Un contraste muy instructivo pues de él surge el universo: negación vs proyección (yin-yang). Los dos escribas de Un Curso de milagros y su complementariedad en la sanación: «sus dinámicas egoicas complementarias [negación, proyección] presentan un salón de clases ideal para que ambos se sanen» (Wapnick explicando la intervención de la voz del curso en sus vidas)   Leave a comment

Kenneth Wapnick

Kenneth Wapnick

Para hacer el título aún más largo, aquí va una variación a añadir (con perdón):

El ego como dualidad “yin-yang”, con dos defensas primarias principales por las cuales surgió el universo: el aspecto Yin sería la negación y el aspecto Yang la proyección.
O “comprendiendo” por qué nos juntamos a veces en grupos o parejas “locas”, locamente “unidas”

Índice:

– Introducción. La psicología más básica y los fundamentos del curso de milagros: el primer paso, “intelectual”, para justificar el perdón de todo
– Helen y Bill: complementariedad de los egos en cuanto a la sanación de la mente
– Una indicación práctica psicológica de la voz —Jesús— en el Curso
– ¿Para qué nos sirve todo esto?
– Simplemente un problema de identidad
– Más sobre proyección vs negación en Helen y Bill y en general. La solución transversal del Espíritu Santo

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Introducción. La psicología más básica y los fundamentos del curso de milagros: el primer paso, “intelectual”, para justificar el perdón de todo

Es algo apasionante que el curso haya descrito simple y “psicológicamente” —con lenguaje psicológico del siglo XX— el origen de todo universo o de todo sistema perceptivo.

Lo describe en función de la negación y la proyección de la mente.

En la ilusoria historia mental que podemos hacer del universo y de cualquier sistema de realidad, negamos nuestra verdadera naturaleza en Dios. Esto nos dio miedo, por creer que la negación tenía consecuencias reales.

Así, “acto seguido” (aunque en realidad todo fue a la vez) proyectamos un mundo, y, con tal proyección, creímos haber escapado del miedo y creemos ahora poder escapar del miedo (poniendo aquí una falsamente neutral “cara de inocencia”).

Pero en realidad hemos hecho un mal negocio: hemos multiplicado el miedo; y así, seguimos cansinamente haciéndonos daño —la “mente-una” sigue haciéndose daño— sin querer ver que nos lo hacemos nosotros a nosotros mismos al alimentar sin parar los ciclos de la dualidad, multiplicando el miedo que los dio origen.

Pensamos que negando a nivel mental a nuestra Fuente podríamos por ejemplo haberla realmente “matado” —matado a un “Dios” que es y era nuestro creador a nivel mental, el único real, fuera de la percepción. Esta creencia nos dio un miedo atroz, y así, desde entonces, ese regalito especial que nos dimos como sustituto de Dios (la individualidad, el sentido del “yo”) va siempre acompañado por un fondo de auténtico terror (pues es un regalo que creemos estar robando y creímos haber robado salvajemente a Dios, casi a costa de su “vida” o sin el casi (pues para el ego Dios en realidad estaría muerto)).

Entonces, como decíamos, ese miedo a lo que hemos inventado en la mente nos hace proyectar —siempre mentalmente— un mundo, un universo —que en realidad es muchos.

Pero en realidad este universo y el resto de dimensiones y universos nunca han salido de nuestra mente, que es una sola mente para todo sistema de realidad. Es decir, que la separación es imposible, y, si parecemos “tener” separación, o serla, o habitarla… esto se da solo en sueños.

Así, la separación tiene “solución”, pero, cuando así lo elijamos cada uno, en la mente, pues somos perfectamente libres, estamos libres de todo el auto-ataque que nos infringimos a nosotros mismos pensando que habíamos destrozado sin remedio esa nuestra verdadera naturaleza. Es decir, estamos libres de “culpa”: somos pues lo que en terminología aparentemente “religiosa” podríamos llamar “santos” —tal y como el curso de milagros dice. Pero del mismo modo también somos libres para seguir haciéndonos daño repitiendo ciclos de vida-muerte en el matadero universal, en este monumento a la idiota idea del ego.

De cierto modo todos empezamos a “solucionar” todo esto cuando damos un cierto giro, tras hartarnos muy “personalmente” de juzgar, de proyectar, etc. (esto, por cierto, si no antes de la vejez, supongo que ocurrirá a menudo en ésta, que es un período en el que quizá se dé, más naturalmente y hasta cierto punto, un cierto grado de reconciliación con nuestra verdadera naturaleza fuera del cuerpo y de todo sistema de percepción).

Así, nos vamos “iluminando” cuando usamos o elegimos la solución que todos tenemos en el interior, la solución ante el absurdo hastío universal. Con tal solución comprobamos, vemos y sentimos cada vez mejor que este mundo, que proyectamos nosotros, que no está afuera, aparte de ser algo absurdo, es un mundo que no hace más que multiplicar aquel miedo del que quisimos huir, que quisimos tapar (poniendo la falsa cara de inocencia, aquí).

Así, el curso es muy aclarador por hacer el contacto directo entre:

— la psicología más básica: el conflicto básico que todos tenemos al venir aquí, al universo…, junto con las defensas primarias de negación y proyección que usamos todos los egos (todas las mentes como mecanismo de decisión al alimentar constantemente el sistema de pensamiento del ego)… y el

— origen del universo.

¿Origen? Sí, en el curso tenemos la propuesta de una cierta “auténtica religión”, en tanto reconciliación interior con Dios (sanando “las relaciones” en contenido, no en la forma necesariamente, y, principalmente, por ello: sanando todo en nuestra mente, entregando toda percepción).

Esta propuesta la practicamos pues a nivel mental, interior, si es que hacemos el curso, y se basa en algo tan simple como lo que hemos expuesto arriba.

Así, se trata de tener siempre a mano algunos simples presupuestos metafísicos muy simples y que invierten por completo la no reconocida “metafísica del mundo” (la falsa, la del ego, que en realidad no se expone como “metafísica”, pero que es también una férrea metafísica, y a su modo es “clara” e íntegra, si es que la bestialidad puede serlo).

Y así, aceptando cada vez más estos simples presupuestos metafísicos, nos facilitamos la tarea de evitar por ejemplo toda neurosis sobre “lo científico”, “lo político”, “lo social”, el “placer”, las causas “fuera”, etc. Así pues, nos facilitamos poder alcanzar una verdadera y feliz “escapada” del universo de la percepción hacia la libertad real (soltando todo lastre, todo miedo, reconociendo nuestra verdadera naturaleza: Dios).

Se trata de una escapada que es beneficiosa para todos (y que es al final lo único beneficioso para todos). Es la simple escapada de un lugar (un matadero) que en realidad no merece tanto la pena (en realidad sentiremos que ni existe); este lugar, el universo, pensado como algo exterior, en realidad no se merece tanto homenaje, tanto estudio, esfuerzo, tanta multiplicación miedosa de cuerpos, de trabajos, etc.

Helen y Bill: complementariedad de los egos en cuanto a la sanación de la mente. Las “capas” del “inconsciente”

Recordemos que Helen Schucman es quien oyó en su mente el curso de milagros y esa voz que tan bien le aconsejaba. Bill Thetford fue su compañero de trabajo en la universidad de Columbia (eran psicólogos). Bill le ayudó a pasar el curso a máquina; ella casi ni podía leer las palabras en alto, tras transcribirlas con mecanografía —a causa de la resistencia que parecía tener incluso hacia el mero leer en alto esas palabras.

Cuando tienes una emoción, puedes negarla (lo cual sería la defensa principal en el ego de Bill, según Wapnick). La negación estaría en general ligada a lo que llamamos ‘represión‘.

Cuando tienes una emoción también puedes proyectar, juzgar (en ‘juzgar’ incluimos por ejemplo atribuir al “afuera” también las alegrías).

La proyección sería la principal defensa de Helen, y estaría ligada —al menos en su caso— a la disociación. Según Wapnick, Helen tenía mucha fuerza de voluntad, “energía”, pero fuertemente disociada entre el miedo-ego, y su contrario natural (amor, impulsos milagrosos).

Lógicamente los dos tenían y todos tenemos ambos tipos de “defensa primaria”. Digamos que estas defensas, como todo lo del universo, son defensas contra el “amor incondicional” (contra ese foco interno que en realidad todo lo puede y todos tenemos “dentro”). Es decir, son defensas contra la voz o las “intuiciones” relativas al “amor”, que se reflejan con “milagros”, cuando elegimos milagro.

Los milagros, recordemos, son “impersonales”, aunque nos beneficien primero a nosotros para que podamos extender los efectos de su verdadera fuente. Pero, paradójicamente, si son milagros, no fortalecen nuestra identificación con un “yo” físicamente orientado en ninguno de los papeles o roles de este mundo demente (si acaso pondrán tal rol al servicio de un propósito englobante, el de paz).

En concreto, Helen y Bill usaban dichas defensas contra la propia voz del curso, la que recibieron durante años y que les estaba ayudando.

Así, en cierto modo, Bill y Helen se complementaban por la manera en que se defendían. La  defensa que Bill usaba con más fuerza (la negación) era secundaria para Helen, que usaba más fuertemente la proyección.

De todo esto habla Kenneth Wapnick en el texto Ausencia de felicidad (“AF”). Y dice en él que:

«sus dinámicas egoicas complementarias presentan un salón de clases ideal para que ambos se sanen» (AF.269).

El ego se defiende, y es en sí una defensa contra los impulsos milagrosos, que nos van enseñando —cuando los elegimos, en un proceso no lineal, vida tras vida (ilusorias)—, que somos solo amor, y que todo esto no es más que un sueño, nuestro propio sueño de miedo y separación.

En concreto, en el dictado original que Wapnick transcribe en AF aparece por ejemplo lo siguiente (p.277):

«La mente sin vigilancia es la responsable del contenido total del insconsciente, el cual reside sobre [above] el nivel del milagro.» [nota de traducción quizá importante: comparando con la edición original en inglés de este texto (AF) el anterior ‘above’ no es traducido (misteriosamente para mí) en la edición en castellano con el ‘sobre’ con el que aquí traducimos; en vez de eso dice: “el cual radica al nivel del milagro”].

El ego defiende una interpretación seria de la idea de la separación, una interpretación de miedo que es lo que dio lugar a más y más defensas: a una serie de defensas (universos, etc.), que no hacen más que multiplicar aquello contra lo que se defienden: miedo, desde el comienzo de todo lo perceptivo.

Nos defendemos pues, alimentando —en nuestra mente, como mecanismo de decisión— el ego, “inconscientemente”. Y nos defendemos de aquello a lo que el curso nos llama insistentemente: «aceptar la Reconciliación o ‘Expiación’ para uno mismo».

Esta reconciliación es con nuestra verdadera naturaleza en lo que se llama “Dios”, en la única Fuente real, que nada tiene que ver con universos perceptivos, y de la que aquí creemos mantenernos alejados, durmiendo en esta frenética y absurda actividad, en esta grandiosa “letra muerta” que es todo universo de separación, con estos cuerpos separados en una macabra “sintaxis” de muerte y destrucción cíclicas… o en cualquier tipo de sistema de realidad, “perceptivo”.

Los impulsos naturales son la capa que estaría, digamos, “más abajo”, más profunda. Esto es lo que vendría a sugerir, como imagen de capas, la voz del dictado original del curso —un dictado que por cierto al principio a veces parece algo más “fresco”, liviano, en su discurso.

