Sancho y Quijote, o la innecesaria necesidad de unir dos “verdades” universales: inocencia y locura   Leave a comment

imagen corazón en círculo

La vía “mística” del Quijote, apuntes

Ni para bien ni para mal, sino todo lo contrario, se van hilando entre sí —o van acordándose— varias de las pequeñas certezas a las que la vida nos dirige.

En ese movimiento nos da por volver a mirar atrás a ver qué diríamos ahora de las cosas, con esta nuestra nueva “consciencia” incipiente*.

¿Qué cosas? Cosas que nos han ido llamando aquí y allá, pequeñas catas realizadas en la filosofía, que hace tiempo nos dirigieron —con escalofríos— hacia la simple verdad que nos cuenta Yeshua (“Cristo”) en el pistoletazo de salida de lo que es su Segunda Venida (Venida que vamos a ir siendo nosotros), Yeshua… en una de las vías espirituales hoy más celebradas.

A veces he soñado con repasar amenamente el texto de Cervantes, El Quijote, paso a paso… explicándomelo esotéricamente —quizá incluso sin leer todo lo escrito que sin duda habrá sobre el tema…, toda esa cábala que existirá sin duda sobre Don Quijote de La Mancha.

Normalmente hemos convertido el presente, y nuestra percepción de este mundo, en un infierno más o menos palpable (mucha falta de paz, innecesaria).

Y el Quijote curiosamente nos cuenta una historia que es lo que un día todos vamos a hacer sanamente: soñar dentro de este sueño, que es el mundo. Como “sabemos” que nos dice por ejemplo Yeshua, solo nos “salvaremos” -de esta prisión de la percepción falsa- soñando otra cosa.

Entonces,

La locura tiene una verdad.

La inocencia otra verdad. Aunque solo hay una verdad.

Hay una perspectiva loca de la verdad.

Esa perspectiva loca es el límite que podemos llamar “mentira”, “lo falso”.

La Mentira es pues nada más que el límite de las perspectivas de la verdad.

La locura es vista como “no-ser”. ¿Y quién la ve así? La presuntuosa “realidad”.

La gente, a esos “muy separados” que son los locos…, a los que alucinan…, los sentimos, muy profundamente, como “no-seres”, como no-siendo, como pertenecientes al No-Ser.

Es como si representaran, con todas las consecuencias, la “verdad” que todos hemos venido a creernos en un grado u otro: «la separación es real».

Para venir aquí, a este dantesco infierno, todo hijo de vecino cree, con más o menos inversión de su corazón, que es un ente separado.

Pero, como los locos y sus mentes son igual de reales que las nuestras (y nunca estuvieron, ni sus mentes ni las nuestras, en el cerebro, ni tampoco separadas de nada)… resulta que hay una experiencia de cierta forma real.

 

Así que los locos nos dan una verdad del universo, como experiencia de la creencia en una individualidad extremadamente separada… es decir, de las “mónadas”, de esas mónadas que son “habitaciones” sin puertas ni ventanas… como parece que decía Leibniz.

Ese es un límite de la verdad, de las potencias de la Verdad que somos.

 

Eso es nuestra mente.

Nuestra mente es pura locura en cierto sentido, pues con ella hacemos esto: la proyección literal de todo un universo estrictamente privado (aunque perfectamente disimulado, este hecho, porque el de “los demás” está increíblemente bien sincronizado, armonizado con el nuestro —casi siempre, excepto cuando vemos bugs, fallos, en el sistema).

Ese universo, por cierto y por comentarlo un poco más, desaparece obviamente junto con nosotros cuando nosotros parecemos desaparecer “muriendo”…, tras un nuevo ciclo de eso que mal llamamos “vida”… es decir, tras un ciclo de darle crédito, de otorgarle realidad, al déspota (tiempo), frente a lo virgen (eternidad), frente al amor (resurrección).

Diríamos que la realidad mundana no acepta que Sancho no le recrimine más, a su amo, sus locuras. ¿Cómo de loco está Sancho cuando ve molinos en vez de gigantes? Ciertamente, Sancho también tuvo que estar loco para “encarnar”… y Don Quijote sí VE gigantes. No es que se los “imagine”, no es que esté “loco”: en ese momento sí están ahí en su mente sin puertas ni ventanas (como la de Sancho).

Él, Quijote, es uno con Dios, él es todopoderoso, él crea todo un universo a cada instante, pulsante: pero con gigantes.

Todos estamos locos pues enfundamos una entelequia abstracta —llamada “yo personal”— dentro de todo un universo. Y a este “yo personal” solo le salva el hecho de esa funda se parece a la que proyectan, desde el patrón universal, el resto de aparentes “congéneres” (mentes en Unidad)… pues está así como ya programado que nos proyectemos estos universos tan parecidos y armoniosamente sincronizados… para así poder ir ascendiendo juntos hacia la constatación de la Unidad real y posteriores consecuencias (reinterpretación de esta fantasía de cuerpos separados que llamamos “realidad”, etc.).

Así que, en esta creación, nos podemos desviar a ratos de forma muy “separatista”: locos.

En ello, será difícil que otros se nos unan cuando el propósito no conlleva el Bien para todos… pero si no se unen es simplemente porque Quijote no es por ejemplo un Jesús; Quijote no hace milagros, sino que demuestra una propiedad verdadera universal de esta proyección: mónadas sin puertas ni ventanas, universos proyectados privadamente a cada instante por mentes que no podemos comprender (porque las SOMOS), y que enfundan su auto-concepto personal y muy diminuto (“Yo, Alonso Quijano”), en todo un universo.

Los milagros los hace más a menudo Sancho…, cuando consigue ver y sentir, con mirada inocente —con amor— a su amo.

Las visiones son reales, ya que percibir y proyectar es lo mismo —y se da a cada micro-instante, de nuevo (el tiempo es completamente discontinuo).

 

Así que no es el problema de Don Quijote el que Sancho esté a su lado, es decir, el que haya alguien a su lado (todo un universo a su lado) que, en ese momento, siga unido al potencial “normal de proyección universal”, ese que aceptamos como mente humana en el camino a la salvación global de la mente-una, en la Expiación, o Restauración, o Reconciliación… en el At-One-Ment.

Sancho no se proyecta sus gigantes: «¿y a mí qué?» Por el momento, «¿a mí qué me importa?», “siente” Don Quijote.

Eso sí, Don Quijote no va a poder convencer del todo, porque tampoco él lo está del todo y no puede estarlo, pues la otra “única verdad” es la verdad verdadera de Sancho: inocencia.

Don Quijote da solo muestras partidas y repartidas aquí y allá, de las potencias de la mente universal; y en seguida se impone la presuntuosa realidad, como es lógico (en la lógica del corazón-centro, lógica que nos reúne en el mismo plan de deshacer el miedo, el auto-ataque (“culpa”)).

Hablando sobre esto como si Cervantes narrara un hecho real, aunque no fuera el caso: si Sancho se hubiera creído (es decir, si también proyectara en ese mismo momento los gigantes REALES que Quijote siente, invoca, convoca y ve), entonces, seguramente, el Miedo se acrecentaría para todos…, pues el propósito con el que Don Quijote ve gigantes no está en ese momento bendecido (si no, Sancho hubiera visto el “milagro”).

Por esa misma inocencia, la de Sancho, en realidad seguimos clamando hoy. Hoy nuestra civilización primitiva sigue pidiendo a gritos esa inocencia que se permite dialogar por un momento con “un loco”, en vez de meterlo en prisión: no son gigantes, sino molinos de viento.

Esa es la misma inocencia que un día, cada cual aplicará, y luego colectivamente aplicaremos, para decir: «mire usted, Don Quijote (Ego): la separación, no es real», y así lo creeremos, y diciéndolo, lo haremos, lo constataremos, lo realizaremos…, y un mundo nuevo se hará, en el nuevo génesis que es “la Nueva Era” (pero que necesita obligatoriamente de la asunción individual de cada Nueva Era, la de cada individuo… perfectamente nueva, virgen).

Así, las locuras del amo de Sancho no son más que —de cierta forma— “la verdad de la mente” —en su elección por la separación, al mostrar un límite.

No sé si lo habéis experimentado, pero hay alucinaciones muy fuertes, y no se requieren “drogas”.

Uno puede por ejemplo a plena luz del día, en ciertas condiciones…, uno puede estar muy convencido de que va a aparecer por ejemplo cierta persona —o muy convencido de que está viendo a alguien en concreto—, y puede transformar literalmente, transfigurar, a otro ser en aquella persona, y así, verla realmente (llamar/ver/invocar/proyectar a otro aspecto desdoblado de la personalidad real de ese conocido… cuando el resto no va a ver tal desdoblado y por tanto la visión no va a durar, como le pasó a Don Quijote).

Y esa transfiguración de un ser real, no es más real ni menos real que la realidad aparentemente oficial y compartida…, pues el universo es literalmente sueño…, es impulso de ensoñación nuevo a cada micro-nano-segundo.

Simplemente, la alucinación lo es por no ser tan compartida, por momentos.

Y la única diferencia con “los milagros”, es que nuestro ser más profundo y real (inocencia) a veces sí comparte el interés de “ver milagros”… y, por tanto, varias mentes (“almas”), pueden verse metidas en líos e historias que luego, en retrospectiva, tildaremos de “milagrosas”.

El único problema que “tienen” los locos es pues que no se pertenecen a Sí Mismos (su Yo superior, su Yo en proceso de elevarse), tal y como todo el resto del personal no se pertenece en un mayor o menor grado a Sí Mismo… no está Consigo Mismo.

Los locos no se pertenecen a Sí Mismos en tanto que depositarios de propósito… del propósito para el cual invierten toda esa capacidad alucinatoria intrínseca a la mente —intrínseca a las locas mónadas proyectoras que somos.

Entonces, la verdad del no-ser es “alucinación”.

Esa es la vía del no-ser, la que se insta a no seguir desde hace mucho tiempo en la “filosofía” (por los consejeros de vida), por algunos patriarcas que quizá han querido agrupar académicamente como de cierto modo “razonables”.

Es la vía que Cervantes contrapone, contrasta, con cierta “vía de inocencia”, solo para que “gane” la verdadera Inocencia al final del libro, en la muerte sin muerte de un personaje eterno.

 

Los locos actúan y verifican su ser desde una constatación tan real como pueda darse en cualquier nuevo experimento científico que nos espera en el futuro, en la nueva ciencia que nos espera, que irá teniendo en cuenta que todo es consciencia y proyección de la consciencia (como ya muchos saben dentro de “la ciencia”).

Nuestras mentes —que nunca estuvieron en el cerebro— proyectan todo un universo privado, aunque, paradójicamente, también ellas son, somos, una sola mente, una sola con el resto del ser**.

Aunque en realidad no hay nada que comprender, pues lo somos y lo tenemos TODO… esto puede parecer muy difícil de comprender…, y por ello es que hubo tomos y tomos de filosofía y teología —innecesarios en gran medida, como es obvio, pero que ahora de cierta forma podemos alumbrar, simplificándolos, en esta época que es, por un lado, de lo audiovisual (sin ser aún de la realidad virtual), y por otro de nuevas revelaciones, de “la revelación”: “apocalipsis”.

 

_____

* Podríamos explicar que esta consciencia nos lleva en la aceptación de esa verdad universal: la de la unicidad de la mente, y nos lleva poco a poco, si es que algo así se puede hacer poco a poco.

** De ahí la realidad o las  posibilidades últimas de cosas como el teletransporte, etc.

 

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