3. El llamamiento al milagro. Los Tratados de Un curso de amor (I)   Leave a comment

imagen corazón en círculo[— Un curso de amor, compuesto de tres libros en inglés, en sus primeras ediciones, fue transmitido por Jeshua en comunión con Mari Perron, y publicado en el 2001. Aparte de esa edición en tres volúmenes, fue publicado en uno solo, en inglés, en el año 2014.
— Para más información, libros en PDF, y listado de entradas, ver índice, puntos 4 y 5.
— Elijo publicar parcialmente los capítulos de este modo como método para elaborar tranquilamente, y acceder a, una traducción lo mejor posible de este maravilloso “nuevo curso de milagros”.
— Sobre el uso del idioma en las traducciones y el modo de revisarlas o hacerlas, ver las notas en esta entrada que iré completando]

Los Tratados de Un curso de amor. I. Un tratado sobre el arte del pensamiento.

Capítulo 3. El llamamiento al milagro

3.1 En cuanto a tu experiencia ahora, las primeras oportunidades para aplicar el arte del pensamiento tienen que ver con la memoria. En otras palabras, tienen que ver con volver a experimentar todo lo que crees que ha dado forma a tu vida. Estas oportunidades son tan solo las precursoras del nuevo aprendizaje. Se trata de oportunidades de reemplazar la ilusión con la verdad, para que solo quede la verdad de quien tú eres.

3.2 ¡Comprobar lo diferente que es la experiencia de la verdad con respecto a la experiencia de la ilusión, es lo mismo que comprobar lo diferente que es el pensamiento de la mente del ego con respecto al arte del pensamiento! El arte del pensamiento se opone diametralmente al pensamiento de la mente del ego.

3.3 La mente del ego no ve nada por lo que es. La mente del ego no ve otra cosa que lo que ella quiere como regalos, e incluso a estos los ve no como regalos, sino como recompensas. La mente del ego hace trueques en vez de dar y recibir como una sola cosa, creyendo que solo a cambio de esfuerzo se le va a devolver algo. Debido a que solamente ve recompensas, y no regalos, no puede ver los regalos que se comparten. Como no puede ver los regalos que se comparten, no puede permitirse ver la relación. Debido a que cree que se vale por sí misma, no puede ver el orden superior. Debido a todo esto, no puede experimentar la verdad, y por tanto, existe en la ilusión.

3.4 La experiencia de la verdad desvanece la ilusión, y por tanto la mente del ego. El arte del pensamiento reemplaza la mente del ego con la incondicionalidad. Y esto no es otra cosa que mente y corazón reunidos en unidad.

3.5 ¿Cómo puede extenderse lo que es vigilado de cerca? ¿Cómo puede crear lo que está controlado? ¿Cómo puede conocer el amor lo que continúa cediendo al miedo? Todas tus razones para vivir con miedo han sido descontadas una por una. Y sin embargo no te atreves a intentar vivir sin miedo. ¿Por qué? Debido a los pensamientos de la mente del ego. A la mente del ego le preocupa su propia supervivencia, pero te ha convencido de que es tu supervivencia la que depende de ella. ¿Cómo vas a persuadirte de que puedes vivir como si la verdad fuese distinta? Porque solo si empiezas a vivir como si la verdad fuese de otra manera, podrás ver que en realidad lo es, ya que se basa en una sabiduría diferente de todo lo anterior.

3.6 La única manera que tienes de vivir en la verdad es a través de la fe, pero no una fe en lo que podría ser, sino una fe en lo que es. Una fe en lo que es conlleva una fe en los milagros. Ahora se te pide que recurras a ellos. Recurrir a los milagros es un acto de fe. Tú crees que buscar milagros es buscar pruebas, y que esto demuestra tu falta de fe; pero es justamente lo contrario. ¿Qué tipo de milagro conduciría a una falta de fe? No existe tal tipo de milagro.

3.7 Ahora te pido que solicites un milagro.

3.8 ¿Qué tipo de milagro deberías pedir? ¿Qué tamaño debería tener el milagro que pidas? ¿Qué tamaño tiene tu fe? ¿Cuántas pruebas requiere? No estoy bromeando, sino que te estoy pidiendo que consideres seriamente la posibilidad de pensar simplemente qué tipo de milagro sería necesario para poder cambiar de opinión sobre quién eres, y por tanto, sobre la naturaleza de tus pensamientos.

3.9 Obsérvate a ti mismo mientras piensas en esta pregunta. ¿Puedes hacer que todo el miedo desaparezca de ella? ¿Por qué tendrías que tener miedo? Cuanto mayor sea el milagro que te ocurriera, más probabilidades tienes de temer las consecuencias. Y no se trata de las consecuencias que temes que tenga para el mundo, sino de las que temes para ti mismo. Si pidieses un milagro y se hiciese realidad, ¿qué pasaría entonces? Si pides un milagro pequeño y se hace realidad, ¿cómo de mal te sentirías por no haber pedido uno mayor? Prácticamente sentirás pánico al pensar que se te pone ante una elección así. Si estuvieras de acuerdo en elegir un milagro, a lo que muchos de vosotros os resistiréis, querrías elegir el “correcto”. Algunos puede que analicen bien qué tipo de milagro sería el más convincente para ellos, porque entienden este ejercicio como lo que es: un intento de convenceros para que penséis de otra manera sobre vosotros mismos. Si pides una cura para una enfermedad, ¿cómo sabrás que es un milagro y no el resultado de un descubrimiento científico, o el curso natural que la enfermedad iba a seguir? ¿Qué milagro podría considerarse tan solo un milagro, sin dejar ninguna duda respecto a sus circunstancias? ¿Elegirías un milagro que no dejase lugar a dudas? Un milagro así de simple podría ser el convertir el agua en vino. ¿Qué daño podría ocasionar esto? Y no obstante incluso a este lo temerías, pues si pidieses un milagro así y se hiciese realidad, entonces tendrías que reconsiderar tu poder para obrar milagros. Y aquí te encuentras con el mayor de tus temores: el temor a tu poder.

3.10 Como se dijo en Un curso de amor, estar dispuesto no requiere convicción, sino que conduce a ella. Los apóstoles no tenían ninguna fe en su capacidad para obrar milagros. La fe que mostraron se hallaba en su disposición a intentarlo. Esta pequeña disposición dio paso a la convicción cuando los milagros fluyeron a través suyo como las bendiciones que constituyen.

3.11 No quiero que ninguno de vosotros se pierda aquí, pero tu miedo es tal que ya puedes ver tu propia derrota. Por grande que sea el miedo a los milagros, el miedo a no ser capaz de obrarlos es aún mayor. Piensas que esto es como un examen, uno que puedes aprobar o suspender. Y lo que es más, el hecho de aprobar no solo requeriría que reconsideraras tu poder, sino que tu fracaso requeriría que contemplases tu carencia del mismo. Si pidieses un milagro y no se hiciera realidad, ¿no invalidaría esto todo lo que has conseguido hasta ahora, y te devolvería a un estado de desconfianza? Mejor no intentarlo que arriesgarse a intentarlo y fracasar, cuando tales consecuencias parecen estar en la balanza.

3.12 Pero repito, esto no es ninguna petición en vano. Lo que sea necesario para convencerte ahora es lo que te proporcionaré. Tal es la urgencia del momento, la urgencia del regreso a la unidad, la urgencia de la necesidad de dejar atrás el miedo. ¿Es que no puedes, a partir de este ejemplo sobre tu miedo a los milagros, ver la evidente realidad de todo lo que aún temerías?

3.13 Este es también un medio de desaprendizaje. ¿Cómo puedes dejar atrás todo lo que temes sin verlo por lo que es, y elegir dejarlo a un lado?

3.14 Esto no es algo que debas hacer ahora mismo si tu miedo es más poderoso que tu disposición, pero tenlo en mente. Lo necesario para convencerte te será proporcionado. Tal es la urgencia de tu regreso a la unidad. Si no es ahora, pronto se te pedirá que hagas esta última elección, la de dejar atrás el miedo para siempre y convertirte en quien tú eres.

3.15 Lo que tú eres es un obrador de milagros. Esto no es todo lo que eres, pero te da una idea sobre quién eres. Esto no es todo lo que eres, pero es el medio más rápido de darte cuenta de quién eres. Tal y como se dijo en Un curso de milagros, los milagros son mecanismos para ahorrar tiempo. Aunque pedirte que elijas un milagro parezca violar una de las reglas de estar dispuesto a ellos, tal y como se describían en Un curso de milagros, la extrema necesidad de tu regreso al amor precisa de medidas extremas.

3.16 Consideremos tus objeciones a los milagros una por una, pues así desvelaremos el origen de todos tus temores, así como el Origen de los milagros.

