La razón de la sinrazón del mundo: comentando «Las leyes del caos» en Un Curso de milagros   Leave a comment

K-Play Challenge Fractal, de Cre8iveDoodles ~ Has been ill…Back Soon! En Flickr

«Tú que crees ser cuerdo y caminar por tierra firme en un mundo en el que se puede encontrar significado, considera lo siguiente: Estas son las leyes en las que parece basarse tu “cordura”. Estos son los principios que hacen que el suelo que pisas parezca firme. Y es ahí donde tratas de encontrar significado…» (UCDM. Cap.23)

Quizá resulte un poco resbaladizo el capítulo 23 del curso de milagros, en el apartado de las leyes del caos, que comentaremos aquí abajo, por partes.

Se “entiende” mejor si seguimos leyendo el capítulo siguiente, pues el 23 en cierto modo sirve de presentación para lo que se hace en el 24: incitar a mirar de frente nuestro deseo de ser especiales (el “sustituto del Amor”) y poder así “perdonar” este deseo (o, digamos, “entregarlo a la luz”).

Y, como siempre, recordando que no somos realmente nosotros quienes “perdonamos” nada, ya que en definitiva no existe ningún “nosotros”, ningún yo separado. El perdón —que es lo único que nos acerca a la realidad en este mundo— es como sabemos cierto “dejarse hacer”, al aceptar la apertura a un cambio de percepción en la mente, cambio que nos hace más naturales o más “comunicados” con esa nuestra “esencia” que se encuentra “fuera” de toda necesidad de percepción (en realidad “fuera” de “nada”, pues el “reino” de la percepción no es nada, en todas sus “dimensiones”, etc.; es solo un salón de clases para aprender a regresar, y que nosotros mismos hemos proyectado).

Esta parte de las leyes del caos es quizá uno de los lugares donde más notamos la falta de interés que el curso tiene por dárselas de ser algo “intelectual” o sistemático. No quiere que se confunda esto con filosofía o teología, como ya sabemos, pues todo esto es simplemente para “escaparse” del mundo, en el buen sentido de escapar: “escapar” de la creencia de mundo en la que nos hemos envuelto para nuestro auto-infligido martirio. Y no se trata de lucirse en el preciosista mundo de los conceptos para glorificar un mundo, un universo o universos que, en realidad, todos veremos un día —y esbozando una amplia sonrisa, si no directamente una carcajada— que no merecían tanto la pena.

Podemos comentar este texto aunque recordando como siempre que el curso es algo para ser rápidamente aplicado a nuestras vidas —y ya está. Quizá los comentarios y traducciones anteriores en este blog (o lo que podemos encontrar por el mundo) pueden animarnos a la simple práctica en que consiste esto. Por ello tradujimos a Wapnick en varios textos, en unos pasajes muy prácticos que encontramos en sus comentarios (sobre confianza, intereses compartidos, el mensaje a Bill, pensamientos mágicos, etc.), pues Wapnick comenta todo de forma clara, como ya lo hace el propio curso de milagros.

Todo se trata aquí de tener claro el porqué y el para qué estamos aquí en el mundo —o más bien: creemos estar aquí, parecemos estar aquí. Por tanto, y como vimos ya en otros sitios aquí, todo se trata de responder sencillamente a la cuestión de “qué significa vivir” 🙂 (quiénes somos, de dónde venimos y a dónde vamos 🙂 )…, cosa esta a la cual la gente respondemos a veces de forma espontánea con nuestro simple ejemplo de vida, incorporando la respuesta como forma de vida, y sin necesidad de hablar o pensar sobre ello (cosa esta que quizá a veces se da mejor cuando somos “ancianos”, si es que nos ablandamos tras pasar las experiencias de bendición y perdón que la vida puede contener, por las cuales relativizamos —en el buen sentido— todo este mundo de ilusiones sin sentido).

Este apartado de las leyes del caos empieza a hablar así de ellas:

«La primera ley caótica es que la verdad es diferente para cada persona.»

Para manejarnos en el nivel de la práctica (llamémosle “nivel 2”) no podemos negar que todos creemos en la verdad de esta “ley”, así como en la de las otras “leyes”, que quizá resulten algo más extrañas que esta primera, o más imprecisas o exageradas para nuestros egos.

No podemos simplemente negar el ego desde nuestro propio ego, y así anularnos en una especie de vacío, también inventado por el ego. Por eso es por lo que la voz del curso de milagros habla sobre el “ego” en general: para animar a mirarlo sin miedo, viéndolo en su crudeza, sin tener que analizarlo en realidad, pero sí viéndolo en tanto que sistema de pensamiento demente —y así poder trascenderlo (como sabemos, toda causa es mental, los cuerpos en el fondo no hacen nada, etc.).

Si intentamos llevar a cabo por nuestra cuenta dicha negación, entonces nos veremos en problemas. La cuestión es realizar la negación de lo falso a través de la unión con nuestro Ser, del llamado “Espíritu Santo”, pues si no lo hacemos así, seguiremos estando en un mundo de adaptaciones o “ajustes” (como también los llama el curso) —adaptaciones y ajustes “egoicos”, en el reino del ego, el de la percepción.

Otra cuestión es la existencia, clave, del nivel 1.

Este es el nivel fundamental desde donde entender por qué podemos y “debemos” perdonarlo todo. Desde aquí “entendemos” el mundo, es decir: nos damos cuenta de que aquí no podemos comprender absolutamente nada de lo que vemos como “estando fuera de nosotros”, y que lo que estamos haciendo es simplemente perdonar toda percepción (sintiendo que nada está fuera de nosotros y que tiene un brillante propósito en nuestro despertar) en un “aquí” que un día todos veremos simplemente que no existió.

Esa base es “metafísica”, pero, como comprenderemos, se trata de “la última metafísica”, y para salir de toda metafísica, filosofía o teología, pues no hay nada fuera de nosotros (puede ser que esas actividades “intelectuales” sean ya nuestras “ocupaciones mundanas” y ocurra que de cierto modo de ellas depende nuestra “subsistencia” o nuestra “vida” en tanto que egos del mundo. Entonces, claro está, estas “actividades” intelectuales podrían seguir siendo casi “las mismas” que “antes” de nuestra total aceptación del milagro que somos, y tras haber “ofrecido nuestras vidas” de forma consistente al Amor. Un vez hecho eso, ya dará igual en el fondo casi todo lo que hagamos en el mundo de la forma, pues ya no estaremos en el control egoico de todo ello, sino que habremos dejado paso a que la simple verdad tome las riendas de esta “nada” donde parecemos estar).

Por tanto, para poder “trascender el mundo”, “debemos” reconocer que creemos en esta ley del caos —si es que estamos en algún camino espiritual “serio” :). Pero este reconocimiento ocurrirá sin por ello sentirnos “más especiales que los demás”, aunque nos hagamos “canales” para una paz que no es de este mundo.

Así que cualquier “gurú” que haga de “padre”, etc., y que en general no deshaga su “ego espiritual”, no estaría en realidad en ningún “camino serio” :).

Esta es la gran paradoja de “lo espiritual”, susceptible de encontrarse con muchas trampas —y en realidad es una paradoja que refleja la otra paradoja o esa auténtica nada que es en sí el ego, en tanto que nosotros apoyamos ego no siendo realmente unos “egos”: todos algún día nos encontraremos de repente siendo aparentemente cada vez más “especiales”, “diferentes”, en la posible interpretación mundana que el mundo haría de nuestra condición, del resultado de nuestros cambios internos (por ejemplo por el hecho de irradiar de forma natural más paz que antes, o bien aparentemente más paz que otras personas por lo general… y sea lo que sea que hagamos en la vida falsa que llamamos “vida”).

Pero, en realidad, solo estamos siendo más naturales, por fuera de la batalla del especialismo del ego.

La interpretación que el ego hace de las diferencias es siempre una de oposición, aunque no lo notemos; nuestra mente siempre está auto-atacándose enfocada en el “pensamiento ego”, por defecto. Así, todo cambio y toda diferencia es interpretada en principio por nosotros desde el ataque.

El curso aclara que esto se debe a que el origen de toda experiencia de cambio fue para nosotros la experiencia de la separación ilusoria con respecto a nuestra Fuente, a Dios. Y esta separación vino cargada con una interpretación de ataque, con la interpretación o sistema de pensamiento egoico: pecado-culpa-miedo, el cual ahora estamos deshaciendo con el perdón de toda percepción y con la gloriosa salida de este infierno de “diferencias interpretadas con ataque”.

Así, dejamos paso a la verdad no-dualista en nuestras vidas (Amor), dejando que las vidas se abran a la verdad de lo que somos, a esa verdad que trasciende las diferencias mundanas, es decir, que trasciende esta primera ley del caos.

Nuestra verdad —a la cual “subimos” a través de la aceptación del Espíritu Santo como canal de regreso a Dios— ni siquiera ve las diferencias, o, mejor dicho, las ve deshaciéndolas a través nuestro en la percepción compartida que es este mundo. Esta verdad es una verdad que nos enseña una nueva percepción más universal, “milagrosa”, de forma inmediata, en todas las situaciones en las que así nos abramos, haciéndonos ver, en nuestra percepción, que realmente todas las diferencias son ilusorias, y que lo son por igual.

A su paso, tras esa “enseñanza”, pueden quedar efectos en el mundo: efectos de reunificación, de “solidarización”, de universalización (por ejemplo una verdad en fundamentos de las matemáticas, que ahonda en los principios de cierto modo universalizando la perspectiva). De ello y de otras cosas, por ejemplo sobre esta diferencia entre ajustes y cambios reales, hablaremos abajo, en una larga nota aparte *.

«Al igual que todos estos principios, éste mantiene que cada cual es un ente separado, con su propia manera de pensar que lo distingue de los demás.»

En el mundo puede parecer que estamos separados; en la realidad no lo estamos, y sabemos que no nos hace falta.

Desde aquí interpretamos la no-separación (nuestra unión con Dios, que fue lo que rechazamos ilusoriamente para dar paso a la percepción o “consciencia”) como un estado quizá agobiante, aunque no sepamos de qué va. Y esto se explica por lo que ya dijimos: nuestra interpretación para el cambio está sesgada por el sistema de pensamiento (“ego”) desde el cual interpretamos nuestra primera experiencia de cambio, ilusorio.

«Este principio procede de la creencia en una jerarquía de ilusiones: de que algunas son más importantes que otras, y, por lo tanto, más reales.»

Lo mismo da la salvación de una piedra que de nuestro cuerpo, pues ninguno existe realmente ni están separados, y no se pueden “salvar”: solo se salva la mente que creyó poder estar aquí, separada de su Fuente. Y solo se salva cuando así lo elige dicha mente, pues todos tenemos un sagrado “libre albedrío” que nos permitirá un día elegir el regreso a Dios, en vez de elegir nuestro constante sacrificio en esta muerte repetida en mil ciclos absurdos.

