3. Las cartas de Jeshua. Capítulo 3. Jayem (y Jeshua)   Leave a comment

imagen corazón en círculo[— Para más información, ver índice de entradas, puntos 6 y 2G
— Este es el texto donde Jayem expone los comienzos de su aventura con Jeshua, y por tanto se nos familiariza bella y amenamente con su historia y con sus problemas como canal y como persona. También contiene palabras de Jeshua en comunión con Jayem.
— Este libro (Las cartas de Jeshua) puede servirnos como introductorio a La vía de la maestría, cuyo primer libro, La vía del corazón, ya he traducido para el blog. Este último texto, La vía del corazón, es un camino diseñado por Jeshua en comunión con Jayem para el “despertar espiritual”, en tres libros, con más o menos 12 lecciones cada uno, y que han de seguirse mes a mes de la manera indicada en las sugerencias para el estudio del propio Jeshua.]

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Las cartas de Jeshua

(un singular encuentro con Jeshua (Jesús))
Jayem

Capítulo 3

Siempre es el miedo
a la propia muerte
lo que bloquea
el reconocimiento
del Reino.

2 de noviembre, 1987

Ahora, comenzamos.

Querido amigo,
pues eso es ciertamente lo que tú eres,
he venido, pues esto es lo que has pedido.
Te contaré,
en el curso de este encuentro,
aquello que te revelará
la armonía del Reino.

Primero,
notarás que prefiero
el uso de una terminología
claramente cristiana,
aunque se debería considerar
más bien como “judeo-cristiana”.
Lo hago porque esos términos son fácilmente identificables
en relación al momento en que caminé entre vosotros.
Ciertamente que no es el único formato
que se podría haber elegido.

No estoy limitado,
ni tú lo estás.
La única diferencia significativa entre nosotros
es que yo he reconocido plenamente
mi ilimitación,
mientras que tú eliges no hacerlo.

Marc,
en los pocos años pasados,
mientras has percibido el flujo de tu experiencia,
has logrado mucha perspicacia
por un buen motivo:
lo has deseado.
El deseo es, entonces,
el primer factor que se requiere
para poder llevar a cabo el proceso de resurgir
del sueño en que has existido
durante milenios.

Soy muy consciente
de eso que crees que son dudas.
Considera esto:
¿podrían tratarse de miedo a lo obvio?
¿Qué cambios ocurrirían en tu vida
si fueras a reconocer
que tú,
desde tu deseo,
has realmente conseguido que nazca,
a la expresión manifiesta,
la experiencia de unirte con la mente de Jeshua,
el “Cristo”?

Ese último término no es algo que yo haya pedido.
Me fue otorgado
por aquellos que rechazaban
aceptar plenamente Mi mensaje
para ellos mismos.
El fracaso en hacer eso
siempre es el resultado del miedo.

El miedo es la única energía
que puede separarte
del Reino.
No se trata de “temor de Dios”,
sino del miedo al propio ser, al propio yo de uno mismo, de una misma.
Este miedo es colocado en el lugar equivocado al proyectarlo en Dios,
que entonces, necesariamente, será percibido
como algo completamente “otro”.
La sola contemplación de esto
puede facilitar que se dé mucho movimiento
dentro de la propia consciencia.
Y ¿no sería acaso tal movimiento
la entrega de esa limitación,
que se posee como algo autocreado?

Por tanto, mi ilimitación Me permite afirmar,
sin la más mínima vacilación:
“Yo y Mi Padre somos Uno”.

Se entra en el Reino
cuando la obvia verdad de esa afirmación
es reconocida en la propia mente.
Señala la entrega de esa
limitación autoimpuesta.
Deseo que quede muy claro
que en Mi elección de la palabra
“oscuridad”, esta debería siempre pensarse como equivalente a “miedo”,
que es la única forma de energía
que podrías decir que has creado.

En el Reino,
eso no existe.
Eres amado plenamente.
Nunca has pecado.

La naturaleza del Soñador
es creer en su Sueño.
El Sueño lo conoces muy bien.
La Realidad apenas la percibes,
como el eco de una melodía
que vagamente regresa a ti.
Escúchala, a ella sola.

Aquí es cuando tus habilidades especiales son valiosas.
Compartir con otros
el arte de estar en silencio
es lo único que puede ayudar a quienes buscan el Reino
a llegar a un lugar de vulnerabilidad,
donde podamos hablarles.

