La relación (I): “El único problema”. Sobre palabras, números y valores (cualidades de relación); el hogar…   Leave a comment

Foto de una clase sobre carne, en Cherry Valley, NY, 1915 (The instructor is Miriam Birdseye)

Clase sobre carne, en Cherry Valley, NY, 1915 (The instructor is Miriam Birdseye)

Este es en parte otra invitación a acercarse a todos esos textos que tratamos por aquí (ver columna a la izquierda), de los que vamos sacando ideas, conclusiones, aunque dichos textos son básicamente para practicarlos, no para “pensar”… y así, practicándolos… poder completar la conexión con vuestra guía interior personal (!).

Existe como sabéis un “problema” de desequilibrio mental, en nuestra civilización (con tantas palabras…, tantos números…, cierta sujeción automática y automatizante (“cibernética”))…

Pero es un problema en realidad “personal” (es decir, es “espiritual”)… y tiene que ver con el SENTIR.

Ya lo “sabemos”; ya sabemos, por “los temas espirituales”, que este “problema” solo tiene que ver con una cosa: con la “necesidad” de mirar adentro, con el miedo que nos da sentir lo que creemos ser.

También podemos echar una ojeada a este “problema” hablándolo con una nueva-vieja mirada simple sobre los “valores”.

Este es pues el texto que servirá de “introducción” a una “charla” que va a ser muy larga, espero…, en esta serie que haremos sobre la relación, sobre el “perdón de la civilización”, etc.

Índice:

— ¿Y cómo es que solo hay UN problema?
— Las palabras
— Los números
— Los valores (preparándonos para los futuros textos sobre “perdonar la civilización”)

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¿Y cómo es que solo hay UN problema?

El “problema” que tenemos por ejemplo con las palabras y los números es el mismo, tiene que ver con un desequilibrio.

Las palabras o los números, obviamente, no son “malos” en sí (no hay nada “malo en sí”).

El desequilibrio está relacionado con algo “más profundo”; podríamos decir que tiene que ver con los valores, es decir, con las cualidades de relación. De estas ni siquiera sabemos hablar, o para empezar no queremos ni hablar.

Enseguida veremos qué simple y quizá “necesario” sería el permitirnos poder hablar fácilmente de “valores”. Pero sigamos.

En cierto sentido, en todos los tipos de saberes, de haceres, de “progresos”… solo importa una sola especie de cuestión, una sola cuestión. Tiene que ver con las relaciones, con el contexto.

Vamos a exponer de forma muy mundana ese hecho: el que solo importe “una cuestión”, que solo haya un “problema”.

Y digamos ya “la solución”, que es muy simple, y que ya conocemos —pues solo podemos “sobrevivir” si la vamos conociendo.

Con “sobrevivir” queremos decir “vivir realmente” (intentaremos ensalzar “el milagro de la vida” en su aspecto más elemental), lo cual significa tomar consciencia, realmente, cada uno, de nuestra vida más allá de la supervivencia física… y así, con ello, traer “unir cielo y tierra” (en nuestra percepción primero), para que pueda siquiera continuar existiendo este tipo de vida sobre el planeta —este planeta que nos hemos prestado para nuestras proyecciones.

¿Por qué solo importa una cuestión? Porque somos uno, somos una sola entidad, por mucho que parezca que existen los pensamientos privados y que los cuerpos nos separan.

La separación no es real, por mucho que sea incluso el “asco” que esto a veces nos provoque… por ejemplo… al habernos identificado tanto con las formas externas, con los cuerpos, o los pensamientos privados.

Es decir, no hay separación real entre los individuos. La separación es una ilusión, no existe. La separación es un sentimiento falso que solo “vive” porque dejamos que infecte nuestras mentes y a partir de ahí se crea nuestra realidad (la mente es creadora, engloba, envuelve lo que no parece estar “dentro”).

Nuestras mentes están pues acosadas por ese mismo desequilibrio que está a su vez reflejado en nuestro contexto relacional (en “el hogar” por ejemplo), social, cultural… que refleja nuestro desequilibrio interior “en el pensamiento”.

