«Miedo y conflicto». Notas sobre coherencia y cambiar creencias o modelos. Ejemplos. Un Curso de milagros [T-2.VI] y «La estructura de la magia» (Bandler & Grinder)   Leave a comment

Foto de Bigotudo (Panurus biarmicus)

Bigotudo (Panurus biarmicus).
Por Kaeptn chemnitz.
Wikipedia

Índice:

— Hablando de integración: ejemplos, ‘la estructura de la magia’
— Pasando ahora a centrarnos en el curso de milagros
— Si no hay pensamientos neutros…
— ¿Qué sientes con respecto a tus sentimientos?

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Es preciso integrarse, hacerse uno con nuestro ser que se apoya en la paz y la dicha. Contra ello parece que nos obstaculizan las creencias fijas o modelos de mundo que adoptamos por nosotros mismos a lo largo de la vida, esos modelos que hemos interiorizado, en situaciones de dependencia (familiar, etc.), y que los hacemos ser causa de nuestro malestar, pero que a veces nos es difícil ver —ver que los convertimos en causa, y que nos es difícil desafiarlos.

Recordemos que el ego, como simple sistema de pensamiento que adoptamos por defecto, querría que nada cambiara realmente dentro de “sus historias” o sus coordenadas, dentro de sus formas admitidas de ajustarse o adaptarse, de quedarse igual: el ego quisiera hacer de “la separación” algo “eterno”, prolongando la primera operación de sustitución, de sustituir el Amor por el deseo de ser especiales (“especialismo”, el único “problema” del mundo).

Aunque a menudo no lo queremos reconocer, la gente sabemos intuitivamente que es importante observar la coherencia entre el “hacer” y el “desear”, entre lo que hacemos y lo que realmente deseamos. Vigilar esto nos llevaría a la “integración” de la que hablábamos, hacia la paz. Es decir, que si aceptamos la guía de sentir paz y dicha, y si detectamos la coherencia que existe entre nuestro hacer y nuestro querer, se nos llevará a integrarnos con nuestro verdadero ser (paz y dicha).

Nuestras acciones parten de pensamientos, dirá el curso de milagros. Y podemos preguntarnos entonces cómo hemos estructurado a lo largo de nuestras vidas nuestros pensamientos de tal forma que den lugar a un necesario modelo privado, a un sistema de creencias que el curso simplifica —como ya sabemos— hablando de la raíz de todo “lo que hicimos con el ego”, con el ego “en mente” (dando unos pensamientos o principios muy simples que subyacen a todo lo que hacemos “desde el ego”, como vimos por ejemplo en Los dioses son los padres).

Luego habremos de desafiar este modelo bien sea simplemente “perdonando”, en el transcurrir de la vida (eligiendo paz), todo aquello que se nos ponga por delante tras tomar decisiones… o bien a la vez posiblemente con “terapias” o con grupos de diverso tipo.

Antes de seguir hablemos un poco sobre el texto La estructura de la magia (que tiene casi 40 años). Este texto habla de terapias en general. Es al parecer fundador para lo que luego se llamó “PNL”, pero los autores nunca quisieron que esto se catalogara como “terapia”, o que sus textos lo fueran o sirvieran para montar una especie de “escuela” (“PNL”). Ellos solo hablaban de una especie de modelo de lo que se hacía en terapia, al haber podido observar a varios terapeutas muy eficientes: Virginia Satir, Perls, Erickson.

Entonces, quisieron hacer un meta-modelo para usarlo en la práctica, y poder comunicarse sobre qué es lo que pasaba en terapia (recordamos que el curso más bien diría: sobre lo que “no pasaba” en terapia, pues en la curación no pasa nada: simplemente nos hacemos más naturales, recordando más o menos inconscientemente (por la unión de las mentes, una unión que ya somos y que no hay que hacer nada para serla y para dejar que ella nos use para bien) que todos podemos dejarnos borrar todas esas “tonterías” que hemos puesto en nuestras mentes, todos esos obstáculos aceptados al estar tan instigados como estamos por la culpa —”auto-ataque”— sentida interiormente, una culpa que todos cargamos tan “alegremente” y desde la cual normalmente surgen nuestros pensamientos de vulnerabilidad, escasez, etc., y por tanto nuestras acciones).