«Cada cual establece esto para sí mismo, y le confiere realidad atacando lo que otro valora. Y el ataque se justifica porque los valores difieren, y los que tienen distintos valores parecen ser diferentes, y, por ende, enemigos.»

Fijémonos en qué observación más interesante hace aquí la voz: la realidad de este mundo, basada en ataque a Dios, como dice el curso, es reflejada en el modo con el cual el curso dice que otorgamos realidad a lo falso, a esa jerarquía de ilusiones que por defecto es este mundo —si no nos hemos integrado aún al Espíritu Santo en el mundo real y puesto aquí, en vida, un pie fuera.

Así, “los diferentes” no pueden dejar de parecer enemigos entre sí, pues el origen de este universo fue conferirle realidad a la separación atacando nuestra verdadera naturaleza (ilusoriamente en la mente), y la construcción de todos los “valores” se hace sobre este ataque basal que se siguió de una fragmentación despistante.

«Observa cómo parece ser esto un impedimento para el primer principio de los milagros, pues establece grados de verdad entre las ilusiones, haciendo que algunas parezcan ser más difíciles de superar que otras. Si uno pudiese darse cuenta de que todas ellas son la misma ilusión y de que todas son igualmente falsas, sería fácil entender entonces por qué razón los milagros se aplican a todas ellas por igual.»

Podemos recordar que el objetivo del curso es un proceso de transferencia, en nuestra percepción, para que se distingan finalmente los dos bloques perceptivos y solo ellos (percibir “con el ego”, o percibir con el Espíritu Santo (E.S.)) y que así, inevitablemente, el “bloque ego” se disuelva cada vez más homogénea y naturalmente, dando paso al estado llamado “mundo real” (sin por ello destruir ninguna cualidad de la forma, sino aceptando el proceso de entrega y las posibles construcciones o disoluciones que se den en él, en el mundo de la forma, cuando soltamos el control egoico).

Y sigue confirmando esto:

«Cualquier clase de error puede ser corregido precisamente porque no es cierto. Cuando se lleva ante la verdad en vez de ante otro error, simplemente desaparece. Ninguna parte de lo que no es nada puede ser más resistente a la verdad que otra.»

Y sigue ya con la segunda ley:

«La segunda ley del caos, muy querida por todo aquel que venera el pecado, es que no hay nadie que no peque, y, por lo tanto, todo el mundo merece ataque y muerte.»

Somos un solo Hijo. Así, lo que dice esta ley no podría dejar de ser así en este mundo de locos. Todos tenemos que sostener esto dentro como base, si es que creemos que existimos separados de lo/s demás: o bien todos somos “pecadores” en nuestra percepción, o bien no lo es nadie. Solo nosotros podemos recibir la verdad de nuestra unidad en el Cielo aceptando esta percepción, una percepción corregida que para el ego-mundo significa casi la “locura” si la explicitamos.

Ya sabemos por qué el curso habla aquí tan drásticamente: desde allí donde la voz del curso se encuentra, se comprueba “experiencialmente” que todo lo que no es amor es asesinato. Se comprueba realmente que no hay grados aquí, en la ilusión, que aquí no hay jerarquía en las ilusiones, que todas son la misma ilusión de separación con respecto a Dios (Amor), y con el miedo que nos dio esto proyectado en infinitos mundos de demencia.

Las ideas no abandonan su fuente, y el mundo proviene de la idea de que fue posible asesinar a Dios.

Normalmente, como la voz también nos insta a comprobar (creo que también alguna vez en el libro de ejercicios) podemos ver que en la vida no hay nadie al que en algún aspecto no ataquemos, fragmentándolo en “aspectos”.

No hay nadie a quien salvemos totalmente de reprenderle por lo que él valora o por lo que él hizo. Nosotros, nuestro ego, no valorará las mismas cosas que sí valora esa otra persona a la que reprendemos; o bien nosotros “nunca hubiéramos podido hacer eso que él sí hizo”, y que es quizá un poco reprobable (o “muy” reprobable, pues da lo mismo: se trata de una condena que realizamos, condenando lo que son simples errores de “los demás”, unos errores que convertimos automáticamente en “pecados” en nuestra percepción (“consciencia”), multiplicando con ello el sufrimiento de todos).

No hay nadie a quien salvemos de toda tacha, a quien no queramos tacharle por algún aspecto de su ego. Y con ello, como decíamos ahora mismo, sufrimos todos, ya que la causa del sufrimiento es mental y solo se debe a haber elegido el sistema de pensamiento del ego. Así, perdemos y machacamos nuestro presente con la excusa de ver algún aspecto tachable ahí “fuera”, algún aspecto insalvable, poco perdonable, en “los demás”.

Solo nos atacamos a nosotros mismos, pues solo hay uno de nosotros, en el fondo.

«Este principio, estrechamente vinculado al primero, es la exigencia de que el error merece castigo y no corrección. Pues la destrucción del que comete el error lo pone fuera del alcance de la corrección y del perdón.»

Una vez que fragmentamos en aspectos y que otorgamos realidad a la visión egoica del otro como alguien fragmentado, estaremos todos igual de perdidos e igualmente “destruidos” en la ilusión de nuestra percepción.

«De este modo, interpreta lo que ha hecho como una sentencia irrevocable contra sí mismo que ni siquiera Dios Mismo puede revocar. Los pecados no pueden ser perdonados, al ser la creencia de que el Hijo de Dios puede cometer errores por los cuales su propia destrucción se vuelve inevitable.»

Lo cual es el “comienzo de los tiempos”, como sabemos, donde masivamente la mente se autocastigó al alimentar el sistema de pensamiento del ego que nos quiso convencer de que habíamos roto el Cielo, destruido a Dios. Así que ahora lógicamente dirá esto:

«Piensa en las consecuencias que esto parece tener en la relación entre Padre e Hijo. Ahora parece que nunca jamás podrán ser uno de nuevo. Pues uno de ellos no puede sino estar por siempre condenado, y por el otro. Ahora son diferentes y, por ende, enemigos. Y su relación es una de oposición, de la misma forma en que los aspectos separados del Hijo convergen únicamente para entrar en conflicto, pero no para unirse.»

La primera relación especial con el dios del ego, ese dios que fabricamos nosotros a nuestra imagen y semejanza para que reflejara nuestro ataque interior, queda reflejada en las relaciones especiales que conforman este mundo (familias, parejas, amigos), y que establecemos en la ilusión como programa.

Y ahora veremos expresar el principio del ego, la base de estos mundos de demencia, donde o bien gana uno, o bien el otro (no podemos ganar todos).

«Uno de ellos se debilita y el otro se fortalece con la derrota del primero. Y su temor a Dios y el que se tienen entre sí parece ahora razonable, pues se ha vuelto real por lo que el Hijo de Dios se ha hecho a sí mismo y por lo que le ha hecho a su Creador.»

Los aspectos del ego luchan entre sí en un fondo de “razonable” temor a Dios, pues habiendo alimentado el sistema de pensamiento del ego, creemos que todo a nivel mental es “muy grave”. Esa gravedad es luego heredada por este mundo donde el ataque y la muerte campean a sus anchas entre las desgarradas consecuencias de nuestra muy sufrida decisión.

«En ninguna otra parte es más evidente la arrogancia en la que se basan las leyes del caos que como sale a relucir aquí. He aquí el principio que pretende definir lo que debe ser el Creador de la realidad; lo que debe pensar y lo que debe creer; y, creyéndolo, cómo debe responder. Ni siquiera se considera necesario preguntarle si eso que se ha decretado que son Sus creencias es verdad.»

Recordemos que, constantemente, desde aquí, desde el mundo de cuerpos, estamos “transmitiendo” y reciclando por defecto el mensaje fundador a nuestra mente: “el pecado existe”, o lo que es igual: “la separación es real”; y, por tanto, “no hay nadie que no peque”, ya que en realidad somos una sola mente —de hecho aquí ni Dios es inocente :), afirmación que, como sabemos, es también “fundadora” :).

Estamos pues actualizando de continuo ese “no preguntarle” a Dios si las creencias que le atribuimos son en efecto esas. Sin embargo, todo el rato podríamos también pedir “percepción sin fragmentación”, “inocente”, a la voz e intuición que Dios instaló desde el comienzo (el E.S.), para no ver diferencias. Pero, en base a la primera ley (“diferimos todos por esencia, la falsa esencia del ego”), debemos siempre atacar algún aspecto de los demás, pues por defecto, a no ser que nos unamos con el E.S., toda diferencia será percibida desde el ataque.

Vamos entonces con lo que llama “tercera ley del caos”, en esta sección resbaladiza:

«Su Hijo le puede decir lo que ésta es, y la única alternativa que le queda es aceptar la palabra de Su Hijo o estar equivocado. Esto conduce directamente a la tercera creencia descabellada que hace que el caos parezca ser eterno. Pues si Dios no puede estar equivocado, tiene entonces que aceptar la creencia que Su Hijo tiene de sí mismo y odiarlo por ello

Claro que como Dios no ve nada de esto, todo es entonces una imaginación nuestra (montada como escenario para el dios del ego, el especialismo, el deseo de ser especiales). Ese dios del ego sigue siendo un dios, y no se puede equivocar, en nuestra imaginación. Nos inventamos pues el hecho de que “Dios” pueda relacionarse con (o aceptar) la demencia, y así, deba odiarnos por ello (odiando el reino de la percepción, de la demencia, justificándolo).

Como vemos entonces, una vez más, lo que hacemos es traer a la Luz para “bendecir” nuestra oscuridad de miseria; para bendecir los miserables regalos que nos hacemos creyendo que esto es real. Esto es justo lo contrario de lo que “debemos” hacer. Así, con ello, fabricamos este falso movimiento que es o fue el universo: el movimiento de distorsionar la Luz, de convertirla en el dios del ego para con él bendecir este reino de muerte y destrucción, reino que se deriva de estas mismas distorsiones mentales.

«Observa cómo se refuerza el temor a Dios por medio de este tercer principio. Ahora se hace imposible recurrir a Él en momentos de tribulación, pues Él se ha convertido en el “enemigo” que la causó y no sirve de nada recurrir a Él.»

Reconocíamos por la segunda ley nuestra oposición frontal al Amor, y ahora metemos definitivamente a éste en el embrollo, intentando que lo bendiga todo. Ni siquiera Dios podría revocar la segunda ley y, por tanto, nos tenía que condenar, pues no hay nadie que no ataque, no hay nadie que no peque, incluso Dios, que además sabemos que no se equivoca (no hay separación que no sea interpretada con ataque, donde todos de repente estamos separados y “atacados” por los mismos fantasmas).

Ahora hacemos incluso que Dios sea causante del mal, de ese mal que nosotros imaginamos y provocamos ilusoriamente.

Si Dios no puede estar equivocado, lo convertimos en el dios del ego: otro individuo loco más, en el mundo, que ataca se siente vulnerable, orgulloso, etc.

«La salvación tampoco puede encontrarse en el Hijo, ya que cada uno de sus aspectos parece estar en pugna con el Padre y siente que su ataque está justificado.»

Atacar a cualquiera está justificado en este infierno del ego, donde buscamos huecos donde hacer “progresar” nuestros mundos e intereses privados, justificados por este descomunal ataque ilusorio mentalmente realizado contra el Creador de la verdadera realidad.

«Ahora el conflicto se ha vuelto inevitable e inaccesible a la ayuda de Dios. Pues ahora la salvación jamás será posible, ya que el salvador se ha convertido en el enemigo.

» No hay manera de liberarse o escapar. La Expiación se convierte en un mito, y lo que la Voluntad de Dios dispone es la venganza, no el perdón. Desde allí donde todo esto se origina, no se ve nada que pueda servir realmente de ayuda. Sólo la destrucción puede ser el resultado final. Y Dios Mismo parece estar poniéndose de parte de ello para derrotar a Su Hijo. No pienses que el ego te va a ayudar a escapar de lo que él desea para ti. Esta es la función de este curso, que no le concede ningún valor a lo que el ego estima.»

Hemos pues descrito una batalla que podríamos ver que es sobre todo mental: por la existencia de grados en las ilusiones y por ser aquí todos diferentes, entonces no hay nadie que no peque, no hay nadie “inocente”, pues todos somos una sola mente.

Así, de este conflicto mental-mundano le hacemos garante a Dios mismo, para que dé el visto bueno, y eterno, a la demencia.

Ahora en la cuarta ley es como si pasáramos a un ámbito más aparentemente “corporal”.

«El ego atribuye valor únicamente a aquello de lo que se apropia.»

“Apropiarse” es con el sentido de ataque, de apropiación indebida: ninguna paz que no se haya conseguida con alguna “guerra” será de fiar; ningún dinero o ninguna energía que no se consiga o se base en algún proceso de destrozo, de “explosión”, o en juegos de conflicto… será algo de fiar —en el sistema del ego.

«Esto conduce a la cuarta ley del caos, que, si las demás son aceptadas, no puede sino ser verdad. Esta supuesta ley es la creencia de que posees aquello de lo que te apropias. De acuerdo con esa ley, la pérdida de otro es tu ganancia y, por consiguiente, no reconoce el hecho de que nunca puedes quitarle nada a nadie, excepto a ti mismo. Mas las otras tres leyes no pueden sino conducir a esto. Pues los que son enemigos no se conceden nada de buen grado el uno al otro, ni procuran compartir las cosas que valoran. Y lo que tus enemigos ocultan de ti debe ser algo que vale la pena poseer, ya que lo mantienen oculto de ti.»

Recordemos que los “valores”, relacionados con el mundo de las diferencias, fundados sobre el ataque a uno mismo (por el “hecho” de haber atacado aquí todos y por igual a nuestra Fuente, en nuestra imaginación) son pensamientos privados incomunicables. Así que es inevitable la ocultación de la que habla este párrafo, es intrínseca al mundo miserable que surge para implementar el sistema de pensamiento del ego (ideas no abandonan su fuente). La “pena” que nos merece, el que las cosas valgan la pena, para el ego, es en tanto que son cosas que los demás ocultan y que pueden ocultar (pues en realidad nada de esto existe, y esa es la “verdad” múltiple que mueve este mundo demente: especialismo).

Lo que el ego valora es en sí la ocultación, es “mi tesoro”, el tesoro de un Gollum, como meras oportunidades para poder “actualizar ataque”:

“tiene que haber algo más que poseer, algo más especial, con lo que sentirnos o hacernos más especiales… tiene que haber alguna experiencia “nueva” que desconozco, y que me salvará de mí mismo…” (más cuerpos, más bienes, etc.).

Ahora van el párrafo 10 y el comienzo del 11, muy claros:

«Todos los mecanismos de la locura se hacen patentes aquí: el “enemigo” que se fortalece al mantener oculto el valioso legado que debería ser tuyo; la postura que adoptas y el ataque que infliges, los cuales están justificados por razón de lo que se te ha negado; y la pérdida inevitable que el enemigo debe sufrir para que tú te puedas salvar. Así es como los culpables declaran su inocencia. Si el comportamiento inescrupuloso del enemigo no los forzara a este vil ataque, sólo responderían con bondad. Pero en un mundo despiadado los bondadosos no pueden sobrevivir, de modo que tienen que apropiarse de todo cuanto puedan o dejar que otros se apropien de lo que es suyo.

» Y ahora queda una vaga pregunta por contestar, que aún no ha sido “explicada”. »

Los “culpables”, lógicamente quiere decir “los que se creen culpables” —que somos aquí todo el mundo— pero que venimos a no responsabilizarnos de esa creencia y a proyectarla en el mundo, en lo demás y en los demás (queremos que todos sean los verdaderos culpables de nuestra debilidad, incapacidad, impotencia, sufrimientos, etc.).

Tenemos que apropiarnos a la fuerza de todo cuanto podamos: la inocencia, la paz… pero a la fuerza, con sensación de hacerlo “indebidamente”, es decir, con esa desconfianza fundamental que procede del falso origen del falso universo.

Recordemos que la pregunta que dice «no ha sido “explicada”», no requiere de explicación alguna, y por eso “explicada” va entre comillas: son unas “leyes” a mirar sin miedo, y a trascender, pues nada en el sistema del ego —y por ende en este mundo— tiene sentido, pues todo esto se originó en el pensamiento de que el Amor podía asesinar.

«¿Qué es esa cosa tan preciada, esa perla de inestimable valor, ese tesoro oculto, que con justa indignación debe arrebatársele a éste el más pérfido y astuto de los enemigos? Debe de ser lo que siempre has anhelado, pero nunca hallaste. Y ahora “entiendes” la razón de que nunca lo encontraras»

Como aclara enseguida Wapnick en su texto “El mensaje de…” (246): esa cosa es el especialismo, el deseo de ser especiales, de lo cual tratará el texto en el siguiente capítulo, el 24, para facilitar el perdón de tal deseo.

Como veremos en la quinta ley, este deseo sustituye al Amor que somos realmente, aunque no aquí, en el Cielo. Este deseo de ser especiales es por tanto la sustancia del mundo loco de ilusiones, de ese mundo que Jesús quiere que entendamos, en cuerpo y alma, gozosamente, que no existe.

Es pues nuestro sentido de ser un yo especial, individual.

Si miramos honestamente nuestras vidas, a menudo tan caóticas, vamos preservando nuestra nada de especialismo en el centro de la tormenta de muerte y destrucción. “Mueren” todos nuestros roles (padres, trabajadores…), incluso degeneran nuestras capacidades, y nos puede parecer (en el peor de los casos) que solo nos queda una dañina y “pura” sensación de “ser especiales” —nosotros, como individuos. Eso es la muerte.

Podríamos hablar aquí del papel de la nueva flexibilidad en el trabajo (cambios de trabajos obligados, etc.) y de la “flexibilidad” en las relaciones sociales en general; es decir, de las increíbles variaciones en nuestros roles que podemos tener hoy en día. ¿Cuándo tienen el papel de reforzar el ego, la creencia en la separación, en ese puro “ser especiales”?

«Este enemigo te lo había arrebatado y lo ocultó donde jamás se te habría ocurrido buscar. Lo ocultó en su cuerpo, haciendo que éste sirviese de refugio para su culpabilidad, de escondrijo de lo que es tuyo. Ahora su cuerpo se tiene que destruir y sacrificar para que tú puedas tener lo que te pertenece. La traición que él ha cometido exige su muerte para que tú puedas vivir. Y así, sólo atacas en defensa propia.»

Imposible dejar de pensar en la crucifixión de Jesús, como símbolo de todo esto, que fue sembrado en el mundo de vigilia para representar la auto-crucifixión que todos cometemos con nuestra esencia crística al creernos vivos en un reino de muerte y destrucción, como el de la separación (sea o no cierto que Jesús haya sido realmente crucificado en alguno de los infinitos y locos “universos probables” que según Seth existen con igual derecho que este).

Para robarle a Jesús esa inocencia que nos robó (pues el ego no puede pensar en otro sistema que en este: si alguien tiene algo, entonces íntimamente pensamos que nos lo ha robado), para robarle… claramente destruimos su cuerpo, lo sacrificamos. ¡Su cuerpo!

El rito mental del ego se hace aquí “material”, se materializa en estos casos extremos, representativos, simbólicos de lo que es este universo.

Pero, en realidad, todos aquí con la mente nos crucificamos constantemente, y crucificamos pues al único Hijo de Dios, que somos nosotros, unificado. Siempre estamos realizando este “rito”, rito que parece consustancial al sistema de pensamiento del ego —ese sistema que seguimos eligiendo todo el rato por defecto, el sistema del miedo.

Vemos pues implementadas metafóricamente las consecuencias del cuarta ley en el nivel de los cuerpos. Es, como dijimos, la crucifixión de todos nosotros.

«Pero ¿qué es eso que deseas que exige su muerte? ¿Cómo puedes estar seguro de que tu ataque asesino está justificado, a menos que sepas cuál es su propósito? Aquí es donde el “último” principio del caos acude en tu “auxilio”. Este principio alega que hay un substituto para el amor. Ésta es la magia que curará todo tu dolor, el elemento que falta que curaría tu locura. Ésa es la razón de que tengas que atacar. He aquí lo que hace que tu venganza esté justificada. He aquí, revelado, el regalo secreto del ego, arrancado del cuerpo de tu hermano donde se había ocultado con malicia y con odio hacia aquel a quien verdaderamente le pertenece. Él te quiere privar de ese ingrediente secreto que le daría significado a tu vida. El substituto del amor, nacido de vuestra mutua enemistad, tiene que ser la salvación.»

El sustituto del amor es el especialismo, y es algo imposible de compartir, pues nació de nuestra mutua enemistad que hemos descrito en las otras leyes.

Por eso, las “relaciones especiales” —amistad, pareja, familia…, que son el tema de capítulos anteriores—, son ese infierno que realmente vemos que son. Aunque, en el caso de las relaciones de “amor especial”, el odio está cubierto con una pátina de “amor” que en realidad en el fondo quiere asesinar (lo que no es realmente amor es asesinato).

El especialismo, basado en aquellos “valores” imposibles de compartir que en realidad dieron con el Cielo al traste, dio lugar a esta atacada jerarquía de ilusiones.

«Y no tiene substitutos, pues sólo hay uno.»

