El tiempo de Cristo. Haskell: «La otra voz». Un Curso de milagros RELOADED   Leave a comment

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[Podéis mirar en la página de índices de este autor para encontrar los enlaces a estos textos traducidos, etc. —con por ejemplo la traducción completa de lo que estamos retocando aquí con ayuda del texto en inglés, etc.

Esta transmisión, maravillosa (muy clarificadora y directa), aparenta haber sido dada claramente por la misma voz que dictó Un curso de milagros (UCDM), y que habló desde la personalidad de Jesús.

La siguiente parte de este texto sirve como acompañamiento —más o menos— para esta parte del texto principal del curso de milagros: [T-15.X-XI] (según las indicaciones del propio Haskell en su texto publicado).]

El tiempo de Cristo [T-15.X-XI]

Saludos de nuevo, soy Jeshua
y he venido hoy a continuar contigo
mi comentario sobre Un curso de milagros.

He estado hablándote del Instante Santo.
Y parece que el Instante Santo habla sobre el tiempo, ¿no es cierto?
En realidad, en la eternidad, no hay tiempo.
No hay estaciones climáticas.
Puedes regocijarte de ello.
Pero, dentro de esta ilusión de espacio y tiempo, principalmente de tiempo…
siempre hablamos de tiempo y estaciones.

Y el Espíritu Santo, como te he dicho,
puede usar el tiempo y las estaciones para Su propósito,
que siempre es el de traerte a tu experiencia
el significado y el discernimiento del Amor,
para que forme parte de lo que tú eres.

Hoy me gustaría hablarte sobre el Tiempo de Cristo.
Cuando en primer lugar te di Un curso de milagros,
te di una parte del texto en los días que llamas de Navidad,
y te hablé sobre aprender a celebrar
mi nacimiento en el mundo.
Y te dije que tú en realidad no sabías cómo hacer eso.
Así que te hablaré sobre la Navidad, por así decirlo.
Y es que realmente puedes llamar ‘Navidad’ al tiempo de Cristo
pues la Navidad no tiene nada que ver con las estaciones,
y ni siquiera tampoco con el tiempo.
En verdad, el Tiempo de Cristo del cual hablo
está realmente más allá del tiempo.

Y te he dicho que el instante santo es realmente
la medida perfecta del tiempo de Cristo.
El instante santo es un tiempo en el cual
el Hijo de Dios se encuentra a sí mismo liberado del pasado,
y por tanto, liberado de toda medida de culpa en su vida.
En el instante santo, en el Tiempo de Cristo,
el Hijo de Dios llega a darse cuenta de que es verdaderamente libre.
En el tiempo de Cristo, el Hijo de Dios
llega a darse cuenta de cuál es el verdadero regalo
que yo vine a este mundo a traerle.
Y tú eres, por supuesto, el Santo Hijo de Dios.
Así, en el instante santo, el Tiempo de Cristo,
te das cuenta del regalo
que vine a traerte.

Es importante que te des cuenta que yo vine a DAR.
Porque eso es todo lo que uno puede hacer en verdad.
Hay solo Amor.
Y el Amor es extensión, un derramarse hacia fuera.
Vine a darte el regalo de la Navidad,
el regalo del Tiempo de Cristo,
el regalo del discernimiento del Amor.

Pero no podría darte de aquello que yo no tuviera ya.
Y si tú quisieras DEVOLVÉRMELO,
no es posible que yo pudiera recibir de ti
algo que yo no haya dado ya.
Si me fuera posible recibir de ti
algo que yo no tuviera,
o si te fuera posible a ti recibir de mí lo que tú no tienes,
eso exigiría separación. ¿Lo ves?
¿Y cuál es el mensaje fundamental que te traigo?
Que NO HAY SEPARACIÓN.
La separación es tu único y fundamental problema;
es la percepción errada elemental que permite
que toda esta ilusión parezca existir.
Y así, te he dicho
que el regalo de la unión es el único regalo que vine a dar.

Hoy me gustaría hablar contigo sobre el sacrificio.
Te hablaré sobre ser
el Anfitrión de Dios o el rehén del ego.
Quiero hablar contigo sobre tu gran ilusión,
la de que podrías ser el anfitrión del ego o el rehén de Dios.
Hablaré contigo sobre tu creencia
en que tus elecciones aquí, en este mundo de ilusión, son esas dos.
¿Seré yo el anfitrión del ego, o seré el rehén de Dios?

¿Ves que en tu creencia en la separación,
en tu creencia en seres con voluntades diferentes de la tuya,
sea la voluntad de tu hermano, o la voluntad de Dios…
ves que en ese sistema de creencias
parece haber aquellos que dan y aquellos que reciben?
Y te he dicho que la naturaleza fundamental de la culpa
está basada en la noción de la separación misma.
Pero, más que eso, está basada en la creencia
en que alguien ajeno, tu hermano, o Dios, por así decirlo,
determina quién y lo que tú eres.
Y esto hace que parezcas ser la víctima.

Hay otra manera de expresar eso,
el que creas ser una víctima.
Y se trata de cuando te ves como rehén.
Y te he dicho que crees que
es posible ser un rehén de Dios,
y que esa es una de tus elecciones básicas:
¿seré anfitrión del ego, o rehén de Dios?
Y te diré ahora, claramente, que una de las creencias fundamentales
del sistema de pensamiento del ego
es la de que si hay un anfitrión, entonces DEBE haber algún rehén,
un invitado que se siente retenido, “obligado”.
Si Dios es tu anfitrión, entonces tu creencia exige
que tú seas el rehén de Dios.
Si tú eres anfitrión del ego, entonces tu sistema de pensamiento exige
que el ego sea tu rehén.

Y bien, ¿qué significa ser anfitrión y ser rehén?
¿Qué ocurre si Dios fuera tu anfitrión?
Cuando eres anfitrión de otro ser,
ese ser, tal y como piensas sobre él, está contigo, vive contigo,
depende de ti para su manutención,
y en realidad, en cierto sentido, para su misma existencia.
Y esa es tu comprensión sobre lo que significa ser anfitrión de ese ser.
Si Dios es tu anfitrión, entonces tú, literalmente,
dependes de Dios para tu existencia.

Ah, ¿y qué sucede si eres anfitrión para el ego?
Entonces eso significa que el ego, su existencia, depende de ti.
Y sin ti, el ego no podría existir.
¿Qué ocurre si tomas esa noción de anfitrión
y la mezclas con tu creencia en la separación?
Si Dios es tu anfitrión, entonces eres el rehén de Dios.
¿Y eso qué significa?
Eso significa que dependes de Dios
para y en tu misma existencia.
Y eso es lo que crees, ¿no es así?
Crees que, de alguna manera Dios podría
eliminarte en un abrir y cerrar de ojos.
Pues tal es el poder infinito de Dios.
Si tú eres anfitrión del ego, y el ego es tu rehén,
entonces el ego depende de ti para su existencia.
Y en este mundo de culpa, te he dicho que tú crees que Dios,
tu hermano, tu hermana… seres afuera de ti mismo,
te dan los regalos que determinan quién eres y lo que tú eres.
Entonces, ¿lo ves?
Le has adscrito a Dios, a tus hermanos,
a aquellos fuera de ti, el rol de anfitriones,
y así, tú te conviertes en rehén.

Y entonces, en tu creencia en la separación,
te ves a ti mismo como rehén de Dios,
como rehén de tu hermano,
quienes parecen estar separados de ti.
Y si fueras el anfitrión del ego,
¿qué te parece eso a ti?
Te parecerá que tienes, dentro de ti mismo,
el poder para fabricar tu propia existencia.
Y esto es lo que deseas creer, por supuesto.
Deseas creer que eres libre,
que tienes el control de tu propia vida.
Y si crees que eres el anfitrión del ego
y te ves a ti mismo como ego, entonces tú, en cierto sentido,
puedes creer de ti mismo que eres libre.

Pero dentro de ese contexto estas obligado
a mirar hacia fuera para discernir quién eres.
¿Ves el conflicto?
¿Ves la locura de este escenario?
Tu creencia en la separación, tu culpa,
requiere que tu hermano pueda decirte quién eres.
Y no obstante tu creencia en que puedes ser anfitrión del ego,
te hace creer que TÚ puedes determinar quién eres.
¿Y no es cierto que, en tu mundo
de espacio, tiempo y separación, en este mundo de ilusión,
has mezclado sentimientos, sentimientos que dicen:
no necesito nada del resto del mundo;
soy el capitán de mi propia alma;
yo determino mi propia existencia?
Y no obstante, al mismo tiempo, te das cuenta de
lo desesperadamente que necesitas la relación,
de cuánto necesitas ser amado.

Y entonces, buscas relaciones que parezcan reflejarte
aquello que quieres creer sobre ti mismo.
Buscas una relación que sea solamente un espejo
que te muestre una imagen de lo que tú eres,
la imagen que ya tienes.
Eliges relaciones que meramente te puedan confirmar
lo que crees que es tu propia elección sobre quién eres
—cuando, en verdad, eso no funciona de esa manera, nunca.

Y estas son, en cierto sentido,
las relaciones que yo llamo ‘especiales’.
Y bien, ¿qué hay de esas relaciones
que parecen decirte lo que tú eres?
Te ves a ti mismo necesitando un regalo de tu hermano.
Y el regalo que querrías recibir
es una simple CONFIRMACIÓN de quién eres,
lo cual al final representa para ti tu propia existencia.
Así, miras hacia fuera de ti mismo, a tu hermano,
y LE pides que te dé A TI el regalo de TU PROPIA vida.
Y tu hermano hace lo mismo para ti.
Y en tus relaciones especiales,
tratas de elegir aquellos hermanos
que te dirán lo que quieres oír,
para que así puedas creer de ti mismo
lo que tan desesperadamente deseas creer
—que es que eres amado,
Y que eres libre.

Y ahora viene el escenario del dar,
dentro del mundo del ego.
Porque lo que tú haces es creer que das amor,
cuando verdaderamente lo que estás haciendo es ofrecerle a tu hermano
lo que tú crees que él necesita escuchar a cambio, por así decirlo,
a cambio de haberte dado a ti de vuelta tu propia vida,
lo cual es representado por lo que deseas oír.
Y lo que haces, lo sepas o no,
es dar a tus hermanos, dar a Dios,
con el PROPÓSITO DE RECIBIR.

Te he hablado del sacrificio.
Y te dije que el Tiempo de Cristo es el final del sacrificio.
¿Sabes lo que es el sacrificio?
En una definición simple,
UN SACRIFICO ES UN REGALO
QUE DAS CON EL PROPÓSITO DE RECIBIR.
Un sacrificio es un regalo que tú das, el cual CREES que es amor,
pero que das con el propósito de SER amado,
con el propósito de recibir amor.

Y en tu escenario de espacio, tiempo y separación,
crees que si hay anfitrión, debe haber un rehén.
Y el rehén depende del otro para su existencia.
El rehén está, por tanto, OBLIGADO a ofrecer regalos,
a ofrecer sacrificios al anfitrión —¿lo ves?—,
para así poder recibir lo que él cree que es amor.
Pero realmente él da para recibir su ego, su autoimagen,
su EXISTENCIA misma, tal y como él la entiende.

Tú crees que debe ser así:
que si hay un anfitrión, debe haber una especie de rehén.
Si hay uno que da, debe haber uno que recibe.
Y el dador pierde algo
que el receptor obtiene para sí mismo.
Y tú ves, otra vez,
que aun cuando llevas a cabo tu lucha por el amor,
tan solo estás fomentando tu creencia en la separación.
Así, te he dicho que el sacrificio habla de separación.
Y el sacrificio literalmente invalida el amor.
¿Ves ahora lo que quiero decir?