Entonces, sin entrar aún en el curso de milagros —en el capítulo 2, del que vamos a comentar algo—, solo con el texto de ‘la estructura de la magia’, podemos hablar del modo como éste dice que todos estructuramos nuestros pensamientos.

Lo hacemos mediante los siguientes tres procesos (que ejemplificaremos). Los tres tienen un “uso creativo” aunque aquí solo hablemos de “cosas negativas” respecto a ellos, pues es con estos tres procesos como conseguimos “hacer modelos” en nuestra mente que darán paso a experiencias que no tienen por qué ser ni “malas” ni “buenas” (aunque luego veremos con el curso que no hay pensamientos neutros, y en realidad toda situación es confluencia de pensamientos):

generalización. La vida es un proceso que en gran parte es una especie de “generalización compartida”. Pero pongamos un ejemplo más concreto, que aparece en el libro, de los muchos que podríamos sacar de nuestras propias vidas, uno “banal”: de pequeños sucedió que nos quemamos con una estufa, así que pudo ser que generalizáramos y sacáramos la conclusión lógica de esa experiencia: “las estufas son peligrosas”. Pero resulta que añadimos algo: de repente ya no podemos volver ni siquiera a entrar en una habitación que tenga una estufa, y hemos desarrollando entonces algo así como una “fobia”. Así pues, dicha creencia —”las estufas son peligrosas”— se transforma en una cosa excesivamente limitante en nuestro modelo de mundo, aunque mantenga una parte de “verdad”, y aunque sea potencialmente aún la semilla para un aprendizaje “correcto” si es que conseguimos limarla, si conseguimos desafiar la excesiva generalización que hicimos —es decir, si en general conseguimos cambiar algo tras haber podido aceptar un desafío para nuestro modelo;

eliminación: eliminamos o no vemos en nuestra experiencia lo que no concuerda con nuestras creencias. El libro cuenta por ejemplo sobre un hombre que se quejaba de que su mujer no le mostraba aprecio, que no le quería. En realidad se vio que él había eliminado de su percepción o consciencia ciertos signos de amor que realmente sí existían; él evaluaba la situación para confirmar o reforzar la creencia excesivamente limitante: “no merezco el amor de mi mujer”.

distorsión: En el mismo ejemplo anterior, cuando el hombre fue advertido de algo amoroso por parte de su mujer, distorsionó ese signo diciendo que en realidad ella se mostraba así solo con el fin de obtener algo de él.

Insistamos en que estos tres procesos de representación no son ni buenos ni malos en sí. 

También dichos procesos se quedan anclados en nuestros cuerpos, posturas, gestos, etc., y no solo se muestran en nuestras creencias sobre el mundo (pues “todo está en todo”). Aún así, el libro en su comienzo va a concretar sobre el lenguaje y las creencias en un nivel muy básico. Va a hacer hincapié primero en examinar el lenguaje, para así poder tener una base “abstracta” desde la cual generalizar a otros sistemas con los que todos espontáneamente representamos: físicamente, visualmente, etc. Recordemos que en las terapias se usan por ejemplo procesos de dramatización o actuación, que involucran a todo el cuerpo y que muestran de nuevo las experiencias y cómo las modelamos, o bien procesos de visualización del futuro, etc., etc. Y así, el meta-modelo que expone este libro de Bandler & Grinder va a servir también para hablar de situaciones digamos “más integrales” —involucrando múltiples factores concretos.

El curso de milagros, por otra parte, nos invita a aceptar un solo objetivo: paz, interior, para poder unificarnos o integrarnos (para dejar esto principalmente en manos de algo que realmente nos acompaña, nos guía).

Pero es fácil que no queramos deshacernos de ciertas tensiones o miedos, y, con ello, es fácil por ejemplo que no nos permitamos tomar decisiones o realizar ciertos cambios externos que al principio son a veces necesarios para poder siquiera practicar el curso (es decir, para poder aceptar el objetivo unificador o integrador de la paz —hacia la paz interior). Es fácil por tanto que necesitemos ayuda en forma de: tomar simplemente decisiones…, grupos, terapias…

No por nada el curso dice en el capítulo 19 que es fundamental darse cuenta de cuánto nos atraen la culpa (auto-ataque), el dolor, etc. En realidad todos al venir aquí deseamos profundamente poder ver fuera de nosotros gente culpable o gente defectuosa sobre la que proyectar juicios; necesitamos ver víctimas y victimarios, ver gente que posea ciertos aspectos tachables; también deseamos poder ver enfermedades, muerte, etc.

Deseamos todo ello para poder juzgarlo (puesto que venimos aquí con la “premisa” de HABERNOS JUZGADO A NOSOTROS MISMOS)…, deseamos todo ello para poder otorgarle así más realidad tanto a la gente como al mundo que “no se ajusta a nuestros ideales”. Les otorgamos realidad a todos esos protagonistas externos de la película de conflicto que todos tenemos y que es y siempre fue en realidad algo “interno” —aunque la veamos en grandiosos escenarios (“universo”) que nos despistan sobre qué es lo que está realmente pasando.

Así pues, venimos aquí a ser afectados por circunstancias que creemos que son ajenas a nuestro control. Así, podemos entonces “proyectar” nuestro conflicto interior mental (“culpa”) en un ilusorio “afuera” que en realidad no está fuera.

Entonces, todos estos “actores”, en el fondo, los colocamos ahí nosotros mismos —colectiva e individualmente—, los ponemos pues a orbitar alrededor nuestro para proteger el sentido de ser especiales, de ser un “yo” especial, separado. Y los actores y situaciones casi siempre consiguen por defecto ser las pantallas que buscamos: pantallas para la proyección de nuestros juicios de separación, de una separación interpretada con ataque, con auto-ataque, con culpa.

Así, estos juicios nos hacen dependientes del movimiento de proyección de nuestro sentir: carencia, necesidad, falta de paz, falta de amor, culpabilidad, infelicidad.

También el curso aclara que la motivación o el deseo o que realmente moviliza este mundo es el deseo de morir, pues deseamos otorgarle realidad a la separación, que está compuesta de ciclos —o “trampas”— aparentemente interminables donde creemos que es posible eso mismo, morir —y bien creíble que nos parece una vez poblamos estos cuerpos, estos programas de muerte y destrucción:

«El factor motivante de este mundo no es la voluntad de vivir, sino el deseo de morir.» [T-27.I.6:3]

O:

«Viniste a morir, por lo tanto, ¿qué puedes esperar, sino percibir los signos de la muerte que buscas?» [T-19.VII.5:2]

Este “problema” de la integración, que también persigue el curso (pues habla varias veces de “integración” y de lo que hay más allá de la integración [T-5.I.7:5]), parece algo que es tratado explícitamente de forma muy rápida en el simple apartado sobre «Miedo y conflicto« (T-2.VI).

Todo se reduce a un conflicto entre hacer y querer (o desear). Es decir, es un conflicto entre el nivel del comportamiento (cuerpo) y el nivel del deseo (mente).

El problema, en los términos definitivos apropiados para la temática fundamental de este curso sería este:

— de forma consciente puede suceder que nos digamos, a nosotros mismos, que sí, alegremente que sí: que deseamos paz y alegría.
— pero, en realidad, vemos que no estamos hablando en un nivel profundo; vemos que nuestro pensamiento consciente no refleja con coherencia lo que realmente vemos o interpretamos, pues nuestro mundo, nuestra experiencia, no nos devuelve paz y dicha.

