La igualdad y Un Curso de milagros: el perdón de las diferencias (su disolución interior). ‘El mensaje a Bill’: II   2 comments

Wapnick

Kenneth Wapnick (trabaja en Un curso de milagros desde sus inicios)
Foto tomada (enlazada) de la página web sobre el curso en inglés: http://www.therememberedsong.com

[escrito en noviembre de 2012]

«El propósito de cualquier relación interpersonal es recordarnos que somos uno.»
(Ken Wapnick, más abajo)

«Nuestra auto-imagen no depende del amor o del odio que otros muestren hacia nosotros.»
(ídem)

«…todos necesitamos aprender que estamos perdonados por creer que estamos separados
(idem)

En relación al tema tratado en este texto, invitamos a conocer otros textos con los que aquí tratamos también la práctica del curso, o que son en parte para animarnos a “practicar bien” el curso de milagros:
— «confianza»: el curso requiere un punto importante a la hora de practicarlo: seleccionar. Esta selección está dentro del proceso de desapego o renuncia (este proceso de renuncia sin sacrificio son tres primeros “pasos”, aunque es difícil llamar a esto pasos, pues no son lineales —los seis “pasos” que hay en total son meras indicaciones de todo lo que sentiremos o haremos).
Seleccionamos pues las experiencias según favorezcan o no el creernos el sueño de la separación. Si aumentan nuestro apego a creernos que todo esto es real y no un sueño, entonces no las elegimos.
Entonces, como podemos suponer, seguramente “debemos” elegir experiencias que “eleven nuestra vibración”, tal y como diríamos en idioma “nueva era”; es decir, no debemos sentirnos culpables ni cuando nos hacemos daño a nosotros mismos y lo vemos, ni cuando elegimos alegría, placer, y lo vemos, estamos ahí, presentes.
Así, elegimos lo que nos hace dichosos, si podemos, en principio, ya que seguramente nos sirva aunque sepamos que la verdadera dicha no tiene nada que ver con las cosas que parecen suceder en este mundo —aunque sepamos que toda dicha es reflejo de la del Cielo.
Todo esto sería, como decimos, al menos al “empezar”, en esos 3 primeros pasos del desarrollo de la confianza, que son de deshacimiento, selección y renuncia.
Así que no se trata de simplemente renunciar (a nivel mental) y ya está. Existe un cierto proceso de discernimiento, que engloba esa renuncia en que consisten los tres primeros “pasos” de los seis que se comentan en el manual para el maestro, en el curso. Así que paradójicamente no es tan sencillo hacerse la vida simple una vez estamos muy hundidos en el ego.
— «Intereses compartidos»: este tema volverá a salir aquí explicitado: somos uno, solo tenemos un interés (aunque esto no lo podemos ir diciendo por ahí): despertar. Todo lo que sea otorgar realidad a las diferencias —por ejemplo en tanto que intereses u objetivos “diferentes”, que nos diferencian de la gente— es otorgarle realidad al sueño, es decir: “no hacer lo que propone el curso que hagamos” —para aliviar nuestro sufrimiento, cosa esta que es, diría el curso, lo único que realmente lo alivia: dejar de creer que estamos aquí.
el mensaje a Bill I.

Introducción: firmeza amorosa

Continuamos en al apartado A, poco más abajo, con la traducción de algo muy práctico: ‘el mensaje a Bill‘ comentado por Wapnick —traducción que ya empezamos en este enlace.

Este mensaje fue dado por la Voz que dictó Un Curso de milagros.

Recomiendo ir cuanto antes al apartado A para leer a la Voz y a Wapnick, en un mensaje muy práctico y algo extenso (en el comentario).

Los otros apartados debajo de la traducción van a contener reflexiones sobre los temas tratados en el mensaje a Bill, y quizá ejemplos y pensamientos más “personales”.

Vamos a tratar de un tema muy simple: abolir o disolver diferencias, en todas las diversas relaciones especiales habituales.

Este mensaje a Bill es una de las partes del dictado del curso que no entraron completas en la versión “oficial” actual (“FIP”). La Voz que dictó el curso utilizó este mensaje para hablar de los “problemas” de Bill. Aparece en este pequeño texto sobre relaciones parentales. Wapnick también comenta este ‘mensaje a Bill’, aunque menos detalladamente, en su libro sobre el curso que trata de la redacción y edición del mismo y de Helen y Bill, sus escribas; ese libro es el titulado ‘Ausencia de felicidad’.

En el primero de los textos, Wapnick y la Voz dan ejemplos muy sencillos acerca de la práctica de ver en todo intereses compartidos (= perdonar). Esta “visión” (perdón) sería nuestra función aquí, fuera de la percepción del mundo que privilegia la visión de las diferencias (otorgarles realidad en nuestro interior) para con ello reforzar los ciclos ilusorios de muerte y destrucción.

Y “ver intereses compartidos” es conseguir que toda relación aquí nos sirva para demostrar que somos uno —en contenido, no en la forma (las formas pueden seguir diferenciándose sin parar, y así lo harán, en el ilusorio tiempo lineal). Ese ver intereses compartidos supone entonces conseguir que toda relación sirva para reforzar el sentimiento de la unidad que realmente somos.

Somos unidad pero no “aquí”, aunque esa es nuestra única verdad tanto “aquí” como “allí”. Y por tanto, no existe un verdadero “aquí”, y el mundo de cuerpos separados en realidad no es “verdadero”; por eso dice tan claramente la Voz del curso que la lección básica que tenemos que aprender aquí y que todos aprenderemos en alguna vida ilusoria, una vez creemos estar en el mundo, es muy simple y es la siguiente, fuera de todas las absurdas e inútiles complejidades del ego: ‘el mundo no existe‘.

En el mensaje, Wapnick se extiende en alguna medida para comentar algo sobre la complicada relación entre padres (o tutores) e hijos —las relaciones parentales. Y sobre ello, por cierto, ya hablamos en cierta medida en este texto:

— «La peor cosa que los padres, profesores o cualquier adulto puede hacer con un niño es perder el control»

El anterior comentario, también de Wapnick, fue todo un hallazgo para mí. Su observación simple, que afecta a la crianza, es una de las observaciones prácticas más impactantes y útiles que he encontrado (contando con que claro, yo ya estaba en el contexto del curso, y ya “sabía” que, por tanto, “la verdad” va por aquí). Así que ese vídeo y comentario puede que también os simplifique la vida en gran medida, seáis o no padres —no es mi caso.

Se trata de, que si en tanto que padres nos enfadamos con un niño (con lo difícil que es a menudo no enfadarse), veremos cómo así, con tal enfado, le estamos dando al niño lo que todo ego vino a buscar y pedir aquí (!), al universo: vino a confirmar que el Amor ataca, que puede atacar (pues las figuras parentales funcionan como sustitutos de Dios, como veremos en el texto ‘los niños no quieren a sus padres‘). Es decir, venimos a confirmar que Dios-Amor es un asesino… y todas las demás lindezas tan artística y simbólicamente representadas, por cierto, en varias religiones formales —religiones donde ya sabemos cómo de bien se nos muestran, así como en negativo, “las verdades” de este mundo loco, demente, el del ego: donde por ejemplo un Dios de Amor va por ahí asesinando gente (es decir: amor y miedo mezclados de la forma más horrenda y extrema posible).

Tal y como comentaremos más abajo (lo hará Wapnick), en las relaciones parentales, una cosa es enfadarse (en el sentido de tomarse las cosas personalmente en una relación, lo cual ya sabemos que es una estupidez, aunque lo hagamos todo el rato), y otra cosa, distinta pero necesaria —o digamos “sana”— es permitirse ser firmes a la vez que amorosos. De esta manera podremos poner límites sanos en las relaciones sin perder el centro, el corazón, y, por tanto, sin por ejemplo “transmitir” al niño (o a cualquiera) inconscientemente nuestra pérdida del “centro”, nuestra “locura” —la locura habitual que como egos mostramos con las reacciones automáticas al tomárnoslo todo tan en serio, tan personalmente.

Aquí abajo y en otros lados, hablaremos de todo esto y de cómo la meta de cualquier “autoridad buena”, en su papel digamos “correcto” (el de unos padres, profesores, etc.) en este mundo o universo de diferencias (‘infierno’, para los amigos), es la meta de deshacer el miedo, el miedo que tienen los hijos o los alumnos: el miedo a la responsabilidad, a saber, a “crecer”. Es por tanto, la meta de abolir la necesidad de autoridad.

Wapnick y la Voz darán indicaciones simples sobre cómo usamos las relaciones especiales parentales para reforzar el ego. Pero como decimos, muy en general, nuestra meta es abolir las diferencias en el nivel del “sentir”, del contenido. Esta es la meta “igualitaria” a perseguir en cualquier relación, pero siempre centrándonos en el contenido (interior, mental), y no en la forma (no en lo externo).

En aquel otro texto que hice, hablamos sobre lo práctica que era la Voz, y sobre lo sencillamente que expuso “el problema” de Bill en la universidad. Allí éste era profesor y no se atrevía a dar clase a los alumnos “normales”.

Pero, recordemos ya que una voz igual de práctica y simple existe ya en todos, en la forma de todas esas intuiciones internas que quieren dirigirnos sin exigir, suavemente, que nos sugieren y susurran otra versión o interpretación para todo eso que creemos real “ahí fuera”. Así que, en realidad, ya tenemos “todo” lo que necesitamos realmente dentro, desde siempre —pero nos cerramos a esa verdad.

Así que ahora finalizo la traducción (apartado A) del mensaje a Bill, y resumiré o comentaré más o menos personal y anecdóticamente lo que ya hemos dicho o “aprendido” sobre esto (apartado B y siguientes).

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[Archivamos aquí algunos enlaces con materiales breves sobre la infancia, las relaciones y el curso:
– facim.org: Weekly Questions and Answers, 07/02/2003 ]

‘El mensaje a Bill’: II

Índice:

A.- Retomando la traducción iniciada en este otro texto
B.- Disolución de las diferencias “en contenido”, no en la forma: igualdad

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A Retomando la traducción iniciada en este otro texto

El texto traducido de la Voz y de Wapnick irá desplazado hacia la derecha. Mis comentarios, que espero no muy abundantes, irán en esta posición normal.

Voz (que dictó el curso de milagros y que ahora en ‘el mensaje a Bill‘ habla sobre los problemas que uno de los escribas del curso —el profesor William Thetford, ‘Bill’— tenía a la hora de dar clase):
«No está justificado que Bill siga perpetuando ninguna imagen de sí mismo; él no es una imagen.»