El Reino no puede ser perdido,
pero ha sido olvidado.
Aunque en su olvido se le da nacimiento a la misma sustancia
del recuerdo genuino.

Usamos lo que sea que sueñes
como un mecanismo para tu despertar.
Si puedo permitirme alguna frivolidad aquí,
aunque camines con fatiga a través de una blanca alfombra
con los pies embarrados,
nosotros la transformamos en un exquisito tapiz,
el cual conseguirá atraer tu atención.

Precisamente de esto se trata en la armonía del Reino:
de que nada, absolutamente nada,
puede jamás servir para otra cosa que para alentar al Soñador
a que deje de dormir.
Por eso,
cuando te hablaba al principio,
hace varios meses,
enfaticé que
tu experiencia, momento a momento,
es el camino a tu iluminación.
Es armónica,
y solo una mirada
basta para convencer
incluso al más escéptico
de que esto es así.

Habrás notado ya a estas alturas
que cuando pides contactar con tus guías,
no se requiere de nuestro consentimiento
para que ocurra tal comunicación.
Tu petición es tu consentimiento
a permitir lo que siempre está a tu disposición.
Es un ejercicio de renuncia al miedo.
Ocurre cuando el Soñador,
aunque sea vagamente,
comienza a percibir que hay algo muy extraño
en la naturaleza del Sueño.

El Sueño es el entero ámbito de la experiencia temerosa
que ha surgido estallando a partir de aquel único pensamiento inicial:
“Estoy separado de Dios”.
Ocurrió hace incontables eras,
aunque también solo hace un momento,
pues el tiempo no es más que parte de tu Sueño.

Uno de tus guías ha enfatizado repetidamente
que la actitud que se necesita adoptar
para poder despertar del Sueño
es la de “permitir, permitir, permitir”.
Pedir guía fomenta esto,
y se trata del reconocimiento implícito
de que nada más ha funcionado,
de que no hay nada más que haya que hacer.

Inicialmente,
este acto de permitir es algo que horroriza,
pues se siente como morir,
¡lo cual es una experiencia muy bien conocida
para el ego separado!

Por esta razón,
la mayoría de buscadores permanecen siempre siéndolo,
buscando alguna forma de magia que,
en esencia,
hará que llege la iluminación hacia ellos.

Esto no puede funcionar,
porque el despertar requiere una receptividad.
Esto solo puede ocurrir
en la actitud de permitir,
la cual es,
permitir que la muerte ocurra.

Al yo separado le parece irracional
que el mayor de los “haceres” ocurra en el acto
de no hacer absolutamente nada.
Por tanto,
“Mi carga es ligera y mi yugo llevadero”.
No se requiere de ningún esfuerzo para entrar en el Reino.
Permitir es la llave de la puerta que lleva
más allá del Sueño del Soñador.
Solo un instante de reflexión te indicará
lo cansado que ya estás, Marc,
de tu Sueño.
Esto inicialmente puede provocar un gran conflicto,
al darse cuenta, el Soñador,
de que hay algo equivocado,
aunque sus hermanos no lo perciban,
y aunque todos los intentos de compartir lo que se siente
solo lleven a la frustración del fracaso.

Uno mismo no puede hacer que finalice el Sueño,
porque el Soñador es parte
del Sueño.
Permitir es el proceso de
entregar el Sueño
de que el propio Soñador existe.
Cuando el Soñador se disuelve,
entonces, también, lo hace su Sueño.
Y así, solo queda el Reino,
que es lo único que siempre ha existido.

Eres un Soñador despertando.
Al decir esto, reconocerás esta verdad:
la única diferencia entre tú
y muchos de nuestros hermanos
es que reconoces el sueño
y la validez de permitir
como la llave del Reino.

Un aspecto de tu Sueño
fueron nuestros viajes, juntos,
en Caná y Galilea.
Esto lo has sabido por muchas fuentes.
Permíteme confirmártelo.
Fuiste un esenio,
y además, en esta vida te has encontrado
con muchos de tus compañeros de aquel sueño.

Has oído que tú,
junto a tu querida amiga Kendra,
estuvisteis presentes cuando hablaba a las multitudes
en el Monte de los Olivos.
Sí, estuviste.
Lo que te fascinó de aquel día no fue esencialmente
la enseñanza,
sino el reconocimiento de que tal enseñanza
estaba realizada en Mí.
El hijo del carpintero había viajado a tierras distantes
y había regresado como maestro.
Esa fue tu percepción.