Tal desequilibrio se muestra en nuestro:

  • pensar de una forma tan desmedida o desequilibrada con tantas palabras…, poniendo inconscientemente en un pedestal a las palabras, a los conceptos poco o mal asumidos por uno mismo desde el centro de su ser.
    Es decir, sometemos nuestra vida al desequilibrio al someternos a conceptos y creencias que no hemos hecho nuestras… empezando con la muy simple de la mera separación. ¿Realmente hemos pensado por nosotros mismos “la separación”? O antes… ¿es posible “pensar por nosotros mismos”?
    Tenemos la mente repleta de creencias que no hemos aprendido a sostener por nosotros mismos interiormente…, es decir, a sostener desde el centro de amor de nuestro ser…, para quizá simplemente desecharlas tras abrazarlas o englobarlas como lo que quizá fueron: pasos hacia una mayor amplitud de miras. Son creencias que hemos aprendido bajo el chantaje de por ejemplo la dependencia (infantil).
    Son palabras con las que hemos aprendido a no hacernos caso a nosotros mismos, de una forma elemental.
  • Tal desequilibrio se muestra también cuando pensamos de una forma tan desmedida con números.
  • y todo ello sucede sin sentir —y por tanto sin poder ni siquiera hablar de— las cualidades de relación, de lo que podríamos llamar valores…, pues como vemos esto ya tiene un nombre, “valores” —un nombre cuyo significado se trataría de “sentir” así, en los términos en que estamos hablando sobre relación.
    El tema de “los valores” está extrañamente contaminado por todo lo que rodea a “lo moral”, a los “imperativos morales”… y quizá cuando se hablaba de “valores” no se ponía el énfasis suficiente en que todos los valores dependen del amor —del amor al Sí Mismo, a nuestro verdadero ser… de lo cual ya hemos hablado mucho… y ya hablaremos más (sería “la esencia de lo espiritual”).

Así pues, solo importa esta cuestión: la de que “somos una única relación” (que podríamos llamar “cuestión RS”)… y que podríamos remarcar que tiene dos aspectos:

  • solo hay relación (R),
  • y una sola relación (S).

Entonces…

Las palabras

Las palabras “vaca”, “leche”, por ejemplo, no significan lo mismo si son:

  • pensadas por ejemplo por una persona que vive “en el campo” y tiene dos vacas y varios prados en cierta región no muy industrializada,
  • o pensadas por los “consumidores” al comprar el sucedáneo cocido y vuelto a recocer, repleto de productos químicos —hormonas, antibióticos, y al parecer pus, etc.— que se vende bajo el nombre eufemístico de ‘leche’.

[Dicho sea esto sin acritud, ojo, ya que todo lleva a algo… todo tiene un “porqué”… y esto que decimos pretende ser de entrada “simple descripción”.]

Así, el gesto de detenernos en algo: en un objeto, un objeto que hacemos “un universal” en sociedad (como “la vaca”)… un universal en torno al cual “hacemos sociedad”… es decir, decimos generalidades insulsas… ese gesto es básicamente una estupidez.

Pero ¡ojo!, estas “estupideces” serían esenciales, pues de ellas “viven” las civilizaciones —las primitivas como la nuestra— en su aparente evolución.

La comunicación en realidad es principalmente para sentir, para poder desarrollar sensibilidad a las relaciones…, a los potenciales, para sentir realmente “qué es lo que se cuece”, para sentir cuál es la cuestión, de qué va el asunto, y cada vez mejor.

La comunicación no es para básicamente “hacer números”, o simplemente para hablar por hablar, como bien sabemos.

En una civilización primitiva como esta, cegada por “lo exterior”, muy a menudo entendíamos que “sentir” (excepto en el caso del sexo) era algo mucho más aburrido que casi todo lo demás.

La comunicación estaba banalizada, pues tenemos mucho miedo a ese interior relacional que somos.

¿Y por qué tanto miedo? Porque es un solo miedo en el fondo…, y porque somos uno solo ahí, con él.

Prestarle atención real a nuestro interior lleva a la felicidad, pese a que al principio no lo parezca cuando estamos adormecidos en la normalidad de un bloqueo emocional casi universal.

Dicha atención u observación es de hecho la felicidad. Pero resulta que no queremos ser felices; incluso hasta nos parece una horterada “la felicidad”, aunque ésta es posible ya aquí y ahora para cualquiera —sean cuales sean sus condiciones externas.

Los números

Hablaremos de números y relaciones visualizando primero un ejemplo. Lo extraigo de textos escritos hace tiempo, cuando escribía cosas muy simples para mis anteriores webs o blogs…, cuando andaba por ahí un poco en matemáticas, fundamentos de las matemáticas, etc.

Imaginad en una supuesta “prehistoria”, un pastor con ovejas, un pastor de mentira, “evolutivo”.

Esta es una pequeña fábula sobre él.

Antes quizás de que este señor pudiera siquiera decir, como ahora tan fácilmente decimos…: ‘tengo 29 ovejas’… antes de eso… ¿qué es lo que diría? ¿Qué diríamos que “sabría” cuando no existía la posibilidad de contar con tantos números?

Las matemáticas, como el mundo, en realidad se basan en las relaciones; es decir, están, como todo aquí, en el mundo de lo relativo (ver nota abajo sobre lo “absoluto”*).

Así, como sabéis, las matemáticas son algo que trata indirectamente de algún modo sobre algo que está mucho más allá o más acá del simple número —y se ha pensado muy bien sobre la importancia de esto en las propias matemáticas al menos desde la revisión paradigmática de la teoría de conjuntos.

El “más acá” de los números es lógicamente las relaciones.

Sigamos con la fábula: el pastor sabía y solía comparar su rebaño con el de un colega pastor que vivía cerca.

Nuestro pastor hacía entonces una “fila” con cada una de sus ovejas, y las emparejaba una a una con las del vecino, las relacionaba así, es decir, hacía una “aplicación”, como dirían a veces en matemáticas hoy.

Después de aburrirse de contarlas teniendo que compararlas de forma tan trabajosa, día tras día y una a una… oveja con oveja… enseguida pasó a compararlas con algún puñado de piedras ligeras que llevaba en su bolsillo.

Así, nuestro pastor “llevaba las cuentas”, las piedras… que representaban a sus ovejas… y con ellas las contaba sin tener que recurrir a operaciones tan pesadas como las de antes.

Así que, como sabrá todo educador o acompañante de niños pequeños, antes del número, y digamos que de manera más “fundamental” que el número se encuentran las relaciones, las “aplicaciones” (la capacidad de comparar, de relacionar… pues en esencia y de cierto modo somos relación antes que otra cosa… antes vernos metidos en el papelón en que nos vemos metidos en el mundo: el de tener que proyectar nuestro verdadero ser en esta ilusión de cuerpos separados que llamamos “mundo”).

Hay que tener en cuenta que nuestro mundo está sesgado hacia lo “material-mental”, y así, nos es difícil sentir su sustancia, pues “falta” todo ese inmenso terreno de lo espiritual, completamente mezclado con estos dos (mental-espiritual) y que los envuelve o abraza en una especie de infinitud interior llena de historias que viviremos, llena de personalidades, etc.

Para empezar, digamos que realmente lo que nos importa, la sustancia de la cuestión, solo existe en el material relacional donde nos expresamos como seres que son “algo más que mente y materia”.

Esa sustancia relacional indeterminable es con la cual fabricamos luego todas nuestras “esculturas sociales”, de las que estamos tan orgullosos:
— conceptos,
— desvalorización de todos los valores,
— etc.

Pero tal sustancia solo existe, para empezar, en esa “pizarra” interior donde pintamos nuestras vidas, que es una pizarra de relaciones y en la profundidad de las relaciones, aunque todos nosotros estemos poblados interiormente, como comentamos en la nota abajo*, por algo de cierto modo absoluto y no relativo —que nos guía suave y amorosamente desde dentro si le dejamos (llamado Dios).

Así, tal y como lo hemos intentado plasmar en la fábula, podríamos decir que los números se inventan, para bien y para mal, como gestos prácticos de “olvido de las relaciones”, de olvido de la capacidad personal de “hacer las relaciones por uno mismo”, de “hacerse cargo explícitamente de las relaciones”, etc. (como hacía el pastor del ejemplo cuando relacionaba cada cuerpo con una cuenta, una piedra).

Este ejemplo lo poníamos para ampliar el contexto viendo cómo es que “todo es lo mismo” (palabras, números)…, viendo cómo todo se trata de individuación de potencialidades, porque todo se trata de que la relación es constitutiva de los términos (de cierto modo constituye a los términos que se están relacionando): humano y contexto, un ser biológico y su contexto físico-químico-atmosférico-geológico.

El contexto de individuación contiene esos otros seres también aparentemente “individuales”, separados, con los cuales nos llegamos a plantear a nosotros mismos opciones muy profundas… opciones que en general son potencialidades de individuación para nosotros mismos, es decir, para un individuo dado.

Y ahora empezaremos a hablar sobre de dónde “salen”, o qué son, esas potencialidades, pero en relación a los valores y a su modelaje.

Modelamos o más bien reforzamos y damos continuidad a ciertos “valores naturales” (confianza, etc.), y de forma quizá similar a como modelamos y remodelamos una palabra, o ese concepto de número del que hablábamos… dependiendo en cierto sentido de cuán “artificial” sea nuestra visión —es decir, dependiendo de, por ejemplo, cómo sea de primitiva la civilización que nos tocó elegir.

Igual sucede con las palabras que con los números: las palabras contienen siempre la posibilidad de “dejar de sostenerlas por uno mismo, en su interior realmente espiritual-relacional”, por así decirlo, y por tanto con una pérdida de sustancia. Con esa pérdida nos hacemos a la vez, de cierto modo, “globales” —aunque sea dentro del devenir casi suicida de una civilización muy primitiva, como esta.

Así, los diversos campos desde los que hablamos, campos donde aprendemos nuestro “ser cultural”… campos de “adultez” cultural, por tanto, son de hecho también formas de auto-engaño —de una manera u otra— acerca de la sustancia relacional, acerca de “lo que es”… acerca de aquello que “debería saltar a la vista” (en una visión más que en una simple “vista… en una visión de “vidente”… vidente que en realidad venimos aquí básicamente a dejar de ser… para dar paso a esa “visión superficial” que es la percepción usual… tan altamente cegadora).

¿Qué es “lo que es”? Es una certeza interior que podríamos decir que depende del “contexto relacional”, pero que es una certeza aquí y ahora para cada ser, interiormente… una certeza que le une al (o recuerda unión con el) resto de seres… sin mediación… en esa “única relación que somos” —aunque cada uno es de cierto modo una perspectiva única sobre esa tan esotérica Relación: sobre una única relación global que él tiene y que él es CON TODO —con el resto de aspectos de la creación, con todos.

Así, los números tienen potencialmente un lado “bueno” y un lado “malo”, como todo lo tiene aquí.

Todo depende del “para qué”, del propósito en el nivel mental profundo, es decir… depende de si nos dejamos o no “guiar por Dios”… es decir… de si nos dejamos hacer… dejando hacer a la voluntad de Dios a cada paso… y no a la “voluntad” de esa cesta de pensamientos sin sentido que normalmente abrazamos como “nuestros” (los pensamientos privados)… aglutinados dentro de eso que llamamos “ego”… y que serían pensamientos que en realidad nos sirven para poco.

El lado “bueno” de cualquier cosa vista en su lado expansivo, en el mal sentido de “expansión” (cuando dejamos de ser capaces de sentir las cualidades de relación, los valores)…, es que puede permitir eso mismo: una cierta expansión grosera… cierta facilitación o expansión de la “comunicación”… en un sentido superficial pero englobante de “comunicación”… vista dicha cosa, y esta comunicación, como “herramienta”.

Y, a la vez, la prestación “perversa” de los números… tal y como estamos hablando aquí de forma simple… tiene que ver con cómo manejamos el olvido de su origen… de aquello que nos permite siempre “hacer números”: es decir, el olvido del hecho de que nosotros somos responsables, de que nosotros hacemos las relaciones… y de que estamos en un mundo donde hay relaciones más básicas que las que tienen esos números consigo mismos… esos números que ya se han olvidado de su origen —aunque ahora casi no parezca que exista dicho “olvido de la relación”…, y sí parezca que “dominen” los números… con el desequilibrio que parecemos alimentar desde nuestras mentes por lo poco que sentimos y lo mucho que contamos con números o que hablamos con palabras —siendo que con todo ello, muy a menudo, meramente ayudamos a un movimiento de “desvalorización” fundamental que no podemos ni tematizar.

Los valores (preparándonos para los futuros textos sobre “perdonar la civilización”)

Podríamos nombrar (con las advertencias sobre el peligro que esto tiene, y que hemos intentado sugerir arriba) algunas “cualidades de relación” importantes**.

Los valores son eso que captamos o ratificamos en “el hogar” (los primeros años de vida son claves)… y que captamos de forma muy viva, interior y directa así como por ósmosis —esté poblado por quien lo esté, dicho hogar.

Tenemos como cualidad de relación o “valor” a la confianza.

La confianza sería el combustible para la consciencia, que se alimentaría de confianza, en una relación que daría pie a “la vida o progresión de los valores”.

También podemos hablar de “honestidad”… o de responsabilidad.

Ahora bien, tenemos un problema al hablar de “valores” —aparte del problema que consiste en que se nos puede llenar demasiado pronto la boca, como decíamos… con palabras así, tan grandes como “valor”… incitándonos de cierto modo a ponernos demasiado serios… y a poner el carro delante de los bueyes.

El “problema” tiene que ver con que los niños de cierto modo, en su propio modo de ser biológico, lógicamente nacen confiados.

Es decir, muestran una confianza natural, aunque solo sea por lo que necesariamente vemos al considerar cómo “ejercen como cuerpos” en el mundo adulto de relaciones —es decir, relativamente al contexto de observación “adulta”… o casi mejor: de “miedo adulto”, de miedo adulterado.

De aquí que tenga sentido contemplar ciertas “positividades” naturales… (caricaturizando podríamos decir, quizá, un cierto “derecho natural”… que en realidad son “gritos de deberes, de obligaciones”: ¡me debéis cuidar, mira la confianza que pongo siendo un bebé!)… tendría sentido contemplar esa “naturaleza”… decíamos… a la hora de hablar de estas cualidades de relación tan elementales que fundamentan o no las capacidades éticas de una civilización.

Aclaremos también que una cosa es el “miedo útil”, que parte de una base de amor, y otra cosa son los miedos “sociales”, las creencias cuya transmisión se automatiza, digamos.

Vemos pues que, en esencia, los valores serían “naturales” (en una especie de reflejo, que es casi grito, grito y reflejo de nuestra verdadera naturaleza de amor, de Luz, en nuestro Ser real: “confianza”, “abundancia” plena…, “honestidad”, “responsabilidad” creadora total…), así que no podemos ponernos a hablar muy precipitadamente sobre “los valores”.

Así, puede que de nosotros mismos dependa poder elegir esa naturaleza libremente, tener siempre la posibilidad de no perderla… y de declararnos libres así “eligiendo naturaleza”, eligiendo “lo que es”… eligiendo un principio que nos guíe y que no sea el que ahora parece guiarnos en realidad: el de que “el hombre es malo por naturaleza”.

Además, parece que el problema de la civilización no es otro que este: el de “qué elegimos”, y a cada paso**.

Lo podríamos decir así: se trataría del problema de la individuación de los componentes de una civilización, pero que, si esta quiere evolucionar, lo hará guiándose de otro “principio guía”, uno que no sea el de “la separación”, el de… «somos de entrada “malos”», «la supervivencia del más apto»… etc.… y contando con el aparentemente arduo problema de que los individuos están ya falsamente individualizados bajo el principio guía falso —el cual automatiza la individuación convirtiéndola más en individualización que en individuación.

[Para acordarse mnemotécnicamente de la distinción individualización e individuación veamos que en “individualización” hemos remarcado que contiene la palabra “liza”, como cuando decimos: “entrar en liza”]

Es así de sencillo; se trata de una simple elección de principios para todos…, entre solo dos principios por tanto, y observando con ello cuánto hemos abandonado nuestro ser, nuestro Nosotros Mismos…, es decir, cuánto nos hemos dejado llevar por el miedo… cuánto hemos adulterado el miedo (llenando de creencias falsas el miedo más puramente “biológico”)… para dejar así de elegir nuestros “valores naturales” que están “ya ahí”… ya ahí “dentro” —observando así cuánto hemos olvidado lo natural y para qué lo hicimos (cuáles son las consecuencias, asumidas con honestidad).

Por ejemplo, es célebre y muy importante lo que hacemos con el sexo en la esfera familiar, tan llena de miedo, prejuicio, angustia. En ella los padres o acompañantes proyectan casi siempre sus miedos y prejuicios hacia los niños, en un grado mayor o menor, cuando son muy pequeños. ¿Cómo? Por ejemplo si los niños meramente se tocan su cuerpo, si se tocan a sí mismos sus partes sexuales, enseguida los adultos recriminan desproporcionadamente, así como proyectando fuertemente unos ancestrales sentimientos extraños… con todo tipo de frases, miradas y sentimientos engañosos.

Pero claro, no estamos simplemente “contra el decoro”. Una cosa es enseñar qué es lo más o menos tristemente “decoroso” en una civilización, por convención…, y otra cosa distinta sería el que los padres se lo crean de verdad… y que seriamente proyecten en los hijos generación tras degeneración todo ese miedo mental-cultural y todos esos prejuicios, literalmente, contra el cuerpo.

Así, como decíamos antes, los valores “vienen” en realidad del amor, de lo natural, de lo único natural, del amor al Sí Mismo, al Yo, al Ser.

Los valores naturales los alimentamos, modelamos o deformamos en convivencia dentro de esferas o climas más o menos degenerados, en estas civilizaciones más o menos primitivas, desde la infancia.

Se construyen pues por una mera “impresión fotográfica”, esa que permitimos que nos deje en nuestras mentes el entorno en el que nos reconocemos como seres más o menos naturales, es decir, como seres basados en el amor.

Es decir, la partida se juega, para todos, en:

  • cuánto nos dejamos engañar por ese entorno que ahora en esta civilización tan primitiva se basa en el miedo (pero que en realidad es una ilusión óptica —el miedo y sus consecuencias),
  • en vez de confiar en nuestro interior de amor… en el centro de nuestro ser real… de ese ser que nunca se olvidó de nadie…

Así, las cualidades de relación las deformamos desde nuestro reconocimiento y comprensión del ejemplo que nos dan, en actitud, en sentir, esos “padres” u otras personas y situaciones de nuestro entorno —y con cómo interpretan esos actores las relaciones que tienen a su vez con todas esas cosas que les rodean, que rodean a todo el entorno familiar u hogareño.

Por tanto, cualquier “hogar”, incluso por “malo” que nos parezca ser… funciona sí o sí, realmente, como una “escuela” de “cualidades de relación” (de valores)… donde se refuerza o no, sí o sí, la naturaleza, lo natural (en este sentido tirando a humanista con el que estamos tratando aquí… programáticamente).

Y lo hace para bien o para mal, con unas cualidades menos…, para otras más…, con otras nada… y siempre habiendo además una especie de mutua enseñanza, donde incluso el niño puede re-educar a los adultos —si se dejan.

El hogar es pues fundamental.

Hablemos entonces, un poco, de aquellas cualidades:

  • confianza: entre las personas, la confianza que permite compartir, para de entrada a veces siquiera poder hablar de lo que meramente sucede…, para poder siquiera sentir u observar lo que sucede.
    La confianza permite ser en la consciencia de “lo que sucede”…, permite que seamos en lo que sucede… fluyendo con ello; permite o facilita a veces el meramente poder ser conscientes… y, por tanto, facilita la transmisión y el aprender en relación, en unidad… en esa unidad no explicitada —la de la “consciencia en confianza”…
    Los bebés son hiperconfiados, pero no actúan de igual a igual en el mundo adulto; a mayor confianza, pues, vemos menos falsedad potencial 🙂 .
    La confianza de un bebé va siendo pues modelada en esa interrelación que necesariamente se dará “dentro”, en nuestra mente “común”… en la mente en realidad común y unificada.
    Es una interrelación —decisiones— en las mentes (en vigilia y en “sueños”) que, de todas formas, ya son una sola mente en lo esencial… en “lo natural” —son las mentes adultas en unidad con la del niño… y con las de todos y todo en el planeta, en el universo.
    Así, nos es muy difícil observar simplemente lo que es… observar en común, y más bien no usando palabras.
    Al parecer, ha existido una gran variedad de personas que querían reformar la sociedad, que eran por ejemplo educadores, etc., y que han hablado mucho sobre observar. Cuando terminemos de hablar de estas tres cualidades de relación o valores, que separamos aquí artificialmente, anotaremos algo sobre esto tan básico de la observación.
  • honestidad, en la comunicación.
    Dentro de la consciencia en confianza, nos podemos abrir con honestidad al reconocimiento de “lo que se vio claramente” que sucedió en “lo que sucede”, es decir, de las consecuencias, etc.
    Por ejemplo, si ocurre que un miembro del “hogar” —o todos— no está de hecho cuidando para nada de sí mismo… podemos vivir en un ambiente de honestidad donde se podrían observar las consecuencias, los orígenes del comportamiento, etc.
    La honestidad se refiere pues a ver que por ejemplo uno mismo tiene algo que ver con el desarrollo de los procesos en el hogar o sociales (que se reflejan entre sí, como sabemos )…, el animarse a reconocer dentro que uno tiene que ver con las consecuencias de lo que hacemos y pensamos —consecuencias que podemos asumir o no con…
  • responsabilidad; asumimos la responsabilidad de los actos…, pero a ser posible antes o al mismo tiempo asumimos también la responsabilidad de los pensamientos; y esto lo hacemos por ejemplo simplemente viendo con honestidad “lo que es”, viendo qué es lo que sucede…, y lo hacemos sin culpar a los efectos (como solemos hacer), es decir, sin culpar al exterior… sin culpar a las consecuencias que hemos observado con honestidad —las consecuencias de todo aquello que es compartido en “lo que sucede”.
    Podemos ser o no honestos ante las consecuencias “no deseadas” de algún acto, y alertándonos a nosotros mismos sobre que, en realidad, el acto siempre procede de los propios pensamientos —por ejemplo se puede tratar de una “pequeña cuestión hogareña”, que, en realidad, en el fondo, es tan importante como por ejemplo el Holocausto.

Todo esto parece ser obviamente muy importante… y, a la vez, parece ser precisamente aquello que menos podemos comentar con alguien.

Como decíamos, de ello ya se habla ahora, y ha hablado, en el pasado, muchísima gente.

Así que será importante en la evolución de esta civilización tan primitiva darse herramientas muy generales y simples que inunden cualquier institución, pequeña o grande (desde “la escuela”, el hogar) para poder hablar claro sobre:

  • las consecuencias de los actos,
  • y de cómo éstos parten de pensamientos;
  • teniendo la confianza necesaria y cuidando la consciencia en confianza…
  • como para así poder permitirse el observar con honestidad…
  • y poder casi siempre asumir las responsabilidades —sistemáticamente, y sin sentir obligación (en el mal sentido de obligación)…, con la menor coacción posible…

Copio esto de unas anotaciones muy simples sobre “observación” que se encuentran en un texto de Dewey («La opinión pública»):

«Pero ¿qué hace diferentes a las asociaciones humanas de otras asociaciones?
» Pues el hecho de que las consecuencias de la acción conjunta adquieren un nuevo valor cuando se observan, porque el hecho de observar los efectos de la acción conjunta obliga a los hombres a reflexionar sobre la propia conexión; la convierte en objeto de atención e interés.
» En la medida en que se percibe la conexión, todos actúan teniéndola en cuenta.»

