¿Por qué “el Poder” fomenta la queja, el conflicto, la revolución, el shock?   Leave a comment

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Empecemos con una cita. Pero para introducirla, preguntémonos… ¿qué tiene que ver la dependencia con la “esclavitud”…, con la “adolescencia social” en que nos vemos metidos, etc.?

¿Cómo es que somos una sociedad de quejicas? ¿Por qué nuestra civilización es aún “adolescente”…, tal y como nos cuenta la bonita revelación dada Neale Donald Walsch?

¿Cómo se “forma” todo esto? ¿Cómo aprendemos tan bien a vivir en esa “pasión triste” de la queja improductiva?

Los “filósofos” han tenido mucho que avisar y decir sobre esto…, desde siempre.

Y los filósofos posmodernos lo han dicho quizá más desenfadada/crísticamente que nunca, (Deleuze en sus clases sobre Spinoza):

«Esclavo-tirano es desde el principio la situación del niño en la sociedad. El niño es esclavo porque depende enteramente de los padres y, por contrapartida, deviene el tirano de sus propios padres.

» ¿En qué sentido? Y bien, la educación misma lo dice. El niño no cesa de gritar porque es dependiente. En efecto, ¿qué es gritar? Es como cuando un gato maúlla. Un gato no maúlla para decir “quiero leche”. “Quiero leche” es una proposición de adulto, de humano adulto. Los americanos hacen un buen análisis de la proposición “maullar”, dicen que no es una proposición de objeto. “Quiero leche” es una proposición de objeto. “Maullar” no, “maullar” es una proposición de relación, de la relación de dependencia. Cuando el gato maúlla en un departamento, se trata de una relación de dependencia, atrae la atención del amo. Un niño que grita no es una proposición de objeto, no es “quiero leche”, es, “¡bua, bua, mamá!”, “Eh, mamá, aquí abajo”, es una proposición de dependencia. De repente, la madre le da leche.

» En otros términos, es en la misma situación que el niño es hecho esclavo y se hace tirano. Y Rousseau dice que en la educación hay un mal principio que comienza desde el inicio, aun antes de que el niño hable: los padres no paran de darle las cosas. Darle la cosa al niño es ya la situación corruptora. Vean lo que quiere decir que una situación da interés en ser malvado. El bebito comprende esto muy rápido, no va a parar de gritar para que cada vez le llevemos algo. Es el esclavo-tirano. Es la situación de dependencia-tiranía. Ahora bien, ven lo que quiere decir Rousseau, y aquí esto deviene muy profundo: esta es finalmente la matriz de todas las situaciones sociales. El esclavo-tirano es la situación social clave.

» Y Rousseau lanza su gran fórmula del Emilio: la educación debería consistir en sustituir la dependencia de las personas por la dependencia de las cosas. Escuchen: sustituir la dependencia en relación a las personas por la dependencia en relación a las cosas. Es decir, jamás llevar algo al niño, sino llevar al niño hasta la cosa. Allí cambian la situación. Sin duda lo llevan ustedes. No puede caminar, de acuerdo, entonces lo llevan. Pero es él quien será desplazado, no la cosa.»

A modo de repaso, hablamos de nuevo de lo esencial.

Quejarnos, resentirnos, es un padecer, no un obrar.

Esa actitud, en vez de darnos sentimiento de ser creadores, nos lo da de ser víctimas; nos hace resentidos; es una pasión triste —’pasión’ de padecer, frente a la actitud activa del creador que somos… de la “idea”.

Nosotros solo podemos actuar bien si nos sentimos capaces de “crear” nuestros sentimientos, es decir, capaces de detenernos y “pedir” otro modo de sentir las cosas (paz, de entrada).

Siempre la tenemos, otra manera. Esa manera es de cierto modo una de observador. Ante un sentimiento molesto, sea el que sea, en la situación que sea, hemos de detenernos antes de reaccionar, y reconocernos como creadores de ese malestar (ese detenerse no tiene por qué ser un acto visible físicamente).

El nivel del sentimiento está más allá del tiempo lineal, de hecho lo fabrica, junto con las creencias. Por eso es tan “peligroso” reaccionar ante nuestros sentimientos de molestia con justificaciones o elaboraciones más o menos enrevesadas y que proceden de este mundo temporal (de “lo falso”).

De hecho, siempre hay una queja elemental, que inundaba lo que llamábamos ‘política’, que es una proyección del conflicto básico, y que hemos proyectado sobre nuestros padres o acompañantes: “existo, pero es la responsabilidad de otros”.

Es decir, “existo”… ¿qué quiere decir “existo”? Que soy mente eterna, que de cierto modo podemos decir que crea sentimiento y pensamiento, y que estos, juntos, crean lo que tengo por realidad (la proyecta literalmente en el cinema universal).

Pero decimos “existo”, más bien como niños quejicosos ya entontecidos… “existo” pues… pero como víctima de circunstancias más allá de mi control (“la culpa es de otros”).

A este motivo se debe que vivamos en una civilización todavía adolescente con una mentalidad primitiva, es decir, fomentando el proceso social con “leyes” basadas en el miedo y la separación. Estas “leyes” son principios como el de supervivencia de los más fuertes, un principio que lo hemos convertido en guía del proceso social –en ley del proceso– y que si bien es observable en “la naturaleza” de un modo superficial, es digamos que menos profundo que el principio de pacífica cooperación ecológica que realmente guía el proceso terrestre y que podrá guiar más conscientemente el proceder social humano –para estas cuestiones ver los textos dados a Neale D. Walsch, y parte del pensamiento ecologista.

Es decir, como siempre se trata de elegir a consciencia, y, en el fondo, de dejarnos elegir por esas profundas paz y alegría que somos.

Entonces, apenas ahora podemos empezar a plantear las cosas en la actitud de ser simples creadores, sin traer la emocionalidad del “papá/mamá” a la arena política, social… sin traer la simple queja que no parte de la plenitud que se siente plenamente creadora.

Simplemente ser quienes somos, quienes elegimos ser, pues somos creadores, y básicamente o bien lo hacemos desde la separación-miedo, o bien desde la unidad-cooperación-amor, dejándonos guiar por un ser más profundo que aquel que inventó muy mentalmente que la guía del proceso social sería fundamentalmente la competencia.

Si somos “adolescentes” es porque no sabemos que creamos desde el miedo.

Y el miedo lo tenemos a nada más que a nosotros mismos, a nuestra condición de ser creadores de nuestra realidad.

Entonces, de la queja como actitud pasiva mental se alimenta el Poder en una civilización que al crear desde el miedo es propensa a la autodestrucción (como muchos adolescentes).

¿El poder?

El poder nos refleja globalmente esta ignorancia en nuestro interior, esta ignorancia sobre nuestro ser profundamente creadores.

¿Cómo podemos considerar esta ignorancia? Básicamente es la de creernos cuerpos que sufren pasivamente en condiciones ajenas a su control (empezando por la crianza), en vez de mentes que proyectan universos desde Un Solo Corazón… para despertar al Amor en una especie de micro y macroevolución de la Consciencia, que se sirve del instrumento corporal para la gloria o felicidad creativa de nuestra Unidad.

El Poder nos refleja exteriormente que NO CREEMOS ser una Unidad creadora.

Por eso parece alentar la actitud de queja.

Recordemos: esta actitud, muy frecuente antes en “política”, no se detiene a sentir, antes de hacer. Así, actúa desde el conflicto, reforzándolo y reforzando el miedo subyacente (miedo a nuestra condición de ser creadores, es decir, lo tradicionalmente invocado cuando se dice que somos uno con Dios, a su imagen y semejanza, es decir, creadores, pues lo único que “sabemos” de “Dios” es que, de existir, es creador).

Así que de ello vive el Poder, ya que de hecho ya hoy reconocemos que vivimos en un capitalismo del Shock, que hace caja, dinero, con cada desastre, guerra o calamidad.

Vemos entonces cómo surgieron o surgimos nuevas generaciones en el mundo que tienden a verse más como creadoras de lo nuevo que alentadoras de un Poder al que pedirle responsabilidades, como a papá/mamá.

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