Así,
la vía de entrada al Reino
se convirtió, para ti,
en una joya que tendría que ser descubierta
en el Oriente.
Allá fuiste
durante nueve encarnaciones consecutivas,
para dominar los yogas y las filosofías.
Y en esta encarnación presente,
ya has terminado de completar tus materias optativas.
Y este final, como bien sabes,
ha consistido en el reconocimiento
de que el Soñador puede dominar
perfectamente su Sueño,
pero aun así permanecer enredado en el mismo Sueño.
Has descubierto la simple llave —
la joya—
¿y acaso no se trata del silencio del permitir?

Se podría decir que tu experiencia
de Mi Sermón
fue el primer movimiento auténtico
hacia el despertar de tu Sueño.

¿Parece haber sido largo el viaje?
Recuerda,
tal percepción
es parte del Sueño mismo.

Te voy a pedir que comiences a pasar
un poco de tiempo Conmigo diariamente.
El trabajo del que hablé antes
está ya completado,
y podemos comenzar.

De nuevo,
esto no es ningún mandato procedente de Mí,
sino solo un recordatorio gentil.
Esta participación está sometida a tu libre elección,
como siempre necesariamente lo va a estar.
Aquello que YO SOY
no sabe de compulsión,
pues el amor no compele.

Meramente atrae al buscador de la Realidad
hacia sí mismo.

Esto no requiere de esfuerzo
sino de estar disponible,
pues todos y cada uno de los buscadores
reconocen el Amor —por muy enterrado que esté—,
ya que se reconoce
que el Amor es
el verdadero ser del propio buscador.

Y esto nunca es en realidad rechazado,
sino repetidamente ignorado.
Nuestra tarea es entonces
la de meramente llevar de forma gentil al buscador
a la experiencia de prestar atención
a aquello que solamente es lo que ha existido siempre:
el Reino.

Terminaremos aquí.
Estoy muy complacido por la facilidad con que has
asistido y atendido al permitir.
¿Acaso este viaje no lo merece,
y sin importar lo preñado
de aparentes dilemas y dolores que esté?

Bendícelo, por entero.

Amén.

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13 de noviembre, 1987

Hola, Marc.

“Hola, Jeshua”.

Ahora, comenzamos.

¿Acaso no buscas el consuelo
del conocimiento absoluto?
¿No es el consuelo de la unión absoluta
lo que deseas?
Pues es una gran verdad,
ya dada antes, y hoy reforzada,
que el deseo es la clave primordial para la realización.
Por tanto, se necesita replantear el objeto del deseo.
Para ello comparto hoy contigo esto, y lo más enfáticamente posible:
lo que es deseado es experimentado,
siempre.
Tal es la abundancia en la mesa de nuestro Padre,
tal es el amor de tu universo:
“Pide y recibirás”.

Me gustaría aclarar esta afirmación,
que es, por cierto, una que hice.
En un tiempo futuro,
dejaré claro con mayor precisión cuáles de las enseñanzas
que se encuentran en las escrituras
fueron dadas realmente por Mí;
muchas no lo fueron.
A través de este proceso,
clarificaré el sentido de esas enseñanzas,
devolviéndolas a su intención original.
“Pide y recibirás”, independientemente de lo que pides,
y también de que el acto de pedir
sea uno que quizá
sea realizado desde eso que, generalmente,
se entiende como “el inconsciente”.
La mente es profunda.
El pedir del cual hablo
es algo que fluye
de las profundidades de tu mente.

La intención de la creación,
que es el fluir, siempre presente, del Padre,
es utilizar ese pedir
como un mecanismo para enfocar dicho
movimiento de la vida hacia la forma.
El obstáculo, por supuesto,
es la separación ilusoria conocida
como “ego”.

Realmente nunca miras a otro,
pues no hay un “otro”.
Solo te ves a ti mismo.
Se te ha dicho muchas veces que
“ames a tu hermano como a ti mismo”.
Esto es porque tu hermano es tú mismo.
Al amarlo,
abrazas todos los aspectos del ego —
tu ilusión—
y puedes por tanto comenzar a renunciar a ellos.
A partir de esta comprensión crucial,
podemos proceder a comprender
Mi afirmación:
“Pide y recibirás”.

