Vivir en lo falso: «Pensamientos mágicos» en Un Curso de milagros. El comentario de Wapnick   Leave a comment

Wapnick

Kenneth Wapnick (trabaja en Un curso de milagros desde sus inicios)
Foto tomada (enlazada) de la página web sobre el curso en inglés: http://www.therememberedsong.com

La sección 17 del manual de Un Curso de milagros trata de un tema esencial. Traduzco abajo el comentario de Wapnick sobre ella, de su libro, del que también hablamos y traducimos en el artículo sobre la confianza (otros artículos prácticos sobre el curso en este blog: «El Curso de milagros y su mensaje extraordinariamente práctico: el ‘mensaje a Bill’» o «Cómo anclar la práctica de ‘Un curso de milagros’: intereses compartidos»).

Recordemos que todo el mundo sería ‘maestro’, en el sentido en que el Manual usa la palabra. Este uso de ‘maestro’ en el curso es algo que como poco mueve a la sonrisa, por esa especie de generalización que hace.

Todos somos maestros de uno u otro sistema de pensamiento, de forma alternada, pues solo hay dos sistemas:
— miedo-ego-juicio, frente al
— sistema del “perdón”, el del regreso a casa.

Más simple imposible (para siquiera poder empezar a “luchar sin luchar” con esas complejidades de miedo que son “el ego”).

Entonces, el grupo de palabras: “Maestro de Dios”, quizá lo entendemos como un “profesor” del sistema del perdón, en el mundo, en cualquier situación mundana —y que lo sea a ser posible de forma cada vez más consistente.

Podemos recordar que el curso dice lo siguiente —tan aparentemente genérico (“genérico” pues todo el mundo parece que hemos decidido, verdaderamente, de algún modo, no ver nuestros intereses separados o aparte de los de alguien, de algunas personas, en algún momento… aunque aquí dice “de los demás”, en general):

«Sus atributos [del maestro llamado “de Dios”] consisten únicamente en esto: de alguna manera y en algún lugar ha elegido deliberadamente no ver sus propios intereses como algo aparte de los intereses de los demás.»

Así que la sección 17 (¿Cómo lidian los Maestros de Dios con los pensamientos mágicos?) comienza así:

«Ésta es una pregunta crucial tanto para el maestro como para el alumno. Si no se trata bien este asunto, el maestro de Dios se habrá hecho daño a sí mismo y habrá atacado a su alumno.»

Manejamos mal una situación, o la tratamos mal, dice Wapnick:

«…cuando nos enfadamos con alguien porque haga uso de magia»

Recordemos qué significa ‘magia’. En una “definición” del curso (T-10.IV.1:1) viene a ser algo tan genérico como esto:

«Toda magia es un intento de reconciliar lo irreconciliable.»

Los cuerpos (los nuestros, una piedra, etc.) son magia, pues intentan reconciliar la eternidad con el tiempo, cosa imposible. Es decir, y más exactamente: los cuerpos —en realidad insignificantes, neutrales en sí— los vemos como mágicos (“son magia”) si en la mente elegimos “ver” con el propósito del ego todos esos símbolos ilusorios insignificantes que creemos ver “fuera” (cuerpos, etc.). Ese propósito es el concerniente al sistema de pensamiento de la separación, el del ego, que dice que la culpa es real, que el ataque, la muerte, etc., son reales (que hemos “pecado” realmente, etc.).

La magia, por tanto (es decir: haber elegido proyectar en la mente desde el propósito de ese sistema que acepta la realidad de la muerte), la magia, de cierto modo ya nos dotó de “la base” sobre la que “trabajamos”, es decir, de los instrumentos que son nuestros cuerpos. Este fue el propósito inicial: escondernos del enorme miedo que nos daba ser mente habiendo aceptado la historia del ego de pecado, culpa y miedo. Entonces, de cierta manera se puede decir que los milagros reinterpretan de forma natural y automática (sin nuestra consciencia involucrada) el resultado de lo mágico (el miedo coagulado que es el mundo), de una forma no mágica, y una forma que viene a deshacer los efectos o consecuencias dañinas —aunque ilusorias— de “lo mágico” en tanto que lo mágico es ese pensamiento-miedo plasmado ahí “fuera”. Así, en esa reinterpretación, vemos o sentimos que todos esos instrumentos —los que resultaron del propósito de la magia— son instrumentos para regresar al Hogar.

No podemos enfadarnos con la magia, pues la inventamos para huir de nosotros mismos, y por defecto estamos siempre, todo el rato, “siendo magia”, “mágicos”. Es decir, parece que tenemos que aprender a ver la magia “neutralmente”. No podemos enfadarnos con nada.

Sigue diciendo Wapnick:

«…nos enfadamos [con alguien] porque usa magia: con alguien que toma medicinas en vez de curar su mente; con alguien que busca de nuevo una relación especial más, cuando todas las anteriores fallaron; o con los estudiantes del curso que se hacen supersticiosos sobre el mismo; o con las figuras que en el mundo instigan la guerra para conseguir la paz. Es preciso recordar que cualquier cosa que sea tomada en serio aquí, es magia —ya sea tomada así por una figura pública, o bien por alguien en nuestro mundo personal.»