Entonces “hay que” ser coherentes, darnos cuenta de dónde o cómo están en discordancia:

— el ámbito del “hacer” (cuerpo o comportamiento)
— y el del “querer” (mente o voluntad).

Estos dos ámbitos van en realidad en paralelo, y, por tanto, si no experimentamos paz y dicha, es que realmente no queremos paz y dicha.

Seguramente hay algún aspecto del pasado, en nuestras mentes (siempre de cierta manera compartidas con familias mediante todo eso que hemos interiorizado como “deberes”, “simulaciones”, etc.)… siempre hay algo que está “visitándonos” y que no queremos ver, o que no queremos sacar a la luz de la consciencia para que sea allí simple y pacíficamente disuelto.

Así, en sucesivos ciclos curativos de —digamos— expansión de nuestra consciencia o de purificación de esas capas de obstáculos que nosotros mismos ponemos en nuestra mente (la cual causa nuestra experiencia) debemos ser coherentes…, en esos ciclos…, y aceptar por tanto que somos nosotros mismos quienes no deseamos en absoluto realmente la paz y la dicha, quienes no deseamos tener y sentir abundancia, etc.

Las experiencias reflejan nuestro querer o deseo interno (que por defecto es sufrimiento, es voluntad de sufrimiento, aunque no nos guste reconocerlo), y que interpreta todo lo de “afuera” de acuerdo con la creencia que subyace a dicho querer: que somos todos aquí seres separados, privados… separados del Amor.

Por ejemplo pensemos en lo que dijimos arriba sobre el hombre que eliminaba y distorsionaba en las situaciones vividas con su mujer. Él deseaba (nivel “mental”) confirmar su creencia de “no ser merecedor de amor” por parte de su mujer. Él no era consciente de ese deseo, no había visto la coherencia (la demente coherencia) en su vida:

— entre su hacer (buscar solo el sufrimiento en los signos afuera),
— y su querer (querer o desear sufrimiento).

Vemos pues que al final todo es un conflicto en nuestra voluntad —casi sin salir de ese ámbito, mental.

Entonces, “el universo” alrededor de este hombre (el suyo, pues todos somos por defecto entes profundamente privados, en todos los sentidos de ‘privado’), el mundo, el universo…, escuchará y apuntará detenidamente todos sus deseos :), y se los concederá en su experiencia.

Entonces él mismo es quien, con su comportamiento (nivel “cuerpo” ≈ comportamiento), actúa confirmando esto: al no ver lo que no se ajusta a sus creencias —a su modelo de mundo—, actuará en consecuencia.

Por ejemplo su comportamiento es también un constante decir, hacia fuera y hacia dentro: “eh, ves, ella no me quiere”.

Entonces, tal “decir” o ese “decirse uno a sí mismo”… ese “pensar”… es también un “hacer”. “Hacemos” por tanto nuestro propio modelo infernal “pensando”, y de él parten nuestras acciones.

Así que para ese hombre dicho “pensar” fabricaba literalmente —digamos— una buena parte de su mundo: en su percepción y acciones distorsionadas.

Por otra parte creo que hay otros discursos sobre la integración de uno mismo, pero que hablan sobre cuatro ingredientes que “deberíamos” poner en coherencia, o que podemos hablar de ponerlos así, por ejemplo en un “paciente”:
— pensar,
— sentir,
— decir,
— hacer.

Así, en el espíritu agudamente simplificador y aliviador de Un Curso de milagros, podemos englobar de alguna manera estas categorías dentro de solo dos: hacer y desear (cuerpo y mente).

El hombre de arriba… ¿hace y desea de forma “coherente”, y sin embargo es infeliz? Parece que sí, que en su demencia (compartida con todos nosotros en un aspecto u otro) es coherente.

Por tanto, la solución no es solo la coherencia, obviamente, sino el tomar consciencia de cómo estamos enfocados en el ego, en el sufrimiento; enfrentar sin miedo esa realidad demente, y disolverla con la luz que somos.

