«Quisimos vivir en un mundo de desigualdad». Sexo y dinero (en la charla de Wapnick: «Form versus Content: Sex and Money»): los lugares donde más “brilla” el macabro sistema del ego de la culpa   Leave a comment

Wapnick

Kenneth Wapnick (trabaja en Un curso de milagros desde sus inicios)
Foto tomada (enlazada) de la página web sobre el curso en inglés: http://www.therememberedsong.com

[Hablaremos y citaremos (parafraseando) lo que se comenta en el libro (y charla-audio-dvd) de Wapnick: Forma vs contenido: sexo y dinero (Form versus Content: Sex and Money). Lo llamaré “FC”.]

Índice:
— Introducción: los problemas realmente no existen
— Neutralidad y esfuerzo
— Reproducción y placer
— Dinero
— Apuntes para hablar del cinismo estructural (en esta sección es todo de mi cosecha)

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Introducción: los problemas realmente no existen

Parece que la liberación realmente pasa por ir reconociendo sin miedo cosas que no queremos reconocer: por ejemplo que quisimos vivir en un mundo de desigualdad.

Todo es escandalosamente simple pues como siempre el problema no está “fuera”: en el dinero en sí, o en el sexo en sí.

Recordemos que, con Un Curso de milagros, nada en el mundo de “fuera”, de la forma, es realmente un “problema”. Esta es la base (nivel 1), y luego en la práctica (nivel 2) sabemos perfectamente por propia experiencia que todos creemos tener problemas, muchos (o, si miramos honestamente en nuestras vidas: claramente quisimos tenerlos, claramente hemos elegido en muchas ocasiones no ser felices y sí tener la razón (por ejemplo separándonos de ciertas personas, etc.)).

Pero esa base —lo que nos decimos en el “nivel 1″— es simplemente la verdad, pero en un sentido de ‘verdad’ que luego en el nivel 2 enseguida entenderemos como un proceso*, una verdad como proceso: el proceso de asimilar esto, y que se nos dirija hacia una actitud cada vez más homogénea, integrada, que nos facilite conectar con la verdad de lo que realmente somos: “Amor” (nada que ver con cuerpos).

¿Y cómo, todo esto para qué? Para que dicha verdad actúe aparentemente a través nuestro, en la reunificación de la mente a la que nos prestamos sin saber en realidad qué está pasando (pues aquí en realidad solo podemos “elegir verdad”, es decir, solo esa actividad se aproxima a lo real).

Dicha verdad es el único poder real. Y este mundo quiso ser solamente la negación de esa verdad, la negación de nuestra unidad fuera del mundo de la percepción. Así, la verdad actúa siempre ya, y, aparentemente, a través nuestro —siempre en beneficio de todos, “por el bien de todos”.

Dicha unidad es un cierto devenir reunificador —o “colapso del tiempo”— y es lo único que sabe realmente lo que es mejor para todos aquí, en cada momento y en cada situación, siempre, y por muy complejas que hayamos conseguido que sean tales situaciones —”con el ego”— en nuestro habitual camino inercial por la demencia del mundo, en cualquiera de sus variadas “instituciones” (lenguajes, “Estados”, “familias”, etc.).

Neutralidad y esfuerzo

Podríamos ver tanto al sexo como al dinero cada vez más “neutrales”, insignificantes, como dice el curso que es en realidad cualquier cosa relativa a cuerpos. Así podemos quitarle mucho hierro a todas estas cosas. En realidad es así como debemos empezar a ver cualquier cosa: como “neutral”, para poder dejar que se elija “sanación” aparentemente a través nuestro y de la situación.

Pero, a la hora de conseguir eso, no tenemos que realmente sentir esfuerzo o sentir que luchamos. Aquí se trata más bien de lo de siempre: una mera disposición a entregar o a renunciar a nuestros juicios sobre cualquier tema, y en todas las diversas situaciones que se presentaron o que ahora se presenten, tanto “internas” como “externas”.

Y luego quizá podamos “actuar” en consecuencia, si es que hemos conseguido aceptar profundamente el simple milagro que supone el que se nos presente esa “otra manera de ver” la situación, esa “otra manera” de paz que podemos haber notado tras simplemente estar dispuestos a soltar (renunciar, entregar) nuestros juicios, creencias —sobre la situación en cuestión (sexual, monetaria, etc.).

El “problema” está en que es muy difícil tener relaciones con el sexo y con el dinero (por separado, me refiero 🙂 ) sin que surja una gran dosis de culpa (auto-ataque y su proyección).

¿Por qué?

Reproducción y placer

En general, en tanto que egos, necesitamos reforzar o reafirmar ego, independientemente de que esto duela, y de que generalmente no nos demos cuenta de que esto en primer lugar siempre duele.

Es decir, necesitamos afirmar nuestro “ser especiales”, nuestro ser individuos separados: el “especialismo”. Esto lo hicimos configurando y buscando problemas que en realidad no pueden ser resueltos en el nivel en que creemos que son problemas (y cuando se resuelve uno surge otro). Cuantos más problemas tengamos en el nivel del cuerpo, menos podremos ir a la fuente del problema (la mente). Y, como sabemos, la fuente en la mente no es ni siquiera el pensamiento de pecado-culpa-miedo, sino el hecho de que nosotros hemos elegido eso —ese sistema de pensamiento de pecado-culpa-miedo.

El sexo no es ni un mejor ni un peor vehículo para unirse que cualquier otra cosa, dice Wapnick, puesto que la unión no es del cuerpo, sino de la mente. Pero, si hemos usado mucho lo sexual en nuestra vida como medio para alimentar intereses separados, puede convertirse para nosotros ahora en una aula importante de aprendizaje. Pero si se convierte en tal aula, no es porque el sexo sea “más sagrado” que otras cosas (todo en los cuerpos es insignificante), sino por cómo lo hemos usado en nuestra vida para apoyar las proyecciones que desde el principio son del ego, automáticas y constantes.

Como viene a decir Wapnick, en cuanto al sexo obviamente debemos decir que lo lógico es que el tema se cargue con mucha culpa, ya que está unido a la función de auto-crearnos, a la profunda creencia de que somos auto-creados —mediante la reproducción biológica de los cuerpos físicos, claro está.

Si recordamos bien, el origen del universo irreal (de este universo), para el curso, tiene que ver con el problema de la autoría-autoridad. Este es un “problema” que inventamos, en la batalla ficticia contra Dios, y donde imaginamos nuestra independencia como mente y luego tuvimos que proyectarla en mundos, de tanto miedo que nos dio el sistema de pensamiento que aceptamos en nuestra mente (el que seguimos día tras día eligiendo por el mero hecho de creer que todo esto es real). Luego, esta proyección a su vez permite ahora el regreso y el deshacimiento del sueño, al ver ahí fuera, en un aparente “afuera”, lo que nos iremos dando cuenta de que nunca estuvo “fuera”.

Pero obviamente todo esto no lo decimos para aumentar nuestra culpa. No tenemos por qué sentirnos más culpables en absoluto por “necesitar” sexo cuando lo tenemos o lo “necesitamos”.

Ahora comentemos esas las cosas obvias sobre sexo, en relación a la culpa. La primera es una obviedad sobre la reproducción, la segunda es otra sobre el placer (como señala Wapnick):

— por un lado, visto biológicamente, el sexo nos sirve para la reproducción, para “preservar la especie”, como sabemos. Es la manera particular, en este tipo de “realidad-sueño”, en que nosotros creemos que fabricamos “vida”, biológicamente hablando.

— pero, por otro lado, tenemos la perspectiva del curso, más simple aún —no la biológica, sino la que podríamos llamar “ontológica”. Esta perspectiva nada tiene que ver con la sexualidad en sí, pues, como también sabemos, en el fondo se trata de reproducción de culpa. De nuevo en esta perspectiva lo que pasa es lo de siempre: que reciclamos, con este asunto y con otro cualquiera, la culpa que nos provocó el auto-ataque que nosotros mismos nos hicimos o nos inventamos —al creer haber iniciado todo esto y que todo esto era real. Ese auto-ataque nos lo nos provocó inevitablemente el imaginarnos como auto-creados y creadores en oposición al Amor (Dios; oposición inventada que es nuestro único problema pues solo la relación con Dios es real).

Así que ahora hablamos desde la perspectiva donde sabemos que, para más inri, metafóricamente hablando, “le dijimos” a Dios que no solo podíamos fabricar un universo mucho mejor que él, mediante cosas como la reproducción sexual, en este universo alternativo a la verdadera realidad no-dual. No solo eso, sino que además usamos tales herramientas de reproducción para fortalecer nuestra sensación de “ser reales como cuerpos” —para otorgarles más y más realidad a los cuerpos. ¿Cómo? Lógicamente con el placer asociado a lo sexual, el cual parece ser el motivo fundamental por el que tenemos sexo hoy en día (un placer en realidad mental, como todos, aunque nos sea tan difícil a veces darnos cuenta de ello).

Así que uno de los más importantes modos en que aquí “nos lo montamos por nuestra cuenta”, o en que aquí tenemos la ilusión de ser creadores, es este de los cuerpos y su reproducción “natural”. Sin embargo, en cada movimiento y con cada respiración del cuerpo en realidad mostramos una vez más lo que por defecto “le dijimos” a Dios para empezar este sueño de universo:

“tu espíritu o Vida no nos es suficiente. No te necesito, me dijiste que no me ibas a reconocer, así que necesito algo que sí lo haga. Mira cómo podemos hacer todo lo que Tú puedes hacer y más y mejor (pues incluso podemos matar, y tú no). O mira incluso cómo además disfrutamos con el placer del sexo mientras creamos vida mejor que Tú”.

Así que el pensamiento subyacente es que podemos crear vida por nosotros mismos: podemos tener vida independiente de nuestro Creador y Fuente. Y sin embargo la verdad es que no hay vida fuera del Cielo —solo ilusiones.

Por todo ello podemos quizá ahora entender mejor cómo es que el símbolo sexual se ha convertido en algo tan prominente en nuestro mundo, es decir, algo con tanta carga de culpa, un símbolo tan fuerte de culpa.

Recordemos que nuestro sueño global —el o los universos— también cumplen la función de satisfacer un deseo (como se dijo que hacen a veces los sueños nocturnos): mantener nuestra identidad separada, pero culpar o responsabilizar por ello a cualquier cosa que no sea nosotros (cuerpos, etc.).

Es decir, en resumen: aparte de que casi todos podemos comprender de forma “biológica” el placer sexual, diciéndonos que la ilusión del placer tiene un sentido biológico para la reproducción humana, y podemos así “entender” que se fabricara lo sexual con el añadido del placer para que tuviéramos ganas de multiplicar esta y otras especies, sin cesar, ante la llamada del cebo del placer… también lo podemos “entender” desde la perspectiva digamos “global” u ontológica del curso: el placer en tanto que algo que al mismo tiempo, como todo aquí por defecto, consigue potenciar o incrementar muy a menudo la culpa que ya conllevaba el sexo en cuanto mera “reproducción biológica”.

Así que el sexo y el dinero tienen un alto valor como defensa. Y, como sabemos, de nada sirve en general espiritualizar las defensas: no puede haber nada del cuerpo que sea sagrado o santo en sí. Y para pensar sobre “no espiritualizar” podemos ver que el curso propone algo muy simple para volver a la mente, en el proceso de desarrollo de la confianza: un proceso de selección quizá muy sutil, y que suponemos que realizamos casi de forma automática: la selección de las cosas en función de si sirven para desapegarnos más aún de la creencia en la realidad de los cuerpos, de la creencia de que este sueño de cuerpos es lo real.

La fuente de la culpa, en general (dice Wapnick: FC.71), es el propósito para el que sirven fácilmente tanto el sexo como el dinero: ver intereses separados: la necesidad de ver intereses separados (de reafirmar diferencias, yoes separados) —y hacer el cuerpo real solo puede contribuir a ello.

El sexo no es algo que podamos hacer con todo el mundo, pese a los esforzados intentos de algunas personas (Wapnick hablará jocosamente de Don Juan).

El sexo es algo que inevitablemente ocurre entre gente separada, es algo exclusivo por definición (como tantas y tantas cosas que suceden en los cuerpos y con los cuerpos). Por el contrario, el pensamiento del amor, con el que siempre nos podemos unir para sanar la mente pero con el que normalmente no queremos unirnos (o ni oír hablar), abraza a todo el mundo como uno.

Así, todo aquello que refuerce la exclusividad, encaja perfectamente con el sistema del ego, y, si lo seleccionamos —conscientemente o no— estamos diciendo que “la separación es la realidad” (que la muerte y la destrucción son reales).

Así que aquí venimos aquí a aprender a “perdonarnos” el especialismo pidiendo otra percepción —otra manera de ver— en todas nuestras situaciones y para todas las relaciones, pues sabemos que esa otra percepción siempre existe, por propia experiencia. O bien, en los casos donde ya estemos muy alterados, simplemente se tratará de decirnos cosas como: “hay otra manera de ver esto”, sin pedir nada, pues la tensión que ya tenemos convierte fácilmente una petición en una exigente demanda, en algo con muchas expectativas, etc.

Entonces, sexo y dinero fácilmente sirven para justificar el ver intereses separados. Esto obviamente no quiere decir que tengamos que ser forzosamente promiscuos y ante todo pobres (o lo contrario: forzosamente ricos), ni tampoco quiere decir que tengamos que privarnos a la fuerza del sexo. El especialismo es un asunto de contenido, y no de forma, dice Wapnick. Se trata de no excluir a nadie pero en pensamiento, no en la forma (obviamente ni puedes acostarte con todo el mundo, :), ni puedes invitar a comer a todo el mundo por navidad).

Hablamos como siempre “en general”, pues el curso propone que aceptemos un sentir simple (un solo propósito: paz) en un proceso de transferencia de ese sentir, de transferencia generalizada a todas las situaciones. Y para conseguir ver todo así, desde un solo propósito (para acercarnos a la realidad y dejar los ciclos de sufrimiento y poder si acaso ayudar a disolver éstos desde una perspectiva más global y más eficiente), debemos ver todo lo que hicimos con el sistema del ego como siendo lo mismo: por ejemplo todos los juicios que nos fabricaron esta percepción que ahora tenemos (de los “malos”, los “buenos”, etc.), todos… son lo mismo, pues se basan en el principio de escasez, relacionado con: “o bien gana uno, o bien el otro”.

Recordemos que el sistema del ego es el fundamento de todas las relaciones, y no solo de las que tengan que ver con sexo y/o con dinero —y lo describíamos más en Los dioses son los padres.

Dinero

Cuando hicimos un mundo (muy diversos mundos) a partir del principio y sistema del ego en la mente, entonces el mundo solo pudo ser uno de desigualdad (en ciclos de destrucción y vuelta a empezar).

Todo aquí viene de pensamientos (‘las ideas no abandonan su fuente’, dice el curso); y lo que viene de un pensamiento de escasez que aceptamos en la mente (y que por tanto quisimos aunque ahora no podamos o queramos ser conscientes de tal querer) conseguirá implementar eso mismo en el mundo físico de los cuerpos.

Así que quisimos vivir en un mundo de desigualdad. Si nos indignamos es porque quisimos que nos robaran.

Recordemos el “principio” del ego, que podemos llamar también “de intereses separados” (que primero fue imaginado con respecto a Dios). Este principio nos puede parecer simplemente “mentira”, o muy “loco”. Pero se trata de algo muy simple y realmente esencial a la hora de describir la base de esa mente “loca” sobre la cual construimos toda nuestra vida, para describir la relación especial fundamental; en lenguaje digamos más “económico”:

«si tú tienes algo, es porque me lo has quitado, y como en realidad en lo más profundo de mí sé que yo lo tenía antes, entonces ahora tengo el derecho de atacarte —aunque solo sea mentalmente, con mis juicios— para “quitarte” lo que fuera que me quitaste.»
(Este ataque es realizado y sentido en uno mismo cuando simplemente pensamos que el contrincante en cuestión es alguien que se merece que le saquemos lo más posible en la transacción a realizar —transacción económica o no).

