Solo los bebés tienen primero derechos, los adultos primero tienen obligaciones, deberes. Un preludio para nuestra Constitución espiritual de una civilización universal :)   Leave a comment

imagen corazón en círculo

De cómo esta sociedad está cruelmente infantilizada

¿Visteis qué curioso? Un bebé, es decir, “alguien” totalmente “infante”, que no tiene voz en la sociedad adulta… no tiene absolutamente ninguna obligación… ningún deber; solo “derechos”.

Y qué derechos tan curiosos, estos… estos que le damos naturalmente al bebé… este respeto elemental… pues en realidad estos “derechos” no están digamos que muy codificados por la “sociedad adulta” —quizá no mucho más allá del mero respeto a la vida que “surge”.

De esos cuidados elementales (“deberes”, o respeto hacia él) que parece requerir un bebé, quizá no se habla mucho… o no se habla nada, de forma oficial.

Y quizá habría una especie de asimetría brutal, pues sí que parece que hablamos y que legislamos mucho sobre los derechos de los ya adultos.

Digamos que “los bebés” tienen “derechos naturales”…, fundados en las “divinas” y naturales costumbres de, sobre todo, las madres… o de quienes ejerzan de “madre” —ya que digamos que también podemos ser casi “madres”, o bien complementar y ayudar muy bien en esa tarea, aquellos del sexo débil masculino (o, como se sabe, también algunos animales han criado a algún bebé humano).

Nuestra sociedad, quizá desgraciadamente, creo que podríamos decir que no basa su derecho, no funda su “derecho”, en esa costumbre digamos que “más natural” de “lo maternal” (cosa que no parece muy factible en este estado de cosas)… sino que nos fundamos de cierto modo en lo que ya está muy individualizado y muy codificado en las costumbres “adultas”.

Y, como señala mucha gente… con todo esto del “derecho” tendríamos una especie de problema: cuando uno tiene “derecho” a algo… es como si aquello a lo que se tiene derecho dejara de ser visto como algo natural, esencial, intocable.

En el momento en que pasa al terreno del “me puedo quejar” de ello socialmente… pasaríamos a menudo así como a “perder” algo… a perder una especie de “esencia relacional”.

Imaginemos una foto, una foto de una situación estrambótica: una manifestación de bebés de un año de edad… todos con sus pancartas… y reclamando el derecho a la vida.

Algo que pasa a ser “derecho”, parece que pasa a entrar en el terreno de las leyes y los juegos de una sociedad adulta, tan loca como esta.

Y así, quizá pasa a añadir más madera al problema del fuego que son las palabras… al problema consistente en que, cuando “los adultos” empezamos a hablar mucho de algo… en este estado tan primitivo de la civilización… y, como de hecho no sabemos para qué sirven primero y realmente las palabras (para separar y reforzar la separación percibida)… entonces… parece que todo lo “estropeamos” —es decir, dejamos de sentir la esencia relacional y universal de muchas cosas “naturales”.

Una cosa que quizá antes se diera “gratis”, o de forma “natural”… como la confianza… si la pasamos al terreno del “derecho”… puede que necesite ser regulada por códigos y más códigos en una sociedad que a todas luces vemos que es demente… y que por tanto la puede “destrozar”.

Con ese paso, entonces, quizá lo único que terminamos haciendo a menudo es llevar esa cosa natural a la apisonadora de nuestra demencia social —demencia que se ve ilustrada quizá por cómo esta sociedad parece estar fundada en eso que llamaríamos el “beneficio por el beneficio”… e incluso casi en la mera usura, casi sacralizada.

Por otra parte, en este blog nos vamos a ver metidos, o ya lo estamos desde los textos sobre Relación (ver índice)… en una especie de juego, que tiene que ver con cierta “Constitución espiritual de la civilización”.

Esto es por meternos en camisas de once varas… y en honor a que en este universo hay tropecientas civilizaciones “más avanzadas espiritualmente” que nosotros… intrigantes civilizaciones… y que nos han visitado y “ayudado” mucho… en el buen sentido de “ayudar”… no solo en el sentido de “deslumbrar irresponsablemente”, pues seguramente tuvieron mucho que ver en los “problemas” o en los simples “impulsos” que pudieron constituir a veces los llamados “dioses”.

Simone Weil escribió algo que después se titularía Echar raíces, pero que se tituló algo así como: Preludio a una declaración de los deberes hacia el ser humano.

Ahí, diciéndolo rápido, incidía fuertemente en que debíamos hablar más y primero de obligaciones que de derechos.

Y la pregunta que nos podemos hacer para empezar… que quizá necesito releer muchas veces… es*:

¿Cómo conseguimos… es decir, cuántas toneladas de esfuerzo y “sufrimiento” nos cuesta fabricar una sociedad como esta, donde la natural expresión del deber maternal o parental hacia un bebé… esa relación materno-filial (que es una esforzada pero amable obligación, llena de tanta responsabilidad por parte de una madre, de un padre, un cuidador… y llena de tanta confianza natural por parte de un bebé “indefenso”)… no se expande con cierta naturalidad o continuidad… para así poder convertirse en lo que inunde… lo que permee toda nuestra sociedad… toda nuestra “sustancia relacional”?

Nuestras instituciones socio-culturales… ¿cómo y para qué llenan ese “espacio” aparentemente vacío entre responsabilidad y confianza?

¿Qué pasaría si nos preguntásemos… al considerar o al pensar cualquier institución… al mirarla de frente crudamente… al considerar sin miedo toda relación que necesariamente como “colectivo humano” establecemos cuando incluimos, más o menos inercialmente, a otros “actores” en nuestro juego “colectivo”…, a otros actores susceptibles o no de transformar a su vez nuestras relaciones (digamos “ecológicamente”, etc.)… qué pasaría… decíamos… si nos preguntáramos y si nos diéramos las herramientas para poder hablar del tipo de “distorsiones” que digamos introduce nuestra institución para llenar ese espacio… con nuestra forma ya inventada de incluir otras relaciones?

¿Cómo son esas distorsiones que introducen nuestras instituciones en esa otra relación o espacio tan natural y tan aparentemente “simétrico”, en ese espacio entre la responsabilidad y la confianza que parecen “empezar” en ese terreno fértil y tan “obvio” del más elemental cuidado a un niño, en nuestro “natural” llegar al mundo… a un mundo donde terminamos a menudo siendo meramente “carne de cañón”?

El hogar parece algo absolutamente esencial, y de lo cual no hablamos (¿para bien y para mal? ¿O mejor no hablar nunca de ello?).

A veces parece que estas cualidades de relación de las que hablábamos —o “valores”— solo los podemos aprender bien en “el hogar”: confianza, honestidad, responsabilidad.

_____

* y obviamente parece una pregunta digamos que “heurística“.

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