La astucia en el trato con el propio cuerpo. El poder del desvío. La elección. Feldenkrais: ¿la “desprogramación parcial” del ataque basal o “conflicto básico” mediante el cuerpo? «Hay elección» es el mensaje universal-“terapéutico”   Leave a comment

playing a game, de yewenyi, en Flickr

Índice: 

– Introducción: algo muy básico sobre artes marciales y Feldenkrais
– El ataque es fundamental
– La jerarquía en el no-problema del cuerpo y la mente

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No he practicado artes marciales, pero por lo que parece se trata de aprovechar el ataque —o la “energía” de un supuesto ataque— del contrincante, para que éste se derrote a sí mismo.

Es decir, es una especie de transmutación donde la “violencia”, o lo que al principio puede parecer violencia del contrincante (afán de “destruir por destruir”) se convierte en casi nada al ser contrastada con cierta inteligente “agresividad natural” de quien se defiende —que quiere más bien componerse con el contrincante y “usarle” como medio para alcanzar el resultado que sea “mejor para los dos”.

Aquí vamos a hablar de la técnica corporal de Feldenkrais —que sí he practicado en su modalidad grupal, y que “me han practicado” un poco en su modalidad “a dúo”. Vamos a comentar sobre ella teniendo en mente este ataque imaginado en las “artes marciales” 🙂

Antes, aclaremos algo todavía más global sobre eso que llamamos “espiritualidad”: podríamos resumir la base de cualquier “trabajo espiritual” de la misma forma en que lo hemos hecho ahora mismo:

aprovechar aquello que nos (auto-)derrotaba, para ahora con ello nutrir el movimiento de una cierta “expansión de nuestra consciencia”.

Con ello, nuestra “felicidad real” va a verse automáticamente nutrida por el hecho de que —con ese nuestro “trabajo”— vamos a comprobar que “podemos ganar todos a la vez”, pues siempre existen salidas virtuosas para todo. En esas salidas podemos ganar todos (ver nota para ampliar* sobre esto).

Así que se trata de aprovechar el movimiento constante de auto-ataque en el que vivimos (ese que nos hicimos durante toda la vida casi sin darnos cuenta) y que quizá ahora o en algún momento hemos podido percibir más claramente.

Ese movimiento es todo aquello que nos hizo “daño” y que podemos aprovechar usando esa misma energía que nos dañaba (y que mantenía las “secuelas”) para con ella revertir el proceso, por así decirlo.

Este “proceso” lo podríamos llamar “deshacimiento del ego”, es decir, en general: de las inversiones “narcisistas” que tenemos en todo aquello que es de todas maneras hoy “nuestro asunto”, nuestro quehacer —sean cuales sean nuestro quehaceres (ver nota sobre el ego **).

En definitiva, hemos descrito improvisadamente “la filosofía” de las artes marciales tal que así: nos rendimos a un “bien mayor”, en un cierto arte del desvío y de la composición de fuerzas e intenciones, haciendo que el contrincante (y nosotros con él) se rinda en una especie de “todo” mayor, o en un “bien mayor” y englobante (en realidad, partimos de la base de que, aunque no lo parezca y no nos lo creamos, siempre todo confabula hacia lo mejor en cualquier situación —si nos dejamos, ya que si miramos honestamente nuestras vidas normalmente los obstáculos los hemos puesto nosotros mismos).

Se trata por tanto de que en esa situación “marcial” inventada, debemos controlar el mantenernos abiertos, en una cierta apertura en la situación. Buscamos abrirnos para que se pueda componer algo “mejor” a través de todos nuestros movimientos —y otros ingredientes—, en una composición que además buscará parecer muy espontánea.

Esto es también en cierto sentido la esencia del verdadero perdón, como actitud “sabia” en todas las situaciones de la vida (ver anteriores artículos, por ejemplo donde perdonábamos los accidentes).

Por cierto, que al igual que en Feldenkrais, sucede que en este ataque imaginado hay un actor en escena, un gran actor secundario importantísimo: el suelo. Así nos dejamos llevar habiendo quizá aprendido ciertas técnicas de “lucha” que faciliten ese fluir y con el fin de que las consecuencias del ataque sean “las menos malas” para todos los “participantes”.

La filosofía del método Feldenkrais, del que ya empezamos a hablar aquí en el blog, se dirige hacia esto mismo, pero aplicado incluso solo a uno mismo, uno consigo mismo (algo incluso para añadir a “la filosofía de vida”, si queréis decirlo así).

Ahora bien, todo esto sobre el ataque imaginado no era anecdótico, pues:

El ataque es fundamental

El cuerpo propio, el de cada uno, siempre se está atacando a sí mismo, en el sentido de ponerse límites que ya no tocan, que están a contratiempo, desacompasadamente. Mejor dicho: nuestra mente utiliza el cuerpo para terminar atacándonos nosotros a nosotros mismos. ¿Cómo? Haciendo sobre-esfuerzos, incorporando lo que se llaman “vicios” a lo largo de la vida, inadvertidamente, y en casi todos los movimientos.

Un vicio es algo que acompaña a un movimiento y que está de más, pues en él perdemos energía, perdemos ganas, motivación, innecesariamente; un vicio nos dificulta entonces la buena ejecución de lo que en realidad perseguimos hacer (aunque solo sea ir poco a poco estando más en paz).

No nos damos cuenta de los vicios, y por eso se llaman así. Pueden arruinarnos la vida y “nos los estamos haciendo” nosotros a nosotros mismos. Es decir, fueron en realidad casi “voluntarios”, aunque nos hayamos olvidado de tal momento precipitado de “voluntad”. Es muy común hablar del tema de los vicios por ejemplo al aprender a tocar un instrumento musical.

Así que el cuerpo actúa a modo de espejo final para lo mental, para la mente.

Y aclaremos ya que esta visión desconcertante sobre límites y ataque es algo todavía más generalizable, pues toda la vida por entero es el resultado de —para bien y para mal— la agresividad que naturalmente debemos exhibir siquiera para poder vivir —empezando por el parto, donde nos abrimos paso en una situación de natural agresión.

Obviamente, el hecho de que así sea —que el universo requiera de una participación clara y naturalmente agresiva— tiene consecuencias.

De hecho, en realidad, el fundamento para todo en este mundo es un cierto ataque básico, “basal” (algo que se ha llamado, creo: “conflicto básico”).

Por ejemplo, tal y como lo contaba el psicólogo Winnicott en Realidad y juego, para poder relacionarnos con las cosas, es decir, para dejar de simplemente fundirnos con el ambiente, de niños, tenemos que “destruir” mentalmente las cosas (y a veces también las destruimos literalmente, para la desazón de los Reyes Magos).

Vivimos, pues, en un mundo que en realidad está poblado por lo que son literales “cadáveres”: los objetos, salidos de nuestras profundas y necesarias fantasías —fantasías que son básicamente de ataque, de ese ataque basal (ver nota ***).

La forma en que nos ponemos límites en la mente afecta al cuerpo; es decir, el cuerpo se ve tocado también cuando aceptamos las creencias que otros tienen sobre nosotros, sus juicios. Por ejemplo tenemos la siguiente “creencia”, aceptada, que debe ser clásica y aparentemente banal —aunque conforme una parte de nuestra historia corporal— y que sería la de que…:

“eh, tú, ya hay que ponerse a andar, ya mismo, y solamente andar, tú, niño” (a una determinada edad en la infancia), “y para así ser cuanto antes adultos”.

Pese a que es cierto que a veces nuestra estructura fisiológica puede requerir aprender ciertas cosas en determinados momentos y no en otros, sin embargo, está el problema de la actitud.

Así, vemos en todo esto que el cuerpo ha sido “tocado” por las actitudes y creencias que aceptamos que influyan sobre nosotros en situaciones donde parecemos ser intrínsecamente vulnerables (de pequeños). Y, por tanto, desde el cuerpo podremos desandar ciertos caminos —con métodos como el de Feldenkrais.

Así, las creencias o juicios de “los demás” quedan parcialmente impresos en nuestra aceptación más o menos precipitada, porque así lo queremos, y en el cuerpo.

Aparentemente heredamos una serie de vicios que nos parecen naturales, que conforman nuestra personalidad (fabricada por tanto esencialmente con un auto-ataque, con una especie de “descuido cósmico”). Estos vicios vienen de todas esas situaciones donde por ejemplo, cuando éramos muy pequeños, tuvimos que elegir rápidamente soluciones de compromiso en la acción, ante la necesidad de actuar, pero cuando aún no teníamos los medios ni el aprendizaje que “habrían sido necesarios” (aunque solo sea el “medio” de tener “más tiempo para pensarlo” 🙂 ). Por esto podemos entender lo importante que es la actitud: por ejemplo una de “nos va la vida en ello”, con la cual perdemos la paz quizá en tanto que padres, o quizá como hijos, etc. Una actitud así no es lo más útil.

Así, una fuerte carga energética en una situación de vida —es decir, con una “emoción” fuerte— ayudó a que nuestra mente ordenara grabar algo en el cuerpo. Esto se hace a menudo de forma precipitada, a través del poder espontáneo que tiene nuestra mente para modelar la auto-imagen, que refleja de cierto modo este proceso de grabación en los niveles que no podemos ver —como vemos en Feldenkrais. (Quizá además de como grabación podríamos verlo como cierta “descarga” de “datos”.)

Así, cuando nos identificamos con el cuerpo, nos estamos identificando en parte con un patrón caótico de vicios que son en parte respuestas improvisadas y grabadas en malas condiciones ante las inevitables situaciones imprevistas que contiene necesariamente la vida.

Entonces, la confluencia entre:

— estos patrones y

— nuestras pocas ganas de “mirar más ampliamente” la vida

…terminan creando patrones de ataque, que “animarán” las a veces terribles compulsiones en las cuales más o menos “vivimos” creyéndonos “cómodos”, y que a veces nos hacen envejecer, languidecer, etc.

Se trata aquí de todos esos aspectos compulsivos en nuestra acción, y que mucha gente aún solemos exhibir en la relación global individuo-mundo que somos, que incorporamos, en esa nuestra “relación constituyente” en la cual en realidad vivimos.

Sin embargo, cuando encontramos más ganas de tener una “mirada amplia” sobre los patrones de respuesta y sobre la vida, le mandamos a la mente un maravilloso mensaje de libertad: “hay elección” (****).

Así que existe un proceso de “impresión corporal”, donde la “máquina” que imprime o descarga aquí las cosas es esencialmente algo que no vemos (la mente), y que no tenemos ni idea en realidad de lo que es aunque lo seamos muy íntimamente —y que por tanto es fundamental y puede actuar “para el bien de todos” si nos dejamos.

Este proceso de impresión o grabado del que hablamos, en el cuerpo, podríamos verlo como actualizando el “peldaño más bajo” en la película vital de mundos probables donde plasmamos la “escala dual de mente-cuerpo”.

Pero, la verdadera sanación a veces puede venir de cualquier lado y, en realidad, no entiende de grados, pues nunca sabemos qué consecuencia tendrá ese mensaje elemental del que hablábamos, ese que le mandamos a la mente con casi cualquier tipo de “instrumento” (cuerpos, radiaciones, medicinas…): ¡hay elección, puedes cambiar!

La relación mente-cuerpo está “jerarquizada” —hablando lo más generalmente posible. Enseguida hablaremos más de ello. Esto lo podemos comprobar en Feldenkrais, al constatar el cierto poder “regulador” o amplificador que tiene la simple atención puesta en el cuerpo, en un cierto juego con la atención, el movimiento, y sus “desvíos”.

En el Método se usa la atención puesta sobre todo en los momentos de “silencio corporal”, cuando el cuerpo descansa entre los forzosamente sutiles movimientos, permitiendo que “algo” se registre, por así decirlo —equilibradamente— en nuestra mente, y sin nuestro control consciente. A veces, ya con solo hacer eso, “conseguimos” tener un movimiento ya no tan cargado con tantos esfuerzos innecesarios, y, por tanto, algo más “equilibrado” o ajustado a nuestras posibilidades en cuanto a “estar en paz”, a sentirse libres: en cuanto a que nuestra relación yo-mundo sea “más redonda”.

De este modo también podemos por ejemplo alcanzar algunas metas que de otro modo no podríamos, y cuando así lo queramos, en algún ámbito especializado donde queramos alcanzar nuevas metas en cuanto a nuestras capacidades: voz, movimiento, etc. Se trata pues del aprovechamiento de esa cierta astucia inherente a la relación mente-cuerpo, cuya naturalidad virtuosa está obstruida constantemente por nuestra relación basal de ataque, limitante.

Dicho rápidamente: nos resistimos a ser mente; nos resistimos al hecho de que la mente es en cierto modo más importante que el cuerpo (aunque en realidad no se pueden comparar).

Y esta resistencia es parte de lo que en realidad nos causa la infelicidad —pues a la vez y por ello no queremos ver que somos nosotros la causa de esta infelicidad.

Pero, en una vida u otra, “combatiremos” dicha infelicidad aunque sin luchar, con esa astucia “a lo oriental”: con el “trabajo espiritual”, y quizá usando algunas “técnicas corporales” dentro de este absurdo tiempo lineal 🙂 (técnicas como esta tan maravillosa de Feldenkrais).

La jerarquía en el no-problema del cuerpo y la mente

Hagamos entonces una aclaración rápida sobre el tema de la “jerarquía” mente-cuerpo —algo tan difícil de tratar por ser demasiado simple para nuestros egos (que aman la complejidad y las identificaciones con las complejas y fatigantes aventuras corporales).

Se trata de la obvia jerarquía que existe a grandes rasgos entre “mente” y “cuerpo”, en la cual “gana” la mente o lo subjetivo (y menos mal que gana ella).

Esto es así simplemente y por ejemplo porque nuestra consciencia esencialmente no muere (el nacimiento no es el principio, ni la muerte es el final).

El mismo Feldenkrais reconoce esta jerarquía explícitamente en el maravilloso libro tardío titulado La dificultad de ver lo obvio. Allí (un libro también práctico, como son casi todos los muy pocos textos que escribió), Feldenkrais, ya más viejo y más sabio, y a pocos años de morir, dejaba la última visión escrita sobre su método para el trato de la vida y del cuerpo.

En esta visión “final” él insiste varias veces en que había terminado por darse cuenta de que la realidad subjetiva es mucho más amplia que la objetiva. Así lo expresaba.

Aparte, y en clara relación con esto, también confiesa en el libro una sensación de vanidad, o de “automatismo” inercial, que le abordaba cuando expresaba las ya manidas ideas científicas por ejemplo sobre evolución (ideas que expresaba en otros libros con mayor seguridad, pues en ellos no le vemos alertando sobre esta sensación de sentirse idiota o “automático”).

Tras una vida donde, aparte de hablar de su método y de practicarlo, acompañaba esto de ciertas visiones “científicas” (en sentido moderno de la palabra) sobre los asuntos humanos —hablando de por ejemplo “la evolución”—, tras ello… parece que empezaba a integrarse en él una cierta cierta “sabiduría” mayor, más englobadora —por lo que denotan sus palabras aquí, en esa clara afirmación sobre la importancia de “lo mental”.

Así, es muy fácil unir los cabos que ya están en su obra: lo subjetivo es más abarcador o englobador; y ese modo de ser englobador tiene los efectos que él mismo pudo comprobar durante toda su vida.

En realidad cualquier observador honesto de lo que le pasó al mismo Feldenkrais en sus propias experiencias de auto-curación —o en las de mucha otra gente— podrá reconocer que está claro que lo que aquí “manda” o nos cuida es, por así decirlo, algo que en esencia no podemos controlar y que engloba lo que podríamos llamar “el funcionamiento mecánico de la objetividad material” (pero solo lo hace cuando dejamos que lo haga libremente, pues normalmente obstruimos la composición natural de los fines, normalmente obstruimos el “bien mayor” del que hablábamos arriba, pues inconscientemente preferimos el ataque basal, ya que al mundo por defecto venimos a reprogramar tal ataque basal).

Todo el mundo puede experimentar esa especie de “magia con la auto-imagen” ya solo en lo que al mero cuerpo toca, mediante una simple clase de Toma de Conciencia por el Movimiento. 

El método Feldenkrais está al parecer ya bastante implantado en algunas partes de Europa, y por ejemplo no tanto en “mi país”, España. Lo natural sería que, como se trata básicamente de un juego, todos estuviéramos disfrutando de esto desde la infancia. Pero bueno, no pasa nada. Y en Europa, por cierto, también está más implantada otra cosa maravillosa: el revolucionario método de Alfred Tomatis para la integración de nuestro ser, pero, en este caso, abordándola con el oído y el sonido como instrumentos, en una concepción revolucionaria sobre el oído y sobre el papel que éste tiene en nuestra entrada en el mundo físico.

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* Hay, por cierto, muchas cosas que, en los próximos siglos, saldrán en ese sentido a nivel global, civilizatorio, en el sentido de “liberación”, pues aparte de las patentes que sí se van a usar casi ya mismo (aprovechamiento en Europa del hidrógeno del agua como combustible para muchos vehículos) hay muchas otras patentes que hemos “escondido” aposta del uso de la humanidad —relativas a la llamada energía libre, o a sistemas mecánicos más eficientes. Es un infinito etcétera dentro de este guión que llamamos “universo” (un universo acompañado por cierto de muchos universos probables, y muchas otras sorpresas).

** El “ego” es por ejemplo nuestra inversión en “ser especiales” que siempre acompaña las actividades, ya que siempre queda algo de esa inversión que en realidad entorpece nuestra felicidad o alegría en lo que sea que estemos haciendo —sea esto más o menos provechoso para nosotros o “para la humanidad” (y muy en el fondo este no es el tema, el del “provecho”, pues nosotros no podemos evaluar con nuestras herramientas qué será lo más provechoso para el universo, y sí que podemos —o “debemos”— evaluar hacia adentro: nuestra paz y felicidad, ya que es desde un estado de paz como podremos dejar de extender más y más conflicto, como normalmente hacemos).

*** Si se quiere ampliar el importante tema de la “agresividad natural”, aparte de leer a Winnicott en Realidad y juego, se puede también leer lo que dice de ello Seth, un Seth que como siempre es todo lo claro que puede, y que habla siempre de cosas bien fundamentales. Y también, finalmente, todo esto queda englobado en la simple, definitiva y para mí necesaria visión de Un Curso de milagros, por la cual “sabemos” qué es lo que dio origen a este universo(s): un cierto ataque, sentido ilusoriamente a nivel mental, ya que si creemos estar aquí, poblando cuerpos, es solo porque en cierto modo nos auto-atacamos —porque en lo esencial ni siquiera somos cuerpos.

**** Podemos en realidad entender y salvar en nuestro corazón por ejemplo muchas de las llamadas “terapias alternativas” precisamente porque en lo básico lo principal es que están mandando ese mensaje a nuestra poderosa mente: hay elección.

 

 

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