Los niños no quieren realmente a sus padres. Un Curso de milagros y la educación. Wapnick también dice esto: «no podemos querer a alguien que tiene lo que nos falta»   5 comments

children’s day por M@rg, en Flickr

«Toda relación entre dos seres humanos aparentemente separados, ha sido fabricada fuera del tiempo y el espacio simplemente al habernos decidido por el ego. Toda relación está siempre fabricada en tanto que ataque, y tal que la culpa y el pecado no sean vistos en nuestras propias mentes sino fuera de nosotros, reforzando así la creencia en la separación y la victimización
(Traducción libre de una parte de la respuesta a la cuestión 172 en la serie de “preguntas y respuestas” de la fundación y editorial que publica oficialmente Un Curso de milagros.)
(Podemos por tanto traer este tema del curso: en realidad solo hay una relación real (la nuestra con el Amor-Dios).
Todas las demás “relaciones” fueron diseñadas por nuestra mente, en principio y por defecto, con el fin de sustituir a la única relación que es real (creyendo además que así la atacábamos). Las relaciones especiales, que sustituyen a la única relación real, serían por tanto el reflejo del “hecho” de que este mundo lo hemos configurado, desde el principio, como un ataque imaginario a Dios, contra nuestra realidad inmortal compartida con Él en el Cielo.)

Aquí, abajo del todo, traduciremos a Wapnick en dos pequeños pasajes de su texto Parents and Children. En esos pasajes él explicará más sobre lo que hemos dicho en el título (recomendamos ir a leerlos ya, pues al estar desplazados hacia la derecha, son fácilmente localizables).

En la visión del curso comprenderemos que es natural decir que el amor no puede ser algo condicionado, condicional.

Esto de por sí no nos tiene por qué entristecer (al ver que en realidad aquí todo el “amor” es, por así decirlo, “falso”), sino lo contrario. De hecho más bien podríamos alegrarnos por el “hecho” de que el amor no sea algo de este mundo —no en realidad. Por este motivo en realidad podemos “vivir”, como experiencia profunda, en esta vida, que todo esto realmente “tiene solución”. ¿Por qué? Porque podemos sentir que nada es realmente un problema, aunque sentir eso “de verdad” (sentir una auténtica paz interior) puede “costarnos” normalmente toda una vida de práctica mental, de liberación de nuestro auto-ataque.

Si el amor es condicional, es decir, si está ligado a alguna “necesidad”, entonces no se trata de amor, sino de odio camuflado hacia nosotros mismos. Y este odio en las formas puede tener un aspecto “políticamente correcto”, o incluso a veces “divertido”, pero da igual.

¿Por qué es odio a nosotros mismos? Vernos carentes y necesitados es en realidad odiar nuestro verdadero ser. Vernos así supone un ataque en nuestra muy poderosa y compartida mente, que es de donde surge en el fondo “la realidad” (aunque no lo creamos).

Nos vemos necesitados de por ejemplo “amor”, y vamos a buscarlo “fuera”.

El verdadero amor, el incondicional (¡qué difícil!), siempre se acompaña de un sentir liberador, con dicha y paz. Y es que en “comunión” sentimos que no hay realmente nada afuera de nosotros.

Así, como dirá Wapnick abajo, los niños no quieren realmente a sus padres: los necesitan. Y el amor mezclado con necesidad no es amor.

Claro que esto es casi siempre así, y por tanto no es nada más que otra cosa más “a perdonar”, a perdonarnos a nosotros mismos. Pero expresarlo así, quizá tan “tajantemente”… es algo que nos puede producir enfado, de acuerdo. Y sin embargo, el decirlo así sería de lo más útil y liberador a la hora de no engañarnos demasiado con el motivo para el que en realidad proyectamos este mundo, estos universos.

Ningún rol (de niños, padres, etc.) es capaz de amar desde su “ser rol”, desde su papel egoico: papel de niños, de padres. Los roles se necesitan entre sí para proyectar sus carencias, y como roles, no aman. El amor se ama a sí mismo desde más allá de nuestras imaginaciones, proyecciones, expectativas, prejuicios, inercias, disposiciones. Por tanto, podemos decir —a la par que decimos que los niños no aman a sus padres— que, en todo caso, en momentos donde brilla el amor… insistamos…: es “el Amor” quien se ama a sí mismo a través nuestro, cuando nos abrimos a ese movimiento natural e “impersonal” que es el de despertar de todo rol —un movimiento que realmente es el que protege todo esto que se quiso que fuera “solo infierno”, el infierno que hemos construido, el de estos cuerpos separados.

Y todo esto es como siempre algo muy práctico: es para tener las cosas claras, ya que la mente es muy importante. Así, ganamos ánimos para poder permitirnos ser personas más bondadosas e igualitarias.

Y es que precisamente ocurre que —como tan bien lo explicaba también Feldenkrais, en su texto “El poder del yo”—: no somos realmente adultos “maduros” responsables hasta que no desligamos:
— la sustancia emocional
— con respecto a todas esas relaciones de dependencia que en el mundo de la forma hemos tenido inevitablemente que aceptar (sobre todo en los contextos de nuestra infancia).

Es decir, nuestro ser emocional se tiene que desligar de cómo nos han visto los demás, pues ese “cómo nos han visto” lo hemos aceptado inconsciente y chantajistamente nosotros mismos, nos lo hemos marcado más o menos “a fuego”.

Así, aceptamos el “cómo nos ven”, y con ello nos vemos inconscientemente bajo luces diferentes a la nuestra (con lo cual en realidad nos estaremos atacando, a nosotros mismos). Esto solo provoca que machaquemos nuestro presente con un pasado imaginario que creemos que aún tiene efectos sobre nosotros…, o con expectativas: “lo que debo ser”. Este pensamiento sobre el “deber” siempre llevará mezclados futuro y pasado, de una forma ilusoriamente dañina para nuestra mente, nuestro presente (donde somos libres de elegir nuestro verdadero Ser de Amor, que nos dirige hacia el Amor real).

Ese “cómo nos ven los demás” se trata de, por así decirlo, unas “gafas perceptivas” —tal y como viene a sugerir la Voz del curso en ‘el mensaje a Bill’ cuando habla de “vernos bajo otras luces”, las de las percepciones de los demás, del pasado.

Con esas “gafas” los demás nos percibían, y, entonces, nosotros aceptamos esos juicios o creencias, las aceptamos como “nuestras”, porque estamos en dependencia, y ese es el trato que hacemos: aceptamos las percepciones de nuestros padres como primer instrumento para entrar en el mundo, para empezar a ser egos en el enésimo ciclo del ego.

Esas gafas perceptivas las aceptamos pues, en nosotros, bajo el chantaje de la dependencia, un chantaje autoimpuesto (pues nosotros elegimos todo en otro nivel: hemos elegido nuestros padres, o una vida más, etc.).

Ese chantaje, de niños, nos lo autoimponemos además de esta forma: inevitablemente guiados por la idea de carencia, debilidad, que va práctica e indisolublemente implementada en este ser físico (cuerpo) tan tremendamente necesitado, incapaz (de bebés, de niños).

El contexto regulador de las formas concretas que adoptarán tales carencias en esta vida —que nos tocará experimentar en esta vida particular— será el contexto que nos den unos padres muy concretos (o tutores, o tribus, etc.): los que hayamos elegido para esta vida (es decir, en realidad somos nosotros a nosotros mismos quienes nos damos, a través de los intermediarios-padres, el contexto —o película o guión— donde aprender).

Ahora veremos más de este comentario de Wapnick, tan aclarador como siempre, pues trata de forma simple y liberadora sobre todo esto. Ahí dirá textualmente lo que hemos dicho en el título del texto. Wapnick es el principal comentarista del curso de milagros; la voz que dictó el curso a través de Helen le señaló como quien se iba a encargar de enseñar y llevar el mensaje.

Así, es importante no engañarnos rápidamente con cosas como “todo es amor”, o con “no hay que hacer nada más que ser el amor que ya somos”. Sí, somos amor, pero esa lección es para toda la vida, en una vida de “vigilancia” de nuestra mente, de vigilancia o cuidado no “represivos”, que estén dispuestos a mirar el miedo de frente.

Sí, somos amor, pero para realmente poder sentirlo se requiere de nosotros un cierto esfuerzo mental, de forma consistente, a lo largo de la vida. Se requiere que nos miremos para poder efectuar una cierta generalización o transferencia, en nuestra percepción, pues el amor no entiende de límites, de excepciones. Se requiere pues un esfuerzo de ese que no se ve, y al que no se nos puede obligar de ninguna manera. Se requiere que de cierta forma estemos dispuestos a mirar sin juicio todas las consecuencias del miedo en nuestra vida y en la del resto del universo, cuando se nos presenten… dispuestos a atravesar el miedo o “la oscuridad” para que así realmente ésta pueda disolverse de forma natural en nuestra luz interior —cuando estamos siquiera dispuestos a entregar tal oscuridad.

La cosa es tan simple que, como ya sabemos, al ego le da miedo.

El pequeño texto que citaremos —Parents and Children: Our Most Difficult Lesson (en dos pequeños tomos que llamaremos I y II: P&C.I, y P&C.II)— es un texto sobre el curso de milagros y las relaciones parentales —el mismo que traducíamos sobre ‘el mensaje a Bill’.

En el encuentro que dio lugar al texto había sesiones de preguntas y respuestas sobre este tema, sesiones que ocupan una buena parte de estos escritos. En una de dichas sesiones (p. 88), de donde sacamos el título, Wapnick dice así (el subrayado es mío):

«…si es cierto que es imposible amar a alguien de quien crees necesitar algo, no es realista creer que los niños pueden realmente amar a sus padres. Pueden amarlos solamente cuando ya no los vean como padres, sino como “hermanos”. Por otra parte, desear que los niños nos amen es parte del juego de especialismo del ego: quiero que mis niños me quieran porque eso significa que soy un buen padre, lo que quiere decir que soy una buena persona. Por tanto, la única razón por la que necesito que me quieran es porque no creo ser un buen padre, y, ciertamente, tampoco creo ser una buena persona. Así que esto se trata siempre de amor especial, ya que se enfoca solo en nosotros mismos.»

Solo podemos realmente querer a alguien cuando lo vemos como un igual (ver el anterior tema que tratábamos sobre abolir diferencias), que es a lo que se refiere a ver los padres como hermanos: como iguales de los que no necesitamos nada.

Es decir, con un “igual” no estamos compartiendo la idea de carencia, falta, necesidad. Podemos estar compartiendo o no cosas, en el mundo de la forma, claro está. De este modo, por ejemplo si no compartimos en una ocasión dada, entonces, si alguien mira esto desde fuera podría parecerle que el contenido que estamos alimentando dentro de nuestra mente compartida es uno de odio, de carencia, de miedo (al no compartir en la forma). Pero, sin embargo, en nuestro interior, el contenido no tiene por qué ser siempre ese, sino el del amor-abundancia, e independiente de la forma de lo que parezca suceder fuera (“no compartir”). Es decir, a lo que vamos: no ganamos nada, y nadie gana nada en realidad, si al dar algo (“amor”, cosas…) sentimos en lo profundo de nosotros que estamos perdiendo, o derrochando. Cuando damos algo y a la vez sentimos esa pérdida, entonces no estamos dando verdaderamente: estaremos más bien compartiendo odio, miedo (la idea de la escasez, ataque; y recordar que en último término el universo es la interpretación (“falsa”) de una idea loca (separación)).

De niños difícilmente podemos estar tan maduros como para diferenciar entre forma y contenido con todo nuestro ser, nuestra “alma”. Normalmente las formas vehiculan odio: miedo a carecer, etc. —y eso por muy divertido que a veces parezca lo que ocurre.

Podríamos decir que cuando Wapnick habla de amor especial o en general “relaciones especiales” se refiere a lo que se puede llanamente llamar ‘egoísmo’. Este egoísmo es un concepto digamos más amplio que el concepto del mundo de ‘egoísmo’: este egoísmo general no depende de que demos cosas y ya está, por ejemplo, pues podemos darlas no amorosamente, y, entonces, será egoísmo lo que cultivaremos (a la larga a veces con consecuencias verdaderamente desastrosas, ya que estaremos cultivando ego en tanto que el ego es básicamente el sistema de pensamiento del ataque, del odio o miedo —y nuestra realidad parte en general del pensamiento, pues en el fondo no hay nada “objetivo”).

Tal egoísmo es lo habitual en este mundo que confunde —y vive de confundir— forma con contenido.

El mundo se basa en relaciones especiales (todas: familias, parejas, etc.), y en ellas compartimos básicamente odio, al ser egoístas en el sentido amplio que damos arriba. Las relaciones especiales pueden ser tanto de amor (supuesto amor en las parejas, amigos, hijos, etc.) como de odio. Es odio o amor especial, pero da igual, se trata de lo mismo, de relaciones especiales donde hacemos algo imposible: compartir la idea de que somos seres necesitados, carentes (donde el otro tiene lo que nos falta: dinero, belleza, actitudes morales… etc.).

Esas relaciones se basan en tratos más o menos infernales, a veces muy implícitamente instituidos (“si yo doy esto entonces obtendré esto otro”).

Dice Wapnick que “todo se enfoca en nosotros mismos”. Y es que casi siempre utilizamos a la gente con fines particulares, fines que tienen que ver con suplir una imaginada carencia, de la cual terminaremos culpando a alguien más, siempre.

Veremos que en principio los padres son, en el mundo, básicamente intermediarios —y ahora veremos en qué tipo de negocio (nos lo podemos ya imaginar).

Las relaciones familiares, parentales, son pues a menudo las semillas de largas relaciones de dependencia emocional, física o psicológica. Siempre hay aspectos donde no hemos podido lidiar bien con la en principio muy necesaria e inevitable “relación” terrible que existe entre “amor” y “necesidad” en nuestras vidas, desde que tales “vidas” parecen recomenzar otra vez en el infernal ciclo de “reencarnaciones” (el primer “amor” es en realidad amor negativo, condicional, no es amor).

Necesitamos por tanto que “nos quieran”, y, como toda necesidad, ésta tampoco parte de nada amoroso; no parte de reconocer que ya lo tenemos y somos todo; no parte de ver “dentro” nuestro la abundancia del amor.

Esta necesidad parte del terrible odio que todos sentimos contra nosotros mismos, al menospreciarnos como solemos profundamente hacer, porque “nos falta” lo que sea (compañía, seguridad, haber sido “bien criados”, belleza, dinero, etc.).

Si no sintiéramos este odio “dentro”, no estaríamos aquí, en este mundo hecho para “idolatrar al yo” (dicho mal y pronto). Y, como sabemos, el odio o ataque que tenemos es tan inmenso que necesitamos proyectarlo, juzgando sin parar desde que nacemos (creándonos así una identidad separada que, con mucha “suerte”, conseguiremos disolver en esa “vida” ilusoria).

Sigue Wapnick (subrayado mío), p. 89:

«…no podemos amar a otros a quienes percibimos diferentes de nosotros, porque percibiremos lo que es diferente como algo que se nos ha quitado a nosotros para suplir lo que les falta a ellos, a “los diferentes de nosotros”. Ahora eso es suyo, pero, como originalmente fue nuestro, queremos que se nos devuelva. Es una verdad de perogrullo decir que no podemos querer a alguien que tiene lo que nos falta. Y así, los niños no quieren a sus padres, pues son dependientes de ellos y por tanto los necesitan. A esto se debe el que muchos padres les digan a sus niños pequeños: “dile a mami cuánto la quieres; y ve a dar un beso de buenas noches a papi y dile que le quieres”. Un niño no sabe lo que significa el amor, y si el adulto cree que sí, estará casi siempre confundiendo el amor con el amor especial.»

Los padres son los necesarios intermediarios en el negocio del ego. A este “negocio” no lo vamos a juzgar con rabia, y no lo estamos culpando de nada, pues simplemente es lo que es. Este mundo es el “culto” al ego, y este culto lo impregna todo aquí. El ego es la misma raíz de todo aquí: de la política, las religiones, las relaciones familiares, las relaciones en general…: es decir, la base de todas las “instituciones”. Y no por nada el curso dice que este mundo “…es la creencia de que el amor es imposible”, y, por eso, aquí es imposible instituir nada amoroso (mucho menos, por ejemplo, una “religión”). Y por eso es por lo que el curso insiste tanto en los “instantes santos”, y en que solo podemos salvarnos a nosotros mismos si es que queremos “salvar al mundo” (pidiendo en nuestra percepción esos instantes liberados de todo auto-ataque (“santos”), y cada vez más y mejor).

El ego es el sustituto de nuestra verdadera realidad, que es Amor, unión: Dios.

Este sustituto, el ego, invierte todas las características de lo que intenta sustituir por completo. El ego es, por tanto, en su misma base, odio, miedo, ataque: separación interpretada así (es el sistema de pensamiento basado en todo eso). Y nosotros venimos por tanto al mundo a “confirmar ego”. Aquí confirmamos que somos seres carentes, muy necesitados, extremadamente dependientes de condiciones que no podemos controlar; y el montaje de infinitas diferencias para confirmar eso, es grandioso.

Los padres estarán pues, en medio de todo este jaleo inevitable, haciendo las componendas que puedan hacer, en ese transigir imposible entre amor y miedo (ese transigir o componenda que en general el curso llama “magia”), intentando así “vibrar” ellos cada vez más y mejor, quizá “pidiendo milagros”, y no magia (es decir: intentando perdonarse a sí mismos por el hecho de ver diferencias, por creerse separados de todo el mundo, y, en concreto, de sus hijos); los padres, si usan su condición de padres para crecer espiritualmente, intentarán transmitir —con el ejemplo— en la medida que puedan el contenido de “amor” más allá de toda diferencia del mundo de los cuerpos. Es un contenido y no una forma, pues muy a menudo en la forma es preciso poner límites firmes o instituir una disciplina más o menos agresiva.

Así, “los padres sustituyen a Dios” sería una frase con la que resumiríamos indirectamente todo lo anterior.

Por defecto, lo primero que entonces hacen para nosotros nuestros padres o figuras parentales es darnos la oportunidad de ser un ego —”otra vez”—, y de la mejor manera en que puedan hacerlo en ese momento —haya o no más o menos cantidad de “maltrato” (que siempre existe en alguna medida).

Es decir, indirectamente, si todo va “bien” (si terminamos siendo adultos responsables, es decir, si terminamos siendo mentes que se reconocen como tales, como mentes: plenamente en su poder de decidir cómo percibir las situaciones), si todo va bien… y una vez que ya estamos aquí, también los padres indirectamente nos permiten en su mero desfilar ante nosotros poder despertarnos de esta vida falsa (poder ser “verdaderamente felices”).

Los padres hacen por tanto que sean posibles todas esas transacciones en el negocio del ego, transacciones que son ya de todas maneras inevitables y que nos sirven para poder siquiera “ser” en este mundo del falso ser “ego”: mundo de necesidades y carencias, de ese ataque que como bajo de fondo suena constante en nuestro mero “ser cuerpos”, esos cuerpos que tienen que abrirse paso en este mundo loco de carencia entre millones y millones de personas que creen y desean creer fervientemente en cosas como “la escasez”, etc.

El “yo”, el sistema de pensamiento del “yo”, se protege pues haciendo relaciones dependientes, ya incluso desde el feto, como dirá Wapnick en otro pasaje (p.16 de P&C.II).

Así que aquí conseguimos muy bien, en esta identificación secundaria con cuerpos necesitados que implementan tan bien el sistema de pensamiento del ataque (ego)… conseguimos bien y casi magistralmente olvidarnos de nuestra verdadera naturaleza de Amor. Pero ésta nos espera en el interior, en tanto que puede fertilizar y homogeneizar toda nuestra percepción: la de todo lo que encontremos en toda situación. Puede fertilizar toda nuestra percepción con su contenido de puro amor, dicha y paz, si aprendemos a entregar de forma consistente todas nuestras percepciones a lo que verdaderamente somos.

El verdadero amor libera: es algo independiente de las formas exteriores de todo lo que parece existir en el mundo, de todas sus “dinámicas” de cambio e intercambio entre formas.

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5 Respuestas a “Los niños no quieren realmente a sus padres. Un Curso de milagros y la educación. Wapnick también dice esto: «no podemos querer a alguien que tiene lo que nos falta»

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  1. Una pregunta sobre el curso que hice en facebook, que medio ya me contesté a mí mismo:

    La pregunta era:

    «Hola, estoy incómodo con las siguientes líneas del texto del curso, no las entiendo; me gustaría que alguien comentara cosas sobre ellas;
    están en T-16.V.2, en el contexto de examinar las relaciones especiales:

    «Dicho llanamente, el intento de que otro se sienta culpable va siempre dirigido contra Dios, pues el ego quiere que creas que Dios, y solo Él, es culpable, lo cual deja a la Filiación vulnerable al ataque y sin ninguna protección contra él.»
    ____

    La respuesta:

    «

    gracias;

    no es eso de que me sienta mal porque culpando a otro yo esté culpando a Dios, gracias Jose Luis;

    sí, decía Leticia, gracias, que en realidad lo dirigimos el ataque a Dios, claro.
    Pero ¿por qué dice eso el ego, después?: establece una relación entre:
    — que “el ego desea que solo Dios sea culpable”,
    — y eso “deja a la Filiación sin protección ante el ataque”.

    estoy nublado quizá :);
    no me puedo explicar, con el sistema del curso, cómo el ego piensa que creyendo que solo Dios es culpable, la Filiación se queda sin ninguna protección del ataque.

    Ah, vale, me empieza a salir algo, que tiene que ser simple la cosa, joer:

    solo nuestra verdadera naturaleza, Dios, es la culpable para el ego, solo ella; esa naturaleza es lo que el ego quiere olvidar, la eternidad; es lo que quiere borrar a toda costa, ya que parece que el curso dice que el ego no conoce al E.S.… no sabe nada de Dios…… y le da un miedo terrible… (el Hijo le da miedo al ego; es decir, como Hijo, le damos miedo al ego)… pues tenemos eso que dice el curso, que el ego siente que todo “eso” que desconoce es más poderoso que él.

    Así, la verdadera naturaleza del Hijo es algo que el ego no conoce, y sería eso lo único que éste quiere borrar completamente.

    Así que quizá ese “borrar solo eso” tiene que ver con que el ego quiere que solo eso sea lo culpable, lo atacable por el ego.

    Así que ¿por eso es que nos quedamos “solos” ante el ataque constante que en realidad funda todo esto?

    Vale, nosotros nos quedamos jugando aquí, “solos”, dormidos…, jugando a lo que sea que queramos, con el caprichito de universo para ser individuos especiales… con ese bajo de fondo falsamente protector:
    el de la cara de inocencia que ponemos usando a los demás para ello…, el de la “falsa inocencia” del mundo…, que pretende ver algunas cosas neutrales…, otras susceptibles del ataque… sin advertir la inmensa culpabilidad inconsciente que hay bajo todo eso, que se recicla constantemente, que causa ilusoriamente más y más miedo… la falsa cara de inocencia que pretende que hay jerarquía en las ilusiones…… etc.

    Entonces, la Filiación, habiéndose olvidado por completo de que la realidad (invulnerabilidad) no tiene nada que ver con lo que se creía (nada que ver con el mundo de cuerpos)…, está ahora completamente vulnerable ante los desvaríos que se inventó y en los que se basa el mundo.

    Bueno, esto de preguntarlo públicamente parece que me ha servido :)…, y eso, que este párrafo es uno que se me había cruzado, y me acordaba algunas veces de él.

    »

    Y luego tras un comentario de alguien más:
    ______
    «

    gracias Margarita;

    pues sí, pusiste bonitas palabras y un modo de verlo y parafrasearlo que a mí me ayudaron;
    has metido todos los aspectos de las frases de J, qué bien;

    mi problema era con que la culpa la traduzco muy automáticamente por “auto-ataque”, porque eso parece simplemente que es;

    entonces, en esas frases de J, por un lado si Dios y solo Dios es culpable, ya no quedaría “ataque”, auto-ataque; se acabó.

    Pero claro, eso sería bajo la premisa del ego, esa tan fundamental a tener en cuenta: la de que nosotros no somos Dios, la de que estamos realmente separados de Él.

    Claro, entonces como no estamos separados de Dios, es una “falacia” el que podamos culpar “solo a Dios”.

    Esa sería la utopía del ego, poder hacer que la cara de inocencia reinara sin oposición.

    O digamos poder hacer que no nos diéramos cuenta cada vez de forma más simple de cuál es en realidad el “fundamento del mundo” en tanto que fue proyectado como grandioso ataque imaginado contra nuestra naturaleza real…, interior…, un ataque que creímos realizar…, un ataque fabricador o multiplicador de dimensiones duales… de “forma”.

    Por eso es que dice el curso que el ego “quiere” mitigar un poco todo este lío…, para que no nos “muramos de miedo”.

    Entonces el engaño que nos hacemos —”alimentando ego” en nuestra mente— estaría “claro”… aunque quede muy sintetizado en esas frases del curso.

    Alimentando ego alimentamos la creencia de que “el problema de Dios”, para el ego, más o menos ya está solucionado.

    Como según el ego estamos separados de Dios… entonces lo que pasa aquí en el universo no es ataque, no es nada, es simplemente un baboso caos…, que el ego quisiera neutral… fríamente neutral y “eterno”, en ciclos (para el ego casi ni habríamos atacado a nuestra verdadera naturaleza, Dios, pues ya está muerto; ya da igual para el ego; el ego ya ni sabe qué es eso…, no le gusta recordar eso… darse cuenta de que podemos recordar algo más grande que él… y no quiere ni oír hablar de que nosotros elegiremos (ya hemos elegido) un día perdonarnos todo este ataque).

    Claro, para el ego nuestra naturaleza está solo en su sistema de pensamiento y, preferiblemente, en los cuerpos…, aunque no lo tiene del todo claro. Pues está ese trozo del curso tan tragicómico, donde el ego nos dice algo así como que —paradójicamente— cuando tengamos mucho miedo, volvamos a hablar con él, ¡en la mente!… en una mente sobre la cual ya habíamos quedado con el ego que “no era nada” (ya que el ego nos quiso de-mentes). Algo así.

    Entonces…, con el ego…, vulnerables aquí al ataque que viene de “fuera”, del universo, ese universo y ataque que no queremos saber de dónde salen… con un ataque que nos llega aunque solo sea por el mero hecho de nacer necesitados físicamente… entonces así, con el ego… podemos intentar verlo todo como neutral, y silbar con cara de inocentes disimulando (ver neutral la “objetividad material”, por ejemplo)… podemos pues incluso ponernos chulitos, como pasó y pasa en lo que llamamos la modernidad… y ponernos a dominar “la materia”… esa que creemos exterior a nosotros… e incluso a multiplicar inmensas cantidades de cuerpos humanos miedosos, cantidades que son en parte meros símbolos del miedo atroz que tenemos a ser mente y “desaparecer” en el corazón de Dios… así como la tecnología en parte es muestra de ese mismo miedo al proyectar fuera propiedades internas de lo mental.

    Es decir, podemos más o menos engreídamente “hacer ciencia moderna” con un énfasis exagerado en las relaciones exteriores…, podemos creernos víctimas… etc.

    Pero bueno, siempre el E.S. tuvo que honrar nuestras fabricaciones, como dice J en el cap. 5, creo.

    Así que nosotros con el ego creemos haber resuelto el problema con esta “carita de inocentes”…, porque, en el fondo, diría el ego, esto de Dios ya se acabó: “ya hemos matado a Dios”, aunque exista ese paradójico miedo atroz a que Dios “regrese” y “nos asesine”, es decir, se quede con nuestra individualidad especial… etc.

    Así que nada, comprendido pues; y es que para el ego estamos en lo que estamos: en su nada, en su caos… en su sin-Dios… ahí vulnerables sin comprender de dónde viene tanto miedo y tantos absurdos ciclos de muerte y destrucción, en la dualidad.

    »

  2. Es realmente la respuesta ,pensaba que estaba media loquita .
    Por que desde hace tiempo creo que si no nos amamos autentica mente y reconocemos que somos seres de amor ,ninguna relación se puede establecer ya que surgiría de una falsedad de creer lo contrario a uno mismo.

    Mari Villasana
    • pues desde luego, ya ves; gracias por comentar;

      y “lo bueno” será que estos “cursos” indican (o la voz interior en general, esa a la que apuntan nuestras “sanaciones” en general…)… apuntan… a que… debido a que “solo hay una relación real”… entonces podemos “tener fe” en casi cualquier situación… (sin sentir que somos “masoquistas”, nunca…, claro…)

      Siempre hemos de pedir sin miedo a lo que somos, a “LO QUE ES”….

      Parece entonces que “debemos” abrazar ese “odio a nosotros mismos”… para poder “abarcarlo”… y ya darnos cuenta quizá desde el yo-espacioso de ese SER que somos más allá de dualidad amor-odio……

      Poc a poc… suposu 🙂

  3. Es un verdadero aporte a la experiencia de los estudiantes del curso, q se encuentran en cualquiera de sus niveles de aprendizaje y complementar los muchos malos entendidos q surgen de su lenguaje,a veces tan complejo y abstracto,pero q llevado a la práctica,como nos lo señala k.wapnick, se convierte en uno de los mejores recursos de aprendizaje; que es en el ambito de las relaciones especiales,que entregadas al espíritu santo se convierten en la posibilidad se escapar de este sistema tan destructivo y dañino tanto para uno como para los demás; además de su subyacente y medular problema y sus devastadoras consecuencias.si esto no esperanzador entonces q lo es??????

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