Al no estar separado de Dios,
todo lo que albergue tu mente como deseo,
es manifestado,
y lo experimentas al instante.

Puede parecerte que este no es el caso,
pero te aseguro que sí lo es.
La dificultad radica
en que insistes en creer
que tú eres solo este ser tridimensional
que experimentas a diario.

Eres mucho más que eso,
incluso en tu gran ilusión.

Lo que aquí estoy diciendo
es que la experiencia no tiene por qué ocurrir
bajo una forma física para poder ser válida.
“Mira a una mujer con lujuria
y ya habrás cometido adulterio
en tu corazón”.
Eso no debería tenerse como algo que se dice en sentido figurado.

En tal caso,
ya has experimentado el acto sexual,
por entero.

Desde luego,
esto es así
para todo deseo albergado en la mente,
desde el más pequeño,
hasta el más grandioso.
Por tanto,
lo que deseas es de la mayor importancia.

“Busca primero el Reino de Dios”
supone buscar la iluminación por encima de todo lo demás.
Esto no significa
que no puedan contemplarse otros pensamientos.
Siempre estarán,
hasta que el ego se disuelva.
Sin embargo,
al desear el Reino,
el Padre —
a través del Espíritu Santo—
transformará cada experiencia que tú crees
en el medio por el cual te despiertas.

No te equivoques con esto,
porque cuando se alberga como deseo primordial
la experiencia de Dios,
ella reside siempre más allá de los límites
de cualquier deseo basado en el ego.
Así,
el impulso de tu alma
es el de atravesar la experiencia limitada,
superando cada una de ellas,
cualquiera que sea.

Por esta razón
el buscador comienza a sentir
que toda su experiencia
es de cierto modo simbólica de algo
que reside más allá de sí misma.
Has descrito esto a otros
como un sentido creciente de transparencia.
Desde luego,
pues lo que crece haciéndose más transparente
parece estar perdiendo su
sentido
Afortunadamente,
está perdiendo su sentido limitado,
ya que fue concebido
en el limitado pensamiento del ego.

Al final,
nada te satisface.
Ahora el ego está sobre un suelo tembloroso,
pues su cimiento —
la separación—
no es sino el pensamiento limitado
sobre el cual se erige
todo el edificio de toda tu experiencia,
y dicho pensamiento se hace,
también,
transparente.
Experiencialmente,
esto es interpretado como muerte,
y muy literalmente lo es.

“Nacer de nuevo”
significa solo que la identificación con el ego
se desvanece.

Esto es, como es obvio, algo generalmente malentendido.
Es siempre el miedo a la propia muerte
lo que bloquea el reconocimiento del Reino.

Para aquellos quienes han estado inmersos
en las creencias distorsionadas
sobre mi misión de vida sobre la tierra,
me gustaría ofrecerles esta sugerencia:
Abandonad la esperanza de la salvación,
pues la habéis malentendido.
Tú —
identificado con tu pensamiento de un yo separado—
no serás salvado,
y no puedes ser salvado,
por Mí.
Tu desesperado deseo por esto mismo
crea la ilusión de la salvación,
pues siempre experimentas lo que deseas.
Pero para entrar en el Reino
el deseo debe nacer de la intención correcta.

Ahora bien,
“Pide y recibirás”,
es una afirmación sobre ese foco, a modo de láser,
de energía creativa,
que es la abundancia
de la mesa del Padre.

Pide, por tanto,
no por la salvación,
porque tus ideas sobre ella
están distorsionadas.
Pide, más bien,
despertar de cada último rastro de creencia
en que alguna vez habrías estado separado de Dios.
Esto enfocará el impulso de tu alma
hacia una intención correcta.
Como recibes lo que pides,
es esencial tener una cierta claridad de pensamiento.

Marc,
el pensamiento que recibiste
al respecto de Las cartas de Jeshua,
es muy válido.
Permite que llegue al ser.
Ten por seguro que te estaremos guiando con esto
a cada paso.

La etapa de tu propio proceso ahora
podría ser llamada “la etapa del permitir”.
Esta es alcanzada cuando todo intento de hacer algo en tu mundo,
o de manipular tu mundo,
ha fracasado por completo.
El fracaso, en tu mundo,
es una bendición del mayor orden,
pues marca el comienzo
del final de la ilusión.