O bien, simplemente, como dijimos, el “principio” de…:

«aquí gana “o bien uno, o bien el otro“» (“no podemos ganar todos, si alguien gana, alguien tiene que perder”).

¿Qué creímos ganar en la relación de ataque con Dios?

Dice Wapnick que la desigualdad que hereda este mundo descansa en la percepción de que Dios tiene el poder y yo no. No podemos, según el ego, ser ambos creadores de vida en conjunto; o lo es uno, o lo es el otro.

Y como por la cuarta ley del caos —en el capítulo 23— uno posee aquello que toma sin permiso (roba), entonces Dios tiene que habernos robado el poder —eso creímos. Con Dios no hay pagos neutrales, sino solo costes y pérdidas. Lo que uno toma sin permiso, el otro lo pierde, lo echa en falta. Así que el que se lo quede lo tiene con la culpa asociada.

El miedo que da el “pecado” de haber robado la vida, el miedo a que me la vuelva a quitar —pues era “solo” suya, dice el ego— es lo que proyectamos y lo que revivimos en cada relación especial.

Ahora traduzco directamente algunos pasajes de Wapnick, libremente (FC.61-62), donde se relaciona el no-problema del mundo con el asunto del nacimiento “mental” del universo en la interpretación de la separación que hizo el ego (subrayamos en negrita algunos pasajes):

«El ego dibuja una estrategia que protege brillantemente su deseo de mantener nuestra separación, pero habiendo culpado a alguien más por ello. Esto es lo que experimentamos como una falta [lack] en el mundo, donde automáticamente buscamos poner a alguien a cargo de la responsabilidad por nuestro miserable estado. Realmente, para cualquier necesidad, siempre hay alguien responsable, pues el ego no nos permitirá examinar lo que ponemos de nuestra parte en nuestra condición. En el mundo del ego, entonces, la escasez conduce inevitablemente a la creencia en la desposesión, en la privación [‘deprivation‘: en el sentido en que algo o alguien ahí fuera nos priva de lo que sea que necesitamos], descrita en la cuarta y en la quinta ley del caos. Esta es una pieza crítica en la estrategia del ego, pues si alguien nos va a desposeer de algo, tiene que haber alguien ahí fuera. En otras palabras, se hace necesario un mundo de individuos para justificar las proyecciones de responsabilidad por nuestra escasez. Esto también significa que queremos que otros tengan más que nosotros para declarar que hemos sido injustamente tratados.
» Esto es lo que está detrás de esta enfática alerta que hace Jesús: “Cuídate de la tentación de percibirte a ti mismo como que se te está tratando injustamente” [T-26.X.4:1]. La desposesión [en aquel sentido, donde vemos que se nos ha desposeído desde fuera] es una tentación poderosa porque en tanto que me crea injustamente tratado —algo nada difícil en este mundo— entonces me libré. Es más, mi infelicidad, miseria y pobreza demuestran claramente que existe un yo que siente todas esas cosas, pero que no es por mi culpa, no es debido a una falta mía.»

Paremos un momento antes de seguir: este es el cometido del mundo en relación al problema de la batalla ficticia entre el ego y Dios: implementar el sentido de existencia (mental por entero) del yo, para sentir, en el mundo, que eso no es mi responsabilidad. Así, tengo la pantalla del mundo externo para proyectar ahí todos esos sentires que alimentan el sentido del yo, con sus complejas relaciones causales relativas a necesidades, a la historia, la sociedad: “se ME ha hecho esto o se ME hizo esto a MÍ”… y, ¡ay!, “si no se ME hubiera hecho esta cosa… entonces yo sería feliz…”. Es decir, juicios y más juicios, desde siempre, con los que protegemos el sentido del yo “teniendo la razón”.

»Así que consigo de nuevo proteger el pastel de mi ego y comérmelo. Cuanto más sufra, más le gustará a mi ego. Y así, en mi mente, deseo vivir en un mundo de desigualdad. Realmente el mundo es un estado de desigualdad que radica en último término en la percepción de que Dios tiene el poder y yo no. Esto es un campo de batalla, y las condiciones desiguales son percibidas como injustas por el ego. Dios es Dios, y va a destruirme aunque crea que yo lo destruí.
» El sistema del ego, de escasez y desposesión, se proyecta a sí mismo y fabrica un mundo que expresa la misma desigualdad. En tal mundo vivimos con intereses separados, y el simbolismo del dinero emerge de eso. Mis intereses están claramente separados de los tuyos porque quiero vivir a costa tuya y tú a costa mía. No se podrían pedir intereses más dicotómicos, pues esas dos metas mutuamente excluyentes no pueden alcanzarse a la vez. El mundo debe ser así porque, de nuevo, su fuente es el pensamiento de que Dios y yo tenemos intereses que compiten, en conflicto. Él piensa que es Dios y yo que también lo soy; quiero destruirle y Él se siente igual. Pero solo uno sobrevivirá. Este pensamiento es tan horrendo que lo único que podemos hacer es escaparnos de él, lo cual realizamos enterrando el pensamiento en nuestras mentes y cubriéndolo con el mundo, protegido por un velo de olvido.
» Todo aquello de lo que somos ahora conscientes es de este universo de desigualdad en el que viven nuestros cuerpos, donde una experiencia de victimización sigue a otra. Esto explica nuestro nacer como niños desamparados, víctimas inocentes del mundo a nuestro alrededor. Como resultado, no es por mi culpa el que yo sea infeliz: no lo es el haber nacido, el que mi madre bebiera alcohol mientras estaba embarazada de mí; el que ella tomara cocaína o tuviera sida; no es por mi culpa el que no fuera alimentado cuando tenía hambre; el destino fue realmente cruel cuando nací en la pobreza, en medio de la riqueza de otras familias —no es mi falta. No existe, desde luego, nadie aquí que no esté de acuerdo con esta evaluación de un mundo injusto. Mas lo único que es aquí injusto es el pensamiento del ego subyacente a todas esas experiencias.»

Y obviamente lo normal en cuestiones de dinero, es hacer dinero sintiendo que se hace “a costa de otros”, “a expensas de otros”, reflejando el principio del ego.

Así que el “programa” que es este universo fue un contrato especial que hicimos con un dios que inventamos a nuestra semejanza (el de ataque, el del ego), y este programa se difracta en cualquier otro “contrato” o trato con los demás —en negocios, en cualquier relación—, donde utilizaremos el principio de escasez, quizá muy inconscientemente, para con él “lógicamente” —en la lógica del ego— poder perder lo mínimo posible, y poder ganar lo máximo.

Pero la actitud correcta sí se puede tener siempre, en cualquier situación, ya que en realidad nunca estamos solos, y si nos abrimos ya no actuaremos nosotros solos. Esa es la actitud de elegir que es posible ver las cosas de otra manera de forma que se pueda en esta situación “demostrar que somos uno” —pese a todo, pese a las estructuras del mundo, pese al cinismo estructural.

Y esa actitud sería lo único que nos llevaría a hacer aquello que fuera “lo mejor para todos”, desde la paz sentida con tal actitud —desde una paz que nos envuelve y de donde en realidad ya hemos retirado nuestro ego sin esfuerzo, y donde nos dejamos atravesar por la verdad de lo que somos.

Esta actitud solo algunas veces nos puede llevar a actuar de forma tal que tengamos que abandonar natural y pacíficamente por ejemplo un trabajo, una relación, etc. —pero esto no tiene por qué ser ni la norma ni lo usual. Recordemos que es el ego quien suele hacer los caminos “espirituales”, pues, como sabemos, es el ego quien habla siempre primero, y, entonces —con él de compañero— enseguida tiraremos las cosas por la borda, sin más ni más, y nos pondremos por ejemplo a romper una relación de trabajo, etc.

Apuntes para hablar del cinismo estructural  (en esta sección es todo de mi cosecha)

Los cuerpos del mundo:
— por ejemplo las corporaciones capitalistas;
— o el mero funcionamiento de una ciudad como ente en gran parte aislado de “la naturaleza” que la alimenta, aislado con instituciones mediadoras cuyo interés es a veces hasta solo meramente destructivo (y con instituciones que alimentan también por ejemplo la creencia en la enfermedad, es decir, en la imposibilidad de la auto-curación natural del cuerpo, etc.);
— o bien el mismo cuerpo físico individual, con sus supuestas “necesidades”…

…todos los cuerpos del mundo… proporcionan estructuras donde a menudo nos puede parece extraordinariamente difícil tener una actitud de “intereses compartidos”, tanto colectiva como individualmente.

Nos puede parecer absurdo, estructuralmente absurdo —cínica y estructuralmente absurdo— el ni siquiera plantearnos empezar a tener una actitud así —en un medio tan “estructuralmente catastrófico”.

Es fácil, entonces, en el mundo, y según nos parece tan claramente “malo”, volverse cínicos y entonces traicionar o traicionarse uno mismo en cada “aquí y ahora” (esto sería lo falsamente “natural” una vez que por defecto “alimentamos ego”, inercialmente, al venir aquí).

Por ejemplo tenemos la estructura de una gran empresa, donde se tiene que servir sobre todo a los inversores, dándoles parte del beneficio, y por ello con más o menos prisa por obtenerlo en abundancia. Es difícil, como comenta Wapnick, establecer un diálogo donde se negocien medidas “por el bien de todos”, intentando satisfacer las necesidades percibidas por todos los diferentes involucrados en “el negocio” —unas medidas que conducirán de entrada en el corto plazo a un descenso en los beneficios de la empresa— en un intercambio de opiniones y datos que fuera realmente efectivo —con por ejemplo los consumidores o con entidades que tengan que ver con la salud pública, el medio ambiente, etc.

Pero “claro”, como resulta que “manda la economía”, es decir, como hay una jerarquía basada en quién tiene más, y dentro un “libre mercado” que en realidad no existe, entonces, no está estipulado que las instituciones se abran al principio de “intereses compartidos” —no masivamente. Por tanto, lo que hacen estos “casos normales” es, simplemente, reflejar ahí “fuera” nuestro masivo sistema interno de pensamiento: el del “ego”, que contiene ese “principio de escasez”, etc.

Y es que… a veces cuesta mucho el poder siquiera empezar a hablar de todo esto y de forma tan simple, una que no esté quizá tan lastrada por las variadas inercias del ego, por las categorías de pensamiento económico, etc. —imaginémonos hasta qué punto está enroscada la culpa aquí, en las inercias económicas.

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* sobre la verdad como proceso y sobre la filosofía… tenemos unas concepciones muy “espirituales” aunque no se reclamen de esa “vía”. La verdad es un proceso de cierta fidelidad a sí-mismo, a un sí-mismo o un “yo” que en realidad está fuera de todo “yo mundano”, de toda individuación mundana; la verdad se construye independientemente de toda individuación inercial mundana.
Estas concepciones las tenemos por ejemplo en la filosofía contemporánea que en parte pretende seguir la filiación de la tradición filosófica —en concreto por ejemplo “platónica”. Se trata de Alain Badiou. Éste, por así decirlo, parece haber estado “muy conectado” con el Espíritu Santo :), en este sentido, para poder hacer un pequeño sistema que como ya decíamos os puede ser útil como transición entre:
filosofía-conceptos-ego, y
— la directa y simple “espiritualidad” (mística) de por ejemplo el curso de milagros, donde tenemos una verdadera y simple “respuesta” ante este “todo” que no existe (el “todo” del universo o cualquier otro sistema de realidad, siempre en el fondo incompletos, imposibles, pues en realidad sentiremos que no existen).
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