El transgeneracional, el Génesis y Un Curso de milagros (UCDM). Hablaremos sobre cómo todos aquí intentamos “matar la nada” (Caín a Abel), y también reaparecerá Seth sorpresivamente en este blog. Comentando «Mis antepasados me duelen» —una parte de este texto de entrevistas (Didier Dumas)   2 comments

Caín asesina a Abel (pintura del siglo XV). Wikipedia

Caín asesina a Abel (pintura del siglo XV). Wikipedia

El curso de milagros nos va instalando sobre una certeza: la de que, dicho en este contexto “transgeneracional”, Dios es el primer (y en realidad único) secreto de familia. También vamos a hablar sobre cómo todos “somos” Caín, etc.

Dos aclaraciones previas:
— no soy obviamente “erudito” en esto ni pretendemos hacer más “teología” o “filosofía”;
aquí hablamos desde nuestro trabajo con el texto de Un curso de milagros (UCDM), y simplemente para contrastar mitos (el curso también contiene un mito de nosotros mismos, pero que afortunadamente nos invita a “salir” rápida y suavemente de todos nuestros mitos, es decir, de nuestros cuerpos), ya que, y esto es muy importante, hay que hacer la siguiente aclaración,
— cuando decimos “mito” hay que recordar que esta palabra no se usa despectivamente ni queriendo significar algo “irreal”, o “menos real”. Nosotros, como cuerpos ¡somos solo un mito de nosotros mismos!, ya que nada tenemos que ver con cuerpos (aunque lógicamente, como sabéis, es muy importante no “simplemente negarlos” y ya está, con el ego).

Didier Dumas, en el libro de entrevistas Mis antepasados me duelen, dice del Génesis que es:

«…una obra de teoría transgeneracional que no tiene nada que envidiar a las más recientes investigaciones sobre este tema. En ella, Dios se define como la instancia responsable del hecho de que los pecados de los padres se transmitan a las siguientes tres o cuatro generaciones.»

Como sabemos por UCDM, este dios bíblico ya no es el dios de amor, sino el del ego, el del miedo. El dios de Amor no se puede enterar de las historias de terror que nos hemos montado aquí por nosotros mismos, en el mundo de la percepción (y eso es lo que verdaderamente nos enfada, pues nuestro verdadero ser, que está en Dios, no puede saber nada de toda esta tragicomedia, en la separación).

Entonces, proyectamos “fuera” la responsabilidad de nuestra mente, diciéndonos que “dios es el responsable”. Este es el gran secreto de familia universal, el gran acuerdo secreto, “contra Dios”. El gran “pacto” egoico es haber inventado el dios del ego, es decir, un sustituto del Amor, de nuestra naturaleza. Desde ese momento todos creemos necesitar estos mundos de percepción para implementar ilusoriamente en ellos la creencia en que nos es posible carecer, atacar, destruir, morir… (la creencia de que el pecado o la culpa son reales).

Así, una vez más, por proyectar “fuera”, nos vemos sin mente (sin capacidad de decisión), y no podemos responsabilizarnos de nuestra mente, es decir, de nuestras elecciones. No podemos elegir de nuevo nuestra verdadera realidad a nivel mental, pues pusimos al dios del ego con su interpretación miedosa de la separación para obstaculizar esto.

Esta incapacidad con que nos dotamos se difracta luego en las formas (en las relaciones especiales) en que nos vemos como seres que, en mayor o menor medida (son todas la misma medida, la de la demencia), eligen automáticamente una interpretación (ego) de las cosas, en la vida, dentro del programa de probabilidades del universo o multiverso: la interpretación cuya base es creer que esto es real :).

En realidad, no podremos cambiar nada realmente si no cambiamos antes algo en el “nivel causal”, en el mental.

Recordemos que, en sí, da igual qué objeto tengan los gustos o las acciones aparentemente elegidas por nosotros, aquí. Lo importante es la sensación de libertad, y en este mundo no podemos ser verdaderamente libres si no es por reflejar nuestro ser, que sí es verdaderamente libre, pero que no está aquí, y respecto del cual estamos dormidos.

La realidad es que nosotros mismos co-fabricamos nuestros apegos, en familia, en sociedad (nuestras formas particulares de creer que todo esto es real y que se puede cambiar desde fuera)… pero lo hacemos en una mente que no vemos, muy poderosa, y de la cual partirá luego nuestra experiencia adulta.

Decimos “adulta” porque, por ejemplo cuando aún somos “adolescentes”, parece que normalmente no podemos “despertar” aún, en esa edad, que no es fácil “despertar” o trascender la verdadera relación causal o dimensión compartida que existe entre:

— lo que creemos

— y la realidad que fabricamos desde el pensamiento, en este juego de probabilidades, dentro de estos universos probables y nuestros yoes probables.

Así, nos relacionamos con la familia y con los grupos de forma transtemporal, es decir, sin importar en absoluto si los miembros están “vivos” o no para nosotros, como cuerpos (pues el inconsciente no entiende de tiempo lineal).

Es decir, nos relacionamos —reinstauramos la relación o red egoica que nos constituye en tanto que yoes especiales— en función de proyectos muy emocionalmente cargados, en función de deseos y apegos más o menos intensamente compartidos en relación a las cosas del mundo y a sus seres —como vimos en el texto sobre coincidencias o sincronicidad.

De pequeños, por tanto, en situaciones más o menos estresantes, todos reforzamos una sensación muy lógica: la de ser vulnerables, o no del todo válidos, no merecedores del amor, de la abundancia, etc. (aquí, en estos cuerpos tan vulnerables y carentes).

Reforzamos tal cosa aceptando, lógicamente, las creencias de nuestro ambiente emocional-interpretativo, desde las más básicas (sobre necesidades físicas) hasta las más visiblemente “culturales”: las creencias de los padres, unos padres que en realidad hemos elegido.

En el fondo, escogemos estas creencias libremente, aunque ahora nos recordemos como inconscientes con respecto a tal elección; y, por tanto, todo lo hacemos en función de nuestro libre albedrío —como mentes, no como cuerpos— ejercido en un cierto marco de experiencia en el cual seleccionaremos en función de las creencias ahí aceptadas.

Así, iremos modelando la experiencia que tenemos de las cosas, es decir, nuestra particular interpretación egoica como seres identificados con cuerpos que creen básicamente que éstos son lo real y básicamente lo único real. La modelamos mediante nuestra inmersión repetida en campos emocional-interpretativos, familiares, que a su vez están contenidos lógicamente en sociedades que parecen evolucionar.

De dichos campos luego “despegarán” nuestros cuerpos físicos, para representar una vez más, cíclicamente, todas estas tragicomedias cósmico-terrestres, en las que venimos a sanar nuestra percepción, al aceptar, como dice el curso: la Reconciliación o Expiación para nosotros mismos, pues no se trata de “convertir” a los demás, o sanar a los demás, no en esencia —pues solo hay una mente, todos somos uno, y todo se trata de reconciliarse con el garante interior (Dios) de nuestra unidad —interior a cada uno— que no está realmente aquí, en este universo de cuerpos, en la separación.

Sigue Dumas:

«Y esto es exactamente lo que nos encontramos en las clínicas; para cuidar a un niño psicótico, hay que remontarse tres generaciones, o en algunos casos incluso cuatro, como en el caso de Jean-Michel, un chico autista de 19 años, cuyos problemas se originaban en la cuarta generación de sus antepasados.

» El hecho de que la transmisión de la vida sea orquestada por un ciclo de tres generaciones es una dimensión antropológica universal. Este ciclo, por ejemplo, estaba implícito en la pregunta que la Esfinge le formuló a Edipo: “¿Cuál es el animal que por la mañana tiene cuatro patas, al mediodía dos, y por la noche tres?”. Edipo respondió: “el hombre”. La respuesta no es solo una historia de pies, sino una historia de pies inscrita en su genealogía paterna. Edipo significa pie hinchado, su padre se llamaba el “patoso” y su abuelo el “cojo”. Este ciclo aparece en todas las culturas, porque es el de la identificación: para poder construirse, al principio el niño debe poder identificase con lo que se desplace a cuatro patas, es decir, consigo mismo, con su yo con su nombre, alrededor de los cuales construye sus estructuras mentales. Más tarde, para integrar la sexualidad, debe identificarse con los que van a dos patas, con sus padres; y para entender la muerte, debe hacerlo con los que van a tres patas, es decir, sus abuelos.

» La Biblia es un libro que fundamenta el patriarcado y en el que el papel de los patriarcas es transmitir, sin debilitarlo, el Aliento divino que le fue confiado a Adán.»

Así, si esta es la esencia del patriarcado, éste no tenía tan mal aliento, 🙂 tal como hoy sí queremos verlo así :). Claro que ahora vamos a ver cómo describiría el Génesis los problemas que tenemos con la magia —según el concepto del curso de “magia”, es decir, nuestro deseo imposible de combinar eternidad con tiempo.

Interpretando esto —siempre con UCDM en la mano—, vemos entonces que la intención del patriarcado no es “mala”, sino que es un componente esencial de cualquier drama universal. ¿Por qué? Porque es lógico que existan “hermandades” con las que se intente mantener cierta “tradición espiritual”, para con ello facilitar el poder recordar lo que realmente somos, desde esta dimensión, aquí “abajo”: que no pertenecemos a ningún universo perceptivo o “dimensión”, tal y como nos señalaría UCDM o, quizá, como señalarían algunos dentro de ciertas religiones más o menos formales…, pero “muy astutamente psicológicas” —el budismo tibetano, etc.

Pero…, sabemos que el mundo está sembrado —como buen infierno que quisimos que fuera al alimentar el sistema del ego…— de “buenas intenciones”, y que sin embargo aquí sigue todo básicamente igual, girando y girando en destrucciones cívicas 🙂 y cíclicas de civilización tras civilización —por ejemplo. Y es que “no hay nada nuevo bajo el sol”, tal y como dice también la misma Biblia en otros pasajes “sabios”.

Así que pensemos en Adán. Éste se durmió, y, como señaló Mary Baker Eddy  —y luego UCDM más o menos un siglo después—, en ningún lugar dice el texto que Adán haya despertado.

Así, estas maniobras, las de la primera división en nuestra mente-una, estarían quizá representadas por la división: “Eva” – “Adán”.

«Y la palabra es como ese Aliento; la falta y el pecado se presentan, en este caso, como un rechazo a hablar, una ausencia de palabra que se transmite de un modo parecido al del fantasma [término psicológico], y cuyo ejemplo principal es la historia de la descendencia de Caín.»

Los secretos de familia, por tanto, son muy importantes, y son el tema de una de las entrevistas de este libro (Mis antepasados…).

El verdadero Dios, el dios único y de Amor, sería una especie de “secreto de familia” para nosotros, los aquí huidos, escondidos, en el universo (proyectando universo) atemorizados como estamos por ese Dios de Amor, pero sin saber que estamos atemorizados solamente de él en nuestra imaginación, al habernos fabricado un sustituto para Dios: el dios del ego, uno que sí puede atacar, infundir miedo… etc., y que viene acompañado por nuestro sentido de ser especiales (que es el verdadero dios del ego). Este especialismo es el sustituto del Amor, de nuestra realidad eterna.

Así, no podemos hablar directamente de Dios sino a través de:

— nuestro mero “vivir”, donde nos ponemos a veces la esforzada tarea de ir poco a poco hermanándonos con la gente, con más o menos mediaciones, aunque, normalmente, lo hacemos desde la culpa (desde el especialismo), y con ello multiplicaremos ese auto-ataque que supone la culpa…

— o bien de unas “religiones” que normalmente usamos para aceptar un mensaje deformado de esa realidad eterna que realmente somos en Dios.

Así pues, este no-dicho, el hecho de no poder hablar de Dios, de nuestro verdadero padre, es el primer “secreto de familia”, y es algo que condiciona a toda esta gran familia egoica que somos —tal y como por ejemplo lo puede hacer en una familia humana, en escala más reducida, cuando no se puede hablar de un padre que quizá fue  en parte excluido por esa misma familia, y por el motivo que fuera.

Sería pues un condicionamiento fundador, este primer secreto, pues en ningún sitio se dijo que Adán hubiera despertado de sus sueños de miedo y destrucción, al estar bajo la influencia de un auténtico fantasma, inventado —el dios del ego, el sustituto del Amor.

«Este enfoque convierte al Génesis en una historia totalmente distinta de la que nos explicaron los sacerdotes. Adán tuvo dos hijos, Caín y Abel. Sin embargo, como no los concibió del mismo modo que Dios le concibió a él, es decir, en el nombre y la palabra, el hijo mayor, Caín, pervierte la transmisión del Aliento divino.»

Es decir, Caín proyecta, fabrica, multiplica la separación ilusoria que había comenzado al dormirse Adán —es decir, al Eva salir del cuerpo separado de Adán.

Caín proyecta, en vez de extender (amor). Esta proyección tiene que ver con los juicios, que proyectan el miedo.

Caín será por tanto el lado Yang (proyección, multiplicación que divide, esquizofrenia, paranoia, disociación) de la dualidad. Y Abel lógicamente será el lado Yin (negación, depresión, psicosis…), tal y como ahora veremos, por lo que comenta el propio Dumas.

Sabemos por el curso que la distinción entre proyección y extensión es una “clave”, y que la podemos usar para deshacer la falsa dualidad que está hecha con proyección, con miedo multiplicado, coagulado.

La “extensión” (reflejo de nuestra actividad en el Cielo, de nuestra verdadera actividad creadora con Dios) deshace la separación al verificar en este sueño que estamos unidos, que no somos cuerpos, y que todo es nuestro propio sueño.

Así, cuando nos unimos con el milagro que somos, realizamos suavemente una labor de colapso del tiempo, que es nuestro destino verdadero: hacer desaparecer el universo, amablemente (pues nunca fue real), de nuestra percepción.

Lo que consigue la “proyección” —es decir, el apego a nuestros juicios en tanto que nos hacen yoes especiales, diferentes— es, sin embargo, multiplicar el tiempo del sueño (el “infierno”).

 «Caín se muestra no solo incapaz de poder hablar con su hermano, sino que sustituye la palabra por un acto en el cual deja que su cuerpo se imponga por encima de su espíritu: lo mata.»

Aquí tenemos como protagonista la última división que suponen los cuerpos, el universo de cuerpos; tras ella —y según creímos— nos íbamos a poder esconder mejor del miedo que nos dio el Amor.

Esta es la división que dio lugar a cuerpos, a universos perceptivos, pero, como sabemos, defendernos del Amor solo provocó más miedo, pues las defensas que erigimos contra el miedo no impiden realmente aquello contra lo que se defienden (el miedo), sino que tales resistencias multiplican el “mal”, el miedo.

Al ocultarlo, en realidad lo potencian, pues nunca estuvo fuera de nuestra mente y ésta es muy poderosa —sus niveles profundos lo son, pues desde ella fabricamos literalmente la realidad, en este guión cíclico, en la dualidad, yin-yang.

Todos somos Caín cuando venimos aquí a sustituir la palabra (la mente) por el cuerpo. Los cuerpos nos sirven de igual modo que le sirvió uno de ellos a Caín, para atacar: para hacer real el ataque en nuestras mentes, para hacer real “la separación” —con sus compañeros de miedo, castigo, muerte, culpa.

Aquí, en el universo, por definición, queremos vernos y sentirnos completamente identificados con los cuerpos —a ser posible.

«Así pues, no es Eva, como han repetido hasta la saciedad los religiosos, sino Caín, el que encarna la figura del enfermo mental e histérico responsable del pecado original.»

En realidad, como sabemos por UCDM —tras lo que hemos dicho de la “formación” de los cuerpos— Caín da una especie de “toque final”, aunque todo esté mezclado y también ocurra lo que dice Dumas (y que iremos dilucidando si encontramos más textos suyos —el principal donde interpreta el Génesis está agotado, según parece, en Francia).

Y si comprendemos lo que dice UCDM, sí podemos identificar a la Eva del mito bíblico con el “ego”, en tanto que Eva sería una mera creencia en la mente de Adán (“costilla”). Eva representaría la interpretación miedosa (con pecado-culpa-miedo) de la separación, es decir: el deseo de ser especiales, un deseo que Dios no pudo satisfacer por ser un Dios de amor puro e igualdad perfecta.

Así, en las figuras simbólicas de este mito, es Eva quien es responsable del “pecado original”, si hacemos que ella simplemente simbolice al ego como tal creencia —que es al mismo tiempo aquella interpretación.

Recordemos que el ego es meramente una ilusión de nosotros mismos que alimentamos en el nivel de la mente (y que por ejemplo es asexual). El ego es un mero pensamiento, una creencia: “palabra”, como dice este autor, Dumas, leyendo e interpretando de forma “transgeneracional” el Génesis bíblico.

Recordemos que el único no-problema que tenemos aquí es el de haber aceptado —haber elegido— al ego en nuestras mentes (ahora y siempre, mientras a la vez podemos despertar). Esto es lo que provocó nuestra “caída”, una caída en cada vez más y más mundos de ilusiones, que ahora parecen ser muy físicos, muy reales :).

Pero dicha caída solo supone en general un equívoco sobre nuestra naturaleza, sobre lo que verdaderamente somos; tras ella pasamos a dormirnos de nuestra verdadera realidad (Amor).

Vivimos en un cuento malo, en una película mala, sobre nosotros mismos (de la que somos directores sin querer saber que lo somos).

«Caín, igual que las mujeres histéricas, está atormentado por sus identificaciones maternas».

Y en general todos estamos atormentados en algún grado por nuestros apegos o identificaciones con todos los roles que hemos visto representar fuera, o que representamos ahora en nosotros (como madres, padres, hijos…), en este mundo.

Nuestros apegos al mundo nos atormentan, pues el mundo está lleno de cuerpos que desaparecen, atacan, piensan mal, no agradecen… etc., etc. Pero la Biblia se va a especializar :), como tratado psicológico que también parece ser…, y tratará de la familia, como estamos viendo :). Y este fenómeno, el familiar, ha sido tan importante en la historia reciente, que podríamos pensar quizá que la Biblia fue en realidad escrita también para nosotros, para estos tiempos :).

«Ante la falta de un padre, [Caín] lo busca en Dios.»

Y ahí la liamos. Pues el dios que teníamos para echar mano de él, era ya solamente el dios falso, el bíblico de la mayor parte del Viejo Testamento, el dios del ego, construido a nuestra imagen y semejanza: un dios de “miedo”, capaz de atacar, etc.

Dios es lo natural en nosotros, Amor, y no exige nada, no ordena, no puede imponer nada… y, por tanto, no nos puede ayudar si no nos damos cuenta de que somos nosotros mismos quienes fabricamos todo esto, y quienes no queremos salir de la dualidad —y por tanto no queremos ser ayudados.

En la dualidad Dios no puede ayudarnos más que indirectamente, pues somos libres de creer lo que queramos, el libre albedrío es sagrado, el poder de nuestra mente no puede ser contrariado. Solo podemos ser ayudados por al respuesta interior que Dios puso en nuestras mentes, ante la pesadilla que ideamos. Nosotros mismos podemos elegir ser ayudados entregándole en nuestro interior, a dicha respuesta, todo el miedo que inventamos y ahora reciclamos. ¿Cómo lo hacemos? Sacando dicho miedo a nuestra consciencia, sin miedo :), simplemente.

No podemos ser ayudados a no ser que saquemos por nosotros mismos a la luz todos esos fantasmas de oscuridad que nosotros pusimos en nuestra mente (juicios, creencias fijas, etc., que luego asociamos inevitablemente con los roles familiares y las películas de aventuras que éstos tienen en el universo ilusorio…)… y que nos impiden acceder a lo natural en nosotros —a Dios, Amor.

«Pero ante el hecho de que éste acepte la ofrenda de Abel y no la suya, mata a su hermano. Y esto no solo deja entender que Dios no puede, en ningún caso, reemplazar al padre, sino que convierte a Caín en el padre de los integristas.»

