4. Las cartas de Jeshua. Capítulo 4. Jayem (y Jeshua)   Leave a comment

imagen corazón en círculo[— Para más información, ver índice de entradas, puntos 6 y 2G
— Este es el texto donde Jayem expone los comienzos de su aventura con Jeshua, y por tanto se nos familiariza bella y amenamente con su historia y con sus problemas como canal y como persona. También contiene palabras de Jeshua en comunión con Jayem.
— Este libro (Las cartas de Jeshua) puede servirnos como introductorio a La vía de la maestría, cuyo primer libro, La vía del corazón, ya he traducido para el blog. Este último texto, La vía del corazón, es un camino diseñado por Jeshua en comunión con Jayem para el “despertar espiritual”, en tres libros, con más o menos 12 lecciones cada uno, y que han de seguirse mes a mes de la manera indicada en las sugerencias para el estudio del propio Jeshua.]

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Las cartas de Jeshua

(un singular encuentro con Jeshua (Jesús))
Jayem

Capítulo 4

No hay nada,
absolutamente nada,
que puedas crear
y que no sea una expresión
de tu anhelo por despertar.

9 de diciembre, 1987

Así que aquí estoy, en mi apartamento. Es sencillamente perfecto. ¡Hasta desde la cocina puedo mirar por encima de los tejados y llegar a ver Commencement Bay, sin tener que parar de lavar la vajilla! Durante la pasada semana he disfrutado viniendo a casa por la noche para contemplar el puerto, sentado en mi única silla pegada a la ventana del comedor. Este fin de semana buscaré un sofá bien viejo y raído, de los antiguos de brazos grandes y sobrecargados, y con grandes respaldos barrigudos y patas de madera talladas a mano. Aunque ahora que estoy acostumbrado a esta simplicidad, el espacio va a parecerme demasiado atiborrado.

Acunándome suavemente adelante y hacia atrás, sorbiendo de la tranquila calma, apenas noto el atardecer a medida que la luz se escabulle en la noche, disolviendo las fronteras entre el agua y el remolcador, entre tierra y cielo.

Sí, siento que comienza la vibración. Ya no me asusta, pues sé que solo seguirá hasta que la identifique, como si alguien golpeara en la puerta primero suavemente, para luego hacerlo más y más fuerte hasta que la llamada es respondida. Prefiero la suavidad, así que con indiferencia tomo papel y bolígrafo de la encimera que hay cerca, y regreso a mi mecedora.

Ahora, comenzamos.

Hola Marc.

“¡Hola, Jeshua!”.

Gracias por permitirme
esta comunicación contigo.
Primero quiero contarte mis sentimientos
al respecto de tu actual estatus vital.
Creo que sabes a lo que me refiero.

“Bueno, si no lo sé, ¡estoy seguro de que me quedará claro!”.

Sí, así será.
Tu duda acerca de la validez
de la experiencia conmigo,
solo identifica claramente el grado
en el cual estás todavía dominado
por tu creencia en la Separación.
Pues dudar de este proceso de comunicación
es negar tu propia realidad experiencial o —
para decirlo sin rodeos—
rechazar tu propia existencia.
Pues negar una parte, es negar el todo.
La relevancia de esto es enorme.

“¿Por qué?”.

Simplemente porque conlleva rechazar
tu propia Filiación.
¿Lo ves?
La iluminación es algo temible considerada desde donde estás,
porque reconoces que no existe la posibilidad de estar
“parcialmente” iluminado.
O bien se vive en la oscuridad, o bien en la luz.
Y cualquier otra perspectiva
radica meramente en el deseo del ego
de validar la actual forma de existencia
que —
desde mi perspectiva—
es meramente inexistencia —
pues su valor queda reducido a virtualmente ninguno,
cuando es sopesado frente al valor
de vivir como el Hijo.

Vengo con fuego y con una espada”.
Esas palabras las pronuncié realmente,
y para enfatizar que mi propósito era,
y es,
el de amputar ese obsesivo lazo
que la consciencia humana
tiene con la ilusión.
Como ya sabes,
el símbolo del fuego siempre ha expresado la transformación.
Se trata de la incineración de cosas
para crear espacio para lo nuevo.
La espada parte aquello que golpea.
Separa un todo en partes,
y detiene eficazmente a quienquiera que sea atajado por ella.

“Jeshua, algunas veces —incluso ahora que me doy prisa para poder escribir estas palabras— siento miedo sobre todo esto. ¿Por qué?”.

Es una buena pregunta, Marc.
¿Por qué sientes miedo de esto?
He dado un indicio sobre la dirección de la respuesta,
pero te das cuenta de que eres tú
quien debe remediar esta situación.
El acto definitivo de responsabilidad
es el de responder realmente a tu propio acto inicial creativo —
separación del Santo Padre—
y rectificarlo.
Te he contado antes que esto
se logra al permitir.

Ahora bien,
si el permitir
es lo que restituye el Hijo al Padre,
¿no será solo la resistencia
lo que alimenta la creencia en la separación?

“De cierto modo, parece ser justo así”.

Como necesariamente lo es.