Por cierto que, en este cuadro sobre “capas”, nos falta la de más “arriba”, es decir, una que de cierto modo completa el “bocadillo” en el que está nuestra mente en tanto que mecanismo de decisión —recordemos que “abajo” está la capa de distorsiones y más abajo la natural de los milagros… pero ¿y arriba?

Pues bien, el “abrigo total” es completado “arriba” por una faceta del “Espíritu Santo”: la que se encarga de estar atenta al momento en que podemos recibir revelaciones directas de Dios. Este contacto revelatorio sería más directo en comparación con el mero “elegir milagro”.

La capa de corrección natural, “milagrosa”, por no entender de miedos podríamos decir que es la capa más natural, de cierto modo englobante “por abajo”; y luego está esa tarea total englobante “por arriba” (la revelatoria).

La voz del curso dice que con la capa que tapa la de los milagros, llevamos a cabo un desvío o distorsión constantes. Esto lo hacemos inevitablemente al principio con todos los “impulsos físicos” y sus asociaciones y fantasías que nos permiten “creernos este mundo”. Así, vamos rellenando una capa de distorsión por encima de la capa natural “milagrosa”, y que nos dificulta la visión de los naturales milagros que ya están siempre ahí (como cambios de percepción ante todo lo que parecemos ver “fuera”).

Así, cuando crecemos espiritualmente —cuando nos integramos— podemos volver a elegir, a reinterpretarlo todo con esa “capa de abajo”, invocándola para que reinterprete todo aquello que hemos aprendido con el ego, todas esas reacciones en todos los niveles físicos, toda esa interpretación de miedo para todo: desde la comida y el acto de comer, hasta la visión de lo cultural más supuestamente “sublime”: todo tiene un fondo amenazante, siempre, desde ese trasfondo de miedo que fue el origen del universo, y que puede ser entregado en nuestra mente para su transmutación natural.

Podemos pues “telefonear” al inconsciente natural de amor-milagro que disuelve esa otra capa o parte del “inconsciente” que quisimos poner encima para taparlo (el relativo a impulsos físicos al principio inevitables).

El inconsciente natural está pues, siempre, esperando y susurrando otra interpretación (en forma de sentir o palabras) para todo ese daño que creemos habernos hecho con la capa de un poco más arriba del inconsciente, la de todos esos “impulsos físicos” relativos a las mil aventuras, sufrimientos y placeres, en dualidad, de todos esos cuerpos llenos de miedo que somos… cuerpos que se han abierto más o menos “paso” en esta terrible vida “humana”, en este tan a menudo irrisorio y grandioso matadero universal.

Y de hecho, en gran medida, el rellenado distorsionante es inevitable una vez que nos creemos ser cuerpos, y que “debemos ser” cuerpos, una vez que tenemos que identificarnos con ellos en un medio que hemos elegido, en un medio digamos que por defecto “anti-espiritual” —pues para eso está construido el universo (huida y defensa contra el Amor invitando a otorgarle realidad a la idea de carencia, ataque, etc.).

Digamos que, en gran medida y con mayor o menor dureza, las instituciones familiares y sociales (tribus, comunidades, estados, lenguajes, familias, diversos grupos, etc.) —en tanto que reguladoras del auténtico lío que supone el mero venir a identificarse con estos cuerpos— todas esas “instituciones”… se alimentan en gran parte a costa de compartir la idea de escasez, y en general los miedos.

Una indicación práctica psicológica de la voz —Jesús— en el Curso

La voz del curso de cierto modo a Helen y Bill les recomendaba ir despacio, es decir, intentar librarse de —o renunciar primero a— las defensas menos importantes, las que les costara menos entregar (la negación en el caso de Bill, la represión en el de Helen).

En concreto, dice en p. 307:

«La sabiduría siempre dispone que un terapeuta penetre poco a poco las defensas más débiles primero.»

Esto entraría dentro de una de las características de la tarea de “sanación” que propone el curso: la de “no luchar contra el ego”; la de no permitir que haya muchas posibilidades de interpretar nuestra labor de sanación como ataque —cuando entregamos nuestras interpretaciones y defensas al realizar el curso.

Así, el “tenemos que ir despacio” (sin prisas, sin sentimiento de lucha o demasiado esfuerzo, en esta tarea de negación sana del ego que propone el curso) se concreta en este caso con la estrategia que recomienda la voz a estos dos psicólogos —que entienden este lenguaje sobre “negación”, “proyección”: ir primero a por lo fácil.

La Voz sigue diciendo, hablándole a Helen (p. 307-308):

«Es por eso por lo que le sugerí a Bill que te persuadiera para que te ocupases de la represión primero. Solo nos hemos acercado al punto donde la disociación significa tanto para ti, debido a que es tan importante para tus creencias falsas. Bill haría bien —y tú podrías ayudarle aquí— en concentrarse más en sus tendencias disociadoras y no tratar de ocuparse de la represión todavía. Se lo insinué cuando comenté acerca de su hábito de alejarse, y cuando le hablé sobre el distanciamiento y la despreocupación. Estas son todas formas de disociación, y las formas más débiles siempre eran más evidentes en él que en ti. Eso se debe a que la disociación era tan extrema en tu caso que no tenías que ocultarla porque no tenías conciencia de que estaba ahí. Bill, por el contrario, sí disocia más de lo que cree, y es por eso por lo que no puede escuchar. Él no tiene que pasar por el mismo curso en represión que tú pasaste, porque él renunciará a su principal defensa errónea después de librarse de las menores.»

¿Para qué nos sirve todo esto?

Si nos damos cuenta es importante este tema porque el curso habla literalmente de proyección y negación, y podemos hacer una línea continua hacia hechos básicos de la psicología que nos permitan mirar el error de frente y abrir un contexto para entender por qué nos relacionamos tan locamente con quien nos relacionemos (parejas, etc.).

Así que podemos hablar algo más de todo esto. ¿Cómo? Bueno, este texto es antes de nada simplemente una petición de comentarios o de “ayuda” para hablar de esta complementariedad entre los egos que facilita la sanación, según la Voz. Quizá a alguien le guste este tema, o quizá sea “un psicólogo” que pueda decir algo, o mucho más —o bien que pueda corregir lo que aquí vayamos poniendo.

Podemos pues pensar “lo justo”, sin quizá mucho analizar, sino más bien intentando sintetizar. Podemos pensar por ejemplo en:

— cómo se relacionan los demás rasgos de Bill y Helen por separado —y en su relación— con el hecho de que sus defensas principales sean complementarias.
— ¿Cómo es que ocurre que su unión facilite la sanación de la mente?
— ¿Es por ejemplo debido a que a todos nos ayuda relacionarnos con alguien que tenga que sanarse “antes” esos aspectos que a nosotros precisamente más nos cuesta sanar —y, mientras tanto, nosotros vamos “sanando la defensa” que menos nos cueste?

Podemos entonces preguntarnos por cómo nos ayuda la complementariedad en las dinámicas del ego. Esta complementariedad, desde el ego, podríamos fácilmente juzgarla como “incompatibilidad”, y, así, nos cargaríamos el terreno de sanación, así podríamos quizá equivocada y rápidamente romper demasiado pronto el terreno de juego del perdón (por ejemplo Helen o Bill podrían haber decidido romper su relación profesional, viendo el panorama de sus cotidianas broncas en el trabajo (cambiando quizás uno de ellos de lugar de trabajo), antes que unirse en un mismo propósito cuando Bill, una mañana, propuso que “tiene que haber una manera mejor” (AF.93)).

Simplemente un problema de identidad

Recordemos que nuestro problema es que todos tenemos un —falso— problema de identidad (ego vs Amor). Y por lo normal, en el mundo normal de la vida —que es por defecto un monumento al ego— no podemos ni siquiera empezar a hablar sobre ello en estos términos tan amplios y simples —unos términos digamos que “definitivos”, si los entendemos bien.

¿A qué se reduce todo nuestro problema “aquí”?

A que principalmente de forma inconsciente nos estamos decidiendo, constantemente, por el ego. Y el ego está en una clara aunque ficticia batalla contra “Dios” (contra el Amor, el amor “perfecto”, aunque no se puede adjetivar realmente, no se puede describir a “Dios”). Y nuestro problema es pues que tal decisión inadvertida nos hace constantemente sufrir, pero es por entero responsabilidad nuestra y mucho más fácil de eliminar de lo que creemos, pues venimos al mundo a hacerlo difícil (identificándonos con cuerpos que tienen unas historias muy enrevesadas y una miríada de necesidades insatisfechas).

Lógicamente, si hablamos con estos términos, enseguida catalogaremos esto como “religión”, obviamente; así, nos veremos como bastante tendenciosos, poco objetivos.

Pero, en este caso, quien se equivoca es el pensamiento usual, el del mundo que no incluye el “problema” de Dios y que si lo incluye es para distorsionarlo en la formalidad de una religión; el mundo se equivoca, y nos equivocamos al venir aquí… cuando cree y creemos que en dicha batalla existen pensamientos neutrales.

Contra este “pensamiento ego”, que es lo usual como base para moverse en el mundo aunque no se explicite… contra ello… nos advierte el curso para que simplemente disimulemos, pues todos somos iguales en esto, no hay nadie en realidad “más ego”, “menos ego”, etc., pues todos aquí somos lo mismo: gente que, aterrorizada, cree que el universo es real, tal y como todos lo creemos una vez venimos aquí, a otorgarle realidad a todo este miedo coagulado en cuerpos separados.

Pero, eso sí, el curso deja muy claro que nada es neutral en esta batalla ficticia, aunque hayamos de disimular y curarnos “de dentro a fuera”… y no debamos por tanto ir predicando así como así por ahí.

No hay nada, ninguna situación ni pensamiento que pueda ser “neutral” en la fingida batalla que el ego inventó contra Dios y por la cual se proyectó este universo, para que pudiéramos aquí todos poner una cierta falsa cara de inocentes, en todas las tristes y efímeras fotografías que nos hacemos para salir bien en la foto de la Muerte.

Decíamos esto sobre la identidad porque el problema de identidad de Helen, que la hace a su manera inestable, decía la voz del curso…: es que “vacila en su identidad, necesita un mejor control” (AF.243). Y Bill: “carece de confianza en su identidad, y necesita fortalecerla”.

Cuando la voz habla de “control” se refiere a un control involuntario que todos algún día aceptaremos, al darnos cuenta de que el control del ego (el que nos hace pensar que lo de “fuera” es real), al que nos sometemos inercialmente… solo es una pesadilla. A ese benigno control involuntario, la voz contrapone una involuntaria falta de control (en la que estamos normalmente).

Helen tenía una “fuerte identificación”, pero vacilando entre identificarse con el ego, y con el Hijo de Dios (AF. 270; AF.408). Y dice también este libro que la identificación era más débil en Bill, lo que facilitaba que fuera más consecuente, congruente, pero con falta de vitalidad debida «al significativo esfuerzo anterior por resolver tu depresión y ansiedad innecesarias mediante el desinterés. Debido a que tu ego sí se sentía protegido por este desafortunado atributo negativo, tienes miedo de abandonarlo» (AF.304).

Más sobre proyección vs negación en Helen y Bill y en general. La solución transversal del Espíritu Santo

Hablábamos ahora mismo sobre la identificación de Bill y Helen, en un sentido tan amplio de ‘identidad’ que, para nosotros, es algo difícil de aceptar en tanto que “objetivo” —pero que sería lo único que se acerca siquiera un poco a ser “objetivo”, en el universo.

