con el pasado, presente y futuro del “tiempo lineal”.

Pero el amor perfecto de la Fuente —nuestra verdadera naturaleza, Dios—, no se puede atacar (no cabe tal “separación”)… y todo lo que vino de haber pensado que eso era posible nos lleva a un sistema demente de pensamiento (ego) y a sus intentos de “materialización”, intentos que nos invitan a que sigamos interpretando erróneamente la idea de la separación al verla “claramente” ahí “fuera”.

Y sí que en principio nos puede parecer muy difícil el llegar a no “interpretarnos” —a nosotros mismos—, con todo el cuerpo (en vez de decir… “con toda el alma”)… en tanto que víctimas… como víctimas de las condiciones externas… cuando… por ejemplo… somos bebés. Pero para eso es precisamente el universo: para proyectar culpa, para representar este drama absurdo de las víctimas, de la debilidad, del sufrimiento, etc.: para la película del ego, para representar un sistema de pensamiento demente (muerte…).

Y esto es todo el “problema”, un problema que en realidad no existe, es decir, que no es ningún problema para la realidad, y que, como vemos es profundamente psicológico —lo cual queda claro gracias al texto de Un Curso de milagros (dictado por Jesús en el siglo XX).

Parece como si el reparto estelar en esta obra de “la separación” fuéramos todos nosotros junto con el resto de muy conscientes y “culpables” humanoides, esos humanoides que desde siempre habrá habido en este sueño de universo (desde un “siempre” que no existe, pues el único “siempre” que existe es el de esa eternidad que nos espera con sus canciones de infinito amor perfecto en nuestra presencia interior).

Aunque, hablando globalmente, y como aquí no hay nada realmente separado… puesto que el sueño es meramente un sueño (no existe)… entonces, dicho “reparto” podríamos decir que está compuesto por todo: por cualquier ente que en el mundo parezca existir… y aunque por tanto haya papeles “menos estelares” (por cierto que al ego le encanta esto del más y del menos, de las gradaciones y las clasificaciones).

Pensando pues en los entes del mundo… y por todo lo dicho, nos podemos además “explicar” el hecho de que “la mente” pueda hacer cosas “raras”: mover objetos, cuerpos… y provocar cualquier otro efecto de los a veces englobados en la “parapsicología” y asuntos relacionados; todos esos fenómenos son potencialmente “reales” siempre que parezcan ocurrir con ciertas “garantías”… y ello sencillamente “debido” a que aquí nada es real —en realidad, al ser un sueño, aquí no está ocurriendo absolutamente nada.

Este reparto es pues un reparto en el que nos metemos —por mera e inventada culpa (que es auto-ataque holográficamente asumido y vuelto a asumir hasta que somos verdaderamente felices en alguna vida ilusoria en el infierno)— a representar la enésima obra o ciclo de dualidad (de bien vs mal; de feliz vs infeliz —«unos ganan y otros pierden»).

Y esta representación irrisoria es por tanto el aspecto negativo que nos “une” a todos en una unión tramposa que no es ninguna unión real: la mortífera “unión” del ego en tanto que mente dividida global.

Pero también estamos unidos (realmente) en tanto mente pura, perfecta, libre de culpa, perfectamente unida al amor perfecto que nos creó. Ella siempre está ahí, unificada y unificante, unificadora de nuestra percepción, y preparada para ayudarnos en nuestras interpretaciones del papel… en esos momentos en que nos decidimos por “salirnos”, y en los cuales le pedimos ayuda para interpretar la pesadilla (para dejar de percibir ataque, culpa, separación, percibiendo siempre (qué difícil) lo “contrario”: amor).

Y esto es algo que como dijimos todos ya hacemos, consciente o inconscientemente, pues en realidad siempre ya en parte estamos eligiendo esa otra realidad, la de la presencia… aunque esto no tiene por qué ser realizado de forma explícita o digamos “muy consciente”, claro está.

Parece pues que lo que hacemos normalmente en nuestras vidas ilusorias es mezclar los “aspectos ego” con los del “deshacer el ego”… y de forma “lógicamente” caótica. Y es que cada cual tiene sus tiempos… aunque, como dijimos, ya todo el mundo en realidad está despertando en el reconocimiento progresivo de que paradójicamente ya está despierto… viendo pues que esto era solo una pesadilla.

Solo existe por tanto un problema, y que no es ni siquiera un problema —y que solo tiene una “solución”: el aparentemente —solo aparente— progresivo despertar dejando de interpretar de forma demente y seria, con el ego, una idea como la de la separación.

