Masoquismo y «santidad». Aceptar limitaciones: es el ego quien se quiere perder en los extremos aparentemente expuestos por Un Curso de milagros   Leave a comment

Hummingbird-Violet Sabrewing (Male5) de Young in Panama, en Flickr

Podríamos decirnos:

«eh, tened cuidado con el “masoquismo” y la santidad».

¿A qué viene esto?

En un sentido es cierto que “uno está donde tiene que estar”, y que nos toca “aceptar limitaciones”, etc.

Entonces, la respuesta rápida que podría ser más bien “del ego”, “con el ego”, ante la situación de vida, es esta:

“eh, qué bien, porque «estás donde tienes que estar», ahí, realizando tu trabajo (espiritual, etc.)”.

Pero… sí y no; esto está bien y no está bien; precipitarnos con esas conclusiones puede “estar mal”.

Por un lado sí que es así: el trabajo se puede y se debe realizar con toda percepción que se nos presente, intentando renunciar a los juicios en cualquier situación.

Pero tales “consejos” (“estás bien donde estás y trabaja volviendo a la mente, que es la causa”) bien pueden conducirnos a un grado mayor de tensión y de “masoquismo estructural”. Es decir, bien pueden suponer para nosotros también una enorme trampa para, una vez ahí, no reconocer tensiones, o pretender simplemente tapar nuestras tensiones elementales —las faltas de paz “estructurales” que podemos estar experimentando.

El curso dice precisamente en el Manual que una fase (no lineal) es la de selección: seleccionamos aquello que nos facilite el no creernos este sueño, el desapegarnos de la identificación con el sueño (lo hablábamos aquí).

Un cierto grado de “masoquismo” es siempre nuestro estado por defecto, de primeras, en el universo, una vez nos creemos aquí “vivos” en un mundo de necesidades y carencias.

Así, con el ataque en la mente, con el ego intacto, “regresamos” al universo una y otra vez, a esta “tierra”, a creer que somos cuerpos —bien sea en una vida breve, bien sea por toda la eternidad ilusoria del ego (“reencarnación”).

La “tierra”, efectivamente, implementa el pensamiento de la separación, o escasez, carencia, necesidad… con todo este grandioso aparato de cuerpos tan vulnerables, cuerpos donde pretendemos sumirnos con más o menos éxito en la ciega visión que dice que “principalmente somos cuerpos”, seres necesitados (es decir, por tanto: que nuestra esencia es algo esencialmente vulnerable).

Así, diciéndonos que “estamos bien donde estamos, realizando «nuestro trabajo»” también puede ser que fácilmente nos estemos engañando, y creamos poder libramos de aquel nuestro masoquismo —tan natural en la condición de egos— simplemente por no reconocer y mirar de frente la tensión, el miedo.

Así que está genial este curso de milagros, del que hablamos en este blog entre otras pocas cosas.

Es el ego el que convierte las cosas como el curso —como hace con todo— en cosas a las que atacar, a las que juzgar.

El ego es muy tramposo, se pone a hacer el camino espiritual el primero, siempre el primero, y si no lo hace, juzgará y tirará el libro por la ventana. Tiene infinitas soluciones para su miedo (miedo a que dejemos de elegirle a él y que volvamos a elegir la paz que somos y de forma consistente en la vida).

En definitiva el curso tensa la cuestión de la vida, la de “qué es vivir”, de una forma muy simple, al colocar nuestra atención en estos dos extremos de nuestro inevitable “destino”:

— el polo del irreal destino como egos, un destino que ya habitamos aquí, que ya hemos escogido si es que estamos leyendo esto. Este es el estado que creemos “natural” cuando empezamos nuestras vidas o nuestros caminares “espirituales” o simplemente nuestro natural compartir en las relaciones. Este es el literal infierno del “egoísmo”, el que podríamos decir “ontológico”: un egoísmo que es lo “natural” en este universo, un egoísmo de juicios, proyecciones y negaciones —y que será, por otra parte, aparentemente y en un mayor o menor grado “egoísta” también en el sentido “práctico”, aunque podamos haber elegido quizá inconscientemente ya una parte del posible “antídoto”, de ese cierto antídoto “anti”-egoísmo —a la luz de ese perdón que nos hace más naturales.

— y el polo real de nuestra experiencia total: el de la reunificación con la Fuente, con la intensa dicha que “éramos” ya siempre en una actividad incesante de creación eterna con el Amor que nada sabe de percepción.

Dos auténticos extremos pues: el infierno (este mundo) y el Cielo (el cielo al que vamos a través del perdón a nosotros mismos, y que realizamos a través del perdón en nuestra mente de todas las relaciones, del perdón de todas las fantasías que tienen que ver con nuestras relaciones con la gente y con el mundo).

Es el ego quizá el que no se atreve o quien no quiere leer bien y aplicar ciertas indicaciones prácticas que el curso da en relación a nuestra quizá muy lenta integración, al proceso de integración (que es lo que busca el curso también): que no neguemos simplemente el cuerpo (conducta, etc.) y que atendamos a nuestra necesidad de integrarnos, de ser coherentes, al menos en cierto grado, con lo que pensamos, sentimos y hacemos (ver cap.2-VI).

Así que entre los dos polos del curso —que nos definen claramente “qué es vivir”— tenemos el “camino” donde nuestra integración parece que será obviamente un “ingrediente”.

Las etapas del desarrollo de la confianza, de las que habla brevemente la voz —Jesús— en el Manual, están divididas en dos grandes bloques:

— las tres primeras las podemos englobar en una “renuncia en general”, una renuncia en el buen sentido, y apego por apego, soltando los juicios en las situaciones, y seleccionando éstas dependiendo de cómo ayudan en el camino de “descreernos” el sueño,

— y otras tres “etapas” donde realmente establecemos un sentir que nos lleva a cierta inquietud más global aún (en la quinta), pues nos damos cuenta de que ni siquiera “nosotros” éramos los que seleccionábamos, renunciábamos, etc. En concreto, el resumen de Wapnick de esa quinta “etapa” dice así:

«Nunca hasta ahora habíamos visto tan bien cuánto apreciamos esta auto-identidad, pensando que nosotros perdonamos, que nosotros pedimos ayuda al Espíritu Santo, que nosotros somos este cuerpo, y que nosotros somos aquellos a través de los cuales el amor de Jesús actúa.»

Es decir, estos “últimos” tres pasos (asentamiento, inestabilidad, realización) podríamos verlos como el colofón donde realmente entregamos el sentido de ser un “yo individual”, es decir, entregamos ese preciadísimo regalo del ego: el del especialismo, el sustituto del Amor que inventamos como ataque a Dios.

El Espíritu Santo o Jesús (“Buda” o “la Diosa” si os gusta más) “quiere” que seamos como él (más bien: serlo es en realidad lo natural, aunque no lo parezca). Pero esto lo podemos decir muy rápidamente, pero lo que es integrarlo lo integraremos más lentamente, pues esto tiene una “desagradable” consecuencia para nuestro ego: que ya no nos sentiremos aquí, que sentiremos realmente y con toda el alma que no somos de este mundo. Entonces, y como comprenderemos, esto es algo realmente aterrador para el ego de cualquiera. Luego suponemos que se suele preferir la muerte física antes que sentirse así, pues en este “otro estado” ya no creeremos en nada de lo que conocimos, y ya habremos “soltado” todos los valores, ya no entenderemos qué fue eso de ser “individuos” con apegos a ninguna identidad basada en el plan caótico del ego —el plan de las identificaciones con las historias de los cuerpos y del tiempo lineal: familias, grupos, trabajos, “partidos”, comunidades, “luchas”, etc.

Por contra, en los tres primeros pasos de deshacimiento del miedo, en general, nos estaríamos viendo aún en parte como esos esforzados “protagonistas” que van añadiendo por ellos mismos cierta paz a su experiencia lineal, controlando más o menos el proceso —mientras “piden otra percepción”, o mientras simplemente son conscientes de que “hay otra manera de ver” aquello que se presente y que nos intranquilice.

Es cierto quizá que en el curso no parece hacerse mucho hincapié en cierta integración intermedia, en el simple o básico “ser coherentes”, en eliminar tensiones de forma simple, esas tensiones que se pueden eliminar fácilmente y que nos quitan la paz a menudo sin advertirlo, por mera inercia, por no permitirnos otras perspectivas, etc. Esto es algo que quizá se “debería” hacer así como “por descontado”, y con la guía obvia de la dicha y la paz, pues parece también obvio que el curso, además, propone como guía la simple alegría.

Quizá para mucha gente el hecho de poder darnos cuenta de esto tan simple sobre la integración, tan presente en tantos discursos de psicología básica y espirituales puede ser algo crucial, pues es fácil negar el hecho de que estamos experimentando tensión, falta de paz constante; es fácil negar la tensión que se está sufriendo en ciertas situaciones (vivir con cierta gente, etc.). Es fácil, pues, negar el cuerpo en sentido amplio: el nivel del comportamiento, la conducta.

Juntemos dos simples frases del curso que son quizá importantes para hablar de todo esto. La primera es del capítulo 2-VI; la segunda es del 13-III.

«El miedo es siempre un signo de tensión que surge cuando hay conflicto entre lo que deseas [o quieres] y lo que haces.»

«Pero en tu trastornado estado mental no le tienes miedo al miedo.»

Como dijimos: preferimos la muerte física al deshacimiento y transmutación del ego, a renunciar a sentirnos individuos; así, la muerte física la vamos anticipando con cierto no cuidarse lo más elemental. No queremos fundirnos con el ser “superior” que somos, para servir una vez fundidos al verdadero Plan de deshacer el miedo que es este universo (y otros). Así, preferimos este miedo (la muerte y el ego) a la única libertad real, libertad desde la cual seríamos extraordinariamente “útiles” para nuestros “hermanos”, según lo que nos cuentan tanto en el fantástico curso, así como por lo que implica la maravillosa y práctica canalización de Seth.

Por tanto, no sabemos hasta qué punto todos aquí estamos trastornados. De hecho, quizá algo paradójicamente, el curso quiere que veamos todo lo que hacemos en el estado-ego —o dentro del estado-ego— como algo que está igualmente trastornado, trastornado por igual; y, al mismo tiempo, quiere que veamos todo ese bloque del ego como lo exactamente contrario al otro único bloque de estados posibles: los que tenemos cuando vibramos con ese perdón que ni ve el miedo, en ese reflejo del Amor que es el perdón, y que aquí, en un mundo infeliz, solo puede contemplar (proyectar) amor o falta de amor (una falta que es como sabemos simple miedo, en tanto que simple y absurda “escasez” inventada de amor).

Quizá esté entonces claro que no podemos encontrar este cierto “contraste generalizador”, es decir, que no podemos realizar la transferencia que el curso pide —a todas las situaciones— si seguimos alimentando tensiones muy patentes, obvias.

🙂

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