Marc,
te has traído a ti mismo a este lugar
como respuesta a limitaciones que has percibido
que te han sido impuestas desde lo que reside fuera de ti.
No obstante, reconoces plenamente
que no hay nada fuera de ti
que tenga poder para limitarte
sin tu permiso para que lo haga.

La única preocupación con esto es:
¿cómo responderás a lo que has creado?

Te contaré esto: no hay nada,
absolutamente nada,
que puedas crear
y que no sea la expresión
de tu anhelo por despertar.
Ni puede jamás haber una creación tuya
que no contenga dentro de sí
la joya de tu iluminación.

Permitir es siempre la clave,
el silencio es la puerta de entrada.
Mi ofrecimiento para ti en esta noche
es que recuerdes el propósito de tu alma
al venir aquí.

Has creado deliberadamente
un entorno de silencio.
Todo ello lo ha sido armado por ti y para ti,
pues sabes qué es lo importante,
lo supremamente importante.

¿No querrás usar la llave que has descubierto,
ahora que reconoces que estás ante la puerta de entrada?

“Llama a la puerta y te será abierta”.
Desde luego, lo será.
Llamar a la puerta,
con la actitud de un claro reconocimiento
de la creación propia,
es expresar
el poder de la intención
para entrar en el Reino.
Esta entrada es meramente un cambio de posición,
la asunción de una nueva “actitud”.
Es la diferencia
entre Luz y oscuridad,
entre Realidad e ilusión, entre —digamos—
Ser y no-ser.

Nunca me verás consentir
a tu insistencia en la ilusión
para meramente pacificar tu ego.
Eso sería hacerte el más flaco de los servicios.

Ahora me voy,
pero siempre permanezco contigo.
Soy,
aunque no soy sino tú.
En silencio,
has venido para escucharme.
En silencio,
vendrás a conocerme.
Escucha bien,
pues yo soy tu propio yo más elevado.
Soy el Ser, el Yo de todo.
Soy el Cristo,
el único unigénito del Padre,
y eso es lo que tú eres, siempre.

Recuerda, permite.

Bendiciones sobre vosotros.

Amén.

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17 de diciembre, 1987


Este ha sido uno de esos días… bien liados, ¡demasiadas cosas! El tipo de día “vaya, me olvidé de comer, pero bueno, ¿quién tiene tiempo ahora?”. De vuelta, en el tráfico del final de la tarde, acelero para pasar un semáforo que justo va a ponerse en rojo, y corro a toda la velocidad hacia las ventanillas que hay en el carril de servicio del banco, pues van a cerrar. Sonrío suplicante al cajero que se detiene un momento agarrando la persiana de cierre, y entonces me devuelve la sonrisa sacando la bandeja de metal para poder usarla.

De vuelta en la carretera, estoy a medio camino de casa —aún serpenteando por el tráfico— cuando me doy cuenta de que estaría bien suavizar un poco la marcha. Noto que mi respiración es rápida y corta, relajo deliberadamente mi abdomen, me enfoco en permitir que mi respiración encuentre de forma natural un ritmo más profundo y suave. Mi pie afloja un poco el acelerador, y me torno consciente de mis alrededores; el anciano que camina lento por la acera, las hojas que caen a la calle danzando suavemente en la brisa, algunos veleros en el puerto.

Esta vez no hay aviso de su presencia, a no ser que haya estado demasiado agitado como para notarla.

Marc, toma tu Biblia, y mira en Mateo 7:5-8.

Me asusto y miro a mi alrededor, reaccionando a esta sugerencia como si temiera que alguien pudiera haberlo notado. Junto a las palabras me viene la imagen de mi Biblia, abierta sobre una mesa. Todas las palabras de las páginas abiertas están en rojo, señalando que esas eran palabras atribuidas a Jesús.

“Correcto”, pienso para mí mismo. “Ahora bien, ¿de dónde vino eso?”. Siento las familiares emociones de resistencia y de miedo sutil. Realmente no quiero tener que lidiar con todo esto. ¿Es que no puedo simplemente irme a casa a ver la televisión, o a hacer algo igualmente mundano y normal? No tengo televisión, así que quizás sea ahora el momento apropiado para comprar una.

“Aunque abriera mi Biblia, seguro que todos esos versículos estarían en negro, ¡ja!”.

Una vez en casa, inmediatamente me ocupo de cosas superimportantes, como poner al día el registro de mis gastos, limpiar el polvo (probablemente la primera vez que esto ha sido prioritario en toda mi vida), e incluso pasar la aspiradora.

Habiendo completado todos estos quehaceres tan “críticos”, me relajo y comienzo a practicar alguna postura suave, fluida, de yoga, y solo por tener el gozo de sentir mi cuerpo moverse y estirarse, respirando regular y profundamente, deleitándome cuando parecen disolverse el estrés y la fatiga del día.

Me he olvidado de la sugerencia de Jeshua de forma efectiva, y entonces mis ojos caen sobre mi Biblia, cubierta de polvo, medio enterrada entre oscuros libros y papeles en el estante más bajo de mi estantería. Si mi cara no hubiera estado en el suelo no habría sido capaz de verla en absoluto.

“Maldita sea, allá que vamos, otra vez”. Ese sentimiento tan familiar se hace presente de nuevo. Saco mi Biblia de su tumba —¿cuándo fue la última vez que la abrí?— y la hojeo con indecisión hasta que encuentro el Capítulo 7 de Mateo, versículos 5 a 8, y leo:

“Hipócrita, saca primero la viga de tu ojo, y entonces podrás ver para sacar la brizna del ojo de tu hermano.
No deis a los perros lo santo, ni echéis vuestras perlas delante de los puercos, no sea que las pisoteen con sus patas, y después, volviéndose, os despedacen.
Pedid y se os dará; buscada y hallaréis; llamad y se os abrirá. Porque todo el que pide recibe; el que busca halla; y al que llama, se le abrirá.”

En ambas páginas, cada palabra de cada versículo, está marcada en rojo. Y entonces, su voz familiar:

Ahora, comenzamos.

Marc, esos cuatro versículos deberían leerse juntos;
son muy importantes para el
despertar de la consciencia.
¿Eres consciente de lo que es esa viga?

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Al contemplarlo, primero veo un tronco, o algo muy sólido metido en el ojo de alguien, bloqueando su visión. Pero la imagen no se percibe muy bien. Entonces cambia y veo como un rayo [viga y rayo se dicen igual en inglés: beam] emitido desde los ojos hacia otra figura. El rayo es multicolor. Siento como si hubiera captado algo.

“Se trata de la visión de otra persona. Es, mmm…”, no encuentro palabras.

Es juicio, Marc.
Es el juicio lo que primero debe ser retirado,
pues él es tu única imperfección.
Con él, tu comportamiento hacia tu hermano
será necesariamente un intento de salvarlo
de acuerdo a tus propias consideraciones egocéntricas.

Sin embargo,
solo el Amor puede efectuar un cambio significativo.
No puede existir el Amor
donde ya hay juicio,
pues el juicio es la negación del amor.
El versículo seis es casi siempre concebido
mediante los ojos del juicio.
“Perros” y “puercos” son algo que se evalúa como menos valioso.
Pero no es así.
Representan la consciencia no despierta.
Ellos “pisotean” la sabiduría por su ignorancia inocente,
“despedazándote” con todo lo que saben:
los egos usan a otros egos.
Eso es todo lo que saben hacer.

Nunca es responsabilidad tuya
el arrojar tu sabiduría ante los dormidos,
sino el seguir las claves de los versículos siete y ocho:
da cuando se pida,
pues sin pedir,
la sabiduría no tiene un espacio donde ser recibida.

Antes de ayudar a tu hermano,
“Pide, y se te darán”
los pasos a seguir.

No razones sobre lo que oigas,
pues lo que estás oyendo
es la voz del Padre,
dada a través del Espíritu Santo.
no puedes saber lo que tu hermano requiere,
aunque tu juicio te conducirá
a creer que sí.
¿Cómo esto puede ser aplicado en tu vida?
Recapacita sobre ello.

Bendiciones sobre ti.

Amén.


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18 de diciembre, 1987

He acabado con la ligera cena, y ya tarde, paladeo el pensamiento de simplemente sentarme en mi mecedora y mirar hacia el puerto, contemplando los barcos y los últimos rastros del crepúsculo que da paso a la noche, bebiendo a sorbitos una taza de chocolate caliente, como si esta fuera la única experiencia que habría de tenerse en cualquier lugar de este universo. No será esta noche.

Hola, Marc.

Me detengo y saboreo el sentimiento que llega con Su presencia. Una paz sublime.

Encontrarás un poco difícil escribir
con los ojos cerrados.

De mala gana los abro, temiendo por un instante perder la conexión. No es así.

Ahora, comenzamos.

¿Qué distancias han sido cubiertas?
¿Qué caminos han sido recorridos?
¿Cuántas vidas en un abrir y cerrar de ojos?

Pues ciertamente, te digo,
que cuando el alma se revuelve en sus primeros despertares de su largo dormitar,
comienza un movimiento que ya nunca será negado.
De esto ya te he hablado.
No vamos a tratarlo más aquí.

Aquello a lo que sí nos referiremos nos llega ahora
como un reflejo de los tiempos presentes,
y del momento aún por venir,
pronto, en tu estimación del paso de los acontecimientos.
Pues quiero que sepas esto:
el futuro es una tendencia que descansa en la elección presente.
Y no en la elección de las cosas creídas o vistas,
sino en la del sentimiento
al que se le permita penetrar en el corazón.

Escúchame bien:
esa paz que sobrepasa todo entendimiento
se hará inevitablemente manifiesta
como paz visible
sobre la faz de la tierra.
Los esfuerzos por la paz
aunque sean vistos por los ojos de vuestro mundo
como nobles,
no llevan a ningún lado si no hay primero paz
en el corazón de aquel que querría actuar.

Por tanto,
“busca primero el Reino de Dios y Su Virtud,
y todas esas cosas se darán por añadidura”.
El mundo no ha escuchado aún esas palabras,
dichas por mí ante él,
aunque yo las oí de los labios
de un Maestro que ambos hemos conocido.
Sabes de quién hablo.

Querido amigo,
la tendencia de la que hablo
es esa conocida como agitación,
conocida como trabajo,
pues está cerca el momento
en que la tierra ya no esperará
mucho más a que el hijo del hombre despierte.

