La importancia del hogar y sus condicionamientos: paz, confianza y amor “sabio” en relación durante los primeros años (El libro de Urantia)   Leave a comment

imagen corazón en círculoNuestra mente mortal, “naciendo” a la mirada particular de un tiempo y un espacio concretos, albergando las aventuras de un cuerpo… “vuelve” a intentar este “acrecentamiento del alma” que supone vivir estas vidas en este tipo de mundo evolutivo, para poder aprender a entregarse al espíritu, “encarnando espíritu”…, al servicio del espíritu y sus valores… entregando esa obra inmaterial de una vida iluminada por la verdad, la belleza y la bondad.

Si nos venimos a identificar con estos cuerpos desvalidos que vemos que somos de pequeños, entenderemos alguna vez el sentido; si venimos así, será por algún motivo.

Y quizá es que venimos a verificar, a corporeizar, los digamos “pre-valores” espirituales de la paz, la lealtad y la confianza, esos “valores” que nos permiten “ascender” seguros por las escalas de la verdad, la bondad, y la belleza.

En uno de los capítulos finales del libro de Urantia (enlace al PDF descargable) hay una conversación breve sobre la importancia del hogar. Es en el capítulo 177, parte 2.

Tiene lugar entre Jesús y un chico joven -Juan Marcos: Juan- que insistirá en acompañarlo todo el tiempo posible uno los últimos días de la célebre vida mortal terrestre de este maestro en Urantia.

Comento citando toda esta parte:

«En el transcurso de las conversaciones de este día con Juan Marcos, Jesús pasó bastante tiempo comparando sus experiencias de la infancia y de la adolescencia.»

Método de comparar, es decir, de usar el pasado para comparar. Ese acto de comparar, sabemos que es algo que nos sale de forma natural… y sabemos pues que, con fines no egoicos, con fines “beneficiosos para todos”, puede ser algo muy aleccionador y alentador.

«Aunque los padres de Juan poseían más bienes terrenales que los padres de Jesús, habían tenido en su niñez muchas experiencias muy similares. Jesús dijo muchas cosas que ayudaron a Juan a comprender mejor a sus padres y a otros miembros de su familia.»

Como sabemos, eso es la antesala del “perdón de uno mismo”, del perdón de las proyecciones que uno colocó sobre sus padres…, ya que estos “lo hicieron como pudieron”…, dentro de lo que a su vez ellos vinieron a buscar aquí…, con su temperamento, su carácter…, con sus dotes de conexión a la sabiduría que tenemos en general a nuestra disposición.

«Cuando el muchacho le preguntó al Maestro cómo podía saber que se convertiría en un «poderoso mensajero del reino»… »

Jesús le había dicho eso, que sabía que iba a ser un fuerte testigo de esa noticia, aviso, anuncio… que Jesús vino de nuevo a traer muy fuertemente a la Tierra y de forma casi definitiva.

«Jesús dijo: Sé que te mostrarás fiel al evangelio del reino, porque puedo contar con la fe y el amor que tienes ahora, ya que estas cualidades están basadas en una educación tan temprana como la que has recibido en el hogar.»

El hogar nos proporciona pues raíces para la fe y el amor.

Si bien somos todos hijos de Dios, creaciones mentales de Dios, que son a su vez infinitamente creativas… e infinita e incondicionalmente amadas por su Creador amoroso… sin embargo, nuestras circunstancias terrestres consustanciales a estos sueños de separación pueden hacer que sea poco probable que atendamos fielmente a esa llamada interior que siempre nos hace el Creador…, esa llamada a “ascender espiritualmente”, haciendo “la voluntad de Dios”.

«Eres el producto de un hogar donde los padres se tienen un afecto mutuo y sincero, por lo que no has sido amado con exceso como para exaltar perjudicialmente tu concepto de tu propia importancia.»

Por eso es tan importante el afecto entre los padres… el hecho de que realmente ellos ante todo se quieran sinceramente… como ya sabe la sabiduría “de los siglos”… la humana, de siempre… y como queda en esta era más reforzado aún por enseñanzas de la “psicología sistémica”.

Se trata, lógicamente, del hogar en tanto que clima o atmósfera de relación… donde los hijos puedan verse simple y libremente cobijados… y no se trata tanto de una más bien desesperada proyección de “todo el amor para nuestro hijo”.

Ese amor tan “poco sabio” parece depender de nuestras propias frustraciones…, de los vacíos de la vida… de las venganzas.

Esto se comentará en la siguiente frase:

«Tu personalidad tampoco ha sufrido una deformación a consecuencia de unas maniobras sin amor efectuadas por tus padres, enfrentados el uno contra el otro para ganar tu confianza y tu lealtad. Has disfrutado de ese amor parental que asegura una loable confianza en sí mismo y que fomenta unos sentimientos normales de seguridad.»

Una “seguridad” digamos prudente, ni muy temeraria… ni demasiado inclinada al miedo irracional…, dando un carácter donde no seamos excesivamente vergonzosos, excesivamente cohibidos.

«Pero también has tenido la suerte de que tus padres poseyeran sabiduría al mismo tiempo que amor; fue la sabiduría la que les condujo a negarte la mayoría de las satisfacciones y de los múltiples lujos que se pueden comprar con la riqueza»

En definitiva, unos padres sabios que se niegan a responder por comodidad con un “sí” a toda petición que venga de parte del niño.

«te enviaron a la escuela de la sinagoga con tus compañeros de juego de la vecindad, y también te animaron a aprender la manera de vivir en este mundo permitiéndote efectuar una experiencia original.»

Tampoco le encerraron a Juan demasiado, no como para llegar a convertirle en alguien demasiado “anormal”… y así pudo tener una “experiencia original”.

Ahora, Jesús le habla sobre lo que estos días habría ocurrido con él y su amigo, a cuento de la posibilidad de acompañarles un tiempo a Jesús y los discípulos:

«Viniste con tu joven amigo Amós al Jordán, donde nosotros predicábamos y los discípulos de Juan bautizaban. Los dos deseabais acompañarnos. Cuando regresasteis a Jerusalén, tus padres dieron su consentimiento; los padres de Amós se negaron; amaban tanto a su hijo que le negaron la experiencia bendita que tú has tenido, incluida la que hoy estás disfrutando.»

Esta era la comparación más importante hacia la que nos dirigíamos. Amós tuvo unos padres digamos que no tan sabios como los de Juan, en una simple constatación, sin juicio.

Un amor posesivo, pues, es lo que se da cuando los padres están demasiado heridos, con heridas no resueltas y por tanto sin confianza… y así, como padres, proyectamos nuestras heridas sobre los hijos, y no aprendemos que el amor es sobre todo libertad.

«Amós podría haberse escapado de su casa para unirse a nosotros, pero si lo hubiera hecho, habría herido el amor y sacrificado la fidelidad. Aunque esta conducta hubiera sido sabia, hubiera pagado un precio terrible por la experiencia, la independencia y la libertad. Los padres sabios, como los tuyos, procuran que sus hijos no tengan que herir el amor o ahogar la fidelidad para desarrollar su independencia y disfrutar de una libertad vigorizante cuando han llegado a tu edad.»

Los “padres sabios”, al estar liberados de eso que hoy en día por ejemplo llamamos “chantaje emocional”, pueden tomar decisiones sin verse demasiado arrastrados por su pasado, sus heridas, digamos. No proyectan tanto sobre sus hijos sus propias carencias percibidas, sus propias ilusiones.

«El amor, Juan, es la realidad suprema del universo cuando es otorgado por unos seres infinitamente sabios, pero presenta un rasgo peligroso y a veces semiegoísta tal como es manifestado en la experiencia de los padres mortales. Cuando te cases y tengas que criar tus propios hijos, asegúrate de que tu amor esté aconsejado por la sabiduría y guiado por la inteligencia.»

El amor es de cierto modo peligroso en este mundo, lo hacemos peligroso, pues tenemos nuestras proyecciones sin sanar… sin depurar… sin purificar… nuestro miedo a ser simples ante la respuesta que pide el amor puro… ser simples y puros ante el verdadero amor, que es una Libertad perfectamente adecuada a cada situación.

Así, la Luz del amor puro parece siempre estar mezclada con nuestras propias proyecciones… y como esa Luz en realidad no se puede “usar”… no se puede mezclar o usar con todas esas proyecciones que son en sí ese “uso”…, por tanto, vivimos “el mal” en este mundo… es decir, nos provocamos entre todos este mal relativo que vemos, en la ilusión.

«Tu joven amigo Amós cree en este evangelio del reino tanto como tú, pero no puedo contar plenamente con él; no estoy seguro de lo que va a hacer en los años venideros. Su infancia en el hogar no se desarrolló como para producir una persona enteramente digna de confianza. Amós se parece demasiado a uno de mis apóstoles que no pudo disfrutar de una educación familiar normal, amorosa y sabia.»

No es que Jesús no desee confiar, sino que simplemente constata un hecho que siente, que discierne: a la vista del talante de Amós, viendo las inercias adquiridas desde la infancia, Jesús puede afirmar que simplemente no sabe lo que puede pasar. Amós no es ni “malo” ni “bueno”, sino que no se puede confiar en lo que pueda pasar con sus determinaciones, ya que su crianza ha dado con una personalidad más desestabilizada, menos enfocada, más desequilibrada.

Confirmándose en todo lo anterior, sigue diciendo:

«Toda tu vida futura será más feliz y digna de confianza porque pasaste tus primeros ocho años en un hogar normal y bien regulado. Posees un carácter fuerte y bien integrado porque creciste en un hogar donde prevalecía el amor y reinaba la sabiduría. Este tipo de formación durante la infancia produce un tipo de fidelidad que me asegura que continuarás en el camino que has empezado.

«Durante más de una hora, Jesús y Juan continuaron esta conversación sobre la vida familiar. El Maestro siguió explicándole a Juan que un niño depende totalmente de sus padres y de la vida asociada en el hogar para formarse sus primeros conceptos sobre todas las cosas intelectuales, sociales, morales e incluso espirituales, puesto que la familia representa para el niño pequeño todo lo que puede conocer al principio sobre las relaciones humanas o divinas.»

La familia… ese primer gran símbolo que nos hemos proyectado a partir de esas “energías” que nosotros somos, que albergamos, en nuestra enorme Mente… con la que venimos a este sueño a ver de nuevo otra película desde la perspectiva de los “mini-yoes”.

La familia… símbolo de las posteriores relaciones sociales adultas… y símbolo de las relaciones espirituales más abarcadoras en las que nos haremos presentes dentro de nuestra eterna carrera gloriosa de ascensión.

«El niño debe obtener, de los cuidados de su madre, sus primeras impresiones sobre el universo; depende totalmente de su padre terrenal para sus primeras ideas sobre el Padre celestial. La vida mental y emocional de los primeros años, condicionada por estas relaciones sociales y espirituales del hogar, determina si la vida posterior del niño será feliz o infeliz, fácil o difícil. Toda la vida de un ser humano está enormemente influida por lo que sucede durante los primeros años de la existencia.»

Así acababa este diálogo Jesús, con esta llamada a cuidar del hogar que le hacía a ese adolescente.

Ahora, dicen los narradores:

«Creemos sinceramente que el evangelio contenido en las enseñanzas de Jesús, basado como lo está en la relación entre padre e hijo, difícilmente podrá disfrutar de una aceptación mundial hasta el momento en que la vida familiar de los pueblos modernos civilizados contenga más amor y más sabiduría.»

Y vemos justo esa “lucha” ahora, donde tantas voces, sobre todo en las religiones, se alzan para defender el hogar… para ensalzar los valores más simples de la paz y la confianza, incluso la fe…, en un simple hogar, tan aparentemente destruido en su posibilidad por la civilización materialista actual.

«A pesar de que los padres del siglo veinte poseen un gran conocimiento y una mayor verdad para mejorar el hogar y ennoblecer la vida familiar, sigue siendo un hecho que para educar a los niños y a las niñas, muy pocos hogares modernos son tan buenos como el hogar de Jesús en Galilea y el de Juan Marcos en Judea; sin embargo, la aceptación del evangelio de Jesús tendrá como resultado una mejora inmediata de la vida familiar. La vida de amor de un hogar sabio y la devoción fiel a la verdadera religión ejercen una profunda influencia recíproca. Una vida hogareña así realza la religión, y la auténtica religión siempre glorifica el hogar.»

La religión auténtica es pues lo más práctico del mundo, ya que contribuye a dar continuidad y a proteger los valores espirituales más elevados, esos que tanto nos ha costado “acumular” en el paso de las generaciones, tras la evolución desde la religión puramente evolutiva del miedo, que solo podía usar el “miedo biológico”.

«Es verdad que muchas influencias censurables atrofiadas y otras características restrictivas de estos antiguos hogares judíos han sido prácticamente eliminadas de muchos hogares modernos mejor organizados.»

Parece que en esta era las familias judías normales estaban saturadas de normas que ahora consideraríamos más o menos absurdas –tal y como parece que siguen existiendo entre los “judíos” más ortodoxos, y otras religiones o tradiciones, también en las “cristianas”.

«Existe en verdad más independencia espontánea y mucha más libertad personal, pero esta libertad no está refrenada por el amor, motivada por la fidelidad, ni dirigida por la disciplina inteligente de la sabiduría. Mientras enseñemos al niño a rezar «Padre nuestro que estás en los cielos», todos los padres terrenales tendrán la inmensa responsabilidad de vivir y ordenar sus hogares de tal manera que la palabra padre quede guardada dignamente en la mente y en el corazón de todos los niños que crecen.»

 

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