Es por eso que te hemos contado
que todo el despliegue de las percepciones
albergadas en la consciencia del mundo
es diametralmente lo opuesto
a la Verdad del Reino.

El fracaso marca la rendición o entrega del ego,
y este fracaso es inevitable.
Todo éxito percibido
que radique en el ímpetu del ego
es temporal:
el fracaso es la única certeza.
Regocíjate por tanto
al reconocer tu fracaso.
Él señala el comienzo
de los últimos días de tu travesía
hacia la morada del Santo Padre.

Aquí, terminaremos.
Ve siempre con bendiciones,
pues tú eres el Hijo del Padre,
y eres amado por sobre todas las cosas.

Amén.

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Los acontecimientos de pocos meses atrás, han traído rápidos cambios. Cambios en las relaciones, en los objetivos, e incluso en las percepciones más elementales. El mundo parece de alguna manera diferente, aunque no pueda describir esta diferencia. Y aunque lo que más a menudo me ocurre es que intento seguir con las mismas viejas maneras de actuar, las comunicaciones con Jeshua claramente están removiendo esas arenas sobre las cuales reposa mi casa. Cuando los cimientos se mueven, entonces, necesariamente también se mueve todo lo demás.

Si tan solo pudiera estar solo… Si tan solo pudiera dejar de distraerme por un rato, quizás podría encontrarle sentido a todo esto. Sea lo que sea que esté ocurriendo, quizá todo podría acelerarse hacia alguna conclusión. En mi mente veo dibujado un nuevo lugar para vivir, un tranquilo y pacífico apartamento, que contribuya al trabajo interior que necesito realizar. Elijo tener este día para mí mismo. Nada de trabajo, ni quehaceres, ni recados, solo… ¡no estoy seguro!

Comienzo a conducir sin destino conocido. Es extraño, pues conducir —aunque solo sea a la esquina de al lado— no está en lo alto de mi lista de cosas divertidas a hacer. Siento que he de girar a la izquierda aquí, vale…, allá vamos, Marc, ¿ahora recto durante un tramo? ¿Por qué no? No, otro giro a la izquierda, y ahora sucede algo familiar, y sé que Jeshua está presente. Al hablarme, sugiriéndome que vaya a las montañas, veo el dibujo de una cascada. Encuentro todo esto bastante gracioso. Estoy en un atasco en toda regla, ¡escuchando a un “alguien” completamente invisible, y eligiendo seguir sus consejos! Ni pensar en contarle nada de esto a nadie por un tiempo.

Asumiendo que cualquier cascada valdrá, me dirijo a Spray Falls. Tengo algo así como una hora de conducción para llegar a esas mundialmente famosas ciudades de Buckley y Wilkerson, las “puertas de entrada” a la montaña Rainier. Para mí son un lugar de poder y transformación, un lugar de una suave belleza. En este momento del año no debería estar muy abarrotado el lago Mowich, donde comienza el sendero.

Ya en el camino forestal, continúo subiendo a la montaña, dando virajes al intentar evitar los baches. Repentinamente…, ¡una barrera en la carretera! Las nieves tempranas parece que ya han llegado al lago. ¡Tengo varias kilómetros ante mí, y la maldita carretera está cerrada!

“¡Lo sabía!”, le grito al cielo gris. “¡Sabía que todo era mi imaginación! ¿Qué estás haciendo, Marc? Está comenzando a nevar, olvidaste poner gasolina, ¡y estás aquí afuera persiguiendo quimeras!”.

Suspirando, pienso para mí mismo, “da igual, me daré un paseo”. Salto la barrera, y comienzo a caminar por la carretera mientras caen copos de nieve desde un cielo sin nada de viento, que tocan mis mejillas y mi nariz. No he recorrido más de diez metros cuando me interrumpe un débil ruido. Serpenteo hacia esa dirección y el ruido crece en amplitud. Es un sonido de agua corriendo. ¡Es el sonido de una cascada!

Momentáneamente avergonzado por mi falta de fe, rápidamente forcejeo para poder subir por la arbolada ladera, y al nivelarse el suelo un poco, comienzo a sentir euforia. Doy un vistazo a los elevados y ancianos cedros, siempre verdes, que desaparecen en el blanquear de la nieve que cae. Son tan bellos, y con su majestad hablan de poder y de sabiduría.

Ahora, he llegado. La suave caída de la cascada sobre unas brillantes rocas, se convierte en un arroyo que serpentea a través de la mullida tierra del bosque, alfombrada con el terciopelo del verde brillante de los musgos.

En cuclillas, mis ojos advierten una pequeña flor delicada, llena de nieve, con sus pétalos apenas discernibles del puro blanco de los copos que descansan encima.

Llega un sentimiento. Surge de un lugar profundamente adentro, y entonces es transformado en palabras no dirigidas a oídos humanos, que tan a menudo no pueden escuchar, sino a la Vida, a la Vida que reconoce la verdad de lo que es hablado:

Somos solo Uno. Mi paz te es dada.
Y te es dada, a ti, mas no como el mundo da.

Un gozo comienza a radiar hacia fuera, como arroyos de energía. Brota de las puntas de los dedos y hacia abajo atravesando mis pies hacia la tierra. De pie, miro hacia el cielo y grito: “Yo y Mi Padre somos Uno!”.

Hago piruetas, doy volteretas, y río bien alto. Abrazo los árboles, el musgo y la flor, y abro mi boca a la nieve cayendo. Llego a tocar una sagrada intimidad.

Tras algún tiempo, aunque no tengo ni idea de cuánto, es como si los árboles hablaran: “Ahora es el momento de dejarlo”. Salgo del bosque, regreso a la furgoneta y comienzo a bajar de la montaña.

Oigo algo con la máxima claridad, y que resuena todo a través mío, desde los oídos hasta los dedos de los pies, de modo que me giro para mirar, esperando encontrarlo a Él sentado en el asiento del pasajero, e incluso llego a frenar de golpe.

Tu apartamento te espera.

Igual de abruptamente, ese curioso sentimiento abandona mis células; una luz líquida, retirándose, como una ola de la línea de costa. Estoy de nuevo yo solo, sentado en mi furgoneta, en este camino forestal. La carretera serpentea hacia abajo llevándome de vuelta al mundo, al único que parece tan real, aunque —si considero lo que Jeshua me está enseñando— ¿hay algo real?

El conflicto llega a mi ser, pues mi mente se pone a luchar contra sí misma por un momento, pero enseguida se disuelve cuando un pensamiento completamente nuevo emerge: quizá esta carretera no vaya de vuelta al mundo, sino a través de él. ¿Hacia qué?

Mis pies cambian lentamente de posarse en el freno al acelerador.

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Teniendo aún reciente la experiencia extática por la que acababa de pasar, decido confiar en la afirmación sobre mi apartamento, y actúo en base a ella.

“Hola, Kendra”. Nos abrazamos en la entrada, me quito el abrigo y nos sentamos en la cocina.

“Bueno, es extraño, ¿dónde te has metido?”, pregunta, mientras nos acomodamos en nuestras sillas.

Quizás, si fuera cualquier otra persona, no le contaría mi experiencia en las montañas. Gracias, Dios, por este maravilloso ser humano que sabe todo lo que se puede saber sobre mí, ¡y que aún me ama! Procedo a contarle todo lo acontecido, especialmente la parte sobre el apartamento que me espera.

“Y bien, ¿qué crees que significa?”, pregunta, pero su sonrisa dice algo más, algo como: “haz tu elección, Marc. Creas o no en ello.”

En ese instante, sé que mi amiga me está incitando, ayudando, apoyando. Los profesores están por todo nuestro alrededor, constantemente.

“No creo que signifique nada si no lo vivo. Así que vamos a hacer una prueba. ¿Dónde está el periódico? Si el apartamento está disponible, lo encontraré ahí”. Pero estoy nervioso, pues, ¿y si no lo está?

Kendra trae el periódico, entonces se lía en la cocina mientras subrayo anuncios y comienzo a hacer llamadas a todo el se ajuste a una descripción que me suene ni remotamente atractiva. Varias llamadas después, la depresión comienza a establecerse, o —como muy poco—, mi vieja conocida, la duda. He rastreado el periódico varias veces, muy sistemáticamente. Simplemente, no está ocurriendo.

Finalmente veo un anuncio. El apartamento está cerca de un especial vecindario, en el que una vez viví. El precio es mucho mayor de lo que puedo pagar. “Creo que iré a echar un vistazo a este”.

Una hora más tarde estoy de vuelta, un poco abatido. No estaba en el lugar correcto. Repentinamente me pillo otra vez a mí mismo. No, no voy a encogerme de hombros, ni voy a concluir que tengo una imaginación muy vívida, y que voy a olvidarme de todo. Yo escuché esa voz muy claramente.

