Un curso de amor. 8. La separación respecto al cuerpo   1 comment

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imagen corazón en círculo[— Un curso de amor, compuesto de tres libros en inglés, en sus primeras ediciones, fue transmitido por Jeshua en comunión con Mari Perron, y publicado en el 2001. Aparte de esa edición en tres volúmenes, fue publicado en uno solo, en inglés, en el año 2014.
— Para más información, libros en PDF, y listado de entradas, ver índice.
— Elijo publicar parcialmente los capítulos de este modo como método para elaborar tranquilamente, y acceder a, una traducción lo mejor posible de este maravilloso “nuevo curso de milagros”.
— Sobre el uso del idioma en las traducciones y el modo de revisarlas o hacerlas, ver las notas en esta entrada que iré completando]

Capítulo 8. La separación respecto al cuerpo

8.1 Has determinado que los pensamientos de tu corazón son tus emociones. Son diferentes de la sabiduría del corazón de la que ya hemos hablado: la sabiduría que sabe colocar aparte tanto al amor como a tu propio Yo. Trabajaremos ahora sobre las emociones, los pensamientos de tu corazón, extrayendo y separando lo que es verdad, de tu percepción de la verdad.

8.2 Este plan de estudios pretende ayudarte a entender que tus emociones no son los verdaderos pensamientos de tu corazón. ¿En qué otro lenguaje podría hablar tu corazón? En un lenguaje hablado con tanta calma, con tal gentileza, que quienes no cultivan la quietud no lo reconocen. El lenguaje de tu corazón es el lenguaje de la comunión.

8.3 Consideraremos a la comunión como una unión de nivel superior, aunque en realidad no hay niveles que dividan la unión, en absoluto. A ti, como un ser que aprende, la idea de que existen niveles te resulta útil y te ayudará al ver que progresas desde una etapa, o nivel de aprendizaje, a otra. Aunque más que aprender se trata de recordar, cosa que entenderás a medida que recobres la memoria. Tu corazón te ayudará durante el proceso de reemplazar el pensamiento por el recuerdo. Y de esta manera, el recuerdo puede ser vivido como el lenguaje del corazón.

8.4 No se trata de recordar los días pasados en esta tierra, sino de recordar quien realmente eres. El recuerdo proviene de lo más profundo de ti, del centro en el cual estás unido al Cristo. No se refiere a tus experiencias aquí, no luce rostros ni se apoya en símbolos. Es un recuerdo de la plenitud, de todo para todos.

8.5 Multitud de pensamientos y emociones parecerían estar bloqueando tu camino a la quietud donde puedes encontrar este recuerdo. No obstante, como ya has visto una y otra vez, el Espíritu Santo puede usar lo que tú has hecho para un propósito superior cuando tu propósito está unido al del espíritu. Así que exploraremos una nueva forma de considerar las emociones, una forma que les permita ayudarte a facilitar tu aprendizaje en vez de a bloquearlo.

8.6 Piensas en el corazón como el lugar del sentimiento, y en consecuencia asocias las emociones con tu corazón. Sin embargo, las emociones son en realidad reacciones del cuerpo a estímulos que te llegan a través de los sentidos. Así, la contemplación de una bonita puesta de sol puede llenar tus ojos de lágrimas. El más mínimo contacto de tu mano con la piel de un bebé puede hacerte sentir como si tu corazón se desbordara de amor. Las palabras duras que entran por tus oídos pueden hacer que tu rostro se ruborice y tu corazón lata con una pesadez que etiquetas como enojo, o con una punzada que llamarías vergüenza. Cuando los problemas se acumulan y parecen demasiados pueden provocar una turbación emocional o incluso un trastorno nervioso. En estas situaciones circulan en ti demasiados sentimientos al mismo tiempo, o bien todos se apagan a la vez. Como con todas las demás cosas en este mundo, anhelas un equilibrio que haga latir tu corazón sin sobresaltos, que aflore una emoción por vez, que tus sentimientos sean controlables. Y sin embargo te sientes controlado por tus sentimientos, por emociones que parecen tener vida propia, así como por un cuerpo que reacciona ante todo ello de unas maneras que te hacen sentir incómodo, ansioso, eufórico o aterrorizado.

8.7 Nada de eso habla de lo que tu corazón te quiere decir, sino que oculta el lenguaje del corazón y sepulta la quietud bajo las siempre cambiantes facetas de una vida vivida en la superficie, como si tu propia piel fuese el campo de juego para todos los ángeles y los demonios que danzarían sobre ella. Lo que querrías recordar es reemplazado por la memoria de estas emociones, que son tantas, que no podrías contar ni las de un solo día, ni podrían contarlas quienes dicen no tenerlas. No recurres a tus pensamientos para poder encontrar ahí los motivos de tu resentimiento, la munición para tu venganza, o el dolor para tu rememorar. Recurres a tus emociones, a esos sentimientos que dirías que provienen de tu propio corazón.

8.8 Qué tontería creer que el amor podría morar con semejante compañía. Si las emociones se encontraran en el corazón, ¿dónde estaría el amor? Si estas ilusiones fuesen reales no quedaría lugar para el amor, pues el amor habita donde la ilusión no puede entrar. Esas ilusiones son como rémoras que se adhieren a la superficie de tu corazón, y que sin embargo no le impiden cumplir con su función, o llevar consigo aquello que te mantiene a salvo en este mar proceloso.

8.9 Dentro de tu corazón descansa a salvo la realidad del amor, una realidad tan extraña que crees no recordarla. A esta realidad nos dirigimos cuando nos internamos en lo más profundo de ti, hacia el centro de ti Mismo.

8.10 Incluso aquellos cuyas percepciones siguen siendo muy erróneas, saben que hay una diferencia entre la superficie y lo que descansa bajo ella. A menudo solo se ve lo superficial de una situación, o solo se reconoce lo más superficial de un problema, o solo se comprende lo más superficial de una relación. Y a menudo hablas abiertamente de esos niveles de visión, reconocimiento y comprensión, diciendo: “superficialmente, en apariencia, podría parecer que…”, y a esta observación a menudo le siguen tentativas de mirar bajo esa superficie para descubrir las causas, motivaciones o razones de una situación, problema o relación. A esta búsqueda se le llama, a menudo, buscar la verdad. Aunque la forma en que buscas la verdad allí donde no está hace que permanezca oculta, el reconocimiento de que hay una verdad más allá de la superficie nos será muy útil en esta etapa, así como tu reconocimiento de que existe algo diferente de lo que aparentemente se muestra sobre la superficie.

8.11 ¿Qué pretendes hacer cuando intentas ver bajo la superficie? ¿Pretendes ver debajo de la piel o en los recovecos ocultos de la mente y del corazón? Sin unión, ninguna de tus búsquedas revelará la verdad. Y aunque hay una parte de ti que sabe esto, en vez de a la unión prefieres entregarte al juego de la especulación, la conjetura y las causas probables. Buscas explicaciones e información en lugar de la verdad que dices tratar de encontrar. Buscas en el juicio antes que en el perdón. Buscas con una actitud de separación, en vez de buscar desde el lugar lleno de gracia que es la unión. Quizá estés pensando ahora que si supieras cómo funciona esta unión, seguramente la usarías ahora mismo para buscar la verdad, así como para otros objetivos. Te gustaría resolver problemas, ser una persona que, como en un juzgado, separa el bien del mal, la verdad de la mentira, los hechos de la ficción. Pero mientras tanto no ves que lo que deseas es una mayor separación, y no ves que esta no puede brindarte la verdad ni surge de la unidad.

8.12 Hasta tus más elevados deseos están cargados de ese aire de superioridad moral que sigue siendo tal aire de superioridad sin importar la nobleza de la causa que dices perseguir. Quisieras ver dentro de la mente y del corazón de los demás para quizá poder ayudarles, pero también para adquirir poder sobre ellos. Cualquier cosa que llegaras a saber la considerarías como algo de tu propiedad, y el disponer de ella como tu privilegio. ¿Cómo de peligroso serías si la unión fuese así? Cuán rectamente lucharías contra ella para proteger tus secretos de ser revelados. Esta percepción errónea de la unión te apartaría de la meta que persigues, la meta que no es meta, sino tu propia realidad, el estado natural en el que existirías si no fuera porque, por decisión propia, rechazas tu realidad y tu auténtica naturaleza.

8.13 ¿Ves ahora por qué la unidad y la plenitud van de la mano? ¿Ves por qué no puedes retener una parte de ti mismo y al mismo tiempo constatar que la unidad es tu hogar? Si fuese posible existir en unidad y al mismo tiempo retener o escatimar, la unidad sería una parodia. ¿A quién le escatimarías? ¿Y de quién escatimarías? La unidad es plenitud. De todos para todos.

8.14 Hemos hablado ya de lo que está en la superficie. Vamos a hacer un experimento.

8.15 Considera ahora tu cuerpo como la superficie de tu existencia y contémplalo. Toma un poco de distancia respecto a él, pues no es tu hogar. El corazón del que hablamos no mora en él, y tú tampoco. Los cuerpos separados no pueden unirse en plenitud. Fueron hechos para alejarte de ella y para convencerte de la ilusión de tu separación. Toma distancia. Contempla tu cuerpo solo como la capa superficial de tu existencia. Es lo que aparenta ser, y nada más. No dejes que te impida ver la verdad, así como no dejas que otras condiciones superficiales te la oculten. Incluso aunque no hayas encontrado la verdad antes, puedes reconocer qué cosas no lo son. Tu cuerpo no es la verdad de lo que tú eres, por más que lo parezca. Por ahora, lo consideraremos el aspecto superficial de tu existencia.

8.16 Daremos un paso más, pues muchos todavía creen que lo que está dentro del cuerpo es real: el cerebro y el corazón, los pensamientos y las emociones. Si tu cuerpo contuviera lo real, él también sería real, del mismo modo que, si una situación superficial contuviera la verdad, sería la verdad. Ahora bien, si tu cuerpo y lo que hay dentro de él no son quien tú eres, te sientes como si te hubieses quedado sin hogar. Esta sensación de desamparo es necesaria para que puedas regresar al verdadero hogar, pues si estuvieses contenido y encerrado en tu cuerpo, y lo aceptaras como tu hogar, no aceptarías ningún otro.

8.17 Tu “otro” hogar es aquel que sientes como si lo hubieras abandonado, y al que sientes el deseo de regresar. Sin embargo, ya estás en él, y no podrías estar en ninguna otra parte. Tu hogar está aquí. Piensas que esto es incongruente con la verdad tal y como la estoy revelando, la verdad de que el cielo es tu hogar. Pero no lo es. No hay un aquí de la manera en que te gustaría creer que hay, desde la perspectiva de una localidad, un planeta, un cuerpo. Dios está aquí y tú perteneces a Dios. Este es el único sentido en que puedes o deberías aceptar la noción de que perteneces a este lugar, aquí. Solo cuando constatas que Dios está aquí, solo entonces, puedes verdaderamente decir “soy de aquí”.

8.18 Ahora que estás poniendo distancia entre tu cuerpo y tú para poder participar en este experimento que te permite reconocer el elemento superficial de tu existencia, eres consciente quizás como nunca antes de encontrarte en un lugar y en un tiempo determinados. Al tomar distancia para contemplar tu cuerpo, esto es lo que verás: una forma que se mueve en el tiempo y el espacio. Eres entonces más consciente de sus acciones y achaques, de su firmeza o de la falta de ella. Puedes darte cuenta de cómo gobierna tu existencia, y preguntarte cómo es que vas a poder pasar siquiera un solo instante sin tener consciencia de él.

8.19 Este instante sin consciencia del cuerpo fue descrito maravillosamente en Un curso de milagros como el Instante Santo. Tal vez creas que la observación de tu cuerpo no es una buena manera de lograrlo, pero al observar aprendes a tomar distancia de lo que ves, a mantenerte aparte. Mas es necesario recordarte algo: que no debes observar con la mente sino con el corazón. Y este tipo de observación contiene una santidad, un regalo de perspicacia, que está más allá de tu visión normal.

8.20 Puede que al principio sientas compasión por este cuerpo que durante tanto tiempo has considerado tu hogar. Ahí va, una vez más, durmiendo y despertándose… llenándose una vez más de energía y gastándola hasta sentir fatiga. Y llega un nuevo día al que das la bienvenida con tu corazón. Cada día te dice que todo pasa. A veces esto es causa de regocijo, otras de tristeza. Pero nunca puedes evadirte del hecho de que cada día sea tanto un comienzo como un final, y que tan seguro llega la noche como el día.

8.21 En estos días que vienen para irse, se mueven contigo muchos otros cuerpos semejantes al tuyo. Cada uno es diferente, ¡y hay tantos! Al convertirte en observador es posible que te sientas abrumado por todo lo que observas, por la inmensidad de todo aquello que se encuentra en el mundo junto a ti. Algunos días te sentirás como uno de tantos, un pequeño e insignificante peón. Otros días te sentirás superior, la culminación del mundo y de todos sus años de evolución. Habrá días en que te sentirás muy terrenal, como si este fuese tu hogar natural y el cielo para tu alma. Habrá otros días en que sentirás lo contrario, y te preguntarás dónde estás. Sí, ahí está tu cuerpo, pero, tú… ¿dónde estás tú?

8.22 Aunque no puedas observarlo, te harás consciente de cómo el pasado camina junto a ti, así como el futuro. Ambos son como compañeros que, por un rato, son bien recibidos como distracciones, pero que se muestran reacios a abandonarte cuando quieres que se vayan.

8.23 ¿Dónde viven este pasado y este futuro? ¿Adónde va el día cuando llega la noche? ¿Qué harás con todas estas formas que deambulan contigo a lo largo de tus días? ¿Qué es lo que estás observando en realidad?

8.24 Esta es tu representación de la creación, comenzada cada mañana y consumada cada noche. Cada día es tu creación, reunido y sostenido mediante el sistema de pensamiento que lo concibió. Observar esto es ver su realidad. Y ver esta realidad equivale a ver la imagen de Dios que tú has creado a semejanza de Dios. Esta imagen se basa en tu recuerdo de la verdad de la creación de Dios, y en tu deseo de crear como tu Padre. Es lo mejor que podrías hacer en tu condición de olvido. Pero aun así, tiene mucho que decirte.

8.25 Todo se mantiene unido gracias al sistema de pensamiento que lo concibió. Y solo hay dos sistemas de pensamiento: el sistema de pensamiento de Dios y el sistema de pensamiento del ego, del yo separado. El del yo separado ve separación en todo. El de Dios ve todo en unidad. El sistema de pensamiento de Dios es un sistema de permanente creación, renacimiento y renovación. El sistema de pensamiento del ego es de continua destrucción y desarticulación, de decadencia y de muerte. ¡Y sin embargo, qué comparables son entre sí!