El Amor es no-dual, no puede ser de este mundo, y por eso nosotros no somos de este mundo de dualidad. Nosotros somos solo el milagro del Amor, de la verdadera creación de Dios, y tenemos también nuestras creaciones, “esperándonos”, que nada tienen que ver con “percepción” en general.

«Y así, el propósito de todas tus relaciones es apropiarte de él y convertirte en su dueño.»

Es difícil aceptar que en realidad el propósito subyacente en todas las relaciones es buscar el asesinato de los demás, pero así es, al menos mentalmente. Con ello queremos ver si definitivamente podemos obtener lo imposible: descansar en el imposible cielo del dios del ego, en el infierno, donde somos por fin absoluta e infernalmente especiales, completamente alejados de Dios.

«Mas nunca podrás poseerlo del todo. Y tu hermano jamás cesará de atacarte por lo que le robaste. Y la venganza de Dios contra vosotros dos tampoco cesará, pues en Su locura Él tiene también que poseer ese sustituto del amor y destruiros a ambos.»

“No hay nadie que no peque”, así que para nosotros, cuando alimentamos ego (casi siempre por defecto), Dios tiene que también estar “loco por el especialismo” 🙂

Y dejamos ya que Jesús termine  nuestro texto con este maravilloso final, que es un párrafo ya parcialmente citado arriba del todo.

«Tú que crees ser cuerdo y caminar por tierra firme en un mundo en el que se puede encontrar significado, considera lo siguiente: estas son las leyes en las que parece basarse tu “cordura”. Estos son los principios que hacen que el suelo que pisas parezca firme. Y es ahí donde tratas de encontrar significado. Esas son las leyes que promulgaste para tu salvación. Apoyan firmemente al sustituto del Cielo que prefieres. Ese es su propósito, pues para eso es para lo que fueron promulgadas. No tiene objeto preguntar qué significado tienen. Es obvio. Los medios de la locura no pueden sino ser dementes. ¿Estás tú igualmente seguro de que comprendes que su objetivo es la locura?»

______

Notas:

* Así, entonces, como todos “seguimos” las “leyes” de este mundo del ego, como todos somos más o menos inconscientes seguidores del sistema de pensamiento del ego (de estas leyes, “del caos”), no queremos ver ni constatar en nuestras vidas claramente que existe una cierta “certeza” que no depende de ninguna de nuestras supuestas “verdades”, que no depende de lo que vemos en el mundo pero que sin embargo lo “cuida” mejor de lo que nadie podría hacerlo.

Ante nuestros constantes “obstáculos egoicos” esta “certeza” normalmente no podrá actuar y unirnos fácilmente desde el interior, en ese movimiento sutil de unión, cuando tenemos la certeza de vivir algo que de cierto modo podríamos llamar “bendecido”.

Normalmente la gente nos unimos, a pesar de todo. Nos unimos en esos momentos inevitables donde estamos compartiendo intereses más menos explícitamente. Allí, estos intereses tienen la posibilidad suplementaria de quedar bendecidos con más o menos inspiración o fuerza… y ello independientemente de que “sepamos” o nos digamos algo sobre todo este marco donde pensamos todo esto (obviamente).

El mundo y el proceso que subyace a su disolución (a la placentera disolución del sueño del mundo cuando aceptamos la paz o la verdad de lo que somos) existen independientemente de que hablemos de todo esto.

Así que esto es como siempre un asunto bien “práctico”, aunque, en realidad, no hay tal disyuntiva entre “práctica” y “teoría”. Así, la “práctica” es algo que ya se da siempre: a ratos, inadvertidamente todos perdonamos nuestras percepciones, nuestro sueño de universo, dejando de creernos tal sueño, aunque volvamos cíclicamente a “repetir” nuestros apegos (pues es difícil de creer que todo esto sea simplemente un monumental “montaje” para poder meramente escenificar la “culpa” ahí fuera (el auto-ataque que fundamenta los reinos de la percepción y que, como decimos, ya estamos todos automáticamente en cierto modo disolviendo, aunque no podamos reconocerlo fácilmente por el terror que tenemos a saber de qué va realmente este mundo)).

Si para nosotros solamente es real el plano de los ajustes (el del mundo, el del ego con sus ajustes, adaptaciones…), entonces no hay más que “caos” sin salida, sin respiro. Pero debemos hablar de otra especie de “plano”: el del verdadero cambio, el de los “milagros”.

Esta disyuntiva —entre ajustes y verdaderos cambios— está en el curso, y coincide con inspiraciones que han tenido por ejemplo algunos filósofos de los que ya hablábamos (el “Espíritu Santo” actúa universalmente, en todas las culturas y tipos de personas o seres).

La certeza interior no depende de lo que hacemos en el mundo, y no exige nada, etc., simplemente bendice uniones, bendice momentos a los que damos pie al compartir intereses.

El “problema” que tenemos es no diferenciar claramente entre los dos planos para la verdad; el “problema” es perdernos en la indecisión de los ajustes, en la por así decirlo “falsa verdad” del mundo, enfocados en la multiplicidad de los intereses mundanos en vez de estar enfocados en el simple hecho de que tales intereses en principio nos unen. Es decir, permiten que se den momentos donde aceptamos unión y, tras esta aceptación, podemos además aceptar el único objetivo “real” en este mundo: paz, para que ésta “actúe” sin nuestra inversión narcisista, egoica —o como lo queramos llamar.