3.17 En primer lugar, dices que no tienes ninguna objeción a los milagros, sino tan solo a que sean obrados a través de ti. Tu falta de disposición para obrar milagros, dirías, proviene de tu falta de valía para hacerlos. Tu falta de valía proviene de tu creencia en que tú eres “solamente” humano. Tú no eres Dios. Tú no eres una persona santa. Por tanto los milagros no deberían fluir a través de ti.

3.18 En segundo lugar, te opondrías a que se te pidiera elegir un milagro. Seguramente no puedes conocer las consecuencias que tendría cualquier milagro para el resto del mundo. Si pidieras que se le perdonase la vida a alguien, ¿cómo sabrías que no era “la hora” para esa persona? Si pidieses la cura de una enfermedad, ¿cómo sabrías que esa enfermedad no estaba destinada a hacer que avanzase el aprendizaje de alguien? Si pidieses ganar la lotería, ¿cómo podría no ser castigado tanto egoísmo?

3.19 En tercer lugar, puede que te opongas a la sugerencia de que necesitas pruebas para apuntalar tu fe, y a la vez puede que estés convencido de que el fracaso de dichas pruebas haría que tu fe se tambalease.

3.20 En cuarto lugar podrías resistirte a la sugerencia de que Dios otorgaría milagros ante tal capricho, ante la superficial idea de que tú te convenzas de tu propio poder. ¿Cómo podría ser esto importante? Incluso si poseyeses tal poder, sería un poder que le pertenece a Dios y que no te necesita a ti para su realización. Mejor no meterse con ese tipo de cosas. Incluso solo con pensar en esto te vienen a la mente ideas de magia y de un poder que no es de este mundo, y que por tanto debe de tener tanto un lado oscuro como uno de luz. Aquí nace la sospecha que amenaza todo aquello que has llegado a apreciar profundamente.

3.21 Estos pensamientos rozan lo sacrílego. Los milagros son el ámbito de Jesús y de los santos, y es a ellos a quienes en realidad les pertenecen. El simple hecho de implorarlos sería herejía.

3.22 También temes no saber qué son los milagros, y que por tanto no puedas obrarlos. Primero quieres una definición. ¿Cuál es el milagro apropiado? ¿Para quién debería pedirse? ¿Cuál son los criterios a seguir? ¿Cómo se hacen? ¿Ocurren todos a la vez, o pueden aparecer en algún momento del futuro? ¿Y qué pasa si se pide la corrección de algo que ya ha ocurrido? Tienes demasiadas preguntas sin respuesta como para poder elegir un milagro.

3.23 Aunque hay muchos más temores que te pueden persuadir, consideraremos solo uno más: el miedo a tomar la decisión equivocada en lo que respecta a tu elección de los milagros. Esto es lo mismo que el miedo a la escasez. Pues seguro que la realización de un milagro sería una casualidad, no probaría nada, y podría descartarse fácilmente dándole una explicación lógica. Seguro que creer que allí donde un milagro ha funcionado podría funcionar otro, sería tener delirios de grandeza que no son para ti. Aquí, tus pensamientos podrían divagar, pensando en obrar muchos milagros, y eso se convertiría en un circo mediático. Se te pediría que acabases con todo el sufrimiento en muchísimos lugares, y seguro que no querrías eso aunque pudiera hacerse realidad. De hecho, hacer esto precisaría de los auspicios de un alma santa, y no los de alguien como tú.

3.24 ¿Es que no ves las decisiones que se han tomado en cada uno de estos escenarios y el razonamiento, o la falta del mismo, que se esconde tras ellas?: que no vales la pena; que no eres santo, divino, ni siquiera piadoso; que podrías elegir de forma equivocada; que podrías sufrir un castigo divino; que podrías ser egoísta; que se podría probar que no tienes fe; que podrías sucumbir a delirios de grandeza.

3.25 En resumen, debido a una serie de razones, estás demasiado asustado como para siquiera intentarlo. En resumen, no tienes disposición, y sí muchas razones para no estar dispuesto. Lo que hemos hecho aquí es sacar tus temores a la luz, unos temores que ni siquiera te dabas cuenta que tenías tan bien guardados, ni de que te aterrorizaría tanto dejar que se marchasen.

3.26 Ahora, podemos tratar cada uno de estos temores aplicándoles el arte del pensamiento, en vez del pensamiento de la mente del ego.

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