Un curso de amor. 16. Lo que eliges a cambio   Leave a comment

imagen corazón en círculo[— Un curso de amor, compuesto de tres libros en inglés en sus primeras ediciones, fue transmitido por Jeshua en comunión con Mari Perron, y publicado en el 2001. Aparte de esa edición en tres volúmenes, fue publicado en uno solo, en inglés, en el año 2014.
— Para más información, libros en PDF, y listado de entradas, ver índice de entradas, puntos 4 y 5.
— Elijo publicar parcialmente los capítulos de este modo como método para elaborar tranquilamente, y acceder a, una traducción lo mejor posible de este maravilloso “nuevo curso de milagros”.
— Sobre el uso del idioma en las traducciones y el modo de revisarlas, ver las notas en esta entrada que iré completando.]

Capítulo 16. Lo que eliges a cambio

16.1 La gloria que sentiste con el amor pareció proceder de una persona y no de otra. El amor no proviene de alguien de la manera en que piensas que lo hace. ¡El amor tiene un solo origen! El hecho de que esta fuente resida en el interior de cada uno no la convierte en muchas fuentes, puesto que todos tenéis también una sola fuente. Este origen común no convierte a nadie en especial, sino a todos en lo mismo.

16.2 Ahora puedes preguntarte por qué no parece ser así, y la única respuesta es porque tú no lo deseas. Percibes solo aquello que deseas, y tu deseo de ser especial te lleva a no ver la mismidad en ninguna parte, puesto que lo que es lo mismo, no puede ser especial.

16.3 A todos os resulta familiar la imagen del “niño problemático” que busca amor y atención de unas maneras que se consideran inapropiadas. Sabes que este niño no es inferior a cualquier otro niño, y que busca lo mismo que el resto. Sin embargo, cuando este niño crece y su conducta sigue igual, lo llamas inadaptado o criminal, y dices que no es amor lo que busca, y que ahora es menos que aquellos que una vez fueron lo mismo que él. Lo que es lo mismo no cambia para volverse diferente. La inocencia no es reemplazada por el pecado.

16.4 Lo que haces a los criminales te lo haces a ti mismo, y también se lo haces a aquellos que dices amar con un amor especial, pues no los ves en la inocencia inalterable en la que fueron creados y en la que permanecen, sino con los ojos del juicio. Que tú hayas juzgado y hallado que aquellos que amas son buenos y dignos de tu amor no justifica tu juicio, así como tampoco está justificado el juicio que condena a un cuerpo a la muerte o a una “vida” en prisión.

16.5 Una vida en prisión y un cuerpo condenado a muerte es lo que el juicio os consigue dar a todos los que creéis que aquello que es lo mismo puede convertirse en algo diferente. Esto es tan cierto acerca del amor que reservas para tus seres especiales como para la condena que ofreces a los que has aislado, pues lo que se requiere para convertir a uno en especial y al otro no, es el juicio.

16.6 Sin juicio no existiría separación, puesto que no verías diferencias entre tú y tus hermanos y hermanas. Tu juicio comenzó por ti mismo, y desde allí emanó todo conflicto. Sin diferencias no habría causa de conflicto. El juicio crea diferencias, pasa la mirada por lo mismo y no lo ve. En cambio, sí ve lo que está buscando. Lo que estás buscando es lo que encontrarás, pero encontrarlo no lo convierte en verdad, salvo en cuanto a que te muestra qué es lo que en realidad has elegido ver. Tu elección está entre Dios o el yo que crees haber separado con éxito de Él, y esta elección es todo lo que determina la manera en que ves.

16.7 El juicio es la función que la mente separada se ha adjudicado a sí misma. En ella gasta toda su energía, pues para mantener el mundo que ves es preciso juzgar constantemente. El Espíritu Santo puede reemplazar tu especialismo por una función especial; pero esta función no puede ser tuya mientras decidas que el rol más adecuado para ti es el de juzgar.

16.8 Solo tu corazón puede conducirte al perdón que va a vencer al juicio. Un mundo perdonado es un mundo cuyo fundamento ha cambiado del miedo al amor. Solo desde este mundo puedes cumplir tu función especial y llevar la luz a quienes aún viven en la oscuridad.

16.9 Criatura de Dios, ¡observa cuán importante es que escuches a tu corazón! Tu corazón no quiere ver con los ojos del juicio ni con los del miedo. Te llama a aceptar el perdón para que puedas darlo y, por tanto, puedas contemplar el mundo perdonado con amor.

16.10 Una vez más repito que la razón no se opone al amor, como tu mente dividida querría hacerte creer. ¡Pues tu mente dividida juzga incluso al amor, y se opone a él sobre la base de que no juzga! En esto puedes ver cuánto valor depositas en el juicio, incluso hasta llegar a la ridícula idea de que puedes juzgar al mismo juicio. Te consideras capaz de hacer buenos y malos juicios, y consideras que el amor es incapaz de hacer ninguno de los dos. El amor parece operar por sí mismo, aparte de lo que la mente le invita a hacer, y es por esto que lo temes aun cuando lo anheles. He aquí lo que la mente dividida llama “razón”: un mundo en el cual todas las cosas tienen dos caras, y dos caras que se oponen. ¿Cómo esto podría ser la razón? La verdad no se opone a nada, tampoco el amor.