Una vez que estamos unidos bajo un mismo interés, podemos entonces ver bendecida tal unión si nos abrimos a ese nuestro objetivo “transmundano”: la paz en las relaciones. Así, casi ni percibiremos ataque en los juicios o ataques de los demás (percibiremos solo peticiones de amor), e intentaremos no “juzgar” si no es desde la paz…, con ese juicio indiferenciador y pacificador del llamado “Espíritu Santo” (que es, recordemos, el simple movimiento de reunión o reconciliación con nuestra Fuente), dándose pues lo que el curso llama “instantes santos” —es decir, “santos” por liberados de todo ataque, de la “culpa” que hemos venido a compartir aquí, al creernos cuerpos limitados.

Así, la verdad, en este mundo, nos parece “obviamente” relativa. Y así nos debe parecer en el plano mundano, donde practicaremos —en ese “nivel 2″— y donde nos creeremos “habitantes” de un mundo (aunque, como sabemos, en último término todo es mental… y por defecto además se trata de ajustes egoicos por doquier…, de relaciones especiales donde intercambiamos odio a veces bajo la pretendida forma “amorosa” y otras veces directamente en la forma del enjuiciamiento, del miedo, del ataque (proyección) mental o físico).

La verdad de los ajustes mundanos, la “verdad falsa”, es algo obviamente relativo, en ese nivel de nuestro necesario libre albedrío. Y el libre albedrío es sagrado y exige que hayamos podido elegir caos: hemos elegido creer que la verdad sobre lo que somos es relativa… hemos elegido dudar y tener miedo, y para ello nos hemos fabricado un universo (varios, en realidad 🙂 ).

Y como sabemos la salida de todo esto no es ir “en contra” de lo elegido, sino darse cuenta de que podemos elegir y de que hay otra elección que no tiene nada que ver con lo de fuera, que es interior, y que invierte por completo el sistema de pensamiento que hasta ahora nos poseía como robots del ego.

Así, la “solución” o salida de todo esto está en que tenemos a nuestra disposición “otro plano” desde el cual actuamos, donde “actúa” algo mucho más sabio que nosotros cuando estamos enfocados en nuestros egos… y que no depende de los ajustes o las individuaciones mundanas.

“Eso” que “actúa” consigue “actuar” a través nuestro, así como indirectamente, pero cuando le dejamos —y sólo aparentemente “a través nuestro”, pues en realidad nosotros ni siquiera existimos, no en último término, ya que por ejemplo nunca hemos sido cuerpos —por fortuna :).

Nuestra auténtica realidad se refleja aquí, sanando nuestra percepción y, como sabemos, también mostrándonos que todo esto es simplemente nuestro propio sueño, y que, en realidad, cosas como el “tiempo lineal” son ilusiones sin importancia. Esto último lo vemos muy bien expresado en canalizaciones fundamentales: por ejemplo la de Seth; y también lo vemos en películas —muy célebres hoy, y algunas de producción muy cara— en películas que vienen a representar en imágenes e historias estas “verdades alternativas”, verdades “más amplias” que pueden servirnos o que reflejan la expansión de la consciencia humana que ya se está dando. Estas películas curiosamente surgen años después de que esta canalización de Seth ponga sobre la mesa de forma en parte clarificadora estos asuntos, claramente, en occidente, con esa enorme influencia que parece que tuvo en bastantes personas, en sanadores, etc.— y como decíamos, es como si estas películas avivaran la imaginación sobre todo esto (sobre universos probables, probabilidades, yoes probables, clarividencia, etc.).

Las “verdades”, en tanto que verdaderos cambios en el plano de los ajustes (ego)… son cambios que modifican todo el campo de dichos ajustes mundanos. Y, como decíamos„ las verdades son reflejos de nuestra verdadera realidad —de nuestra Verdad en el llamad Cielo (nuestra realidad inmortal).

Así, estamos receptivos ante la verdad de lo que somos (y solo somos Amor, Unión, pero no “aquí”) y, entonces, tal verdad actúa automáticamente, sin nuestra intervención egoica. De cierto modo actúa “usándonos” para el bien de todo y de todos, pero esto nos aterroriza, ya que en el estado basal usual en el que normalmente nos encontramos —uno de pánico— ese estado “normal” en el que creemos estar en el universo, ahí, difícilmente parecen soportables los verdaderos cambios —o eso creemos.

Así, nos abrimos en ello y a ello, y entonces “algo” llega por tanto al mundo, “a través nuestro”: llega una especie de perspectiva más universal, quizá más “pacífica”, con más “luz”. Esto se abre allá donde nuestra mirada esté enfocada, y tiene por tanto consecuencias en esos campos donde nos enfocamos.

Los reflejos son a menudo algo fascinante de por sí, ya que trastocan el modo generalizado en que hacemos los ajustes, las adaptaciones sistemáticas que llamamos “mundo” (en realidad se trata del “infierno” que nosotros mismos quisimos escenificar), o, podríamos decir, las “lógicas de los mundos” —como llama el filósofo Alain Badiou al campo variable e infinitamente diverso de los ajustes.

Los reflejos de la verdad, de “nuestra verdadera realidad”, parecen a menudo revolucionarios, etc. Y nos podemos perder en la fascinación por el aspecto “revolucionario” de los verdaderos cambios. Pero no pasa nada por tal “perderse”. El curso de milagros es simplemente el recordatorio y la propuesta de una práctica a la hora de animarnos a constatar, en este mundo, el hecho de que no somos de este mundo, y de que no hay ninguna distancia entre nosotros y la Fuente. La Fuente es el “origen” de eso que trastoca nuestro mundo (Amor), es la fuente de los milagros —en tanto que cambios de percepción.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: