¿Algunos párrafos quizá “oscuros” en Un Curso de milagros? I: «Entender completamente el miedo que se le tiene a la liberación». T-2.V.1:1-5   1 comment

Hummingbird – Infrared; by fortherock, on Flickr

Este escrito es para comentar las frases 1 a 5 del apartado T-2.V.1 del curso.

Citamos el comentario de Allen Watson.

Las frases que comentaremos son (T-2.V.1:1-5):

«Antes de que los obradores de milagros estén listos para emprender su función en este mundo, es esencial que comprendan cabalmente el miedo que se le tiene a la liberación. De lo contrario, podrían fomentar inadvertidamente la creencia de que la liberación significa aprisionamiento, creencia que, de por sí, ya es muy prevaleciente. Esta percepción errónea procede a su vez de la creencia de que el daño puede limitarse sólo al cuerpo. Ello se debe al miedo subyacente de que la mente puede hacerse daño a sí misma. Ninguno de esos errores es significativo, ya que las creaciones falsas de la mente en realidad no existen.»

Así que la primera frase termina diciendo: «es esencial que comprendan cabalmente [fully: también traducible por “completamente”] el miedo que se le tiene a la liberación»; quien dice liberación puede decir “curación” o “sanación”.

Está hablando en el contexto de la curación (la anterior sección es sobre curación, con alusiones a curación de síntomas físicos), pero esta curación obviamente se extiende a todo si comprendemos que toda sanación es de la mente y solo de la mente (y toda enfermedad es locura). Por tanto, lo que el curso llama Expiación, esa Reconciliación global, es también una “curación”: la curación o suave deshacimiento del mundo de dualidad que proyectamos ahora, la gozosa desaparición del universo en el milagro de lo que realmente somos en Dios, fuera de toda necesidad (de percibir, etc.).

Las 4 frases que hemos citado, del curso, pueden provocarnos algunos quebraderos de cabeza (ver nota abajo sobre los cuatro primeros capítulos y su “calidad”, de la que se avergonzaba la propia escriba, Helen Schucman*). Pueden resultar oscuras, pero el contexto de la curación las hace muy claras.

Traducimos el comentario de Allen Watson sobre este pasaje, un comentario que está en internet. Luego, abajo, modificaremos su comentario para que hable del contexto global de la “enfermedad”, ese que llamamos rimbombantontamente “el universo”, del simple síntoma “universo”, un síntoma** que desaparecerá al nosotros reunirnos con la eternidad, sintiendo profundamente que nunca existió. Este es el contexto global de la sanación de la mente que sueña infierno (añado algun comentario entre corchetes):

«¿Por qué una persona tendría que temer sanarse? La secuencia de pensamientos sería algo como esto:
De algún modo, esa persona debe estar viendo su salvación en la enfermedad. La persona enferma cree profundamente en su mente que los errores de ésta pueden herirla, que pueden herir su mente. Cree que ha pecado, y que así ha corrompido su auténtico ser —una creencia que provoca un miedo extremo. Intenta defenderse contra el castigo desviando la culpa fuera de su mente, hacia su propio cuerpo. Ahí, ésta toma la forma de enfermedad. Se engaña a sí mismo pensando que su mente está a salvo, que el daño está limitado al cuerpo [una vez que creemos que la mente se puede dañar, conservamos el daño donde creemos que está la vida, y donde creemos que solamente está la vida: ahí, en los cuerpos]. ¿Qué ocurrirá ahora cuando su cuerpo sea sanado? Su cuerpo era un escudo defensivo, y su enfermedad le hablaba de que el problema estaba en el cuerpo, no en la mente. Ahora bien, como a la mente la hemos quitado de en medio, nada puede ahora impedirle creer que ha corrompido totalmente su naturaleza, la de ser una mente. Es ahora lanzado a enfrentarse cara a cara con aquello que piensa que ha hecho para arruinar su alma.»

Reescribamos el comentario de Watson antes de seguir, para hablar de la sanación más global, de este “síntoma universal”, tal y como dijimos (sanación del hecho de que nuestra mente crea que existe algo “real” ahí “fuera”…, que crea que existe la posibilidad, ahora patente y cósmicamente implementada, de sufrir, de carecer, de atacar, de tener miedo):

«¿Por qué una persona tendría que temer al Amor, a Dios, a su verdadera naturaleza, una que nada tiene que ver con la percepción ni cualquier dimensión? Bien, la secuencia de pensamientos sería algo como lo que sigue:
De algún modo, esa persona debe ver salvación en lo externo, en la percepción, en el universo. La persona “enferma de universo” 🙂 cree —y creemos todos aquí, profundamente en nuestra mente— que los errores de la mente pueden herirla.