Esto tiene que ver con lo que a veces parece ser un “problema” en el mundo de “la espiritualidad”. En ésta, a veces, la gente buscamos un padre, y nos lo fabricamos, pues siempre hay alguien dispuesto a representar el papel: encontramos gurús, o simplemente nos convertimos en gente demasiado rígidamente inmóvil dentro de alguna “tradición espiritual”, que condicionará nuestro ser justo en aquello que no es lo esencial para nuestra integración: el comportamiento.

Hacemos eso con los padres falsos en vez de encontrar y buscar la propia voz o Luz interna, el Padre o Madre interno, nuestra integración y felicidad reales, intransferibles. Así, estos gurús —o ciertas tradiciones— serán por tanto lo que tomaremos para que nos proporcione, en parte, aquello que creemos que nos falta, como “hijos sin padre”.

Esto, como sabemos, en el curso se entiende simplemente sabiendo que en el infierno, aquí, hacemos de todo, por defecto, una relación especial (para reforzar nuestro sentido de ser un yo especial, diferente).

Pronto hablaremos del centro esencial de nuestro comentario. Pero ahora dirá Dumas:

«¿Y qué futuro depara la Biblia a los integristas? Enfrentado a la locura de Caín, Dios no lo condena a muerte. No puede hacerlo: las almas de los seres que ha creado son inmortales.»

Nuestra mente es muy poderosa y no puede ser contrariada pues la única contradicción existente es la que fabricamos nosotros contra nosotros mismos.

«Por lo tanto, lo condena a vivir eternamente… bajo la forma de un fantasma.»

En la falsa eternidad, en el tiempo.

«Y por eso el texto continúa con la descendencia de Caín en la que el fantasma del fratricida vuelve a aparaecer en la séptima generación, con el regreso del nombre del antepasado asesino. Su descendiente, Lamek, tiene un hijo. Sin embargo, al llamarlo Tubal-Caín empieza a delirar porque cree que él ha cometido el crimen de su antepasado. Y es así, explica el texto, como el pecado de Caín (su incapacidad para poder hablar con su hermano) se transmite y se amplifica con el paso de las generaciones, para crear una humanidad constituida por individuos que han desarrollado el cuerpo en detrimento del espíritu.»

“Materialismo” que privilegia el cuerpo y que es el programa que llamamos “la caída”.

»Y eso es lo que Dios intentará remediar con el diluvio.»

El dios del ego, se entiende, que, como es en realidad fabricado por nosotros mismos, es el único que sabe de nuestras batallitas, que responde a ellas.

» Abel encarna el estereotipo del descendiente sacrificado. Es el esquizofrénico que no fue concebido en un proyecto y unas palabras. En hebreo Abel significa dos cosas: nada y vaho. Por lo tanto, en el lenguaje, Abel significa la nada, el vacío. A este respecto el texto dice: “Eva concibió la Nada (Abel)”.»

Alimentando el sistema de pensamiento de la separación, concebimos, con el ego (es decir, aquí, todos —”Adán” dormido— concebimos, “acompañados” por lo llamado ‘Eva’ (ego))… concebimos… ese obstáculo: Nada.

Nada nos obstaculiza de llegar a Dios, pero esta nada la convertimos aquí en todo, en el todo para nosotros. Y el terror asociado al deshacimiento del yo, de la individualidad, de ser especiales, es enorme (tanto como la percepción de esa Nada), y por ello volvemos una y otra vez a “encarnar” películas de individualidad implementando con ellas el sistema del ego del miedo —en contra del amor que somos.

De hecho lo que lanza la Nada a la “existencia”, y lo que provoca por tanto más y más miedo, es intentar evitar el obstáculo, separarnos de él, resistirse a él, es decir: “matarlo”, matar nada, matar a Abel: proyectar (lo vemos fuera y creemos que nos hemos librado de él; pero no hay nada fuera de nosotros).

Podríamos pensar que la concepción de la Nada, por Eva, es tirando a neutral, y que es Caín quien luego pone el sello interpretativo que la hace menos neutral, un sello característico del ego, con su trinidad (miedo, culpa, pecado).

Cuando nos pensamos sin cuerpo, no podemos dejar de tener miedo, a no ser que hayamos llenado nuestra vida en cada momento y que podamos cada vez más consistentemente reflejar lo que realmente somos, reflejar nuestro Ser, que es conocimiento de Dios (pues somos, en Dios, co-creadores con él, y no fabricadores de una realidad dual, donde hicimos posible la muerte).

Si no acumulamos cierta “experiencia” de eso mismo en nuestro interior, entonces nos atemorizaremos a nosotros mismos al estar todos por defecto bajo el fantasma de Caín, pues aquí todos por defecto somos la misma resistencia inútil al “mal” (un mal que no existe sino en nuestras mentes calenturientas, pues fue meramente inventado por nosotros mismos), una resistencia a la nada, representada por Caín.

Somos pues una resistencia que mantiene oculto algo que no es nada. Y lo único que da “fuerza” a la oscuridad de esa nada es la ocultación. Así que no queremos percatarnos de que “somos” Caín, y no queremos atravesar la nada sin miedo. Esa nada nos constituye como Caín —a partir de eso que el mito bíblico describe llamándolo “Caín”.

Siendo así, no podemos dejar de ser “Caín”: a menudo, cuando empezamos con todo esto, no podemos dejar de imaginar, con el ego, un gran “vacío existencial” al pensar en todas estas “cosas espirituales” —como UCDM— que nos vienen a decir que no somos cuerpos, y que nuestro ser nada tiene que ver con ellos (y que por tanto la solución a nuestros “problemas” en el fondo no tiene nada que ver con lo que vayamos a hacer en el nivel de los cuerpos, el del comportamiento, sino solo con lo que pensemos, pues el comportamiento es mera consecuencia de nuestro pensamiento).

A Abel lo engendra directamente esa parte del sueño de Adán que es el ego, que es “Eva”, interpretando lo que pasa. Dice Dumas que Caín y Abel ya no son engendrados por la palabra, por el aliento divino. Y es que nosotros, “Adán”, aceptamos tal interpretación (el ego, Eva, que salió de nosotros mismos), pues ya estamos completamente dormidos, y el sueño corre como ese cierto automatismo que es en realidad, al olvidarnos en él de que nos estamos separando ilusoriamente de algo que en realidad nosotros fabricamos (Eva, ego, el mal, el miedo…)… y que si de hecho, como vemos, todos queremos proyectar esta separación —en nuestros propios fantasmas concretados en nuestras historias muy personales— es para olvidarnos de la otra separación imaginada, más importante, con respecto a Dios.

Caín no puede “hablar” con su hermano, es decir, no puede enfrentar la culpa que provoca la idea de separarse de Dios y que Eva se haya puesto a engendrar más y más ideas, como si ella (nosotros alimentando ego) pudiera usurpar realmente la capacidad creadora de Dios.

Así, Eva, va a legar cierta culpa por estar fabricando ilusoriamente —por estar soñando “contra” Dios. Tal culpa va a ser heredada por la figura de Caín (es decir, nosotros en tanto que “Caín”). Caín no puede, no podemos, enfrentar sin miedo esa nada, el hecho de que en realidad no estamos creando nada, de que estamos “creando la Nada”, creando este mundo mental (luego proyectado “físicamente”) del ego… que dio crédito a la ilusión de la separación de Dios, una separación que será interpretada con pecado-culpa-miedo… y que dará pie a más y más capas de defensas, terminando con universos de cuerpos donde venimos a creer que necesitamos “expiar” pecados, cuando el único pecado, el “original”, fue un simple sueño, y no tuvo realidad.

Como Caín, no podemos atravesar la Nada sin miedo, no podemos enfrentar la falta de proyecto, el sinsentido de este mundo, que está representado afuera por Abel, un Abel enterrado (muerto, ocultado, y por ello potenciado) y cuya muerte provoca la actualización fantasmal de nuestro falso ser en tanto que somos “eternamente” Caín, en cada generación.

La lucha entre Caín y Abel se da pues en la mente, en el nivel mental, y nada más: creemos escapar del miedo a la Nada, ocultándola o matándola en la mente, pero así solo la multiplicamos.

“Eva”, el ego, podría ser (pensando de nuevo en UCDM, como hacemos en todo este texto) la idea de que es posible separarse de Dios interpretada como real. Eva podría representar nuestro haberle otorgado realidad a la idea de la separación de Dios, siendo Eva en el mito una mera “costilla”, una parte de Adán, minúscula, que se pensó separada.

Y, como vemos, Eva nos pone una trampa más, para que, estando ahora identificados con Caín, caigamos en ella (recordemos que todos somos todos estos personajes mitológicos: Adán, Eva, Caín, Abel… que son símbolos del drama de nuestro falso ser, una vez que Adán duerme y que nunca nadie dijo que haya despertado).

“Caín” nos representa a todos, dormidos aún, en la continuidad del sueño de “Adán”, de ese nuestro anterior estado como “Adán”.

«Así pues, Caín mató a su hermano bajo la influencia de sus identificaciones maternas.»

Una vez dormidos, habiendo aceptado la idea de que era posible separarse de Dios (identificaciones con la madre “Eva”, que sería tal idea), ocultamos —matando— lo que nos acompaña en el sueño demente, ocultación que es la expresión de nuestro no querer despertar.

¿Por qué se dice que “Dios” prefirió la ofrenda de Abel? ¿Y si es el “dios del ego” quien prefiere tal cosa… qué significa?

Podríamos pensar, al hilo de lo que dijimos sobre Caín siendo el “lado Yang”… y pensando en el texto sobre negación/proyección como defensas…, podríamos pensar que Abel es el lado de la negación, la “depresión”. Caín es nuestro lado proyectivo, completamente disociado, que no recuerda que está multiplicando la nada de la idea de la separación.

Abel es quizá el lado negativo de la posibilidad de recordar, el pliegue de la multiplicación, la cara negativa igualmente ilusoria, pero un posible recuerdo invertido de que lo que no es nada es nuestro universo, un recuerdo que sirve:
— tanto para atemorizarnos (y “matar” la nada multiplicándola, como hacemos siendo Caín por defecto (ego))
— como para poder atravesarla si afrontamos la negación: si negamos la negación, tal y como dice el curso que hagamos, pues podemos negar que esa Nada sea real, sea el umbral a una auténtica nada…, y, entonces, podemos sentir más bien que dicha Nada es el umbral que nos separa ilusoriamente de la dicha total, del único universo real, del “Todo” de Dios.

Si es el Dios real quien prefiere la ofrenda de Abel, podríamos decir que sería debido a que ese Dios, el Dios verdadero de Amor, hubiera preferido que a nivel mental nos hubiéramos atrevido a atravesar la nada en ese estado “inicial” (aunque aquí aún no existe el tiempo lineal). Y, entonces, no hubiera hecho falta proyectar todos estos diversos mundos tragicómicos para darnos cuenta de todo esto —de que estábamos multiplicando nuestro propio suicidio simulado en la nada de los cuerpos.

Vamos ahora con esta parte del texto, muy sugerente.

«Eva concibió un hijo de una forma jamás pensada, como automatismo animal. Hizo la Nada.»

Aquí, por ese “automatismo” —en el comentario de Dumas— podríamos entonces imaginar que Abel también representa la neutralidad de los cuerpos, que no tienen propósito, y cuyo propósito debe ser el infundido por nosotros, por una de dos cosas (donde siempre se trata de nuestra mente y su elección):

— o bien por el ego (habiendo elegido nosotros ego en nuestra mente, pues el único problema es esta elección, que recordemos hemos hecho inconsciente)…, en tanto que el ego es la creencia de que es real la separación con respecto a Dios, y de que los cuerpos o la percepción son lo único real, el único estado real… (una creencia esta que como vimos es inmediatamente interpretada con el sistema de pensamiento del ego y su trinidad de pecado-culpa-miedo, pues el hecho de hacer real la separación conlleva un pánico enorme, y hace nacer la trinidad del ego)…

— o bien “por Dios”, indirectamente, a través del llamado Espíritu Santo, que es ese “espíritu” de reunión con Dios, por el cual vamos aprendiendo, desde estos cuerpos, a sentir que nosotros, “pedazos” de Cielo atemorizados por el drama ilusorio de “la caída”, no somos estos cuerpos… que no estamos separados de Dios, de nuestro verdadero creador —que nada tenemos que ver con estos universos de percepción.

«Caín no hizo más que prolongar o acabar lo que su madre había empezado: ¡eliminó la Nada!»

No queremos ver que los cuerpos no son nada, así que “matamos” la nada (lo cual solo oculta nuestro verdadero deseo: prescindir de la creencia en el pecado que intentamos coagular en estos cuerpos).

«Adán, cuando entendió el error que había cometido con sus dos primeros hijos, lo reparó.»

Ahora Adán es como si representara el recuerdo de lo que realmente somos, aún estando ya dormido (es como si fuera el Cristo, el Hijo de Dios, todos nosotros ya unidos habiendo reconocido nuestra unidad creadora con Dios, fuera de todo sufrimiento). Este parece ser un momentáneo despertar a nuestra realidad, donde echamos mano de Adán en este texto, echamos mano de nuestra esencia en contacto con Dios (Cristo), con ese Dios de Amor que puso una Respuesta de Amor perfecto en nuestra mente dormida —el “Espíritu Santo”— para que siempre fuera posible encontrar respuesta al sueño ilusorio de cuerpos que mueren, o al sueño ilusorio de la percepción cambiante.

«Concibió a Seth, su tercer hijo, igual que Dios lo concibió a él, en el nombre y la palabra.»

Quizá no es casualidad que Seth sea el nombre de la muy alentadora canalización de Seth de la que hemos hablado bastante aquí, y que en el siglo XX nos volvió a hablar, a la humanidad, muy llanamente, sobre muchos de los intríngulis de este universo y de otros sistemas de realidad en los que pulsa nuestra consciencia aunque paradójicamente no seamos conscientes de esta dimensión más amplia… y los intríngulis, por tanto, de nuestro ser como consciencia que proyecta el universo desde la mente dividida.

Hay que contar con que Seth es por tanto un hijo del ego (Eva) que intenta reparar, aunque sin ir del todo a la fuente del “no-problema”. Es entonces, en parte, por así decirlo, un mero parche, tal y como realmente esa canalización de Seth representa si la comparamos muy en general con el simple mensaje de UCDM.

«Por lo tanto a Seth le tocó cargar con la responsabilidad de transmitir el Aliento divino.»

El hecho de que sea una “carga”, una tarea esforzada, le otorga realidad al mundo de cuerpos como algo que realmente nos hubiera alejado de Dios. El verlo como carga sería indicativo del carácter “derivado” de la tarea de Seth, que está respondiendo a una “falta”, y así, de cierto modo, la hace real: “nos falta” el aliento divino. Pero no, no nos falta nada, solo queremos que nos falte, y todos y cada uno de nosotros somos igualmente responsables de tal “falta” ilusoria.

Así, el mensaje verdaderamente liberador es más simple y directo que el de Seth, pues ninguna falta es real, solo lo creemos así.

«Y [Seth] no lo tuvo nada fácil, porque aunque Adán entendió las razones del drama, Eva no lo hizo.»

Eva, el ego, no puede entender nada. Adán reunido con Dios (Espíritu Santo) sí entiende aún lo que pasa, pero está dormido, y solo podemos recurrir a él a efectos retóricos.

«Ella concibió a Seth en sustitución de su hijo muerto, Abel.»