Wapnick: Esto es cierto de todos nosotros: no somos este ídolo que hemos adoptado para sustituir el glorioso Ser que Dios creó. Sustituimos por tanto este Ser, el de la verdad, por nuestro ídolo; y luego olvidamos convenientemente que lo hemos hecho, fabricándonos una vida como seres desvalidos, inocentes, pequeñas cositas cuyos padres ahora mancillan y denigran —esta bonita imagen de nosotros que Dios creó es aparentemente lanzada al infierno por nuestros padres, que creen, junto al resto del mundo, que somos cuerpos. No recordamos nada de esto porque hemos guionado una vida en la que hemos nacido con un cerebro sin desarrollar que es incapaz de recordar esto, dejando solamente la ilusión de que todo fue una falta de nuestros padres. El punto en el que se incide aquí —Jesús se lo señala a Bill y también a todos nosotros— es que todos adoramos esas experiencias en las que nuestros padres nos perciben erróneamente, ya que nos demuestran que nosotros no somos los responsables de esta miserable migaja que nos tocó vivir como vida. Sí, tenemos un yo inadecuado, pero, ah, no lo hicimos nosotros. Y mientras tanto, glorificamos este yo adorándolo día a día en el altar del especialismo.»

Voz: «No es una imagen. Cualquier cosa que sea verdad de él es completamente benigna. Es esencial que él sepa esto sobre sí mismo, pero él no puede saberlo mientras elija interpretarse en tanto que alguien lo suficientemente vulnerable como para poder ser herido.»

W: Mientras sigamos pensando que la gente tiene el poder de herirnos —en el pasado, el presente o el futuro— nunca recordaremos nuestra verdadera Identidad. Y así, la esencia del perdón es perdonar a otros por lo que ellos no han hecho. Desde el punto de vista del ego, lo bonito de la relación parental está en que existe casi un acuerdo universal que dice que a veces los padres les hacen cosas terribles a los niños. Este es el gran mito, e incluso aunque intelectualmente creamos en lo que dice el curso de milagros, esto no cambia necesariamente nuestra auto-percepción en tanto que pensamos que somos esas inocentes víctimas injustamente tratadas en nuestro mundo de relaciones parentales —y también en el resto de mundos con sus respectivas figuras de autoridad.»

Voz: «Esta es una peculiar forma de arrogancia, cuya componente narcisista es perfectamente obvia.»

W: «Recordemos que aquí Jesús está hablando a psicólogos, así que usa el lenguaje psicológico. El narcisismo, basado en el mito griego de Narciso, que se enamoró de su reflejo en el agua, es un total auto-centramiento, pensar solo en uno mismo y en las propias necesidades. Esta arrogancia hace referencia a la idea de que Bill elige interpretarse a sí mismo como vulnerable con respecto a los egos de otros, tal y como todos hacemos. Esto es obviamente narcisista, ya que todo gira alrededor nuestro. No miramos esto objetivamente —nuestros padres tienen egos que proyectan, que no tienen que ver con nosotros— ya que el ego nos quiere como el centro del universo de cada cual: “tú me hiciste esto”. Y así, exigimos ser este centro, y cuando no lo somos, sentimos una ira justificada. Mientras que el término ‘narcisismo’ se reserva a cierta gente, lo que señala aquí J es que todos seríamos narcisistas, y que en nuestra percepción todo gira alrededor nuestro.

Jesús ahora se dirigirá directamente a Bill, remarcando que sus padres tenían egos:»

Voz: «Bill, tus padres te percibieron erróneamente de muchas maneras, pero su capacidad para percibir estuvo bastante distorsionada, y sus percepciones erróneas se interpusieron en el camino de su propio conocimiento. No hay razón por la que se tengan que interponer en el tuyo.»

W: «No hay razón para que los percepciones distorsionadas de los padres de Bill deban interponerse en su capacidad de percibir correctamente y recordar el conocimiento. La mente tomadora de decisiones de Bill elige ver a sus padres de un cierto modo: ellos le percibieron erróneamente a él. Esto fue su interpretación, y, en tanto que niño, fue perfectamente natural para él sentirse herido e indigno a resultas del rechazo parental. No obstante, Bill ya no era un niño, y nosotros tampoco lo somos. Por tanto Jesús nos dice en su curso que es tiempo de crecer, de soltar los egos, y devenir alguien como él.»

Voz: «Aún es cierto que tú crees que ellos te hicieron algo a ti. Esta creencia es extremadamente peligrosa para tu percepción, y completamente destructora de tu conocimiento.»

W: «Con ‘conocimiento’ se refiere a nuestro Ser como Cristo. La creencia de que la gente nos hace cosas no solo distorsiona nuestra percepción, sino también el recuerdo de nuestra Identidad. En otras palabras, nunca sabremos quiénes somos en tanto que Cristo mientras mantengamos testarudamente que la gente nos ha hecho cosas terribles y que continúa haciéndolas.»

Voz: «Esto no es cierto solo de tus actitudes hacia tus padres, sino también del trato incorrecto mostrado a tus amigos.»

W: «Si creemos que nuestros padres nos maltrataron, creeremos que todo el mundo igualmente lo hace. Es imposible sostener una creencia sobre una persona sin generalizarla a todo el mundo. Podemos no experimentar esto de forma consciente, pero, como la Filiación es una, las percepciones de uno son las de todos. Así, siempre estamos justificados en maltratar a otros, no sea que nos vayan a maltratar a nosotros de nuevo —en pensamiento, palabra o acto.

Es casi un axioma en psicología que los niños que sufrieron maltrato maduran hasta convertirse en padres que también maltratan. Y así, si nosotros no superamos nuestro maltrato, ciertamente no lo superaremos tampoco cuando seamos padres o figuras parentales. Por tanto, nuestro pasado no nos es de ayuda, al tener un efecto nocivo en cómo tratamos a gente que está subordinada a nosotros, ya sea como padres, familiares o supervisores, no importa.

Al hacer el maltrato real [en la mente, dentro], no podemos ser de ayuda, pues lo haremos [fuera] de una forma similar, sea o no en formas sutiles: maltrataremos al igual que creímos ser maltratados.»

He añadido como se ve unos corchetes ([…]) en la última parte, ya que casi me hacían falta para poder traducir mejor este pasaje.

Bien, entonces estamos viendo que “las creencias mandan”, tal y como nos recordaba también Seth hace muchos años en su simpático discurso. Manda la creencia o percepción que hace real el maltrato, la creencia de que el maltrato es algo imperdonable, imborrable. Estas creencias provocan que nuestro “mal” aparezca luego representando “fuera”, en nuestras vidas. Quizá lo cometamos mismamente nosotros contra los demás. Así, con esa infernal representación “fuera”, podemos perdonar la mente “dentro” —o intentar perdonarla—, perdonando tal creencia, permitiendo así que el maltrato pueda irse disolviendo en la nada de donde proviene (la nada del tiempo, del pasado).

Pero recordemos que si venimos aquí al mundo es porque no queremos perdonar, es decir, lo que es lo mismo: no queremos perdonarnos.

Y recordemos que perdonar es.
— 1º: reconocer la causa mental de todo: nuestra elección de ataque (culpa) en el nivel mental.
— 2º: estar dispuestos a entregar dicha causa “dentro” a la luz interior: soltar la causa.
— Y así (3º) podemos pedir y aceptar la respuesta de la Luz que desvanece todo ataque; y sabemos que todo juicio sobre el mundo y nosotros en realidad supone un ataque a nuestra naturaleza, es un ataque contra nosotros mismos, pues no tenemos nada que ver con cuerpos y sus historias (sus creencias, juicios, etc.).

Por tanto, al no querer perdonar(nos) esas creencias, o percepciones —ese miedo que existe en nosotros y que alimenta todos esos juicios en esa “realidad-ego-inventada” sobre el maltrato familiar sufrido en particular por los muy personales “nosotros” que se lo tomaron todo muy personalmente—, entonces, al no querer entregar eso, nuestra luz interior no puede “trabajar”.

La luz del Espíritu Santo que todos “poseemos” por igual no puede desvanecer nada de eso en nosotros —”dentro”— pues no lo queremos soltar interiormente —no lo estamos entregando en la mente. No estamos siquiera dispuestos.

Así, por tanto, lo tendremos que ver “fuera”, en lo que creemos que no es mente (el mundo “objetivo” que en realidad no es tan objetivo como pensamos). Lo tenemos que ver, pues, representado en nuestra experiencia (“atraeremos” esa experiencia) que reflejará nuestras creencias, pues este infierno de universo precisamente lo hemos montado para realizar este trabajo de perdón de la mente (esos 3 pasos de arriba).

Voz: «Tú aún crees que debes responder a sus errores como si fueran verdad.»

W: «En otras palabras, si creo que la gente me está atacando, creeré que tengo que responder a los ataques —el ciclo de ataque-defensa: si me siento culpable, te atacaré, e inevitablemente creeré que también tú vas a atacarme. Olvido mi primer ataque y percibo solo el tuyo, lo que justifica mi necesidad de una defensa. La lección 153 “en mi indefensión radica mi seguridad”, describe este ciclo, explicando que olvidamos nuestro ataque hacia nosotros mismos, el cual proyectamos, y de este modo atacamos a todo el mundo sintiéndonos justificados ya que todo lo que vemos son ataques de otros. Bill no vio que él quiso que sus padres prefirieran a su hermana en vez de a él y que su padre destruyera su oficina porque no era consciente de esos sentimientos.» (mi subrayado)

Es decir, no somos conscientes de nuestros sentimientos de ataque dentro (culpabilidad inconsciente dentro), y, por tanto, queremos verlos fuera, ¡queremos! (aunque no lo creamos, aunque no pensemos que tenemos ese deseo de querer ver desastres, de diverso tipo).

Este “ver fuera” nos permite la doble posibilidad que vinimos a este mundo a buscar (o bien ego o bien amor):

— ego: o bien reforzamos el ego con excusas de lo que vemos “fuera”, no realizando por tanto el “trabajo interior” que puede darse tras ese ver “fuera” nuestros sentimientos, representados con mayor o menor violencia,

— o bien darnos por enterados de todo, y empezar a realizar dicho trabajo interior, colocándonos en la escalera del Espíritu Santo para subir con él hacia fuera del campo de batalla, saliendo por fin de la batalla y la escalera caótica del ego, y volviendo así a la mente para con todo esto ir perdonando uno a uno los símbolos externos de nuestra culpa interior, símbolos de lo que tenemos dentro en la mente (auto-ataque descomunal) y que de cierto modo al no poder reconocerlos dentro, nos los representamos “fuera”, de forma más o menos “infernal” (en interpretaciones basadas en miedo y proyectadas sobre los símbolos que se prestan a ello).

Sigue Wapnick en el párrafo que dejábamos:

W: «…… Sabemos que éste es el caso [Bill no vio que quería que todo eso pasara], ya que, como ya dijimos, él mantenía esa historia y la volvía a contar una y otra vez —tal y como todos hacemos— justificando así sus reacciones ante lo que él percibía como rechazos por parte de sus padres.»

Voz: «Reaccionando auto-destructivamente, les estás dando a ellos aprobación para sus percepciones erradas»

W: «Nosotros, de hecho, realmente aprobamos sus percepciones erradas puesto que creemos que son gente terrible. Primero nos juzgamos a nosotros como débiles, vulnerables y pecaminosos, lo cual conlleva que otros nos tratarán así. Nunca vemos nuestra propia parte en el ataque, sino solo la del otro.»

Voz: «Nadie tiene el derecho a cambiarse a sí mismo en el vaivén de las circunstancias cambiantes.»

W: «El uso de la palabra “derecho” [right] es confuso aquí. En un sentido, todos tenemos derecho a lo que sea que elijamos, pero lo que Jesús quiere decir con esto es que no puede justificarse el cambiar nuestra auto-imagen simplemente por lo que otros hagan o dejen de hacer. El hecho de que nos traten de una manera un día y al otro de otra manera distinta, no guarda relación alguna con nuestra auto-imagen, que no procede de fuera de nosotros. Nuestra auto-imagen no depende del amor o del odio que otros muestren hacia nosotros. La manera en que nos sentimos nosotros con nosotros mismos solo puede provenir de una decisión que tomamos nosotros mismos.»

Voz: «Es tu deber establecer sin ningún género de duda que no estás dispuesto en absoluto a ponerte del lado de [o a identificarte con] las percepciones erróneas que cualquiera tenga sobre ti —incluyendo las tuyas sobre ti mismo.»

W: «Esta es nuestra función, y ‘deber’ se refiere a aquello de establecer sin ningún género de duda que no estamos en absoluto dispuestos a ponernos del lado de cualquiera en sus percepciones erradas sobre nosotros. Los demás son libres de pensar lo que quieran sobre nosotros, pero esto no tiene nada que ver con nosotros, a menos que elijamos estar de acuerdo con ellos. Esto quiere decir que el problema no es lo que ellos hagan o digan, sino lo que nosotros decimos. Los aparentes ataques no tienen efecto sobre nosotros hasta que en algún nivel los justificamos.

El mensaje tratará ahora de otro tema al Jesús hablar de las enseñanzas específicas de Bill. En todas nuestras experiencias es importante notar cómo atribuimos nuestra incomodidad o dolencia a cosas específicas, concretas [specifics], como por ejemplo: “con solo que el tiempo atmosférico fuera más agradable, me sentiría mejor”; o, “cómo podría yo no sentirme pesimista y deprimido viendo cómo está el mundo”; o, “por supuesto que estoy enfadado, pues no conseguí ese ascenso que se me prometió”. Y así, Jesús le dice a Bill:»

Voz: «Si acabas preocupado por factores totalmente irrelevantes, como la condición física de una clase, el número de estudiantes, la hora del curso y los muchos elementos que puedes decidir enfatizar como base de la percepción errónea, habrás perdido el conocimiento de para qué es cualquier relación interpersonal.»

W: «El propósito de cualquier relación interpersonal es recordarnos que somos uno. Tememos tanto esta verdad que desplazamos nuestro miedo hacia todo tipo de cosas específicas, y bien sabemos cuán preocupados podemos llegar a estar. Si estamos planeando una cena festiva, por ejemplo, queremos que todo sea perfecto: que nada esté mal colocado, etc.; y si no, de otro modo, se nos arruinaría la noche. Si tenemos una importante entrevista, tenemos que lucir absolutamente perfectos —el pelo y el maquillaje tienen que ser justo así, la corbata anudada justo asá. Esto no significa que no debamos ser cuidadosos o concienzudos con nuestra apariencia, pero sí que cuando esto se convierte en una obsesión, cuando creemos que el propósito de una entrevista es conseguir un trabajo en vez de tener la experiencia de intereses compartidos, desde luego que colocaremos erróneamente nuestro énfasis. La razón para traer gente a cenar no es la de mostrarles qué maravillosos cocineros anfitriones o decoradores de interiores somos, sino la de simplemente demostrar nuestra inherente mismidad. Si estamos dando una clase y nos enfocamos en los detalles enumerados por Jesús, hemos olvidado que nuestro propósito es enseñar —mediante demostración— que nosotros y nuestros alumnos somos uno, que compartimos el mismo interés de aprender nuestras lecciones comunes de perdón.

Esto es cierto en toda situación. Si eres un padre y tu primera preocupación es tener a tu niño cuidado y luciendo bien en la escuela o para cuando haya visitas, entonces habrás olvidado que el propósito de tener un hijo es demostrar la unidad de tu familia. Si tú verdaderamente demostraras tal propósito, enseñarías a tu hijo que el propósito de la escuela no era alcanzar una alta graduación, sino percatarse de que en último término el rendimiento en clase es algo irrelevante. Esto no significa que por ejemplo no debas ayudar a tu hijo con sus deberes, o que no le animes a aprender; significa que el contenido subyacente debería ser el de enseñar que no hay diferencias entre él y los demás, y que su valor no depende de evaluaciones externas, según leemos en el texto, en un pasaje que era originalmente parte del mensaje a Bill:

«El que enseñes o aprendas no es lo que establece tu valía. Tu valía la estableció Dios. Mientras sigas oponiéndote a esto, todo lo que hagas te dará miedo, especialmente aquellas situaciones que tiendan a apoyar la creencia en la superioridad o en la inferioridad. Los maestros tienen que tener paciencia y repetir las lecciones que enseñan hasta que éstas se aprendan. Yo estoy dispuesto a hacer eso porque no tengo derecho a fijar los límites de tu aprendizaje por ti. Una vez más: nada de lo que haces, piensas o deseas es necesario para establecer tu valía.» (T-4.I.7:1-6).

Puedes ver, en esos mensajes tempranos, que Jesús daba a Helen y Bill cierto entrenamiento práctico, aplicando a sus vidas personales los mismos principios que estaba enseñando en el curso de forma más general. Él quiere que nosotros también los apliquemos, y por eso existe el libro de ejercicios (en el momento en que se dictaba este mensaje, por cierto, aún no había sido dictado dicho libro). La cuestión de Jesús aquí es que las cosas concretas con las que nos vemos involucrados son inherentemente irrelevantes, ya que lo que realmente es importante es el propósito que tienen: enseñarnos nuestro interés o propósito compartido [lo que Wapnick ha dicho, claro está, sobre enseñar que somos uno, etc.].

Voz: «No es cierto que la diferencia entre alumno y profesor sea duradera. Ellos se encuentran en el mundo para abolir tal diferencia.»

W: «El desafío en toda situación es mantener la integridad de la forma mientras se es fiel al contenido. Así, si somos profesores, cumplimos con el papel de forma apropiada —preparándonos las clases, actuando autoritativamente [nota de traducción: recuerdo aquí que ‘autoritativo’ significa simplemente “que supone autoridad”, lo que es diferente de ‘autoritario’], etc. Permanecemos en la forma aunque entendiendo que el foco real es el contenido. Nuestro propósito no es el demostrar nuestra brillantez o adecuación, ni conseguir que los estudiantes nos amen u odien, sino el de solamente demostrar que las diferencias entre estudiantes y profesores son ilusorias, y, luego, aprender a aplicar este principio a cada rol y relación. Cada una de nuestras relaciones es un ejemplo concreto más de esos encuentros santos que toda relación guarda como potencial —ya sea que las juzguemos como significantes o insignificantes.»

Voz: «Al comenzar un período de clases, y debido a que aún estamos en el tiempo, ellos [profesor y alumno] se encuentran sobre una base de desigualdad en cuanto a capacidad y experiencia.»

W: «Esto es cierto para profesores y estudiantes, terapeutas y pacientes, clientes y proveedores de servicios, padres y niños. Al principio obviamente existe desigualdad.»

Voz: «El objetivo del profesor es darles más de lo que temporalemente es suyo.»

W: «Los profesores dan de esa mayor sabiduría y madurez que es temporalmente suya. En su darla, lo cual significa demostrarla, los estudiantes irán aumentando su reconocimiento de la sabiduría y madurez en ellos mismos, lo cual deshace la desigualdad.»

Voz: «Este proceso tiene todas las condiciones del milagro a las que nos hemos referido al principio [del Texto de UCDM, aclara Wapnick: en los principios de los milagros]. El profesor (o hacedor de milagros) da más a aquellos que tienen menos, llevándolos a una mayor igualdad con respecto a él, al mismo tiempo que ganando para sí mismo.»

W: «Jesús dice esto sobre sí mismo (T-1:II.3:5-13; T-4.I.6:3). El propósito de toda enseñanza es abolir la necesidad del estudiante por un profesor. Este principio puede ser igualmente aplicado a los padres, o en cualquier relación donde haya desigualdad en la forma.»

Voz: «La confusión aquí se da solo porque no ganan las mismas cosas ya que no necesitan las mismas cosas. Si así fuera, sus roles respectivos, aunque temporales, no conducirían al mutuo provecho. La liberación del miedo puede ser conseguida por ambos, profesor y alumno, solamente si no comparan ni sus necesidades ni sus posiciones respectivas en términos de mayor o menor.»

W: «Naturalmente, existen diferencias diversas en el nivel de la forma. Por ejemplo, los terapeutas necesitan dinero pues están ejerciendo ese trabajo como forma de ganarse la vida; los pacientes están ahí porque presumiblemente tienen problemas que los terapeutas no tienen. No obstante, recordemos la línea dos veces expuesta en el curso: “El amor no hace comparaciones” (T-24.II.1.1; Ej.195.4:2). Siempre buscamos comparar de acuerdo a la forma, lo que constituye una inclinación nuestra a la cual se referirá Jesús ahora mismo:»

Voz: «La liberación del miedo puede ser obtenida por profesor y maestro, por ambos [y por terapeuta y paciente, padres e hijos] solamente si no comparan ni sus necesidades ni posiciones respectivas en términos de mayor y menor.»

