Los dioses son los padres   1 comment

Tarta decorada, reyes magos, de YOCUNA TARTAS DECORADAS, en Flickr

Índice:
— Introducción: sistema del ego
— Los padres como sustitutos de Dios
A. Preocupación, confianza: “mostrar” la otra elección, pero en la mente
B. Apegarse a un rol: los dioses son los padres
C. Dependencias infernales
D. Los roles son cajitas
E. “Inherentemente malos”

____
__

Introducción: sistema del ego

El único “problema” que tenemos es haber elegido este sistema de pensamiento, del ego, en el nivel mental. Lo hicimos para negar la única verdadera relación, la que tenemos con Dios.

Nuestro problema en este nivel, es decir, en la matrix que nos fabricamos a nosotros mismos, es que no recordamos que somos una mente que eligió este sistema de pensamiento.

Esta elección nos iguala a todos, pues el problema en sí es el hecho de haber elegido tal sistema; el problema es la elección y no la cantidad o calidad de las nefastas consecuencias que siempre tiene el haberlo elegido.

El problema no está nunca afuera, en el mundo. No es un problema el hecho de que constantemente alguien nos parezca que es, por ejemplo, más “egoísta” o más “malo” que fulanito, o bien más amable y comprometido, o más listo y “espiritual” que menganito, etc.

El problema es que todos por igual queremos ver ese egoísmo (esas diferencias en egoísmo o “maldad”) ahí “fuera”, fuera de nosotros (la palabra ‘egoísmo’ tiene pues un sentido amplio, el del movimiento automático de nutrir el mundo de diferencias egoicas, de “más-menos” en todas esas características mundanas en el infierno).

Viendo pues el egoísmo o la maldad “fuera” de nosotros (las diferencias en conductas, etc.) afirmamos nuestra propia realidad como cuerpos separados, pues le otorgamos realidad a lo que hacen unos cuerpos que son como los nuestros (y que esta vez son unos cuerpos que vemos en general como “más culpables” que por ejemplo nosotros mismos). Así que la palabra ‘fuera’ también tiene un sentido  amplio o una “resonancia” amplia, pues nuestros cuerpos y nuestro comportamiento también están fuera de nuestro verdadero ser (Ser que como sabemos se puede llamar Cristo, Buda, yo superior, etc.).

Y para empezar, la primera consecuencia perfectamente compartida por todos nosotros —los que veníamos aquí solamente a hacernos los tontos— es la de creer que podemos morir.

Nuestra relación con Dios es lo único real, pero esa relación no está aquí, sino que aquí solo se refleja —y recordemos que es algo que se da “en una sola mente”.

Esta relación está distorsionada en un único y primer error de percepción, que meramente fue un error, una elección errada. Pero, un día, todos sentiremos que tal elección no tiene consecuencias reales, y que, por tanto, no existen cosas como el sufrimiento, y que nada de lo que pasa o pasó aquí fue real —excepto los pensamientos amorosos.

Distorsionamos en ese pasado ilusorio aquella “única relación real”. Y tal distorsión existe debido al siguiente “problema”: habernos inventado un sustituto de Dios o del Amor. Lo hicimos para que ese sustituto sí pudiera darnos el regalo de muerte que pedíamos, un regalo ahora reflejado en los diversos mundos.

Este sustituto es la individualidad en el sentido de sentirnos especiales por ser individuos separados, y es lo que podríamos llamar “dios del ego”. Esta individualidad siempre lleva consigo una culpabilidad inmensa, y por ello, utilizamos los mundos para intentar librarnos de esa carga de “pecado” y “culpa”. Esta carga la proyectamos siempre sobre los demás y lo demás pensando que así nos libramos de ella (y ocurre lo contrario, como explica la voz de Un Curso de milagros). Así, este dios del ego es difractado en infinitas relaciones especiales con una base de odio, que luego son implementadas en infinitos mundos.

Es este un “dios” macabro que es patentemente el dios de la mayoría de las religiones formales y que en realidad obviamente no existe (solo existe el Dios de amor, y es lo único real).