Claro, no podemos tomarnos nada en serio en un mundo que fue fabricado para reconciliar lo irreconciliable, para demostrar lo imposible: que nuestra voluntad no era nuestra voluntad. Pero del dicho al hecho…

Si nos tomamos en el fondo en serio cualquier cosa “aquí” estamos diciendo que lo irreconciliable se puede reconciliar. Pero no tomarse demasiado en serio nada —o potencialmente y de cierto modo poder reírnos interiormente de todo— no querría decir que vayamos a ser unos irresponsables, sino más bien lo contrario.

En un nivel, pues, nos “equivocamos” si aquí en este mundo de locos —en el del ego que cree que el mundo es real— nos tomamos en serio las cosas por ellas mismas (y no, como mucho, por las oportunidades que ellas ofrecen para la relación y el cuidado, y, por tanto, para el “perdón” que posibilitan).

Podemos tomarnos en serio por ejemplo…:
— la lucha diaria o cualquier lucha,
— la muerte,
— la vida,
— las relaciones especiales familiares: hijos, parejas,
— etc.

Entonces con la seriedad, dicho rápidamente, estamos en lo falso.

Pero esto tampoco quiere decir que necesariamente tengamos que dejar de hacer algo, en la vida, o que haya que ponerse a hacer “x” cosas en la vida en vez de “otras cosas peores”.

En principio solo nos toca mirar y aprender a reírnos discretamente —con risa humilde— de todos esos papeles que interior y exteriormente nos representamos a nosotros mismos y para los demás —en ese “cuento contado por un idiota” que es la vida, en la manida frase de Shakespeare.

Todos los papeles son irrisorios. Si nos tomamos en serio algo (por ejemplo nuestra “causa” o “lucha”) es que creemos que es posible juzgar (sobre qué es lo mejor para todos), y no nos damos cuenta entonces de la locura que supone tal creencia, los juicios.

Nadie puede juzgar: nadie puede hacer o pensar los “cálculos” acerca de qué es o será “lo mejor” para todos en el mundo (en la situación del mundo, en la propia vida, etc.).

En la vida podemos y debemos elegir, es decir, tomar decisiones, y con ello aprender consecuentemente de lo que las sigue, con nuestra inspiraciones o intuiciones más o menos compartidas. Pero no podemos en realidad juzgar. Las elecciones no importan tanto por los juicios de nivel intelectual (en sentido amplio de ‘intelectual’, que tiene que ver en realidad con la exteriorización física: palabras, gestos, estructuras…), sino solo porque son compartidas (ver si acaso lo que decíamos sobre intereses compartidos aquí).

Si nos tomamos en serio algo, estamos expresando de nuevo el auténtico y mero absurdo que quiso ser este universo, y lo hacemos con toda el no-alma, es decir, con la magia y su propósito (hacer real la culpa), viviendo para lo falso: con esos nuestros símbolos, que son los cuerpos.

Es decir, estaremos simbolizando con ellos de nuevo separación, estaremos alimentando con ellos otra vez más el sistema de pensamiento del ego, que es para lo que por un lado se hicieron en principio: para decirle “a Dios” una y otra vez, con nuestro apego a lo que tan rimbombantontamente llamamos “existencia”: “mira tío, lo tuyo no es real, y mira cómo podemos fabricarnos algo —este mundo— por nuestra cuenta; este mundo es algo que, además de que sí es real, es mucho mejor que tu movida, pues es algo que nos da nuestra preciada individualidad, ¡esa individualidad que tú quisiste impedir que consiguiéramos y que ahora nos quieres robar!, ¡asesino de inocentes, que eres un asesino, Dios!“.

Ese es el irrisorio berrinche infantil que dio pie a todo esto y que seguimos escondiendo en la mente (y proyectando). Fue montado en parte “contra” Dios, contra nuestra naturaleza, la única real, y lo repetimos con los miedos que traemos al mundo, englobados en general en el miedo a Dios, al Amor *.

El curso sigue:

«Esto [el daño que nos hacemos no manejando bien la situación] refuerza el miedo y hace que la magia les parezca real a ambos. La manera de lidiar con la magia es, por lo tanto, una de las lecciones fundamentales que el maestro de Dios tiene que aprender cabalmente. Su responsabilidad principal al respecto es no atacarla.»

Aquí Wapnick dice:

«Esto se aplica universalmente, sin importar qué forma toma la magia —ya sea un dictador oprimiendo un pueblo, un jefe malvado, un padre maltratador. Jesús se refiere a toda situación en que la respuesta sea de ira, enfado.»

Sigue el curso (recordemos que se aprende el sistema de pensamiento que se enseña, y viceversa; y solo hay dos):

«Si un pensamiento mágico despierta hostilidad -de la clase que sea- el maestro de Dios puede estar seguro de que está reforzando su propia creencia en el pecado y de que se ha condenado a sí mismo. Puede estar seguro además que les ha abierto las puertas a la depresión, al miedo y al desastre. Que recuerde entonces que no es esto lo que quiere enseñar porque no es esto lo que quiere aprender.»

Wapnick:

Si estás enfadado solo puede deberse a que ves en otro lo que no quieres ver en ti mismo. Si acusas a otros de cualquier cosa, antes deberías parar a preguntarte: “¿Me acusaría a mí mismo de hacer eso?” (Ej.134.9:3). Esto no significa que necesites aprobar lo que alguien hace, ni significa que todo lo que hace la gente sea amoroso [loving] —ni que decir tiene que la mayor parte del tiempo no lo es. No obstante, cuando reacciones con ira has hecho su error real, lo que sucede porque quieres ver oscuridad en ellos y no en ti. Recuerda que el enfado no es nunca algo relacionado con lo que tus ojos perciben, sino solo con cómo reaccionas a lo que los ojos perciben.»

El curso:

«Existe, no obstante, la tentación de responder a la magia de tal manera que ello la refuerza. Y esto no es siempre obvio. De hecho, puede estar fácilmente oculto bajo un aparente deseo de ayudar.»

Wapnick:

«La tentación es elegir magia —la solución inapropiada para el problema, inexistente, de mi pecaminosidad, que busco resolver proyectándola sobre ti y atacándote por ello. Esta dinámica, sin embargo, puede ser astutamente disimulada tras el amor especial. Así, realmente te odio, pero lo encubro con declaraciones y comportamiento amorosos. Esta magia me ayuda, no solo porque veo pecado en ti, sino porque me permite decir, con aire de suficiencia: “no importa lo que hiciste, aún te quiero y te ayudaré”. Aún más, digo: “Mira, Dios, qué maravillosa persona soy. He aquí esta odiosa persona que me atacó a mí y a otros, pero la perdono y la ayudo”. Esta es la estratagema del ego a la que se refiere Jesús, y que nos permite mágicamente demostrar una inocencia que oculta nuestra subyacente creencia en el pecado.»

El curso:

«Este doble deseo es lo que hace que la ayuda no sirva de gran cosa y que inevitablemente produzca resultados indeseables.»

Wapnick:

«Claramente, no estoy ayudando, porque mi ayuda llega mediante la magia, y ésta refleja el deseo de enmascarar mi necesidad subyacente de odiar. La auténtica ayuda solo llega por mi aceptación de la Expiación, puesto que el amor que ésta libera es expresado a través mío, y esto es lo que ayuda —no lo que yo haga o diga. Simplemente te recuerdo que puedes hacer la misma elección que yo hice, por el amor —un amor que no excluye a nadie. En el nivel de la forma obviamente no podemos ayudar a todo el mundo todo el tiempo, pero en el nivel del pensamiento el amor ayuda a todo el mundo puesto que el Hijo de Dios es uno.»

El curso:

«Tampoco se debe olvidar que el resultado que se produzca será el mismo para él que para el alumno. ¿Cuántas veces se ha subrayado el hecho de que sólo te das a ti mismo?»

Wapnick sigue (aclaremos que Wapnick habla en su comentario del Manual de “2 temas” alrededor de los que gira el Manual; estos dos temas principales son: no ver intereses separados como reflejo de nuestra verdadera unión como Cristo, y el pedir ayuda al Espíritu Santo como esa vocecilla que nos susurra e inspira por debajo de los gritos del ego):

«Esto articula nuestro primer tema: la unidad del Hijo de Dios. No puedo ayudarme a mí mismo sin ayudarte a ti, y no puedo ayudarte sin ayudarme a mí. Es más, no puedo ayudarte sin ayudar a la Filiación, porque sin esa unidad la Filiación deja de ser ella misma, y mi ayuda no es en absoluto ayuda. Dar y recibir son una misma cosa porque no existen dadores y receptores por separado. Las ideas no abandonan su fuente —la idea de amor nunca abandona su fuente en la mente del único Hijo de Dios; no de algunos Hijos de Dios, sino de un solo Hijo, que lo somos todos

El curso:

«¿Y dónde podría observarse esto con mayor claridad que en los tipos de ayuda que el maestro de Dios presta a aquellos que necesitan su ayuda? En estas situaciones es donde más claramente se le da su propio regalo, pues él sólo dará lo que haya elegido para sí mismo. Y en ese regalo reside su juicio acerca del santo Hijo de Dios.»

Wapnick:

«El juicio de Dios es que el santo Hijo de Dios es uno, corrigiendo el juicio del ego de que la separación es la realidad, y de que los intereses están separados. El juicio del ego ratifica así nuestro dar solo a algunos y no a todos, dando a una persona a veces pero no todo el tiempo. Jesús enseña sin embargo que cualquier otra cosa distinta a un dar total es magia, porque ello refuerza la idea de que el pecado es real y que, por tanto, solo cierto tipo de gente merece ser ayudada. Una de las maneras en que usamos la magia para para deshacer nuestra creencia en el pecado es siendo serviciales, pues con ello la gente pensará de nosotros que somos maravillosos —amorosos y amables, dulces y mansos, considerados y atentos— cuando lo que relamente estamos haciendo es ocultar el hecho de que somos silenciosos asesinos intentando satisfacer sus necesidades egoístas, incluso si esto conlleva sacrificar al propio Dios. Regresaremos a esta dinámica en la segunda parte de la sección.»

Pueden parecer palabras muy duras, y no deben desarmarnos, sino que su objetivo es aclararnos la base “metafísico-práctica”. Es necesario dejar claro que solo hay dos opciones como contenido motivador de nuestras acciones, y para ello sirve hablar de “asesinato”, tal y como hace también la Voz del curso. Y de esto va principalmente el curso. El curso pide que nos integremos, que nos dejemos unificar la percepción (cosa que nos da pavor pues tememos perder el yo). Esta integración se da si permitimos que se nos enseñe la homogeneidad de todo el sistema-ego, de todo lo que hacemos “desde el ego” (que, en las palabras del curso, es “asesinato”, por duro que suee: todo aquello que no viene del amor o que sea amor, es asesinato). Así, solo hay dos opciones: amor o miedo —amor u odio. Lo que no hagamos desde nuestro espacio interior de paz, de amor, es “asesinato”.

El curso:

«Lo más fácil es permitir que el error se corrija allí donde es más evidente, y los errores se reconocen por sus resultados. Una lección que verdaderamente se ha enseñado no puede conducir sino a la liberación del maestro y del alumno que han compartido un mismo propósito [intent].»

Wapnick:

«Aquí está nuestro primer tema, establecido con claridad. El maestro y el alumno, dador y receptor, comparten un propósito [intent] porque solo hay una necesidad, un propósito [purpose], un Hijo. Si no permites que el amor abarque a toda la Filiación como un todo, no es amor —que la abarque en el contenido, no en la forma. La salvación nunca puede alcanzarse a costa de alguien —todo el mundo debe ganar, y si no es así, nadie gana; nadie debe perder, pues si no, todo el mundo pierde. No puede haber componendas en la verdad.»

El curso:

«El  ataque puede producirse únicamente si han percibido objetivos separados.»

Wapnick:

«Por definición, la separación es un ataque, pues niega la Unidad de Dios, de Su Hijo, y del Creador con la creación.»

El curso:

«Y éste debe ser el caso si el resultado es cualquier otra cosa que no sea dicha. El hecho de que el maestro de Dios tenga una sola meta, hace que el objetivo dividido del alumno se enfoque en una sola dirección y que la llamada de ayuda se convierta en su única petición.»

Wapnick:

«He aquí de nuevo nuestro primer tema. Cambio tu meta dividida demostrando la unicidad de la mente en mí mismo [single-mindedness in myself]. Eligiendo contra el ego he elegido contra el conflicto, y así el Amor de Dios que yo soy enseña que simplemente estabas equivocado —y no que eras malo, nocivo, o merecedor de castigo, sino simplemente equivocado: el Hijo de Dios nunca ha abandonado a su Padre.»

El curso:

«Ésta [llamada] se contesta fácilmente con una sola respuesta, y esta respuesta llegará sin lugar a dudas a la mente del maestro. Desde ahí irradiará a la mente del alumno, haciéndola así una con la suya.»

Wapnick:

«La Unidad del Hijo de Dios, que se manifiesta al ver intereses compartidos en vez de separados, es la única respuesta para todo. Si te veo expresando amor o pidiéndolo (T-12.I), mi única respuesta es amor. En tanto que hermano amoroso no puedo hacer nada más, mientras te recuerdo que tú no eres otra cosa que ese amor.»

El curso:

«Tal vez sea útil recordar que nadie puede enfadarse con un hecho. Son siempre las interpretaciones las que dan lugar a las emociones negativas, aunque éstas parezcan estar justificadas por lo que aparentemente son los hechos.»

Wapnick:

«Este importante párrafo es probablemente la afirmación más clara que existe en Un Curso de milagros del principio que dice que la percepción es interpretación. El hecho objetivo en el sueño es que has hecho algo —invadido un país, oprimido un pueblo, echado a un empleado, maltratado un niño— pero justifico mi ira solo si interpreto lo que hiciste como algo pecaminoso, con terribles efectos sobre mí o sobre aquellos con los que me identifico.»

El curso:

«…o por la intensidad del enfado suscitado. Éste puede adoptar la forma de una ligera irritación, tal vez demasiado leve como para ni siquiera poderse notar claramente. O puede también manifestarse en forma de una ira desbordada acompañada de pensamientos de violencia, imaginados o aparentemente perpetrados.  Esto no importa. Estas reacciones son todas lo mismo. Ponen un velo sobre la verdad, y esto no puede ser nunca una cuestión de grados. O bien la verdad es evidente, o bien no lo es. No puede ser reconocida sólo a medias. El que no es consciente de la verdad no puede sino estar contemplando ilusiones. »

Wapnick:

«Aquí vemos el principio de todo-o-nada, también ejemplificado en el libro de ejercicios (Ej.21.2:5):

«Te irás dando cuenta cada vez más de que una leve punzada de molestia no es otra cosa que un velo que cubre una intensa furia.»

Bien sea que esté ligeramente molesto o bien furioso contigo, te estoy viendo como separado de mí — has hecho algo que ha tenido un efecto sobre . Desde este punto de vista no existe diferencia entre mi ligera molestia y una rabia intensa —no hay jerarquía en las ilusiones, aunque el ego diga lo contrario (T-23.II.2:3). Jesús enseña que cualquier percepción de que tú eres diferente de mí, aunque solo fuera que hiciste o dijiste algo que me ha quitado la paz, es una ilusión. Ya sea que hayas soltado una bomba atómica o bien que me hayas puesto una zancadilla sin advertirlo, no hay diferencia. Si me encuentro furioso, ligeramente molesto, o si simplemente tengo una reacción sobresaltada, estoy afirmando que la separación está viva y en marcha, y que es tu falta —ya que si no fuera por ti, estaría en paz. De nuevo, esto es así sin importar la forma de la acusación.

Todo aquí es un ataque, teniendo en cuenta que “el mundo se fabricó como un acto de agresión contra Dios” (Ej.parte II.3.2:1)». Vino de un pensamiento de ataque, y las ideas no abandonan su fuente. Cada ataque no es sino la sombra del pensamiento originario, cuando dijimos a nuestro Creador: “tu amor no es suficiente, y así, instituiremos un cambio de régimen en el  Cielo —deponiéndote, estaremos a cargo del Reino, sentándonos en su trono para siempre”. Vivimos desde siempre esta usurpación en cada uno de los momentos de nuestras vidas —personal y colectivamente— acusándonos a nosotros mismos de este pecado de “cambio de régimen”. Esta es la fuente de nuestra culpa proyectada —y sobre ello continuaremos en breve, en la siguiente parte de la sección.

La razón de que esté enfadado contigo —acusándote de no ser una buena persona, por la razón que sea— es que veo en ti el detestable pecado que no puedo tolerar en mí mismo. No siendo capaz de aceptarlo, lo proyecto en ti. Este pecado es el pensamiento mágico original que dice que estaría mejor sin Dios. Yo sé cuál es el problema —que mi especialismo no es reconocido, no es admitido— y, por tanto, tengo la solución: destruir a Dios y establecer mi propio reino en el cual seré sumamente especial, reconocido como tal por mi dios. Se trata de pensamiento mágico porque nunca miro el problema real: temer la pérdida de este yo individual, y ser el Yo que es uno con su Fuente.

Otra manera de mirar a nuestro “pecado original” es el egoísmo, en el cual establecemos egoístamente nuestro yo sacrificando a Dios —asegurando que nuestras propias necesidades serán satisfechas a su costa, atacando a Otro tal que obtengamos lo que queremos. Nuestra culpa acerca de este acto mágico de total auto-centramiento [self-centeredness] es enorme, y la revivimos una y otra vez. Así, siempre estamos al acecho para ver en otros el sistema de pensamiento mágico de pecado y defensa, y cuando lo vemos, lo atacamos. El ego, sin embargo, agrava nuestra culpa, porque cuando detectamos la magia, nos recuerda el mismo uso de la magia en nosotros mismos, llevando nuestro miedo a una intensidad tan intolerable que nos lleva aún más al ataque. Habiendo proyectado nuestro pecado y ataque sobre otros como una manera de liberarnos del nuestro propio, nuestra defensa nos hace aún más temerosos —recordemos que las defensas dan lugar a lo que quieren defender (T-17.IV.7:1) [nota de traducción: podríamos decir que dan lugar a lo que quieren impedir, en otra traducción]. En otras palabras, necesitamos atacar y hacer que otros sean los malos, para que así Dios pueda castigarlos a ellos en vez de a nosotros; pero esta misma dinámica nos pone un espejo delante que refleja hacia nosotros…: “ah, pero esto es lo que realmente eres. eres el malo, el infame que será castigado”. Frenéticos por la culpa, nos vemos conducidos a practicar aún más magia. Por tanto, como ratas de laboratorio en una rueda de andar giramos vuelta tras vuelta en este círculo horrorosamente interminable de culpa y ataque. Este es el tema del siguiente párrafo, que hará de transición entre nuestra experiencia individual y el sistema de pensamiento ontológico que es su fuerza motriz.»

El curso:

«Reaccionar con ira ante cualquier pensamiento mágico que se haya percibido es una de las causas básicas del temor. Examina lo que esta reacción significa, y se hará evidente el lugar central que ocupa en el sistema de pensamiento del mundo.»

Wapnick:

«Hemos visto que el miedo es el resultado inevitable cuando reaccionamos con ira a los pensamientos mágicos percibidos en otros —tengo miedo de que me ataques así que yo te ataco primero, y ahora temo que me devuelvas el ataque, según marchamos adelante y atrás en este ciclo de ataque y defensa (Ej.153.3). Jesús explica ahora la auténtica naturaleza de la situación:»

El curso:

«Un pensamiento mágico, por su mera presencia, da por sentada la separación entre Dios y nosotros. Afirma, de la forma más clara posible, que la mente que cree tener una voluntad separada y capaz de oponerse a la Voluntad de Dios, cree también que puede triunfar en su empeño.»

Wapnick:

«El ego dice que la magia nos ayudará a evitar el inevitable castigo que nuestra culpa exige, y así necesitamos un mundo repleto de cuerpos sobre los cuales podamos proyectar nuestra terrible culpa. En virtud de nuestra convicción de que existimos aquí como individuos, proclamamos que realmente hemos logrado lo imposible, a pesar del hecho de que la Unidad de Dios —su propia presencia y ser— dice que la separación es una imposibilidad. No obstante el hecho de que yo exista demuestra que lo he hecho: “no me digas que la separación es imposible. ¡Yo existo!” Esto conlleva que la Unicidad ha sido arrasada, y este es nuestro pecado secreto.»

El curso:

«Es obvio que esto no es cierto. Sin embargo, es igualmente obvio que se puede creer que lo es. Y ahí es donde la culpabilidad tiene su origen. Aquel que usurpa el lugar de Dios y se lo queda para sí mismo tiene ahora un “enemigo” mortal. Y ahora él mismo tiene que encargarse de su propia protección y construir un escudo con que mantenerse a salvo de una furia tenaz y de una venganza insaciable.»

Wapnick:

«Aquí vemos la profana [unholy] trinidad del pecado, culpa y miedo, expuesta con todo su odio atroz. Enterrada profundamente en nuestras mentes se encuentra la creencia de que hemos atacado a Dios e incluso de que le hemos asesinado, y de que Él está de cierto modo dispuesto a levantarse de la tumba y perseguirnos. Completamente solos en nuestro terror, no esperamos nada más que poder protegernos nosotros mismos de Su insaciable sed de venganza. Pintando este aterrador retrato, Jesús nos ayuda a comprender el origen psicológico de la noción bíblica de Dios, figura que describe aquí como vengadora, que en su furia busca destruir a todo el mundo, o incluso destruir un mundo —y todo ello debido a lo que hemos hecho. Estamos solos, sin ayuda a la vista, pero, entonces, el ego viene a rescatarnos:»

El curso:

«¿Cómo se puede resolver esta injusta batalla? Su final es inevitable, pues su desenlace no puede ser otro que la muerte. ¿Cómo, entonces, puede uno confiar en sus propias defensas? Una vez más, pues, hay que recurrir a la magia. Olvídate de la batalla. Acéptala como un hecho y luego olvídate de ella.»

Wapnick:

«Este es el as en la manga que tiene guardado el ego [the ego’s ace in the hole] —la dinámica que Freud llamó represión, a lo que en el curso se alude como negación: acepto la separación, pero entonces olvido que ésta haya ocurrido jamás. La entierro en mi mente —el inconsciente— y entonces lucho para librarme de ella, como dice Jesús:»

El curso:

«No recuerdes las ínfimas probabilidades que tienes de ganar. No recuerdes la magnitud del “enemigo” ni pienses cuán débil eres en comparación con Él. Acepta tu estado de separación, pero no recuerdes cómo se originó. Cree que has ganado la batalla, pero no conserves el más mínimo recuerdo de Quién es realmente tu formidable “contrincante”. Al proyectar tu “olvido” sobre Él, te parecerá que Él se ha olvidado también.»

Wapnick:

«Este es el papel de la magia. Vamos al ego y decimos: “¡ayuda! Este vengador, ese maníaco de Dios, va a destruirnos”. El remedio del ego para esta situación aparentemente sin esperanzas, es borrarla de nuestra consciencia, proyectarla, y fabricar un mundo de cuerpos. Continuamos existiendo como entidades separadas, aceptando nuestra separación, pero olvidando realmente cómo sucedió; olvidando también que hemos fabricado el mundo. Así hemos olvidado a nuestro gran “oponente” y hemos escapado mágicamente de su severa cólera, esperando sin esperanza —mágicamente— que Dios también se haya olvidado. Jesús ahora nos muestra cómo y por qué no funciona esta magia:»

El curso:

«Mas ¿cuál va a ser ahora tu reacción ante todos los pensamientos mágicos? No pueden sino volver a despertar tu culpabilidad durmiente, que has ocultado pero no has abandonado.»

Wapnick:

«Las ideas no abandonan su fuente. Puedo haber escondido la fuente —la idea de que asesiné a Dios habiendo pecado egoístamente contra él— pero esa idea no ha abandonado su fuente en mi mente, aunque parezca estar en ti, en el mundo de la naturaleza, o en un Dios externo. Cuando te veo recurrir a la magia para sobrevivir, me recuerda al uso que yo hago de la magia para lo mismo, lo que significa que el horror de mi pecado original, junto con la reacción de Dios, vuelve con estruendo a mi consciencia.»

El curso:

«Cada uno le dice claramente a tu mente atemorizada: “Has usurpado el lugar de Dios. No creas que Él se ha olvidado”.»

Wapnick:

«Nuestro propósito al hacer un mundo y un cuerpo, por tanto tornándonos sin mente, insensatos, fue el convencernos a nosotros mismos de que Dios se había realmente olvidado: hemos olvidado, y por tanto también Él se olvidó. Sin embargo, la magia de los demás nos recuerda nuestra creencia mágica original, aquella de que nos iría mejor ya no como parte del Reino de Unicidad de Dios, sino como soberanos de nuestro reino de separación y exclusión. Así, ya no podemos escapar esos pensamientos aterrorizadores de pecado y culpa, porque vemos magia todo alrededor nuestro como recordatorio.»

El curso:

« Aquí es donde más vívidamente se ve reflejado el temor a Dios. Pues en ese pensamiento, la culpabilidad ha elevado la locura al trono de Dios Mismo. Y ahora ya no queda ninguna esperanza, …»

Wapnick:

«No solo nos volvimos locos de culpa, sino también le ocurrió a Dios. La segunda y la tercera ley del caos expresan la locura que supone tal pensamiento (T-23.II.4-8), por el cual Dios se ha convertido en alguien tan loco como nosotros. Retornamos al principio cuando, como un solo Hijo, estábamos solos en nuestro “acto” de protegernos, sabiendo que no había esperanza. Dios ha sido fabricado como ese maníaco asesino que nosotros nos acusamos a nosotros mismos de ser —deseando egoístamente solo nuestra muerte, puesto que es eso lo que queremos de Él, su muerte. Ahora, debido a los pensamientos mágicos de otra persona, somos devueltos a los nuestros propios, de los cuales nunca podemos ser liberados.»

El curso:

«Y ahora ya no queda ninguna esperanza, excepto la de matar. En eso estriba ahora la salvación. Un padre iracundo persigue a su hijo culpable. Mata o te matarán, pues éstas son las únicas alternativas que tienes.»

Wapnick:

«Esta es en resumidas cuentas la base del principio de “o tú o yo”, “o bien uno, o bien otro”, no los dos —es el origen metafísico del principio del ego, el de intereses separados: alcanzo la salvación a tu costa (o tú o yo). De este modo, el sacrificio se convierte en algo sagrado, santo, dentro del sistema de pensamiento del ego (la raíz etimológica de ‘sacrificio’ es “hacer santo-sagrado”), puesto que nos convierte de nuevo en parte de Dios. Dios nos dará la bienvenida a su Reino puesto que somos esos inocentes que han sufrido a manos del victimizador pecaminoso, a quien Dios condenará al infierno. Así, podemos ver cómo nuestras vidas personales de especialismo tienen sus raíces en este pensamiento original de alcanzar ganancias a costa de otro —o bien uno, o bien otro.»

El curso:

«Mata o te matarán, pues éstas son las únicas alternativas que tienes. Más allá de ellas no hay ninguna otra, pues lo que pasó es irreversible. La mancha de sangre no se puede quitar y todo el que lleva esta mancha sobre sí está condenado a morir.»

Wapnick:

«El pecado es real y alguien debe ser castigado por ello —bien tú, bien yo. La mancha de sangre es permanente, marcando a alguien para una muerte certera. Jesús aquí ha tomado prestado de la escena conmovedora de Shakespeare donde Lady Macbeth, agobiada por la culpa de su complicidad en el regicidio, alucina acerca de la sangre que hay en sus manos, pensando que jamás se podrá quitar de ellas. Este es ahora mi terror: no puedo ser liberado de la mancha de sangre que tengo por haber matado a Dios, pero espero mágicamente que poniendo la sangre en tus manos, la mía será limpiada y tú serás asesinado en vez de serlo yo. No obstante, ver el pecado que he colocado en ti solo puede recordarme que son mis manos las sucias. De nuevo, por una parte, el ego me dice que la magia funcionará —proyectando mi pecado sobre ti aseguro mi inocencia, pero por otro lado, puesto que las defensas dan lugar a lo que quieren impedir, mi defensa atacándote simplemente me recuerda mi propósito pecaminoso, y me perderé en tanto que mi culpa me conduce a estar aún más loco.

Recordemos el círculo vicioso de culpa-ataque del ego: continuamente niego mi culpa y te ataco, lo cual me hace más culpable. Esta es la razón por la que se instigan las guerras —por jefes de estado o individuos que batallan unos con otros. Como criaturas del ego, no puedo sino odiar y matar —física o psicológicamente. Debo matar porque debo intentar eliminar la mancha de sangre del pecado de mis manos. No obstante, cuanto más proyecto, más culpable me siento, porque mis proyecciones me recuerdan continuamente mis pecados secretos y odios ocultos (T-31.VIII.9:2). Sin embargo, existe una solución no-mágica para el problema de la culpa —el milagro. Los párrafos que quedan tratan de ello.»

El curso:

«A esta situación sin esperanzas Dios envía a Sus maestros,  quienes traen consigo la luz de la esperanza directamente desde Él. Hay una manera de escapar que se puede aprender y enseñar, pero requiere paciencia y una gran dosis de buena voluntad.»

Wapnick:

«Tal y como tan a menudo hace Jesús en el curso, está hablando metafóricamente, puesto que sabemos que Dios no envía a nadie. No obstante, como maestros de Dios, aprendemos cómo escapar de la situación en la que creemos estar, aunque tal escape no será alcanzado con medios mágicos —haciendo la culpa real, y luego negando y proyectando ésta. Así, Jesús observa que nuestro aprendizaje requiere una “gran dosis de buena voluntad” —siendo este uno de los pocos lugares en el curso donde no dice “una pequeña dosis de buena voluntad”— puesto que requiere una gran dedicación. No deshacemos nuestra identificación con el ego repentinamente. Debemos dedicarnos, por nosotros mismos —día tras día, hora tras hora y minuto tras minuto— a ver cuán a menudo elegimos magia, y que ello no funciona. Necesitamos contemplar toda magia como una solución inapropiada para un problema que no existe

El curso:

«Una vez que esto se ha alcanzado, la obvia simplicidad de la lección resalta como una luz blanca y brillante contrapuesta a un horizonte negro, pues eso es lo que es. Dado que la ira procede de una interpretación y no de un hecho, nunca está justificada.»

Wapnick:

«Esto se va a convertir en un tema crucial en las siguientes secciones del manual. Mi ira no está justificada porque tú me hayas hecho algo. Tu cuerpo puede ciertamente haberle hecho algo al mío, pero yo no soy un cuerpo, así como tú tampoco lo eres. Mi pensamiento correcto, el de la Expiación en mi mente, no es algo que pueda ser atacado por nada que tú hagas, sino solo a elección de mi mente, solo porque lo mente así lo elija. Por tanto, no puedes causar efectos sobre mí a menos que te dé tal poder —y darse cuenta de esto es lo que es la base del perdón.»

El curso:

«Una vez que esto se entiende, aunque sólo sea en parte, el camino queda despejado. Ahora es posible dar el siguiente paso. Por fin se puede hacer otra interpretación.»

Wapnick:

«Puesto que el problema no son los demás ni lo que ellos han hecho, no nos preocuparemos de cambiarlos a ellos. Conscientes ahora de que el problema es el tomador de decisiones, podemos hacer algo con el error. Y esta es la buena voluntad, la de abrir la puerta de la mente a la luz de Jesús, permitiendo así que ésta ilumine el sistema de pensamiento del ego, lo exponga, riéndonos apaciblemente con él sobre la tontería de haber pensado que podríamos haber elegido, en algún momento, algo tan loco como dicho sistema. El perdón recibe así el brillo de la Expiación a través de las oscuras esquinas de nuestras mentes llenas de culpa, odio y juicio.»

El curso:

«Los pensamientos mágicos no tienen que conducir necesariamente a la condenación, pues no tienen realmente el poder de suscitar culpabilidad. De modo que pueden pasarse por alto, y olvidarse en el verdadero sentido de la palabra.»

Wapnick:

«”Olvidar”, en el sentido del ego, significa otorgar primero realidad a los pensamientos, y luego negarlos. Los pensamientos mágicos son “olvidados en el verdadero sentido de la palabra” cuando nos damos cuenta de que nunca hicieron falta —la separación nunca ocurrió y Dios no está enfadado. Ellos por tanto se disuelven en su propia nada —el pasado disolviéndose en el eterno presente— y nada cambia realmente excepto mi decisión primera por la locura, según vemos aquí: »

El curso:

«La locura tan sólo aparenta ser algo terrible. En realidad no puede hacer nada, pues no tiene ningún poder.»

Wapnick:

«El pensamiento de poder destrozar a Dios, de establecer un yo independiente de Él y un mundo en el cual viviría este yo, es locura —una diminuta loca idea que no ha tenido efecto alguno en la realidad. Así, un pensamiento que no existe no pide protección mediante la magia de la defensa.»

El curso:

«Al igual que la magia, que se convierte en su sirviente, ni ataca ni protege. Verla y reconocer su sistema de pensamiento es ver lo que no es nada.  ¿Puede acaso lo que no es nada suscitar ira?»

Wapnick:

«El tema de la nada que aparecía en la anterior sección vuelve ahora. Cuando miramos a la mente equivocada desde la perspectiva de la correcta —con el amor de Jesús tras nosotros— vemos que no hay nada ahí, literalmente: ningún pecado, culpa o miedo al castigo. Ya que no ocurrió nada, no existe nada contra lo que defenderse —lo que supone el fin de la magia.»

El curso:

«¿Puede acaso lo que no es nada suscitar ira? Difícilmente. Recuerda, maestro de Dios, que la ira reconoce una realidad que no existe. No obstante, es un testigo fidedigno de que tú crees en ella como si se tratase de un hecho.»

Wapnick:

«Creo que mi pecado es real, y habiéndolo proyectado, pienso que el pecado que percibo en ti también es real. Por tanto, creo que mi ira está justificada. Te veo como pecaminoso porque yo me veo de ese modo; y así, es mucho más fácil confrontar y castigar tu pecado, antes que el mío que mi ira te está revelando, a ti y al mundo.»

El curso:

«Y ahora no podrás escapar hasta que te des cuenta de que has estado reaccionando a tus propias interpretaciones, las cuales habías proyectado sobre el mundo externo.»

Wapnick:

«Esta sección es una descripción particularmente poderosa de la dinámica del sistema de pensamiento del ego. Hacemos el pecado de la separación real, y, abrumados por la culpa, proyectamos ésta sobre el mundo, esperando mágicamente ser así liberados de ella. Una mirada cuidadosa en la mente, sin embargo, revela su profunda desesperación, puesto que al final todo el mundo muere. Dada su fuente en el sistema de pensamiento del ego, en el mundo no existe ninguna esperanza real de paz y felicidad duraderas, y así, no tiene sentido tratar de cambiarlo. Este uso de la magia solo enraíza nuestra atención aquí, reforzando nuestro desesperado sentido de desconsuelo. Nuestra verdadera esperanza descansa en cambiar nuestras mentes. Esta es la función del milagro —llevar nuestra atención de vuelta adentro, donde podemos corregir nuestra decisión equivocada.»

El curso:

«Permite que se te despoje de esa siniestra espada.»

Wapnick:

«Se nos despoja de ella, desde luego, solo cuando se la damos a Jesús —que no puede tomarla en tanto que la retengamos. Renunciamos a la espada de ira y juicio simplemente mediante nuestro examen de lo que creemos que el ego ha hecho, y no otorgándole poder sobre nuestra paz.»

El curso:

«La muerte no existe. La espada tampoco. El temor a Dios carece de causa.»

Wapnick:

«El miedo fue causado por la creencia en el pecado, que asegura nuestra separación de Dios. No obstante, ya que ésta nunca sucedió y ya que la Unicidad de Dios es un Hecho, no hay por qué sentirse culpables sobre ello; no necesitamos proyectar el pecado y el miedo al castigo —el miedo de Dios no tiene causa

El curso:

«Su Amor, en cambio, es la Causa de todo lo que está más allá de todo temor, y es, por lo tanto, por siempre real y eternamente verdad.»

Wapnick:

«La Causa de Dios y el Amor está en nuestras mentes correctas, mantenida ahí por el principio de Expiación del Espíritu Santo, que dice que nunca nos hemos separado de nuestra Fuente, y por tanto, tampoco de nadie —somos uno. Toda proyección de pecado y culpa está injustificada ya que su fuente es irreal. Reconociendo esto es como recordamos el Amor que es nuestra verdadera Causa e Identidad.»

____
* este “miedo global” subyacente a todo es lo que luego de cierto modo será distorsionado por lo cultural, en sentido amplio; es decir, tal miedo es acaparado, para bien y para mal, por las estructuras de la sociedad y sus significantes: es tomado bajo el significante de la “religión”, con sus connotaciones, sus “problemas” y desdichas. Con esto me refiero a cuando achacamos fácilmente nuestro “miedo a Dios” o nuestra incomodidad con el “concepto” de Dios, cuando achacamos eso… a ciertas causas sociológico-culturales —por el hecho de que existan y hayan existido religiones formales que “maltratan” las mentes de la gente alimentando la culpabilidad y la imagen de un dios que ataca (el dios del ego), etc.).

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