Aquí, estas notas —en estas notas sacadas de contexto, no sé si son literalmente de su libro—, diríamos que son algo ingenuas (insisto, está sacado de contexto, y no recuerdo el o los mensajes “generales” del libro).

Todos actuaremos teniendo en cuenta la conexión entre actos y consecuencias, como dice la cita… pero… eso sucederá con facilidad si el ambiente no ha destruido nuestro entorno interior relacional, si no ha destruido nuestra sensibilidad a la mera sustancia de la relación… a los valores.

Es decir, a lo que íbamos; podemos ir viendo ahora, de otra manera, cómo es que todo problema es, en este sentido, “espiritual”… y cómo es que solo hay UN problema.

Lo corriente, lo sencillo, es que nos avengamos con tal destrucción de valores; es decir, lo normal es ser masa, actuar como “masa”… simplemente de forma reactiva.

Sigue la cita:

«Los individuos siguen pensando, deseando y fijándose objetivos, pero en lo que piensan es en las consecuencias que su conducta produce en la de los demás y viceversa.»

Si esto se hiciera de forma coherente durante un solo minuto, la Tierra cambiaría.

La historia de la evolución “futura”, desde este primitivismo en adelante (aunque realmente estamos como espíritu “atados” a esta Tierra de formas mucho más maravillosas y menos aburridas de lo que podríamos pensar…)… la historia… va a ser lenta —fue lento e irá lento (nada repentino funciona).

Así, en este contexto primitivo de civilización, se diría que “no nos podemos quejar” :). O bien…: “tenemos la sociedad que queremos”.

Esto está claro, pues “la sociedad”, el mundo… se fabrica desde la gran inercia interior mental, desde un gran conflicto interior desde el cual proyectamos y culpamos a otros, en vez de encargarnos de “limpiar” nuestra percepción.

Todo parece surgir desde nuestra propia “tontería estructural”. Y, como ya dijimos, se trata de esa tontería mental “individual” pero perfectamente compartida en su idiotez privada… esa que casi todos los maestros llaman hoy en día EGO.

Se trata del sistema de pensamiento de “la separación”, y está basado en los principios “sagrados” del ego:

  • “estamos separados” realmente, y
  • “no hay suficiente”.

Es obvio también que lo que esta “civilización” a veces parece adorar es la destrucción sistemática de precisamente aquellos “valores” o “cualidades de relación” —la honestidad, la confianza…—, y sin poder comunicarnos bien acerca de que esto es lo que está ocurriendo.

Es decir, vivimos y proyectamos desde nuestro interior desintegrado, y lo hacemos todos esencialmente por igual, por mucho que nos queramos hacer rápidamente “especiales” separándonos unos de otros en diferentes “causas”, etc… vivimos y proyectamos… por igual… una civilización mundial en su fase muy primitiva.

Este primitivismo exacerbado quizá se ve hoy, se vio en el siglo XX y se verá todavía, y como nunca se vio antes.

Es “primitivo” como lo ha sido desde siempre. Así, lo que conseguimos es en gran medida instituir el “descuido de la relación” o de la comunicación.

Pero, si sacamos bien a la luz tal descuido, cuidadosamente, sin sentir culpa… éste deja de existir.

__

* en cuanto a lo absoluto, tendríamos un fragmento del absoluto dentro, en el interior…, un fragmento del Dios absoluto, podríamos llamarlo. Pero, solo seríamos plenamente conscientes “de” él, cuando realmente fusionamos con él; y ahora estamos aprendiendo meramente a dejarnos guiar por él en diversos grados (luchando más o menos contra él). ¿Y para qué? En gran medida lo hacemos para más o menos conscientemente poder “traer el cielo a la tierra”, a la tierra de la falsa separación…, de “la separación” como creencia…, para “iluminar” dicha tierra y eliminar toda creencia progresivamente, pasando a la certeza.

** como se ve, hemos usado aquí claramente el texto de “Conversaciones con Dios”.

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