5. Las cartas de Jeshua. Capítulo 5. Jayem (y Jeshua)   Leave a comment

imagen corazón en círculo[— Para más información, ver índice de entradas, puntos 6 y 2G
— Este es el texto donde Jayem expone los comienzos de su aventura con Jeshua, y por tanto se nos familiariza bella y amenamente con su historia y con sus problemas como canal y como persona. También contiene palabras de Jeshua en comunión con Jayem.
— Este libro (Las cartas de Jeshua) puede servirnos como introductorio a La vía de la maestría, cuyo primer libro, La vía del corazón, ya he traducido para el blog. Este último texto, La vía del corazón, es un camino diseñado por Jeshua en comunión con Jayem para el “despertar espiritual”, en tres libros, con más o menos 12 lecciones cada uno, y que han de seguirse mes a mes de la manera indicada en las sugerencias para el estudio del propio Jeshua.
— Para ver algunas notas sobre las palabras empleadas en inglés y en castellano, en la traducción, ver esta entrada.]

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Las cartas de Jeshua

(un singular encuentro con Jeshua (Jesús))
Jayem

Capítulo 5

El Hijo que despierta
es como alguien que busca la Luz,
y entonces se lamenta por la disolución de las sombras,
cuando el alba abre gentilmente
su camino en la noche.

5 de enero, 1988

Ahora, comenzamos.

Un poco más, y estarás donde YO SOY.
Es tu casa,
como lo es para todo aquel que aún se demora
en la danza de sombras.
Todos están viniendo a casa,
pues todos son como nosotros
y esto te lo afirmo una vez más:
el único Hijo,
el único unigénito del Padre,
unigénito antes de todos los mundos,
y de una sola sustancia con el Padre,
eso, únicamente, es lo que tú eres.
Eso, solamente, es lo que YO SOY.
Eso, solamente, es lo que todos sois.
Solo eso.
En esto se reconoce la esencia de Mi evangelio.

Es sabiduría sublime,
y no obstante es más obvio,
para cualquiera que siquiera lo pida,
es más obvio que el fluir de su propia respiración.

Nunca hay barreras entre
las formas del Hijo y de Su Santo Padre.
Todas esas barreras no son sino reflejos
de un único pensamiento:
“Estoy separado; estoy solo”.
Con esto el miedo es concebido,
y el Hijo se encoge
hasta ser un mero punto de esa Luz
que es lo que él solamente es.

La creencia en “el otro”
es persistir en la Separación.
No obstante, ahora te aporto esto:
el mundo no puede reconocer esto,
pues su pensamiento,
ciertamente, su percepción,
está basada en la Separación.
Por tanto,
para reconocerme como lo que tú eres
se requiere un conocimiento diferente.
Mi Un curso de milagros tan solo esboza el camino
para todos aquellos que están muy profundamente apegados a su
herencia judeo-cristiana.
Hay muchos caminos así.

Reconoce esto:
un camino a casa,
cuando es genuino,
no te exige que creas en él,
sino que te impulsa gentilmente más allá de tu ilusión.
Las claves que te he dado se encuentran en todos esos caminos:
deseo, intención, permiso, rendición.

Ahora, cerraré esta comunicación,
pues tu mente comienza a considerar lo que es revelado.
Ahora reconoces quien tú eres.
Has completado el uso de las dos primeras claves.
La culminación de la larga, larga travesía,
que en realidad nunca ocurrió,
reside en la tercera.
Cuando esto sucede,
nuestra obra comenzará.
Bendiciones sobre vosotros,
y sobre todo lo que soñáis.

Amén.

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22 de enero, 1988

Hola, Marc.

“Hola, Jeshua. Te quiero”.

Y yo, querido amigo.

Ahora, comenzamos.

Pacientemente espero tu entrega
del último rastro de tu resistencia.
Pacientemente, espero.

Ven a Mí,
y permite que el mundo ya no sea más.
Pues no ha sido más que el borroso reflejo
de un pensamiento momentáneo.
No es lo Real.
El Reino no reside en un lugar especial,
ni en un momento especial.
El Reino está dentro de ti.
Esto se pronunció hace mucho tiempo,
pero aún sigue sin comprenderse.

El Reino es la unión del Hijo y del Padre
más allá —y anterior— a todas las sombras.
Nunca ha cambiado.

“Dentro” es una metáfora, ya que el “tú”
con el cual te identificas tan erróneamente
es el pensamiento momentáneo sobre el cual están construidos
los mundos de tus innumerables sueños.

El Reino,
donde realmente resides siempre,
está dentro de ese “tú”.
Reconoce esto, y reconócelo bien.
No hay ninguna duda sobre esto,
pues lo único que es Real,
es Real.
Lo que solo es una sombra proyectada por un pensamiento limitado,
no puede ser Real.
Y no obstante, las sombras pueden tener el poder de atarte.
Reconoce que la fuente de tal poder
no es sino tu propia insistencia
en que ellas
sean reales.

El Hijo que despierta
es como alguien que busca la Luz,
y entonces se lamenta por la disolución de las sombras,
cuando el alba abre gentilmente
su camino en la noche.

Marc,
Me gustaría que reconsideraras
la desarmonía a la cual te has vuelto sensible.
¿No será acaso esa resistencia final
a la cual te aferras tan tercamente?
Reconsidéralo bien.

Permite que esto sea una señal para ti:
aquello que fluya sin esfuerzo en tu experiencia
es, ciertamente, la voluntad del Padre.
Aquello que te brinde fatiga,
o que le dé rudeza a tu semblante,
no es sino el peso de unas sombras hace mucho superadas.
No hablaría de esto si no fuera así.
Y, ¿qué es lo que temes?
¿No es también la entrega de tus sombras?
¿Y acaso esto no es más que la insistencia
en la realidad del mundo?

Esta es la verdad que os doy:
el mundo es transformado
con la renovación de tu mente,
pues esta “re-novación”
es el regreso del Hijo a Su Reino en el Padre,
un perfecto estado de ser que
ilumina el mundo;
sus sombras meramente desaparecen en la inundación
de un resplandor, que es tu merecido hogar.
Ciertamente,
el Reino ya está extendido sobre la tierra,
pero el hombre no lo concibe.
¿No querrás ayudarme con
la transformación del mundo a través
de la renovación de la mente del Hijo?

Para esto has entrado al mundo.
Por esto has sufrido el mundo.
Por esto Me has buscado.
No permitas ninguna confusión sobre esto:
lo que se despliega para ti bajo la forma de estas
comunicaciones no es sino la manifestación
de tu deseo de participar en esta obra.
Tu dolor no es sino el rechazo
a aceptar el cumplimiento de este deseo.

Ahora, querríamos dejarte.
No te demores más.
Ciertamente, el tiempo ha llegado.
El final del viaje es inevitable.
Incluso el momento ha sido elegido.

Aquello que YO SOY,
está siempre contigo,
pues lo que YO SOY,
tú lo eres.

Amén.

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15 de febrero, 1988

Ahora, comenzamos.

Entonces, que así sea.
El final está cerca,
las sombras palidecen
en una luz inconcebible
para la mente del hombre.
Para que esta pueda ser mecida en el regazo
de la sabiduría divina,
primero debe ser vaciada
de todo rastro de yo,
pues el “yo” es una distorsión
de aquello que es lo único Real.
YO SOY eso.

“Para siempre” no existe,
pues, en verdad,
el tiempo no es.
Solo existe este momento,
y en él, el surgimiento de todos los mundos.
Reconoce esto:
lo que tú eres
reside en todo tiempo y lugar
y no obstante está siempre más allá de las sombras de la ilusión.

La Luz que YO SOY alborea
en el acto de reconocimiento
de lo que únicamente Es.
Tu única tarea es permitirlo.

Las claves te las he dado,
y han sido usadas.
Pues no se puede acceder al Reino
si no hay primero deseo,
ni puede haber movimiento hacia él
sin una clara e intransigente intención.

Pero la mayor de las claves es la del permiso,
pues la entrada no puede ser conseguida
a través del esfuerzo propio,
sino solo mediante la autodisolución.

He aquí la esencia de mi evangelio:
no es mediante el mucho esfuerzo,
ni tampoco mediante la mera creencia,
como se entra al Reino,
sino solo con el final de la ilusión.
Enseña esto.
Sé esto.
Y entonces, el Hijo despierto proclama:
“Yo y mi Padre somos Uno”.

Paz,
y de nuevo digo paz,
al único, unigénito del Santo Padre.

Amén

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Él habla. Yo escribo; todo parece desvanecerse. Ajeno a mi entorno físico, la agonizante luz de un día que desaparece no le importa al bolígrafo que vuela por las líneas sobre el papel. Se acaba. Se difumina suavemente, y regreso a lo que llamamos realidad, sentado en un tranquilo apartamento, escuchando la conversación de una pareja que camina por la acera bajo mi ventana.

Para poder leer las palabras tengo que encender una luz, esforzándome por descifrar mis propios garabatos apresurados. Acabo, y tengo un escalofrío involuntario, aunque no porque tenga frío. Esto es bien radical. No es lo que me han enseñado. No es el dogma oficial de mi propia familia humana. Seguir hacia donde esto me lleva requiere de una audacia que no estoy seguro de poseer (y que tampoco estoy seguro ni siquiera de que la desee tener). Aunque existe una atracción, un profundo sentimiento que quiere gritar: “¡Sí, sí!”.

Platón escribió una vez una alegoría ahora célebre, La caverna. En la caverna la gente vivía sus vidas de cara a los muros, y nunca se daban la vuelta para ver lo que pudiera haber en la caverna. Toda su experiencia giraba en torno a su interacción con las sombras que eran siempre proyectadas en los muros de la caverna. En el curso de las generaciones, llegaron a creer que las sombras eran toda la realidad; no había necesidad de darse la vuelta.

Pero un día, sin aparente motivo, un chico joven giró ligeramente su cabeza. Al principio se desorientó y no comprendía lo que veía. Sin embargo, gradualmente se hizo patente que los moradores de la cueva estaban encadenados de tal modo que todo lo que podían ver era la danza de sombras. Comprobó que la cueva era mucho más amplia que lo que le habían dicho. Vio un enorme fuego a cierta distancia, que era alimentado por unos pocos individuos cuya apariencia no era como la suya. Con un sobresalto, constató que las sombras en el muro en realidad eran proyectadas por el danzar de la luz del fuego. ¡No eran reales en absoluto!

Aprendió a cortar las cadenas que, sin darse cuenta, le habían mantenido atado, y llegó silenciosamente más allá de los Guardianes del Fuego. Entonces, se dio cuenta de que un rastro de luz bajaba filtrándose desde algún punto por encima de él. Con un gran esfuerzo escaló hasta aquel punto por donde la luz estaba entrando, y salió de la cueva por sí mismo. El resplandor de la luz era cegador, al principio. ¡Todo estaba clarísimo! ¡Aquí no había sombras en absoluto!

Entonces, recordó que su familia y amigos aún vivían en la cueva, embelesados con las sombras. Regresó para bajar a su lugar en el muro, y comenzó a relatar emocionado su experiencia. Algunos actuaban como si no pudieran oírle, no mostrando ningún rasgo expresivo en sus rostros. Otros miraron por un momento, y luego apartaron la mirada. Y algunos más advirtieron al joven de que la luz era un viejo mito, uno que ya hace mucho tiempo fue explicado y descartado por los sumos sacerdotes y los gobernadores de los moradores de la cueva, y que haría bien en olvidarse de ello. Y solo unos pocos, muy pocos, quisieron escuchar más.

¿El mundo es eso? ¿Estoy, estamos, viviendo en una cueva ocupada por meras sombras que nosotros mismos proyectamos?

¿Estoy preparado para abandonar mi mundo? Este es el único que conozco, e incluso a este, no lo conozco bien. ¿O bien sucede que simplemente temo lo que hay más allá de las fronteras —prescritas por la autoridad— de la “verdad” consensuada?

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20 de febrero, 1988

Quizá solo se deba al sentimiento de intensidad que ha acompañado a las comunicaciones con Jeshua, o quizá se trata del desafío que supone su mensaje para mi propia visión del mundo, construida en los pasados treinta y cinco años… pero siento, o mejor, lucho contra cierta presión dentro de mí.

Confieso que a veces desearía ser un poco más ingenuo; menos inquisitivo. O quizá Kendra tenga razón. Después de todo, quizá se trate de una cuestión de confianza. Últimamente a veces me encuentro perdido en un torbellino de consideraciones acerca de lo que me está sucediendo; cuestionándome la fuente de esta experiencia llamada “Jeshua”, buscando algún motivo oculto, egoico, que con toda certeza tiene que estar ahí, y desesperado por no poder encontrarlo.

Esto no es confortable. Algunas veces reconozco al niño en mí, que quiere encontrar a alguien para hacer que todo esto se marche. Pero, tras muchos años de auto-observación, de prácticas espirituales y de superación personal, sé que estoy o bien bendecido o bien maldito por una orientación vital que describía mejor William James:

“Por todo nuestro alrededor hay infinitos mundos, separados de nosotros por la más delgada de las pantallas. Casi siempre se mantienen fuera de nuestra consideración, pero, a veces, atraviesan violentamente la pared para revelársenos por sí mismos. Por tanto, debemos ser cuiadosos y no cerrar demasiado rápido nuestros informes sobre la realidad.”

¡Mi disposición a dejar mi informe abierto me ha supuesto tanto una bendición como una ruina! Pero esto no se asemeja a nada que haya encontrado jamás. Mi intelecto no parece capaz de explicar ni la experiencia ni el sentido del mensaje de Jeshua. Quizás por ello, simplemente, lo “archivo” como mejor puedo, y continúo viviendo mi vida —o eso intento— como estoy acostumbrado a hacerlo, como creo que debo. Aunque alguna parte en mí insiste en que haga todo lo que pueda para entenderlo, integrarlo.

Levanto el teléfono, y pico el código que automáticamente sintoniza el número de Kendra. Una vez más, ha pasado demasiado tiempo desde el último contacto con esta gentil alma, que tanto amo. Sé que esto sucede porque quiero “ir poco a poco”, ¡como si yo pudiera gastar su amistad hasta el punto en que ya no quede más!

“Hola, ¿Kendra?”.

“Marc, ¡hola! Es gracioso que llames. Últimamente he estado pensando mucho en ti”. Se detiene un momento, y continúa. “¿Vas pudiendo sobrevivir?”.

“Sí, estoy como siempre. Ahora… con razón vas a poder decirme… ‘¿No te sugerí esto hace mucho tiempo?’. Así que, Kendra, bien puedes no hacerme ni caso!”.

Hay una breve risa apagada, antes de que ella repita sumisamente las palabras, cuando entonces, pregunta: “Vale, ¿qué es lo que te sugerí hacer?”.

“Que debería pedir cita para una sesión con Jeremías, a ver si puede darnos alguna luz sobre todo esto”.

Con el auricular reposando entre mi oreja y mi hombro, tomo un lápiz y un cuaderno. “Sabes, creo que ahora sería feliz si Jeremías pudiera decirme que todo es una proyección de mis deseos megalómanos subconscientes. ¡Quizá pueda recetarme algunas píldoras contra la escucha de voces! Entonces, dame el número, y veré si puedo organizar algo”.

Kendra me recuerda que Billie Ogden, la mujer que es canal de Jeremías, suele tener una larga lista de espera.

“Mira, déjame llamarla ahora, mientras todavía estoy animado, y luego te vuelvo a llamar”.

En pocos minutos vuelvo a hablar con Kendra. “A que no sabes qué pasó. Precisamente habían cancelado una visita, y puedo verla mañana”.

Kendra, por supuesto, no pudo dejar pasar esta oportunidad. “Eso significa que te veré mañana por la noche, ¿no?”.

Sonrío sabiendo que ahora no tengo otra elección que seguir adelante con esto. “Mañana por la noche, eso es. Gracias por el número. Hasta luego”.

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Tras intercambiar algunas frases de cortesía con Billie, preparamos la cinta registradora y nos acomodamos en el sofá. Relajándome lo mejor que puedo, espero pacientemente a que ocurra el cambio, a que Billie se marche y aparezca Jeremías. Sea lo que sea este fenómeno, siempre estoy fascinado por los notables cambios físicos que suceden: la cara de Billie cambia sutilmente de forma, su cuerpo comienza de cierto modo a parecer más grande.

Finalmente, su cabeza se eleva, y comienza a hablar con una voz muy diferente a la de Billie, con un estilo muy diferente en el lenguaje empleado: “Corazón mío, ¿tienes alguna pregunta que plantear?”.

“Sí”, contesto. “Bueno, realmente tenía una lista de preguntas, pero decidí simplemente confiar en el fluir de nuestra sesión”.

Esboza una sonrisa. “Ahí hay sabiduría, corazón mío”.

“Uno de los problemas que tengo es que, aunque estoy aprendiendo a escuchar a mi corazón, seguir lo que dice parece ser otra cuestión”.

“Eso se debe a que estás enredado con el intelecto. Lo que provoca dolor, corazón mío, es la confusión entre intelecto y corazón. En este momento, lo que te diríamos es que la mejor manera de actuar desde tu corazón es estar dispuesto solamente a dejar que se marche lo que sabes; a dejar que se vaya el entrenamiento que hayas tenido. La fuente de toda vida, como ves, es lo que podéis llamar Dios, o Amor, la Unicidad de todas las cosas. Corazón mío, hasta que no dejes que se vaya quien tú crees que eres, no puedes recibir sabiduría del Universo”.

Cambiando mi posición para poder mirar directamente a Jeremías, pregunto: “¿Puedes llevar un poco de luz a mi experiencia con Jesús, si es que he tenido alguna en absoluto?”. Como quiero saber si podría recibir el mismo tipo de información que Kendra recibió ya hace tantos meses, no le he mencionado ni a Kendra ni a “Jeshua”, deliberadamente.

Tenemos una muy larga pausa, y la respuesta de Jeremías me interrumpe abruptamente: “no es tanto que estés teniendo una experiencia con Jeshua, sino que tú lo eres. Ese es tu tiempo de vida, tu vida”.

Jeremías usó el nombre “Jeshua”, pero ¡sé que yo había evitado usarlo! ¡No hay modo de que Billie haya sabido de él!

Tartamudeo con mis propias palabras: “Eh, que…, esto es, eh…, es mi tiempo de vida? ¿Podrías, mmm…, me podrías aclarar eso, por favor?”.

“Primero te explicaremos algo, de modo que adquieras una mejor comprensión acerca de lo que llamáis ‘vidas’, tiempos de vida. No es tanto, corazón mío, no es tanto que tengas muchas vidas, una aquí, otra allí, y entonces otra acullá…, en eso que tú llamas tiempo. No tenéis eso que es denominado vidas ‘pasadas’. Si hablamos de ‘vidas pasadas’ es porque eso es lo que la mente humana entiende; pero, en verdad, no es así; solo tienes las vidas que estás viviendo ahora.

Siento la inclinación que mi cuerpo realiza para acercarme, fijándome en cada palabra.

“Ves, corazón mío, eres como un libro, y hay muchas páginas en el libro, y las páginas son todas transparentes. Por tanto, cuando miras en el libro, ves el todo. Pero si tomas una sola página, ves solo esa página. Cuanto más te alejes del libro menos puedes ver de él, así que lo llamas ‘vidas pasadas’. Mas, ciertamente, no lo son. Es aún tu vida. Estás en muchos sitios a la vez, viviendo muchas vidas, ahora. Eres ese ser por el cual preguntas”.

Estoy aturdido. “Yo, eh, yo soy este ser que llamo ‘Jeshua’?”.

“Así es. ¿Lo entiendes?”.

“Eh, sí”. Correcto. Puedo entender las palabras que acabo de escuchar, pero… su significado… es otra cuestión. Algo me dice que el Papa no estaría de acuerdo con esto en absoluto.

“Jeremías, crecimos aquí, en una cultura con, bueno…, con una visión bastante diferente de Jesús. ¿Y ahora estás diciendo que yo soy esa vida?”.

“Así es”.

“Entonces, dirías que, como últimamente Jeshua está comunicando conmigo más y más claramente, que yo, eh, yo soy…”.

Jeremías acaba la frase por mí: “sucede que estás dispuesto a mirar las páginas que tú eres”.

Estoy en silencio, según mi mente trata de absorber lo que está oyendo, viendo esas conclusiones inevitables desfilando como imágenes, brevemente, sobre una pantalla invisible…, conclusiones que ponen el mundo patas arriba. Esto es radical, en el sentido más fundamental de la palabra.

“Corazón mío, todo está bien”. La voz de Jeremías es ahora más suave, aquietando mis nervios alterados, y viéndome en apuros, aunque sus ojos están cerrados. “Ocurre que tienes lo que es llamado ‘juicio’, en tu mente… ocurre que has creado una mentalidad que te dice que tú solo eres este ser llamado ‘Marc’. Por tanto, como eso es todo lo que tú crees que eres, entonces, tu ser no tiene el valor de ese ser que llamas ‘Jeshua’”.

“Es el patrón que vemos en el armazón de tu ser, donde tú ya albergas la idea de que todos son el único hijo unigénito de Dios, aunque aún insistes en que Jeshua es el real unigénito Hijo de Dios. Por tanto, no ves la igualdad. Pero, corazón mío, solo hay igualdad, pues hay una sola Mente. Hasta que no estés preparado para contemplar a tu hermano como siendo tú mismo, ciertamente, pues tú vives la vida de todo ser…”

Ahora me toca interrumpir. “Yo… ¿yo vivo la vida de cada otro ser?”.

“Así es. Toda vida jamás vivida no es sino una sola. No hay separación. Esto es saber, corazón mío, que eres el santo, Hijo unigénito de Dios, el único Hijo de Dios. ¿Entiendes?”.

Me siento, muy silencioso, con la mirada fija en la nada. No sé cuánto tiempo pasa, sentado, mirando fijamente al espacio. ¿Qué vería alguien que contemplara esta escena? Un hombre y una mujer sentados en un sofá, callados. Sin escuchar música, sin estar perdidos en la panacea llamada televisión, aparentemente sin interactuar en absoluto. Solo dos cuerpos, sentados en el sofá.

Pero interiormente no hay nada en calma. Las energías pulsan en cada célula de mi cuerpo. Las imágenes corren a través de mi mente; flashes de luces de brillantes colores parecen volar como si estuvieran viajando a increíbles velocidades.

Finalmente, me veo capaz de decir algo, y al hacerlo regresan los entornos más familiares, aunque aún no me muevo, ni tampoco me giro para mirar a Jeremías. En algún lugar dentro de mí hay algo que sabe que podríamos tener esta conversación sin estar en la misma habitación, o incluso en el mismo planeta.

“Entonces, ¿el Hijo está haciendo todo esto? Todos nosotros, entonces, somos el asesino, el violador, el rey y el poeta?”.

Jeremías sonríe ahora, y habla fluidamente con confianza, como un profesor que está seguro de que su estudiante ya está, como poco, comenzando a comprender. “Cuando se llega al pleno discernimiento de quién es uno, una, entonces, todo se mueve más cerca de esa Unicidad. El mayor regalo que le puedes ofrecer al mundo es llegar a tu pleno discernimiento de quien tú eres. Cuando amas todo lo que eres, habrás dado a la humanidad ese amor, esa aceptación, pues al despertar a la identidad que eres, reconocerás que tú eres todas las cosas”.

Paso a paso, sin omitir nada, Jeremías continúa: “tienes esas delgadas fronteras, esas pequeñas reglas, que dicen lo que la vida es. Y como lo que recibes no se ajusta a esas reglas, es muy difícil tratar con ello. No encaja en la caja. Debes ampliar los bordes de tu mente. Por eso es por lo que te decimos que permitas. Permite que sea, incluso si no encaja en tus percepciones actuales. Esto moverá los bordes de tu mente”.

Asintiendo lentamente con mi cabeza, me estiro para apagar la grabadora, diciendo silenciosamente “gracias” a Jeremías, y volviendo a descansar en el sofá, esperando a que él se vaya y regrese Billie.

Billie me ofrece un tentempié. “La gente a menudo no parece estar preparada para irse ahora, justo al acabar. Y al principio no estaba cómoda con ello, pues no sabía si debía decir o hacer algo. Así que me acostumbré a acabar con este piscolabis”.

“¿Tienes alguna idea de lo que ha pasado en la sesión?”, pregunto.

“No. Pero fue duro regresar esta vez. Creo que la energía de Jeremías fue muy fuerte”. Ella no parecía muy interesada en este tipo de preguntas, así que me tragué el resto.

“Creo que me saltaré el té, y partiré”.

En la puerta, me detengo y me vuelvo hacia ella. “Decir ‘gracias’ no parece suficiente, pero estoy contengo de que permitas que esto suceda”.

Billie sonríe de oreja a oreja. “Oh, creo que ya sé que va bien. Quiero decir, parece que ayuda a mucha gente, y eso es todo lo que necesito saber sobre ello”.

Asiento, me giro, y atravieso el vestíbulo hacia el ascensor. Conduzco, primero hacia Seattle, y luego la atravieso… sin apenas notar el tráfico. La hora y media de conducción hacia el sur, hacia la casa de Kendra, parece transcurrir en un instante.

“¡Entra! ¿Cómo fue? ¿Tienes la cinta?”. Kendra está obviamente excitada, e igualmente curiosa.

Sin decir nada, le doy un gran y largo abrazo, entonces le paso la cinta y me siento en el suelo. Veo que atraviesa la habitación, y abre la puerta de una bella alacena antigua tallada a mano, que le sirve como mueble para el equipo de música. Desliza dentro la cinta y se sienta en el suelo, a mi lado.

Al escuchar con ella, puedo ver que Kendra se concentra mucho, que escucha atentamente cada palabra. Cuando la cinta llega a la parte acerca de Jeshua, siento que mi corazón se acelera, esperando su reacción:

“No es tanto que estés teniendo una experiencia con Jeshua, sino que tú lo eres. Ese es tu tiempo de vida, tu vida.”

Kendra se gira hacia mí, mostrando sorpresa con sus ojos y pidiendo una explicación.

“No quiere decir eso que estás pensando. Bueno, no exactamente”.

Finalmente acaba la cinta. Un poco después, Kendra habla suavemente. “Bien, no hay mucho más que pueda decirse ante eso”. Comienza a reírse entre dientes.

“¿Qué hay que sea tan gracioso?”.

Me mira de reojo. “No sé, nada, supongo. ¡Quizás me río porque no sé qué decir!”.

Siento la oportunidad de mofarme bien a gusto aquí de ella, y de todo el mundo, al quedarse sin palabras… pero la dejo pasar. “¿Recuerdas la parte sobre permitir?”, pregunto.

“Sí”, responde ella. “¿Por qué?”.

“Jeshua ha estado hablando sobre eso conmigo. Dijo que la etapa actual de mi propio proceso de despertar podría ser llamada ‘permitir’. Una coincidencia bastante extraña, ¿no?”.

Sonriendo, con los ojos ahora chispeantes, Kendra responde sin apenas pararse a reconsiderar sus palabras. “’Coincidencia’ es una palabra para denominar todas esas conexiones que no entendemos, o que no queremos entender”. Ella me mira, y continúa. “¡Y bien lo sabes tú también!”.

Le devuelvo la sonrisa. “Sí, ey, quizá todos esos seres aparentemente no-físicos estén colaborando. ¿Qué crees?”.

“Creo”, se detiene y toma una profunda inspiración, “creo que si los escuchas en lo más mínimo, se ve que hay más que una colaboración”.

“¿Qué quieres decir?”, le pregunto, aunque ya sé su respuesta.

“Solo hay una Mente”.

Nos miramos durante el tiempo más largo en que hasta hoy nos hayamos mirado el uno al otro, o que nos hayamos mirado nosotros a nosotros mismos; o, digamos, que la única Mente, el único Hijo, se miraba a sí mismo.

Cualesquiera que sean las palabras usadas para describir esta experiencia ahora, tenemos un sentimiento, un momentáneo conocimiento, más allá de toda duda, que para ambos consigue fundir toda frontera, toda división, toda duda.

“Bueno”, digo al final, casi como un susurro, “creo que debería irme”.

Podría jurar que la chispa en sus ojos se difumina un poco, y siento que el hechizo se ha roto. ¿O es, quizá, que estamos eligiendo regresar a él?

De vuelta a casa siento como si estuviera a un metro del suelo. La silueta de la ciudad de Tacoma está como viva, con una vibrante energía. Incluso ahora, tras todo este tiempo con Jeshua, y tras el impacto de Jeremías, puedo reconocer una energía ya familiar, que casi imperceptiblemente surge de dentro de mí. ¿Has experimentado alguna vez el hecho de conocer algo, de saber algo más allá de toda duda, pero a la vez el conocimiento muy claro de que estás rechazando aceptar eso mismo, sin importar lo obvio que ello sea? Quizá todo parece más sencillo dicho así.

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