La dependencia y ser bondadosos   Leave a comment

Azalea, de Martin LaBar (going on hiatus), en Flickr

Azalea, de Martin LaBar (going on hiatus), en Flickr

Índice:

— La energía asesina de la dependencia.
— ¿Cómo se fabrica todo esto?
— Ser bondadosos. El “sí a todo” y no mirar al otro con el ego para “sanarlo”. Nota sobre las terapias o estilos “duros” de tratamiento, etc.

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La energía asesina de la dependencia

Esta descripción realista de la dependencia, como ‘energía asesina’, en las relaciones de dependencia por ejemplo entre familiares, y vivida cuando ya no toca, la vemos comentada así en Constelaciones familiares (por ejemplo por Brigitte Champetier).

Es similar a como Un Curso de milagros describe la sustancia de nuestras relaciones en general.

Todas las relaciones del mundo son por defecto lo que el curso denomina “especiales”, es decir, están usadas más o menos inconscientemente para reforzar nuestra inversión en “ser individuos”, “egos”, para reforzar nuestro deseo de ser especiales. ¿Cómo? Cuando somos aparentemente peor o mejor tratados en tales relaciones, pero siempre “especialmente tratados”: como “yoes” separados, que “valen” más, valen menos…, que existirán “más”, “menos” en función de esos campos egoicos caóticos de evaluación… y que querrán en general no tener la responsabilidad de su existencia, valorándose en función de cómo los ven y valoran “exteriormente”, con creencias y juicios que vienen del exterior y que son aceptados más o menos inconscientemente por todos nosotros en este mundo.

La relación especial se basa en carencia, en falta, es decir, en odio a nosotros mismos, a nuestro ser real cuyo valor es inmutable y siempre infinito.

Las relaciones de amor especial (parejas, etc.), o bien de odio especial (enemigos, etc.…) son siempre por defecto intentos imposibles de compartir dicho odio hacia nuestro ser real compartido, de “compartir” carencia, miedo, etc.

Dos advertencias previas:
— Obviamente esto no quiere decir que no podamos ni debamos relacionarnos, sino que nos da una base para comprender por qué podemos “perdonarlo” todo (es decir, podemos vivir sin juzgar, siempre), ya que aquí todos estamos en esencia haciendo lo mismo, la misma “barbaridad” —tal y como hablamos abajo en Ser bondadosos.
— Y esto tampoco quiere decir que haya que ir diciendo todo el rato a todo el mundo lo que hemos descubierto: “la sustancia” de este mundo sin sustancia (pues la única relación real no está aquí, sino en nuestro interior, y “aquí” solo se refleja).

Así, la sustancia usual del mundo es la de sus relaciones, y dicha sustancia es en realidad el intento de “compartir” lo que en realidad no se puede compartir: un odio salvaje hacia nosotros mismos al vernos carentes, deseando así “matar” nuestra “esencia”, que es completa (y que por ello no es de este mundo, que está en ese “amor puro” que, como dice Hellinger, “sana”).

Como también viene a decir el curso de milagros, todos estamos librando una batalla contra nosotros mismos que no queremos ver en tanto que batalla. Así, ponemos cara de inocentes, pero la libramos implacablemente contra nuestra verdadera realidad, eterna, y venimos al mundo del tiempo, y en general al de cualquier tipo de percepción, a hacernos literalmente los tontos.

Todas las relaciones especiales del mundo son sustitutos para nuestra verdadera y única relación real, interior, una relación que todos tenemos y que en realidad “somos”. Esta relación, contra la que reaccionamos al venir al mundo, es la relación con nuestra “esencia”, perfectamente “completa”: con un ser o una esencia que no puede sentirse necesitada y que es nuestra única verdadera realidad y que puede ayudarnos a salir, guiándonos en el camino de despertar de este mal sueño que llamamos ‘universo’.