Solo hay amor o miedo, dos emociones.
Pero el miedo no es real, y no existe.
¿Y qué hace el amor? El amor se extiende.
El amor da y da y da…
Y siempre el flujo es en una sola dirección, hacia fuera,
surgiendo de la plenitud infinita de lo que uno es.
Y esto es lo que llamo extensión.

El amor da.
El sacrificio PRETENDE dar
desde un sentimiento de desesperada necesidad.
El sacrificio pretende amar con el propósito
de que se le permita existir.

Tú crees, dentro de este mundo,
que eres el rehén de tus hermanos.
Porque crees que tus hermanos te convierten en lo que tú eres,
que ellos forman tu autoimagen, tu ego,
esta falsa colección de pensamientos que tienes acerca de lo que tú eres.
Y te parece que si tu hermano te traicionara,
entonces, en algún sentido, parte de ti se moriría.
Y todos vosotros conocéis esa experiencia muy bien,
al poner en juego vuestras relaciones especiales
de las que he hablado,
y de las que hablaré mucho más en el futuro.

Tú crees que Dios ES Amor perfecto.
Mas no obstante crees que debe existir un rehén
si Dios es el anfitrión.
Y tú crees que si Dios es tu creador,
entonces Dios es TU anfitrión,
y tú su rehén.
Y si tú quisieras darle un regalo a Dios,
si le quieres dar el regalo del Amor perfecto
con el propósito de poder recibir el amor perfecto,
entonces, ¿cuál sería el regalo que garantizaría
el retorno del Amor infinito, es decir, de todo?
El regalo debería ser TODO.
Y, ¿ves de nuevo la lucha y la locura donde vives?

Quieres existir tan desesperadamente…, y sentirte libre,
sentir que eres el creador de tu propia existencia.
Y no obstante, si quieres ser amado por Dios,
debes darte COMPLETAMENTE a ti mismo a Dios.
Y así, sientes que de alguna manera debes dejar de existir
para poder mantenerte existiendo.
¿Ves el conflicto con el cual vives?
Y entonces, dices, en palabras:
“doy mi vida a Dios,
dedico cada momento de vigilia,
cada uno de mis pensamientos, a Dios;
seré un perfecto sirviente de Dios para toda mi vida”.
Y, ¿por qué dices esas palabras?
Con el propósito de permitirte creer
que eso te hace digno de tu anfitrión.
Crees haber dado el sacrificio final,
para poder recibir el Amor final.

¿Y qué sucede si Dios, a capricho, elige no amarte?
Todos os habéis chocado contra ese pensamiento.
Y así, pareces temblar ante la presencia de Dios,
cuando te preguntas si tu sacrificio es o podría ser suficiente para Dios,
suficiente como para garantizar Su Amor.

Y he venido a hablarte del Tiempo de Cristo.
He venido a decirte algo sobre
mi regalo de Navidad para ti, por así decirlo,
sobre el regalo que te vine a traer a este mundo.
Te dije que vine a traerte el regalo de la unión,
y que el Tiempo de Cristo, el instante santo, es un tiempo
en el cual el Hijo de Dios se hace consciente de su libertad perfecta.

¿Qué se requiere para entender el Tiempo de Cristo?
¿Qué se requiere para que seas capaz
de celebrar mi nacimiento en este mundo?
Se requiere que te des cuenta —comprendiendo esta verdad—
de que, en el Reino de Dios, en el universo de la realidad,
NO HAY REHENES,
ningún tipo de “invitado” que se sienta obligado a nada.

Te he dicho que no puedo recibir de ti
un regalo que yo no haya dado ya.
Si eso no fuera así, nosotros no seríamos Uno.
Y el regalo de la unión, de la Unicidad, es lo que vine a dar.
Y así, Dios da Amor infinito, que ES Él Mismo,
desde una plenitud que no deja espacio alguno
para necesitar nada de vuelta.
No es posible para Dios, o para mí,
o para nadie que entienda el amor, sacrificar.
Porque no hay nada que recibir. ¿Lo ves?

Entonces, Dios ES tu anfitrión.
Dios ES mi anfitrión.
Pero yo soy anfitrión de Dios.
Y soy anfitrión tuyo,
así como tú eres anfitrión para mí.
Y somos anfitriones para todos los hermanos y hermanas
que jamás hayan caminado por esta travesía a través del espacio y el tiempo.
Porque todo lo que hay es la plenitud de la vida,
que no necesita, ni puede necesitar, nada.

Y si te SACRIFICARAS,
si tú dieras a Dios el regalo de tu propia vida,
con el propósito de recibir el amor de Dios,
DEBES ESTAR ATACANDO A DIOS.
Debes estar llamándolo incompleto y miedoso,
tal y como te percibes a ti mismo,
pero cosa que Dios no es. ¿Lo ves?
Dios no es capaz de recibir sacrificios.
Y el sacrificio no es amor en absoluto.
EL SACRIFICIO ES ATAQUE. ¿Lo ves?

Y así, si quieres celebrar mi nacimiento en el mundo,
abre tu corazón a la comprensión de esta simple verdad.
Dentro del Reino de Dios hay un solo anfitrión,
y no hay rehenes ni invitados.
¿Qué se requiere para poder entender que no hay rehenes?
Se requiere constatar, en la más simple verdad,
que no eres un cuerpo.
Porque cuando te percibes como un cuerpo,
lo que crees, ¿o no es así? , lo que crees es que necesitas…
¿E importa qué es lo que necesitas? Por supuesto que no.
Necesitas abrigo, comida,
dinero, calor, ropa, amor, amor, amor…
todo lo cual lo necesitas para permitirte creer
que eres un ser separado de los demás,
pero que de alguna manera aún tiene el control de su propia vida.
En tanto que te percibas como un cuerpo,
VAS A creer en el sacrificio,
y así, tú NO PUEDES, escúchame bien, comprender el Amor.

Cuando das un paso más allá de esa creencia,
cuando constatas que tu cuerpo
es solo un producto de tu imaginación,
entonces, constatas que tu realidad es la mente misma,
que las mentes están unidas, que las mentes se comunican,
porque no hay otra opción.
Cuando constatas que las mentes están unidas,
entonces constatas que cada pensamiento,
cada regalo de existencia dado por la mente,
bendice y enriquece a todos los seres.
Y constatas que tú, el dador del regalo,
eres también enriquecido.
Porque eso ES la extensión.

Y así, lo que se requiere para constatar que el Amor es extensión,
es solo el darte cuenta de que no eres un cuerpo.
Y entonces, si quieres celebrar el Tiempo de Cristo,
si quieres celebrar la Navidad,
mi nacimiento en el mundo,
entonces, sé consciente del regalo que vine a dar,
que es el simple regalo del Amor.
Vine a traerte el regalo del Amor que extiende hacia ti
la unión perfecta, la comunicación perfecta y la libertad perfecta,
sin excepciones, sin ninguna necesidad ni exigencias de ninguna clase.
Si alguna de esas cosas estuviera presente, ya no sería Amor.
Se habría convertido en sacrificio.

Y lo que te traje a este mundo fue
el Amor de Dios en forma humana.
Y ese es el regalo que yo te doy a ti.
Ese es mi regalo de Navidad para ti:
un Amor perfecto que no lleva consigo
ninguna expectativa, ni exigencias,
sino la libertad perfecta.
Y todo lo que tienes que hacer para comprender
y recibir ese regalo que te he traído,
es darlo a tus hermanos
en la misma medida en la cual te lo di a ti.

Y entonces podemos verdaderamente celebrar mi nacimiento en el mundo.
Podemos celebrar verdaderamente el Tiempo de Cristo.
Pues al dar este Amor
sin exigencias ni expectativas de ninguna clase,
al daros este Amor los unos a los otros,
constatamos que en verdad todos somos Uno,
y que todos nosotros somos anfitriones de toda la Vida.
Y constatamos que todos nosotros somos Uno con Dios,
y que esto siempre será así.

Mis bendiciones para todos. Eso es todo.

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