Así que el dios del ego, el “ídolo de todos los ídolos”, solo existe en nuestros sueños de muerte y destrucción, solo parece existir en nuestras mentes separadas, y en unas fantasías de ataque que intentaron hacernos creer que el Dios de Amor había fabricado este mundo absurdo. Este ataque lo sentimos interiormente desde el “principio”, y es lo que dio origen al universo debido al sentimiento de culpabilidad por haberle robado “la individualidad” al verdadero Dios —eso creímos haber hecho. La individualidad es, en general, el ‘especialismo’: es el deseo de ser especiales en tanto que meta para todas las relaciones, con el mundo, con los demás. La culpa asociada a tal deseo es como dijimos inmensa, y es un constante auto-ataque del que depende todo ataque en general, todo miedo.

Del auténtico Dios, de nuestro creador a nivel mental —nivel que nada tiene que ver con la percepción— creímos estar separados y en una cierta “relación culpable” con él. Así pues, lo convertimos en el “dios del ego”; es decir, hicimos que fuera un dios que podía ser atacado y a su vez luego atacar, que podía enfadarse con nosotros, robarnos algo, etc. Creímos entonces haber robado al Dios real, violentamente, los miserables sustitutos del Amor (todas las relaciones especiales que inevitablemente entablamos con las cosas), sustitutos con los que aquí nos adornamos y nos adoramos a nosotros mismos, en la tierra —sustitutos de la abundancia y el bien reales de Dios, de su Amor real en el Cielo.

Así, la relación real con Dios pasó a ser distorsionada por la culpa, y tal relación está ahora paradigmáticamente reflejada en esas todas relaciones especiales que inevitablemente debimos aceptar —por ejemplo con los padres.

Las relaciones parentales cargan a menudo con una enorme tensión, puesto que las expectativas que ahí ponemos —y las muy directas e infernales proyecciones de culpa— corren por ellas a placer, por la cascada de ese tiempo que proyecta desde nuestras mentes la ilusión de cuerpos separados en un cuadro grandioso donde poder pintar esta ridícula tragicomedia del pecado-culpa-miedo (tan ilustrada por ejemplo por nuestra letal e inevitable incubación de “consciencia de pecado” en esas muy laicas cárceles).

Así pues, los padres nos “sirven” también como primeros sustitutos de aquella que dijimos que era la “única relación real”, con Dios.

Así que, como también comentábamos aquí, al venir aquí todos deseamos profundamente que los padres se enfaden y pierdan el control, etc. Con ello vemos una “prueba” de que Dios es ataque o muerte, pues los padres sustituyen al Dios real y luego difractan el dios del ego, con y en nuestras proyecciones de ataque. Queremos por tanto que los padres hagan el papel de dios del ego, aunque en el fondo también nos gustaría que fueran lo contrario: testimonios de que todo este insulso enredo tiene solución, como ahora comentaremos.

Pero, en general cualquier otro ídolo también es un aspecto del dios del ego, y lo es en relación a veces muy directa con lo que significaron los padres en nuestras vidas, es decir, en relación directa con los aspectos psicológicos involucrados en nuestra aparente “primera sustitución” o conjunto de proyecciones, asociadas a las situaciones en que los padres fueron una pieza importante.

Como sabréis, hemos construido muchos ídolos, no solamente los padres, para poder proyectar también sobre ellos y así multiplicar el error —y a veces de forma parecida a cómo lo hacíamos con los aparentemente “primeros” sustitutos: los padres.

Podemos decir entonces que todos los demás sustitutos (parejas especiales, aficiones, preferencias en los placeres y los dolores…) siempre estarán en parte “contaminados” por las creencias, los juicios… que aceptamos en nuestras primeras experiencias “re-afirmadoras de ego” aquí, en el universo, de pequeñitos (las primeras con la familia).

Es decir, los sustitutos, que ya no son los padres, estarían a menudo algo así como parcialmente proyectados en tanto que reflejo de los padres. Todo el mundo sabe por ejemplo, y por experiencia propia, cómo a veces parcialmente nos hemos terminado uniendo o casando con figuras y personas que sustituyen por ejemplo al padre o a la madre. Con ello podemos reproducir ciertos dramas relativos a nuestras creencias, juicios, en el contexto de este drama generalizado de la separación que es el rimbombantontamente llamado “universo”.

Brevemente: nos volvemos a casar con “nuestros padres” porque estamos terriblemente casados con nuestra imagen falsa de Dios, con el dios del ego —los padres fueron los primeros sustitutos posibles de esta imagen macabra, y fueron pantallas para las proyecciones que realizamos sobre ella.

Por defecto aquí todo es una relación de odio o ataque, pues todas las relaciones parten del principio de la escasez: si me relaciono contigo (seas una persona, o la materia, o el universo) y si no he sanado mi culpabilidad inconsciente —como es lo usual— entonces me estoy relacionando con la intención —más o menos inconsciente— de sacar algo de ti, aunque solo sea el poder proyectar mi culpabilidad inconsciente, esa que tengo dentro y que no quiero ver, de la cual no me quiero responsabilizar. Nadie se quiere hacer cargo (si no no vendríamos al universo) de tal culpabilidad entregándosela a la Luz interior que todos tenemos dentro —al ‘Espíritu Santo’— para que dicha luz nos dé otra percepción que no sea de culpa, una percepción inocente, es decir, ‘santa’, liberada de auto-ataque (‘culpa’).

Así, creímos haber robado violentamente la individualidad, y creemos, por tanto, que solo podemos ser especiales (‘especialismo’) a costa de alguien o algo más, a expensas de alguien más, es decir: cuando alguien o algo más pierda. En primer lugar el objetivo de este ataque fue Dios, un Dios que afortunadamente no podemos atacar y en el que estamos a salvo pero soñando una especie de auto-exilio, como dice el curso de milagros.

El principio de escasez nutre casi siempre y muy inconscientemente todas nuestras percepciones. Lo hace por defecto, y lo hace así como diciéndonos: “si tú tienes algo que yo no tengo (inocencia, paz, alegría, dinero, bienes, moralidad, etc.), entonces tú me lo has tenido que robar a mí, pues «o bien lo tiene uno, o bien lo tiene el otro»”; es decir: no podemos ganar todos, pues si compartimos algo, alguien tiene que estar perdiendo, alguien se tiene que sacrificar.

Esta enfermedad mental, en este síntoma que llamamos “universo”, se ve reflejada en todo juicio automático que aplicamos a casi cualquier cosa en el mismo mirar, inmediatamente. Y los cuerpos, con sus necesidades físicas, refuerzan y dan estructura a la aparente necesidad inconsciente que todos tenemos: proyectar nuestra mirada siempre desde el principio de la escasez, de la separación (o bien gana uno, o gana el otro). Y todas nuestras instituciones y paradigmas también refuerzan la mirada desde esa necesidad inconsciente egoica: paradigmas con los que por ejemplo “explotamos la naturaleza” (paradigma energético, etc.) —aunque todo esto también empiece a parecer que cambia, en esta “nueva era”, en una “nueva era” que según parece ya estaba “profetizada” (‘nada nuevo bajo el sol’: en realidad en principio todo se está polarizando enormemente).

De este modo es como conseguimos que todo nos sirva de “ídolo” para rellenar el apreciado cofre que llamamos “dios del ego”; es decir, para nutrir nuestro sentido de ser especiales, diferentes —y ello siempre por y desde el “sistema de pensamiento del ego”.

Llenamos pues inevitablemente la caja del dios del ego con muchos ídolos, y en un proceso intrínsecamente caótico (con padres, parientes, parejas, amigos, Estados, políticos, catástrofes atmosféricas o climáticas, etc.). Luego, respecto a esos ídolos, nuestra tarea será simplemente “perdonarlos” procurando perdonar toda percepción, toda imagen mental que se nos aparezca, tanto en vigilia como en sueños —pues por ejemplo ni siquiera hace falta que alguien esté vivo para que una relación pueda ser “perdonada”, reinterpretada correctamente (pues en realidad ninguna relación existe realmente; todas son pensamientos erróneos, dementes, ya que solo hay una relación real, como ya dijimos).

Así, como decíamos, tal creencia culpable, la que dio origen a los universos, se refleja en la culpa que nutrimos desde aquel “principio de escasez” que es a la vez el principio del mundo —y en todas nuestras relaciones, en este reino de la muerte o de la percepción que es “la tierra”.

Los padres como sustitutos de Dios

A. Preocupación, confianza: “mostrar” la otra elección, pero en la mente

Literalmente en su Manual dice el curso de milagros que: el «amor sin confianza es un ataque», y el «preocuparnos continuamente es un ataque». Eso no quiere decir que los padres no deban cuidar a los hijos, en el mundo superficial de la conducta, en lo que llamamos en general “forma”. Normalmente tenemos que lógicamente preocuparnos (ocuparnos) mucho por la forma, en todas esas relaciones que son, inevitablemente y en distintos grados, jerárquicas (padres, profesores, etc.).

Pero los padres pueden usar las relaciones con los hijos para aumentar la confianza en el amor, visto como un amor que antes de nada está dentro de ellos, puro. Es decir, pueden usar las relaciones para percatarse primero de hasta qué punto tienen el contenido de odio en sus mentes (un odio que en primer lugar les daña a ellos mismos), es decir, de hasta qué punto no amamos incondicionalmente las imágenes de nosotros mismos que vemos como separadas de nosotros ahí “fuera” (hijos, etc.).

Percatarse cada vez más de eso es lo primero a hacer, antes de nada más (y poder observar sin juzgar).

Como propone el curso, toda relación puede y debe ser usada para la purificación o simplificación de nuestra percepción, dándonos cuenta de que solo hay dos maneras de percibir (de proyectar este sueño que no existe), pues solo hay dos contenidos posibles, y uno es el real por apuntar a lo Real: el amor; y el otro es el falso, el de miedo-odio, que nos retiene en las ilusiones separadas.

Si nos relacionamos sintiendo el más mínimo sacrificio, entonces el contenido es el de odio (¡qué difícil! ¡cuánto odiamos en la vida!). Ese odio tiene que ver con el sistema del ego del que hablábamos arriba, sistema que está por debajo “fundando” el mundo, constantemente, en nuestra constante elección del ego como compañero. Recordemos que el sistema de creencias de la separación, el basado en el pecado-culpa-miedo, es desde lo cual se proyecta todo esto, en la mente. Pero también recordemos que todo este universo es una proyección que está siendo progresivamente disuelta en nuestra percepción, en nuestra mente, cuando vamos aprendiendo a “elegir milagro”, es decir, a elegir el otro sistema de pensamiento —el del Espíritu Santo, que espera en nuestras mentes para sustituir al del ego cuando vamos pidiendo en la mente otra interpretación para todo lo que contiene este mundo de cuerpos insignificantes.

Como cuenta Wapnick en el libro que citamos y que ya hemos comentado en parte aquí en el blog (que llamaremos P&C), nuestra excesiva preocupación seguramente esconde culpa por no ser buenos padres. Y es que una cosa será el ocuparse de los hijos, el asumir la normal responsabilidad como padres… y otra cosa será la culpa que siempre acabamos proyectando en las relaciones.

Como hijos en realidad venimos a reafirmar ego al universo, pues si no, no vendríamos. Y los padres pueden servirnos con su ejemplo como testigos de que “existe otra elección” y solo otra elección, en la mente, distinta a la de alimentar constantemente ego.

Y este es en realidad el propósito “correcto” del universo, de toda relación, como nos cuenta Wapnick, propósito consistente en que, por “instantes santos”, podemos presentar al “otro” dicha “otra elección”, en el nivel mental; que podemos presentar el ejemplo de “hay otra elección” a alguien separado de nosotros en la forma y que ahora, por un momento, ya no vemos como separado. En ese momento es entonces cuando él puede aceptar también la no-separación en su mente, es decir, cuando puede aceptar la irrealidad de la separación, y, entonces, saberse soñador con plenos e iguales derechos que nosotros sobre este sueño de muerte y destrucción, el que está soñando con nosotros.

Como los padres son también potenciales sustitutos del Dios real (no solo del del ego), queremos poder oír alguna vez este mensaje de perdón de su boca: el de “la otra elección”, el mensaje que dice que nosotros en realidad no le hicimos nada al Dios real; el mensaje de que todo ese “robo” o ataque que creímos realizar en nuestra mente fue falso y no tuvo consecuencia alguna sobre nuestro verdadero ser —el ser que compartimos con Dios. Y, por tanto, también venimos a oír lo contrario de ese “reafirmar ego”: que el amor que Dios tiene por nosotros no ha sido afectado en absoluto, aunque Dios no pueda saber nada de todo este nuestro sueño, absurdo, de la separación.