16.11 Una vez más tu recuerdo de la creación se pone a tu servicio, incluso aunque no te haya servido bien. Este recuerdo es quien te dice que el amor no juzga, pero tu mente dividida ha distorsionado este recuerdo para que le sirva a sus propósitos. Lo que esta mente llama deficiencia es tu gracia salvadora. El propósito de este Curso es tan solo el de que te desprendas de lo que tu mente te dice, para hacerle sitio a lo que tu corazón ya conoce.

16.12 Solo el perdón reemplaza al juicio, pero el verdadero perdón te resulta tan extraño como el verdadero amor. Crees que el perdón contempla a los demás juzgándolos, y disculpa los errores que tú enumerarías. Pero el verdadero perdón simplemente mira más allá de la ilusión hacia la verdad, donde no hay pecados que perdonar ni errores que disculpar. El perdón contempla la inocencia y la ve allí donde el juicio no la vería.

16.13 Esta forma de perdón te parece imposible porque contemplas un mundo no perdonado donde campea la maldad, el peligro acecha y no hay lugar donde poder hallarse a salvo. Cada ser separado está ahí fuera para sí mismo, y si tú no velaras por tu propia seguridad, seguramente perecerías. Sin embargo, al mismo tiempo que vigilas, sabes que no puedes protegerte y que no estás a salvo. Tú eres uno solo, y “ellos” muchos, así que nunca puedes mantenerte en guardia el tiempo suficiente, o asegurarte una garantía definitiva contra el desastre. Pero te aferras a cualquier posibilidad de lograrlo aun sabiendo que no será efectiva.

16.14 Piensas que no puedes dejar de estar alerta porque no conoces otra forma de garantizar tu seguridad, y aunque no puedas garantizar tu seguridad contra todas las cosas y todo el tiempo, crees que sí puedes garantizarla contra algunas cosas, parte del tiempo. ¡Y por esta protección ocasional que no tiene validez ni pruebas renuncias al amor!

16.15 Mientras proclamas que necesitas pruebas antes de creer o de aceptar algo como un hecho o como verdad, y, por supuesto, antes de que puedas actuar de un modo acorde con ello, vives como si creyeras que lo que nunca dio resultado antes, lo va a dar milagrosamente en el futuro. No tienes más evidencias que las de una vida de infelicidad y desaliento, donde algunos ocasionales momentos de alegría, o donde aquellas pocas personas que amas entre las muchas que no amas, hacen que valga la pena vivirla. Crees que cuando se te pide que abandones la precaución, la protección y la vigilancia que protegen esos momentos de alegría, a las personas que amas y a ti mismo, se te pide que vivas una vida con más riesgos aún que la que vives ahora.

16.16 ¡Tus juicios no han hecho del mundo un lugar mejor! Si la historia prueba algo es precisamente lo opuesto de lo que te gustaría creer. Cuanto más se entregan el individuo, la sociedad y la cultura al deseo de juzgar, más divinos se creen. Pero todos sabéis que el juicio no es vuestro cometido aquí, sino que le corresponde a Dios y solo a Dios. Esto es algo firmemente vinculado a tu recuerdo de la creación. Forcejear con Dios por el derecho de juzgar es una acción contra Dios, y, como un niño que se atreve a desafiar a sus padres, el desafío cubre de audacia al desafiante. Se ha intentado algo peligroso y aparentemente se ha tenido éxito. El orden del universo se ha trastocado. El niño cree que les ha “robado” a los padres su función de padres, sin haber llegado a convertirse en un padre. Para aquellos que juzgan, Dios se convirtió en el enemigo, así como para la percepción de un niño que desafía a sus padres estos se convierten en sus enemigos.

16.17 Pero el niño se equivoca. El niño ha cometido un error. Y con este error cree que la relación con sus padres se ha roto. Es esta creencia en una relación rota con Dios lo que parece reemplazar a la relación santa que no puede ser reemplazada. El juicio, entonces, refuerza la idea de la separación, tornándola aún más terrible de lo que comenzó siendo. Deja de parecer la elección hecha por un niño, y se asemeja a una brecha irreparable que ninguna nueva elección podría salvar.

16.18 Criatura de Dios, esto no es así y jamás podría ser así, pues el derecho de juzgar no es sino el derecho del Creador, que juzga a toda la creación tal como fue creada y permanece. Tú solo crees que has cambiado lo que no puede cambiar.

16.19 Juzgar no te brinda seguridad, y tampoco definir la maldad logra abolirla, sino que solo la vuelve real para ti. Sin embargo, tú crees que el juicio se basa en la justicia, y que esta conlleva el castigo de todos aquellos que has definido como malvados. Así has hecho de la justicia y de la venganza una sola cosa, y al hacerlo le has quitado a la justicia su sentido.

16.20 Quienes se respaldan en el juicio le piden a su poder que haga lo que el juicio no puede hacer. Todo poder proviene del amor, al igual que toda justicia. Cualquier otro fundamento para el poder o para la justicia que no sea el del amor, es una parodia de ambas cosas. Muchos conocen la expresión de “el poder da la razón”, e incluso quienes no la conocen creen en el principio que defiende. Afirmas poseer evidencias de que esto es así. Están por todas partes. Los fuertes sobreviven y los débiles perecen. Los poderosos se imponen y, por tanto, definen lo que está bien para todos aquellos sobre quienes se imponen. Quienes tienen el poder hacen las leyes, y quienes no tienen poder tienen que obedecerlas.

16.21 Sin embargo, a ti te asustan tanto quienes tienen poder como quienes no lo tienen. Los criminales son temidos y excluidos, pero no tienen poder salvo el que consiguen a partir de ellos mismos. Quieres que el poder discurra solo por canales legítimos, y no quieres que aquellos que no lo tienen lo posean a través de las mismas armas o medios que, según tú, caracterizan el poder de la autoridad. Aunque quieres que aquellos a quienes les has dado el poder te protejan, al mismo tiempo les temes, y ellos, a su vez, temen que los débiles puedan quitarles su poder o alzarse en su contra. ¿Qué clase de poder es este que necesita ser constantemente defendido? ¿Qué es lo que os atemoriza de los débiles, salvo el hecho de que podrían no aceptar su estado de debilidad? Y qué dice esto sino lo que la historia te enseña: que lo que determina quién es poderoso y quién no, no es la fuerza ni una autoridad que pueda ser dada o quitada. El poder pertenece a quienes lo reivindican, a quienes proclaman yo soy. Pues el poder comienza con el rechazo de la impotencia. Y el rechazo de la impotencia es tan solo un paso en el cumplimiento de vuestra identidad, un paso que dais gracias a despertar el amor del Ser, del Yo.

16.22 Cuánta miseria ha sufrido el mundo en nombre del juicio, del poder y de la justicia. Cuánta miseria puede evitarse encontrando el verdadero poder que es inherente a tu identidad. Pues tú no eres impotente. Aquellos de vosotros que pensáis que tenéis los medios del poder tradicional de vuestra parte, no recurrís a vuestro propio poder, y luego os preguntáis por qué quienes son más espirituales, en la actualidad y a lo largo de la historia, parecen sufrir adversidades. Sin embargo, a menudo solo los que sufren adversidades son quienes se levantan para recuperar el poder que es suyo, en vez de buscarlo en otra parte. Tu percepción contempla el poder del revés, y se pregunta asombrada por qué Dios ha abandonado a una gente que parece tan piadosa.

16.23 Dios no abandona a las personas; son ellas quienes lo abandonan cuando ceden su poder y no reivindican su derecho de nacimiento. Tu derecho de nacimiento es ser simplemente quien tú eres, y nada en el mundo tiene poder para quitarte este derecho. La única forma de perderlo es cediéndolo. Y esto es lo que tú haces.

16.24 Dios no quiere sacrificios de ti, pero cuando renuncias a tu poder te conviertes en cordero para el sacrificio, en una ofrenda a Dios que Dios no quiere. Repasas las historias de sacrificios contenidas en la Biblia y piensas que esos eran tiempos de barbarie, y sin embargo, tú repites la misma historia aunque de forma diferente. Si un médico talentoso renunciara a su poder de curar dirías que es un desperdicio. Sin embargo tú renuncias a tu poder de ser quien eres, y crees que “así es la vida”. Cedes tu poder y luego te inclinas ante aquellos a quienes se lo has cedido, pues en realidad a lo que tanto miedo tienes es solo a tu propio poder.

16.25 Este miedo solo se basa en aquello para lo cual has empleado tu poder. Sabes que tu poder ha creado el mundo de ilusiones en el que vives, y por tanto crees que algún otro sabrá hacerlo mejor. Ya no confías en ti mismo con tu propio poder, y así lo has olvidado sin darte cuenta de lo importante que es recuperarlo. De lo bueno que quieres ser, vas moviéndote mansamente por la vida tratando de cumplir con reglas divinas y humanas, teniendo en mente algún bien mayor. Si todo el mundo hiciese lo que quiere hacer, razonas, tu sociedad sufriría un colapso y reinaría la anarquía. Crees que eres justo solo cuando decides que, si nadie puede hacer lo que quiere, tú también debes renunciar a tus deseos en favor del bien común. Así es como te comportas de formas “nobles”, que no sirven para ningún propósito.

16.26 Si no puedes reclamar al menos una pequeña cantidad de amor por ti Mismo, por tu propio Ser, tampoco puedes reclamar tu poder, pues ambos van de la mano. No hay “bien común” tal y como tú lo percibes, y tú no estás aquí para asegurar la continuidad de la sociedad. Puedes dejar que se vayan las preocupaciones que te aquejan si en su lugar trabajas por el regreso del cielo y el regreso de tu propio Ser.

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