Aquellos cuyos corazones se revuelven, y comienzan a trascender
los límites de la mediocridad social,
aún no escuchan lo suficientemente profundo.
Pues el camino es fácil,
y la carga ligera.

Desea el Reino por encima de todo.
Entonces,
permite el reconocimiento
de que tú eres ese Reino
que ha de ser recordado.
De ese modo,
descansa en la paz
que por siempre sobrepasa todo entendimiento.
Aquí está el corazón de todos los evangelios.
¿Y qué entendimiento es sobrepasado
salvo el mundano?

No confíes en quienes vean el día en la oscuridad de la noche.
Pues lo que afirmen de una cosa,
no será así.
Y lo que sí es,
no lo saben.
Ni lo preguntan,
pues la pregunta aún no ha nacido en ellos.

No escuches a quienes hablan
pero no saben lo que dicen.
Escucha solo la voz del Padre,
quien te habla mediante el Reconfortador.
Él es escuchado solo cuando te aquietas.
Solo cuando estás en silencio.

¿Está acaso la Vía poco clara?
Desea, permite, descansa.
Pues en el silencio está el perfecto descanso,
y aquí suena la voz
del Reconfortador,
siempre tan apenas audible,
como gotas que repiquetean contra un vaso de cristal.
Reside ciertamente ahí,
y solo ahí.

Querido hermano,
venimos porque te amamos.
Eres todo lo que el Padre te ha hecho ser.
Un pensamiento, completo.
Por tanto,
sé eso que tú eres,
y tú eres la Luz del mundo.

¿De qué ha valido tu sufrimiento?
Una mera experiencia momentánea,
una fantasía repentina.
No te ha alimentado,
sino con la ilusión del sustento.

El sufrimiento no es sino la persistencia de la Separación;
la acogida de tu único pensamiento propio.
Es tiempo de renunciar a tu percepción.
Al hacerlo,
y esto te lo prometo,
yo —que soy el único unigénito del Padre—
disolveré ese pensamiento en la luminosidad
de una Luz inconcebible:
la Luz que tú eres.
Y será como si el pensamiento nunca hubiera existido.

Aquí reside el significado de unas palabras
a menudo leídas,
pero raramente entendidas:
“Yo soy el Camino, la Verdad, y la Vida,
y nadie viene al Padre
sino a través Mío”.
Aquellos que quieran compartir Mi visión
no tienen más que un deber:
elegir,
plenamente,
descansar en la paz que ya son.
No ansiando el mundo,
sino reservando antes un espacio para
el Reino del bendito Padre,
sirviendo a Dios, mas no mediante el hacer,
sino amando la presencia del Reino
por encima de todas las fantasías imaginadas,
sobre lo que el mundo es.

“Pues si el hombre ama ni lo más mínimamente el mundo,
el amor del Padre ya no se encuentra en él”.
¿Cuántos se atreven a aceptar esta simple verdad?
Esta es la clave,
dada gratuitamente a cualquier que quiera pasar a través
del ojo de la aguja.

Te amo.
¿Puedo hacer otra cosa que amar aquello que YO SOY?
Aunque hay quien no lo ve,
el resplandor de tu gloria brilla ante Mí.
No veo otra cosa que a Mí Mismo,
el Hijo de Dios.

Mira con esos ojos, y solamente con ellos.
En ello reside la salvación del mundo.
Bendiciones, Marc.
Querido mío, el momento está próximo.
Ve,
en amor,
y no temas.

Amén.

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20 de diciembre, 1987

Ahora, comenzamos.

Marc, te pediría que abrieras de nuevo tu Biblia,
y te guiaremos hacia aquellas palabras
que más necesites escuchar ahora.

Voy hacia mi librería, agarro mi Biblia (Dios, dos veces en solo unos pocos días; ¡a mi madre le daría un telele!) y me siento.

“Bueno”, pienso para mí mismo, “¿qué diablos se supone que voy a leer esta vez?” No, esta no es la actitud apropiada, sino solo la de renunciar a toda expectativa. Pronto me calmo, y entonces:

Dirígete a Marcos 4:9 y comienza a leer.

De nuevo está todo en rojo. ¿Estas “coincidencias” van a acabar alguna vez? ¿No puede haber algún error en alguna parte del mensaje? Quiero decir, me estoy empezando a dar cuenta de que aquí está pasando algo gordo, y si no encuentro la manera de explicarlo voy a tener que hacer algo con ello. ¿Y por qué esta idea siempre me da escalofríos de pavor?

“Y añadió: quien tenga oídos para oír, que oiga.
A vosotros se os ha concedido el misterio del Reino de…”

Siento un repentino impulso vital, como un pico de energía elevándose de golpe por mi columna.

Marc,
recuerda siempre esas palabras,
y las dudas sobre tu travesía no te vencerán.
Ahora, dirígete a Juan 5:10.

Comienzo a leer un relato sobre cómo Jesús sanó a un hombre en el sábado judío, y cómo los judíos deseaban matarlo, pues no solo había quebrantado una ley, sino que había reclamado su igualdad con Dios.

Continúo leyendo hasta que llego al versículo 23:

“para que todos honren al Hijo, como honran al Padre
El que no honra al Hijo no honra al Padre que lo ha enviado”.

Ahora te pido muy fuertemente tu atención,
al hablarte sobre esta enseñanza.
Para que aquellos que construyen sus templos
y entran ahí
solo para hacer plegarias
a una imagen Mía
creada en las mentes del hombre,
y pensando que con ello “honran al Hijo”,
reconozcan claramente que no lo honran.

El Hijo es uno,
sin un segundo.
¿Qué significa esto?

No soy yo el Hijo,
y tú un “segundo” que deba ser salvado.
No estoy por encima de ti.
Soy el Hijo
como tú lo eres.
Pues el Hijo mora en el corazón de todo,
ya sea en este universo ya sea en otro.
Ilimitado,
sin fronteras.
¿Cómo, entonces,
puedes honrarme,
sin honrar al Hijo
en ti mismo,
al Hijo que tú eres?

Hay una gran verdad
en lo dado por los profetas de tus tierras del oriente,
aquellos que familiarmente se llaman “Brahman-Atman”.
Y es simplemente que el espíritu
que mora en el corazón del hombre —
que es espíritu
antes de la identificación con ilusiones—
es el único espíritu que mora en toda vida:
Brahman, o Dios el Padre.

La honra, por tanto,
primero deber serle dada al Hijo
que mora en el propio corazón de uno.
Es solo haciendo eso
como puedes quizá alguna vez honrarme.
Solo en este sentido,
honrarme es honrar a Aquel que me ha enviado a ti,
de forma paralela a como Él os ha enviado —
a cada uno de vosotros—
para expresar la plenitud
del Amor que Él es.

Y si el Hijo no estuviera ya morando en todas las cosas,
no os habría dicho:
“Parte madera, y ahí estoy.
Agarra una roca,
y ahí también Me encontrarás”.

Ver dentro del corazón de todas las cosas
es contemplar el esplendor
del Hijo.

En esto se reconoce el misterio del Reino.
Mirad que siempre estoy con vosotros,
pues no somos sino Uno,
el único Hijo unigénito.

Esto es suficiente por hoy.
Estoy contento de que estés entregando
tus resistencias contra Mí.
Con esto crecerás hacia una paz
que solo vagamente has podido imaginar,
y, tu imaginación,
no es sino una sombra de la remembranza
de esa Luz,
de la cual has brotado hacia todas tus travesías.

El Hijo Pródigo es cada alma,
es el Hijo ocultado en su elección
de olvidar quién es,
para poder soñar un sueño que sucede
en un solo instante.

Así, también,
el despertar del Sueño
no supone un mayor esfuerzo
que el de abrir tus ojos.

Permite que los ojos del Hijo,
dados a cada uno,
sean ahora abiertos.

Amén.

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22 de diciembre, 1987.


Ahora, comenzamos.

Aquí hablaremos contigo
sobre la gloria
que está por verse en el plano terrestre.
Pues como ha sido escrito,
así será.

Y en esos días
nacerá de los cielos
un sonido desconocido para los oídos mortales,
aunque instantáneamente reconocido
por el alma del hombre.
Es el sonido de la voz del Reconfortador,
señalando el final del mundo,
aunque no de la tierra,
ni del espacio y el tiempo.
Pues el final del mundo
no es el final de la creación,
sino su cumplimiento.

Con ello será atestiguado en cada corazón
el despertar del Único Hijo,
disipando la oscuridad de la Separación.

Esto es lo que te digo:
eso sucederá en el transcurso
de tu última encarnación,
que es esta que ahora vives,
sobre esta tu querida tierra.
Habrá “llantos y rechinar de dientes”.

No todo el mundo desea el regreso de la Luz.
No todos desean el despertar del Hijo.
Estos tendrán sus dificultades
aunque estén acunados amorosamente en el abrazo del Padre,
que es un padre sabio,
esperando a que el sueño de Su hijo acabe,
pero sin llegar por ello a perturbarlo.
Tal es la cualidad del Amor Incondicional.

No se ha visto sobre la tierra una Luz como la que vendrá.
Pues los ojos del hombre la verán salir
de todos lados.
Los durmientes serán despertados antes de que los ojos rebosen,
y los atareados serán calmados,
pues será reconocida primero en el alma.

Apresúrate entonces por ir al campo
pues la tierra se estremecerá
según la Luz alborea en la mirada del hombre.
Regocíjate,
y ten un rebosante júbilo,
pues el Día del Señor estará ahí.
Ya que el “Día del Señor”
es el despertar del Hijo
en el alma de todos aquellos
que diligentemente buscan el Reino
del Santo Padre.
Aquellos que no lo buscan
no lo encontrarán.

Marc,
te brindo oleadas de gozo.
Lo que te cuento es profecía.
Compártelo.
Pues, ¿no es tarea del mensajero
compartir su mensaje?

Todo lo que eres, lo has elegido ser:
verdaderamente,
un mensajero del corazón.
No temas las mentes de otros,
pues con esto que compartimos comienza su iluminación,
o bien se profundiza.

Vive la verdad que conoces,
y conocerás la libertad que buscas.
No esperes a nadie.

¿No es acaso el momento de entregar
el último rastro tembloroso de tu sueño?
¿Querrías quedarte con una gota de agua
cuando por todos lados te rodea un vasto océano?
Ven a casa conmigo, querido.
Verdaderamente,
ven a casa.

Descansa ahora.
Diariamente vendremos a ti,
pues ahora aceleramos nuestro paso,
y hay mucho aún que establecer.
Sé aquello que el Padre te ha dado.
Pues como yo,
que tuve necesidad de entregar y rendirme,
así la tiene toda alma sobre cada plano
en cada universo.

La elección es simple:
la Vida, o continuar con la ilusión.

Nuestro amor es profundo, por ti que sufres,
aunque exijas que continúe tu sufrimiento.
Nuestro amor es profundo, por ti, que nos buscas,
solo para evitarnos.

Has pedido,
y hemos respondido.

El final del Sueño es seguro.
Da suavemente tu asentimiento,
y el mundo ya no será más,
viéndose consumido para siempre en la llama de la Realidad:
el Reino del Santo Padre.

Venid a casa,
queridos niños,
venid a casa.

Amén.

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No puedo describir lo que siento. Quizá no siento nada, la energía de Jeshua nunca ha sido tan poderosa, tan directa, tan afilada. Me siento como si no pudiera mover un músculo, ni pensar en nada. Aunque constato que parte de mí está aterrorizada por esto.

Profecía. Esto rechina por todos los rincones de mi ser. Mi mente que razona no puede aceptar esto, aunque veo claramente que solo me sucede así porque es “irracional”. Ahora mismo no puedo razonar en absoluto.

Siento otra vez de repente ese cambio en la energía:

Muy bien, Marc.
Puede llegar a ser tan fácil, cuando eliges
la llave del
permitir
Y esta facilidad vaticina la suavidad
con la cual el Reino es acogido,
mientras aún estás en un mundo que no lo querría ver.

Mi misión no fue una carga,
ni hay ninguna carga cuando el alma permite que el Reino
brille desde adentro.
Libérate a ti mismo de este miedo sin sentido,
pues con esfuerzo no es como tendrás que actuar,
ya que solo experimentarás el gozo increíble
de ser llevado por los brazos
del Amor del Padre.

El camino, el método es fácil,
pues el número de los que han pedido
se asemeja al de los que han recibido las llaves del Reino.
Habéis recibido las llaves,
ahora, acéptalas.
Úsalas para abrir la puerta final,
pues el tesoro está cerca, a mano.
¿Querrás retrasarte más cuando sabes
que es un despropósito el hacerlo?

Ven a casa, viajero.
Ven a casa, soñador.
Mi paz sea con vosotros.

Amén.

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26 de diciembre, 1987.

Buenas noches, Marc.

“Buenas noches, Jeshua. ¿Cómo puede ocurrir que esta comunicación suceda así, y…”.

Te sugeriría que escribieras esto, por favor.

“Vale”.

Ahora, comenzamos.

Querido hermano,
¿aún no comprendes,
o es meramente tu resistencia a lo obvio
lo que te hace plantear esa cuestión?

“Bueno, sí, supongo que es mi resistencia”.

Sí, es solo eso.
Y, ¿a qué te resistes?
¿A la misma Vida que siempre has buscado?

“Algo en mí me echa para atrás. Creo que lo temo”.

Lo que te contaremos esta noche
pondrá término a tu resistencia
si tan solo reflexionas un poco
acerca de lo que es dado.

Primero de todo,
la Vida es algo que fácilmente se comprende.
Es el fluir gozoso de la creación que avanza —
el legítimo deber del Hijo—
emanando del acabado pensamiento del Padre.
Todos los mundos ya son,
albergados en el Padre Santo.
Ese Pensamiento es lo que tú eres.
Este es el “tú esencial”.

Sed perfectos por tanto, sin ninguna deficiencia”.
Pues esa perfección es lo que sois.
Y serlo requiere de prácticamente ningún esfuerzo.
Para el ego,
esto conlleva una total confusión.
Es completamente inconcebible que
no haya nada que hacer.
Antes te he dado las claves,
y estaría bien
que reflexionaras sobre ello.

Soy parte de ti,
así como tú eres parte Mía.
Esta participación
en las formas del Ser
no acaba.
Somos de un solo Corazón,
una Mente,
un Alma.

De nuevo, me gustaría simplemente decir:
El Hijo es Uno,
sin un segundo,
y solo esa es la verdad de lo que eres.
Renunciando a toda resistencia a este hecho
se encuentra la paz, la cual, con toda seguridad,
sobrepasa todo entendimiento.
Pues al despertar de tu sueño
hacia la Realidad de lo que tú eres,
tu único pensamiento —ese de la Separación— acaba para siempre:
el Padre y el Hijo son revelados como Uno.
Me gustaría aconsejarte que no te empeñaras
en fabricar tu paz para el mundo.
Esto conlleva empeñarse en mantener una mera ilusión
que inevitablemente va a caer.
Déjala de lado como un niño lo hace con un viejo juguete.

“¿Pero eso no supone una negación de la vida?”.

Las ilusiones no tienen vida.
Tu pregunta expresa tu resistencia.
Expresa tu creencia, profundamente sostenida, de que el mundo
tiene que ser real de alguna manera.
El mundo es la ilusión de la Separación.
El mundo exige eso,
es su cometido.

La lucha que sientes,
el dolor que provoca tu fatiga,
tu depresión,
tu desesperanza,
no son más que el resultado de tu monumental esfuerzo,
para permanecer en el mundo,
exigiendo que sea real,
cuando sin embargo ya te has desplazado más allá de ese problema.
Tu rechazo a reconocer esto
es una negación de tu propio Ser,
y se basa en el miedo al Reino del Padre.
“Pues mi Reino no es de este mundo”.
Permíteme aclararte esto.
El Reino no existe en alguna otra ubicación.
“Pues el Reino del cielo está desplegado por toda la tierra,
mas el hombre no lo ve”.

No puede ver el Reino porque se empeña
en ver el mundo.
Por tanto, enseñé:
“No podéis servir a Dios y a las posesiones”.

Es simplemente imposible entrar en el Reino,
y permanecer todavía en el mundo.
¿Querrías desaparecer?
¡Es posible!
Mas probablemente no.

Recuerda,
el mundo es todo lo que percibes
desde el punto de vista de la Separación.
Acaba con ello,
y todo lo que permanecerá es el Reino.
No dejes que otros banalicen sobre esto:
el Reino está tan lejos del mundo
como el este del oeste,
aunque, si no residieras siempre dentro de él,
no podrías existir.

Solo hay una leve diferencia
entre la iluminación y la ignorancia:
la intención.
Tu intención refleja tu elección:
o bien la de continuar creyendo
en la ilusión de la Separación,
o bien la aceptación de la Reconciliación
con el Santo Padre.

Y esta verdad no os incumbe solo de forma ocasional
sino que todos la rozáis, aunque solo sea al dormir.
La fe no es nunca suficiente.
Pues donde hay fe en Dios,
hay Separación de todo lo que Dios es.

“Esto es demasiado. Ciertamente que voy a tener que ir ordenando todo esto”.

Desde luego que sí.
El “tú” que es el único unigénito del Padre
está ordenándolo todo.
Así como has fabricado el mundo
mediante tu único pensamiento de Separación,
así, también,
creas la salvación de la humanidad.
¿Y acaso el hombre es otra cosa que la expresión del Hijo,
que aún está atado a la ilusión?

Marc,
hace muchos años, en esta vida,
Me rezaste para que te guiara a casa.
Sabías,
incluso entonces,
que estabas completamente perdido.

Nunca te he abandonado.
Todo lo que has creado lo he utilizado
para dar forma a tu travesía desde el sueño al despertar.
Así ocurre con todo aquel que pide desde el corazón
y cuya intención es clara.

El Reino no puede ser concebido
por las mentes de aquellos
que se empeñan en las creencias del mundo.
Solo cuando se le permite acabar al mundo,
se ingresa en el Reino.
Las puertas son tantas como hijos del hombre.
Ante todos y cada uno de ellos está su puerta,
la que lleva a la Luz.
Más cercana que su propio aliento,
y tan delgada como un papel.

Nuestro tiempo ha sido bien empleado esta noche.
Espero deseoso el día en que
vengas de propia voluntad,
sin necesidad de que Yo reclame tu atención.
Es un día que no queda ya muy lejos.

Recuerda,
te amo,
pues me amo a Mí Mismo.
Por tanto,
el amor —el amor a uno mismo, a su yo—
es finalmente la única puerta al Reino.
Es un amor que fue abandonado en el momento
de aquel único pensamiento,
del cual han surgido todos los mundos.

Ahora te dejo,
aunque recuerda que estoy contigo.
Apenas podría yo estar en ningún otro lugar,
pues yo soy como tú eres:
el Hijo del Padre,
realmente concebido antes de todo mundo.
Omnisciente,
omnipresente.
¿Es entonces todavía algo asombroso que estas comunicaciones
ocurran?

Recapacita sobre esto.

Amén.

___
_


28 de diciembre, 1987.


Ahora, comenzamos.

Quiero que sepas que la visión que has tenido de Mí,
esa que has visto en tu meditación,
es muy válida.

Me he aparecido a ti varias veces —
siete en total—
pues no es con los ojos físicos
como uno ve la esencia
de lo único que es Real.
Para ver se requiere lo que podría ser llamado “visión interior”.
Y la has desarrollado
en alto grado.

Permíteme aquí contarte un solo pensamiento
una sola lección, una enseñanza.
Otros pueden, por supuesto,
beneficiarse de ello,
aunque para que una enseñanza sea bien recibida,
es necesario que exista la posibilidad
de su recepción.
La verdadera enseñanza, entonces,
es un arte que requiere ser sensible
a la receptividad del estudiante.

El pensamiento es este:
en todas las cosas,
será descubierto
aquello que es del mundo,
y aquello que es del Reino.

Y se reconocen de una sola manera:
lo que es del mundo
exigirá que lo percibas desde el ego.
Será sentido como una atracción,
una necesidad, un deseo.
Tras esto puede discernirse
una sensación de inquietud.
Cuando esto sea reconocido,
abandónalo.
Este es el proceso
por el cual se renuncia al mundo.

Al hacer eso,
automáticamente se descubre
lo que el Reino es: paz.
Aquí,
se encuentra el reconocimiento directo
de que uno no carece de nada.

Por tanto,
el mundo es prolongado y alimentado
cuando se elige la cualidad experiencial
arriba descrita.
El Reino es revelado
cuando ese hábito es abandonado.

La esencia del pensamiento es esta,
y esto te lo sabes muy bien:
“Nada real puede ser amenazado.
Nada irreal existe”.

Practica esta lección,
y ocurrirán grandes cambios.

Ahora,
te doy paz.
Y yo doy,
mas no como da el mundo,
pues yo soy tu Profesor final.

Y el estudiante será como el Profesor,
que enseña el Reino del Santo Padre,
ayudando a que aún otro más se libre
de la atadura de la ceguera autoinducida.

Así, el Hijo es despertado.
Así, el mundo es transformado.
No renuncies a la visión,
pues el Reino será reconocido sobre la tierra.
Esto llegará a suceder
mientras aún vives esta vida.

Y este es el Reino:
que el Padre y el Hijo son Uno.
En esto,
la tierra se regocijará y dará fruto
aunque un fruto todavía no visto por los ojos del hombre,
salvo en reflejos distantes
de un antiguo recuerdo, cuando el hombre caminaba en Dios,
y lo conocía.

Recuerda lo que ha sido dicho aquí.

Bendiciones para vosotros.

Amén.

___
_

29 de diciembre, 1987

Algo está sucediendo bien profundamente adentro de mí. Es un revuelo, un movimiento que comienza en un lugar tan profundo, que se siente como si descubriera una habitación sin estrenar en mi propia casa. Es como un estremecimiento que, percibo, quiere crecer.

Es todo muy extraño. Siento como si solamente quisiera estar solo, en este bonito, sereno apartamento. El sentimiento es una atracción, sí, pero está casi al borde de ser una necesidad urgente. Cada día corro a casa tan solo para verme inundado por una plétora de pensamientos de evitación: “debería ir a ver una película”, “debería tomarme un par de cervezas”, “podría llamar a todos mis amigos”, “¿está hecha la colada?” y sigue, y sigue … todo el rato.

“Meditaré, eso es lo que haré”.

Sentarme y respirar rítimicamente solo sirve para aumentar mi reconocimiento de este danzante caleidoscopio mental. Lo veo en sus raíces: miedo. Estoy atemorizado. Dios, me siento como un gato acorralado, que no obstante quiere ser acorralado.

Hago todo lo que puedo para suprimir cualquier pensamiento de Las cartas de Jeshua. Eso es lo que me atemoriza, la idea de hacerlo público. ¿Miedo? Es más que eso. Es terror. La información que me da Jeshua apunta derecho a la cara de la teología cristiana, y eso me hace temblar.

Ha habido tantas comunicaciones estas pocas semanas atrás…, imponentes en su elocuencia, profundas en su filosofía, de llamativo impacto. Al recordar concretamente las intrucciones de Jeshua para leer palabras concretas de la Biblia, solo puedo reírme sofocadamente para mis adentros, “¡El estudio bíblico nunca ha sido como esto!”.

Sus enseñanzas me han afectado de una forma y con una intensidad tales que aún no puedo comprenderlas, y mucho menos asimilarlas. Ha sido una Navidad como ninguna, en la cual me he visto incapaz de ver como había visto siempre, incapaz de participar de las maneras en que siempre había participado, pues el salvador cuyo nacimiento celebramos está hablándome ahora, hoy, y habla de un Cristo, de una Verdad, de un secreto, etiquetado como herejía por las mismas autoridades cristianas que Lo aman.

La emoción crece en mí, y mis ojos vagabundean por este apartamente poco pretencioso, escasamente decorado. ¿Es por esto por lo que he venido aquí? ¿Es esto lo que me ha empujado hacia un lugar así y hacia un tiempo de soledad, a una soledad que me llama y de la cual, a la vez, quiero escapar?

¿Cómo es que puedo resistirme, con una voluntad tan fuerte, a esa misma experiencia que parece fluir tan sin esfuerzo? ¿Por qué lucho contra la increíble paz y certeza que experimento con Jeshua? ¿Qué hay en mí que, a pesar de todos mis juegos de evitación, continúa impulsándome a lo largo de esta travesía?

Estoy comenzando a reconocer la importancia del mensaje de Jeshua. Roza mi mente suavemente, momentáneamente, como un rayo de sol que, al encontrar una grieta en un cielo de nubes, sobresalta con su repentina iluminación, aunque quede de nuevo oculto al mirar por la ventana, cuando intento verlo de forma más directa.

Ver esa Luz directamente… sin oscurecer… ¡seguro que esta es una meta sin parangón! Aunque aún no veo claramente el velo que la esconde, ni estoy seguro de cómo retirarlo… me veo compelido por una fuerza desconocida dentro de mí, que aparentemente va contra mí mismo. ¿O es que he negado mi verdadero ser para poder identificarme con un ser que no soy?

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