Si depuramos o simplificamos nuestro sentir interno, el que sabe discriminar entre amor y miedo, podremos tomar decisiones que aparentemente oprimen o limitan por ejemplo a nuestros hijos en las formas, pero que serán “por su bien” y el bien de todos (por ejemplo no darles el dinero que piden si son ya muy mayores, etc.).

Ya dijimos (Wapnick) que el propósito de toda relación es demostrar que somos uno, y que eso no se puede realizar en el mundo de la forma, sino solo “en contenido”. Es decir, ese propósito “en contenido” puede ser cumplido sea cual sea el aspecto que tengan las relaciones en su forma exterior, y todo mientras no sea algo violento (es decir, mientras no perdamos la paz, mientras las disciplinas y los límites que necesitemos no estén basados en un violento “destruir por destruir”, por ejemplo).

El conflicto (irreal) siempre se da, en la mente, entre la elección por el ego-miedo, o por el amor-Espíritu Santo. No hay conflicto real afuera, sino solo como representación del también irreal conflicto interno.

B. Apegarse a un rol: los dioses son los padres

Así, podemos apegarnos a un rol (de madre, padre) cuando ya no nos toca hacerlo, pensando que lo hacemos por el bien de todos. Pero, en realidad, es puro egoísmo, pues con ello normalmente nos estamos aferrando todo el rato a la culpa que se centra en mí y que dice: “yo no he sido un buen padre/madre”, etc.: luego vemos por tanto que ahí estoy “yo” otra vez: y siempre yo, yo y yo (ese centro del mundo ilusorio, reciclando culpabilidad inconsciente de nuevo, identificándonos fuertemente con los patrones de conducta de los cuerpos).

En general nos apegamos al mundo y a sus cuerpos y roles para esconder el sueño secreto donde estamos aferrados a la culpa que subyace a nuestra historia como egos, y así nos impedimos regresar a la mente para poder mirar sin miedo esa culpabilidad interna.

Nos defendemos apegándonos al rol, trayendo nuestro pasado a alimentar ese aferramiento. Defendemos así la culpa, y al ego en general; con ello, hacemos real en nuestra mente el “hecho” de —por ejemplo— haber sido “malos padres” o “malos hijos” —en el aspecto que sea. Elegimos de esta manera repetir cansinamente los roles cuando en realidad ya no nos toca hacerlo (padres), y alimentamos o reciclamos la culpa por no haber sido “lo suficientemente buenos”.

Así, como reza el título: “los dioses (el “dios del ego” en sus múltiples aspectos) son los padres”, es decir, los “ídolos” son los padres, en gran medida. Los ídolos son esos padres que, por momentos no-santos, eligen representar para nosotros ese ridículo regalo de culpa que todos nos hicimos a nosotros mismos para con ello intentar realizar la imposible tarea de detener la nada del tiempo (en un rol), intentando así hacer una instantánea “eterna” del rostro de la muerte.

Así, con ello, pretendemos congelar el devenir del universo, pretendemos impedir el cambio de esta ilusión universal: sigo siendo mamá, papá… hay alguien que me necesita y que no está ni va a estar nunca completo mientras yo necesite proyectar mi culpa sobre él (un hijo en este caso).

Con ello conseguimos —al menos en los momentos en que así actuamos con nosotros mismos en nuestra mente— conseguimos… que el ego parezca triunfar de nuevo, al alimentar la creencia de que jamás nos podremos liberar de la culpa: nada cambiará, mi hijo seguirá siendo irresponsable, no capaz de tomar decisiones por su cuenta y de aprender (y como sabemos por el curso esto es en realidad odio, “asesinato”).

La constante elección de culpa en el presente nos enseña todo el rato que lo que vendrá “será peor”, y, así, no queremos cambiar (p.ej.: dejar de ser madres, padres…, pues a menudo en este mundo nos gusta mucho seguir infantilizados e infantilizando a la gente, para así poder reciclar la culpabilidad inconsciente que no queremos que salga a la luz).