Este hombre quiere demostrarse, por tanto, que no es merecedor del amor de su mujer; así, él hace todo lo que sea oportuno para demostrarse eso a sí mismo, eliminando y distorsionando ciertos elementos de su experiencia. Pero, quizás, aún no está dispuesto a reconocer esa coherencia en su vida, esa “coherencia de la demencia”.

Sí, resulta que este hombre, si nos damos cuenta —y con la demencia usual en el proceder del ego— ve “su felicidad” de forma auténticamente retorcida, y él mismo se dará los medios para alcanzar su objetivo tal como él lo ve (como dice el curso cuando habla de medios y fin). Su objetivo es, sin tener consciencia de ello, el del ego, el ego que habita en todos; es el objetivo de esa “forma distorsionada de felicidad”, es el objetivo del sufrimiento. Este es el primer objetivo de todos aquí, según está el mundo, en el fondo…, puesto que por ejemplo creemos todos, por defecto, en la desaparición que supuestamente conlleva la muerte…

Para el hombre del ejemplo, la “felicidad”, su felicidad, se encuentra en realidad en el sufrimiento…, en verse como alguien que carece (que no es merecedor de algo), en “demostrarse” a sí mismo (movilizando todo un universo) una creencia limitante, una “escasez”.

Así, con nuestra existencia, le decimos una vez más a Dios, a nuestro verdadero creador a nivel mental —el único nivel real:

«Eh tío, no tienes razón, y yo sí que la tengo, pues hemos hecho un mundo que también parece real, sin Amor, y oye, ¡mira que funciona!».

Así que intentemos mezclar de otra manera todas las conclusiones y comentarios anteriores… pero:

Pasando ahora a centrarnos un poco más en el curso de milagros

Si estamos en conflicto, el curso dice en este apartado [T-2.VI] que:

«…todo conflicto es siempre una expresión de miedo»

Y también:

«El miedo es siempre un signo de tensión que surge cuando hay conflicto entre lo que deseas y lo que haces

Lo que ya vimos: conflicto entre mente/voluntad, y comportamiento/hacer.

Así que todo conflicto existe simplemente porque hacemos algo que en realidad no queremos hacer.

Nuestra voluntad no puede ser realmente sufrimiento, sino solo paz y dicha, aunque nos cueste reconocerlo en nuestros estados incoherentes o coherentemente dementes.

Este es el simple mensaje (e inaceptable) de este curso:
— tu verdadera voluntad es la de Dios, la verdadera esencia creadora que realmente nos une y desde la que participamos (de la manera que sea), en esta “creación” tan rara. Tal voluntad real, tal esencia de voluntad, solo puede ser alegría y paz —para ti, para todo.
— y solo tienes que aprender a aceptar esto. ¡Solamente! Es decir, debes “aprender” a aceptar la Expiación/Reconciliación para ti mismo, y punto. Para ti mismo primero, es decir, por tanto: “debes” ser divinamente egoísta, y no hacer nada “sin Dios”.

Esto es demasiado simple para nuestros egos, que normalmente, en cuanto oyen hablar de “aceptar” sacan la espada.

Los egos se encuentran aquí con una bifurcación clara, que les lleva directamente a la mente, que es justo donde no quieren ni queremos volver, ya que, si nos percatamos de esta demencia tan simple y generalizada —la de estar haciendo algo que realmente no queremos hacer— entonces tenemos dos claras opciones, unas opciones que, para nuestras mentes —enfocadas en el ego—, a veces no están tan claras (y menos aún si existe mucha tensión en las situaciones, mucho miedo):

— o bien “dialogamos” con el mundo para que los posibles cambios a realizar en el exterior resulten lo mejor posible para todos (una “separación” con respecto a una pareja, por ejemplo, separación que se verá “necesaria” si sentimos que la pareja nos maltrata física o psicológicamente, o que nos ponemos inercial y demencialmente en esa situación rocambolesca del maltrato, y que la pareja no está o no estamos dispuestos ni siquiera a hablarlo de una manera pacífica, que permita cambios en nuestra interpretación y, por tanto, cambios en la experiencia)…

— o bien nos callamos y simplemente pedimos interiormente otra percepción, o, más simplemente aún: nos decimos que “tiene que haber otra manera de ver, de interpretar esto” —esto que antes interpretábamos con sufrimiento, que interpretábamos desde el miedo, desde la escasez. Haciendo esto podemos ver “milagros”, es decir, cambios de percepción que, por estar las mentes unidas, no afectarán solo a nuestra mente —teniendo quizá en ella ciertos efectos—, sino también a las mentes de nuestros posibles compañeros de fatigas, o parejas, familia, etc. (pudiendo quizá tener igualmente ciertos efectos en ellas y en la experiencia y acciones de esas personas).

El curso siempre nos dice que tenemos disponible esta segunda “opción”, pues si estamos lo suficientemente abiertos y sin tensión, siempre podremos aceptar una interpretación más natural para todo, según el sistema del Espíritu Santo, el del amor, que siempre está susurrando bajo los alaridos del sistema del ego.

Pero también el curso dice que no podemos simplemente proceder a negar sin más el nivel del cuerpo o comportamiento, y que no debemos ser simplemente “masoquistas” por el hecho de que el Espíritu Santo siempre nos pueda dar “otra interpretación” para todo lo que nos ocurra: por ejemplo el maltrato que podemos estar recibiendo.

El hombre del ejemplo, puede estarse diciendo a sí mismo, de una forma consciente que, sin embargo, él sí que desea amor, que sí desea la paz y la dicha del amor. Y, sin embargo, lo que hace no es coherente con ello (por ejemplo él “se dice” a sí mismo, él “piensa” y dice a los demás que no es merecedor —aunque paradójicamente a veces diga que sí lo desee).

Podemos en general por ejemplo ir por el mundo diciendo a la gente aquello que no queremos realmente decir, y quizá porque “hay que quedar bien”, o quizá porque “es que eso es lo que se hace en mi familia, en el trabajo”…

Aquí es donde por cierto entran todas esas creencias inconscientes (pero que paradójicamente más fácilmente podemos ver, sacar a la luz, ya que toda nuestra experiencia está imbuida de su presencia)… esas creencias… que tenemos… que son todas esas generalizaciones inconscientes que llevamos pegadas a la mente, y que conforman parte de las “constelaciones emocionales” aceptadas y re-alimentadas en nuestros contextos familiares, en los grupos sociales, etc.

Son todos esos “programas”, generalizaciones, distorsiones… que aceptamos un día y que nos olvidamos de que nosotros mismos los elegimos y aceptamos en nuestras mentes, al ser algo que fácilmente se hace inconsciente…, o al ser “programas fundadores” o digamos que muy “primitivos”: creencias profundas de la infancia, nacidas en situaciones donde el amor y la necesidad (física) están obviamente relacionados, y que son todas esas creencias asumidas en situación de dependencia, y que convierten al amor en algo condicional, y que están en realidad enredadas en la red familiar emocional que en el fondo “fabrica” las experiencias de toda una constelación familiar, grupal y subiendo más “arriba”… social.

Así que “decir” es también un “hacer”, algo relativo al comportamiento —y por tanto al cuerpo en general.

Por otra parte, sabemos que no hay pensamientos neutros en la batalla ficticia entre Dios (Amor) y el ego, en esa batalla que simulamos en nuestra mente y que, en cierta interpretación directa del curso, daría origen a todos los universos, a todos los sistemas de realidad.

Este conflicto que albergamos dentro hace que todo universo sea una simple expresión de miedo.

