¿Que significa “lo siento”? (O cómo practicar el perdón de “Un curso de milagros” haciendo algo que parece diferente: Ho’ponopono)   Leave a comment

imagen corazón en círculo
“Lo siento” son, normalmente, dos duras palabras, muy duras… para con nosotros mismos; y, por tanto, a menudo no “solucionarían” nada, pues de nada sirve (es imposible) compartir la culpa, creerse realmente culpables (de nada sirve el martirio, el sacrificio, sentirse mal y guardárselo… etc.).

Aunque ya sabemos que todo depende de la actitud con que se diga (“lo siento”).

Como sabemos, si nos “arrepentimos” de algo, es de algo muy en general…: nos “arrepentimos” de todo este “sueño colectivo”, en la Tierra, al hacernos al mismo tiempo responsables del TODO, de la totalidad, en cada acto de perdón verdadero —un aspecto, este, que es fundamental para el concepto y la práctica del “perdón verdadero” que se explica en Un curso de milagros (UCDM).

De cierta manera, nos “arrepentimos” de haber tenido que proyectar todo un mundo desde nuestra mente abrumadoramente enorme (pero irreal)…, desde nuestra “una-sola-mente”, que se creyó fuera del espíritu.

Hemos proyectado un “mundo” que en realidad está unido… y donde ocurren estas cosas, ilusorias, tan “sufridas”, para poder engañarnos con la separación (como por ejemplo puede ocurrir que a nuestra memoria venga una imagen desagradable del “pasado”, una que vamos a “perdonar” en ese momento…, y que representa una situación pasada desagradable).

Claro, es que “perdonar” es dejar de usar el mundo para empequeñecernos (que es lo que “quiere” el ego: empequeñecernos).

Podemos decir, entonces, que en nuestra práctica del perdón verdadero (del maravilloso Ho’oponopono… o de lo que sea), traemos a nuestra mente una especie de “arrepentimiento correcto”, pues siempre lo traemos con una responsabilidad global de fondo:

— la de yo me lo he inventado todo, pues soy una sola mente con el resto de mis hermanos, que están tan locos como yo por creer que esto era real…, que el ataque, el daño… podía ser real,

— y ya no quiero más todo eso, todo eso que está ahí tras esa imagen que vuelve a mi consciencia (no quiero más miedo), etc.…
No quiero interpretar ya más lo que veo delante de mí tal y como aquella vez sí que lo interpreté (desde el miedo).
Ya no me hace falta.
Así, estoy dispuesto a soltarlo, estoy dispuesto a que el universo envíe el natural “equilibrio” del amor, el re-equilibrado o reparación-disolución naturales… el colapso de las líneas de probabilidad… tanto entre sí como definitivamente.
Estoy, pues, dispuesto a no usar más ese recuerdo (por ejemplo), esa imagen que es tan irreal como las imágenes de mi cuerpo en vigilia. Estoy dispuesto, pues, a no usar nada de eso nunca más para fortalecer mi identificación —interior y poderosa— con el impotente miedo.
Estoy dispuesto, por tanto, a abandonar mi aferramiento constante al miedo, es decir, mi “ego”, en tanto que éste es una elección global en la mente… una elección de la cual me quiero responsabilizar por completo (como tanto se insiste tan bien y también en Ho’oponopono)…, pues solo hay uno de nosotros.
Aunque… acepto que hemos compartido esa ilusión como aparentes seres separados (una ilusión a veces tan “desastrosa”)…, esa ilusión… dentro de otra ilusión… esa ilusión que pareció ser un error más… y un error más o menos grave (antes llamados “pecados”).

Entonces, decíamos que con las palabras “lo siento” normalmente solemos tener la misma “mala” actitud que tenemos con la palabra “perdón” —en el perdón falso al que estamos habituados en el mundo.

Si es así (si tenemos esa “mala” actitud de falso perdón como trasfondo de nuestros actos o pensamientos…)… las dos palabras “lo siento” serían unas que muestran que, en realidad, en actitud, nos seguimos creyendo el mundo…, seguimos haciendo real al mundo en nuestras mentes…, sintiendo todo muy real e irremediable —todo aquello que pueda haber ocurrido.

Sentimos que los “errores”, “cometidos” en el mundo, son realmente errores…, y que, en realidad, en el fondo (de alguna manera “metafísica”, por así decirlo), esos errores no tienen remedio.

Y así, como en realidad somos “creadores” y no víctimas… seguiremos y seguiremos viviendo ciclos de “víctima y perpetrador”, más o menos infernales… en este tipo de sociedades tan “primitivas”… sociedades que seguiremos viendo también como que… “no tienen remedio” (y seguimos por tanto creándolas así, pues el universo es nuestra creación).

Este sería entonces el famoso “perdono pero no olvido”, tan usual…, ese “sentimiento”… o mejor, esa venganza contra nosotros mismos… esa forma conocida de expresar el “perdón” usual —el modo de “sentir” usual…, el “lo siento” al uso (el “sorry” usual).

Pero… “lo siento” son dos palabras maravillosas

Pero “lo siento” son palabras maravillosas si conservamos nuestra actitud “no-dualista” pura —la de por ejemplo el curso de milagros.