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“Kendra, esto es exasperante. En fin, ¿por qué estoy experimentando esto?”

“Nunca lo hacen fácil, ¿no?”, responde gentilmente, refiriéndose a esos guías invisibles que están más allá de nosotros.

“¡Dame el periódico de nuevo!” Prácticamente se lo arranco de la mano y de nuevo voy a la sección de clasificados. Paso por la primera página, luego la segunda, la tercera, y finalmente la cuarta. Mis ojos se detienen, mi respiración también. Hay un pequeño anuncio, atrapado entre dos a los que previamente ya había llamado.

Para alquilar. Gran habitación.
Vistas al mar. Disponible dic. 1

No puedo creer que no lo haya visto antes. Tiene que haber estado ahí, y no lo vi.

“Hola, llamo por lo del apartamento en alquiler”.

“Lo voy a enseñar a las 4 p.m. La mujer parece bastante segura de quedárselo, pero si quieres echarle un vistazo, siéntete libre para pasarte.”

“Allí estaré. ¿Cuál es la dirección?”.

“Marc, ¡estás radiante! ¿Qué pasa?” Kendra pregunta, al pasarme el abrigo.

“El apartamento está a una manzana de aquel que tuve en North End, tras regresar de la universidad. Las mismas vistas a Commencement Bay, la misma paz y tranquilidad. ¡Mi lugar favorito para vivir!”

“Oh, Dios, tengo esos escalofríos de nuevo, ¡Marc! ¡Es tuyo!”.

Por un momento mi lado racional retoma el control. Después de todo, todo lo que podría estar es claramente de acuerdo con ella, ¿no? ¿Y qué si no sucede? Entonces, no muy dispuesto a correr ese riesgo, respondo con desinterés: “hay otra persona antes para mirarlo. Supongo que si ella lo toma, será que no tenía que ser”. Con esto, al menos me he permitido a mí mismo un fallo.

La inclinación de la cabeza de Kendra y la mirada en sus ojos parecen decir: “Sabes condenadamente bien que es tuyo”. Me ha pillado, de nuevo. ¿Para qué son si no los buenos amigos?

Llego justo cuando la mujer que estaba antes baja por las escaleras. “Déjame pensármelo, y te llamaré mañana”, le va diciendo bien alto a la casera. Viéndome, sonríe y dice, “Ahora, tú no vayas y lo alquiles justo ahora, ¿vale?”.

Apenas lo miro, ni siquiera visito el baño o la habitación. Contemplo las vistas, las luces sobre el agua, los cargueros descansando en el muelle tranquilo. Y más importante, lo siento. Es él. ¿Qué te parece? ¡Estaba esperándome!

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22 de noviembre, 1987

Son las 3 a.m —3:22 para ser exactos. Estoy, o estaba, durmiendo profundamente. Según comienzo a revolverme con inquietud, me despierta aún más una gentilmente voz que, esta vez, llega con un cierta sensación de insistencia.

Marc, levanta y escribe.

“Mierda”, es lo único que pienso. Son las 3:30 de la mañana, y nadie se levanta a esa hora porque alguna voz le sugiera que lo haga.

Marc, levántate y escribe.
La comunicación fluirá
con gran facilidad esta vez.

Vale, vale. De todas formas ya estoy, aunque de mala gana, despierto.

“Mmm”, me digo a mí mismo mientras me siento con un bolígrafo en la mano, “si siempre va a ser así, tengo que recordarme perder mis gafas”. La próxima vez será.


Ahora, comenzamos.

No creas que puedes dirigir el flujo de tu vida
desde el punto de vista de tu mente consciente.
No fue diseñada con esa capacidad,
porque su propósito no está ahí.
Te pediría que aceptaras plenamente
que la mente está diseñada no para ser directora,
sino servidora.

¿Servidora de qué?
Del flujo de tu vida,
de ese misterioso movimiento de la Vida a través de ti.
Este es el movimiento
que nace
del Padre
y que es algo a ser representado y sancionado
por el Hijo
que participa en la Reconciliación.

No puede ser controlado,
pues el concepto de control —
incluso la mera necesidad de control—
es algo que nace tras enredarse
en la ilusión de la Separación.
Pues, ¿qué querrías controlar sino aquello en lo que desconfías?

Quédate por un momento con esto,
y luego continuaremos.
Me gustaría referirme
a tu experiencia de ayer en esas montañas
que estás llegando a amar tan sinceramente.
Primero,
¿no está claro
que ya has superado el reconocimiento
de que solo hay una Mente?
Pues las palabras que el mundo ha juzgado
que Me pertenecen solo a Mí,
como el hijo unigénito del Padre,
brotan de ti sin ningún sentido de separación.
Fuiste, de hecho,
la mente que pronunció esas palabras.

Para aclararlo:
en ese momento
elegiste permitir
que la verdadera herencia de tu ser
fuera vivida conscientemente,
ese nivel de la Mente
que es pleno, completo,
“…de una sola sustancia con el Padre”.

Este nivel es el único
que puede decirse que posea Realidad.
Cualquier otro es una ilusión,
nacida de la elección que es inherente
a la pura fantasía de la Separación.
Es precisamente hacia este reconocimiento
hacia donde los niños de Dios serán dirigidos.
El Hijo es una sola Mente.
Responde al estímulo de los pensamientos del Padre,
que es creativo,
y que representa y sanciona este pensamiento,
creando en expresa imagen del Padre.
Pues imagen es la forma
del santo pensamiento del Padre.

No obstante querría añadir
que lo que estamos llamando aquí
el “santo pensamiento” del Padre
es sin imagen;
no es más que el fluir de la vida,
la matriz de la cual
el Hijo extrae el impulso para Su obra.
Esa matriz puede ser descrita como Amor Incondicional.
Así,
cuando una mente es despertada
a la verdad de su identidad,
su representación creativa es siempre amorosa.
Sus creaciones hacen imagen de lo que el Padre es,
proveyendo de una oportunidad para que aquellos cuyas mentes
están intrínsecamente asociadas a la esclavitud de la ilusión,
sean testigos de la imagen de lo únicamente Real.
Cuando el Amor hecho visible es atestiguado,
puede ser reconocido,
y se realiza un movimiento hacia la iluminación,
sin esfuerzo.

Podríamos decir
que la mente se ve tocada y, por un instante —
por fugaz que sea—,
reconoce el más alto bien que está disponible para ella.
Por este motivo
cada acto de amor es algo a ser apreciado.

Todas las mentes son canales para el amor,
en el grado en que elijan estar despiertas.
Las mentes de la humanidad
están intoxicadas con amor.
Anhelan el amor
porque la Verdad de quienes son,
y lo único que es Real,
está necesariamente dentro de ellas.

El Hijo despierto
meramente representa y sanciona el movimiento de la Vida,
que es el Amor procedente del Padre,
por el bien de aquellos que permanecen dormidos.
Los niños de Dios son solo en verdad
aspectos del único Hijo unigénito.

Así,
todo amor representado es amor a uno mismo,
pues,
tal y como has comenzado a reconocer,
todos somos guardianes de nuestros hermanos,
debido a la simple verdad
de que somos nuestro hermano.

Cuando esto se ve desde la perspectiva ilusoria
de la Separación,
es inconcebible.
Cuando se ve desde la perspectiva
de la Realidad,
es el más obvio,
y más simple,
de los hechos.
En realidad concibes muy acertadamente —
aunque sea experimentando amor
en un momento de relación
con una flor cubierta de nieve—
que, cuando todos los niños de Dios
se permitan pronunciar,
sin una sola traza de resistencia,
o de autoconsciencia,
una sola afirmación,
la Reconciliación será completada,
en la tierra así como en el cielo.
Y la afirmación es esta:
“Yo y Mi Padre somos Uno”.

Ahora, Marc,
regresa a tu sueño.
Pero reconoce que está rápidamente llegando
ese día en el cual el sueño ya no se dará más,
ese día…, que llega rápidamente a la mente
del único Hijo unigénito
a medida que representa sobre vuestra amada tierra
el único pensamiento del Santo Padre.

Reconoce, también,
que tú eres el amado Hijo,
“en quien estoy muy complacido”.
Eres siempre bendito.
Solo necesitas estirar tus brazos
con las palmas de las manos abiertas y elevadas,
y la abundancia de la mesa del Padre
te será otorgada.
Se trata simplemente de permitir
que el reconocimiento sea manifestado.

Mis bendiciones sobre ti.

Amén.

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