2. Las cartas de Jeshua. Capítulo 2. Jayem (y Jeshua)   Leave a comment

imagen corazón en círculo[— Para más información, ver índice de entradas, puntos 6 y 2G
— Este es el texto donde Jayem expone los comienzos de su aventura con Jeshua, y por tanto se nos familiariza bella y amenamente con su historia y con sus problemas como canal y como persona. También contiene palabras de Jeshua en comunión con Jayem.
— Este libro (Las cartas de Jeshua) puede servirnos como introductorio a La vía de la maestría, cuyo primer libro, La vía del corazón, ya he traducido para el blog. Este último texto, La vía del corazón, es un camino diseñado por Jeshua en comunión con Jayem para el “despertar espiritual”, en tres libros, con más o menos 12 lecciones cada uno, y que han de seguirse mes a mes de la manera indicada en las sugerencias para el estudio del propio Jeshua.]

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Las cartas de Jeshua

(un singular encuentro con Jeshua (Jesús))
Jayem

Capítulo 2

Los pensamientos del mundo
nunca han sido tuyos.
Son algo ilusorio.
Por tanto,
igual pasa con tu infelicidad.

Playa de Fagan, Molokai
30 de Agosto, 1987

De repente me despierto, veo que es muy temprano. No queda ni rastro de las primeras luces del día. Solo estoy a medio vestir cuando reconozco un sentimiento, una sensación de urgencia, que me impulsa a ponerme en pie y salir por la puerta, ya vestido. Ciertamente que las prisas aquí son algo risible, en esta isla, en la más tranquila —y hawaiana— de todas las islas, y donde para nada parece haberse dado jamás algo “con urgencia”.

Conduzco por la estrecha y tranquila carretera que se curva y enrosca a lo largo de la línea de costa, atravesando plantaciones tropicales que surgen aquí y allá, pero que cada vez quedan más alejadas unas de otras, hasta que ya no hay. Mi mente: “¿Por qué estoy aquí? ¿Adónde exactamente creo que estoy yendo?” Es una carretera por la que he ido solo una vez —de día— cuando visité el Valle Halawa, que contiene los restos arqueológicos más antiguos de los habitantes hawaianos, descansando ocultos entre la densa y exuberante jungla tropical. Es una carretera que se hace cada vez más estrecha, con giros y vueltas en forma de horquilla. Y claro, no hay farolas que me guíen.

Ocurre un sutil cambio en la luz al darse los primeros indicios de la llegada del día. Repentinamente he de apretar los frenos al llegar a un stop. Y, confirmando enseguida de lo que se trata, aunque pueda ver poca cosa, veo que es una pequeña y descuidada carretera de servicio de alguna granja. Parece hacer una pendiente y en solo veinte metros llegar a una puerta. Con una continua sensación de urgencia, salgo del automóvil y llego a la cerca en un abrir y cerrar de ojos.

Zambulléndome en unos densos herbazales que me sacan medio metro de altura, viro hacia la izquierda sin otro motivo que el de sentirme bien haciéndolo. Finalmente, me abro camino entre un follaje ralo y más disperso, acelerando mi paso, con esa urgencia que me compele desde adentro.

Hay suficiente luz como para convertir ya el mundo a mi alrededor en débiles sombras. Ahora estoy corriendo, y llego a una loma de grandes rocas volcánicas. Raudo hacia la cima, oigo el oleaje en algún lugar debajo de mí, y mi corazón se acelera. Estoy excitado, aunque no tengo ni idea de dónde estoy ni de qué hago aquí.

Sucede que me siento en meditación, envuelto por una suave brisa cuyo toque calma fácilmente mi cuerpo, mente y respiración, hasta que solo queda un cristalino discernimiento, un sublime bienestar.

Ahora siento una sutil, una creciente calidez al elevarse el sol y comenzar a acariciar mi cuerpo. Lentamente abro los ojos y exploto en gozosa risa. ¡Está tan bonito aquí! La roca que me aloja se encuentra en la cima de una loma, justo en un extremo de una caleta con forma de huella de caballo, y enfrente, el canal que nos separa de Maui, donde veo cómo sale el sol, cual fogoso dios entrando en el cielo ligeramente nublado. La más natural de las respuestas es ahora simplemente la de dar gracias. Aunque mis ojos estén abiertos, comienza ahora ese sentimiento, ya familiar. Veo esa Luz dorada, y entonces oigo una familiar Voz.


Ahora, comenzamos.

Es al buscar,
y al pedir,
aquello que sea lo más alto,
en ti y fuera de ti,
como se llega así a lo más alto.

Querido Hijo,
tú, que has viajado tanto
sin Mí,
reconoce que ciertamente has llegado a casa de nuevo.

Soy El Que Soy.
Nunca has estado sin Mí,
porque vuestros mundos no son
sino un instante de ilusión.

Querría hablar contigo,
en este tiempo, que es el más glorioso de los tiempos,
de Aquello que únicamente es lo Real.
Querría hablar contigo
de Aquello que únicamente es Vida.
Querría hablar contigo
sobre Aquello que, únicamente, es lo que puede
capacitar, al viajero de mil mundos, para regresar a casa.

Querido Hijo,
lo que es Real, YO SOY.
Lo irreal, no existe.
Soy la Luz y la Vida de todo.
Mi esplendor no conoce fronteras,
mi pureza no está manchada.

En ese comienzo sin comienzo,
te hice nacer como el pensamiento
de perfecto Amor en la forma.
Solo esto es lo que tú eres.

La tierra es Mi cuerpo.
Abrázala,
pues te enseñará sobre Mí.
El mundo es tu ilusión.
No puede enseñarte nada,
pues lo que no es Real no
contiene conocimiento sobre Mí.

Querido Hijo,
tu alma es Mi aliento.
Cuando te creé, al principio,
ya estabas completo.
Nunca te has apartado de
aquello que fuiste creado para ser.
Eres Mi deleite,
y en ti reconozco aquello que YO SOY.

Tu único pensamiento ha sido este:
el de separación de Mí.
Sobre esto descansa la creación
de milenios de ilusiones.
Los mundos que has experimentado,
los miedos, las dudas,
los esfuerzos, los logros,
todo lo que jamás hayas imaginado,
o todo lo que hayas hecho o sido,
y todo lo que puedas jamás imaginar
que podrías ser y hacer,
no es sino la imaginación de un instante.
Y todo ello reside en ese solo pensamiento.

Esto te doy como
Camino de Vida:
renunciar a ese pensamiento
hace que nazca el reconocimiento
de lo único Real.

Ningún esfuerzo consigue llevar
el Hijo al Padre.

Ninguna oración ni súplica
puede lograrlo,
pues esas cosas residen en el mundo
de tus creaciones,
y así, no albergan nada
de Realidad en ellas.

Tu viaje no ha sido.
Por siempre descansas en Mí,
siempre moras en Mí.

Lo únicamente Real
reside en ti
como tu propia alma.
Es tu corazón,
y verdaderamente puede ser conocido.
El silencio es el umbral de esta sabiduría divina.

A menudo vendré a ti,
a menudo te hablaré,
pues te has cansado de viajar.
Ahora, estás en casa Conmigo.

Repito,
para aquellos que elijan escuchar
lo que de ahora en adelante va a ser dado:
el Camino es fácil,
y sin esfuerzo.

Pues lo que llega con esfuerzo
es de tu mundo,
no Mío.

Soy reconocido solo
cuando eliges entregar,
plenamente,
el único pensamiento que hayas jamás albergado,
pues sobre él
se apoya el surgimiento de todos los mundos.
Solamente yo, soy el fin del mundo.
Aquí reside la paz
que va más allá de todo entendimiento.

Amén.

La luz se difumina. Me siento en quietud durante un largo, largo tiempo. Mi mundo se ha detenido por completo.

Me levanto lentamente y camino por la playa sintiendo la cálida arena bajo mis pies, mirando cómo la luz del sol hace danzar diamantes centelleantes sobre la superficie de las suaves olas. Sin la ropa, entro en el oleaje, aliviado y abrazado por las aguas tropicales. Y ahora comienzan las lágrimas. No hay resistencias en mí; fluyen libremente mientras sigo metido en el océano hasta la cintura.

Estoy sin habla, sin pensamiento. Solo parece existir la sensación de las olas chocando contra mi estómago, y una cascada de lágrimas corriendo hacia abajo por mis mejillas, hasta el pecho.

Saliendo del agua, siento como si toda mi energía se hubiera agotado. Desplomándome en la arena, caigo en un profundo sueño.

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“El capitán ha apagado la luz de los cinturones de seguridad”

La voz de una azafata invisible me sobresalta en mi breve dormitar. Giro mi cabeza y por la ventana contemplo solo por un instante cómo desaparece Hawai tras de mí, yendo a situarse, sin duda alguna, en un cofre de tesoros en algún lugar de mi cerebro, etiquetado como “mis más queridos recuerdos”.

De mi equipaje de mano saco mi libreta, levanto su cubierta, y leo la comunicación recibida en la playa de Fagan.

Tu único pensamiento ha sido este:
el de separación de Mí.
Sobre esto descansa la creación
de milenios de ilusiones.

Repentinamente aparecen imágenes por mi mente. Indios y vaqueros; rascacielos y atascos; cientos de musulmames inclinados hacia la Meca; un sacerdote confesando; un santón hindú con su cuerpo embadurnado de ceniza; la cara de un hombre tras unos barrotes; el caos del mercado bursátil; una pareja recién casada cuyos ojos expresan la esperanza de que su entusiasmo dure por siempre; una vieja mujer que da su último suspiro…

Dirijo mi cabeza hacia la ventana y estiro el cuerpo para detener la avalancha de imágenes, que no vienen una tras de otra, sino aparentemente todas a la vez.

¿Puede ser así de simple? Y entonces, ¿cómo hago para renunciar a este único pensamiento que tan fuertemente ha sido creído —si es que voy a aceptar lo que Jeshua dice— durante “milenios”? ¿Cómo voy a ser capaz de aceptar que, lo que he creído, quizá inconscientemente, es la base para un mundo ilusorio en el que todos los demás parecen también creer?

Devolviendo la libreta a su lugar —allá en el fondo de mi maleta engullida por algún lugar bajo mis calcetines y mi ropa interior—, descanso la cabeza en el asiento, presiono el botón que hay dentro del apoyabrazos para poder bajarlo todo lo posible, y atiendo deliberadamente a la película, deseando haberme acordado de pagar mis seis dólares por los cascos de audio.

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3 de Septiembre, 1987

La experiencia en Molokai parece ya algo muy lejano. Desde el viaje de vuelta a casa no he vuelto a leer el dictado recibido. Está por ahí, rellenando un cajón, como si parte de mí esperara que funcione ese viejo adagio: ojos que no ven, corazón que no siente.

¿De qué va toda esta resistencia, este miedo? ¿Estaré inventándome toda esta experiencia con Jeshua? ¿Acaso querría siquiera inventarla? Me vienen recuerdos que parecen estar ya muchas vidas pasadas atrás, flotando en mi mente consciente —recuerdos de cervezas tras el trabajo, de jugar al billar y comentar el inminente partido de la Superbowl. Son recuerdos de una realidad que, justo ahora, se siente atractiva. ¡Si no hubiera ido a esa clase de filosofía hace 18 años! ¡Eso es! Eso agitó mis ideas. Comencé a cuestionar los “hechos” más obvios de la vida. Debería haberme hecho contable, o algo así, y entonces todo esto quizá no hubiera sucedido. Tendría un agradable y seguro trabajo en algún lado, y mis noches no serían consumidas en esta lucha entre evitar la experiencia que estoy teniendo y ser impulsado a entenderla.

¿Por qué Jeshua no podría al menos decir algo que tuviera algún sentido? ¿Qué tal algunos números ganadores de la lotería? Aunque sienta que algunos timbres en todo esto resuenan con la claridad de cierta verdad —mientras los escucho—, nada en mi experiencia diaria parece encajar con ello. No es solo otro punto de vista más sobre la realidad; es una Realidad enteramente nueva.

Este debate interior da vueltas por mi mente sin ninguna reconciliación posible, hasta que el auténtico fracaso de mi intelecto para captarlo, para encerrarlo en las nítidas cajas de la lógica que él venera, me obliga a simplemente callarme. Y entonces, eso comienza de nuevo. Esa sensación de calidez que crece desde adentro, el cambio vibratorio…, y finalmente la Voz:

Ahora, comenzamos.

Mora Conmigo aún un poco más.
Deseo comunicarme contigo ahora,
antes de que vayas a tu oficina.
¿Estás dispuesto a unirte a Mí ahora?

Sí, murmuro bajo mi respiración. Estoy seguro de que he perdido lo poco de cordura que aún tenía, así que, ¿por qué no?

Entonces, toma la libreta y el bolígrafo,
pues te hablaré sobre
aquello que es Vida,
Verdad,
y que únicamente es lo Real.
Soy Jeshua,
y escucho tu llamada.
He estado contigo desde hace mucho,
Marc.
Desde antes de vuestra Lemuria,
estoy contigo.
No hay nada que se te vaya a ocultar
en esta vida,
pues estás regresando al hogar con el Padre.

¿No querrías morar en paz ahora?
No hablo de un momento de respiro
antes de continuar tu jornada.
Hablo solo de la paz final
que no conoce contradicción
y ningún contraste.

Es la paz
que mora en el Padre,
dada gratuitamente a Su Hijo
desde el primer momento de la creación
del pensamiento de Separación.
Observo tu pensamiento,
y te digo que sí, que es precisamente así,
sin importar cómo de inverosímil
te parezca todo, y cómo insistas en que te lo parezca.
Pues en el Padre, la ilusión no es.
No hay separación,
pues ni existe el pensamiento sobre ello.

Lo que enseño,
otros lo enseñan.
Muchos son los profesores,
una sola la enseñanza.

De tu apego a esas
últimas hebras de tu separación
depende toda la insatisfacción que sientes.
Incluso ahora,
eres intensamente consciente de esto.
El mundo ha perdido todo su sabor para ti,
pues tú has trascendido el mundo.

Mora en nosotros, Marc.
El mundo, con todas sus enseñanzas
no conoce nada sobre nosotros,
la santa unión de
padre e hijo.
Pocos quieren
realmente renunciar a sus sueños.

Te he hablado de que a través de ti
elijo dar mi mensaje final
al Hijo que permanece
en la ilusión.
Y así será.
Se acerca el momento rápidamente, ahora,
pues estás llegando a la presencia del Padre.

Benditos son los niños de la Luz.
Benditos,
aunque inconscientes.
Solo al final de todo viaje,
es cuando la bendición es reconocida.

Y la bendición del Padre
reside en esto:
el Hijo nunca ha sufrido realmente,
nunca se ha ido a ningún lado.
Ningún dolor ha sido vencido.
Ningún esfuerzo ha sido empleado.
Cuando se reconoce esto,
el final del mundo es encontrado,
un mundo que es siempre ilusión,
sin importar la forma.

El mundo puede ser uno de dolor,
puede ser de lo que muchos llaman gozo,
aunque, más allá de eso, está la Verdad
de lo Real.
Que es la morada del Padre,
y de este, el Hijo, que nunca ha partido.
Esta es la verdad más alta que se pueda expresar.
Esto es lo que llegas ahora a reconocer.

No desesperes,
pues estoy contigo.
Permite la disolución
de tus sueños.
Lo que tú eres es lo que el Padre
te ha creado para ser,
y en ello se encuentra tu verdadero gozo.

En este día,
permítete a ti mismo percibir
toda tu experiencia como el final de tu ilusión:
el nacimiento de la Vida.
Pronto vendré con más
instrucciones para ti.
Síguelas,
pues ha llegado el momento para la tierra.
Muchos están casi preparados
para escuchar la Palabra,
y despertar de la ilusión.

Ve ahora en paz.
Te amo enormemente,
pues YO SOY el Amor.

Amén.

Ha pasado una hora. ¿Cómo se supone que puedo considerar el atasco en que estoy metido ahora como “el final de mi ilusión”? Me digo, para mí mismo: “Solo entrégalo, deja que se vaya el juicio de este instante”. Mi mente se serena de repente, como un lago de montaña completamente calmado sin una sola onda en su superficie.

Comienzo a reír cuando me viene una imagen a la mente. Es un monje budista zen que se levanta antes del amanecer, y que va al zendo, o sala de meditación, solamente para sentarse, para perfeccionar la habilidad de estar simplemente presente. Y entonces, ¿qué es, de todos modos, el atasco? ¿Es una perturbación que evita que lleguemos adonde creemos que debemos estar, o simplemente es, quizás, un zendo?

Por un instante soy un monje budista zen, pero solo por un fugaz momento.

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Ahora, comenzamos.

Marc, escúchame bien.
Pues así como has venido a Mí,
ahora llego hasta ti.
Como he dicho,
se te darán instrucciones, a ti,
que has pedido el final de la ilusión.

Síguelas y,
ciertamente,
llegará la aurora
de lo has anhelado recordar.

Descansa ahora por un instante,
y cierra esos tus ojos, que querrían mostrarte
solo el mundo de tu ilusión,
y, en este descanso, yo llegaré hasta ti,
y Mi presencia servirá de sanación para ti.
Descansa ahora…

(Lo que aconteció nunca he sido capaz de ponerlo en palabras. Fue como si todo mi ser se viera fundido en luz. Nunca he sentido una paz tan completa.)

Y ahora, el final de la tristeza se cierne sobre nosotros.
Ya no saldré más del santo lugar del Padre.
Ciertamente, he vencido el mundo.
Y con esto no es que pensemos que la tarea esté finalizada,
pues la única tarea es la salvación del mundo.
Esto lo hacemos juntos,
hasta que los hijos de Dios
se reconocen a sí mismos solo como el unigénito;
Cristo.

Aquí reside la paz.

Amén.

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25 de septiembre de 1987

Insatisfacción. La siento de nuevo. Supongo que no es una experiencia que conozca solo yo. ¿Es por mi trabajo? Debe ser eso. En un instante, mi mente considera los muchos aspectos de mi trabajo actual que podrían ser la causa de este sentimiento. Van desde que no se me paga el suficiente dinero, hasta que son demasiadas horas. Por otra parte, tiene sus cosas buenas, como poder pagar las facturas.

O puede que sea por mi relación actual. Debe ser eso. Es algo grande… y de tantas maneras… pero…

Hay algo que supongo que debo hacer con mi vida, pero no sé lo que es. Quizá sea esto, justo lo que estoy haciendo. Si lo es, ¿por qué no lo siente así? ¿Por qué hago lo que hago? ¿Por qué siento lo que siento? Dios, a veces me siento como Barbara Streisand cantando: “¿De qué va todo esto, Alfie?”.

Oh, qué diablos, aquí estoy, después de todo. No puedo describir exactamente de qué trata esta insatisfacción, pero ciertamente, está aquí. Mantente atareado. Simplemente basta con ir al trabajo y con no pensar sobre ello. Buena idea. Quizá esta noche alquile una película y me tome uno o dos vasos de vino.

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Ahora, es de noche. El vino está en la copa, pero no lo he probado todavía. Por algún motivo, dudo si meter el vídeo en el aparato. Me dejo caer en el sofá y ahí me quedo.

“Maldita sea”, pienso para mí mismo. Estoy sintiendo cómo comienza otra vez. Lo he notado prácticamente en su mismo comenzar. A medida que crece ese sentimiento, me levanto de golpe y me doy prisa para encontrar mi libreta y el bolígrafo. También podría resignarme a recibir esta comunicación… y ya está. Puede que me esté volviendo loco, o puede que ya lo esté, en cuyo caso ya no puede hacerme más daño prepararme para…

Ahora, comenzamos.

Primero, es preciso que comprendas
que, en prácticamente cada ocasión
de infelicidad que sientas,
se encuentra eso que llamaremos
dependencia de
la ilusión de las circunstancias.
Contempla esto por un instante,
y creo que fácilmente llegarás
a entender que esto es cierto.

¡Ahí está!
Te llevó solo un instante,
¿no es así?
Reconoces muy bien
que, en esos momentos que están justo antes
de ese instante en que surgen esos sentimientos
que eliges etiquetar como “de infelicidad”,
se da primero el sutil pensamiento
sobre “las circunstancias”..
¿Qué son las circunstancias, Marc?

“Bien, pues supongo que se trata de un lugar, de un entorno de cierto tipo”.

¡Sí!
Un lugar, eso está bien.
Ahora,
con tu entendimiento, entra en aquello
que siempre existe y que es
anterior a las circunstancias.
Y lo que ahí será descubierto es el pensamiento.
Tu pensamiento.
O mejor dicho,
lo que sin querer has identificado con
algo que es tu pensamiento.

Lo que te estamos pidiendo que examines,
con ese aplicado intelecto
que has desarrollado meticulosamente
en el curso de una multitud de tiempos de vida,
es simplemente esto:
¿De dónde viene ese pensamiento
anterior a las circunstancias que consideras dolorosas?

Has notado que hemos igualado el dolor
con la infelicidad en los
ámbitos mental → emocional → físico.
Y pintamos esas flechas
para indicar que el dolor implica
a todo tu ser.

Si llegaras a comprender bien
lo lejos que este “ser” se extiende,
la responsabilidad te paralizaría.
Pero todo a su debido tiempo.

Ahora,
¿de dónde viene ese pensamiento?
Considera la distinción dada
algún tiempo atrás
entre aquello que es del “mundo” y lo que es de la “tierra”,
pues es una distinción crítica.
La tierra es lo que llamarías una “entidad”.
Es forma,
de una cualidad
no muy diferente de la tuya propia.

Con esto queremos decir
que la tierra elige libremente
expresar en forma física,
reconociendo y aceptando
las limitaciones inherentes a esta elección.
Lo hace como todos los auténticos maestros lo hacen:
como una elección para deleitarse
en la expresión de aquello que
el Padre es:
Amor Incondicional que no puede
albergar miedo,
ni ninguna constricción de su naturaleza divina.

La tierra te ama enormemente,
como a toda la humanidad.
Siente tristeza,
y decimos esto muy literalmente,
y no metafóricamente.
Esta tristeza es el resultado
del generalizado rechazo que tiene la humanidad
ante la presencia y el propósito
del Padre.

La separación a la que la humanidad
se ha adherido incondicionalmente
crea desarmonía en todo lo que es,
cosa que la tierra ya no puede tolerar mucho más.
Su tristeza hace nacer una liberación
que ahora comienza a expresarse visiblemente.
Esto se acelerará
en los meses y años por venir.

La tierra es un sabio maestro,
del cual, la humanidad,
sin el más mínimo esfuerzo,
podría aprender a proveerse fácilmente
con todo lo que se requiere.

La humanidad apenas recuerda
que esa posibilidad existe.

El mundo es siempre ilusión.
Vemos claramente la dificultad
que tienes con esto.
¿Puede ser cierto?

¿Debe ser cierto?
Ya has atisbado las consecuencias
de reconocer esta verdad
plenamente.
Y por eso es por lo que te resistes.

El mundo, Marc, no significa nada.

Esto te horroriza,
aunque ya no hasta el punto
de que no albergues ya,
dentro de ti,
la aceptación de dicha verdad.

Ahora, te daremos tu primera clave:
tus sentimientos emanan de tu rechazo
a permitir que esta verdad
se ancle en la totalidad de tu ser.

Tu grito interior, que quiere que el mundo signifique algo,
es el grito de todos
los que querrían insistir en la Separación
con respecto al Padre.

La aceptación total de esta verdad
es la muerte de la Separación,
e indica el final del mundo.

Ciertamente,
desde la perspectiva en la cual
la humanidad insiste tanto,
esto parece ser algo terrible.
Pero reconoce esto:
el horror que da pensar en el fin del mundo
no es sino la elección de creer en ilusiones.
Te enviamos, al respecto,
la imagen de muchos espejos
que, desmenuzándose silenciosamente alrededor tuyo,
no dejan nada más que una espléndida luz,
para ayudarte a sentir cómo de seguro y sano es realmente
renunciar a la ilusión.

El mundo es la trampa que has creado para ti mismo.
Tú,
igual que ha hecho toda alma sobre esta tierra,
has ayudado en la creación
de esta elaborada red de ilusión,
y de los engaños subsiguientes
acerca de lo que es Real.

Examina muy cuidadosamente todo lo que experimentas
como “circunstancias”.
¿No se trata de una lucha perpetua
por discernir y agarrar
aquello que se cree que es real?

¿En qué actividad participa
la humanidad,
a la que no le adscriba
el valor de tener Realidad?
La humanidad la crea,
y entonces busca experimentarla —
una y otra vez—
y solo para poder sustanciar
su creencia en que la ilusión es Realidad.

Permíteme simplificar.
¿Qué es la ilusión?
El mundo.
¿Quién es su creador?
La humanidad,
la humanidad existiendo en la elección de la Separación.
¿Y la misión de la humanidad?
Demostrar que su creación
tiene el valor de la Realidad.

El orgullo es el único pecado
que puede decirse que exista.
Surgió cuando en un principio fue albergado
esto en el pensamiento del Hijo:
“estoy separado del Padre”.

Secundariamente,
lo que está siendo enseñado bajo la bandera
de la Nueva Era es muy cierto:
cada alma encarnada es un co-creador,
creando el mundo con una variación infinita.
Pero esta enseñanza
no fomenta la iluminación
sino solo la perpetuación
de la ilusión.
Y así, esta continúa.

El mundo es una red de ilusión en la que tú,
como alma,
eliges libremente sumergirte.
La red es como un vórtice,
o un campo de energía que es la sola creación
de la humanidad.

Su fundamento descansa por entero
en la Separación,
sin importar lo que el orgullo
del ego desee
creer.

Insistir en la ilusión
es elegir verse limitado
por esta energía, o vórtice.
No hay iluminación en el mundo,
ni puede haberla.

Esta es la verdad
ante la que el ego de la humanidad
se resistirá con ingeniosidad
hasta que llegue el agotamiento.
¿De qué?
De un pensamiento momentáneo
de Separación.
Solo una fantasía,
y de ahí
el surgimiento de todos los mundos.
La fantasía,
en verdad,
nunca ocurrió.

Esta es la salvación del mundo:
que todo eso no existe,
y que jamás ha existido.

Este único pensamiento se te da
como tu segunda clave,
y puede serle dado a cualquiera
que busque salvación.
Su contemplación puede llevar a que se acabe,
por momentáneo que pueda ser tal final,
la identificación con la red de energía
que es la mente del mundo.

Ahora,
hemos completado el círculo,
y percibes muy bien la auténtica fuente
de toda tu infelicidad.

Pues los pensamientos del mundo
nunca han sido tuyos.
Son ilusión.

Por tanto,
he aquí tu infelicidad.
Has llegado a un punto
en que tienes un agudo reconocimiento
de que, todo instante
de identificación inconsciente
con la red de energía
que es la mente del mundo,
es una creación de dolor,
sin importar cómo lo interprete
el ego,
que insistiría en su realidad.

El gozo del mundo es una mentira,
pues el mundo no es.

Ve ahora, Marc.
Y mora en esas cosas.
Reconoce bien que
estás muy cerca
de hacer estallar los espejos
de la ilusión.
El velo está siendo rasgado.

Lo que experimentas,
a tu propia manera,
es la única muerte que importa.
Es la muerte de la Separación.
Y yo conozco muy bien lo que va a emerger de ahí.

Recuerda esto,
y ámate a ti mismo por ello.

Nosotros te dejamos,
aunque estamos siempre contigo.

Paz, te brindo.

Amén.

“Vaya noche para tener clientes urgentes. ¡Maldita sea!”. Murmuro esto para mí mismo mientras corro a apagar mi ordenador, eso que reúne calculadora, máquina de escribir y radio.

Hay media hora de automóvil hasta mi clase de yoga, la que se supone que comenzará en veinte minutos. Es momento de volar. ¿Cómo el profesor puede esperar que alguien llegue a tiempo si no puede llegar bien ni él?

Agarrando mi maletín y la chaqueta, corro ante la portera. “¡Me voy pitando, Peggy!”

“Ten un buen…”

Su respuesta se queda sin que nadie la oiga mientras cierro la puerta tras de mí y corro hacia la plaza de parking. Esta noche mejor jugamos a ser corredores de velocidad.

“¡Genial, simplemente genial!” Grito, al acercarme a esa bien conocida curva y ver el tráfico parado. Queda aún mucho hasta llegar al semáforo donde he de girar, así que ahora sí sé que llegaré bien tarde.

Y entonces, ¡chas! Así de simple, y sin aparente motivo, sucede.

No, no he sido golpeado por atrás, aunque casi que desearía que eso fuera lo que hubiera pasado. Repentinamente, todo está perfectamente calmado. No puedo escuchar los automóvies a mi alrededor, ni incluso la radio. En mi campo visual se pierde la visión de todo, que queda temporalmente eclipsado por estas tres palabras:

LAS CARTAS DE JESHUA

Todo mi cuerpo queda como electrificado, desde la punta de la cabeza hasta los dedos de los pies. Entonces, igual de repentinamente, eso se va, y todo vuelve a la normalidad.

“¿De dónde provino?” Me pregunto. Me siento como si me hubieran dado en la cabeza. Y entonces, caigo en la cuenta. ¡Se me ha pedido que haga todo esto público!

“¡Oh, no! ¡de ningún modo!”.

Finalmente el tráfico comienza a avanzar. Me abro camino hacia mi plaza de parking, y al comenzar a caminar hacia la clase advierto que solo hay algunos pocos de los automóviles de mis estudiantes. Puede ser que venga poca gente esta noche.

Ahora, sí comienzan a venir más, y miro mi reloj: ¡5:55! ¿Es que solo tardé tres minutos en llegar aquí? ¿Con ese tráfico? ¡No es posible!

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Al volver de clase, giro impulsivamente en otra dirección. “No es demasiado tarde y, además, ¿para qué están si no los amigos?” Así voy razonando cuando tuerzo hacia la casa de Kendra.

Toco a la puerta fuerte e insistentemente, revelando así mi impaciencia, hasta que se abre.

“Vaya, ¡sorpresa de las sorpresas! Pensaba quizás que ya habrías abandonado tu cuerpo, o algo así”.

“Ya, es que he estado un poco ocupado últimamente, en lo que comienza otra vez mi trabajo, mis clases de yoga…”.

“Entonces, ¿es que ya no tienes teléfono?” Sonríe colgando mi abrigo. Es una hermosa noche de otoño del Noroeste, y la frescura del aire está comenzando a musitar algo acerca de los cambios que están por venir. “¡Dios, esto sienta tan bien!” Me quedo cerca de su estufa de leña, con las palmas de mis manos tan cerca como puedo tenerlas sin llegar a tocarla.

“Sé que aún no hace tanto frío como para esto, pero… ¡qué diablos, adoro el calor de un fuego!” Ella se instala en su nuevo sillón abatible, ese tipo de sillón que simplemente te traga y no te deja marchar, sin importarle las tareas que requieran tu atención. Caigo en el sofá y me relajo, dejando que mis ojos descansen en la silenciosa danza de las llamas de la estufa.

“Entonces, ¿cómo va todo?” Pregunta Kendra.

La miro y constato que solo está interesada en las comunicaciones. “Supongo que sabes que esa es la razón por la que estoy aquí. Bien, al menos una de las razones. Quiero decir, quería verte…”.

“¡No trates de disculparte así! Está riéndose ahora, y se repone de un momento de turbación.

“Seguí tu consejo, y simplemente me permití anotar todo este asunto cuando ocurriera, lo cual no ha sido demasiado a menudo —gracias a Dios. Una vez en Molokai, otra…”.

“¿Y qué dijo él?” pregunta, adelantándose un poco en el asiento.

“Bien, pues, eeeh, yo, mmm, Kendra”, murmuro, “creo que mejor no meternos en eso justo ahora. No me preguntes por qué. Siento simplemente que mejor todavía no. Creo que me gustaría poder darle algún mayor sentido por mí mismo”.

Constatando mi vacilación, pregunta gentilmente, “¿es acaso provocador?”

Dudo al contestar, sintiéndome algo cohibido sobre mi respuesta. “Bien, eeh, sí, mmm, creo que así es, sí”.

“¿Crees que lo es?”

Ahora me toca a mí avanzar en el sofá. “He leído ese buen lote de cosas metafísicas, durante todos estos años, pero esto me deja anonadado”.

Kendra ríe, diciendo, “¡Quizá sea ese precisamente su sentido!”.

“¿Qué?”

”Quizá se supone que te tiene que dejar así”.

Suspirando, le digo lo que sucedió de camino a clase de yoga. “Maldita sea, Kendra, ¡no sé qué hacer con esto! La consideración de publicarlo me hace temblar. No soy escritor. No sé nada sobre cómo publicar, y además…”.

Su estallido de risa corta rápidamente mi alegato. Fingiendo molestia, aunque interiormente agradecido por la interrupción, inclino suavemente mi cabeza y la giro de modo que apenas pueda verla por el rabillo del ojo. “¿Y entonces? ¿Qué está pasando ahora que sea tan gracioso?” Pregunto.

“¡Eres más entretenido que el show de Bill Cosby!”.

“¿Eeh?”.

“Marc, mira. ¡No te olvides de quién está al final en los controles de todo esto! ¡Tú eres el que está en el cuerpo! ¡Eres el que tiene control sobre la decisión de si publicarlo o no! ¿Podrías, por favor, relajarte sobre todo este asunto?”.

Se levanta de su asiento, abre la puerta de la estufa y mete otro tronco dentro. Vuelan las chispas y las llamas saltan más alto por un instante, al caer el tronco entre las brasas.

Kendra se gira hacia mí y se queda ahí de pie por un momento, sacudiendo suavemente la cabeza. “Sé que probablemente lo sentiría diferente si me estuviera sucediendo a mí. Probablemente perdería los papeles totalmente, como tú. Pero, mira, ¿puedo decir algo?”.

Es mi turno de meter una pullita amistosa. “¿cuándo has pedido jamás tú permiso?”.

Ella sonríe. “Marc, ahora justo acabo de tener este sentimiento sobre el tema, incluso si no quieres contarme nada más en este momento. Como te dije antes de irte de vacaciones, te aliento a que sigas con ello”.

“Pero Kendra, la sugerencia era tan clara… Esto no parece estar destinado solo a mí, ¡y el pensamiento de hacerlo público me hace temblar!”.

Pongo mis manos en mis rodillas y me levanto rápidamente. “Sabes, ni siquiera podía concentrarme en dar mi clase esta noche! Cuando terminé de darla, ¡ni siquiera estaba seguro de haber estado ahí! ¡No puedo funcionar con todo este asunto en marcha! Me veo repentinamente contemplando algo que Jeshua ha dicho. Como esta noche, que todo en lo que podía pensar era acerca de ese cartel de neón invisible, ese que me mostraba el destello con esas tres palabras!”.

“¿Cómo fue tu clase?”.

“¿Qué quieres decir?”.

“¿Crees que alguien notó que no estabas realmente allí?”.

Pensé por un instante. “Algunos de mis estudiantes me dieron las gracias después de clase, diciendo que había sido una de sus favoritas”. Sacudo mi cabeza al recordarlo.

“Bien, ¡ahí lo tienes! En realidad no necesitas estar ahí, después de todo. ¡Y probablemente pensabas que tú eras importante!”.

“Ooohh, ¡golpe bajo!”.

La cara de Kendra se vuelve más amable. “¿Marc?”.

Finjo una falta de interés. “¡No voy a escuchar más si el golpe va a venir por debajo del cinturón otra vez!”.

“No, es solo que…, bien, tras esta resistencia, debe haber algo que te impulsa a continuar con ello. Quiero decir, si no lo hubiera, ¿por qué te habrías molestado en escuchar las comunicaciones en absoluto, o en pensar sobre ellas? Ciertamente, lo que deseo es que simplemente permitas que suceda como suceda. No hagas ningún juicio sobre ello por ahora, ¿vale?”.

La miro durante un largo rato. Tío, ¿qué sería la vida sin esos amigos especiales que viajan por ella contigo compartiendo, apoyándote, animándote, aliviando esas cargas que nosotros mismos hemos de cierto modo fabricado para poderlas cargar?

“Vale, vale, bien; no creo que quiera compartirlo precisamente ahora con nadie. Pero… ¿puedo confesar algo de todo esto contigo cuando lo necesite?”.

“¿Tú que crees, flipado? Ahora vamos a tomar un vaso de vino antes de que empiezces a contar nada, ya que parece que el único momento en que te voy a ver es cuando piensas que estás volviéndote tarumba!”.

“Vaya, si esto continúa, ¡bien puede suceder que me veas mucho más a menudo de lo que crees!”.

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