Esa elección de culpa en el presente es incluso lo que en gran parte nos envejece, incluso físicamente.

C. Dependencias infernales

Así, la dependencia distorsionada que tenemos con los padres refleja la que inventamos con el dios del ego, en la mente, en ese conflicto que inventamos y que es por siempre revivido aquí en las relaciones especiales.

Esas dependencias son todas sustitutos de la dependencia real, la que nos une en la única relación real con Dios, y que nada tiene que ver con relaciones especiales.

Tales “dependencias especiales”, si son bien usadas (si nos liberamos de ellas bien, en la mente, con o sin la ayuda de los padres), nos pueden servir como primera escuela —en el caso de las relaciones parentales— para purificar nuestra percepción, “madurando”…: saliendo así al mundo de los adultos como seres ya lo bastante liberados mentalmente como para sentirse confiados en su capacidad mental esencial: decidir, la de responsabilizarse de las propias elecciones o decisiones… y la de, por tanto, responsabilizarse de la calidad de la experiencia —que se basa en esas decisiones.

Y para poder acelerar nuestra sanación, como dice Wapnick, tenemos que permitirnos experimentar libremente la infelicidad que nos provoca estar eligiendo todo el rato el pasado (roles del pasado, etc.). Tenemos pues que permitirnos experimentar todo sin miedo para comprobar cada vez mejor que es solo nuestra elección, ahora, en el presente, lo que provoca nuestra experiencia de malestar ante lo que parece o pareció ocurrir fuera.

D. Los roles son cajitas

Los roles son cajitas para llenarlas de experiencias que permitan que las cajas ya grandes se derrumben por sí mismas y desaparezcan para así poder sentirnos iguales en contenido: iguales a unos hijos, a unos alumnos, etc.

Así, dentro de los roles jerárquicos podemos sentirnos en camino hacia la igualdad “en contenido”, una igualdad sentida profundamente con alguien que, desde la posición de hijos o “alumnos”, vemos, en un principio, como paradójicamente “más sabio” (tal y como dice Wapnick). Esto podríamos juzgarlo desde fuera como una situación donde es imposible “igualarnos” en contenido. Pero no, no es así, ya que la forma no es lo importante si aceptamos la unión en contenido que se da como “por debajo”. Aceptamos pues, tal unión (compartir intereses), con alguien que parece más sabio en algún asunto relativo al mundo de la forma, pero solo lo hacemos para aprender igualdad en contenido. Con ello podemos aceptar lo que nosotros ya tenemos (tenemos y somos: solo amor), puesto que esa persona solo quiere, simplemente —si se trata de un buen profesor o padre/madre—, hacernos entender que somos iguales en contenido (conscientemente o no).

E. “Inherentemente malos”

Todos al venir aquí nos sentimos inherentemente malos, o, lo que es lo mismo, insuficientes.

En otro de los diálogos de P&C se debate ese sentimiento básico.

Necesitamos ver pruebas por todos lados de que “no soy lo bastante bueno” (p.ej.: “mis padres no me quieren”, o “no me querían”…, o bien: mis padres “no hicieron tal cosa para el bien de mi educación”, etc.).

Y la única salvación posible de este infierno es darnos cuenta de que el único problema es nuestra elección individual a nivel mental en el presente (primer paso del perdón: regresar a la mente). El único problema es que nosotros estamos eligiendo ahora mismo sentirnos así, y, por tanto, queremos (¡queremos!) ahora sentirnos así. Por ello, buscaremos ante todo justificarlo por ejemplo por lo que pasó en el pasado, por lo que vimos “claramente” que pasó ahí “fuera”: unos padres malos, insuficientes, o en general alguien malo, traicionero, etc.

Es decir, la salvación de todo miedo reside en regresar a nuestra mente y aprender que en realidad queremos sentirnos así, pero que no queremos sentirnos responsables de tal sentimiento.

Por tanto, necesitamos proyectar, culpar, enjuiciar… para responsabilizar a los demás por cómo nos sentimos. Es decir, venimos a la película del mundo a ver pruebas “externas” que nos “demuestren” nuestro inherente ser “pecaminoso” (insuficiente, malo, etc.). Venimos pues a reciclar la culpabilidad que es inherente a nuestra consciencia de pecado (y lo hacemos machacando consciente e inconscientemente el presente con cosas del pasado).

Entonces, la pregunta —dice Wapnick— que todos necesitamos hacer una vez que aceptamos de qué va todo esto, es…:

¿Por qué todos estamos tan locos para querer eso?

Es sencillo, como viene a explicar Wapnick comentando el curso una vez más: la base de nuestra existencia es en realidad la consciencia de pecado, reflejada por ejemplo en “no ser lo suficientemente buenos”. Y, si hay algo inherentemente malo o equivocado en nosotros, entonces la perfección del Cielo es sencillamente una mentira. Para no responsabilizarnos de ello en nuestra mente, para no reconocer que somos en realidad nosotros quienes hemos elegido creernos “los malos”, entonces nos decimos: “alguien más tiene que ser el que nos ha hecho todo esto” —alguien tuvo que “romper el Cielo”, y no fuimos nosotros :). Luego por tanto buscaremos ese alguien más, o ese algo más, ahí fuera, para decirnos que es por él —o por ello— por lo que nos sentimos así de mal —y recordemos que este mundo fue fabricado precisamente para esto, para este movimiento o falso “intercambio”: el infernal de la proyección.

Así, viendo fuera las pruebas de nuestra imperfección (nuestros propios fallos en el pasado, o los ajenos), afirmamos y reafirmamos nuestra existencia sin ser responsables de ella, y, decimos —con el orgullo del macabro dios del ego: “hay vida en el mundo fuera de Dios, y no se debe a nuestra falta” (así, el especialismo reina triunfante). Es decir, nos decimos: “todo esto es real, somos reales, y no es por nuestra culpa; Dios ha muerto, estamos completamente separados de él, y nosotros no hemos hecho nada, nos lavamos las manos”.

Esta es la falsa cara de inocencia que ponemos para activar nuestra creencia en la separación respecto al Dios real… y que contiene una inmensa culpabilidad inconsciente que no queremos reconocer al no querer saber que en realidad ella misma, esa cara inocente, fue quien eligió las ideas de ataque, sufrimiento, muerte.

____

Eclesiastés: «¿Qué es lo que fue? Lo mismo que será. ¿Qué es lo que ha sido hecho? Lo mismo que se hará: y nada hay nuevo bajo del sol.
¿Hay algo de que se pueda decir: He aquí esto es nuevo? Ya fue en los siglos que nos han precedido. No hay memoria de lo que precedió, ni tampoco de lo que sucederá habrá memoria en los que serán después. […]
Yo miré todas las obras que se hacen debajo del sol; y he aquí que todo ello es vanidad y aflicción de espíritu. […]
Y di mi corazón a conocer la sabiduría, y también a entender las locuras y los desvaríos: conocí que aun esto era aflicción de espíritu. Porque en la mucha sabiduría hay mucha molestia; y quien añade ciencia, añade dolor.
»

Anuncios

Una respuesta a “Los dioses son los padres

Suscríbete a los comentarios mediante RSS.

  1. Archivo aquí este comentario que puse en facebook:

    «hola,
    como sabrás, el enfoque, si se está haciendo el curso, no es primero el qué hacer (qué cultivar, dónde vivir, etc.), sino el cómo se hacen las cosas en esa unión con gente con el mismo interés:

    si se hacen para reforzar el especialismo y que nos sea quizá más difícil perdonarlo…,

    o bien si se hacen para estar alertas en el compartir esa paz que es lo único real… ayudando así a deshacer el ego…, estando dispuestos siempre a mirar de otra manera las relaciones con todos (con las corporaciones capitalistas “malas”… con el alcalde “malo” del pueblo…… con los buenos de “nuestro bando”… pues todos estamos igual de irrisoriamente equivocados).

    Si se puede, y quiere, creo que casi todo el mundo aprendería mucho haciendo todo lo que pusiste…, relacionándose de otro modo con la tierra…, o relacionándose por primera vez con ella…; y por ejemplo aunque solo sea por la unión con gente, fuertemente, bajo un mismo propósito, aunque mundano, de sacar adelante “economías” y formas de vida en ese sentido…, con las inevitables y enormes trampas que puede tener también a veces cierto “espíritu utópico”…, pero también con sus ventajas…, claro;

    todo dará un poco igual mientras lo usemos para renunciar a creer que estamos aquí, que somos reales aquí :).