Por eso quizás sucede que, tanto la vida normal, como la espiritualidad, es en el fondo un “reemplazo” de muertos, una compensación, una sustitución donde “vivimos” sustituyendo muertos, donde en parte estamos constantemente “reaccionando” contra esa muerte que ya hemos aceptado dentro nuestro —con por ejemplo, en el lado espiritual, la canalización de un Seth que nos alienta en tanto que humanos “vivos” aquí (en realidad no estamos vivos aquí, sino que la única vida real, la Vida, es nuestra eterna actividad creativa con Dios, actividad que nada tiene que ver con cuerpos y con la ilusión —por definitiva que sea— de “despertar”).

«De este modo, el fantasma del fratricida engendrado por Caín se transmite, a través de las mujeres, a la descendencia de Seth, hasta Abraham y sus hijos. Los patriarcas encarnarán así una línea de descendencia modelo. Erradicarán el fantasma de Caín resolviendo, en cada generación, una rivalidad fraternal.»

Comenzó la lucha entre hermanos que llamamos civilización, mundo.

«Y después de haber garantizado la buena tranmisión del aliento divino, les bastarán con tres o cuatro generaciones para engendrar un genio, José, que, después de haber dado a Egipto sus estructuras sociopolíticas y de haber perdonado a sus hermanos por haberlo vendido como esclavo a los beduinos, fundará las doce tribus de Israel…

» Todo lo que el psicoanálisis descubrió miles de años después ya estaba escrito en ese texto. Y eso cambia completamente la manera en que la Iglesia nos lo presentó. Así, me quedé boquiabierto al descubrir que, en el sacrificio de Isaac, donde la voz divina le pide al fundador del monoteísmo que sacrifique a su hijo por él, no es, como siempre ha defendido la iglesia, la fe de Abraham la que se pone a prueba. En el texto, Abraham es el “amante” del Creador; no hay ninguna duda de su fe, es un “loco” de Dios. Y queda demostrado en el acto de sumisión en toda ley. Lo que Dios puso a prueba era su capacidad de ser un padre conforme con el modelo bíblico. Y lo hizo obligándolo a enfrentarse a la madre narcisista y posesiva en que se había convertido Sara. Ella había encerrado a su hijo mayor, Ismael, con Agar, su madre, en el desierto donde habrían muerto si un milagro divino no los hubiera salvado, y Abraham no podía ser el padre de los patriarcas si dejaba que su mujer decidiera de esa manera la suerte de sus hijos. La prueba que le impuso Dios pretendía enseñarle a no comportarse como una madre, que se niega a admitir que su hijo está, como todo ser vivo, destinado a morir y que, en última instancia, pertenece a Dios y no a sus padres.»

Queremos evitar nuestra liberación total del ego, el deshacimiento del ego. Y esto lo conseguimos manteniendo nuestras identificaciones familiares, los apegos familiares: ya sea que reaccionemos “contra ellos” —y sigamos así identificándonos como personas respecto a nuestros padres, “contra los padres”—, o bien, ya sea que “reaccionemos a favor”, manteniendo así nuestro papel sumisamente con ciertas fidelidades —que además quizá proceden normalmente de bien lejos, en la línea de los ancestros.

Así, no queremos integrar y trascender nuestros roles, sino lo que a menudo perseguimos es seguir representándolos. La liberación con respecto a eso tiene nombre en psicoanálisis, y es lo que los psicoanalistas llaman “resolver el Edipo”, es decir, liberarse mentalmente de los lazos filiales para poder sentirse seres plenamente responsables de sus decisiones, a nivel mental.

Esto no quiere decir matar o despreciar a nadie (pues en realidad nadie somos nuestros egos), sino que quiere decir que, a nivel mental, nos percataremos —con todo nuestro sentir— de que nosotros no somos en absoluto ninguno de nuestros roles egoicos (hijos, padres, trabajadores, etc.).

Somos amor perfecto, incondicional, no somos cuerpos, y no tenemos realmente ninguna “necesidad”.

[Hemos hablado de la liberación de los roles y de las relaciones especiales en textos anteriores: Los dioses son los padres, etc.]

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2 Respuestas a “El transgeneracional, el Génesis y Un Curso de milagros (UCDM). Hablaremos sobre cómo todos aquí intentamos “matar la nada” (Caín a Abel), y también reaparecerá Seth sorpresivamente en este blog. Comentando «Mis antepasados me duelen» —una parte de este texto de entrevistas (Didier Dumas)

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  1. Hola! Muy interesante página. Hay una cita que sería importante corregir por si hay lectores interesados: dice “Didier Dumas, en el libro de entrevistas Mis antepasados me duelen, dice del Génesis que es…” El libro citado no es de Dumas, pertenece a Maillard y Van Eersel

    • Hola,
      gracias,

      cuando coloqué el nombre de Dumas entre paréntesis, me refería a que es quien habla en esa parte.

      Es la parte que interesaba para la cuestión.

      Desde luego que los autores-entrevistadores son otros… y qué bien que recordemos el nombre 🙂 y el libro …

      Encantado de que si te apetece corrijas todo lo que puedas… que hay mucho que puede mejorar
      🙂

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