En concreto el curso dice, entre otras cosas: “lo que ves en cualquier clase de sufrimiento que padezcas es tu propio deseo oculto de matar”. Nosotros, admitida nuestra relación real, no podemos sufrir, pase lo que pase en nuestros cuerpos y en nuestras relaciones, pues no somos cuerpos y nuestro contenido real no puede venir de ninguna de nuestras “relaciones psicológicas” que conforman en gran parte este mundo (por mucho dolor que veamos, alberguemos, etc.).

Así, deseamos intensamente “matar” nuestra relación interior con el Amor —que es lo único que realmente podemos compartir—, matando así, por puro miedo, nuestra realidad inmortal, y es por eso por lo que “venimos” aquí a juzgar a los demás, responsabilizando así a los demás y a lo demás de nuestro sentir: de nuestro aterrorizado sentido de ser “yoes separados”. Venimos pues a “unirnos” en macabras relaciones de amor especial o de odio especial, relaciones que en un principio simplemente comparten el deseo de morir que subyace a este mundo.

¿Deseo de morir? Sí, repetidamente, vida tras vida, en vidas enroscadas en relaciones de culpa, con los demás, en vidas de culpa compartida de forma más o menos miserable.

¿Cómo se fabrica todo esto?

Nosotros nunca hemos dejado de ser primero una mente que acepta o selecciona creencias o identificaciones. La causa está en la mente que acepta o no verse como el mundo “quiere” que se vea ella a sí misma: primero en general como un cuerpo, y, luego, con todas las historias, más o menos dramáticas, que nos suceden y sucederán “como cuerpos”, historias que siempre tendrán un componente dramático a no ser que de forma global y sutil empecemos a dejar de creérnoslas —ya que nuestras aparentes “necesidades” nunca se van a ver satisfechas cómo y cuándo queremos mientras las vivamos como reales, como necesidades reales.

Esta “insatisfacción” reforzará lo que venimos a reforzar aquí: el sentimiento de estar incompletos, de no ser válidos, o no lo suficientemente válidos, etc.

Esas experiencias, las que universalmente todos tenemos, ya que es para eso por lo que este universo existe…, nos pueden dejar más o menos “huella psicológica” debido a que es a partir de ellas como se confirma la “carencia”, la “falta”, la victimización, que venimos a buscar.

Entonces es a partir de ellas como nosotros formamos la película de una “victimización” esencial, una victimización en sentido amplio, lo cual es en gran medida nuestro ego: “yo” existo como ser separado, pero no es por mi falta, no es mi responsabilidad, no es por “mi culpa”: «mira lo que mis padres hicieron… y yo no pude elegir a mis padres», por ejemplo.

En cierta medida siempre somos libres, mentalmente (y en la mente está la causa), pues siempre podemos elegir aceptar o no las identificaciones, las creencias, las percepciones erradas, con las que nos ven los familiares o cualquier otra persona.

¿Y cómo se forma la película? Ya lo vemos: habiendo elegido la creencia en la separación, difractada en una serie de creencias e identificaciones que aceptamos nosotros mismos en nuestra mente, y que nos aseguran y refuerzan nuestra identidad como seres muy justificadamente separados: «¿por qué me tuvo que pasar esto a mí? ¿Cómo es que se me hizo esto a mí? ¿Por qué me ha tocado vivir esto “tan malo” en la vida?».

Normalmente no queremos volver a revisar, a sacar a la luz, dichas creencias o identificaciones que a veces se hunden muy atrás en el tiempo, pues no queremos vernos como responsables de nuestra vida, de todo lo que nos ha pasado aparentemente “sin querer”.

Así, es crucial el pasado, pero no porque sea real, sino porque el pasado lo estamos usando para machacar nuestro presente. Esto sirve para explicarnos por fin “casi todo” desde que hicimos esos artículos sobre el mensaje a Bill.