Así que el único sentido que tiene el universo es el de despertar, es decir, su deshacimiento, es decir, su desaparición. El propósito real del sueño es desaparecer reconociendo la verdadera naturaleza de lo que realmente existe (amor perfecto). Y su propósito ficticio, que es lo que lo alimenta en tanto culpa colectiva a reciclar, es la separación (miedo, ataque, culpa, etc.).

Entonces, lo único que hay que hacer con el papel de la separación (en el muy diferenciado reparto que vemos delante, en los mil y un aspectos del universo y de la personalidad-ego de las mentes equivocadas…) es dejar de creérselo y largarse de aquí disimulando… “entregando” la vida a la única realidad de la presencia… entregando gozosamente nuestras capacidades (da igual cómo sean) a esa presencia interior, pues ella sabe realmente de qué va todo esto; en definitiva: siendo felices aceptando lo que hay y aceptando nuestros pequeños pasos para la alegría y sanación, tanto nuestra como de los demás (pues nosotros nunca hemos podido controlar nada aquí en el sueño, ya que como dijimos es una obra de un autor demente, y del cual hemos creído su interpretación de una idea loca —y esa creencia es este universo).

Nosotros aquí en realidad no podemos entender nada; solo podemos intuir, sentir, experimentar, ir escapando, ir entregando… solo podemos entregar la interpretación del sueño reconociendo que en realidad nunca hemos controlado nada aquí… y que no lo controlamos pese a que paradójicamente fue nuestra propia mente dividida global la que fabricó este sueño de universo en tanto que una inmensa “materialización” ilusoria de culpa colectiva.

En realidad todo parece girar alrededor del cuerpo, si os dáis cuenta… con sus dramas ligados a la conciencia temporal. El cuerpo es uno de los principales fantoches a pedir que sea reinterpretado por nuestra presencia.

Entonces, al pensar en el cuerpo… podríamos pensar que nos falta la mitad de la película, pues si tenemos cierta mentalidad abierta, una que esté dispuesta a hacerse ciertas preguntas, vemos que nos podría aún quedar por hablar algo más acerca del “más allá”, acerca del “otro lado de la vida”. Pero, como esto que vemos no es siquiera real, y encima de ser un mero sueño-espectáculo, para colmo ni siquiera tiene espectadores… y como además la muerte no existe (solo estamos dormidos), podríamos decir que la pregunta… o la calidad de los supuestos bajo las posibles preguntas… provoca el que éstas estén siempre mal formuladas.

Lo único real es nuestra Mente, unida a aquella que nos creó en tanto que mente, es decir, unida a la mente de la Fuente, del amor perfecto, o Dios.

Por tanto aquí no hay nadie; estamos todos dormidos representando un papel en una obra que nadie ve ni puede realmente ver, pues lo único real que ve algo (en otro sentido de “ver”) no tiene ojos para este sueño.

Dios no tiene ojos para este sueño, pues esta no es su creación sino que todo este lío de la dualidad es meramente nuestro sueño, y es una auténtica pesadilla, como ya dijimos, donde venimos a representar cosas como que la muerte o el sufrimiento son posibles (con sus correspondientes duales en la miserable dualidad). Venimos pues a representar vidas de acumulación absurda de proezas… y/o de sufrimientos… con la aparentemente eterna fabricación sufriente de más y más cuerpos entregados al sacrificio de una muerte que nos inventamos para “expiar” una culpa igualmente inventada.

Este universo es pues el mitológico infierno, pero afortunada y materialmente es solo un mito: no es real; aunque esta frase requiere ser experimentada y eso es lo único que se requiere de nosotros: experimentar que el infierno no es real, pero primero mirando de frente su absurdo, en nuestras vidas, en los papeles… y en tanto que obra de sufridores actuando para nadie en la desenfrenada carrera del ego hacia ningún lado (el propósito de la separación no tiene sentido, no hay objetivo, meta, fin, significado posible aquí que lleve a ningún lado, pues el universo es “ningún lado”).

Nuestro papel aquí es por tanto dual, y en las diversas vidas ilusorias cada cual tiene diversas mezclas de ambos papeles:

— el de gente que sufre y que proyecta culpa en los demás: son esas víctimas que todos somos ya por el mero hecho de haber nacido como indefensos bebés… y luego con esas tan diversas y muy sutiles maneras de ser víctimas. Somos esas vengadoras víctimas que a veces “luchan” y “luchamos” para que “el mundo vaya mejor”… o para que sea mejor en nuestro aquí y ahora de indignados…

— o bien el de gente que en cierto momento “lo pasa bien”… que está “guay”… pero que en el fondo asume en su vida un papel de culpable victimario o de culpable vencedor (como bajo de fondo que tiñe toda la vida).

Paz y amor

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Publicado 8 diciembre, 2011 por qadistu en amor, discernimiento, ego, verdad

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