¿Por qué? Pues lógicamente, diciendo “lo siento”, podemos obligarnos a recordar que, para “sanar”, no debemos huir de la emoción, rehuir las emociones, los sentimientos… no.

“Lo siento” es…: “lo quiero sentir…, no me importa que pase esa emoción por mí…, no me identificaré con ella si resulta que en el fondo es miedo”.

Entonces, muchas veces, para sanar habrá que sentir o re-sentir… y entonces “lo siento” sería literalmente un muy neutral…: “lo estoy sintiendo”…, no pasa nada por sentir. Sería algo donde expresamos la neutralidad de observadores: lo estoy sintiendo, y punto.

“Tenemos que” permitir que pase por nosotros con toda su fuerza la emoción que sea… aunque entonces, la “pregunta” que nos queda es también esta: ¿qué pasa entonces en una “situación terapéutica”… una situación… donde quizá “otras personas” se ofrecen para sentirnos… y/o manejar… “nuestras energías”… lo que en gran medida “es nuestro”… lo que estaría un poco aún en nuestro campo mental? (Ese “dejar que lo pasen otros en vez de nosotros”… sería algo sanador (?)).

Sobre “la pregunta terapéutica”, podemos simplemente citar el anterior texto (tal y como lo explica Jesús en la transmisión de Jayem): «Puesto que mi energía era diferente, creó el espacio en que esa alma podría hacer una nueva elección

Así que no debemos reprimir nada así porque sí…, pues eso muchas veces supone guardarnos las cosas, como sabéis… y eso supone conservar lo que en realidad no queremos (en realidad no queremos la identificación con este sueño, una identificación basada en miedo; con ello, hasta conseguimos nuestro propio enfermar).

En vez de eso podemos ser simples canales, transparentes, para que pase todo lo que tenga que pasar por “nosotros” (sea de quien sea, pues en realidad somos uno, una sola mente)…, sin identificarnos con nada (con pensamientos o emociones)
[este tema, el de la transparencia, o esa cierta “impersonalidad”… se “trabaja” por cierto bellamente en otro de los cursos dados por Jesús, Un curso de amor, de la también estadounidense Mari Perron; así como de cierto modo se “trabaja” también en una parte de la “filosofía posmoderna”].

Podemos recordar, siempre, que nuestro único problema es la identificación, esa que realizamos mayormente de forma inconsciente, a nivel mental, y todo el rato.

¿Cómo lo hacemos? Con una constante valoración de lo de fuera en tanto que está fuera…, en una valoración que por tanto nos aprisiona…, y que realizamos inadvertidamente en nosotros mismos para así no soltar el ego, para así no soltar todos los valores…, y para que entonces los sentimientos de “valía verdadera” no puedan ni siquiera empezar a llegar a nosotros, realmente, desde ese “lugar” donde verdaderamente están —en nuestro verdadero ser, en la unidad de Todo Lo Que Es, que realmente compartimos pero que en cierto modo paradójicamente “combatimos”, al encarnar aquí.

Como ya sabemos, el problema nunca es “el mundo”, que en el fondo es efecto, mera pantalla de proyección. El problema no es el hecho de que parezca existir un mundo repleto de cosas y seres separados, “fuera” de nosotros (cosas, seres, que pueden por ejemplo “sufrir”)… sino que, como ya “sabemos”, el único problema es el de nuestra interpretación, el de que nos identifiquemos —en el nivel más “abstracto”— con la separación…, con esa idea de la separación interpretada con miedo.

Como sabemos, con esa actitud en realidad estamos pidiendo todavía “inconscientemente” más y más experiencia de lo mismo (más miedo)…, al estar siguiendo inconscientemente aferrados a nuestra elección por el miedo… a la elección que hace real el miedo (es decir, más “ego”).

Recordemos: la identificación es, en su misma base, miedo.

Como sabemos, todos nuestros pensamientos están normalmente basados en miedo…, aunque no lo parezca. Por eso, ya “sabemos” que ninguno significa nada, como dice UCDM.

Entonces, identificarse así de fuertemente —pues casi nadie se identifica en el modo liviano, inocente… sintiendo la típica inocencia o desapego de, digamos, “un niño” (en el buen sentido de “niño” 🙂 )—… identificarse así de seriamente con las cosas perecederas (“mundo”)… es realmente una locura… una locura que solo podemos alimentar si estamos basados en un trasfondo conflictivo de miedo, individual y colectivamente —de ese miedo perfectamente compartido aquí en este desorden de personalidad múltiple que llamamos “humanidad” (así adjetivaba a la humanidad la esposa de Gary Renard, tal y como lo cuenta éste en su texto El amor no ha olvidado a nadie).

_______
Aunque no hace falta, obviamente es entonces muy simple seguir “reconciliando” Ho’oponopono con todo lo que hayamos aprendido en otros lados (que en mi caso vinieron después). Para la práctica del perdón dentro del simple marco del Ho’oponopono, recomendaría el libro El otro secreto, del que hablábamos aquí.

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