Cree que ha pecado [eso creemos todos cuando venimos aquí: que no somos merecedores de la dicha y la paz, y tenemos que buscar problemas que solucionar, tenemos que “preferir” de alguna manera ser “yo”, un yo basada en ataque y miedo; con ello, volvemos a ver pasar un guión, una película, a múltiples opciones o probabilidades, en nuestras mentes, con una identidad diferente más], y así, cree que ha corrompido su auténtico ser —esta creencia es extremadamente temible, pues efectivamente: creemos haber corrompido lo que el curso llama “Cristo”, nuestra unidad en Dios. Esta unidad en Dios es indistinguible de nuestro verdadero Creador, un Creador que nada tiene que ver con este universo de percepción.

Intenta (intentamos todos) ahora defenderse contra el castigo desviando la culpa fuera de su mente, construyendo la pantalla defensiva del universo. Aquí, entonces, el problema toma la forma de un grandioso síntoma universal. Se engaña a sí mismo pensando que su mente está a salvo, proyectando e implementando el sistema de pensamiento del “ego” en este universo, un universo que así en realidad le devuelve multiplicado tal sistema (miedo, muerte, ataque, sufrimiento) con todas las diferentes aventuras de los cuerpos —esos instrumentos que son los cuerpos, y que nos dan la ilusión de que hay una “realidad” ahí “fuera”. Esta realidad “fuera” quisimos que hiciera de sustituto aparentemente “eterno” para nuestra verdadera realidad en el Amor, un sustituto donde por ejemplo podamos tener el grandioso y absurdo capricho de las relaciones especiales: sentirnos especiales (familias, parejas, etc.), obteniendo y poseyendo ese “amor especial” que pensábamos que Dios no nos quiso dar (en nuestra imaginación).

Así, creemos que el daño que antes creíamos haber hecho a nuestro Ser está ahora limitado a nuestro invento, al universo de cuerpos, a unos cuerpos que no corren por nuestra cuenta y riesgo, sino, más bien, de los cuales paradójicamente nos vemos como víctimas, que son nuestra causa incontrolable… pues no sabemos que en realidad ocurre lo más insospechado: hemos elegido el nacimiento, etc. (nosotros venimos aquí principalmente para creernos las víctimas inocentes de circunstancias más allá de nuestro control: nacimiento físico, la sociedad, padres, etc.).

¿Qué ocurrirá ahora cuando nuestra mente sea sanada de la creencia de que existe algo fuera de ella, y de que eso “afuera” es lo real? El universo fue inventado como escudo defensivo, y nuestra identificación dentro del mundo de la percepción nos hablaba de que el problema estaba “ahí fuera”, en el mundo, y no en la mente. Ahora bien, a la mente la hemos quitado de enmedio. Así que nada puede desviarnos de la creencia que teníamos: la de que habíamos corrompido totalmente nuestra naturaleza de ser una mente. Somos lanzados pues a enfrentarnos cara a cara con aquello que pensamos que hemos hecho para arruinar nuestra alma.»

Es decir: la liberación significa aprisionamiento, para nosotros, en ese cara a cara, y una vez hemos negado la mente. Creemos haber corrompido totalmente la fuente de la verdadera liberación, y la propia prisión que construimos es lo único que creemos que puede “liberarnos” (ciclos sin fin de muerte y destrucción en cuerpos… con la ilusión de evolución, etc.). Y no conociendo otra cosa, como los esclavos de la caverna de Platón, creemos que la liberación es oscuridad, prisión.

Aquí, en el universo, es decir, en este “síntoma” que gracias a Dios desaparecerá… aquí, casi todos, en gran mayoría, estamos en un estado de miedo, de profunda desesperación. Estamos en cierto modo auto-aprisionados, pero mirando para otro lado, silbando mientras ponemos la cara de inocencia, esa que busca transigir, hacer componendas, culpar “fuera” a las cosas o las personas, proyectar, solucionar “fuera” todo…, es decir, en definitiva: juzgar —o incluso “entender” las cosas, en el sentido ego-intelectual, entender por ejemplo la evolución, etc. (es decir, realizar el proceso de reducir la experiencia a proyección de “letra muerta”, a instituciones, tecnología, sintaxis muerta… —ello en vez de vivir tal experiencia hacia y con cada vez más “el único propósito real” —el propósito de Dios de “despertar”).

Estamos pues en un mundo surgido del miedo como defensa contra éste y que alimenta el miedo. Surgió como ataque inventado al Amor, y estamos hundidos en ello hasta el fondo. Pero, aún con esto —como también dirá la Voz del curso— no le tenemos miedo al miedo («…en tu trastornado estado mental no le tienes miedo al miedo»).

Así que nos da miedo lo que realmente nos liberaría: salir del estado dual, de la dualidad, de este sueño de percepción —de cualquier universo, dimensión o sistema de “realidad”, siendo todos “falsos”. O también, según se suele decir: “romper el ciclo de reencarnaciones”.

Claro que esa liberación en Dios, al “costarnos” el universo, un mundo, todo nuestro mundo… también nos cuesta el preciado “yo”, la individualidad, el especialismo, el sentirse especiales…, y esto era precisamente el regalito que nos habíamos dado a nosotros mismos, y que creímos culpablemente habérselo robado violentamente a Dios, a costa de prácticamente la muerte del mismo Dios-Amor, nuestra verdadera Fuente —y esto ya sí que es pasarse, es pasarse muchos pueblos, como se dice por aquí: ¡Él quería robarnos la individualidad, esa que nos inventamos como ataque hacia él!

En realidad, aquí, como vemos, el sistema del ego no se puede pensar, pues es absurdo —como indica la Voz, Jesús, en el capítulo 23.

Y la liberación real conlleva para nosotros un auténtico ataque, y quizá más aún hoy en día: con esa exagerada pasión por “las diferencias” que tenemos… esa exagerada pasión por el yo-cuerpo… el esfuerzo hacia “lo externo-material”… la obsesión con la tecnología y sus gadgets… ¡el progreso!… la evolución.

Repasemos pues: nuestro estado es aquí y ahora uno de huida del Amor:
— es una identificación secundaria —con cuerpos, con el mundo de la percepción (físico, dimensiones, etc.)—, que depende a su vez de
— nuestra primaria elección o identificación con el sistema de pensamiento “ego”: ese sistema que consistió en interpretar muy seriamente, sin poder “reírse”, la idea de la separación (con consciencia de pecado / culpa (ataque) / miedo ) .

Así pues, nos hemos identificado con algo que en realidad nos hace daño, cosa esta que sentiremos poco a poco que así es, en efecto, si dejamos que el Espíritu Santo nos enseñe de nuevo a percibir todo.

Nos hace daño ya que de hecho representa de forma muy realista 🙂 esa “muerte” que inventamos en la mente, ese sufrimiento inventado, etc., cosas todas que son en realidad meramente creencias en el nivel de la mente (y algo que también nos daña es que vemos la fuente de nuestro placer, alegría, etc., ahí “fuera”: en un mundo cambiante —que a la larga nunca sería suficiente para todos, etc.).

Así que nos da auténtico pavor la liberación real (el Amor), ya que en el fondo tiene que ver con algo por completo fuera de este mundo. Y “este mundo”, nuestro mundo, es un mundo —el físico, la percepción, las diversas dimensiones— del que sentiremos un día, gozosamente, que no existe.

El ego es precisamente creencia en el ataque, muerte, destrucción, en el nivel de la mente (el de la causa). Luego por tanto, lógicamente, si hemos venido aquí a proyectar esta masiva y compartida identificación secundaria que son los cuerpos-universo… es porque nos estamos defendiendo del ataque ficticio que inventamos nosotros mismos en la mente; es porque creemos que la mente puede hacerse daño a sí misma; es porque creemos que el ataque es real (el nivel causal real es el mental); creemos que la mente, por tanto, puede atacar. Y justo eso es “la culpa”: ese descomunal “auto-ataque” a nivel de esa mente separada que es el universo, todo universo.

Volvemos a ver cómo todo surge del elemento central del ataque: culpa, mayormente “inconsciente”.

Huimos de la mente, y así creemos estar “poblando” y repoblando cuerpos. De tal modo, pues, mágicamente, consideramos que, bueno, “ya serán ellos, los cuerpos, los que desaparecen, se dañan”, solo ellos, que luego vuelven a nacer, y ya está, no pasa nada. Pero claro, queda difuso o bien totalmente claro que nuestra consciencia, ahí, desaparece con ellos… pues somos finitos… somos “pequeños”… ante la grandiosidad del universo “fuera”, ese universo del que nos sentimos fríamente alejados en el fondo: es el universo en todo caso el que tiene los efectos y la causa de todo, una vez que nos engañamos pensando que es todo lo que hay.

Así que aunque nosotros pensemos que no somos otra cosa que cuerpo y universo, en realidad como vemos hay un “pensamiento de más”, el exceso doloroso de la finitud, un pensamiento en dualidad, en nula dualidad anuladora, de autoempequeñecimiento, de finitud inventada. Es pues de este modo como cultivamos en nosotros mejor y mejor la paradójica cara de inocencia y la pequeñez, frente a esa grandiosidad del universo, un universo que sustituyó la grandeza real: nuestro ser en Dios.

Así que nos identificamos con cuerpos en parte para huir del hecho de que la causa de nuestro miedo está en la mente, al haber elegido al ego como intérprete de la idea de la separación, al habernos decantado por su sistema de pensamiento, el del ego (una interpretación-ego que existe en nuestra mente y que es en sí una especie de “daño”, aunque ilusorio).

Como decíamos, conscientemente creemos saber que somos cuerpos (si no “solamente cuerpos”, sí que “esencialmente” nos creemos cuerpos).

Así pues, por ello, creemos que el daño se puede limitar a solamente los cuerpos (queríamos entender que no conocemos otra cosa). Esto nos protege de la temible creencia que albergamos, muy poderosa, ya que en ella se funda el universo: la mente puede atacar, ser atacada, ser dañada. Nos escondemos pues de ello, los inocentes de nosotros, “falsos inocentes”, en un mundo de muerte y destrucción ficticias: el universo de cuerpos.

El daño paradójico (pues todo esto no tiene mucho sentido una vez que la finitud no lo tiene), el daño que podríamos decir que nos “imaginamos inconscientemente”, y una vez que creemos que somos finitos en el aquí y ahora del ego en su dependencia loca del exterior… el daño causado por liberarnos o curarnos… sería el del “abandono” de todo cuerpo a la luz de lo que realmente somos.

Pero el miedo que nos hace aislarnos aquí el aprisionarnos a nosotros mismos mientras silbamos canciones de muerte mirando hacia otro lado… ese daño… se debe a la interpretación-ego: aquella de la que habíamos dicho que «es en sí el “daño”», aunque ilusorio.

Y la interpretación-ego nos da miedo. Por tanto creemos que la mente puede ser atacada, dañada… y vamos corriendo a los cuerpos (lo más antinatural del mundo), donde, a su vez, como no queremos oír ni hablar de “mente”, pensamos que, cuando alguien “propone” liberaciones muy globales (como hace el curso), liberaciones “raritas”… esto supondrá más bien un ataque para nosotros, ya que estamos muy auto-engañados con el ego y la identificación secundaria.

Así que, como solamente “sabemos” —queremos saber— de cuerpos***, entonces, tales liberaciones “espirituales”, para nosotros significarán aprisionamiento, ya que nada tienen que ver con lo único que queremos “conocer” (la caverna donde proyectamos ciclos y ciclos de cuerpos en este matadero universal).

Así que, en la imaginación de que “si aceptamos la Luz/Amor entonces nos disolveremos”… lo único que podrá ocurrir una vez que estamos cegados en nuestra engañada percepción, esa que cree que el daño está limitado a cuerpos… lo único que podrá ocurrir es una especie de “¡aaah! Este es el daño a los cuerpos por antonomasia”: ¡”desaparecer!, con una imaginada desaparición inventada en base a nuestro miedo actual, que no quiere ver o sentir que los cuerpos son insignificantes, que no son nada, que son neutrales, cero. Pero nosotros mismos los “haremos desaparecer” en la luz del Amor, en la única realidad de nuestra mente, más allá de toda percepción.

______
* recordemos que según el mismo Wapnick admite, Helen estaba avergonzada de los cuatro primeros capítulos. Éstos, tal y como también reconoce Wapnick, no se leen bien, y no solo se trata de algo estético. Esta situación se remedia “fácilmente”, por cierto, leyendo a Wapnick, a Gary Renard… o bien la urtext (aunque esta edición ya no la enlazaremos o intentaremos no citarla mucho aquí, por el respeto que da el hecho de que fuera subida a internet ilegalmente).

** ‘síntoma’: como lo llamaban en el material de Gary Renard.

*** Una vez que estamos de lleno metidos aquí en la identificación secundaria con los cuerpos, difícilmente recordamos que podemos elegir otra interpretación para todo en el nivel de la mente, es decir, elegir “Espíritu Santo”, ese sistema de pensamiento que irá sustituyendo, gratis, si le dejamos hacer su trabajo, al sistema del ego que nos hace sufrir —y ello sucede simplemente cuando estamos dispuestos a mirar desde fuera las batallitas del ego, sin juzgar.

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Una respuesta a “¿Algunos párrafos quizá “oscuros” en Un Curso de milagros? I: «Entender completamente el miedo que se le tiene a la liberación». T-2.V.1:1-5

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  1. Indudablemente los caminos de la mente, de la psique, del espíritu, de la fe y del cuerpo son muy intrincados, y como decía LACAN “la palabra (escrita o hablada) mata la cosa”, nos podemos pasar miles de años dicutiendo y la palabra nunca se entenderá, cuando algo queramos decir el significante se nos escapará, el significado no sabremos cual será, esa es la “maldición del lenguaje” como yo lo llamo, nos pierde, nos encuentra, nos confunde, nos incomunica y nos comunica por lo que me parece muy interesante todo el desarrollo que ud. realiza, pero todo a mi humilde opinión, se pierde en el laberinto del lenguaje, mi más cordial saludo.

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