W: «De nuevo, existen claramente posiciones de mayor y menor aquí; gente con poder, y gente sin él. Sin embargo, esas diferencias son superficiales. Todos necesitamos aprender que, más allá de las necesidades externas, somos lo mismo, pues compartimos el mismo propósito, necesidad, y meta; el mismo problema y la misma solución. Esta lección necesita ser aprendida de maneras específicas: profesores y estudiantes, terapeutas y pacientes, padres e hijos. Estas relaciones son de ayuda al respecto ya que son claramente desiguales en la forma. Y, no obstante, los que poseen autoridad, tienen la responsabilidad de demostrar que su autoridad no es lo que verdaderamente importa, ya que, sin importar la posición, se encuentran presentes con amor y respeto. Este respeto amoroso es lo que se enseña y lo que es aprendido.

Jesús cambia de nuevo de enfoque, y ahora vuelve al tema de padres e hijos. El contexto es que los miedos de Bill a ser profesor estaban directamente relacionados con las quejas que él sostenía desde la infancia [contra padres, etc.]. Así, si ahora Bill fuera padre, tendría el mismo problema como autoridad.»

Voz: «Presumiblemente, los niños deben aprender de los padres. Lo que los padres aprenden de los niños es meramente de un orden diferente.»

W: «El ‘meramente’ es importante —la forma puede ser diferente, pero el contenido es el mismo: todos necesitamos aprender que estamos perdonados por creer que estamos separados.»

Voz: «En última instancia no hay diferencias de orden, pero esto involucra solo al conocimiento.»

W: «Indudablemente, en el mundo ilusorio de la percepción, y a diferencia del Cielo del conocimiento, existe un orden. Los padres son más viejos, más maduros, y tienen el poder en la relación, a menos que lo entreguen. Realmente los niños a menudo son muy hábiles en la tarea de hacer que sus padres les cedan el poder. No obstante, al final, somos uno, pues ante Dios no hay diferencias: Él conoce solamente a Su único hijo. El reflejo de tal unicidad en la mente correcta es el siguiente: todos compartimos la misma mente dividida, con un ego, con el Espíritu Santo, y con el tomador de decisiones que elige entre los dos.»

Voz: «No podemos decir ni de los padres ni de los hijos que tengan conocimiento, pues si no, sus relaciones no existirían como si estuvieran en diferentes niveles. Y lo mismo es cierto de profesor y alumno. Los niños tienen un problema de autoridad solamente si creen que su imagen está influida por la autoridad.»

W: «El conocimiento, en Un Curso de milagros, equivale a la realidad y unicidad del Cielo. Si tuviéramos ya conocimiento, no habría padres e hijos; no estaríamos en cuerpos, ni estaríamos incluso aquí. En el mundo de la percepción, sin embargo, nuestras vidas comienzan como las de los niños, donde todos compartimos el mismo problema de autoridad, puesto que creemos que somos el producto de nuestra crianza. Creemos, de forma automática, sin pensar, que las dificultades concretas pueden retrotraerse a lo que sucedió cuando éramos pequeños. Así, a menudo hemos oído decir, o hemos dicho nosotros mismos, que: “desde luego que tengo problemas de aprendizaje, pues fui humillado por mis padres cuando volví de clase con un suspenso; mis profesores me hacían pasar vergüenza; así que, naturalmente, yo no quería aprender. Me falta el talento mental o físico que otros niños sí tienen, y, por tanto, no pude aprender apropiadamente; así que soy un adulto defectuoso porque ya fui defectuoso como niño”. Esta es la clase de explicación con la cual estamos muy familiarizados.

Este pensamiento se instala en nuestras mentes con un poder mayor del que creemos poseer: el poder del tomador de decisiones al aliarse con el ego. El mundo, padres y niños, y todas las demás relaciones, son parte de una vasta conspiración diseñada por el ego en un intento de tornarnos insensatos [mindless], y de culpar a cualquier otro por nuestra situación. Por tanto no soltamos nuestras incapacidades, maltratos del pasado, o fallos. Nadie es perfecto aquí, aunque lo que nos revela cuál es el auténtico problema es nuestro apego o aferramiento a los problemas —nuestra necesidad de ser víctimas y de estar a merced de fuerzas que están mas allá de nuestro control (T-19.IV-D.7:4).

La obra de Coleridge, The Rime of the Ancient Mariner [ver, si no se conoce, la sinopsis en castellano del cuento en el anterior enlace, para así poder entender los detalles (sobre el “cuello”, etc.) de lo que sigue en el texto de Wapnick], narra el cuento de un marinero que disparó y mató a un albatros (un tipo de ave grande) y que está abrumado por la culpa de la cual no puede librarse. La oda comienza, en esta traducción (Karina Ángela Macció):

«Es un viejo Marinero, Y detiene a uno de tres.»

… entonces, el marinero va contando la historia de su culpa a los tres. Del mismo modo, todos siempre narramos la historia del albatros que cuelga de nuestros cuellos. Todo trata de nuestra culpa, excepto que reclamamos que no es por nuestra culpa: nacimos con genes defectuosos y así no podemos hacer lo que otros sí pueden; nacimos con padres inapropiados y por ello no podemos mantener relaciones satisfactorias. Las formas del albatros difieren, pero su contenido, el de evitar tomar la responsabilidad, se queda igual.»

Voz: «Este es un acto voluntario por su parte [on their part], puesto que están eligiendo percibir erróneamente a la autoridad y otorgarle a él [give him] este poder.»

W: «Este “acto voluntario” es una referencia directa al tomador de decisiones. Activamente tiramos nuestro poder por la borda; esta es una decisión que tomamos ya no como niños pequeños con un cerebro subdesarrollado, sino en tanto que egos completamente desarrollados en la mente. Lo instalamos como parte de nuestros guiones antiguos que adoramos revivir, tal y como hacemos en cualquier periodo de vida en que tenemos autoridad como padres o en otros roles.

La gente puede tener autoridad sobre nuestros cuerpos, pero no sobre nuestras mentes. Por ello es por lo que este curso trata sobre la mente, no teniendo nada que ver con el cuerpo. La única autoridad sobre nuestras mentes es nosotros mismos; ni Jesús ni Dios. Nosotros tenemos la autoridad, puesto que nosotros solos, como tomadores de decisiones, somos quienes tenemos el poder de aceptar o rechazar el Amor de Dios. Tenemos el poder de creer que rechazamos este Amor, y sin embargo el asunto en cuestión es que nada ocurrió. Así, usamos erróneamente [misuse] lo que creemos que es este poder de la mente, y, como una defensa contra nuestra culpa, denigramos el poder de tomar decisiones y lo proyectamos, dándoselo a diversas autoridades. Así es como comenzamos con nuestros sueños individuales —como niños desvalidos sin poder, totalmente vulnerables ante el maltrato impuesto por nuestros padres y la sociedad.

En 1908 Freud escribió un artículo poco conocido titulado “Romances familiares”. Siempre me ha gustado este título porque suena tan inocente, mientras que el asunto del que trata difícilmente puede resultarnos así. Citaré del párrafo de su comienzo, cambiando ligeramente la redacción de la torpe traducción:

«Al crecer el individuo, el hecho de poder alcanzar su liberación con respecto a la autoridad de sus padres es uno de los resultados más necesarios, aunque más dolorosos, que acompañan el curso de su desarrollo. Es del todo esencial que tal liberación ocurra, y puede presumirse que hasta cierto punto este resultado ha sido obtenido cuando la persona llegue a un estado normal.»

Freud está diciendo que la única manera en que podemos ser normales es liberándonos de la autoridad parental, pero no por rebelión, sino reconociendo que nuestros padres no tienen autoridad sobre nosotros —que es lo que le dice Jesús a Bill— como para poder dictarnos quiénes somos. En otras palabras, necesitamos crecer, liberarnos de la autoridad que dimos a nuestros padres de percibirnos erróneamente y de convertir esas percepciones erróneas en reales (otorgarles realidad). La implicación de los comentarios de Freud, y en cierto sentido la implicación de toda su obra, es que a menos que resolvamos el problema de autoridad con respecto a nuestros padres —complejo de Edipo— nunca seremos libres, y siempre representaremos como adultos aquello que no hemos resuelto y se arrastra desde la edad infantil.

Lo específico en la teoría de Jesús, así como en la metodología, es muy diferente de Freud, pero el contenido es el mismo. En el sueño de nuestras vidas personales el complejo de edipo freudiano es la fuente de las relaciones de amor y odio especial que describe Jesús en en el curso, y que necesitamos perdonar. Jesús está instruyendo a Bill sobre que éste no puede perdonar en el presente mientras se aferre a las percepciones erróneas del pasado. No obstante, la manera de perdonar el pasado es perdonar las percepciones erradas actuales: no habiendo más que una falta de perdón, el proceso va en los dos sentidos a la vez. Jesús está ayudando a Bill a ver el contexto de las percepciones erróneas que está sosteniendo como adulto; por ejemplo, su trato erróneo con sus amigos es un resultado directo de cómo se sintió erróneamente usado por sus padres. Sin embargo, sus padres no le estaban utilizando erróneamente. Bill los usó para justificar su propia decisión, de la cual no acepta su responsabilidad. El patrón que estableció en tanto que niño está todavía operativo en el presente —no ya es algo del pasado, sino una decisión que está tomando ahora.»

Voz: «Un profesor con un problema de autoridad es meramente un alumno que se niega a enseñar a otros.»

W: «Podemos parafrasear esto: un padre con un problema de autoridad es meramente un niño que rechaza ser padre de otros. Profesores y padres demuestran que tienen un problema de autoridad cuando no admiten tener ellos ninguna autoridad en absoluto, de forma similar a como Bill rechazaba la labor de la enseñanza. O bien, también pueden demostrar su problema de autoridad siendo autoritarios —mezquinos y dictatoriales— con sus estudiantes. De cualquier manera, se trata de niños, meramente niños: estudiantes que no quieren enseñar. Y lo que verdaderamente deseamos enseñar es perdón, amor e intereses compartidos —el fin del problema de autoridad.»

Voz: «Quiere mantenerse a sí mismo [el profesor con tal problema] en una posición donde pueda ser erróneamente utilizado y mal percibido. Esto hace de él alguien reacio a enseñar, con resentimientos hacia su labor, debido a su insistencia en lo que le hicieron [en el pasado].»

W: «Bill se sintió amenazado por sus estudiantes puesto que creía que le iban a atacar y percibir erróneamente. Esto era así solo porque él se estaba aferrando al ataque, lo cual justificaba sus quejas pasadas. Si no soltamos o dejamos ir el comportamiento infantil y las percepciones erróneas infantiles, no continuaremos sino con este patrón durante la adultez. Ser un padre es un salón de clases beneficioso porque nos da una maravillosa manera de perdonar a nuestros propios padres.

Lo siguiente ahora se refiere a una afirmación temprana que Jesús hizo a Helen:»

Voz: «La única manera de escapar [only way out] de este particular aspecto del desierto es salir, ahora que puedes [is still to leave].»

W: «Jesús dijo, en el otro lugar donde habla de esto: “lo que hay que hacer en un desierto es salir”. Cuando reconoces el desierto del sistema de pensamiento del ego, lo abandonas. No lo analizas, no lo acaricias con indulgencia, y no lo atacas. Simplemente dices: “ya no quiero más esto”, y se va.»

Jesús/Voz/Espíritu Santo: «La manera en que se va es liberando a todo el mundo que se vea envuelto, rechazando absolutamente comprometerse en ninguna forma de honrar el error.»

W: «La manera en que abandonamos el desierto de culpa y odio es liberando a todos de nuestras proyecciones pasadas y presentes, negándonos a honrar el error. Esto es precursor de lo que Jesús dirá en el Curso: la manera de encontrar la verdad es “negar la negación de la verdad” (T-12.II.1:5); por tanto, decirle “sí” a él, supone decir: “no no [not no]” (T-21.VII.12:4).

Miramos el error que supone convertir las percepciones erradas de los demás en la base de nuestra auto-imagen, y decimos: “esto no es verdad, y ya no voy a elegir por más tiempo este juego de proyección”. Si dejamos que Jesús nos enseñe quiénes somos, encarando [juxtapose] su verdad con la de los padres y el mundo, nos daremos cuenta que una es cuerda y la otra demente. Ahora elegimos cordura, la cuerda auto-imagen del Hijo de Dios.»

Voz: «Ni el profesor ni el alumno resultan aprisionados en el aprendizaje a menos que lo use como ataque.»

W: «Bill se sintió aprisionado por su labor de enseñanza, y manejó este problema no enseñando, esperando que así, mágicamente, podría escaparse de la prisión de la enseñanza, de la cual su ego le previno que podría robarle su “cara de inocencia”. Sin embargo, la prisión de ataque permanecía dentro, y continuaba determinando todo lo que él hacía.»

Voz: «Si hace esto, será aprisionado tanto si realmente enseña o aprende, como si se niega absolutamente a comprometerse en el proceso.
El rol de un profesor [o padre], concebido de forma apropiada, consiste en conducirse a sí mismo y a otros fuera del desierto.»

W: «Ser un padre significa llevarte a ti y a tu hijo fuera del desierto de la separación, no dando al niño poder sobre ti, y no creyendo que tienes poder sobre tu hijo. Una de las peores cosas que los padres pueden hacer es otorgarles a sus hijos el poder de afectarles. Esto sucede siempre que se enfadan o pierden la paciencia con sus niños. No estamos hablando de que no haya que poner límites o de que no deba existir disciplina, sino sobre la actitud de castigo. Si observas cuidadosamente cuando estás airado, verás una pícara sonrisa alborear con regocijo en algún lugar, dentro de tu hijo que, al reírse, viene a decir: “¡yupi! ¡Lo conseguí de nuevo! Provoqué [tempted] a Dios y gané”. Los niños son auténticos maestros en esto. Nos meten en su cajón de juegos con arena [sandbox] y entonces nos llenamos los ojos de ésta, y también se la arrojamos a ellos, y así nos ponemos todos perdidos. A sus egos les encanta esto puesto que lo que así es recreado [reenacted] es este pensamiento perverso y loco: “metí a Dios a jugar en mi cajón”. Miremos la Biblia donde Dios se pone a jugar en nuestro cajón de pecado, que es por lo cual el Dios y el Jesús bíblicos han resultado ser tan atrayentes para el mundo, ya que en la Biblia Dios establece el mundo —el mundo de la separación, pecado y culpa— como algo real.

La mejor cosa que podemos hacer como padres es no jugar en el cajón de arena. De nuevo digamos que esto no significa que no pongamos límites, que no seamos firmes o que dejemos de imponer disciplina cuando sea necesario. No obstante, cada vez que perdemos la paz, el niño gana, lo que en realidad significa que pierde, así como también pierde la Filiación por entero. Es más, ante nuestros engañados ojos, también Dios ha perdido. Esta importante y difícil lección nos enseña que siempre que alguien se enfada —niño o adulto— todo el mundo pierde.

De nuevo, lo que el ego encuentra maravilloso en el Dios bíblico es que se enfada. ¡Mira cuánto poder tenemos cuando esto sucede! En la Biblia nosotros tenemos el poder, no Dios. Mira lo que conseguimos que haga según la tercera ley del caos que el curso explica (T-23.II.6). Por eso es por lo que odiamos al verdadero Dios y despreciamos profundamente al Jesús real, puesto que ellos no se involucran en el cajón de arena en absoluto— y realmente Dios ni siquiera lo ve. Este es el motivo por el cual no podemos perdonarles, tal y como refleja esta línea que de otra manera no tendría sentido:

«Perdona a tu Padre que no fuera Su Voluntad el que fueras crucificado.» (T-24.III.8:13)

Por lo que necesitamos perdonar a Dios es porque no juega en nuestro cajón de pecado, culpa y muerte, y así, no crucificó a nadie. Jesús quiere decir lo mismo en el curso cuando dice que nos necesita para perdonarle (T-19.IV-B.6:4). Lo que requiere nuestro perdón no son esos “amargos ídolos” que hicimos de él (C-5.5:7), sino el Jesús verdaderamente amoroso que reconoce nuestras ilusiones en tanto que ilusiones. Él sabe que son sueños y que su realidad está fuera de éstos. Así, no se enfoca en lo que pasa en el sueño: quién es el que tiró por primera vez arena, quién es el que sufre y quién el que muere. Le preocupa solo el hecho de que estemos actuando como niños, y querría enseñarnos a levantarnos, a superar [outgrow] el cajón, y devenir como él. Este es su mensaje a Bill y a todos nosotros.

Esta es entonces la clave de ser un padre amoroso y con una mente correcta o recta [right-minded]: no damos poder a los niños sobre nosotros, y nos perdonamos cuando lo hacemos. Esto no se prevé para que nos termine induciendo más culpa en nosotros, sino que está previsto para poder aprender que, al enfadarnos con nuestros niños, podemos recordar que tal enfado nada tiene que ver con ellos —al igual que el enfado de Bill poco tenía que ver con que su padre destrozara su oficina. Tal y como vimos, Bill quiso que su padre lo hiciera. Si me enfado por algo que mi hijo me hace, significa que quise que sucediera; de otro modo, no habría perdido mi paz. Quise que la responsabilidad por no estar en paz recayera en este niño, nieto o quien sea. Por ello es por lo que nos ponemos airados e impacientes, y por lo que nos sentimos responsables. Es más, los niños adoran hacernos responsables por cómo de terribles son, formando así un dueto de culpa y acusación —ambos, padre e hijo, gateando en el cajón de arena, arrojando la arena de la culpa en los ojos del otro. Todo el mundo está aficionado a esto.

Para volver a insistir en este punto importante: una de las mayores ilusiones del mundo es la de que los padres son responsables de sus hijos, lo que supone desconocer que los niños vienen aquí con los egos completamente desarrollados. Es arrogante, no es amoroso y no es amable por nuestra parte creer que tenemos poder sobre nuestros hijos. Ciertamente lo tenemos sobre sus cuerpos, pero no sobre sus mentes, y precisamente son éstas, en tanto que instrumentos de decisión, lo único que determinará si ellos alcanzan o no ciertos logros en sus vidas.

Si nos sentimos responsables de nuestros niños, estamos haciendo justo aquello que Jesús en el curso nos previene que no hagamos: despreciar el poder de la mente. Si sentimos que somos responsables de las neurosis o las psicosis de nuestros niños, de sus problemas o incapacidades para ser lo que queremos que sean, o de elegir la pareja, o una carrera equivocada, entonces no hacemos sino decirles que son débiles y que no tienen poder, siendo lo que nosotros hicimos de ellos —y que hicimos un trabajo terrible. Nuestros niños entonces no tendrán ya esperanza, pues ésta reside solo en que les recordemos que tienen el poder de elegir.

Nuestro trabajo en tanto padres es, por tanto, recordar que somos sensatos [mind-ful], que tenemos mente, y no insensatos [mind-less]; y, mediante nuestro ejemplo, les recordamos a nuestros hijos lo mismo.

Cuando nos sentimos responsables, reforzamos la insensatez de nuestros hijos. Sin embargo, cuando no respondemos a sus acusaciones, les recordamos que son sensatos. Si son adultos fallidos, es a resultas de su decisión. No les restreguemos este hecho en las narices, jugando por tanto en el cajón de la culpa, sino que demostramos de un modo amable y apacible qué es lo que supone haberse salido del cajón del ego. Es más, reconocemos su terror a levantarse con nosotros y su plan del ego para permanecer en el cajón y arrastrarnos en el juego de la culpa. Puesto que, de nuevo, no somos responsables de nuestros hijos, sino solo de nosotros, Jesús le dice a Bill que sus padres no son quienes le hicieron ser tan temeroso de la clase de psicología. Su miedo provino de su propia decisión. Lo esencial del mensaje es que la mente de Bill es totalmente poderosa, y él ya no necesita ceder a sus padres o a sus estudiantes ese poder que es, con todo derecho, suyo.»

Voz: «El valor de este rol difícilmente puede ser sobreestimado, aunque solo fuera porque fue un rol al que yo dediqué mi propia vida muy alegremente. He pedido repetidamente a mis alumnos que me sigan.»

W: «El valor de este rol, de conducirse a uno mismo y a los demás fuera del desierto, difícilmente puede ser sobreestimado. El desierto es el sistema de pensamiento del ego, y no podemos conducir a los demás fuera del desierto a menos que nos conduzcamos así nosotros mismos, lo que no podremos conseguir a menos que tengamos a alguien que nos ayude. Este es el rol de Jesús. Él les pide a todos sus hermanos menores abandonar el cajón de arena y marchar con él. No obstante, tal y como reflejan el Nuevo Testamento y los 2000 años de tradición cristiana, el mundo, en vez de ello, llevó a Jesús a su nivel. La Cristiandad, por ejemplo, construyó todo su edificio teológico sobre la doctrina de que Dios envió a Su Hijo al mundo como un cuerpo. En su Curso, por otra parte, Jesús esencialmente nos dice: “ven donde yo estoy en la mente sanada. Levántate y abandona el cajón de pecado conmigo”.»

Voz: «Esto conlleva que para ser profesores efectivos deben interpretar la enseñanza tal y como lo hago yo. He hecho todo el esfuerzo para poder enseñarte de una forma que esté completamente desprovista de miedo. Si no escuchas serás incapaz de evitar el muy obvio error de percibir la enseñanza como una amenaza.»

W: «Uno de los principales objetivos de Jesús es abolir nuestra necesidad de él como profesor, tal y como mencioné antes. Cuando nos levantamos con él, no siendo ya niños, ya no tenemos necesidad de Jesús. De hecho, ya no hay un él y un nosotros —solo un Hijo. Entonces, el rol apropiado de padres, profesores y maestros, o de cualquiera en posición de autoridad, es el de abolir esa autoridad, incluso si permanecen en esa forma particular. En otras palabras, aprendemos a usar la forma de manera que ésta se desvanezca en el brillo del contenido —la unidad de amor que nos une a todos.»

Voz: «No es necesario decir que enseñar es un proceso cuyo propósito es producir aprendizaje. En último término el propósito de todo aprendizaje es abolir el miedo. Esto es necesario para que el conocimiento pueda suceder. El rol del profesor no es el de Dios. Esta confusión sucede muy frecuentemente en padres, profesores, terapeutas y clero. Se trata de una comprensión verdaderamente errónea sobre Dios y de sus milagros.»

W: «Recuerdo que yo, de niño —con 7 u 8 años de edad—, me había comportado mal y mi madre me regañó, diciendo enfáticamente que las madres nunca se equivocan. Incluso aunque respetaba a mi madre, me recuerdo pensando que eso no podía ser, que ahí había algo mal. Lo que estaba mal, por supuesto, era que mi madre se estaba confundiendo a sí misma con Dios. El incidente obviamente me impactó, ya que recuerdo exactamente dónde estábamos cuando sucedió. También recuerdo ser lo suficientemente sabio como para callarme.

Necesitamos aprender que la diferencia entre profesor y alumno es espuria. Jesús está diciendo que, demasiado frecuentemente, los padres, los profesores, los terapeutas y el clero se creen que ellos son la autoridad, incluso aunque dentro del sueño ellos tengan un rol autoritativo. En el panfleto sobre Psicoterapia, Jesús señala que el verdadero terapeuta es el Espíritu Santo (P-2.III.1; P-3.II.3), cuyo propósito es permitirnos abolir la distinción entre terapeuta y paciente, profesor y alumno, padre e hijo —no en la forma, sino en contenido. Es más, terminando con esta espuria distinción, el Espíritu Santo abole el miedo, que es una de las piedras angulares del sistema de pensamiento de la separación, del ego.»

Voz: «Cualquier profesor que crea que enseñar es algo temible no puede aprender, porque está paralizado. Y tampoco puede realmente enseñar.»

W: «Nuestro primer aprendizaje proviene de la interacción con nuestros padres. Si esta relación ha reforzado nuestro miedo preexistente, todo aprendizaje subsiguiente portará consigo miedo y separación. Sin embargo, necesitamos aprender que en tanto que autoridades podemos permanecer en ese rol pero sin devenir autoritarios. Utilizando a Jesús como modelo, venimos a ver la diferencia entre ser autoritativo y autoritario; en otras palabras, no confundiéndonos a nosotros mismos con Dios.»

Voz: «Bill tenía razón al sostener que este curso es un prerrequisito para el suyo. Sin embargo, estaba diciendo realmente mucho más que eso. El propósito de este curso es prepararte para el conocimiento. Ese es el único propósito real de cualquier curso legítimo. Todo lo que se requiere de ti como profesor es seguirme.»

W: «Bill, por tanto, estaba en lo cierto cuando sostenía que el curso le ayudaría a enseñar en sus clases, con Jesús como guía. Si de hecho Jesús es el reflejo de la Unidad de Dios, en la ilusión, el propósito que tiene seguirle es el de devenir alguien como él —lo cual entonces mostrará a otros que ellos son como nosotros. En este contexto, frecuentemente cito el poema de Helen “Una oración de Jesús” —nuestra oración a Jesús y a nosotros mismos acerca de devenir como él, el símbolo del Cristo que es nuestro Yo [primero pongo esta parte del poema en inglés, y luego en castellano sacado del libro ‘El poder sanador de la bondad I’ (traducido por Hilda A. Ortiz Malavé)]:

«I take Your gift in holy hands, for You
Have blessed them with Your own.
Come, brothers, see
How like to Christ am I, and I to you
Whom He has blessed and holds as one with me.»
(p. 82-83 en The Gifts of God)

«En manos santas tu regalo tomo, pues Tú
Las bendijiste con las Tuyas. Vengan, hermanos,
vean
Cuánto soy como Cristo, y como ustedes
A quienes Él bendijo y cual uno solo guarda
conmigo.»

[Ahora Wapnick repite el cuarto verso, y luego añade, como veremos: “somos uno”]
“Cuánto soy como Cristo, y como ustedes”— somos uno. Aprendemos esto eligiendo a Jesús como nuestro maestro, aprendiendo a devenir quien él ya es. Y deviniendo él, enseñamos como él. Volviendo a este importante punto, el propósito de cualquier situación que nos involucre como autoridades es abolir esa posición en actitud. Mientras que por un lado podemos ser más sabios y tener información que impartir a otros, no obstante necesitamos mantener respeto por todo el mundo en tanto que hijos de Dios —todos aquellos a quienes enseñamos, criamos o guiamos. El desafío, por decirlo de nuevo, es mantener la forma de separación, pero enseñar el contenido de unidad. Este contenido de respeto conlleva no atacar, juzgar ni condenar a nuestros hermanos, así como tampoco colocarlos en pedestales.»

Voz: «Siempre que alguien decide que puede actuar en algunos roles y no en otros, no está haciendo sino intentar lograr una componenda, un compromiso, que no funcionará. Si Bill está bajo la creencia errónea de que se está enfrentando realmente a su problema de miedo funcionando solo como administrador y profesor de los doctorandos o ayudantes, se está meramente engañando a sí mismo. Él se debe un mayor respeto.»

W: «Jesús se refiere a la afirmación de Bill de que podía hacer algunas cosas pero no otras, una afirmación de la primera ley del caos, la de que hay jerarquía en las ilusiones (T-23.II.2.1:3). Jesús ciertamente no está diciendo implícitamente que nosotros seamos capaces de hacerlo absolutamente todo. Él habla, más bien, de nuestra inversión [o apego] en ser capaces de hacer solo algunas cosas y no otras. Bill dijo que tenía la capacidad de ser administrador (fue jefe de departamento), profesor de doctorandos (más supervisando que enseñando en clases) pero seguía manteniendo firmemente que él no podía enseñara a alumnos no graduados. Así, en efecto, Jesús dice: “no es tanto que no puedas, sino que no quieres”, lo cual te permite irte de rositas, hacer lo que te dé la gana, literalmente [get away with murder]. Así, apuntas con dedo acusador a tus padres, diciendo: “debido a vosotros, no puedo ponerme ante una clase y enseñar. Mi inadecuación es un juicio condenatorio contra vosotros”. Este es el significado de la línea cerca del final del texto:

«Y lo que ves en cualquier clase de sufrimiento que padezcas es tu propio deseo oculto de matar.» (T-31.V.15:10)

Y así, la ansiedad de Bill escondía el deseo de matar a sus padres como castigo por sus pecaminosas percepciones erradas de él.»

Voz: «No existe nada tan trágico como el intento de engañarse a sí mismo, ya que implica que te percibies a ti mismo como tan poco válido que el engaño te resulta más apropiado para ti que la verdad.»

W: «El engaño es que somos discapacitados, defectuosos, inadecuados. Este auto-concepto está más ajustado a nosotros que ser un perfecto Hijo de Dios ya que, como cuerpos, debemos ser los pecadores, y no los Hijos que Dios creó como Él. Es más, si somos incapaces de funcionar como hace la gente normal, seguramente no seremos los que destruyeron el Cielo. Dado que somos los inferiores desdichados. ¿Cómo podríamos serlo [ser los que destruyeron el Cielo]? En este sentido, pues, juzgamos que el autoengaño es preferible a la verdad de quienes somos.»

Voz: «O bien puedes trabajar en todos los roles que hayas asumido tener, o bien no puedes funcionar apropiadamente en ninguno. Esta es una decisión de todo o nada.»

W: «De nuevo, existen obviamente roles que no son apropiados para nosotros. No todo el mundo puede ser físico nuclear o profesor, por ejemplo. Pero Jesús se refiere al rol que “hemos asumido tener” —padre o profesor, por ejemplo; este es un rol que nosotros elegimos antes de venir —y que luego insistimos en que no lo podemos llevar a cabo. De nuevo: no es que no podamos, sino que elegimos no hacerlo.»

Voz: «Tú no puedes hacer distinciones inapropiadas de nivel en esta elección. O eres capaz o no lo eres. Esto no quiere decir que puedas hacer de todo, sino que significa que tú estás o bien totalmente con la mente en los milagros [miracle-minded] o bien no lo estás. Esta decisión no está abierta a compromiso alguno.»

W: «Jesús está hablando solamente del contenido; o bien somos hijos de Dios o bien del ego. No hay componenda aquí, pues es o bien uno o bien el otro. En tanto que niños de Dios, cualquier cosa es posible, puesto que el amor fluye a través nuestro sin impedimento —de esas agendas ocultas que nos impelen a fallar y luego a culpar a los demás por ello.»

Voz: «Cuando Bill dice que no puede enseñar, está teniendo el mismo error del que antes hablábamos, cuando él actuaba como si se aplicaran leyes universales a todos excpeto a él mismo.»

W: «Esto refleja lo que todos creemos. Decimos o pensamos para nosotros mismos: “puede que lo que diga Jesús en este curso sea cierto —las leyes universales del amor, la felicidad y la paz— pero no es verdad para mí, porque nunca podría alcanzar su meta. Quizás supo que los egos de Helen y Bill serían sanados, pero el mío jamás podría ser deshecho”.

Por tanto, siempre que sentimos que hemos fallado en cualquier cosa, incluyendo en este curso, estamos cayendo en la arrogante trampa del ego de saber mejor que Jesús.»

Voz: «Esto no es solo arrogante, sino patentemente falso [untrue]. Las leyes universales deben aplicarse a él, a menos que él no exista. No nos molestaremos en discutir sobre esto.»

W: «O bien todos los hijos de Dios comparten Su Amor, o bien nadie lo hace. Las leyes universales deben aplicarse a todos nosotros, o, de otra manera, no son universales. El principio de “o lo uno o lo otro” es un hecho más allá de toda discusión.

Esto completa nuestra discusión del mensaje a Bill.»

B. Disolución de las diferencias “en contenido”, no en la forma: igualdad

El mundo es verdaderamente chocante.

Por lo que hemos visto aquí y en otros lugares, estamos en el mundo para hacernos iguales a los demás, pero iguales en contenido, pues en la forma es en general imposible, y en general absurdo.

Es decir: estamos aquí para dejar de vernos y de sentirnos diferentes, pero no para ser iguales “de verdad”, sino para sentirnos iguales en contenido, y seguir así en este mundo —o bien “darnos más” al mundo, si es que nos toca— cada vez más jugando desde un cierto sentimiento de paz, un sentimiento del que podemos ser más y más conscientes al integrar nuestra percepción con la de la verdad, la del Espíritu Santo (esa unicidad de todos en el Plan de la Expiación o, simplemente, de deshacimiento del miedo).

Esto, nuestro trabajo con la mente, en el nivel del contenido, tendrá consecuencias también en el nivel de la forma, pero de ello no nos ocupamos nosotros, pues es imposible juzgar.

Pero, qué curioso es observar, de entrada —anecdóticamente quizá— que en los procesos con los que a veces conseguimos “sentirnos iguales” (igual de responsables en el caso padres-hijos…, o casi igual de conocedores sobre algo en el de: profes-alumnos… o casi igual de sanos en el de sanadores-pacientes…), en ellos, al final, todos nos separamos de quienes nos ayudaron tanto a crecer o a sentirnos sin miedo, a sentirnos “como iguales”.

Nos separamos de ellos, la mayoría de las veces. Y dicha separación en el nivel de la forma no debe causar ningún problema en el del contenido. Entonces pareemos separarnos tras un proceso “sano” de compartir el “deshacimiento del miedo”, tras un proceso donde lo importante es ese contenido o “vibración” que nos unifica igualándonos en responsabilidad, capacidad, etc.

Por ejemplo, una madre o un padre, si es alguien realmente maduro o responsable, podría querer que su hijo fuera también así. Vale, eso sería digamos que “lo bueno”, lo normal, en las relaciones: él o ella podrían querer que el hijo se hiciera tan responsable de sí mismo como suponemos que lo serán los padres. Pero, si éstos realmente no son responsables en algún aspecto o cabo suelto que quede por ahí en sus vidas (que siempre hay), ello se puede proyectar hacia el hijo automáticamente. ¿Cómo se proyecta nuestra inmadurez adulta? Quizá en la forma en que el padre podría pedir, o exigir, demasiado, sobre cómo tiene o no tiene que ser la vida de su hijo, “en las formas externas” —las que al padre le gusten, por sus propios intereses o caprichos, inercias, tradiciones.

Por ejemplo: el padre podría desear a toda costa que sus hijos tuvieran también hijos, que así le den nietos. Eso ya no sería un padre o madre “bueno en su papel” (se fijó demasiado en la forma), donde habíamos supuesto que era realmente alguien responsable o maduro, de forma tal que sería capaz de transmitir el contenido de igualdad. Un padre así, “bueno”, buscará entonces, o preferirá, la independencia sana de sus hijos en todos los aspectos, la libertad de elección en todos los aspectos posibles, de una manera honesta, sana, si queréis —o de la forma más abstracta posible, con la mayor libertad posible.

O ahora, en otro ejemplo: un profesor con un alumno. Si aquel es “bueno en su papel” de profesor, querrá entonces que el alumno se sienta igual que él en ese ámbito, y que termine sintiendo que esa figura de autoridad específica —cierto profesor— es innecesaria en el aspecto o relación que estén compartiendo (una asignatura, etc.).

Es decir, el devenir* conjunto y “sano”, que se da entre una figura de autoridad y un “subordinado” (padres más maduros que hijos, o profesores más sabios que alumnos)… es un devenir que tiende a abolir las diferencias sentidas —”sentidas”: en el nivel del contenido.

Lo importante de haber conseguido que los alumnos “aprendan” algo de una materia no es eso en sí, no es la materia en sí, no es la forma o la asignatura, sino el contenido “vibratorio”, el contenido de igualdad subyacente a todos.

Todos aquí somos por igual seres humanos en el mismo camino de deshacer el miedo y despertar del sueño. Este contenido —o propósito, significado, interés— sería el único interés “real”.

Dicho contenido es lo que a veces conseguimos compartir, de fondo, invisiblemente, inadvertidamente, y ya sea que creamos —mucho o poco— que todo esto es meramente un sueño del cual despertar, o ya sea que no lo creamos en absoluto —es decir, ya sea que seamos más o menos “espirituales”, o tengamos cualquier otra etiqueta, da igual: todo esto es independiente de las etiquetas que más o menos creemos tener puestas, de nuestro concepto de nosotros mismos (si somos mejores o peores para el mundo, etc.).

El contenido que se intenta transmitir, desde la figura de autoridad hacia “abajo”, es el de, por así decirlo: deshacer el miedo.

Pero, curiosamente, lo que quería comentar como primera anécdota sobre lo chocante del mundo, es que con todos estos procesos “buenos” de crianza, con los normales, a la vez alimentamos las estructuras del mundo de la separación, lógicamente. Es decir, alimentamos la “normalidad” del mundo de las apariencias con todas sus escalas y comparaciones (graduados así, asá… no graduados por esto, por lo otro)…, con todas las usuales jerarquías del ego en el determinado período histórico en que estemos.

Pero no quedaría más remedio que eso, sería inevitable, pues estamos en el mundo, tenemos unos papeles hasta que a veces, ¡zás!, nos damos cuenta de que son solo eso, papeles, y que nosotros los escribimos, a lo tonto, inercialmente. Hay entonces unos raseros, unas convenciones, que son enormemente compartidas en nuestro devenir-inercial-ego —aunque los papeles se rehagan, se recompongan, se “revolucionen”.

Por otra parte, una vez que estamos aquí (es decir, que tal cosa parece ser cierta), también podemos construir o reconstruir (a veces por mera supervivencia) ciertos experimentos alternativos, o simplemente vivir como podemos en cualquier submundo más o menos mafioso, etc.

Estos experimentos pueden estar, o postularse, en alguna medida, así como “fuera del sistema”: escuelas de diverso tipo, para diversas edades y con diversos trucos…, con otras formas de relación económica en intentos de ser algo “mixta” (bancos de tiempo, ), etc. Estos experimentos quizá tienen a veces otras bases algo menos “duras” y existen de muchos tipos. Y también sucede que, de este tipo de experimentos, salen cosas que a menudo luego “el sistema” “copia” o incorpora más globalmente —si no ya “fagocita”.

Pero, en realidad, y hablando muy en general sobre el aquí y ahora de todos —para perdonar todo en nuestra mente— no nos importa tanto la forma externa de las cosas:
— por ejemplo una “mayor o menor jerarquía”,
— o por ejemplo el elegir entre sistemas convencionales o no de educación, sanidad, etc.…
…sino que lo que nos importa más, aquí y ahora —e insisto, hablando muy en general— es si nos relacionamos o no desde el amor y la paz.

Es decir, importa en principio si nos relacionamos desde nuestro particular trabajo interior, o movimiento personal de deshacer nuestro miedo o nuestras creencias-miedo; o si, por contra, nos relacionamos y nos movemos más bien desde la locura personal usual, sumando más y más miedo al miedo ya aparentemente existente.

Es decir, importa ver si los que tienen la autoridad desean realmente que sus pretendidos “inferiores” deshagan su miedo: miedo a ser responsables, maduros, sabios.

El caso de los gobernantes —y del mundo económico que parece que los englobará en general durante bastante tiempo del “futuro”— será algo que en general habrá que dar de comer aparte, por lo menos ahora. Parece estar claro que en muchos de los roles que hay en ese mundo económico y, concretando, dentro del político, ni siquiera cabe pensar nada —y menos aún pensar en tomas igualitarias de responsabilidad, etc. En esos ámbitos es donde quizá se sienta más mecánicamente la naturaleza del mundo, la de “ser un guión” del todo absurdo.

Es decir, estamos aquí para sentirnos iguales, y cada vez más y mejor “iguales”, pero cumpliendo con el irrisorio papel que nos haya tocado realizar o inventar, que nos hayamos puesto a nosotros mismos, con más o menos variaciones, da igual (por ejemplo: el de padres sumisos y sumisos profes…, o el de padres rebeldes y rebeldes trabajadores…, sindicalistas recalcitrantes o empresarios “tiburones”…, y sus mezclas infinitas).

Entonces, en esta grandiosa y ridícula obra de teatro que llamamos “mundo”, estamos para hacer tal representación y de la forma en que resulte “mejor para todos” —cosa que nosotros no podemos calcular ni podremos hacerlo jamás, pues es imposible juzgar.

Pero, normalmente, salvo en casos raros —en los cuales nos centramos mucho en lo externo, donde nos centremos muy enfermizamente en las circunstancias externas: la forma y sus detalles— salvo en esos casos raros, aquí nadie intenta a toda costa “ser igual” que “los demás”, no ya mismo, no aquí y ahora: nunca intentamos a toda costa ser iguales que los demás en la forma, en lo exterior.

Se dice que el intentar imponer tal cosa ha provocado desastres y disparates varios: con el “socialismo real”, etc. Pero también podemos ver que con “el capitalismo” hoy se causan en parte similares desastres, más o menos terribles, según dónde estemos. Y resulta que dicho “sistema” es en cierta medida también una “homogeneización” a lo bestia, como aquella de la que estamos intentando hablar aquí.

Pero… ¿en qué sentido esa cierta “unión global” que en principio se “consigue” a nivel solo mecánico-económico con el capitalismo, aparentemente, se trataría de algo más “natural”, dentro de lo poco natural que es todo aquí, en el mundo de la separación, del ego?

Volviendo al tema: por ejemplo, un profesor no se intenta hacer a toda costa igual a su alumno en la forma… pues, aparte de que eso sería ridículo, resulta que entre él y los demás, por muy libre o alternativa que sea la escuela, siempre habrá ciertas diferencias “formales”, externas.

La meta de un profesor y de cualquiera que aquí haya empezado a elegir más o menos conscientemente (eso da igual, si es muy conscientemente) el camino de la cordura o del perdón de las diferencias —lo cual es en realidad el contenido subyacente a por ejemplo el curso de milagros—… el fin o la meta de cualquiera aquí… es la de reducir o deshacer el miedo —y no la de perderse más y más en consideraciones relativas a las formas, las circunstancias externas.

Nuestro fin no es ser iguales en la forma, pues eso es directamente una tontería. Por ejemplo, ni los políticos ya pueden sugerir casi nada en el sentido global institucional del mundo de formas exteriores sobre el cual jugamos la partida del ego.

Ser en el ego, alimentar ego (cosa esta que todos hacemos por defecto) no es algo que en realidad debería afectarnos o darnos miedo, pues nada en realidad puede afectarnos, como bien dice el curso (no somos realmente de este mundo, del teatro).

Es decir, esa meta de la que hablamos, bien asumida en cualquier relación “jerárquica”, por suave o fuerte que aparentemente sea la jerarquía en el mundo de las formas, puede tener efectos beneficiosos y de primeras invisibles en el nivel de la mente. Estos efectos son relativos a, como ya dijimos, “deshacer el miedo”.

En resumidas cuentas, lo que importa es la verificación de que somos mentalmente uno, pues en realidad ningún cuerpo puede unirse, es decir, la relación “corporal” de cualquier tipo es en el fondo imposible, imaginaria.

Normalmente privilegiamos el mundo físico, de la forma. Así, por ejemplo, un padre puede muy melancólicamente “no poder superar” la separación física con respecto a sus hijos. Sería esta su manera particular de no perdonar al mundo, y estaría de este modo otorgando “demasiada” realidad al mundo.

Lo que hace este padre es, por tanto, “drama”; es decir, utiliza un evento “fuera” para alimentar el conflicto que todos tenemos dentro, el auto-ataque con el que venimos aquí por defecto. Decide inadvertidamente, como todos, interpretar conflictivamente los acontecimientos en el mundo de la separación, donde, como vemos, por defecto, hay separaciones muy concretas.

Así, no aceptamos el mundo o las jerarquías del ego (la madurez que deben alcanzar también los hijos, el ascenso de escala-jerarquía también de ellos), y entonces hacemos drama. Confundimos el nivel de las necesidades con el más metafísico, por así decirlo.

Y sí, “somos uno” y no estamos separados, pero eso no ocurre realmente en las formas, en el universo de la separación, donde los hijos tienen la necesidad de crecer y, de cierto modo, “igualar” en contenido el “sentirse responsables” de los padres, y de, por tanto, normalmente separarse físicamente.

Curiosa, inconsciente y paradójicamente, entonces, los padres así alimentan separación y falta de perdón (del mundo), cuando mezclan niveles y creen que por estar más cerca de los hijos van a “ser uno” con ellos, van a ser “más uno” con ellos —bueno, en realidad simplemente podríamos decir que todo es miedo :), como sabemos por el curso, que no importa “analizar”.

Así, el cambio en nuestras identificaciones secundarias, como egos, tiene que darse de forma sana, permitiendo tal cambio, para que se pueda espontánea y libremente elegir “desde cero”, elegir un nuevo modo en el rol de padres que admite el perdón del mundo y las diferencias, dando lugar, paradójicamente, a los potenciales “nuevos padres” con todos los “derechos” que son los hijos bien criados.

_____

* Todo esto lo podemos decir también mezclándolo un poco con “otro lenguaje”: el a veces útil “idioma que tira a posmoderno”, y que es tan espiritual también: el profesor deviene, en contenido, en parte, un alumno, deviene con el alumno un compuesto de otra naturaleza: “profe-alumno”; y todo este devenir en el que nos vemos arrastrados no es para otra cosa que para instigar en el alumno el abandono del miedo: del miedo a la madurez, a la sabiduría, al conocimiento, a la participación… el miedo a “ser” en el loco mundo de los egos.

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2 Respuestas a “La igualdad y Un Curso de milagros: el perdón de las diferencias (su disolución interior). ‘El mensaje a Bill’: II

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  1. Comentario sobre la práctica que archivo aquí (lo hice en facebook):

    «Algo importante sobre la práctica de UCDM… y que me di cuenta viendo este vídeo de Nick Arandes:

    dice la Voz en el manual que se requiere un punto importante al principio, a la hora de practicarlo, en las etapas del desarrollo de la confianza:

    SELECCIONAR.

    Y aparte de seleccionar, podemos preguntarle —a nuestro ser interior— con quién es con quien hemos seleccionado nuestro “hacer” o nuestro “no hacer” en algún aspecto o en todos de los que contenga nuestra experiencia.

    Dentro del proceso de deshacimiento y renuncia, hay un tercer paso de selección (en realidad combinado con los otros dos “primeros” pasos).

    Seleccionamos las experiencias según favorezcan o no nuestro proceso de no creernos este sueño de la separación.

    Si no lo favorecen, no las elegimos; y si así lo hacemos, esa elección sería “del ego”, con el ego…, que vuelve una vez más a de cierto modo “elegir por nosotros”… a elegir según lo que cree el ego que es mejor en el “camino espiritual”.

    Entonces, como podemos suponer, lógicamente no pasa nada por elegir experiencias que “eleven nuestra vibración”, como diríamos en “idioma nueva era”… y que, de este modo, nos hagan “dichosos” —aunque sepamos que la verdadera dicha no viene de este mundo, y que nuestra guía está realmente fuera, ya que nada de aquí tiene intrínsecamente valor.

    Todo esto sería así al menos cuando empezamos, en los 3 primeros pasos del desarrollo de la confianza, que son de deshacimiento, selección y renuncia.

    Los 6 pasos no son lineales, pero sí hay estados más avanzados, y parece que el bloque de los últimos tres pasos es así, uno de cierto modo más avanzado.

    Entonces, otro cantar serán el resto de pasos, cuando estamos “más avanzados” en el proceso que detalla Jesús en el manual (y que comenta Wapnick en el texto que traduje —ver abajo).

    Así que no se trata simplemente de renunciar, y ya está.

    Sino que existe un cierto proceso de discernimiento. Este proceso engloba la renuncia en que consisten los tres “primeros pasos” —de los seis que se comentan en el manual para el maestro, en el curso.

    Así que…, paradójicamente, no es tan fácil hacerse la vida fácil una vez estamos hundidos con el ego, interpretando el mundo con él (durante tantas “no-vidas”… no lineales… e ilusorias 🙂 ).

    »

  2. Un comentario que puse en facebook:

    «Hola, comento algo sobre este vídeo de Nick Arandes, muy bueno, fantásticamente enfático:

    En él se habla por ejemplo de dos cosas:
    — la entrega o renuncia,
    — y también se alude a las prácticas terapéuticas que insisten en rebuscar causas en el pasado o historias de antepasados, etc.

    El curso habla de entregarle a la luz interior nuestras percepciones de la situación, y no de entregar “las situaciones”, claro (no de pedir que cambien cosas fuera, pues no hay afuera, este guión con múltiples variaciones lo escribimos nosotros mismos para poder demostrar lo imposible de la separación con respecto a Dios).

    Es decir, se trata de entregar nuestros juicios, cuando el apego que tenemos es enorme a no soltarlos.

    Cuando nos pasa algo fuerte, emocionalmente hablando, eso lo interpretamos enseguida sin darnos cuenta, pero no queremos ni ver que son interpretaciones, no queremos ni admitir eso (hay reacciones tan profundas que esconden muy bien el que siempre en realidad hay juicio, hay creencia).

    Así, en esas situaciones, aplicamos juicios que siempre vienen de nuestro bagaje, del pasado. Pero insistamos: no queremos ni admitir la posibilidad de que todo tenga que ver con pensamiento, como remarca tan bien Nick.

    Y el ego se pone a hacer el curso. Así, con el ego, eso de “entregar” lo podemos convertir en algo “tramposo” dentro del camino espiritual; y es que el ego todo lo distorsiona.

    El ego quiere sintamos esfuerzo, que trabajemos duro, y sin parar, en lo que sea con tal de no volver a la causa (solo mental)… es decir, el ego quiere sacrificio.

    La entrega o renuncia a nuestros juicios en todas las situaciones que nos intranquilizan no es para sentir sacrificio, como quiere el ego, sino que vamos partiendo de forma cada vez más segura hacia darnos cuenta de que estamos mejor estando dispuestos a no juzgar emociones tan fuertes, etc.

    De ahí que se trate del famoso “no hay que hacer nada”.

    Esto de “entregar” lo dice mucho el curso de milagros: entregarle los juicios o percepciones al E.S. Pero siempre es eso de retirarse de en medio, de no hacer nada.

    Las terapias que parecen mirar demasiado a las historias pasadas, de antepasados, etc… sí son sanadoras siempre y cuando por ejemplo nos sirvan para mirar la oscuridad de nuestros juicios, para sacarla a la luz, que es lo que pide el curso que hagamos: llevar la oscuridad del juicio a la luz de la Luz interior, del E.S.

    Así que a veces, atreviéndonos a mirar eso, nos facilitamos precisamente sanar por el hecho de que ahora podemos siquiera reconocer que interpretamos… y podemos ver esas interpretaciones y juicios de miedo y sin miedo…, y así, darnos cuenta de que interpretamos cuando antes creíamos que simplemente “sentíamos” (sentíamos la verdad: esa persona es mala y punto, etc. etc.); ahora podemos pues ver que la causa de nuestro sentir NO eran los cuerpos y sus situaciones “externas”.

    Por tanto, las terapias basadas en cosas del pasado nos ayudan a veces a ver cómo aplicamos creencias en situaciones emocionalmente fuertes… esas creencias que rápidamente interpretan una situación así, y que tienen siempre vínculos del pasado, de lo que creímos u otros creyeron en el pasado —sobre por ejemplo situaciones en que nos vimos enredados con los padres y sus juicios.

    Así que lo dicho: a veces, o muchas veces, ni vemos que estamos interpretando…, y el hecho de sacar a la luz la oscuridad, el reconocer la oscuridad en nosotros, se relaciona muy a menudo con juicios de nuestros padres (con sus gafas para vernos a nosotros mismos, gafas que usamos inadvertidamente, fuera de lugar, etc.).

    El tema de los padres y de otros antepasados es por tanto una clave para mucha gente porque ellos sustituyen a Dios en el mundo, es decir, nosotros hemos hecho que lo sustituyan, escribiendo el guión de nuestra película de odio…

    La Voz del curso y Wapnick hablan mucho de padres, y de ayudarse a reconocer la oscuridad de nuestros juicios del pasado, en los textos que divulgué y traduje aquí:

    https://qadistu.wordpress.com/2012/11/17/perdon-de-diferencias-ucdm/

    https://qadistu.wordpress.com/2012/03/04/el-curso-de-milagros-es-intrinsecamente-terapia-enric-corbera-el-mensaje-a-bill-etc
    »

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