8.26 ¡Qué usual es el hecho de recordar una cosa hasta en cada uno de sus más mínimos detalles, sin tener sin embargo ni idea de lo que en realidad se trataba en ese recuerdo! Todo recuerdo acaba deformado y distorsionado por lo que tú querrías que fuese. Todos podemos evocar el recuerdo de al menos un incidente que, cuando fue expuesto a la luz de la verdad, resultó ser una mentira de enormes proporciones. Ocurre al recordar ocasiones en que creías que un ser querido te quería perjudicar cuando en realidad estaba tratando de ayudarte. O cuando recuerdas situaciones que te resultaban vergonzosas o destructivas pero que en realidad pretendían enseñarte lo que necesitabas aprender para conducirte hacia el éxito del que ahora gozas.

8.27 Así pues, tu recuerdo de la creación de Dios es un recuerdo que conservas hasta en sus detalles más ínfimos. Sin embargo, los detalles enmascaran la verdad tan completamente, que toda verdad acaba sometida a la ilusión.

8.28 ¿Cómo puede ser que día tras día vayas por el mismo mundo en el mismo cuerpo, y que observes tantas situaciones semejantes, que te despiertes bajo el mismo sol y lo veas ocultarse cada noche, y, aun así, cada día te resulte tan diferente que a veces te sientes feliz y a veces triste, o un día tienes esperanza y al siguiente te hundes en la desesperación? ¿Cómo es posible que lo creado en forma semejante a la creación de Dios se oponga tanto a ella? ¿Cómo es posible que la memoria engañe tanto a los ojos y, sin embargo, no engañe al corazón?

8.29 Esta es la verdad de tu existencia: una existencia en la que tus ojos te engañan y decepcionan, pero tu corazón no cree en el engaño. Tus días no son sino la evidencia de esta verdad. Lo que tus ojos contemplan puede decepcionarte un día, pero al día siguiente tu corazón ve a través del engaño. Y así es como en tu mundo un día es la desdicha personificada, y el siguiente puro gozo.

8.30 Regocíjate de que tu corazón no sea engañado, pues en ello radica tu camino hacia el verdadero recuerdo.

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Una respuesta a “Un curso de amor. 8. La separación respecto al cuerpo

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  1. archivando un comentario que puse por ahí 🙂 :

    Y la corrección es apartar el ego…, y “pedir” la mirada del amor (“hay otra manera de ver esto”)… la otra mirada… ya que todo puede ser visto con los ojos del amor, en cada momento, sin excepción.

    Y nos gusta ser “nosotros” los que ponemos las condiciones:
    eh, ante esto sí que voy a pedir “otra mirada”…
    … pero ante esto otro… “mejor ahora no”…

    Y esto no es lo que “pide” por ejemplo Yeshua en el curso de milagros.

    Lo difícil es como ya sabéis que esto es muy simple…, que no podemos ser un poco amor, un poco miedo… y que “el curso” o se entiende completamente o no se entiende en absoluto… pues, como sabéis, prácticamente entenderlo es ver “el mundo real”…, es decir, entregar o dejarse “cambiar” completamente la percepción de todo en todo momento…, dejar de sentirse como el antiguo “fulanito” o “menganito”, y ello constantemente (cosa esta verdaderamente terrorífica, vista desde nuestro pequeño yo, la personalidad construida desde el miedo).

    La inversión es total, pues el pasado no existe, digamos que es “muerte”, y siempre estamos proyectándolo sobre lo que “percibimos”.

    Así, dando esa mirada, permitiendo que vean los ojos del amor a través nuestro, de forma cada vez más consistente… así, la recibimos, haciéndonos y convirtiéndonos en la experiencia, en esa experiencia de que somos lo que damos (amor)…, y de que Amor es todo lo que existe.

    Somos plenamente creadores de nuestra experiencia, de cómo experimentamos los pensamientos, sentimientos y formas.

    Y de nosotros depende el ponerle condiciones al amor, el hacérnoslo más difícil o más fácil…, permitiendo o no “subir la vibración” más rápido… hasta sintonizar con el mundo real.

    Pero no hay “pecado” en esa tardanza, a la que tanto nos aferramos, pues el amor solo ve amor.

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