¿Cuál es el problema en realidad? Es, como siempre, simple: el problema no es el pasado en sí (pues no existe), sino que el problema es que el pasado determina indirectamente nuestros problemas, con nosotros como principales responsables, ya que lo determina por nuestra renuencia a mirar cómo estamos machacando nuestro presente con creencias e identificaciones aceptadas en el pasado, y que no queremos revisar, en nuestra particular película de cómo tiene que ser la vida, en nuestra función “egoica”.

Ese acto, que realizamos en cada momento, y que podemos por ello revertir ya que somos nosotros quienes lo realizamos, es lo que determina todos nuestros problemas o lo que determina en general las características del programa a múltiples opciones que es este universo dentro del cual nos creemos “vivos”.

Normalmente es en nuestro ambiente familiar donde hemos podido haber aceptado —desde muy pequeños y con mucha potencia—muy diversos tipos de creencias en torno a, por ejemplo, que “no valemos”, que “no valemos lo suficiente” (porque hicimos esto o lo otro…, o nos hicieron esto o lo de más allá)…, etc.

Pero siempre somos mentes libres de aceptar o no tales engendros. Y es cierto que parece que nuestro ambiente nos lo puede poner más o menos difícil, siendo un ambiente familiar muy “tóxico”, por ejemplo, y poniéndolo así aparentemente difícil. Pero todo nos lo hacemos nosotros a nosotros mismos, ya que, primero de todo, somos mentes, mentes que aceptan —de forma más o menos cargada, emocionalmente hablando— creencias más o menos asesinas para con nuestra verdadera realidad inmortal (un ser cuya valía no depende de nada de lo que “hay” en este mundo).

Así, tenemos el ejemplo del que hablamos en el blog, en textos que nos parecen fundamentales por ser muy claros e ilustrativos del mensaje simple del curso de milagros. Fueron, como dijimos los de El mensaje a Bill.

En ese mensaje, Bill Thetford seguía más o menos “inconscientemente” aferrado a creencias que había adoptado hace años. Es decir, en su presente seguía permitiendo que “actuara” su pasado. ¿Cómo? Bajo la forma de la aceptación, más o menos inadvertida, en su propia mente, de creencias y percepciones erradas de sus padres, que sus padres tenían sobre él, sobre su monigote-ego, el de su particular historia personal.

Por ejemplo, tardíamente, el padre de Bill actuó bajo una de sus percepciones “erradas” destrozando la oficina de Bill cuando éste era joven. Y Bill seguía aferrado a lo que todos hacemos, a tomárnoslo todo muy personalmente: “¿por qué él me hizo esto a ?“. También, por ejemplo, el ego de Bill se quedó con una historia que machacaba su presente: “preferían a mi hermana”.

Bill, más tarde, sentía ansiedad a la hora de ejercer una parte de su profesión. Y esa ansiedad es lo que la voz que dictó el material del curso de milagros le obligó a mirar en tanto que se relacionaba con su pasado. Pero, como hemos dicho, no se relaciona con el pasado en sí, que no existe, sino con cómo Bill mismo está, en cada momento presente, aceptando en su mente creencias erradas de sus padres sobre él, para así poder justificarse, Bill, como un ser inválido ahora, en el presente.

Bill es libre, por ejemplo desde el preciso instante en que le sucede aquel “mal incidente”, él es libre para decirse…: «a mí no se me hizo nada; si bien mi padre pudo estar “alienado” (como todos en el fondo lo estamos, y por igual, alimentando ego) actuando bajo unas creencias y, en general, bajo el sistema de pensamiento de la separación, yo no tengo por qué compartirlo ni aceptarlo en mi mente a causa de haber vivido ese incidente. Así, no tengo por qué decirme jamás que se me ha hecho algo a mí».

Y entonces, el hecho de que nos aferremos a la historia: “¿Por qué se me hizo esto a mí?” es lo que nos indica que queremos que nos sucedan estas cosas “malas” (y queremos que sucedan en general, en el mundo, pues también ocurre lo mismo cuando proyectamos nuestra “natural” victimización sobre las víctimas “fuera” de nosotros).

Ese fue el punto clave del mensaje concreto a Bill, el punto más chocante para mi ego, en mi caso, y que de hecho es precisamente una de las claves principales del curso de milagros, pues es la “ley de la percepción”, como a veces la llama. Simplemente queremos que nos suceda todo lo que nos sucede, sean o no “cosas malas” (aunque también aparentemente las deseemos “buenas”, siempre en dualidad). ¿Para qué, por qué estamos tan “locos”? Para reforzar el ego. Y ¿qué es el ego? Esto tan simple:

EXISTO, PERO NO POR ES MI CULPA.

El mundo está justo para eso: para echar balones fuera acerca de nuestra sensación de estar separados, de existir como individuos separados —individuos psicológicos (yoes) y físicos (yoes identificados con cuerpos).

¿Y qué es lo que sucede, qué hay por debajo? Resulta que la existencia, en el nivel interior, es decir, el causal —el mental—, está cargada con una inmensa cantidad de culpa, es decir, de auto-ataque —”problema” que es en realidad el único problema de este mundo (y de cualquier “mundo”).

Y como ya sabemos, el problema no es siquiera dicha culpa, sino el haberla elegido a nivel mental (ese nivel que no queremos recordar que es lo que realmente somos —una mente que en realidad contiene el universo).

Y dicho auto-ataque o “culpa” solo es un “problema” porque no lo queremos mirar, ya que, mirándolo pacíficamente, nos daríamos cuenta de que no existe la culpa —de que si parece existir es solo porque la alimentamos nosotros, porque “elegimos culpa”, constantemente, en la mente.

Así, todo nos lo hacemos nosotros a nosotros mismos al proyectar fuera esa “culpa” (para eso está el mundo, para juzgar con nuestro ego reforzando nuestro sentido de la separación lo cual refuerza la consciencia de “pecado”). Pero toda proyección fabrica lo que proyecta, y consigue reciclar la culpa multiplicando el miedo.

Por ejemplo una de las versiones de aquel «existo, pero no tengo la culpa» es la siguiente: «puedo ser realmente víctima de circunstancias que no están bajo mi control» (desde el propio embarazo que parece alumbrarnos a este mundo de oscuridad (!)).

Admitido esto, en nosotros, estamos en realidad admitiendo el literal asesinato —aunque fingido e ilusorio, pues nuestro ser real no puede morir—…, el literal asesinato de nuestra verdadera realidad, inmortal —lo que tradicionalmente llamamos ‘Dios’, una realidad unificada que, gracias a Dios :), no puede saber nada de todo este lío.

Este tipo de maniobras que difractan aquel “existo, pero no es por mi culpa” en billones y billones de mundos, sistemas de realidad, historias personales, etc., es lo que constituye el motor de este universo. Es decir, este universo, y todo sistema de realidad, se basa en ataque —ilusorio— a nuestro verdadero ser, a Dios, a la Fuente.

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Ser bondadosos

Ego de Homies In Heaven, sur Flickr

Ego de Homies In Heaven, en Flickr

«El entendimiento es luz, y la luz conduce al conocimiento.»
(ucdm T-5.III.7)

Una de las maravillas que se derivan de entrar en el texto de Un Curso de milagros (ucdm) y los materiales adyacentes, es la de comprender de cierto modo muy global qué supone la bondad, el ser bondadosos.

Es genial poder “perdonar” la palabra bondad, y por ejemplo tampoco tener ningún remilgo a la hora de admitir que la felicidad es posible, y que ésta y la bondad sí que existen, aquí, como posibilidades —aunque el garante de su verdadero ser esté en “otro mundo”, y, aquí, realmente, el Amor y el verdadero Bien solo se reflejen una vez los admitimos como nuestro verdadero ser…, un ser que nada tiene que ver con cuerpos, con historias personales, etc.

El ego está en parte formado por todas esas identificaciones y creencias que aceptamos via sociedad, familia, etc., y que provienen de nuestro deseo de ser especiales (nacemos en el mundo con tal cosa intacta, con tal deseo, con el ego, intactos). Este deseo es “el gran dictador de las decisiones erróneas” (ucdm), y nos imposibilita fluir libremente en la vida, en un fluir que dé el mejor resultado para todos, en una verdadera felicidad, alegría y paz sentidas.

En general parece que el ego no se puede deshacer si tenemos un ánimo destructor, una actitud meramente destructiva.

Me llega sobre todo de oídas que en diversas tradiciones de “acompañamiento” o de “terapia” —por ejemplo en algunos casos en partes de lo usado por Gurdjieff— creo que se propone la realización de actos a veces un poco meramente “violentos”, es decir, que en parte su mero afán es el de destruir por destruir —destruir “el ego”, o lo que sea.

El ego se deshace desde “el interior”, cuando nosotros vamos entregando nuestra oscuridad a nuestra luz interior. Esta es una parte esencial de la comprensión de por qué tiene sentido hablar de “ser bondadosos”, porque primero lo somos con nosotros mismos, en el paso importante de darnos cuenta de que toda batalla es interior y no tiene sentido.

La batalla es interior debido a la aceptación interior, en cada uno, y a veces muy profunda, de “cómo nos ven los demás”: los antepasados muertos y sus cargas emocionales mayores o menores con respecto al mundo, antepasados que bien pueden tener “planes” para nosotros, que pueden habernos legado creencias muy profundas sobre por ejemplo el sexo, el dinero, el trabajo, la vida, etc. O bien por la aceptación de la “demencia” compartida con los vivos, que procede de los seres cercanos “vivos”, de la gente de la sociedad, de la familia. O, incluso, de gente que ahora entenderíamos como “de fuera de este planeta”. ¿Y cómo es que sucede esto quizá con “gente de fuera del planeta”? Ocurre que, para el proceso de “perdón” que conlleva este universo, sería quizá importante en algún momento ver que un cierto secreto, un no-dicho, es lo que en cierta medida consigue estructurar a su alrededor, haciendo orbitar a su alrededor, el cíclico y “demente” proceso civilizatorio en el que nos vemos metidos al proyectar este “sueño” cósmico (es decir, en el universo, universo que al parecer proyectamos desde una sola mente). Y un cierto secreto o no-dicho parece que es este: nuestros cuerpos biológicos proceden en parte de una manipulación que involucra a ciertos tipos de seres humanos o humanoides que sí sabrían todavía, por tradición, nuestra verdadera historia como cuerpos en esta línea de probabilidad (que nada tiene que ver con una “evolución natural” en la que —y más o menos de repente— un homínido “salvaje” habría alumbrado su “ser cultural” como por arte de magia, en el planeta).

Sentiremos poco a poco y cada vez más que la batalla interior no tiene ningún sentido si estamos dispuestos a revisar, en un trabajo introspectivo —que a ser posible realizamos mientras llevamos una vida más o menos “normal”— todas esas identificaciones y creencias que subyacen a nuestra acción, responsabilizándonos y no culpándonos por haber tomado esas y no otras creencias o identificaciones de nuestro aparente ambiente parental, social o “cósmico”.

El ego se deshace por tanto cuando no tenemos miedo de nada interior en esa batalla sin sentido llena de aparente oscuridad —nuestra oscuridad— y estamos dispuestos a vernos sin culpa, sin juzgarnos, a ser transparentes con nosotros mismos, con nuestras acciones y pensamientos presentes o pasados.

Así, fortalecemos poco a poco la íntima consciencia de que, en realidad, somos “luz”, pues dicha consciencia es lo natural, lo más natural —y es esta la enseñanza que piden que verifiquemos estos materiales, textos, como ucdm, si queremos.

Un sanador, alguien “que sana” (que no tiene por qué ser en un momento dado alguien profesional, o no completamente profesional), el sanador, uniéndose a su propia luz, ayudará al conocido, amigo, “paciente”, consultante…, le ayudará a unirse con la luz que dicho “paciente” ya tiene “dentro”. Esto quizá dé resultados en ese mismo momento de “consulta”… o quizá no, pero, lo que creo que es seguro es que esto no se puede hacer sin bondad.

Es decir, una cuestión que surge de forma natural en Un Curso de milagros es esta: lo único que podemos ser siempre de una forma justificada es “bondadosos”, y nada más. ¿Por qué? Porque todos estamos en el mismo barco:

— todos nos creímos separados de esa luz, de la Fuente de la sanación, del amor puro que es nuestra verdadera Fuente y nuestra verdadera realidad (cosa que sentimos por ejemplo en la “terapia” llamada ‘Constelaciones familiares’, ya que sentimos que ella siempre está ahí, indirectamente quizá…, indirectamente dispuesta a dirigir hacia la sanación las informaciones que se representan…)…

— y todos contenemos la misma posibilidad de recordar tal Fuente, por igual, y reunirnos con la luz que somos, por instantes de sanación, o incluso de revelación.

Hay gente dedicada a recordar la luz por otros, a servir “como ejemplo” de que es posible siempre “elegir luz”. Pueden ser personas de cualquier “tipo”…, y es lo que aquí hemos llamado “sanadores” (en cualquier situación puede darse sanación, y en general no haría falta que siempre hubiera más de una persona).

Pero, en esa tarea de “recordar la luz para otros”, solo tienen cabida los actos bondadosos si es que realmente estamos hablando de sanación (actos que surgen de unirnos dentro nuestro con la certeza de lo que realmente somos, lo llamemos así o no).

Por otra parte, todos caemos en no ser bondadosos, pues aquí lo normal es que veamos a los demás como “historias personales”, muy personales (proyectando nuestro deseo de ser especiales), y que los veamos por tanto en tanto que cuerpos, y no como luz. Esto en primer lugar nos hace daño a nosotros, aunque no lo queramos comprender así. La identificación más o menos férrea con algo que muere y que está separado, un cuerpo, solo puede traer sufrimiento.

Así, no solemos tener la más mínima intención de ver la “luz interior” en los demás, y menos de una forma consistente.

Pero esa visión es lo que sana, y en realidad nada más. El “otro”, el “paciente”,  siempre puede verse motivado quizá a comprometerse en “su terapia” por alguna cosa que se le diga acerca de los detalles de su ego —que quizá no hemos dicho bondadosamente. Pero, en general, ese no sería el camino, esa actitud “no bondadosa”.

Así que lo único que no falla es una “defensa” que tiene un solo filo, que es una “espada” de un solo filo, que no puede atacar, y que el curso llama ‘Atonement‘, una palabra algo vieja, del inglés, con una etimología bien simple: “en-una-mente”, at-one-ment…, y que se ha traducido por ‘Expiación’ y que se puede traducir por ‘Reconciliación’.

La única defensa que no puede herirnos es reconocer, en nosotros, siempre que podamos, nuestra luz interior, para que ella sea quien sirva quizá a otros más tarde o más temprano para lo mismo: para incitarles a despertar en ellos esa misma luz, por momentos.

Esa luz es igual en todos, y esta es la manera en que, en resumidas cuentas, se realiza la práctica diaria que nos pide el curso llevar a cabo, independientemente de las variadas formas en que nos invita a hacerlo, intentando sobre todo animarnos a parar la mente cada poco tiempo… y también a sentir el contenido de luz… sintiendo profundamente ese pensamiento diario de unión que se da en el curso, en una de esas 365 lecciones del libro de ejercicios, y que en realidad siempre dicen lo mismo, pues todos siempre somos lo mismo en realidad: luz, luz autoengañada.