En realidad no deseamos ninguno de todos estos “universos” si los vemos así, cuando los vemos así. Nunca nos han merecido la pena, pues en nuestro interior más profundo todos sabemos que no somos de aquí, aunque parezcamos habitar en estos lugares. Sin embargo, como vemos, aquí estamos. Así que ya tenemos descrito un conflicto bien fundamental: estamos haciendo algo que en realidad no queremos hacer —estar aquí :).

¡Este no es nuestro hogar! ¡Esta forma de ver esto, este tipo de percepción-ser… no es nuestro hogar!

Dicho miedo, en el que se basan estos universos a nivel mental, es, recordemos, aquello que a nivel del pensamiento provocó la proyección de “universos” de cuerpos separados, donde creemos poder huir de tal miedo, haciendo real la separación, otorgándole realidad.

Por contra, lo que hacen en realidad todos estos universos es reciclar la culpa y el miedo que les vieron nacer (aparte de “darnos tiempo” para despertar dentro de este caos).

Por eso mismo, dentro del absurdo tragicómico de la percepción, todos estos sistemas de realidad están destinados a que directamente los “disolvamos” suavemente, con la risa, nosotros mismos, alegremente.

Somos nosotros quienes en realidad los estamos proyectando desde nuestras mentes, y quienes venimos al mismo tiempo a olvidarnos de eso mismo, de que los elegimos y proyectamos. Así, nos dedicamos apasionadamente a tal olvido  —llamado universo—, al olvido de nuestra mente en tanto que aquí la hemos reducido a ser mera capacidad de decisión —y con la pasión derivada de la identificación inercial con el programa de los cuerpos, las sociedades, las familias, con todos esos programas que venimos a “ser” aquí, tan diferentes, en nuestro “ser falso”.

Decimos jocosamente aquello de “disolverlos o matarlos de risa”, pues en realidad sentiremos un día que ningún universo “vivió” realmente nunca, y que por tanto no puede morir ni ser matado de risa 🙂

Si no hay pensamientos neutros…

Si no hay pensamientos neutros, no hay diferencia esencial entre pensar y sentir (y lo que hagamos en ese nivel dará nuestras acciones como resultado).

O bien pensamos con el miedo, o bien pensamos con el sistema que nos lleva al Amor. Solo hay dos emociones, y solo dos pensamientos (en el nivel de la práctica, donde nos iremos dando cuenta de que aún es más fácil, pues solo una emoción y solo un pensamiento es real: amor).

Si no sentimos-pensamos en profunda dicha y paz, no somos quienes realmente somos, y nos engañamos a nosotros mismos.

Así, todo conflicto podemos reducirlo a uno entre pensar y hacer; es decir, entre:

pensar (≈ sentir): esto es la “mente“, en el sentido amplio del curso —la “mente-corazón”, la razón del corazón, que se va llenando cuando ejercemos esa capacidad de cierta “decisión simplificadora” que tenemos, al usar ese instrumento de la separación que es la consciencia para darnos cuenta de que solo hay dos elecciones. Es decir, o bien elegimos inconscientemente que nuestro “corazón-mente” esté “roto” de miedo —al estar la mente enfocada inadvertidamente en el sistema de pensamiento del ego—… o bien elegimos un corazón “de amor”, al estar nuestra mente —en tanto que mecanismo de decisión— enfocada en el sistema de pensamiento inverso al del ego…

…y el…

hacer: comportamiento o cuerpo, sobre el cual veremos ahora que no tenemos que enfocarnos directamente si es que queremos cambios reales y no ajustes adaptativos, del ego.

El nivel del hacer es pues el del comportamiento, el del cuerpo, y, por tanto, todo conflicto procede de la confusión que se da entre los niveles de la mente y del cuerpo.

En nuestra mente cultivamos normalmente el sistema del ego de la culpa, del miedo, del ataque, para reforzar la creencia de que somos seres separados, de que tenemos intereses separados de los demás, de que nuestra felicidad depende de cosas diferentes de las que depende la felicidad de los demás y de lo demás (y en el fondo no es así aunque en la forma por supuesto que lo parece: podríamos enredarnos aquí a hablar y estudiar durante miles de horas sobre los aspectos ecológicos, sociales, políticos, etc., pero resulta que lo único que nos toca hacer es no permitirnos percibir en nuestra mente intereses separados con respecto a nada de lo que veamos “fuera” en nuestro mundo —nada más y nada menos, pues no hay nada afuera y no está separado de nosotros).

Así, una vez “cultivado ego”, veremos el resultado de haberlo cultivado en la mente: sentiremos o interpretaremos las experiencias  como “malas”, en experiencias de sufrimiento o de ataque, en el mundo visto como “afuera” (donde sentirnos vulnerables, atacados, escasos, etc.). Entonces, pensaremos que tales resultados o consecuencias son la causa. Pero, como dice este apartado:

«Tus acciones son el resultado de tus pensamientos»

En el apartado IV en este mismo capítulo el curso dirá, sobre esto, que:

«La enfermedad o “mentalidad-no-recta” es el resultado de una confusión de niveles [cuerpo / mente], pues siempre comporta la creencia de que lo que está mal en un nivel puede afectar adversamente a otro.»

Y también:

«Solo la mente puede errar [voluntad —de sufrimiento]. El cuerpo solo puede actuar equivocadamente [comportamiento] cuando está respondiendo a un pensamiento falso. El cuerpo no puede crear, y la creencia de que puede —error básico— da lugar a todos los síntomas físicos.»

Dice en el apartado VI que el único nivel en el que es posible el cambio es el de la mente. El nivel del comportamiento, de las cosas corporales externas, es solo el nivel de los síntomas, donde no es posible realmente cambiar, y donde la corrección no puede producir resultados si no se cambia algo “antes” en el nivel causal, en el del pensamiento-sentir (pero cuidado, recordemos que para realizar este cambio nosotros normalmente nos tenemos que quitar de en medio… aunque a la vez y paradójicamente tenemos que tomar decisiones en base a la guía de la paz y la dicha (!), en el proceso de desarrollo de la confianza).

¿Cómo cambiamos en el nivel causal, en esa confluencia entre pensamiento y sentir?

Por ejemplo percatándonos de que podemos elegir nuestros sentimientos.

¿Qué sientes con respecto a tus sentimientos?

Hay un modo muy simpático y simple de “diálogo terapéutico” que se cuenta en este libro del que hablábamos (La estructura de la magia).

Tiene que ver con aquello que decíamos en otro sitio: vernos como alguien que puede elegir sus sentimientos, a lo cual invita también Un Curso de milagros.

En una situación en la que la persona está mostrando una insatisfacción sobre algo que pasa “fuera” (por ejemplo las cosas que hace o no hace la mujer de aquel hombre de nuestro ejemplo)… entonces, la terapeuta (Satir en este caso), siempre le puede preguntar, como un recurso más: ¿y tú, cómo te sientes ahora con respecto a esos sentimientos de malestar? 🙂

Si nos damos cuenta, entonces, todo esto supone abrir la compuerta a una inesperada situación, a una muy “abstracta” situación, diciéndolo rápido: la de que todos en el fondo podemos elegir qué sentir ahora (por ejemplo paz), todos podemos elegir qué sentimientos tener con respecto a todo lo que parece pasar fuera, ahora mismo, y por muy catastrófico que parezca lo que ocurre.

Más bien: podemos hacer que esa sea nuestra elección, podemos estar dispuestos a ser capaces de elegir paz, y sin juzgarnos porque realmente no experimentemos rápidamente paz, sin reprimir la ira, etc.

Ya dijimos que normalmente la tensión acumulada no nos permite ser conscientes de la interpretación de paz que ya está aquí, ahora; pero, si este es el caso, siempre podremos decirnos al menos que:

«hay otra manera de ver esto»

…y sea lo que sea “esto” (permitiendo así que “entre” el E.S. —y cada vez menos casualmente— en nuestra percepción… y que nos cuente la película de otra manera —desde la paz).

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