Lo que nos ayudaría a trascender este muy objetivo “problema” de identidad, entre la identidad “ego” (ilusión) y la de “Dios” (verdad), no son las defensas primarias (negación, proyección) que en realidad no nos dan paz, sino el atender a las intuiciones que todos poseemos y que actúan transversalmente cuando entregamos todas nuestras percepciones (estando la mayor cantidad de tiempo posible dispuestos a mirar sin juicio todos nuestros sentires y creencias).

Esta transversal es lo que el curso llama ‘Espíritu Santo’, el E.S. (con lo cual de pasada “perdonamos” el vocabulario “teológico”). Se trata de un puente construido entre el Cielo y el mundo-infierno de cuerpos separados (y recordemos que ‘santo’ quiere decir simplemente liberado de todo ataque).

Dice Wapnick (AF.394) que Helen no soltaba sus proyecciones. ¿Qué es psicológicamente la proyección?:

«La proyección es un mecanismo de defensa que opera en situaciones de conflicto emocional o amenaza de origen interno o externo, atribuyendo a otras personas u objetos los sentimientos, impulsos o pensamientos propios que resultan inaceptables para el sujeto.» (wikipedia: proyección)

Sujetos alta y especializadamente proyectivos serían los catalogados como paranoicos. Pero, aparte de que todos estamos locos de remate, por creernos profundamente el sistema del ego, todos tenemos rasgos paranoides: en algunos aspectos recurrimos rápidamente a culpar afuera de lo que sea que nos moleste (en realidad cualquier juicio se basa en esto, es “paranoico”, pues en realidad no hay nada afuera de nosotros; “las ideas no abandonan su fuente”, tal y como insiste el curso; y es que, insistamos, el universo es la interpretación errónea de una idea falsa).

Dice Wapnick que Helen no tenía ningún tapujo en admitir su ira, juzgando, pero que no soltaba fácilmente sus juicios sino que se aferraba a ellos, a sus proyecciones o juicios. Es decir, como rasgo relevante, Helen, en su “ego”, tenía un rasgo que en realidad todos tenemos: a nadie le gusta en ciertos momentos abandonar sus creencias o acusaciones; todo el mundo queremos aferrarnos a tener la razón en cuanto a “saber lo que pasa” o qué significa lo que pasa (en el mundo, en una relación… etc.).

Inversamente, a Bill le era más fácil negar lo que sentía (por ejemplo una hostilidad hacia Helen de un alcance o repercusión totales): Bill “negaba todas sus emociones con mucha frecuencia, y de ese modo no tenía contacto con ellas” (AF). Así, “negar su ego da como resultado una débil aunque constante identificación con su función”. Y en AF.270 se dice de Bill que “es más capaz de reconocer el miedo, porque su identificación es más consecuentemente correcta, pero más débil”.

¿Y qué pasa con la ‘psicosis‘? ¿Estará más relacionada con la defensa de la negación, o represión? Podríamos pensar que sí. Tomemos esta descripción de quizá la parte que más informalmente describe el término ‘psicosis’ en la wikipedia:

«La persona psicótica ha sufrido muchísimo dolor en su vida y actúa con objetivos inconscientes de hacerse daño a sí mismo»

Todos hemos sufrido dolor y actuamos, en algunos o en muchos aspectos, haciéndonos daño inconscientemente. De ahí que el repliegue en sí mismo y las alucinaciones y delirios en realidad son una constante si pensamos en cómo la mente da vueltas sobre sí misma. El ego es un repliegue constante en una mismidad imposible, donde alucinar y delirar sin parar sobre nuestra individualidad siempre cambiante. Claro que, los sujetos catalogados como enfermos, llegan a veces un punto en que ya no pueden relacionarse de forma normal, y pasan así a mostrarle al mundo y a mostrarse ellos a sí mismos hasta dónde puede llegar el continuo que conforma el mundo/mente-dividida.

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