Y, además, y como tanto insiste el curso, en otra de sus enseñanzas principales: es solo viendo la luz en los demás —y cada vez más consistentemente— como podremos reconocerla en nosotros mismos; y, ante todo, para ver la luz en los demás, simplemente tenemos que estar dispuestos, solo eso, en primera instancia.

Aquí, en este mundo, solo tenemos que aceptar la Reconciliación para nosotros mismos, estando dispuestos a ver en todos la misma luz. Ello reforzará el poder verla en más y más gente y situaciones, y siempre pasando por nosotros primero, en un cierto crecimiento hacia la “realización” (la realización impersonal :), no “personal” 🙂 ).

La verdadera realización no tiene nada que ver con nada “personal” ni tampoco, al final, con nada de este mundo, lo cual no quiere decir que debamos simplemente negar que tenemos un cuerpo y un ego. No somos nosotros quienes negamos el ego, sino nuestra luz interior, a quien se lo entregamos todo, estando meramente dispuestos a que ese trabajo de disolución del ego se realice a través nuestro, con nuestra peculiar forma de habernos construido “un ego”. Y nuestra primera tarea es aprender a hacer esto, que no es normalmente fácil, pues simplemente no queremos, no estamos ni siquiera dispuestos y ni siquiera nos damos las condiciones (no aliviamos tensiones básicas que nos dificultan tener paz en niveles muy básicos).

Así, una persona, en cualquier posición social, puede realizarse verdaderamente, o digamos “iluminarse”, y “ver todo brillar” en cualquier situación y por igual, ya que dicha “realización” viene de darse cuenta de que la felicidad no depende de las cosas de este mundo de cuerpos separados, y de que, viniendo aquí, a “encarnar”, no queríamos ser felices, no en realidad.

Y por eso es, por cierto, por lo que podemos decirle ‘sí a todo‘ sin miedo: porque no somos de este mundo, aunque estemos en él con todas sus consecuencias y responsabilidades, y quizá ayudándonos por ejemplo con “terapias”, para poder visualizar estas responsabilidades o consecuencias.

Por todo esto que decimos pueden ser tan importantes para algunas personas terapias “transpersonales” como Constelaciones familiares, o Regresiones, etc., ya que ahí intentamos apartar nuestro ego usual, pero mirándolo de frente y dejándonos hacer por cierto “algo más grande”.

Estas prácticas pueden ayudarnos a instaurar dicho “dejarnos hacer” como gesto más o menos cotidiano en la vida, aplicado luego en toda situación, y a ser posible de forma consistente.

En ellas no importa dar o no crédito a lo que vemos, pues quien manda es el propósito: sanar. Todo lo demás da igual, aunque a veces se entrometan nuestros egos y, entonces, el objetivo de simplemente sanar pueda difuminarse o parecer que se ha perdido, por momentos.

Si miramos al otro desde nuestro ego, es decir, dando realmente crédito a la historia personal del otro, con sus problemas, aventuras, enfermedades…, y dándole crédito solo a eso… entonces no deberíamos llamarle “sanación”, lógicamente. Quizá este actuar “no-bondadoso” (en este sentido cósmico muy global de ‘bondad’, de “compasión”, que estamos comentando), quizá este actuar no suceda con abundancia en el campo de las “nuevas” terapias —de este estilo “nueva era”— en su increíblemente variada multitud de formas, siempre relacionadas con esa luz “interior” que verdaderamente somos y que compartimos todos por igual.

Claro que también sucede que la sanación parece a veces venir en y con un movimiento inconsciente, sorpresivo, el cual nos obliga a mirar más allá de la oscuridad (cuerpo y comportamiento del otro) hacia la luz, en todos —”la luz”, metafóricamente hablando, aunque el sentir esa luz no es nada “metafórico”, sino bien real, pues realmente sentimos ese “amor” que nos acuna a todos por igual, a todos esos “niños espirituales” que somos, y más allá de la historia personal o del cuerpo del otro.

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