1. Las cartas de Jeshua. Capítulo 1. Jayem (y Jeshua)   Leave a comment

imagen corazón en círculo[— Para más información, ver índice de entradas, puntos 6 y 2G
— Este es el texto donde Jayem expone los comienzos de su aventura con Jeshua, y por tanto se nos familiariza bella y amenamente con su historia y con sus problemas como canal y como persona. También contiene palabras de Jeshua en comunión con Jayem.
— Este libro (Las cartas de Jeshua) puede servirnos como introductorio a La vía de la maestría, cuyo primer libro, La vía del corazón, ya he traducido para el blog. Este último texto, La vía del corazón, es un camino diseñado por Jeshua en comunión con Jayem para el “despertar espiritual”, con 12 lecciones que han de seguirse mes a mes de la manera que indica en sus sugerencias para el estudio.]

____
__

Las cartas de Jeshua

(un singular encuentro con Jeshua (Jesús))
Jayem

Capítulo 1

Cada uno de vosotros
está aquí por una sola razón:
constatar la Verdad
y volver de nuevo al Hogar.

 

20 de julio de 1987

“¿Estás bien?”, preguntó Kendra.

“¿Eh?” Por un momento giro mi cabeza y la miro, igual de rápido que aparto de nuevo la mirada. “Sí, estoy bien”, balbuceo poco entusiasta, hundiéndome de nuevo en el sofá, y dejando caer mis pies sobre el baúl de mimbre que sirve como mesita de café.

Inclinándose hacia delante, Kendra toma su taza de té, da un sorbo tranquilo, y entonces se detiene con la copa entre sus manos. “¿Estás seguro de que estás bien”?

No quiero hablar de ello. Sí, lo estoy… No, no lo estoy. Llevo todo el día descentrado. A regañadientes me doy cuenta de que, después de todo, ver la televisión no va a solucionar nada. La tecnología me ha vuelto a fallar.

“Tuve un, eeeh, una experiencia muy interesante durante la meditación esta mañana. Supongo que me está preocupando un poco”.

“¿Un poco? ¡Eso es un eufemismo! No has estado realmente aquí desde que tu cuerpo atravesó la puerta hace en torno a una hora!” Ella deja su copa y se recuesta, girándose suavemente de modo que pueda mirarme de forma directa. Esta vez, no va a dejar que me escape.

Suspiro, dejo que se relajen mis hombros, y caigo en la cuenta de lo que sucedió esta mañana…

Veamos. La plancha enchufada, y mientras se calienta voy zumbando a la cocina a hacerme mi batido de frutas mañanero. Algo de zumo, un poco de yogur, dos huevos, una pizca de vainilla, una gran banana y dos cucharillas de espirulina. Aprieto el botón de la licuadora, y en un instante todo se pone verde oscuro.

“Ah, uno de los maravillosos placeres de la vida”, pienso. Unos pocos tragos después, el placer ha desaparecido.

Reviso la plancha y frunzo el ceño. No está lista todavía. Bien, puedo cerciorarme de que todo esté en mi maletín. ¿Documentos? Sí. ¿Gafas? Sí. ¿Boli? Sí. ¿Certificados? ¿Dónde están los certificados? ¿Por qué ando siempre sin ellos? ¿Hay un monstruo come-certificados en mi maleta?

Me encojo de hombros al cerrar mi maleta, dejándola en el vestíbulo. Hoy bastará con no molestar demasiado a nadie al hablar, así no los necesitaré.

Por fin la plancha está lista, y en pocos minutos me estoy poniendo una camisa casi perfectamente planchada. Voy abrochándome los botones y arremetiendo los faldones de la camisa mientras me dirijo al dormitorio a por una corbata…, cuando eso…, sucede.

Saliendo de ninguna parte, y sin aparente motivo, me veo golpeado por un repentino impulso de sentarme en meditación. La fuerza del pensamiento es tan poderosa que literalmente casi detiene mis pasos.

Finalmente me las arreglo para recuperarme, y mi sola reacción es: “esto es absurdo. No me estaba dando tanta prisa para ahora ponerme a matar el tiempo así porque sí”. Y, no obstante, el pensamiento persiste (y puedes llamarlo un sentimiento, algo que resuena a través del cuerpo y que es también una voz que aparentemente viene de todo tu alrededor, un “pensamiento”).

De hecho, la experiencia es tan impactante que mis prioridades cambian de repente al volver al comedor, y me dejo caer en el sofá. Cruzando mis piernas miro por un momento a través de la ventana hacia las aguas del Estrecho de Puget, donde un petrolero surca lentamente su camino pasada la isla de Vashon.

“Esto es realmente absurdo.” La voz de la razón es ahora más suave, como última tentativa de conquistar mi atención.

Comienzo a respirar suavemente, gentilmente, rítmicamente. En el momento en que mis ojos se cierran de forma natural, me hago cada vez más consciente de la miríada de pensamientos que revolotean, se arremolinan y dan volteretas por mi mente. Al principio parecen poder devorarme, y extraen emociones momentáneas que generan aún más pensamientos como reacción. Lentamente me convierto más y más en un mero testigo de esta exhibición de materia mental, soltando el apego al contenido, descansando cada vez más en la consciencia en sí.

Entonces, llega una creciente sensación de paz, de alivio, como cuando las olas batientes comienzan a dispersarse en un mar vasto y calmo. Los pensamientos se hacen cada vez menos presentes hasta que solo hay ya silencio. Mi respiración es apenas perceptible, un mar de mente calmada, clara, vacía. El que la experiencia meditativa haya sido reducida a mecanismos fisiológicos de “respuesta de relajación” por el Dios de la Ciencia significa bien poco cuando lo comparamos con el sentimiento de esta tan maravillosa experiencia. Es lo más natural de lo más natural.

La perfecta quietud da paso a otra cosa, pero esta vez no viene el usual resurgir de pensamientos. Desde el vacío emerge una luz suave, dorada, como una débil estrella que apunta en la oscuridad de la noche. Crece sin esfuerzo, ininterrumpidamente, expandiéndose y expandiéndose, tornándose cada vez más y más cercana hasta que, finalmente, completa el campo de mi visión interior, bañando todo mi ser, y sin que ya haya nada más que una luz celestial.

Kendra ha estado escuchando embelesada mientras describo la experiencia.

“Eso era, Kendra; sé que probablemente suena algo cursi, pero así fue.”

Su cara muestra un semblante perplejo, así que no necesita decir nada más.

“Quiero decir, ese lugar, ese sentimiento… Si pudiera vivir en ese sentimiento, en ese lugar, no habría ningún otro sitio adonde tener que ir, nada por lo que tener que luchar, nada y ninguna cosa que ser o que devenir; ¿tiene sentido?”

¿Por qué esa sonrisa? ¿Por qué brillan sus ojos?

“¡Oh, Marc! ¡Es maravilloso!” Kendra se enternece un poco, y entonces continúa. “Eres muy afortunado, ¿sabes?”

Su afirmación me bloquea, y me quedo mirándola fijamente un largo rato.

“¿Afortunado, Kendra…?”

“Marc”, interrumpe, “¿sabes a cuánta gente le encantaría poder experimentar ese estado? Eres alguien que tiene una biblioteca llena de libros de cada cultura, cada perspectiva filosófica, cada religión. Y sabes que en esencia todas hablan de este tipo de experiencia, aunque en términos diferentes”.

Obviamente ella no se ha enterado, y probablemente porque relaté la historia de forma un poco evasiva. Noto que mi respiración se acelera un poco ahora, y siento una creciente tensión en mi mandíbula.

Kendra está callada, pero sus ojos están fijos en mí, interrogándose silenciosamente sobre mi falta de entusiasmo. Rompo el silencio, al no poder retenerlo más dentro de mí. “Es que, eh…, bien, hubo algo más que eso”.

“¿Más? ¿Qué podría ser más que eso, Marc?”, pregunta implorante, “¿qué hay que sea más que eso?”

”Kendra”, me detengo y la miro, “¿me prometes no… mmm… no decir nada?”

“¡No volverás a poder abrir la boca nunca más si no cantas ya mismo!, grita, mientras amorosamente, aunque no muy suavemente, me toca en el costado.

Aparto la mirada, y no hacia nada en particular, sino que de nuevo regreso a un recuerdo que se mantiene aún fresco y vivo, de ese tipo de recuerdos que de cierto modo sé que siempre permanecerán así de nítidos.

“Abrí mis ojos y ese puntito de luz estaba justo en el centro de la habitación. Desde el centro de esa luz comenzó a emerger una forma, la imagen de alguien. Parecía como si fuera vestido con algún tipo de toga, larga y radiante. La forma comenzó a deslizarse hacia mí, haciéndose más y más nítida, y, no obstante, idéntica a la Luz de la que surgió”.

Encontrándome más cómodo ahora contando la experiencia, vuelvo a mirar a Kendra. “Al acercarse la forma, repentinamente lo reconocí. Fue como si se tratara de un amigo que no hubiera visto desde hace mucho, que justo doblara por una esquina hacia la cual, en ese instante, mis ojos se giran, y reconocen de quién se trata sin dudarlo, sin tener que ni pensarlo. Mas, en este caso, en ese momento, también reconocía que no lo estaba viendo con mis ojos físicos. ¿Tiene sentido?”

La cara de Kendra revela su respuesta: una de acuerdo, de aceptación —lo cual me permite continuar.

“Se acercó más y más, y sentí una creciente intensificación de la energía, como olas de gozo y calidez, hasta que sus ojos fueron todo lo que podía ver. Y entonces, sus ojos se derramaron atravesando los míos, y sentí como si me disolviera en ellos, en esos increíbles y pacíficos ojos”.

Parando de nuevo, no estoy seguro de querer continuar, pero Kendra no tiene la intención de dejarme parar. Su expresión es de curiosidad. Me estudia por un instante.

Caray, ahora estoy acorralado. He visto antes esa mirada. Y no va a dejarme ir a ningún sitio hasta que no lo confiese todo.

“¿Qué más?”

“Él comunicó algo, o se comunicó conmigo, supongo.”

“¿Y?” Ya ni siquiera me deja recobrar el aliento. “¿Qué dijo?”

Mis hombros se encorvaron un poco, la barbilla inclinada hacia el pecho. “Él dijo que tenía un mensaje que entregarme. Dijo que era sobre el trabajo que está haciendo, o algo así.”

“¿Y?”

¡Podía llegar a ser tan impetuosa!

¿Por qué estoy forcejeando con esto? Kendra ha estado conmigo todo este tiempo. En cada altibajo. Incluso en lo más bajo de lo bajo. Me conoce mejor que nadie, puede que hasta mejor que yo mismo, y aun así, ¡me ama! Si esto no es un milagro, entonces es que no hay milagros.

Al infierno con ello. Ella no es del FBI. Suelto sin pensármelo el resto. “Dijo que lo había conocido durante su tiempo de vida, y él…, eh…, me dijo su nombre,”

Continúo suavemente. “Es un nombre, una vida, que ha sido un enigma, por lo que parece, para todo el mundo”.

“¿Y bien? Si estás tratando de probar mi paciencia, ¡lo estás consiguiendo!”

“¡Vale, vale! Dijo que yo estaba familiarizado con él en tanto que ‘Jeshua’.”

“¿Quieres decir eeeel Jeshua? ¿Aquel conocido por todos como Jesús?”

“Sí, ese Jeshua”.

___
_

Ahora Kendra está muy animada. “Y bien, ¿qué mas te dijo? ¿Cuál es su mensaje? Oh, Marc, ¡esto es más maravilloso de lo que pensaba, más de lo que podía imaginar! ¿Qué es lo que va a…, cuándo va a…?”

“¡Espera!” Levanto mis manos, pidiendo silencio.

“¿Qué hay de tan maravilloso en esto, Kendra? ¡En el medio de una bonita y tranquila meditación este ser ha surgido, ha anunciado alegremente que su nombre es Jeshua, el que fue y es conocido como Jesús, y que va a darme un cierto mensaje…, y, vaya, para colmo, dijo que yo ya le conocía!”

“Entonces, ¿cuál es el gran problema?”

“¿Que cuál es? Dios, ¿crees que quiero que una cosa así suceda? Mira, admitiré que estoy abierto a leer sobre este tipo de cosas, pero, es solo que…”

Ella coloca su mano en mi brazo. “¿es solo que qué, Marc?”

“Solo que esto me asusta. Quiero decir, está bien y es fantástico examinar metafísicas y cosas así desde el punto de vista de un observador. Esto es lo que el intelecto nos da: ¡un espacio entre nosotros y la experiencia misma! Y así, nada tiene por qué cambiar, ¿ves? Puedo leer y leer más libros…, ir a talleres y a conferencias, hacer todo tipo de cosas, ¡pero parte de mí aún está a salvo! Por otra parte, ¿qué pasa si todo esto no es más que un gran viaje disparatado del ego? ¿Qué pasa si me lo estoy fabricando todo?”

Su sonrisa se difumina al constatar que mi miedo es real. Se sienta reflexivamente por un instante, toma un cigarro del paquete que hay cerca de su taza de té, toma su encendedor y se recuesta en el sofá.

Todavía mirando hacia abajo, pregunta: “¿Recuerdas lo que te dije sobre mi sesión con Jeremías?”

Su pregunta pareció suscitar mi recuerdo, y todo se abalanzó sobre mi consciencia, como si alguien hubiera burlado a los guardias de seguridad de mis archivos, hubiera tomado alguuno de un oscuro estante en una penumbrosa esquinita, y, soplando el polvo, revelara la etiqueta:

Jeremías. Entidad no-física, canalizada por Billie Ogden.
En marzo de 1987 le da a Kendra una información estrafalaria, inverificable.
Archivado para futuras referencias.

“Sí, lo recuerdo. Nos encontramos para comer en aquella cafetería en Ballard.”

“¿Recuerdas lo que te dije?”

“Más o menos”.

Ella sabe que simplemente yo no quiero abrir el archivo sobre esto. Al darse cuenta de mi renuencia, se sienta un poco más recta y habla con más firmeza. “Jeremías, si lo recuerdas, me dio cierta información muy deslumbrante sobre ti, sobre mí y sobre Jesús. ¿No recuerdas lo excitada que estuve sobre ello?”

“Vale, vale. Lo recuerdo. Pero me había olvidado convenientemente de ello, hasta ahora.”

“¿No crees que es interesante que una entidad canalizada que nunca has visto antes te diga que tú y yo nos hemos conocido en aquel entonces, y que hemos estado presentes cuando Jesús dio su Sermón de la Montaña? ¡Y yo ni había mencionado tu nombre!”

Me avergüenzo. Ahora es mi turno de agarrar un cigarro. Le doy vueltas y vueltas en mi mano, contemplando cómo se esparcen las pequeñas hebras de tabaco. Ni siquiera fumo.

Kendra continúa. “Te lo dije entonces, y te lo digo de nuevo ahora. Cuando Jeremías dijo eso, fue como si alguien abriera las persianas. Marc, no tengo ninguna duda sobre ello, incluso si insistes en que es demasiado inverosímil. Y ahora se te está diciendo algo similar. ¿Por qué tienes tanto problema con esto?”

Cansado de sacar hebras de tabaco de entre mis dedos, tiro el cigarro.

“Siempre puedes ir a ver a Jeremías, y preguntarle qué está pasando”.

Suspiro, me levanto del sofá, y me camino hasta las puertas de cristal, abriéndolas un poco más para poder sentir la brisa que comienza a levantarse. Se trata probablemente de un vigilante de los dioses de la lluvia, siempre escondidos aquí, en el Noroeste.

El pensamiento de tener que tratar una vez más con alguna de esas almas invisibles —o entidades, o seres desencarnados, o lo que sea— no es algo que se diga que me atraiga mucho.

Comienzo a hablar sin mirarla. “Sabes, casi hace tres años iba montado en la parte trasera del automóvil de un amigo, camino a casa desde Seattle, adonde habíamos ido a un seminario de trabajo. En la mitad de nuestra conversación, Lyndia se dirigió hacia mí y sugirió que fuera a ver a Jonás, ya que ella acababa de tener la intuición de que hacerlo podría ser bueno para mí. Diablos, pensé que estaba hablando sobre alguna banda de música o algo así. Ella dudaba, pero me explicó que Jonás era una entidad canalizada”.

Y ahora, mirando a Kendra, continúo. “Dios, ¡el pelo de los brazos se me erizó! Pero me di cuenta de que no era por miedo; era porque su sugerencia fue… apropiada. Yo nunca había ni remotamente considerado algo así; fue como una bofetada proveniente de ese mundo magufo de cuentos de hadas. Pero fui. Y, de cierto modo, desde entonces ya nada ha sido igual. Fue como si Jonás supiera por qué había ido, y no dejó dudas de que me conocía de arriba a abajo.”

Retornando al sofá, me dejo caer en él. Kendra aún no ha encendido su cigarrillo, lo cual me agrada.

“Dijo algunas cosas que conseguían hacer algo así como enviar ondas de sensación a través mío, sensaciones que suponían un cierto tipo de reconocimiento de la verdad que él compartía. Algo de lo que dijo sigue aún surgiendo en la superficie de mi mente a veces, y me recuerdo reconociendo que justo lo siguiente era, de algún modo, algo especialmente importante, aunque no tengo ni idea de por qué se sentía así. Dijo:

Amigo mío, tú has sido lo que se denominaría
un filósofo, muchas veces.
¿No es así de nuevo?
Ciertamente, estuviste,
—en eso que podría ser entendido como
una “encarnación del pasado”—
asociado a uno de Los Grandes,
a un gran maestro.
Ten por seguro que no fuiste este Grande
sino que estabas asociado a él.

Miro a Kendra y rápidamente anticipo su pregunta. “No, nunca se me ocurrió preguntar quién fue este ‘Grande’. Según hablaba yo recibía pinchacitos subiendo y bajando por mi espina dorsal. No podía pensar, y menos hablar. De hecho, Jonás dijo que sería bueno parar, puesto que yo ya tenía mucho que reflexionar”.

“Desde entonces he tenido una serie de arrebatos de eso que se podría denominar ‘experiencia mística’, por no mencionar todas las coincidencias extrañas, las corazonadas y los sentimientos de verme como dirigido hacia gente y libros —como si algún imán invisible me empujara primero en una dirección, luego en otra. Y entonces, una mañana de un inocente sábado escuché a Jonás hablarme. Salté de la cama y garabateé las palabras, repletas de sus distintivas características al hablar, como “por amor a la verdad”, etc. ¿Tienes una ligera idea de lo receloso que estaba sobre eso?”.

“¡Claro que la tengo! Y no olvido aquel momento en la conferencia de Bellevue, cuando le oíste decir que te hablaría directamente a ti —horas antes de que la velada comenzara realmente, cuando, entonces, se levantó y caminó hasta ti para simplemente anunciar ante todos que ya había estado comunicándose contigo”.

No es un recuerdo que pueda olvidarse fácilmente, y ella lo reconoce.

“¡Sí! Y estaba, y todavía estoy, receloso!”

Finalmente encendió su cigarro, y tomó una larga, reflexiva calada. “Sabes, Marc, si aún desconfías de Jeremías, siempre puedes preguntarle a Jonás”.

Mi respuesta no requiere premeditación. “Kendra, simplemente es que no quiero ir por ahí corriendo, a ver a seres que de cierto modo habiten en un cuerpo humano de tiempo en tiempo, para preguntarles acerca de lo que yo estoy experimentando ahora mismo. Pero dejaré abiertas algunas opciones, ¿vale? Aunque prefiera trabajar sobre esto por mí mismo”.

Ella me mira, me está estudiando. Puedo sentirlo. ¿Qué información sutil estará recogiendo?

“Llevas ya unos tres años cultivando una profunda admiración por el amor y la guía que Jonás proporciona, y también sabes por propia experiencia que su consejo es impecable. ¿Qué podría decir él que pudiera atemorizarte?”

Eso es. Eso es lo que estaba recogiendo. Miedo.

Me giro un poco hacia ella doblando mi rodilla y colocando mi pie bajo el otro muslo. No estoy bien, así que lo intento del otro modo. Tampoco va bien. Finalmente devuelvo el pie al suelo. “Mira, me parece que solo hay dos opciones en esto. Jonás puede, o bien responder que la cosa está sucediendo, o bien que no está sucediendo —que todo se trata de mi imaginación exagerada.”

Kendra mira desconcertada. “¿Y qué hay de malo en ello?”

“Kendra, ¿no lo ves? Si está realmente sucediendo, ¡entonces tendré que hacer algo! Y si de cierto modo me lo estoy fabricando todo, ciertamente que tendremos un problema con el que tratar, ¡el tipo de problema donde usualmente se precisa de la ayuda de un loquero, uno que probablemente tenga que visitarme en sus rondas cotidianas en el ‘Western State Hospital’ [un psiquiátrico famoso. N.del T.]!”

“¿Es eso lo que temes?”

“Creo que tengo miedo de los dos resultados. Ahora mismo querría poder evadirme lo más pronto posible de todo este asunto”.

“Vaya, ¿es que finalmente no tienes el control sobre esto? Por qué no seguir con ello un rato más, ya que si no te parece bien, siempre vas a poder dejarlo. No tienes que contarle nada a nadie si no quieres”.

Por supuesto, ella tiene razón. Esta verdad tan obvia parece que me calma un poco. Ahora respiro mejor.

“Bien, Jeshua dijo que debería tomar nota de lo que comunicara. Y que si, cuando él está presente, simplemente enfoco mi consciencia en él al abrir los ojos, yo sería capaz de mantener la conexión. Supongo que esto no hará ningún daño, ¿no?”

Dirigiendo mi cabeza hacia la ventana noto que el cálido sol del verano ha desaparecido tras un pequeño banco de nubes azul oscuro, que se ciernen sobre la cima de la Isla Vashon. Los dioses de la lluvia se han revelado a sí mismos.

Sin girar la mirada, sigo hablando. “Solo pasa una cosa. Esta mañana me di cuenta de que no es la primera vez que he tenido este contacto”.

Kendra se reacomoda rápidamente, descansando su mano sobre mi brazo. “¿no? Cuándo…?”

“Hace algunas semanas, cuando estuvimos todos de camping en la playa.”

____
_

Es pronto por la mañana, el amanecer comienza a difuminar la noche. Camino por una costa arenosa, al borde del agua; mi mirada está fija hacia la derecha, contemplando un horizonte sin nubes; enfrente, en la distancia, acantilados escarpados donde una cascada apenas perceptible se vierte silenciosamente sobre el mar, estrellándose majestuosamente sobre los enormes peñascos de la base del acantilado.

Un águila se levanta de repente de su posadero allá en lo alto, entre una vegetación siempre verde que alfombra las inclinadas laderas a la izquierda. Sus gigantescas alas atraviesan poderosas el aire; sus penetrantes ojos vigilan todo lo que hay debajo. No hay dudas de en qué lugar nos encontramos.

Se ha convertido en un hábito. Desde que caí por primera vez en este glorioso lugar, hemos venido aquí al menos una vez al año. Construyendo campamentos con la madera que escupe el mar, explorando las interminables piscinas que crean las mareas en su retirada, y fascinados bajo el dosel de estrellas que simplemente son imposibles de ver en cualquier lugar civilizado. Afortunadamente, esta no es una de esas playas que se encuentren con facilidad, no a menos que se conozca el camino.

Camino desde nuestro campamento hacia el lado más norteño de la playa; los ojos bailan momentáneamente con el águila que se remonta por un cielo vacío. Vengo a la roca preferida para el “simplemente sentarse”, y lo suficientemente por encima del agua como para no mojarme. En cuclillas, y mirando cómo el oleaje golpea la roca, comienzo a sentir una gracia increíble con la belleza: la roca y el oleaje juegan juntos. La mirada fija en esta exquisita interacción, el ritmo penetra en mí hasta que siento lo que oigo.

Tengo un extraño sentimiento, y que empieza a crecer en mí. No es precisamente un dolor, ciertamente que no es doloroso. Es más como un débil zumbido, una vibración. Lo siento en el centro de mi cuerpo, cerca de mi corazón. Ahora, moviéndose, se expande como si fuera a llenar mi cabeza. Parece tan raro estar a la vez sintiendo y atestiguando pasivamente este extraño, pequeño fenómeno.

Hola, Marc.

Las palabras emergen de esa vibración, y tan claras y nítidas como si alguien estuviera hablando en mi oído. Con ellas, la vibración parece haber de cierto modo cambiado, y comienzo a sentir una energía, una calidez que no se puede comparar con ninguna otra sensación que haya sentido jamás. Es sublime, es pacífica más allá de toda descripción.

Las palabras me sobresaltan, pues se da una inconfundible sensación de familiaridad, como si la persona que más amaras en todo el mundo te llamara y, al contestar al teléfono, simplemente al decir “hola”, ya sabes quién es.

Estoy contento de que hayas llegado al punto
de estar dispuesto a permitir
que tenga lugar esta comunicación.
Ten por seguro que, en el futuro,
voy a hablar contigo más a menudo

No puedo mantener la conexión. La energía se desvanece, y de nuevo escucho el oleaje vapuleando a las rocas, en su danza justo debajo de mí. Veo cómo parpadea la luz del sol sobre el océano, y siento la brisa —ahora soplando más fuerte— contra mi piel. Me doy cuenta de que no he sido consciente de ninguna de esas cosas: el oleaje, la brisa, el sol.

Sacudiendo mi cabeza, me levanto, aunque con algo de dolor. Mis piernas están agarrotadas. ¿Cuánto tiempo habré estado sentado así?

“¿Qué fue eso?” Murmuro para mí mismo cuando finalmente soy capaz de mover mis piernas. Trepando cuidadosamente por la roca, me ahorro los últimos pocos palmos de descenso saltando hacia la arena calentada por un sol que ya se ha elevado muy alto, en el cielo de la mañana.

Comienzo a caminar de vuelta al campamento, y repentinamente siento inquietud. Me resisto. “No, no puede ser”. Reconozco a este ser en alguna parte, dentro de mí mismo, aunque aún no pueda nombrarlo. O quizás es que me niego a hacerlo.

De vuelta en el campamento, los amigos están agitados, el desayuno comenzó. Me siento en calma, miro las suaves olas que ruedan hacia la playa y retroceden en el mar, reconfortado por ese sonido atemporal, rítmico, y algunas emociones se remueven en algún lugar profundo dentro de mí, como dentro de un espacio desconocido. ¿O es acaso un lugar meramente olvidado?

“¿Quieres más té?” Pregunto a Kendra tras relatar mi experiencia en la playa.

___
_

Kendra no responde. Se sienta sin moverse, mira no tanto hacia mí como a través mío.

Voy a la cocina y pongo a cocer el agua. “¿Una menta de nuevo?”

Se levanta del sofá, camina a la entrada de la cocina, y se apoya contra la pared. No creo que me escuchara la pregunta sobre el tipo de té, así que tendrá que ser menta.

“Recuerdo ahora”. Su voz es suave, sus ojos perdidos en los recuerdos. “Recuerdo estarte mirando y ver cómo te sentabas en aquel tronco, patendo la arena sin intención, mirando fijamente al océano. Me daba cuenta de que algo te estaba pasando, pero simplemente no me parecía apropiado molestarte, así que continué ayudando con el desayuno.”

Pongo la bolsita de té en la tetera, y vierto agua hirviendo en ella. Volviendo a taparla, llevo el cazo a la cocina, recordando esta vez apagar el fuego.

“Marc, creo que necesitas aceptar que está pasando algo en todo esto, ¿no?”

Quito la tapa de la tetera, inclinándome para fisgar el agua, ya ligeramente coloreada, y que levanta un vapor que calienta mis mejillas. Sip, esto está empezando a oler a menta.

Volviendo a taparla, miro a Kendra. “Sí, algo está pasando. Pero como poco me deja perplejo. No lo pedí, y no sé qué hacer con ello, o ni siquiera sé si está sucediendo. Supongo que es algo desorientador”.

“¡Brillante observación!”

Los destellos en sus ojos, junto a un amoroso roce en mi costado, ayudan a parar una creciente presión que surge en mí.

“Sabes, Kendra, ya sabes que todos mis gustos, en cuanto a mi propio camino espiritual, iban hacia lo Oriental.”

Mi propia declaración suscita toda una oleada de recuerdos, imágenes que aún me arrastran, componiendo la película de mis búsquedas espirituales y filosóficas: iniciación al arte de la meditación hace casi veinte años, los días de universidad bebiendo en la sublime belleza del Tao Te King, o en la concisión del budismo zen, o en la atemporal poesía mística de los Upanishads, o en el relato fascinante del guerrero Arjuna en el Bhagavad Gita. Más tarde, la transformadora y no menos sublime práctica del yoga; horas, semanas, meses, años de posturas; respiración; consciencia profunda; soltando el cuerpo, la mente y el espíritu; mantras interminables disolviéndose en el espacio claro y vacío del samadhi. Fueron experiencias de los Siddhis, o “divinidades”; telepatía, viajes astrales, experiencias fuera del cuerpo, vidas pasadas. Advertido de que todas esas cosas eran fenómenos transitorios, tuve que dejarlas ir. Todas esas imágenes y más…, vistas raudamente en solo un instante.

Nuestros ojos se encuentran…, nosotros, dos amigos tan cercanos que, con compartir solo un poco más, sus vidas se fundirían. Las fronteras de nuestras vidas separadas son borrosas, se solapan, confluyen una dentro de la otra. Ella ya sabe de todas esas cosas.

“Sabes, si un dios del panteón hindú hubiera aparecido —como Krisna, o quizá Rama, o puede que algún viejo patriarca zen, ¡o qué leches, el propio Buda!— entonces…, ya no consideraría que podría haber un problema con esto. Encajaría mejor, ¿no es así? Pero…, ¿Jesús? ¡Jeeeeesúuuus, Kendra!”

Seguimos ahí, mirándonos profundamente a los ojos, reconociendo el inintencionado juego de palabras.

Finalmente, rompo el silencio. “¿Quieres el té ahora?”

Kendra toma la taza, meciéndola entre ambas manos, saboreando la calidez que brinda. Sin mirar arriba, pregunta calmadamente: “¿y simplemente, qué es un filósofo?”

“Viene del griego, dos palabras, en realidad: ‘philo’, que básicamente significa amor, y ‘sophia’, que significa sabiduría. Philo sophia: el amor de la sabiduría. Un filósofo es amante de la sabiduría.

___
_

Es tarde ya, y estoy solo. Me siento en el sofá y cruzo mis piernas, me relajo mirando los últimos restos de un suave y reconfortante atardecer.

Mi mirada se hace progresivamente menos enfocada, mi respiración calmada, más rítmica. Siento como si mis ojos se replegaran hacia mi cabeza —como sucedió antes—, y comienzan a levantarse hacia arriba. Una sensación, como si mi consciencia comenzara a centrarse en la parte frontal de mi cerebro, justo detrás de mi frente. Mi entorno comienza a marcharse de mi consciencia, permitiendo así el reconocimiento de un ambiente interior emergente.

Ahora hay sensación de movimiento, y me veo dirigido por alguien hacia lo que parece ser una puerta. Se abre, y me deslizo hacia delante a través de un túnel de luces esplendorosas, pulsantes. Según me acerco al final, veo una luz brillante que comienza a tomar la forma de un hombre de vestidos radiantes. La cara es ya familiar.

Ahora, comenzamos.
Comienza a abrir tus ojos, Marc.
Y aun así, permite que tu consciencia se mantenga Conmigo.

Las palabras son tanto vistas como oídas, apareciendo contra un fondo vacío. Pero, más que eso, puedo sentirlas.

Soy ese
que el mundo conoce
como Jesús,
y ahora has venido
adonde YO SOY.

Nuestros primeros encuentros
serán breves.
Deberían considerarse
un ejercicio
en el que aprendes a aclimatarte
a lo que podría llamarse “Mi frecuencia”.

En verdad,
donde YO SOY no es algo
que en ningún momento esté inaccesible para ti,
ni para ninguno de los hijos del Padre,
puesto que es,
por supuesto,
donde vosotros estáis;
todos y cada uno de vosotros.

Y el tiempo del rememorar
ha llegado para ti.
¿Quién de entre vosotros elegirá despertar
del sueño que elegísteis soñar
hace tanto tiempo?
Lo que te contaré
durante estas primeras comunicaciones
no es lo que denominarías
“sabiduría profunda”

Sin embargo,
si recapacitas lo que te voy a contar,
puede que, ciertamente,
se acelere tu propio viaje de vuelta a casa.

He estado contigo siempre.
Siempre,
Me has conocido.
Eres un servidor de esa Luz
que muchos llaman Dios.
Eso es todo lo que siempre has sido,
incluso a través de las muchas experiencias
—que llamas “encarnaciones”—
y que creaste para poder esconderte
de la verdad que siempre has sido.

Es aceptable
renunciar a tu sueño.
Ya no te puede servir más.
Te ha llevado a reconocer —
mediante la experiencia—
todas las formas de evasión
que el alma haya jamás concebido,
¡y todo porque se considera a sí misma
indigna de su herencia!
Te contaré
mi mensaje final
para los hijos del Dios viviente.
Cuando esta tarea sea completada,
regresaré a donde Yo Soy, esperando la proclamación
de la Nueva Era de Luz
sobre este plano físico.
Es pronto para manifestarse.

Ahora,
te dejaré.
Me gustaría imprimir en ti
la convicción de la Verdad que ya conoces.
Confía en tu voz interior.
No te falla
ni te engaña.

Es en una silente humildad
donde habla la voz del Padre.
Reconoce que yo,
el que conoces como Jeshua,
estoy realmente contigo siempre,
por toda la eternidad.

Permanece en paz.

Amén.

A medida que su energía se desvanece, gradualmente regreso a mi realidad cotidiana. ¿Regreso? ¿Adónde fui? ¿Qué es lo que se fue y a qué lugar? ¿Qué significa “ven donde YO SOY”? ¿Dónde está eso? ¿Qué he abandonado sin mover ni un solo músculo? ¿Acaso mi “sueño”? Con un repentimo sobresalto, miro a mi alrededor; equipo de audio, chimenea, plantas en el balcón ondeando al viento.

Recuerdo cómo el obispo Berkeley, un filósofo del siglo dieciocho, argumentó una vez que nuestra experiencia es en gran medida como un sueño. Habiéndolo ya escuchado muchas veces, un estudiante iba caminando por la calle, clamando a voz en grito que iba a refutar la tan extravagante filosofía del bueno del obispo, y, de inmediato, pateó una piedra con todas sus fuerzas, ¡rompiéndose un dedo! Desde luego que se le había escapado el quid de la cuestión, pero una parte de mí también quería patear la piedra.

Comienzo a tener la secreta sospecha de que no podré comprender esta experiencia si busco a mi alrededor. Y esto es desconcertante.

___
_

15 de Agosto, 1987

Ahora, comenzamos.

Tengo tal amor
por los hijos de Dios…,
y ya sea que estén momentáneamente identificados
como hombres o como mujeres,
puesto que —en Verdad—
el Hijo es Uno.

El Hijo es aquello
que brota eternamente
del Santo Padre
que es inefable,
y que, no obstante,
siempre está presente en plenitud.

Por tanto,
el Amor que siento
es el Amor que YO SOY.
Y este término no solo se refiere
a lo que soy yo, como “Jeshua”,
sino a la Verdad y a la Realidad
de lo que todos nosotros somos.

Permitíos sentir
la verdad que esto contiene,
la de que todos y cada uno de vosotros
está aquí por una sola razón:
constatar la Verdad
y volver de nuevo a casa.

Para llevar a cabo esto,
nunca ha habido sobre la tierra
una oportunidad como
la de ahora.
Incluso aunque el hijo
esté ante la puerta, llamando,
y el Padre ya la haya abierto,
el hijo sigue siempre encontrándose ante una elección.
¿Cuál será la tuya?

Amén.

Kendra coloca el mensaje sobre la mesa, mas no retira sus ojos de él. “Lo siento, me llevó tanto tiempo leerlo… ¡Tus garabatos de médico son horribles!”

“Parece que viene tan rápido que casi no puedo seguir el ritmo. Incluso a mí me resulta difícil de leer mi propia escritura. ¡Quizá debería aprender taquigrafía!”

Ahora ella sonríe, y levanta sus ojos del papel para quedarse entre nosotros. “Quiero que sepas que esto me da un buen sentimiento, Marc. Te aliento a que sigas con esto, sea lo que sea”.

Me inquieto un poco. Dios…, hubiera sido bueno verla decir que el mensaje sonaba a algo trivial y sin valor.

“’El Hijo es Uno’. Cuando Jeshua dijo eso, me hizo gran mella, pero…, diablos…, no sé”. Me levanto de la silla y ando a comprobar cómo se encuentra una de mis plantas, un falso bonsai. Yo nunca reviso las plantas. Aunque afirme que amo las plantas de interior, puede que alguna muera y que yo durante meses ni lo note.

“Marc, ¿puedo sugerirte algo?”

“Por supuesto, ¡lanza!”

“Cuando te vayas de vacaciones a Molokai, en pocas semanas, ¿por qué no te pasas algún tiempo allí reconsiderando todo esto? Quizá podrías obtener algunas respuestas acerca del motivo por el cual está sucediendo esto, y acerca de qué es lo que realmente está pasando. Esto me parece algo importante, de cierto modo. ¿Qué piensas?”

No necesito pensar sobre esa sugerencia. “¡De ningún modo! Lo último que quiero hacer es intentar entender nada. Voy allí para relajarme, para estirarme y ser simplemente un turista normal. Mi principal tarea es la de absorber tanto del glorioso sol Hawaiano como pueda…, y toda mi energía va a enfocarse en esto!”

Supongo que el bonsai vivirá, pese a mi negligencia. Regresando a la mesa, me dejo caer en la silla y tomo el mensaje.

“Mira, sí que siento que necesito continuar con esta experiencia. Aunque hay algo en mí que realmente no lo desea. Pero sé que siempre puedo quemar todo esto, o al menos puedo guardarlo en una caja y enterrarlo en algún lugar”.

“Entonces, ¿qué es lo que vas a hacer?”

“Por ahora no mucha cosa. Si sucede, y cuando suceda…, pues sucederá. Lo que haré es estar seguro de no estar muy lejos de una mesa de escribir y…, diablos…, si vienen más mensajes quizá tome nota de algunas cosas. Ya sabes: el lugar donde esté, qué está pasando…, y ese tipo de cosas”.

Una sonrisa rompe en mi cara, y miro a Kendra.

Me devuelve la sonrisa con una pregunta. “¿Qué estás pensando?”

“Oh, solo una imagen de mis nietos abriendo un viejo baúl, repleto de cachivaches del abuelo, entre los cuales están esas páginas viejas y amarillentas, con esas notas tan raras que contienen las conversaciones con un amigo invisible. Cuando preguntan a su madre por ello, ella les contesta: “Vaya, ¡por eso es que tuvieron que encerrar a vuestro abuelo, queridos! Dejad eso, y venid a jugar al patio”.

Kendra se ríe, sacudiendo su cabeza. “¡Tienes un sentido del humor tan raro!”

Pasan algunos instantes, y ahora me mira, un poco más pensativa. “Marc, cuando eras pequeño, ¿cómo te sentías sobre Jesús?”

El repentino giro en nuestra conversación me pilla fuera de guardia, y parece poder abrir toda una caja de recuerdos. Me veo yendo a la iglesia los domingos con mis padres. Interminables rondas de sermones y de catequesis dominicales. Esa es la parte que no me gustaba tanto.

“Mi padre me dejaba frente a la iglesia para que fuera a las lecciones del domingo, pero yo fingía dirigirme hacia dentro y, tan pronto como él giraba por la esquina, ¡yo ya me había largado! Me iba al centro del pueblo y gastaba la limosna para la iglesia en un batido de chocolate.”

Los ojos de Kendra estaban bien abiertos de la sorpresa, pero sonreían. “¡Tú! Eso es, ¡eso es casi sacrílego!”

Sonrío al recordarlo. “Bien, pues cuélgame al amanecer. Pero recuerdo que me sentía muy bien con Jesús cuando podía arreglármelas para separarlo de todo el dogma. Lo sentía como si él fuera un ser que sí que sabía algo. Quiero decir, que realmente sabía algo. Sentía como si fuera alguien en quien realmente podías confiar.”

Su voz se hizo algo más suave ahora. “¿Por qué no te fías ahora?”

“¡Kendra! ¡Aquello era Jesús viniendo a mí a través del filtro de alguien! Vivía en relatos, y contaba parábolas que eran como gotas del test de Rorschach. ¡Y vivía ahí, conservado en el formol de la historia! ¡Es fácil confiar en ese Jesús! Puedes creer cualquier cosa sobre él, todo lo que quieras, que, ¿cómo va a poder defenderse a sí mismo?”

Sin mover su cabeza, levanta sus ojos y me mira directamente. “Pues… quizá llamando a casa”.

Me dejó patidifuso.

“¿Estás diciendo que crees que este Jeshua es Jesús?”

“¿No es eso lo que dijo?”

”Sí, pero…”

“¿Cómo se sentía cuando lo dijo?”

Ella deja caer el mentón en su mano, y me mira directamente.

Girando mi cabeza para mirar por la ventana, le respondo suavemente. “Tan bueno y real como esos batidos de chocolate que me solía tomar”.

Pero no puedo dejar que se quede ahí. La emoción comienza a agitarse en mi interior; una lucha para seguir convencido de que Jeshua no es Jesús. No importa lo que ese sentir me parezca, esta experiencia simplemente no puede ser real. Bien, no puede ser real así.

“Mira, Jesús vive en las páginas de la Biblia, y en textos oscuros esotéricos, y en las esperanzas de algunos corazones…, pero no puedo creer que se aparezca saliendo de un cierto campo de luz en el curso de una meditación, en la América del siglo XX.”

Dejo caer un poco la cabeza. “Además, aunque eso hiciera, no es el mensaje con el que se han construido imperios, no es ese el mensaje en que millones de personas han puesto todas las esperanzas de su alma. Dios, Kendra, ¡no puedo compartir un mensaje como este, de una fuente como él! Ellos… ellos…”

“¿Te crucificarían?” Ella completa mi pensamiento con algo más que una mirada ligeramente desconcertada en su semblante.

“¡Sí!” Dejé escapar mi respuesta, y entonces, rápidamente añado algo. “Bien, probablemente no de forma literal, pero, simplemente es que no quiero pasar por tal lío”.

Ambos nos aquietamos cada vez más. “Marc”.

“¿Sí?”

“¿Y qué pasaría si se hubieran equivocado?”

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: