Aprender la verdad. Haskell: «La otra voz». Un Curso de milagros RELOADED   Leave a comment

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[Podéis mirar en la página de índices de este autor para encontrar los enlaces a estos textos traducidos, etc. —con por ejemplo la traducción completa de lo que estamos retocando aquí con ayuda del texto en inglés, etc.

Esta transmisión, maravillosa (muy clarificadora y directa), aparenta haber sido dada claramente por la misma voz que dictó Un curso de milagros (UCDM), y que habló desde la personalidad de Jesús.

La siguiente parte de este texto sirve como acompañamiento —más o menos— para esta parte del texto principal del curso de milagros: [T-14.I-III] (según las indicaciones del propio Haskell en su texto publicado).]

Aprender la verdad [T-14.I-III]

Saludos de nuevo, soy Jeshua.
He venido hoy a continuar contigo
mi conversación sobre Un curso de milagros.

Te he hablado mucho sobre el sistema de pensamiento del ego.
Y hablar de ello implica siempre que hay
otro sistema de pensamiento que habla de la verdad.
Y así empiezo hoy nuestro comentario
sobre el tema de la verdad.

Como ves, el ego usa muy bien la lógica.
Comenzando con ciertas suposiciones,
teje un sistema de pensamiento lo suficientemente fuerte
como para hacerte creer que todo un mundo es real,
cuando no lo es en absoluto.

El Espíritu Santo, que habla por la verdad,
usa la lógica tan bien como lo hace el ego.
Y la lógica del Espíritu Santo también
requiere de ciertas premisas.
Te he dicho que eres bendito
y que simplemente no sabes que lo eres.
Eres bendecido por Dios, por mí, por la Misma Creación.
Pero aquí, en tu ilusión,
simplemente no eres consciente de ello.

¿Has pensado, alguna vez, para ti mismo,
sobre lo que supone estar bendecido?
Si termino estos capítulos con las palabras
“mis bendiciones para todos vosotros”,
¿has recapacitado acerca de lo que eso significa?
BENDECIR SIGNIFICA DAR A ALGUIEN
EL REGALO DE TU VISIÓN DE LA VERDAD:
QUE ÉL ES UN HIJO DE DIOS PERFECTO.
Y cuando digo “mis bendiciones para vosotros”,
estoy simplemente recordándote que te doy, a ti,
en este instante y siempre, mi visión, mi certeza,
de que tú eres, en tu perfección, en tu belleza,
el Hijo de Dios.
Y tal y como Dios te ha bendecido, se trata de lo mismo.

Dios te conoce solo en la belleza
de tu perfección, de tu inocencia.
Y lo que necesitas para reconocer el hecho
de que estás bendecido es abrirte a estar dispuesto
a hacerte consciente de esa verdad.

Ah, pero aquí hay un problema.
Este mundo, como te he dicho,
está basado en la negación de la misma verdad.
Y te he dicho que negar es no saber.
Y lo que permite que este mundo de ilusión PAREZCA real,
es el hecho de que aquí, en el espacio y el tiempo,
no sabes y no puedes reconocer la verdad de lo que eres.

¿Puedes tú, dentro de este mundo,
dentro del sistema de pensamiento del ego,
reconocer que en verdad eres bendecido?
Y la respuesta es que no, no puedes.
Dentro de ese sistema de pensamiento
no puedes volverte consciente de lo que tú eres,
pues está basado, literalmente, en la creencia
de que no sabes lo que eres,
o en la creencia de que eres algo
que no eres, y que nunca podrás ser.
¿Lo ves?

Y así, hay algunas condiciones que deben cumplirse
para que puedas llegar a entender la verdad.
Y una es la constatación de que,
dentro del sistema de pensamiento del ego,
no puedes aprender directamente lo que tú eres.
Y así, debes aprender INDIRECTAMENTE lo que eres.
Esa es una de las condiciones
para aprender la verdad acerca de lo que eres.

No puedes dar lo que no tienes.
Incluso el ego entiende eso.
¿Qué tal si pudieras aprender a bendecir a tu hermano?
¿Qué tal si pudieras aprender a dar a tu hermano
el regalo de tu visión de su perfección como el Hijo de Dios?
Eso requeriría que tú LO TENGAS PARA DAR,
y, por tanto, que eso sea lo que tú eres.
Así, enfocaremos tu aprendizaje de la verdad
ayudándote a entender que descubrirás
la verdad de lo que tú eres
a medida que la das y cuando se la das a los demás.

No puedes dar lo que no tienes.
Recuerda esa verdad.
Siempre que das lo que es falso,
es decir, todo eso que habla de oscuridad y muerte,
estás dando lo que tú CREES que eres.
Pero eso no es LO QUE TÚ ERES, y no puedes darlo realmente.
No obstante, pareces darlo, y así, parece que es lo que crees acerca de ti mismo.
Así, al querer enseñarle a otro que él puede morir,
al dar eso, atraes sobre ti mismo
la maldición de tu propia muerte.
Y no puede ser de otra manera.

Pero el aprendizaje de la verdad
tiene una condición aún más importante.
Aquel que quiera aprender la verdad acerca de sí mismo,
debe hacerlo siendo uno de aquellos que he llamado ‘aprendiz feliz’.
Porque Dios quiere un aprendiz feliz.
Y el Espíritu Santo quiere un aprendiz feliz.
En verdad, no puedes llegar a comprender
la verdad de lo que tú eres
a menos que lo hagas desde un lugar de felicidad.
¿Qué significa eso? Podrías preguntarte.
Porque, si eres feliz, es muy difícil desear cambiar.
Pero la felicidad de la que hablamos
es el regocijo que surgiría de ti
al celebrar el hecho de que DESEAS cambiar.

Cuando miras adentro,
hay una cuestión simple que necesitas plantearte
para poder convertirte en un aprendiz feliz.
Y la pregunta es bien simple. Es esta:
“¿estoy en paz? ¿Tengo lo que yo llamaría ‘la paz de Dios’?”.
Si tú, aun como ego, pensaras acerca de Dios,
de hecho sí que creerías que Dios tiene paz.
Pues, ¿acaso tú puedes, aun como un ego, imaginar
un ser omnisciente, sabio… un todopoderoso creador del universo,
creando un universo que tendría como función
destruir su propia paz?
Y la pregunta es tan absurda
que te reirías si dijeras que sí.
Hablamos a menudo de la paz de Dios,
pues realmente Dios ESTÁ en paz.

Y así, te sugiero que te preguntes, “¿estoy en paz?”.
Y, para contestarlo, debes preguntarte,
“¿hay algo, ALGO que pueda amenazar mi paz?”.
Porque si lo hay, esa paz no es y no puede ser la paz de Dios.
“¿Si perdiera mi hogar, aún estaría en paz?”.
“¿Si me quitaran todas mis riquezas físicas,
aún estaría en paz?”.
“¿Si todos mis seres queridos se fueran de mi vida, aún estaría en paz?”.
“¿Podría estar en paz cuando voy por el valle de las sombras de la muerte?”.
Entiendes bien lo que quiero decir.
Y a todos vosotros, que aún camináis por este mundo de ilusión
y no habéis aprendido la verdad de lo que sois,
os es fácil constatar que no estáis en paz.

Pero os he dicho que sois bendecidos
y que simplemente no lo reconocéis.
Entonces, una condición para poder aprender
es la de simplemente considerar que, en verdad, estás bendecido…
considerar, si quieres, la simple verdad
de que DIOS VERDADERAMENTE TE AMA.
Y entonces pregúntate si estás en paz;
y si constatas que no lo estás, simplemente di,
“entonces deseo cambiar mi vida”.

Si puedes alcanzar tan siquiera un atisbo
de la idea de que la paz de Dios PUEDE SER tuya,
¿no sientes que repentinamente te inunda
un deseo de cambiar tu ser?
Si puedes abrirte a la posibilidad
de que PUEDES conocer la paz de Dios,
entonces, ¿qué hay que no querrías soltar
para así poder alcanzarla?
Si el tesoro de toda la Creación estuviera en un campo,
¿no venderías todo lo que tuvieras para comprarlo
y así obtener el tesoro,
que es la paz de Dios?
Esta historia te la conté hace dos mil años.
Y te hablo una vez más, hoy, acerca de esta verdad.

Entonces, el aprendiz feliz es aquel que se abrirá
a la verdad de que él es bendecido y amado por Dios,
debido simplemente a la naturaleza de Dios mismo.
El aprendiz feliz, entonces, se da cuenta de que el cambio
ES algo que desea,
y que le produce regocijo.
Estas son las condiciones del aprendiz feliz. ¿Lo ves?
La felicidad surge de celebrar que PUEDES cambiar,
que PUEDES volverte pacífico en un mundo
que parece hablarte solo de miseria y de muerte.
¡Regocíjate de que esto sea así!

Pero, si debes aprender INDIRECTAMENTE,
y si vas a aprender la verdad de lo que tú eres
al darlo a los demás,
y si ello se convierte en tu deseo de cambiar,
entonces, ¿cuál será tu camino como aprendiz feliz?
Será el de comprender y constatar que existe una visión,
que es mi regalo para ti,
que es el regalo de Dios para ti…,
la visión que puede ser tuya
pero que debes dar para poder recibirla.
Y así, con gran felicidad y regocijo puedes decir,
“elijo seguir el camino que me enseñará
a bendecir a cada hermano y a cada hermana
que caminan por esta tierra conmigo”.

Y para hacer eso se requiere de ti una decisión,
que he llamado la decisión por la inocencia.
Te hablé de la culpa en capítulos anteriores.
Te dije que la culpa, que surgió de la creencia en la separación,
es la causa del mundo de ilusión y de todas tus luchas.
Y te dije también que TODO puede ser visto como Amor,
incluyendo esa culpa que te impulsa, por así decirlo,
que te lleva inexorablemente por el camino
que te devuelve a Dios.
Así, incluso la culpa puede ser considerada como buena,
puede ser vista como Amor.

Y no obstante te dije que la culpa debe ser liberada completamente.
Y bien, ¿cómo pueden ser compatibles esas nociones?
Date cuenta de que tan pronto como sientes culpa,
tan pronto como sientes la falta, la incompleción que te impulsa
a ir por el camino de regreso a Dios,
puedes estar seguro de que todavía
sigues imaginándote como un ego.

Es fácil sentirse atrapado al pensar que la culpa,
que PUEDE ser vista como Amor,
es algo que necesitas.
Pero eso no es verdad, en absoluto.
El verdadero aprendizaje de la verdad,
el verdadero aprendizaje que el Espíritu Santo te brinda,
exige que la culpa sea totalmente liberada.
¿Qué sucede si tuvieras un atisbo de la paz de Dios,
de aquel tesoro escondido en aquel campo,
aquel que se merece entregarlo todo a cambio?
Entonces, no necesitarías que nada negativo, como tu culpa,
te impulsara por el camino hacia la verdad.
Simplemente te abrirías espontáneamente y sin esfuerzo,
en respuesta al infinito amor que tú sabías
que iba a ser tuyo.

Entonces, no te confundas pensando
que necesitas la presencia de la culpa en tu vida.
La culpa ha impulsado tu creencia en este mundo de ilusión.
Y mientras creas en este mundo,
ella garantiza que encontrarás el camino de regreso a Dios.
Pero el paso real que el Espíritu Santo te pide dar
es el de liberar la culpa completamente en tu inocencia.

¡Regocíjate!
Estás bendecido por Dios.
Estás bendecido por mí.
Estás bendecido por la Creación.
Existe una visión de tu perfección que está tan solo a la espera
de tu aceptación de su verdad.
Y si puedes constatar que ella ESTÁ allí
pero que tú no la tienes
—cosa cuya verdad es obvia para ti en un instante de contemplación—
y si es tu deseo encontrarla,
te encontrarás repleto de alegría, y sin ningún miedo,
con una alegría tal que te conducirá a abrirte a su presencia.

Incluso ni siquiera así puedes descubrirla directamente aquí.
Aprenderás de ella indirectamente, como hemos dicho.
Y por tanto, de nuevo, decidirte por la inocencia
conlleva liberar a tu hermano, a tu hermana,
liberar a todos, sin excepciones,
de la maldición de tu propia culpa.

A medida que constatas que eres invulnerable,
que tu hermano es invulnerable,
te verás liberado de la culpa.
Y así, te he dicho que veas a tu hermano libre de culpa.
Haz esto simplemente diciéndole, en cada interacción,
que no hay nada que él haya hecho, podido hacer, o que vaya a hacer,
que pueda dañarte de ninguna manera.
A medida que aceptas tu propia invulnerabilidad,
la cual te dice que ERES el Hijo de Dios
y que eres libre de elegir cada aspecto de tu existencia,
automáticamente liberarás a tu hermano
de cualquier culpa que él pueda sentir al imaginar
que te pudo causar algo en tu vida.

Porque Dios es la única causa.
Y Dios es solo Amor.
No hay ninguna causa que pueda originar infelicidad o sufrimiento,
ninguna, sino la imaginación del Hijo de Dios
volcada sobre sí mismo.
Y eso se da necesariamente en respuesta a la culpa inicial,
de la cual hemos hablado semanas atrás.

Entonces, a medida que liberas a tu hermano
de cualquier culpa que puedas haber visto en él,
lo liberarás de su propia culpa.
Y lo liberarás de cualquier culpa que él pueda querer ver en ti,
pues en ese mismo momento te habrás liberado a ti mismo.

¿Cómo puedes realmente hacer eso?
¿Puedes tú, mientras aún percibes a tu hermano
como un ser separado de ti mismo,
puedes tú, mientras aún te aferras a la culpa, por así decirlo,
puedes liberar a tu hermano de ser la causa de algo en tu vida?
Y la respuesta es que, por definición, no puedes hacerlo.
Porque lo que le da vida a la misma culpa
es la creencia de que tu hermano puede dañarte.
Y, si todavía quieres aferrarte a esa creencia,
te atas a tu propia culpa.
Y, por tanto, no te es posible decidirte por la inocencia.

¿Qué significa eso?
¿Puedes sentirte cómodo con la creencia en que estás solo,
y a la vez HACERTE A LA IDEA o DECIDIR
sobre cómo liberar a tu hermano de la culpa?
En realidad, no es posible. ¿Lo ves?
Entonces, ¿Cómo puedes hacerlo?
Ahora bien, este es un gran paso,
si es que quieres abrirte a la presencia de la verdad:
constatas que, desde dentro del sistema de pensamiento del ego,
que está basado en la creencia en la separación,
NO PUEDES hacerte a la idea de la inocencia.

Así que, ¿qué haces?
DEBES LIBERARTE DEL SISTEMA DE PENSAMIENTO DEL EGO.
Debes ir más allá del discernimiento de tus pensamientos.
Porque estos son siempre percepciones
que residen dentro del dominio de la consciencia,
que es el dominio del ego.
Debes soltar tu tendencia a “querer hacerte a la idea”,
a “pensar acerca de”, a “estudiar lo suficiente”, por así decirlo…,
hasta que la inocencia llegue a ti.
Debes detenerte y escuchar.
Debes escuchar, SIN PENSAR,
la Voz que habla la verdad.

Cuando hagas eso, esa voz se hará parte de ti.
Es la Voz del Espíritu Santo
que habla con la mayor de las lógicas,
que habla con perfecto sentido,
de manera tal que un día puedas regresar
al discernimiento de tus pensamientos conscientes,
y decir, “¡pues claro!”.

Primero debes encontrar calma dentro de tus pensamientos
y abrirte al discernimiento que procede
de tu disposición a creer que estás bendecido,
que procede de tu discernimiento de que no estás en paz,
y que viene de la disposición a celebrar el hecho
de que PUEDES abrirte a ser, y a convertirte en,
el receptor de la paz de Dios.
Cuando estés en calma, simplemente llegará un discernimiento,
un discernimiento sin definición,
que hará que a tu experiencia llegue
la capacidad de bendecir a tus hermanos.

En tu silencio, llegará a ti una visión
de que, en verdad, tu hermano no te ha hecho nada a ti,
no te lo haría, y no puede hacerte nada.
Así, tu hermano es liberado de toda culpa.
Una visión vendrá a ti:
que tú, en tu libertad e invulnerabilidad,
estás completamente más allá del daño,
y que no tienes ninguna razón para mirar fuera de ti mismo
para culpar a cualquier otro ser por lo que tú eres.

En ese calmado discernimiento que reside más allá de las palabras,
sentirás cómo te mezclas,
primero con una armonía, y luego con una Unicidad indistinguible
con cada hermano que camina por esta tierra contigo.
Y toda tendencia a verte como separado y solo
desaparecerá en la nada,
como la neblina ante el sol de la mañana.
Y, en ausencia de cualquier sensación de separación,
en el discernimiento y la celebración de la Unicidad de toda la Vida,
empezarás a entender esa paz, profunda e inconmovible,
que se convierte en tu primer verdadero discernimiento
de la verdad de lo que tú eres,
y que se convierte en tu primera experiencia real
de la paz de Dios.

Mis bendiciones para todos. Eso es todo.

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