    A mí por ejemplo la canalización de Seth me ayudó a quizá “entender”, muy lejanamente, cómo es que realmente todos estos seres que somos aquí, que nos creemos los cansinos guiones cíclicos aquí, seríamos más “útiles” al Plan estando ya ascendidos…, habiendo reconocido más nuestra unidad en el Plan, en el E.S… como lo habrían hecho ya supuestamente un Seth, o un Jesús.

    ¡Así que toca ser felices cuanto antes… dando casi igual lo que haya fuera/dentro del aparente “nosotros”… viendo todo con J! ¡Qué difícil!

    Ya viene a decir el curso por ejemplo que no temamos el cambio… que hagamos en el mundo lo que sea que sintamos, ya que da un poco igual mientras nos parezca la mejor manera en que nos demostremos que no somos egos y esas cosas… seleccionando al principio las experiencias que menos nos aten al mundo de los sueños de muerte… lo que menos nos densifique, por así decirlo.

    Es increíble lo cerrados que estamos tan a menudo, el cómo calan en los huesos las estructuras y codificaciones de por ejemplo el esquema ciudad-trabajo… donde están tan codificados los tiempos…, los modos de compartir…;

    En general, en “el campo” (según dónde, más), y en la ciudad…: todo circula o pasa mucho a través del dinero…, y, en realidad, en muchas partes del planeta parece que esto todavía no es totalmente así.

    A veces el campo, por la naturaleza “local” de las relaciones, o porque obliga a ciertas cercanías y compartires… en el campo nos veríamos obligados a “hermanarnos” de otras maneras…

    Y quizá surgen también —como surgirán en las vidas con por ejemplo las parejas— surgen fácilmente esos “auto-conflictos” inventados…, para poder mirarlos y deshacer el ego renunciando a —o entregando— los juicios, claro.

    Creo que esto pasará sobre todo si la gente que trabaja junta también vive bastante cerca unos de otros…;
    es muy interesante todo esto, entonces, el poder vivir otras “formas de vida” teniendo muy claro quizá que los grupos tienen que ser abiertos y transparentes, pues la gente enseguida buscamos líderes que nos “roben” (sentirnos “robados”) o que nos maltraten…, o bien nos aliamos con la gente de forma terrible, en mezclas terribles y confusas de propósitos “egoicos”… con por ejemplo este fin o propósito a veces no bien explicitado: el del “tener más por el mero hecho de tener más”…

    Y claro, esto se debe a que, como sabéis por el curso, el origen del universo fue este mismo (esta ansia pura ridícula, este tonto afán de diferenciarse en el auto-ataque sentido al vernos carentes… 🙂 )…, así que no hay nada más natural en el universo, nada más universal aquí, que el que los grupos —y los egos individuales— devengan cosas “cerradas”, sometidas, auto-sometidas, sectarias… pues aquí todo es para reafirmar el ego, en primer lugar.

    Por ejemplo, se da esto así, también, con la excusa de la “diferencia de sexos”, que sirve para eso: a menudo parece que nos organizamos en grupos bastante “terribles”, inercialmente, en torno a figuras masculinas de “micropoder”, más o menos sutil… donde todos proyectamos nuestra necesidad de aprisionamiento, tanto mujeres como hombres. Esto es algo gracioso de vivir o ver (por no llorar 🙂 ); enseguida nos salen micro-caricaturas del universo-infierno, es “natural”.

    El hecho de no permitirse experimentar otras “formas de vida” no nos permite re-des-programar nuestras rutas neuronales y “neuronal-sociales” :)… y no podemos entonces sentir profundamente que sí, que existen muchos tipos de “más allá de nuestra forma de vida”…, muchos “más allá de nuestros hábitos” y más allá de nuestra comprensión usual sobre lo que es “ser en el mundo”…, sobre estar en una relación económica-social con el mundo…, en las maneras en que podemos manejar los tiempos y “recursos”… en los muy cuadriculados espacios que a veces se dan en las grandes ciudades…»

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: