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imagen corazónÍndice:
I. Un curso de amor, C:7
II. Lección 2p de La Vía del corazón: ayuno, María
III. Desde las perspectivas a las elecciones, sobre una cita de Walsch
IV. Un curso de amor, C:8
V. La Vía o Camino del corazón, L4
VI. Un curso de amor, C:9
VII. C:10
VIII. C:11
IX.  C:12
X. El alma y los transplantes
XI. La vía del corazón, L8
XII. La vía del corazón, L9

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I. Un curso de amor, C:7

Como sabemos, estamos hipnotizados y deslumbrados por lo físico (su densidad, sus formas).
Por un lado es lógico, pues es maravillosa nuestra creación, nuestro patio de juegos donde ensayamos nuestro ser divino desde un aparente “afuera” físico… un “fuera de lo divino”.

Pero nuestra hipnosis colectiva, que nos impide sentir más todavía la Maravilla… no proviene de ese sentido de maravilla…, sino de interpretaciones mentales, de cómo hemos interpretado el hecho de estar separados.

Esto nos ha hecho perder el sentido de lo importante que es lo que NO vemos.

Lo más importante en ese ámbito no visible es para empezar nuestra mente, nuestros pensamientos –es decir, lo que hacemos con nuestra mente.

Y este sería quizá el tema principal de este capítulo 7.

Y es fundamental, porque se trata de abordar directamente la generalización de nuestro “aprendizaje”: el hecho de que toda retención es una sola retención, el hecho de que todo lo que escatimamos, retenemos, preservamos miedosamente…, significa al final lo mismo. Y significa la pérdida de nuestra propia plenitud, del sentido de la plenitud que es natural en cada ser.

Por ejemplo, quizá no nos parecía que tuvieran mucha relevancia, que fueran muy importantes, todas esas pequeñas ofensas que nos guardábamos durante un día cualquiera…, todas esas pequeñas quejas o agravios que sentimos “contra” los demás, contra alguien, contra algo (mundo en general, personas, organizaciones…):

«En cada situación te relacionas con alguien o algo, y lo que sostienes en contra de ese alguien o algo, se lo escatimas y retienes. Les has quitado una pieza y la retienes antipáticamente para ti, no en unión, sino en separación».

Al quitársela a ellos (diciendo por ejemplo: “tú ya no eres válido para mí, porque no me has devuelto esa llamada que te hice”), al quitarle a ellos “una pieza” (de su ser, que en realidad es infinitamente valioso)… nos la quitamos a nosotros, pues somos una sola relación, una sola mente realmente unida…, y somos igual de infinitamente valiosos (todos infinitamente especiales, amados, valiosos).

Así, usamos la relación que en realidad siempre está… que es indestructible… para reforzar nuestro patrón enfermizo de reacción desde las ofensas del pasado, actualizando las ofensas del pasado, con las que conseguimos que se repitan nuestros modos de responder al presente.

Usamos la relación (la una-sola-mente que somos en realidad) para hacer lo que ella no puede hacer: demostrar la realidad de la separación. Seguimos obcecados en intentar demostrar la realidad de la separación, y así, vivimos en distorsión, la distorsión de la única relación.

Con esta Relación ocurre lo siguiente:

«Si no puedes estar solo debes estar continuamente en relación. En consecuencia, la relación no debe depender de la interacción tal como la entiendes ahora.»

Y así, con nuestra mente distorsionada creemos que es verdad todo lo que nos hemos contado sobre las interacciones (sobre lo que son las interacciones, unas interacciones que sentimos separadas de la unidad que ya somos con todos). Y así… nos vamos poniendo a nosotros mismos como agujitas en la mente, en una acupuntura al revés, en una acupuntura que utilizamos para “enfermarnos” en la ilusión, que realizamos para seguir separando mente de corazón, intentando obligar al corazón a que se “desgarre” mirando hacia algo que en realidad no puede ver o entender: la miseria.

Con esa especie de acupuntura al revés, seguimos reforzando ese automatismo mental donde permitimos que la mente, por sí sola (pues la hemos idolatrado), busque las respuestas ya cocinadas en el pasado, basadas en interpretaciones de experiencias del pasado (con las cuales nos dábamos la razón a nosotros mismos: “ves, estamos realmente separados”; “somos realmente un «yo separado»”).

Así que gracias a estas maniobras mentales seguimos en este modo de funcionamiento “reactivo”.

Es decir, respondo, a las experiencias presentes:

– no según lo que pasa aquí y ahora (en mi cuerpo para empezar, con mi respiración… atendiendo primero a cómo estoy yo… a qué quiero aportar yo ahora en la relación o situación en que esté)…,

– sino que respondo en automático… según lo que mi mente busca y encuentra ella solita… en su acostumbrado y normalmente desapercibido tejemaneje entre todos esos hilos que unen todas esas agujas del yo separado… que pinchan y amargan nuestro corazón (un corazón que tiene que mirar hacia un lugar donde en realidad no puede estar: hacia la idea de la separación como algo “real”).

Así que, de ese modo, “pinchados”, reaccionamos en modo “aprendido”, en modo “aprendizaje”… reaccionamos con lo ya aprendido, con lo que hemos “aprendido” cuando nuestra mente una vez interpretó alguna experiencia del pasado.

Pero como sabemos, solo vamos a desaprender ese modo de aprender, para incluso trascender todo aprendizaje, hacia la creación de lo nuevo… pues aquí hemos venido a expresar lo ya realizado, lo ya logrado (nuestra única relación interior, el Dios que somos en unidad y relación).

Desaprenderemos las interpretaciones del pasado. En el pasado interpretamos las experiencias para reforzar la realidad de la separación. Hicimos en el pasado que las interpretaciones de ese estilo nos dejaran “huella”. Y ahora, como sabemos, a estas huellas las usamos de filtro interpretativo para el presente que vivamos ahora; y así, seguimos y seguimos… separando mente de corazón.

Con ese tipo de cosas, en este mundo retorcido (primitivo en lo espiritual, desprevenido sobre este asunto)…, hemos ido formando y conformando una identidad basada en el afuera ilusorio. Es nuestra identidad mental, como algo separado del corazón donde se fabrican todos los sentimientos creadores.

Así pues, esas veces donde antes en el pasado hemos sentido agravio, queja, siguen actuando en situaciones actuales como modelos parciales para las respuestas “nuevas”, que en realidad, como ya sabemos, no son respuestas de verdad, sino reacciones, repeticiones.

Estas agujas que nos ponemos también tienen que ver con la comparación, con el hecho de que nos comparamos con los demás… a partir de quizá nuestro propio sentimiento miedoso de “no valer”. Y por tanto, perseguíamos metas pero en comparación con los demás, en modo competencia, etc.

Esto es lo que se refleja en esta otra cita:

«Tu deseo no es ser inteligente, sino MÁS inteligente que tu colega. Tu deseo no es ser generoso sino MÁS generoso que tus familiares».

Y así con toda la multitud de cualidades que podríamos nombrar.

Muchas veces recordaremos el sentimiento de esa punzada, de esa aguja… sentida incluso en nuestro cuerpo como algún tipo de sensación… esa sensación de compararnos, de querer ser algo pero solo “para jorobar” a otros (que es un caso extremo de lo que hablamos)… etc.

Y ahí, en este tema de las comparaciones (competencia), vemos de nuevo el “gobierno” de la mente, en su querer destronar, con sus comparaciones, a la pureza del corazón que ya compartimos con todos y que tan solo queremos expresar, en realidad, desde niños, libremente.

Es ese corazón donde todos ya sentimos y somos “inteligencia pura”… o donde ya sentimos y somos esa “generosidad pura” que quiere poder ser demostrada sin comparaciones… o donde ya sentimos y somos la belleza pura… la paz sin parangón… todas esas cosas que simplemente quieren extenderse por su propia naturaleza (resumidas en el mantra de que “Dios es extensión”)… y sin que intervengan todas las ideas falsas surgidas del miedo que inunda este mundo retorcido: el ídolo de la competición, etc.

Perdemos de vista (perdemos de “sentido”, perdemos de “sensación”) que nosotros ya somos pura inteligencia, pura generosidad… puro sentir… pues seguimos en el modo “idolatrador” de la mente, de modo que a esta la ponemos “primero”… y así, ponemos el carro delante de los bueyes.

Y así nuevamente perdemos el sentimiento de nuestra unidad con todo y, por tanto, el de nuestro pleno merecimiento.

Sobre estas maniobras mentales acerca de la comparación, estas maniobras en modo “eh, primero es la comparación”…, dice:

«No consideras que esto sea retener o escatimar, pero lo que reclamas como tuyo a expensas de los demás es ciertamente una retención. Y en tu mundo no sabes cómo reclamar algo para ti sin escatimárselo a otro».

Con todas estas maniobras mentales de conservar quejas inadvertidamente, de retenerlas… de retener en forma de “comparaciones” donde sentimos que tendremos que ganar algo a expensas de los demás (haciendo caso principalmente a las comparaciones mentales, antes que a los puros sentimientos)…, nos perdemos nuestra propia plenitud y unidad con todo en la Vida, justificamos nuestra propia “muerte en vida”…

Así que en este capítulo se describe cómo funcionan esos estragos que nosotros mismos provocamos con nuestra mente, al estar sometiendo lo incomparable (amor) a lo comparable (el mundo de contrastes).

Y así, es como si apartáramos nuestro propio Ser Real, el Yo en Unidad, de nosotros mismos, de nuestro discernimiento:

«Lo que le escatimas al mundo te lo escatimas a ti mismo, pues no estás separado del mundo. En toda situación, lo que guardes aparte es lo que no tendrás, pues lo único que haces es apartarlo de ti mismo».

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Para encontrar la última versión del pdf del primer libro (en esta última revisión que haré de la traducción), visitar el punto 5 del índice del blog.
o bien esta carpeta pública que tengo en google drive

II. ¿Para qué es el ayuno?

Esta es mi sección preferida de preguntas y respuestas en La Vía del corazón (la sección de la Lección 2). (Se trata de la simpática canalización en tres libros de Jeshua, por Jayem.)
Quizá os puede cambiar la vida, si no conocéis esto.

Esta sección sobre todo habla de lo que significa ayunar (de hábitos, y de lo que sea; de eso va la cita de abajo). Y habla también brevemente del retiro en el desierto (de esos cuarenta días y cuarenta noches que le sugirieron que se fuera a “ayunar de todo”…, que le sugirieron los esenios a Jeshua — para que se fuera a pasar calamidades a un “desierto”).

También habla brevemente de María, la madre de Jesús, como un espíritu que está ahora “trabajando” también a toda máquina en el Amor a la humanidad que se está expresando como este plan de “salvación” o reconciliación entre nosotros, y con Dios… realizando al cien por cien ese “trabajo” de la “expiación” o restauración de la mente-una en la tierra.

Y aquí en la Tierra, bajo el nombre de María, están ocurriendo fenómenos increíbles en el ámbito de por ejemplo las apariciones marianas, desde hace mucho (con grandes demostraciones de que las leyes divinas son un ámbito distinto al que entendemos como el ámbito de las leyes naturales, desde aquí desde la tierra)… y aunque ocurre que, lógicamente, en ese ámbito religioso, todo se expresa de una forma diferente, diferente de estas canalizaciones de Jeshua.

La unión que María actualiza y realiza con esas almas que aceptan su “expresión” (por ejemplo los videntes de Medjugorje, que quedaron convertidos a la causa del amor en la tierra para toda su vida)…, esa unión entre María y la humanidad, es lógicamente realizada y expresada en términos diferentes, con palabras diferentes (“religiosas”, pero que no intentan afianzar el dogmatismo, sino que curiosamente inciden mucho sobre todo en el ayuno y la confesión, la apertura del corazón; para informarse de esto recomiendo los escritos de Sor Emmanuelle (*), una monja que vive en ese santuario bosnio, que es una especie de sucesor de los grandes santuarios marianos de Fátima y Lourdes).

Antes de poner la cita sobre el ayuno, hablemos un poco más de esto.

Nunca fue una creencia, esto de “si hacemos ayuno, vamos a despertar”. Es decir, es cierto que nunca se trata de reforzar esa mentalidad de “si esto, entonces lo otro”.

Es simplemente constatable que estamos como “más despiertos” al ayunar, pero dicho así suena mal. Pues en el sentido de simplemente estar abiertos, a más cosas. Es como de un “siento que puedo elegir más”, “que puedo expandirme más”.

Igualmente se puede interpretar cualquier práctica así, teniendo en cuenta que todo es cuestión de posibilidades. Las técnicas corporales igual: sería expresar al universo esa apertura a posibilidades de movimiento, de “coherencia”: baile, yoga, feldenkrais… Una apertura y siempre a la vez una respuesta a esa apertura (en forma de percepciones ampliadas, etc.). Pues como dar es recibir… y siempre hay respuesta…

Lo podemos decir de muchas maneras. Así que son modos de “expresar nuestra apertura”, y aceptar “ser apertura”, “ser espaciosos”, como el amor, que todo lo alberga sin juicio.

Se trata de ponernos en sintonía con el nuevo “concepto” de Dios, por así decirlo. Este Dios que nunca fue el de nuestras religiones normales… es uno que nos da literalmente lo que queramos.

Y lo único que nos pasa es que no sabemos lo que queremos (“perdónales, porque no saben lo que hacen”).

Y lo estamos queriendo y pidiendo aunque no nos demos cuenta o no nos queramos dar cuenta de lo que pedimos con las vibraciones que permitimos que se alojen en nosotros, que pasen por nosotros sin discernimiento.

Así que, para darnos cuenta de qué es lo que realmente estamos pidiendo y queriendo (en nuestra vida diaria por ejemplo)… nos vienen muy bien los ayunos de lo que sea, por lo normal.

Es como si nos rindiéramos y dijéramos: “vale, quiero ser como Dios, pues como sé que soy Dios (Fe), quiero comprobarlo…”… Simplemente somos libres para elegir eso… y no ocurre nada si no lo hacemos, claro está.

Y entonces, si lo hacemos, entramos a comprobar que podemos tener una nueva percepción sobre las posibilidades que tenemos (las vibraciones que podemos notar… las elecciones que están a nuestra disposición…).

Eso es ser “como Dios”, porque “lo único” que es Dios para nosotros es un ser que es consciente, que está totalmente informado, siempre, de nuestras posibilidades, de todas las posibilidades, infinitas… de nuestra plena libertad, y que solo nos puede “ver” así.

Por eso los ayunos nos ayudan a sintonizarnos con esa especie de mente divina… con ese simple ser de Dios: “tomad todo lo que queráis”, “ya es vuestro”, “porque antes de que me lo pidáis, ya he respondido”, puesto desde ahí ya se ven todas nuestras elecciones… y simplemente a Dios le gusta que aceptemos entrar en el juego cada vez más libremente. Es su “papel”.

Así que como sabes… no era cuestión de creencias… sino de constataciones… igual que es constatable nuestra unidad con todo… si la queremos entender así… pues siempre podemos interpretar todo de otra manera para rehuir lo evidente.

Así que, recordemos, se trata de salir de la mentalidad de “si esto, entonces lo otro”, “si hago esto, entonces conseguiré esto”… esa mentalidad de “tiempo agobiante”, podríamos decir… de… “si no hago esto, es que no me voy a poder despertar nunca”… Y así nos justificamos.

Claro, se trata de alejar esa mentalidad, estar en una mentalidad inocente para recordar que cualquier práctica que nos “ayuda” nos está ayudando a constatar que ya estamos y somos cielo.

Aquí va por fin una cita sobre el ayuno, y el enlace al PDF revisado va abajo del todo, con la traducción que hice hace un año pero revisada hasta esta parte. En la revisión por esta sección de preguntas de la Lección 2, y dentro de dos o tres semanas estará ya terminado de revisar todo el libro:

«Cuando el alma desea cambiar frecuencias vibratorias para poder recibir nuevas señales, es muy valioso preparar el cuerpo, desviándolo de sus patrones usuales.

» Por ejemplo, cada vez que comes una cierta comida —y lo haces diariamente, día tras día, mes tras mes—, el cuerpo se adapta a esa frecuencia vibratoria. Aprende a recibir la energía de esas sustancia, aprende a adaptarse a esa sustancia, a morar con esa sustancia, y entonces utiliza la energía de esa sustancia. Y cuando te apartas de ella, se crea un espacio. Hay un marco temporal, por así decirlo, en el cual el cuerpo ahora ya no está recibiendo las señales que le brinda esa sustancia. Y él crea, por así decirlo, una pausa. La propia inteligencia de la estructura celular del cuerpo hace una pausa. Y, al detenerse, puedes empezar a enviar nuevas señales a las células para que estén abiertas, receptivas, de modo tal que puedan sintonizarse a sí mismas en nuevas frecuencias, que entonces podrán ser recibidas, aceptadas.

» Por tanto, se trata de una práctica muy común en las vías espirituales, ya que cuando el alma desea hacer más profundo su sentido de autoconsciencia, haciendo más profunda su conexión con Dios —o como quieras entenderlo—, eso que se llama “ayuno” siempre ha sido de ayuda para facilitar un tal cambio, pues pone al cuerpo en descanso. Lo saca de su rango normal de experiencia vibratoria, de tal modo que pueda abrirse a sintonizar con nuevas frecuencias. Entonces, el ayuno tiene dicho propósito, como medio de preparación.

» Mas, en segundo lugar, esto también afecta a la naturaleza de la propia mente, de la mente pensante que está enlazada con el cuerpo y con el campo vibratorio del ámbito físico. Mediante el proceso de ayuno, la mente también se hace más lenta. Se hace más abierta. Se crea una cierta espaciosidad en ella. ¿Y por qué es esto valioso? Porque el alma quiere empezar a enviar nuevas señales, descendiendo, desde los niveles más profundos de la Mente, a través de la mente pensante, hasta llegar hasta las células del cuerpo. El alma está pues tratando de volver a crear, de recrear sus percepciones, la estructura desde la cual tu yo más inferior —tu mente egoica, la que te lleva a lo largo del día— ha estado trabajando. Está tratando de cambiar esto. Así que el ayuno no es solo una cuestión corporal. También afecta a los mecanismos cerebrales de pensamiento, permitiendo que nuevas señales eléctricas envíen pulsos a través del cerebro, y desciendan al cuerpo. Y por tanto, de igual modo, crea una espaciosidad, de forma tal que puedan ser recibidas nuevas frecuencias.»

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Para el PDF, ver la sección 6 del índice del blog.

Y también se puede acceder a la carpeta pública de unplandivino, donde tengo (en google) las últimas versiones de los pdf’s.
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(*) De entre los libros de Sor Emmanuelle, sobre todo ver su libro: Medjugorje, el triunfo del corazón.

 

III. Desde las perspectivas a las elecciones, sobre una cita de Walsch

Walsch (Libro 3):

«Si todo está sucediendo ahora, ¿qué determina la parte de todo eso que voy a experimentar en mi momento del “ahora”?
» Tus elecciones -y tu creencia, tu confianza en tus elecciones. Esta creencia la crearán tus pensamientos sobre un tema particular, y esos pensamientos surgen de tus percepciones; esto es, de “la forma en que tú lo ves”.
» El vidente ve la elección que tú estás haciendo ahora sobre el “mañana” y la ve realizada. Pero un vidente verdadero siempre te dirá que no tiene por qué suceder de esa manera. Puedes “elegir de nuevo”, y cambiar el resultado.»

Repasemos lo elemental (a cuento de la cita):

La PERCEPCIÓN/PERSPECTIVA, ¿qué crea?
(la PERCEPCIÓN que asumo dentro, la que interioricé en lo que siento que fue “hace mucho tiempo”… y que “interioricé” de cierto modo justificando el miedo… (aunque todo es Ahora) —>

La PERCEPCIÓN —>

crea PENSAMIENTOS —>

que crean CREENCIAS-confianza —>

y estas CREENCIAS (“confianzas”) —>

reforzarán más o menos mis ELECCIONES —>

que son lo que determina mi EXPERIENCIA ahora.

PERCEPCIÓN —> PENSAMIENTOS —> CREENCIAS —> ELECCIONES —> EXPERIENCIA

Así que “mis elecciones”, y la manera en que confío o creo en ellas (creencias)…

… determinan mi experiencia…

A su vez, mis creencias están determinadas por mis pensamientos sobre un tema.

Y estos pensamientos surgen de percepciones (perspectivas: mi manera de ver las cosas).

Si nada se nos puede hacer “desde fuera”, entonces siempre estoy viviendo mis ELECCIONES. No soy víctima, soy libre.

Todas las POSIBILIDADES de cierto modo YA existen, pues todo está sucediendo en el Eterno Presente de Dios, es decir, Ahora.

Así que todo depende de mis ELECCIONES, y de mi discernimiento sobre ellas, de mi Consciencia.

Lo que determina mi experiencia son pues mis elecciones; y la confianza y las “creencias” en torno a esas elecciones –por eso todo es al principio un “desarrollo de la confianza”.

La confianza o la creencia en mis elecciones es creada por mis pensamientos sobre un tema:

por ejemplo, puedo haber elegido pensarme y sentirme “inferior” o carente, etc. (de hecho, el pensamiento raíz que estamos de cierto modo “extirpando”, es el que dice: “estamos realmente separados de Dios”, y, por tanto, “estamos realmente separados de alguien”.)

Así que ese tipo de pensamientos serían los que quizá he vuelto a querer interiorizar desde pequeño, convirtiéndolos en creencias (“confianzas”)… desde el ambiente familiar.

Y aunque nadie tiene la culpa… simplemente “interioricé” esa ilusión, es decir, me identifiqué con una forma de miedo, que es lo que hacemos en la rueda del ego… dejándonos influir por lo que ofrece el ambiente, ya que nos ponemos a interpretar, dentro de ese ambiente, poniéndonos en sintonía con la manera en que parece que las mentes que vibran en ese ambiente están interpretando la vida.

Así, entonces, tengo pensamientos de eso, pensamientos que se me habrán hecho familiares en forma de creencias… y que por tanto no vigilaré demasiado.

No los vigilo, pues son mis “queridas” creencias de indignidad y carencia… que aprecio y asumo manteniéndolas ahí… amargando el corazón.

Y, en el fondo, es como si no quisiera rechazarlas sanamente… pues si lo hago creo que mi identidad se perdería (yo separado)… al haber basado mi identidad en lo que creo ser, y no en lo que realmente soy en el Ahora eterno.

Así que seguiré vibrando ahí, pues eso será de hecho lo que estaré comunicando al universo; permití que esos pensamientos se convirtieran en mi elección… y como dar es recibir.

Esos pensamientos surgen de cómo vemos las cosas: de la percepción, perspectiva…, de la manera de ver la cosas que tenemos.

Esas “maneras de ver”, como sabemos, las creamos con todos esos patrones que hemos interiorizado de nuevo en los diversos ambientes, para identificarnos con las ilusiones: todas esas voces y miradas “limitantes”, todas las que hayamos podido absorber aparentemente de “la sociedad”, “los padres”, “las familias”, “los profesores” –cuando todo esto se mostraba vibrando en un modo “bajo”.

Así que seguimos admitiendo dentro miradas que no nos ven “divinos”… y así, nosotros mismos aceptamos no vernos bajo la verdadera luz…, inconscientemente…, y alimentamos una percepción que no es la que Dios tiene de nosotros: puramente libres.

IV. Un curso de amor, C:8

Estoy muy contento por cómo van quedando los comentarios sobre los capítulos del curso de amor, y los propios capítulos de la traducción que estoy revisando ya más definitivamente.
Este capítulo 8 es una invitación también muy inspiradora y útil.
Si alguna vez lo leísteis, releedlo en la nueva versión (esta es la carpeta donde voy subiendo la actualización de los pdf’s del curso, aparte de al punto 5 del índice del blog).

La lectura de este capítulo bellísimo y muy práctico nos lleva a hacer un viaje hacia nuestra condición de ser luz, ser luz creadora, fuera del tiempo.

Nos invita a sentir y a aceptar la paradoja en la que ya estamos viviendo, lo queramos o no.

Nos invita a observar el cuerpo para ir captando esto. Y respecto a esto, sabréis que hay muchos tipos de “ejercicios” por el mundo de la espiritualidad, ejercicios muy útiles –como el impactante de mirarse a los ojos en un espejo, con actitud de apertura, preguntándonos quiénes somos.

Lo único que se requiere es que hagamos esta observación “con el corazón”.

Podríamos decir que la lectura repetida y lenta de este capítulo nos puede ayudar a ponernos más aún en sintonía con la siguiente visión, si lo permitimos:
con cómo nos veríamos o nos “entenderíamos” desde nuestro verdadero ser, en la unidad, en la unión espiritual… con espíritus como el de aquel que nos habla en el curso.

Así, como siempre, somos luz creadora, y estamos abriéndonos a aceptarlo (que somos un ser eterno no espacial, aceptándolo aunque estemos en las formas transitorias).

Y lo que hacemos, cada día es, dicho rápidamente, crear, es decir, recordar la creación (pues estamos en una condición de olvido, y desde aquí solo estamos intentando recordar).

Lo único que sucede es que recordamos según una especie de sistema de pensamiento falso. Pero, de todas maneras, es creación, aunque al principio lo tuviéramos que distinguir muy bien, llamándolo por ejemplo “fabricación”. Y “es creación”, pues no hay nadie fuera de nosotros que esté creando nuestros días. Somos creadores, no somos todas las elucubraciones mentales y emocionales que nos tienen entretenidos en la actitud “ilusoria” de: «yo no tengo mucho que ver con lo que “me pasa”».

Desde nuestra condición de olvido, es como si estuviéramos “aprendiendo” a crear como Dios, como nuestro Padre, aunque siempre se trata de algo más allá del aprendizaje, tal y como lo entendemos. Recordemos, del capítulo 3, que debido a nuestro concepto de la mente, estamos intentando filtrar un aprendizaje “que no es de este mundo” con los conceptos del aprendizaje de este mundo.

Al estar en un sistema de pensamiento de escasez, intentamos aprender nuestro ser (amor y plena abundancia) con aquello que no podríamos aprenderlo jamás, pues en el fondo se trata de recordar y de expresar… ya que YA somos amor, ya somos y tenemos “todo”, y, simplemente, venimos a expresarlo para poder así volvernos a crear –recordando un poco mejor, podríamos decir, el modo de crear de Dios.

Por eso habla tanto de recuerdo, en el capítulo.

En este mundo hemos “aprendido” lo falso. Hemos intentado aprender que no somos amor (verdad).

Así que:

«Cada día es tu creación, reunido y sostenido mediante el sistema de pensamiento que lo concibió. Observar esto es ver su realidad. Y ver esta realidad equivale a ver la imagen de Dios que tú has creado a semejanza de Dios. Esta imagen se basa en tu recuerdo de la verdad de la creación de Dios, y en tu deseo de crear como tu Padre. Es lo mejor que podrías hacer en tu condición de olvido. Pero aun así, tiene mucho que decirte.»

Nosotros de cierto modo estamos creando a Dios, estamos creando lo que Dios significa para nosotros, desde dentro de nuestra luz creadora. Dios “significa” el universo para nosotros. Con él simbolizamos a Dios. El universo representa nuestras elecciones a la hora de hacer esa simbolización. Así que lo estamos recordando así, y en realidad, le estamos “homenajeando” así, así estamos “adorando” a nuestra Fuente, a nuestro Ser Original en esa Fuente –aunque en nuestra condición de olvido hayamos perdido ese sentido de adoración, del homenaje y de la verdadera reverencia, en esta tierra tan retorcida.

Y creamos en función de las creencias y pensamientos que nos surgen del hecho de que estamos creando y recreando a Dios.

Por eso en el curso de milagros se insistía tanto y de forma tan clara y simple en no responsabilizar a Dios del universo de formas físicas, no hacer eso demasiado rápido, pues necesitamos abrir un espacio (que este curso colmará) donde poder entender que literalmente estamos creando a Dios.

Pues nosotros somos el modo en que Dios puede experimentarse (Dios como nuestra plena y única relación total, la relación que todos con todos somos, en eterna extensión).

Entonces, si acaso la “responsabilidad” de Dios está muy mediada por nuestro ser (ser creadores), pues Dios está plenamente a nuestro servicio, ya que DIOS ES ESTE MISMO SERVICIO: la VIDA, sirviendo como fuente eterna de pura libertad creadora.

Así que cada día, cada realidad diaria que creamos, es una tal creación y recreación. Y luego… luego le echamos las culpas, como sabemos, a ese Dios que hemos creado, a esa imagen de Dios que creamos cada día mediante todo el universo y todo lo que sucede en una de esas “imágenes completas” que llamamos “días” (le echamos la culpa a los días que creamos, al universo que creamos…).

Así que ese es el “juego”: recordar la verdad de la creación, desde una condición de olvido.

Desde esta condición, tenemos en principio dos modos o sistemas de “armar” los días: sistema del ego (separación), o el de Dios (unión).

Son muy comparables entre sí, aunque no tengan nada que ver; son de cierto modo equiparables, pues como sabemos, para cada cosa del ego (relativa a separación), Dios tiene una respuesta que le dará la vuelta (unión).

Y, nos aclara ahora que no se trata de que NO nos estemos acordando de Dios y de su creación. No, ese no es nuestro “problema”. Al contrario, se trata de que en realidad nos acordamos hasta de los más mínimos detalles, y por tanto, lo único que nos “pasa” es que de cierto modo nos autoengañamos con nuestras creencias, por el modo que elegimos de “armar” cada día ese recuerdo –de verlo, de sistematizarlo (según el sistema del ego).

«Así pues, tu recuerdo de la creación de Dios es un recuerdo que conservas hasta en sus detalles más ínfimos. Sin embargo, los detalles enmascaran la verdad tan completamente, que toda verdad acaba sometida a la ilusión.»

Y nos pone este ejemplo clarificador:

«Todos podemos evocar el recuerdo de al menos un incidente que, cuando fue expuesto a la luz de la verdad, resultó ser una mentira de enormes proporciones. Ocurre al recordar ocasiones en que creías que un ser querido te quería perjudicar cuando en realidad estaba tratando de ayudarte. O cuando recuerdas situaciones que te resultaban vergonzosas o destructivas pero que en realidad pretendían enseñarte lo que necesitabas aprender para conducirte hacia el éxito del que ahora gozas.»

Cada uno de esos eventos que distorsionábamos tan totalmente en nuestras vidas particulares… cada una de esas cosas que malinterpretábamos poniéndolas patas arriba…, son cosas que resuenan y que simbolizan lo que estamos haciendo en general aquí, en la tierra, cada una de las mentes o almas: crear desde una condición de olvido; una condición que, al principio, en nuestro estado, recuerda a Dios casi completamente al revés –podríamos decir.

V. La Vía o el Camino del corazón, LVDC:L4

El deseo es la simple llamada a extender amor, a extender el amor de nuestro ser, ese ser no creado por nosotros.
Como no lo hemos creado, nos da miedo.
Como no nos hemos creado a nosotros mismos, ese hecho, nos da miedo.
Y así vivimos en el miedo.

Y, lo que puede parecernos increíble, es que esto es aprendido. Solo nos damos miedo porque hemos aprendido ese miedo, hemos aprendido a identificarnos con él, en el mundo. Aprendemos, en el mundo, a no aceptarnos a nosotros mismos; y lo aprendemos del mundo. Aprendemos a tener miedo del ser natural.

Es aprendido, y es lo que estamos desaprendiendo. Dice esta lección 4:

«Has aprendido, por tanto, a temerle al deseo, pues este miedo es el efecto de temerte a ti mismo.»

Y esto, ¿por qué?:

«Si pudieras arrojar todo deseo fuera de tu ser, entonces, podrías mantenerte con el control, y le gustarías a todo el mundo, ya que te habrías adaptado a la pequeñez e inferioridad que tan adorada es en la conciencia humana».

Ahí lo tenemos, al viejo conocido el control, a ese amigo del miedo, que es como si fuera el jefe de la comparación.

Es el miedo a ser nosotros mismos, a ser quienes somos realmente, que se gestiona con control, con comparaciones, con adaptaciones para no resaltar demasiado… etc.

También sabemos que nuestro ser es a la vez nuestra función, pues el amor conlleva una especie de simple función: extensión.
El amor no puede ser sin extenderse.
Y esa función lógicamente conlleva felicidad.

“Extensión” podría ser un sinónimo de “deseo”.

Como sabemos, el mismo ser es deseo, pues Dios es puro amor creador, puro deseo de crear en libertad sin límites, creando más libertad…, extendiendo eso a todos los planos, dimensiones, creaciones de “sus hijos”, allá donde crean ellos que están.

Esa es nuestra función, que es nuestro ser. Y no hay nada que pueda escaparse de estar de cierto modo habitado por ese Amor de Dios puro, como puro deseo de extensión.

Entonces, hemos aprendido a reaccionar contra nuestro ser simple, natural.

Así que tenemos que desaprender eso mismo, ese “demonio” que hemos inventado en nuestro interior, que se opone al ser original, al “Cristo” en nosotros, al “Cristo” como lo que fue creado puramente por Dios –como nuestro ser original.

Pero no podemos desaprender si seguimos atados a los patrones del aprendizaje, pues lo que somos (amor) no puede ser aprendido.

Y bien, no es que “los adultos”, o los padres, los profesores, etc… tengan “culpa” de nada (ellos saldrán a relucir en esta bellísima lección de Jeshua en comunión con Jayem).

No, no es eso.

Simplemente hacemos una observación, no un juicio.

Y observamos que eso es lo que parece pasar:

a los niños, puro deseo, se les somete INNECESARIAMENTE a ambientes de frustración, donde los padres y muchos adultos ayudan a transmitir la tentación de su propia frustración, de su propia negación de su deseo… en forma de pensamientos programantes: “no podrás hacer…”, “no te lo mereces”, “eso es malo”… salpicados por más o menos momentos de verdadero amor incondicional.

Y eso es innecesario, porque si eso sucede así, es simplemente porque no manifestamos nuestra ELECCIÓN: la elección de CREAR, en esta tierra, de una forma más pacífica y armoniosa nuestras vidas individuales y colectivas…, de una forma más alegre.

Y si no manifestamos esa elección interior de nuestra alma es porque tenemos miedo a soltar, ya que si habláramos de esto, tan obvio, habría que abandonar cosas concretas y modos de “crear”:

– el modo de pensar en la propiedad y el cuidado de las cosas y los seres (por ejemplo todo lo que a menudo conlleva decir “mis” hijos)…

– habría que pedir a los demás que compartieran con nosotros las “obligaciones” de otro modo… para que dejáramos atrás el pensamiento de “obligaciones”… que es el que nos va matando, y va destrozando nuestro patio de juegos terrestre.

Y ese miedo, a su vez, nos lo hemos programado con todas esas voces que escuchábamos en nuestro ambiente, y que interiorizábamos, desde pequeños… con las cuales APRENDIMOS a reprimir nuestro ser natural de deseo.

Aunque, por cierto, vemos que, en realidad, tales obligaciones, como las de la crianza, ya están de cierto modo muy “compartidas” socialmente.

Si vemos, la crianza en gran parte la hace el Estado, con las escuelas, etc., cosa esta que ya tiene su lado “bueno”… y que sería obviamente mucho mejor (según lo que queremos: ser más alegres y libres)… si:

– se quitara el aspecto de “obligatoriedad”…

– y si las escuelas fueran menos represoras y más amorosas…,

– y sería por cierto también fantástico que hubiera más espacio mental ofrecido a las madres para que se pudieran atrever a sentir más su maternidad y, por tanto, no soltaran quizá tan pronto a los niños en los jardines de infancia sin sentirse realmente felices haciéndolo… porque “tienen la obligación de ir a trabajar”.

Y, mientras tanto, quizá nos veamos “por arte de magia” reelaborando leyes y “sistemas de ayuda” para poder así manifestar nuestras nuevas elecciones en cuanto a felicidad y niveles de consciencia de nuestra alegría natural… y por tanto, para ayudarnos ANTES a ser felices… ANTES eso QUE a ser cualquier cosa mundana, cualquier papel mundano: “padres”, “madres”, “profesores”, “trabajadores del ramo tal”, etc. (y, por supuesto, hasta que se disolviera toda ley… porque la felicidad es simplemente nuestro ser natural).

Así que, en la observación, no hay culpa, acusación, incriminación. Observar no es juzgar, sino abrir puertas a sentir juntos lo que sucede –con-sentirnos nuestro propio ser, para caminar en la dirección de aceptar nuestros propios sentimientos.

Observamos simplemente lo que sucede, los malestares dentro… que surgen a menudo simplemente al no poder hablar de lo obvio: al no poder hablar de cuándo y de quién quiere o no quiere hacer algo…, de cuándo y cómo realmente esa persona concreta disfruta o no con ello…

Y como no podemos compartir nuestros sentimientos sobre las obligaciones… sobre los agobios obvios… alimentamos la creencia, una vez más, en la soledad… en el “me tengo que valer por mí mismo”.

Pues eso mismo es lo que también aprendimos por nuestra parte de nuestras familias y adultos cercanos: aprendimos que nuestros sentimientos eran “malos” en sí; que nuestros deseos y por tanto nosotros mismos contenían algo incorrecto… y, entonces, a “los niños” les pasaremos lo mismo –dentro de una gran frustración generalizada por “no saber lo que pasa”, por parecer que “no sabemos lo que queremos”…

Pero lo natural obviamente no es todo esto que sucede, que es resultado de distorsionar lo natural (el puro deseo con el que nacemos como niños).

Tanto unos como otros somos solo amor.

Así que nos protegemos de nuestro propio ser, y así nos protegemos del amor, pues fuimos creados por el Amor como puro amor, y nada más –el resto, son nuestras creaciones, lo que fabricamos con distorsiones… a nuestra elección, aunque luego “no sabemos lo que hacemos”.

Todo el tema de esta lección 4 es pues este:

el que nuestro deseo esté distorsionado, no quiere decir que desear sea “malo” (de hecho, como sabemos, no hay nada absolutamente malo o bueno, pues todo en el fondo son elecciones en libertad, realizadas desde todos los niveles del alma, por así decirlo).

Así que quizá nos animemos a releer más y a practicar más esta memorable Lección 4 sobre el deseo, de la transmisión de Jayem (ahora que reviso detalladamente la traducción que hice hace un año).

Nos estamos librando pues de todas esas voces críticas, las voces del crítico que alojamos dentro, como dice esta lección :

«Por cierto que el crítico no es algo que tú hayas creado. Es algo que permites que viva en tu mente, y que fue fabricado por un conjunto de otras mentes temerosas, padres y profesores.»

Nos estamos librando de esos medios y esas reacciones que empleamos para censurar nuestro propio ser, nuestro propio deseo.

Hemos permitido que se alojen en nuestra mente esas voces que censuran lo que sentimos, que critican lo que sentimos. Se han hecho resortes, patrones que nos hacen reaccionar según el pasado.

¿Esas voces son nosotros?

No -dice ahí. Simplemente hemos dejado que nuestra mente quede cautivada por ellas, y se vea justificada mentalmente en aceptar algún miedo.

Imaginaos de pequeños, que vuestra mente se está formando, está iniciándose… entendiendo el mundo… y recibe esos mensajes de adultos que son “niños distorsionados”, niños rotos.

Entonces, el niño que éramos, se ve obligado (por mero amor, mezclado con el instinto natural de supervivencia), se ve obligado a parecerse a esos adultos.

Y así nos sucederá hasta que paremos de alimentar las creencias raíz, los pensamientos sobre nosotros mismos, la perspectiva o percepción que tenemos sobre nosotros como “malos”, y que se arraiga en el principio de los tiempos. Con esa percepción “entendíamos” que el universo es realmente un lugar hostil, que la vida es hostil, que no somos libres, que somos esencialmente malos, etc.

Es lo que podemos llamar la creencia en el pecado original, que está habitando profundamente en las mentes de todos, de las personas tanto religiosas, como de las no-religiosas o ateas (se ve muy bien en los ateos que también dicen que el ser humano tiene algo esencialmente malo, torcido).

VI. Un curso de amor, C:9

El curso sigue hablando del modo en que realizamos esta tarea loca de “someter lo incomparable a lo comparable” (lo incomparable del amor que somos, como pura extensión…, a “lo comparable del mundo”).

Al hablar de esa tarea de sometimiento que provocamos en nuestro ser… y al ver que siempre se trata de lo mismo (al ir generalizando), podremos ir aceptando esa “separación respecto al cuerpo” de la que hablábamos en el capítulo 8, y que será otra vez tratada de forma muy divertida en el 10 (una separación necesaria para que pueda ir entrando el Yo real a esta dimensión, a acoger verdaderamente desde nuestra unidad todo lo que vemos e interpretamos ahora como ajeno –para que pueda entrar a acoger nuestras creaciones).

En el capítulo 7, este autosometimiento que nos provocamos se entendía como retención, como escatimar.

Este concepto de RETENCIÓN abarca o resume prácticamente todo el sistema del ego, pues abarca:

  • Al concepto de CONTROL y de PROTECCIÓN (basados en el miedo).
    Pues como hay que controlar y proteger, ya que el miedo para el ego es real, y nuestro ego o “yo separado” depende de habernos identificado con el miedo y sus hijos… entonces… debemos retener, escatimar, etc.
  • Abarca también al concepto de ESPECIALISMO, donde teníamos el ejemplo de que, en el mundo, cuando estamos “en el ego”, no es que queramos ser por ejemplo “generosos”, sino que queremos ser MÁS generosos que esa otra persona, o “MÁS inteligentes que…” –siempre dependiendo de las comparaciones del mundo: siempre A EXPENSAS DE alguien o de algo.
    Así es como sometemos nuestro ser (puro amor como extensión) a lo comparable, a lo que hacemos con la mente aquí, comparando cosas para poder “sobrevivir” en el mundo.
  • La retención también abarca nuestro constante ESCATIMAR, nuestro GUARDAR miedoso, nuestro ACUMULAR miedoso… o nuestro guardarnos a nosotros mismos, nuestro preservarnos, protegiéndonos del mundo.
    Y también en el sentido de RESENTIRNOS: “esta te la guardo yo”, “esta no se me olvida”… como cuando nos resentimos ante algo que “nos hacen”, y conservamos esa ofensa o ese agravio dentro nuestro, como amargándonos, justificando así a nuestro yo separado (como cuando no se nos devuelve una llamada telefónica… etc.).

Así que abarca todo eso: control, protección, especialismo, escatimar, guardar, acumular, resentirnos.

Y ahora, en el capítulo 9, ponemos el foco sobre otro concepto que parece ser la base de toda retención: el USO.

Todo depende aquí de que, nosotros mismos, debido en gran parte a la manera en que vemos a nuestros cuerpos (debido a la actitud que tenemos al habitarlos), hacemos que todo gire en torno a la utilidad.

Y así es como creamos ese pedestal que hemos hecho para adorar a las necesidades; así convertimos este mundo en una especie de iglesia para adorar a las necesidades… para con ello nunca poder salir de la dictadura de la necesidad.

Esto que hemos hecho con los cuerpos lo comenta en la siguiente cita este capítulo. En la cita, “quien usa” es el cuerpo, y “el objeto usado” es el cuerpo. Es decir, coinciden el usuario y lo usado, y por tanto Nosotros hemos desaparecido de la “ecuación”:

«¿Cómo pueden ser una misma cosa quien usa y el objeto usado? Esta locura hace que el propósito de tu vida parezca ser el de la utilidad».

Al habernos identificado con el sistema de pensamiento del ego, que interpreta el miedo como algo real, nos hemos identificado con los cuerpos. Es decir, nos hemos identificado con el instrumento que nosotros usamos, pues no somos el cuerpo.

Entonces, nos perdemos a nosotros mismos, ya que ya no hay usuario real (solo en ilusiones). El usario y el objeto usado (el cuerpo) son el mismo, y nuestro Yo real ha desaparecido del mundo (en ilusiones).

Y así, dice, el propósito de todo en la vida parece ser el del uso.

La vida se tiñe por completo del concepto de utilidad, y todo queda como desfigurado por el concepto de uso.

Y por tanto, la unión interior eterna que ya somos, como plena relación gozosa de creación, queda distorsionada, y damos paso a la locura del sistema del ego.

De esta relación habla en varios puntos de este largo capítulo:

«En tu recuerdo de la creación has recordado que todas las cosas existen en relación y que todas suceden en relación. Por ello, has elegido usar la relación para demostrar tu existencia y para lograr que sucedan cosas. Este uso de la relación nunca te proporcionará la prueba o la acción que buscas, pues la relación no puede ser usada.»

¿Qué es el uso?

«Todo uso se basa en la simple idea de que no tienes lo que necesitas. Mientras tu lealtad permanezca dividida, seguirás creyendo en esa idea».

Como ya vimos, van ligados obviamente el uso y la necesidad.

Y entonces:

«¿Qué harías con tu vida si no tuvieses necesidades que satisfacer? ¿Qué harías con tu vida si no tuvieses miedo? Estas dos preguntas son en realidad la misma».

No tener miedo quiere decir no tener miedo a las relaciones. Pues estas son un hecho, y las necesitamos. Así pues, aunque no necesitamos la necesidad 🙂 … sí necesitamos las relaciones. ¿Para qué? Por decirlo de algún modo: las necesitamos para expresar nuestra plenitud, para expresar esa parte nuestra original, lo que Dios creó, que está dentro de nosotros (y no las necesitamos para “completarnos”). Las necesitamos para expresar esa única relación santa que somos con todos y todo.

Y, para terminar, sobre esto mismo:

«No es ningún secreto que vives en un mundo de oferta y demanda. Y esa compleja red de uso y abuso se desarrolló a partir de este simple concepto: unos individuos que necesitan estar en relación para sobrevivir».

Ya vemos qué locura hemos conseguido representar al hacer real el miedo en este mundo… en un mundo que podría ser visto tan inocentemente como eso: como un mundo donde simplemente necesitamos estar en relación para poder vivir (jugar)… en este maravilloso mundo exterior de relaciones y formas deslumbrantes.

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También comenté algo sobre el C:9, en otros términos, aquí.

VII. Un curso de amor, C:10

Para comprender realmente la unión (más allá de la creencia), la unión con los demás, se necesita que la podamos “tocar” de alguna manera, se necesita cambiar nuestra percepción, y que por tanto nos separemos del cuerpo, cosa para la cual el curso ya ha preparado nuestras mentes antes de este capítulo (ya que el cuerpo no es nosotros).

Los anteriores capítulos nos han preparado por ejemplo cuando hemos hablado de que las emociones no son los sentimientos. Ahora, en este capítulo, se nos invita a contemplar profundamente la naturaleza de nuestros pensamientos (no los escuchamos con nuestros oídos):

«Puede que te des cuenta, por primera vez o de un modo diferente, de que siempre has oído tus pensamientos sin la participación de los oídos. Y puede que ahora estés pensando: “por supuesto, así es como oímos los pensamientos, es su naturaleza”. Pero, ¿has considerado alguna vez la naturaleza de tus pensamientos o meramente los has dado por sentados?»

Y es que, como sabemos, en el fondo nada en este mundo ha sido una cuestión de creencias:

«La única cosa que te cuesta creer es que estás unido a tus hermanos y hermanas ahora mismo, hoy. Una cosa es creer en Dios sin comprenderlo, y otra muy distinta es creer en la unión con tu prójimo sin comprender ni la unión ni a tu prójimo.»

Y:

«Creer que tú no eres tu cuerpo mientras vas por aquí dando vueltas en él, es muy distinto a creer en Dios.»

Aquel definitivo “creer en la unión” lo estamos preparando al dejar de creer que somos el cuerpo. Y así, vamos a incorporar cada vez más esa “creencia en la Unión”.

La vamos a hacer más y más “carne”, en nosotros, al irnos sintonizando amorosamente con el Yo en unidad… cosa que paradójicamente haremos mientras nos separamos de algo (del cuerpo), mientras tomamos distancia, mientras nos tomamos “un respiro”, respecto al cuerpo: es decir, mientras adquirimos más y más “libertad mental” sobre el modo de estar en el cuerpo o en el mundo (sin ser de él).

El curso nos acompaña desde tan pronto en este proceso, en esta aventura, ya desde este capítulo clave, y tras todos los capítulos anteriores que comentan todo lo importante que hay sobre nuestra liberación del miedo: la necesidad de mirar de otro modo a nuestro propio ser y a las relaciones… La necesidad de concebir la unión y el perdón; y la necesidad de cierta “generalización” en nuestro modo de vigilar los pensamientos.

Más allá de la creencia, vamos a actualizar, a hacer real, vamos constatar aquí lo que realmente somos, en las formas. Y vamos a crear a partir de ello, simplemente permitiendo que la Creación sea.

Pero va a haber impedimentos, ya que el sistema de pensamiento de la separación se rebelará, de forma “natural” (más bien, la palabra es “normal”, de forma “normal”, pues es lo aprendido -frente al amor, natural, que no puede ser aprendido):

«… tu yo separado buscará todas las pruebas posibles del fracaso, y con la mayor celeridad se encargará de indicarte que es inútil tratar de ser algo distinto de lo que eres: un cuerpo. Este es el “hecho” que te susurra constantemente al oído, es la mentira con la que te querría hacer creer que todo lo que intentas aprender aquí es imposible de aprender. Escuchas esa voz porque ha sido tu compañía constante en la separación, sin darte cuenta de que lo que te ha enseñado es a estar separado. Debes estar alerta ya que intentará interferir todo el tiempo, mientras le des crédito a lo que te dice.»
[…]
» Cuando tu yo separado te susurre: “tu cuerpo es un hecho”, solo necesitas decirte: “todavía estoy dispuesto a pensar de otra manera”.»

Así que lo que realmente somos es algo que nos permite experimentar las cosas aparentemente “raras” que comenta aquí, de esta forma tan natural, en este capítulo tan divertido sobre “salir del cuerpo”.

Gracias a que no somos un cuerpo, podemos experimentar todo eso tan divertido (aunque nos puede asustar si no nos hemos perdonado demasiado).

Y siempre hay que poner muchas comillas en aquello de “salir del cuerpo”, pues ya sabemos que nuestro verdadero Yo nunca estuvo realmente en el cuerpo, y ahora se nos invita fuertemente, por todo el planeta, a unirnos a él, a nuestro Ser en Unidad, para comprobar eso mismo con todo el sentir, con “toda el alma”.

La invitación es como siempre ha sido hasta ahora: personal; pues en este capítulo aparece la mano concreta del ejemplo de Jesús, como enlace para que vayamos perdiendo el miedo a abandonar toda necesidad de intermediarios para la Unión:

«Estoy aquí para enseñarte una vez más, puesto que yo fui la vida ejemplar. ¿Crees que cuando caminaba por la tierra era un cuerpo? ¿O crees que yo era el Hijo de Dios antes de nacer en forma humana, mientras existí en esa forma, y después de resucitar? Con razón a esto se le llama el misterio de la fe: Cristo ha muerto, Cristo ha resucitado, Cristo volverá de nuevo. ¿Qué falta en este credo? Cristo nació. En ningún lugar del misterio de la fe se dice que Cristo se convirtiera en un cuerpo.»

Así que el curso, ahora (y hemos de ir despacio con él), comienza a comentar más concretamente sobre ese cambio que se da en nuestra percepción, un cambio que continuará acompañando dulce y detalladamente hasta el final, cuando hable de nuestros Yoes espaciosos.

 

 

VIII. Un curso de amor, C:11

Hemos estado viendo que, lo que podríamos llamar “nuestro mal uso de las formas”, se ha traducido en el imperio del concepto de USO.
En este comentario sobre el capítulo 11 trataremos de nuevo sobre la ilusión de “ser nuestros propios creadores”. Vivimos en esa ilusión, y veremos de qué manera nos permite comentarlo esta parte del curso de amor.

El mal uso que hacemos de las formas, podría ser descrito así:
pensar que lo usado (el cuerpo) puede ser el usuario.

Y como siempre, “mal” quiere decir “no estar en sintonía con nuestro espíritu”, y por tanto es una simple cuestión neutral, de “sintonías”, ya que preferimos sintonizarnos a la idea del sufrimiento -y las ideas son creadoras, pues la Mente lo es.

Esto, como ya sabemos, lo hemos hecho para escaparnos ilusoriamente de nuestro verdadero Origen, de lo que en el curso llamamos “Creador”, que no tiene que ver con lo que la tradición puede sugerirnos… aunque al final sea lo mismo (*).

Nos separamos al elegir la siguiente interpretación en nuestra mente:
que los cuerpos son la fuente de nuestra experiencia.

Así, con esta interpretación, nos retiramos de la ecuación, retiramos a nuestra “alma” de la ecuación, nos sacamos de nuestro verdadero papel, como creadores de nuestra experiencia.

La situación es entonces esta (la intento desglosar un poco):

– somos una especie de Yo en unidad, un Ser en unidad.
Sería como un haz de Luz, infinito, para entendernos; en realidad, es un haz de haces… con muchos haces… haciendo como un juego de separación de lo inseparable, pues la Luz no se puede separar, más que jugando en la ilusión de lo que llamamos “Consciencia”… separándose en muchos “focos de consciencia”,

– este Yo está enfocado en las formas físicas, está empleado en la “actividad” que podríamos describir así:
“hacerse denso” aquí, en cada instante.
Y cada consciencia recrea, en cada instante, todo el universo por entero.
Somos pues, cada cual, un universo entero, una “copia” que es equivalente a la que contienen dentro el resto de “seres de Luz” como nosotros, el resto de haces de Luz, el resto de seres,

– nuestro Yo en unidad alberga dentro además la operación “ego”, la que realizamos aquí en esta tierra espiritualmente muy primitiva:
es la operación de creer que la separación es REAL (interpretar la separación como real),

– esta interpretación es artificial, pues en general no es necesario pensar así para poder estar en lo físico, para poder vivir aquí, en el mundo de la experiencia física relativa de los cuerpos,

– esta operación nos sirve para vivir la idea del “sufrimiento”, pues lo que creemos y pensamos, lo vivimos.
Vivimos siempre nuestra perspectiva sobre la Vida.
Experimentamos siempre nuestras elecciones más profundas.
Expresamos nuestra elección (separación), la expresamos en la vivencia de la experiencia de nuestras creencias y pensamientos, que refuerzan tal elección,

– para llevar a cabo esa operación “ego”, nuestra mente utiliza al cuerpo (y durante muchas vidas, aunque, en realidad, todas esas vidas son una sola cosa, o son “a la vez” -para nuestro haz de luz infinito),

– esta operación consiste en ver al cuerpo como la fuente, como el origen de lo que nos pasa aquí en las formas,

– así, conseguimos situar la fuente de lo que nos pasa en un “afuera” que no existe más que como concepto ilusorio, en nuestra mente (pues todo surge a cada instante, y en el fondo en plena libertad, desde nuestro haz de Luz, del espíritu).

Gracias a colocar el origen de nuestra experiencia en “el cuerpo” (que en realidad lo estamos “usando” nosotros, como Mente en Unidad, y no nos usa… que es lo que creemos con el ego, que el cuerpo nos usa, nos controla…)… gracias a esa maniobra… podemos hacer que se mantenga la ilusión del afuera, y así, podemos seguir en la ilusión de víctimas, etc.

Así que, una vez llegamos a este punto, y como ahora (con la interpretación del ego en la mente) entendemos que nuestra fuente es el cuerpo, a este lo sentimos claramente como algo separado de nuestro Creador. Y, de hecho, de este modo fácilmente conseguimos olvidarnos de que realmente tenemos un Creador. Y, si nos olvidamos de esto, quiere decir que, como no hay nadie más, nosotros mismos tendríamos que haber sido nuestros propios creadores.

¿Cómo es que fácilmente nos olvidaremos del Creador?
Sí, porque ocurre lo siguiente:

– hemos fabricado la siguiente ilusión:
la ilusión de que el cuerpo, que es nuestra creación, parezca ser nuestro origen, nuestra fuente, la fuente de nuestras experiencias.

– Así, indirectamente, conseguimos tener esta otra ilusión:
que nos hemos creado a nosotros mismos, pues si el cuerpo, que es nuestro “hijo” (como Mente creadora que somos, como “parte” del haz infinito de luz que somos)… si el cuerpo, que es nuestra creación, puede ser la fuente de nuestra experiencia… entonces, nosotros mismos somos nuestros creadores, nosotros mismos nos hemos creado a nosotros mismos, ya que algo que hemos fabricado (cuerpo), nos está “creando” a cada instante.

– Y así vivimos la vida:
experimentamos la ilusión del “afuera” que nosotros hemos inventado.
Vivimos la ilusión de ese afuera, propio, que nos hemos inventado por nuestra cuenta.
Y así también hacemos que otra ilusión más parezca ser nuestra “madre”… la ilusión de “soy víctima de circunstancias que están fuera de mi control”, etc.

Estamos por cierto comentando una parte de este capítulo, que ahora cito para seguir comentándola un poco más:

«Tú crees que tu fuente y tu Creador son dos cosas separadas, y rara vez siquiera recuerdas que no eres tu propio creador. Has hecho esta separación basándote en la idea de que aquello que te ha creado no puede ser una unidad con contigo. Una vez más, esto solo señala tu falta de reconocimiento acerca de lo que realmente es la creación. […]
» Tú no te has creado a ti Mismo, no has creado a tu Yo, y no obstante, haces de la vida una recreación de ti mismo, y al hacer esto, tratas de probar que eres tu propio origen, tu propia fuente.»

Creemos que nuestra fuente y nuestro Creador son cosas separadas.

Y siempre vivimos lo que elegimos creer y pensar.

¿Cómo vivimos lo que creemos? ¿De qué modo conseguimos experimentar la vivencia de estar viviendo nuestras creencias acerca de esa separación con respecto al Creador? Muy sencillo: haciendo ese juego de ilusiones que hemos descrito arriba, ese ilusionismo.

Vivimos en aquella ilusión ya descrita, y que nos parece muy real:
a nuestro cuerpo, que ahora vemos como nuestra única fuente, lo sentimos como algo obviamente separado de nuestro Creador, en nuestra consciencia.

Así que como creíamos eso (fuente y Creador están separados), vivimos eso: incorporamos o implementamos esa creencia en nuestras vidas en este mundo de cuerpos.

En esa misma manera en que vemos y vivimos el cuerpo…, ya vivimos esa creencia, pues al cuerpo lo interpretamos así, con nuestro sistema de ilusiones.

Y así, vivimos en cada instante en la ilusión de “nos hemos creado a nosotros mismos”; la vivimos cada vez que interpretamos al cuerpo como fuente de nuestra experiencia… pues vivimos nuestra propia ilusión, esa misma ilusión de que el cuerpo, nuestra creacion, es nuestro origen.

Así, separamos, de hecho, pues realmente para nosotros es muy real… es efectivo, a cada instante… separamos de hecho… a nuestro verdadero Creador, Origen, Fuente… de nosotros mismos, utilizando a los cuerpos de este modo “ilusorio”, bajo el imperio del concepto del USO.

En vez de permitirnos abrir nuestras ilusiones al imperio de la unidad de amor que ya somos y seremos eternamente en relación, nos cegamos al reconocimiento de esta unidad, y “nos ponemos las cosas difíciles” instaurando un férreo imperio del uso: este sometimiento a la idea de que “hay algo que nos falta” -pues el uso, como vimos, depende de esta idea.

Así que, como siempre, nosotros vivimos nuestras ideas ayudándonos de nuestras propias creaciones, los cuerpos. Y ahora estamos en el imperio del USO, el imperio del sistema de pensamiento del ego, de la retención generalizada, la proyección… frente a la unión.

En vez de interpretar nuestra verdadera necesidad de relaciones de forma neutra e inocente, hemos teñido y teñimos constantemente esta necesidad natural (que es natural en este mundo de experiencia relativa)… la teñimos… de ese sentido de carencia artificialmente impuesto sobre nuestro universo por eso que llamamos “sistema del ego”, por nuestra mente enloquecida por el USO… enloquecida en ese rechazo de nuestro Yo en unidad, del Ser en unidad.

Otorgamos el poder a nuestras creaciones: el poder de darnos nuestra identidad en cada momento, el poder de ser la fuente de nuestra experiencia y de nuestra identidad total…, y así vivimos en la ilusión creada por nosotros mismos, y que por tanto nos hace sentir, sin darnos cuenta, que somos nuestros propios creadores.

Sin embargo, nuestra identidad verdadera ya es… nuestro Yo verdadero en la Unidad y la Relación eterna ya ES, desde siempre… y en realidad, aquí, venimos a salvarnos de nosotros mismos dejando paso libre, en las formas, a la Creación que parte del reconocimiento de ese Yo en unidad que tan solo requiere ser expresado y recreado aquí, para la creación de lo nuevo.

«Existes, muy simplemente, debido a tu relación con el amor.»

___
(*) El Creador y nosotros somos una unidad, y, por tanto, la voz que habla en el curso, es de cierto modo nosotros mismos, es el Creador, y nosotros somos el Creador. Es decir, en esos niveles de comunicación, en el ámbito del espíritu (la unidad), no hay separación como la entendemos aquí… y las identidades que tenemos allí, en ese “reino”, no podemos entenderlas bien con nuestras mentes condicionadas por nuestra dimensión (solo venimos a expresarlas, sentirlas aquí, plenamente).

 

IX. Un curso de amor, C:12

Este capítulo nos prepara para lo que describirá el siguiente.
Y se trata de lo que venimos a hacer a estas tierras: vernos en los demás, vernos dentro de los demás, es decir, “ver al Hijo”, ser la visión del único Hijo que somos, aquí entre las formas; ver y ser la creación como unidad, ser la creación de la Creación primigenia.

Nosotros somos “parte” de la creación (Hijo) de la Creación (Padre):

«El Hijo se extendió a sí mismo en la creación, y tú eres esa extensión, tan santa como lo es él».

Y aceptar dentro “nuestro Espíritu Santo”, aceptar a “un” Espíritu Santo dentro nuestro, es aceptar lo que tenemos de Original dentro, aceptar el Cristo en nosotros, lo que Dios creó, no lo que nosotros creemos que somos.

Aceptar lo que fue creado por el Padre, “el Cristo en nosotros”… es permitir su florecimiento, permitir que crezca su reconocimiento en estas tierras, estos patios de juego terrestres que aquí describe como el resultado de la idea de haber concebido un “aspecto exterior de la vida”:

«De la idea de separación surgió la idea de un aspecto exterior de la vida».

Es actualizar aquello que ha dicho de nosotros arriba: esa extensión tan “santa” o “sagrada”… es decir, esa extensión tan plena, tan sin “agujeros”, invulnerable en la verdadera invulnerabilidad de la Luz que somos, todos en todos.

Si la Creación (el “Padre”) dio lugar, hizo nacer, una especie de gran “producto” (el Hijo), dentro de Sí Misma, como Sí Misma, y para Sí Misma (como regalo)… nosotros somos de cierto modo “producto de ese producto”, hijos del Hijo.

Es decir, llegamos a poder reconocer al Padre (la Creación), a través del Hijo (creación) que somos en unidad.

Tenemos que pasar por el Hijo, es decir, tenemos que repetir de cierto modo aquella primera reunión efectiva de voluntades, que se dio en el acontecimiento Jesús. Tenemos que poder aceptar esa unión que se dio, y permitirnos ayudar por la “mecánica” celeste que ello conlleva, dejarnos ayudar por todo lo que supone la existencia “personal” de “espíritu” que “encarnó” en Jesús -y por sus “amigos”.

Pues esa creación en unidad (Hijo) también es una sola, tiene un nombre propio, podríamos decir.

Esa creación (el “verbo”) se hace acto, se actualiza, se hace real (se hace carne), cuando en una mente (en este caso la de Jesús, en el acontecimiento frontera que es el de Jesús), se da esa reunión que une completamente la voluntad de nuestras mentes mortales con la voluntad del “Padre”, con la de la Creación, en una tierra particular.

Como dice aquí:

«Mas fue necesario solo uno que, haciendo uso de su libre albedrío, uniera su voluntad a la del Padre, para que esto se consiguiera para todos. Esto es todo lo que significa la corrección, la expiación o reconciliación, y esto es todo lo que hace falta que aceptes. Únete al hermano que hizo esta elección por todos, y te reunirás con el Cristo en ti».

Esa reunión de voluntades sería el acontecimiento concreto de, digamos, “la Primera Venida de Cristo”. Ya está a nuestra disposición para nosotros, es un potencial de la mente, ya actualizado en esta tierra en el acontecimiento Jesús.

Así que esa sería la “venida completa”, y que anuncia la nuestra, la Segunda Venida.

Las Escrituras tradicionales anunciaban pues que EN un ser humano iba a verse plenamente al Padre (a la Creación),… ya que algún “mesías” iba a venir para unir plenamente, y desde una vida totalmente humana, su voluntad con la voluntad de la Creación, es decir: con la voluntad del “Padre”.

Y así, la unión de Jesús con el Cristo, con el “Cristo en él”, tan “solo” anunciaba nuestras futuras uniones, nuestras reuniones con el Padre (con “el Cristo en ti”), aquí en la Tierra, para dar paso aquí al “reinado” de la Unidad de amor que realmente somos.

Y cuando decimos “el Cristo en ti”, o “el Cristo en él”, en Jesús…, recordemos que estamos diciendo “el Padre en él”, el “Padre en ti”, o “la Creación en ti”… pues Cristo es ese “pedazo” del Padre, de la Creación, ya que, como dijo el curso, el “Cristo” es lo que Dios creó, lo original (y Dios es Creación)… y que es como si lo tuviéramos “dentro”, poblando nuestra mente.

Vemos que está aludiendo al acontecimiento Jesús como formación de esa especie de “agujero blanco”, del que ya hemos hablado alguna vez -algo así como un agujero concreto de comunicación plena, en la Consciencia humana, que necesitamos aceptar necesariamente, al igual que aceptaríamos un accidente geográfico, por así decirlo, pero en el “nivel” espiritual.

Así que hemos de pasar por el aro, eligiendo libremente emplear nuestro libre albedrío para a cada paso ver al Cristo en todos… para que así nuestro Cristo pueda “crecer” y brillar en esta tierra… ya que es el mismo que hay “fuera”, ya que como sabemos no hay nada afuera de nosotros.

Algo así como “vernos en todos”, reconocernos en todos, como veremos mejor en el siguiente capítulo.

Es utilizar la creación (el Hijo, todo el universo que vemos, esta parte concreta… nosotros y a la vez el universo… pues no hay separación entre nada…), es utilizar la creación con minúsculas… para ver la Creación en ella… para hacer visible al Padre en ella… a través de reconocer al Hijo.

Es decir, es darle la vuelta al universo… es pasar a ver con nuestra percepción “un solo rostro” en todos… un solo Ser, un Yo pleno… dándonos así cuenta de quién somos realmente, en unidad y relación.

En Jesús, como acontecimiento concreto, es como que se hubiera abierto totalmente esa posibilidad para todos, como si fuera un potencial finalmente actualizado y disponible…, y así:

– tenemos toda la “ayuda” posible a la hora de elegir reconocernos como la unidad de ese Hijo…

– o podemos elegir seguir como “perdidos”, como hacemos sometidos a los ecos de la idea del sufrimiento, en los “hilillos” de nuestras ilusiones de separación -separación respecto al otro, y por tanto con respecto al Hijo que somos en Unidad… y por tanto con respecto al Padre, a la Creación.

X. El alma y los transplantes

Desde la perspectiva del alma que somos, los transplantes parecen una cosa bastante “terrorífica”, algo grotesca.
Así que hago este comentario y estos apuntes para empezar a preguntarnos cosas sobre esto, sobre si los transplantes en general dificultan el paso a la tercera etapa de la muerte, por ejemplo.
Esa tercera etapa era ese “baño” que hacemos en la Luz de nuestra singularidad central, para pasar luego a elegir los siguientes pasos que daremos, en el Conocimiento / Experiencia.

Si leemos Conversaciones con Dios, 3, podemos hablar de forma sencilla sobre el cuerpo, la mente, y el alma.

¿Y qué podemos pues plantearnos sobre los transplantes? Sobre todo algunas preguntas, como dije… más que “datos seguros”.

Veamos dos notas antes, sobre cuerpo, mente y alma:

El cuerpo:
es un receptáculo para la mente… que está en todas las células.
El cuerpo traduce el pensamiento-energía (que es la mente)… en impulsos físicos.

Como el cerebro tiene muchas células, nos parece que la mente está sobre todo ahí. Pero no solo está ahí.

Y además, ya se sabe mucho sobre las neuronas (incluso neuronas) que hay en otras partes del cuerpo -y eso sin contar con lo dicho: que en todas las células tenemos eso que llamamos “mente” (el cuerpo es esa mente, con todas sus células).

Así que por eso será que el cuerpo es nuestro “instrumento de partida”.
Y tenemos pues todas estas cosas importantes y conocidas:
el ejercicio físico simple, o los ejercicios corporales más técnicos para “desanudarnos” corporalmente, o los bailes, o los cantos que hacen que todo el cuerpo vibre de cierto modo, etc…: todo ello nos puede ayudar a hacernos “más unidad” (a darnos cuenta), a propiciar hacernos más “uno”, más receptivos aún a posteriores re-unificaciones.

La mente:
la mente está, como dijimos, en todas las células.
Es pensamiento-energía, traducido y transformado en algo físico por las células de todo el cuerpo.

El alma:
el alma es lo que “somos”.
“Contiene” mente y cuerpo.

Y también es lo que nos MANTIENE UNIDOS, en tanto que seres de tres partes.
Digamos que es Luz no-física, que alberga un cierto “pensamiento-energía” que sería de otro nivel.

El alma es “espacio”, es “Luz no física”, está por todo nuestro alrededor, es “creadora”… es esa Luz en realidad infinita… siempre conectada al Centro de los universos, aunque no lo sintamos así aquí, normalmente, pues lo normal era que rechazamos “sentir el alma”, sentir el amor.

Entonces, volviendo a la mente, si la mente está en todas las células (que la traducen constantemente), entonces por eso los órganos transplantados segurían “atrayendo” a nuestra alma.

Una parte de nuestra mente-pensamiento-energía se iría literalmente con el órgano transplantado.

¿Y qué estado deberá tomar el alma para que eso pueda pasar, ya que es lo que se está forzando desde lo físico a que ocurra?

Parece que se dice esto:
que el alma se ve forzada a prolongar el periodo de transición.

Si nuestra alma MANTIENE REUNIDOS a los elementos que ella abraza (mente y cuerpo), parece natural sentir algo de grotesco en los transplantes, como si fueran una maniobra extraña.

Si nuestra alma está lo suficientemente confundida, quizá la pueden confundir más todas esas operaciones de manipulación de lo físico.

Las vibraciones familiares del órgano transplantado, de cierta manera el alma las sentirá, aunque ahora estén saliendo de otro cuerpo.

Esas vibraciones tendrán un poder de llamada… por así decirlo… llamarían a nuestra alma desde ese otro cuerpo, un cuerpo que ahora vive con el órgano que el alma ha dejado atrás, y que antes abrazaba o acogía como receptáculo para sus experiencias -y con mayor o menor apego, es decir, de forma más o menos “evolucionada”.

¿Todo dependerá, en parte, de la propensión de las almas, de sus expectativas según el “grado” de su “evolución”, en esa esfera del alma donde en realidad no comprendemos normalmente para nada qué significa “evolucionar”?

¿Qué se preguntará el alma, al ver que una parte de su mente sigue “viva”? ¿Al ver que el pensamiento-energía de la mente que albergaba está siendo traducido aún por células en otro cuerpo, mezclándose así con el pensamiento-energía de otro ser con otros “planes”?

Tengamos en cuenta que las preguntas que nos hacemos siempre tienen respuesta, y, entonces, las condiciones que establecen los transplantes, las condiciones para las preguntas que seguramente nos haremos en esos estados de transición… parecen en general ser unas condiciones que nos invitan a hacernos unas preguntas quizá muy raras, “desenfocadas”.

Nuestras preguntas, como almas, quizá son demasiado liosas para la relación que de hecho ya somos con el universo y como universos (como almas-universo, que de cierto modo “proyectan universo”, “dentro” de su Luz infinita).

Esas preguntas quizá embrollan y complican todo aún más, en estos asuntos que ya de por sí en general serán tan potencialmente impactantes, tan bruscos a veces… pues la transformación que llamamos “muerte” a menudo la vivimos con un cierto “lío mental”, o con tensión.

Recordemos que el alma ha estado viviendo esas experiencias que de cierto modo han quedado grabadas, celularmente, en ese órgano transplantado, que está ahora en un cuerpo vivo.

Y no sabemos cómo “interpretaríamos” eso desde el estado “alma”… desde ese estado que nos pillará a veces tan desprevenidos: el de “ser solo alma”, que deja por un momento el cuerpo más denso, para pasar “a otra cosa”.

Quizá interpretamos que “perdemos experiencias” (aunque no sea así)… ya que esas experiencias se quedan como “viviendo” en otros cuerpos, en forma de células transplantadas a cuerpos de seres que siguen viviendo cuando el alma está realizando sus operaciones de transición, en las dos etapas primeras de la muerte.

Y quizá los transplantes nos dificultan el paso a la tercera etapa de la muerte, donde ya nos hemos desidentificado no solo con el cuerpo, sino también con todos los contenidos de la mente.

Aunque, por cierto, seguramente habrá un “diálogo” (pues siempre lo hay), y que será de muchos tipos. Un diálogo entre:
– las almas de los seres que reciben el órgano,
– y el alma de quien está en transición, y que fue el donante del órgano.

El alma de cierto modo puede tener mucho apego a sus experiencias en este mundo… y qué extraño puede ser todo, entonces, si esas experiencias nos siguen como “llamando”, intensamente, por la vibración de las células de alguien vivo que tiene por ejemplo nuestro corazón… en otro cuerpo de otra mente-alma.

Así, a bote pronto, parece que embrollamos el asunto global que venimos a realizar aquí, el de hacernos “íntegros”, el de hacernos uno, el de hacernos de nuevo siempre una unidad lo más “integradoramente” posible…, para seguir el camino hacia la Luz, y bañarnos y renovarnos en ella en la tercera etapa de la muerte, para elegir otra vez, tras ella, qué es lo que haremos a partir de ahí.

(Las opciones más elementales en la muerte, y las etapas básicas de la muerte, son comentadas brevemente en la revelación de Walsch, en el texto “En casa con Dios”).

Así que las experiencias mentales están de cierto modo contenidas en las células, y son de cierto modo “sintonizadas” por ellas…, son reproducidas por ellas.

¿Qué ocurre en general con esas “películas mentales” que están a disposición del alma concreta que está poblando el cuerpo en el presente?

Las experiencias del alma (el proceso que el alma hace o deja de hacer con ellas, con la mente en tanto que se traduce físicamente), dependerían en alto grado de las células.

Y luego, recordemos este otro ingrediente:
que el alma parece que tiene acceso, o que “ES” en sí misma, y conserva en sí misma, las “experiencias” (resonancias) que puede “recordar” de “otras” vidas, de esas otras vidas que en realidad se están dando “a la vez” en el tiempo del alma -que no es como lo vivimos aquí normalmente, en los planetas, el tiempo.

XI. La vía del corazón, L8

Somos telarañas de relaciones.
Y en uno de los pasajes claves de esta lección (citado abajo) vamos a ver cómo nunca experimentamos a “otro”, sino que experimentamos cómo reverbera toda esa telaraña, ante un pensamiento que hemos tenido (pues todo ha estado antes en la mente, todo ha sido antes pensamiento en el ser de sentimiento o “energía”, enorme, que somos).

Experimentamos (como universo, como cada situación a cada instante) los efectos de lo que hemos pensado.
Experimentamos los efectos de lo que, en la Mente, hemos pensado, albergado… ya que el cuerpo no puede pensar nada realmente: el cuerpo es instrumento de traducción; traduce en impulsos físicos el pensamiento-energía que somos en un “nivel” más “amplio”.

Y el ego sería como una araña que pretendiera olvidarse COMPLETAMENTE de que ella misma construyó la telaraña.

Vivimos en esa ilusión del ego, que no nos permite disfrutar del maravilloso mundo de nuestras ilusiones (no nos permite acoger el miedo, nuestra elección, nuestro habernos decantado por el miedo, como hicimos en la Mente…, para así poder pasar a una percepción verdadera).

Así que simplemente nos estamos haciendo conscientes de nuestra unidad, es decir, nuestra red de relaciones ya plena, con toda la creación… para elegir y volver a elegir cómo queremos esos hilos, qué queremos pescar (crear).

Esta es una de las lecciones más importantes, la 8, y nos lleva de forma natural a seguir esa metáfora de la telaraña, una metáfora que de cierto modo se sugiere aquí (una red de relaciones).

La metáfora que emplea más es en realidad la del estanque:
somos un pozo enorme de consciencia donde tiramos cosas y no nos acordamos de que nosotros mismos las hemos tirado… y ahora, las ondas que nos vuelven, las olas que recibimos, no las reconocemos como causadas por nosotros mismos cuando hace mucho tiempo tirábamos un pensamiento a nuestro propio estanque.

Jeshua en esta lección parece que no ha querido emplear casi nada esa otra metáfora posible, y tan gráfica, de la tela de araña.

Como vemos, describe de forma muy gráfica algo que es fundamental en la espiritualidad y en todos los materiales de Jeshua:
que somos literalmente una relación, antes que un ser detenido en una especie de individualidad férrea que siempre le sirve de filtro para todo.

Somos antes relación que “individuo”, tal y como normalmente entendíamos el “individuo”: separado de su proceso de individuación, un proceso que depende también del espíritu, es decir, que depende de las tres partes de él mismo como ser global: cuerpo, mente, y espíritu… en unión perfecta con todos los espíritus, con “toda la creación”.

Solemos pensar en la relación así:
como algo que viene después, cuando, sin embargo, es creadora, está “antes” (sin relación no existiríamos).

Esta lección (la repetición de su lectura, su meditación y respiración lenta) seguro que es una forma poderosa de sintonizarnos con el cambio que nuestra percepción va a realizar, el cambio que vamos a acoger en esta nueva era, y que se requiere que se dé en nuestra percepción para poder acoger la Unidad en estas formas físicas, atenazadas por el pensamiento del “yo separado”, de la araña que se quiere olvidar completamente de su poder.

Somos una red, una telaraña infinita de relaciones reales… con toda la creación (podríamos decir: una matriz en la matriz de matrices que es la creación).

Entonces, si somos esas telarañas, nunca experimentamos “a otro” (y aquí debemos dejar por un momento atrás la metáfora de la telaraña).

Lo que que experimentamos es el efecto, los efectos, de los pensamientos y creencias elegidas, pensamientos y creencias (y “experiencias” donde realizábamos una elección sobre cómo vernos a nosotros mismos, cómo entendernos).

Experimentamos pues el efecto de todo aquello que dejamos que cayera y que reverberara “emocionalmente” por toda esa telaraña que somos como seres creadores de nuestra experiencia.

De cierta forma nos experimentamos a nosotros mismos. Somos una unidad con la mosca, una sola cosa con ella.

Nosotros mismos echamos nuestras presas, las moscas, en la telaraña que también somos Nosotros Mismos. Y luego recibimos esas presas, y si estamos hipnotizados por el tiempo (pasado, presente, futuro)… solemos interpretar que no hemos sido nosotros quienes hemos pedido las presas, y que no somos directamente también esas presas que se nos presentan en cada presente –interpretando que no somos esas experiencias y esa cualidad de la experiencia (que nos vienen “de fuera”).

Entonces, como decíamos, nunca estamos experimentando a nadie:
estamos experimentando nuestras elecciones, es decir, los pensamientos y creencias que sostienen nuestra mirada:
una percepción o perspectiva que hace reverberar toda la telaraña que somos, de una vez, de golpe, a la vez…, y que va atrayendo hacia nosotros determinadas cosas.

Por eso la única “solución” es “volver a pensar”, “volver a elegir”.

La araña que somos es pues una unidad con su tela de araña.
Su tela de hecho es ella misma.
Somos la araña, la tela y la presa.

Y luego, quizá, nos apuntamos al “error” (ego), surgimos como un “yo separado” en forma de araña que “piensa”, con la mente separada del corazón, es decir:
se ve separada de la tela, del poder implícito en ella misma como constructura… y en la propia construcción de la tela:

«Nunca estás, por tanto, experimentando otra cosa que no sea lo que has elegido crear a través de tu selección de las piedras que has arrojado en el campo de tu discernimiento. Literalmente nunca experimentas una cosa aislada. No experimentas objetos. Lo que experimentas es el efecto de un pensamiento o de una creencia sobre los objetos. Nunca experimentas a otra persona, porque ellos por sí mismos están hechos de toda una red de vibraciones.»

Repitamos eso:

Solo experimentamos los efectos de los pensamientos o de las creencias que tenemos sobre las cosas y los seres humanos, sobre las situaciones.

Al pensar cosas en ese sentido separado (interpretando más o menos “emocionalmente” las situaciones, y lo que en ellas pase)… estamos experimentando el efecto de eso que pensamos:

«Podrías decir que cada persona y cada objeto (por usar tu lenguaje) es realmente un campo de relaciones en sí mismo —único, y aparentemente diferente de ti, mas no obstante una red de relaciones. Pues, ¿qué niño puede ser separado de sus padres, de su marco cultural, de las únicas experiencias que ha tenido al interactuar con las redes de relación que han estado a su alrededor desde el momento de su concepción? ¿Qué gatito puede ser separado y aislado de la matriz de su madre y de su padre? ¿Qué hoja de árbol está separada de la temperatura del aire, de la cualidad del agua y de los nutrientes que le llegan desde el propio suelo terrestre? Todo es una red de relación. Y todas las redes están en relación con todas las demás, y se hacen más y más grandes y más grandes… ad infinitum.

[…]

» Como vives en perfecta comunión y eres como un gran campo de energía en el cual todas las redes de relación reverberan constantemente, realmente tienes acceso a toda la Creación por entero. Y esta totalidad no está limitada a lo que está ocurriendo ahora, tal y como entiendes el tiempo. Tienes a tu disposición todo aquello que llamarías pasado y futuro.»

En esta última cita vemos algo más incluso: a la vez que las redes de relaciones, es como si también fuéramos un gran campo de energía en el cual reverberan todas las redes de relación.

XII. La vía del corazón, L9

El tiempo, se abre a la eternidad, a través del reflejo que crea nuestra mirada sobre estas tierras:

«Y comenzarás a engendrar una eternidad que refleja el Esplendor del Cielo, igual que tú reflejas Mi Esplendor cuando contemplo la Ilimitada Alma que tú eres.»

Comentemos esa frase, de esta lección que complementa a la anterior, invitando muy bellamente a la puesta en práctica de nuestra condición de creadores: creadores “conscientes” de nuestra experiencia.

¿Qué creamos? La misma relación que Dios tiene con sus creaciones. No podemos dejar de ser esa relación, así que creamos en ella.

Dios nos “mira”, y solo puede ver Su Esplendor al contemplar el Alma que somos.

Y nosotros, aceptando la semilla de Dios dentro, “miraremos” estas creaciones físicas, y veremos una eternidad que solo reflejará el Esplendor de ese Cielo que nosotros ya somos en realidad.

Es decir, Dios mira sus Criaturas, y solo ve Luz. Y quiere extender el simple gozo de esa mirada, y quiere que nosotros recreemos con plena libertad esa mirada… pues nosotros desde el estado de olvido aceptamos su mirada sobre nosotros extendiéndola –su mirada que es su voluntad.

Así que tuvimos que “darnos”, todos, como Creación, terrenos como estos, físicos, donde extender la mirada que somos, la relación que ya somos en la Luz.

Nosotros, al despertar, miramos desde el Alma que somos, desde la semilla de eternidad, y engendramos “eternidad”, una eternidad que refleja el Esplendor del Cielo que somos.

Ese es el regalo de Dios, podernos “re-crear”, volvernos a crear, como Dios, como Luz.

Y ese regalo es un dar y un recibir simultáneos, extendiendo la mirada de Dios hacia nosotros.

(Y ahora pasemos a comentar una cosa sobre las personalidades espirituales.)

En este proceso de Jeshua, se nos presenta muy explícitamente una especie de “espíritu”, el espíritu diríamos “encargado” de gestionar este aspecto de Dios que llamamos “crear” y el “aprendizaje” de tal aspecto (su re-creación).

A nosotros en este texto se nos llama sobre todo “Criaturas de Dios”. Y esto se dice en el sentido de “Niños de Dios”, es decir, Seres en un estado espiritual que, sin ser inferior ni superior a nadie en términos morales, simplemente nos describe como con un nivel menor de discernimiento acerca de cuál es nuestro propósito –el que tiene que ver con lo que hemos dicho sobre la creación.

Como “almas”, seríamos Niños de Dios, niños evolutivos, niños que ascienden… Niños o Espíritus que han elegido libremente tener que ascender, igual de libremente que elegimos ser un niño con un cuerpo terrestre de niño, y que por tanto tiene que pasar inocentemente por muchas experiencias para poder crecer y así despertar a realidades más amplias –aunque, como vemos, ese crecimiento se da de una forma muy natural si se nos pone y nos colocamos en unas condiciones no demasiado “distorsionadas”.

Digo esto porque hay un párrafo aquí donde la narración se coloca en la posición del Dios Central, del verdadero Centro de Todas las Cosas; habla desde ahí.

En ese párrafo, se ponen las siguientes palabras en boca de Todo Lo Que Es (como Centro), y haciendo referencia a lo que se nos ha contado durante toda la lección (se nos ha dicho que nos sentemos, literalmente, a “crear”):

«Por tanto, únete a Mí [y quien habla es Dios como Fuente-Centro Primera, que nos habita a todos como semilla de lo eterno, pues es nuestro Origen], únete a Mí, extendiendo tu creación, tal y como yo te extendí a ti. Y, como has manifestado un cuerpo físico, acepta la enseñanza de Mi Hijo […]».

Acepta “la enseñanza de Mi Hijo”, dice aquí, y esa enseñanza -como hemos dicho- es la que nos acaba de proponer en la lección: que nos sentemos aposta a “ser creadores” Conscientes.

Hemos manifestado o hemos abrazado, como almas, un cuerpo… para olvidarnos de la Luz y resurgir en uno de estos ámbitos físicos que están a cargo de algún espíritu, de un “Hijo” global del cual somos como una “parte”.

Ese “Hijo” del que habla no es ya la “Criatura” con la que se suele referir más a nosotros.

Aunque ese Hijo sea una unidad con nosotros, el texto aquí marca la diferencia entre los Niños o Criaturas (Chilren, Child), y el Hijo (Son).

Aunque todos seamos el mismo Espíritu, pues no hay separación… los espíritus se sienten de forma diferente entre ellos… cumplen diversas funciones en el despliegue de la Relación Eterna que ya somos. Estamos como “orquestados” de forma diferente, en el plan de salvación… en cada ciclo de Creación.

Este “Hijo” sería pues el que nos toca ahora digamos que de “profesor”, en esta materia de “ser Dios”.

Y “ser Dios” es, para nosotros, ser creadores, como ya dijimos al principio, en ese juego de reflejos que atravesará estas creaciones aparentemente “muertas” de lo físico.

Veníamos a olvidarnos de crear, un olvido que está en nuestro diseño, para así poder elegir ser creadores.

Para hablar de divisiones en el mundo de los espíritus habrá que tener cuidado, entenderlo bien (entender que no se puede entender). Y aquí podemos hablar, pues quien esté practicando estas lecciones u otras similares ya llevará sus muchos meses haciéndolo, teniéndolo en cuenta, y, por tanto, tiene abierta su mente a casi todo.

Así que podemos hablar de ello.

Y hay que decir que, aunque todos seamos una sola Alma, a la hora de nuestro despertar, esa Única Energía se divide en varias Almas, tal y como comprobamos que ocurre aquí, desde la perspectiva que tenemos en nuestras vidas, desde este estado temporal transitorio tan curioso donde “jugamos a la ilusión de la separación”.

Y ese “Hijo” del que habla sería el espíritu Creador para nuestro universo -algo así como la esencia maestra de la Creación para esta parte de la creación.

El libro de Urantia llama concretamente a este Hijo el “Hijo Creador” de este universo local, en su catálogo de personalidades, cuando describe con bastante detalle el plan divino de elevación de estas realidades relativas donde vivimos (donde presenta una serie inmensa de acontecimientos y relaciones, todos neutrales, que intenta describir con las muy limitadas herramientas que son las palabras).

Ese Hijo sería entonces quien transmite esta canalización a través de Jayem, dos mil años después de su vida terrestre; y sería el mismo espíritu que se anunció o que “encarnó” asumiendo la personalidad de Jesús, y que transmite este proceso tal y como ya ha hecho en el siglo XX con el curso de milagros (y otros), y después en el paso del siglo XX al XXI con el curso de amor (y otros).

Así que vamos a engendrar.

¿Qué cosa? Pues “una eternidad”.

Nosotros ya somos eternos (Luz), pero otra cosa es nuestro reconocimiento de ello, que es el juego que venimos a realizar aquí. Venimos a reconocerlo, lo cual solo lo podremos hacer extendiéndolo, es decir, si creamos: si accedemos a “engendrar una eternidad”.

Y, por cierto, claro está que ya no tenemos escapatoria de ello, pues no podemos salir de nuestro Origen, que es esa eternidad, y por tanto no podemos salir de nuestra función, o nuestro propósito, que está implicado o incorporado en nuestro Origen, es nuestro propio Yo, el Yo verdadero.

Y como vemos, en esta tierra la resistencia que oponemos a ello parece ser fuerte, en una tierra que hasta hace poco parece que estaba muy aislada, y de forma no muy natural, de algunos de los circuitos espirituales.

Pero eso es lo que haremos: despertar… todas las “almas” que aquí estamos abrazando realidades físicas relativas.

Y esa eternidad, la que engendraremos, dice también que reflejará el Esplendor del Cielo.

Y al Cielo, por cierto, también lo describe en este capítulo como un reflejo: “el reflejo de la Santa Mente de Dios”.

Como ya vimos, es un juego de espejos:

Dios, como Fuente Primera, en el Centro.

Y el Cielo reflejando la Santa Mente de Dios, en una especie de “primer círculo”.

Y nosotros jugando aquí, en otros “círculos”, a no ser Dios… pero habiendo salido igualmente de la Luz central.

Nosotros tenemos pues que reflejar el Cielo (que ya era, como vimos, un reflejo).

Así que, ¡qué divertido trabalenguas!: venimos a conseguir que lo que aquí “vemos”, en las formas, pueda reflejar el reflejo de la Santa Mente de Dios (el Cielo).

Esa es nuestra creación, nuestro “cometido” aquí; es nuestra función, ser felices como creadores que somos… reflejando inevitablemente el Esplendor del Cielo: que es donde de cierto modo ya estamos desde siempre.

Así que, como vemos, estas tierras evolutivas están para eso, para dibujar “decorados evolutivos” que dan la impresión de una evolución temporal (muy real, vista desde nuestros mundos).

Y, como decíamos, estos mundos están bajo las directrices o el “gobierno” de espíritus que desde siempre están encargados de las diferentes partes de los universos físicos (como este “Hijo Creador” que nos está hablando aquí, en estos cursos, y que hace ligeras alusiones a su ser, a veces, cuando al conectarse con “su esencia” nos habla de parte del Centro de todos los Universos… un centro donde también está nuestra esencia, como está la suya).

Así que estos espíritus tendrían cada uno una función más o menos definida, y, por supuesto, libremente aceptada –ya que es su propio ser, y este ser es como el nuestro: es función, significado, propósito, sentido.

Y estos decorados están así creados para que el tiempo que se representa aquí (que hacemos fluir desde dentro de cada uno de nosotros como Almas que acogen cuerpos)… para que el tiempo que parece transcurrir aquí de forma aparentemente automática… se abra a la eternidad, a través de nuestra mirada.

Así que pasamos desde:
– la condición de “ser creadores inconscientes”… viviendo en una consciencia de “dualidad”, facilitada por estos terrenos físicos de relaciones exteriores, donde ejercitamos nuestra “libertad” para elegir el miedo, que es lo opuesto a nuestra verdadera realidad (el amor que nos creó),
– a ser creadores “conscientes”, a elegir nuestro verdadero ser.

Y este “ejercicio”, de ser creadores, está motivado por esta lección y otras anteriores.

Veamos algunos párrafos:

«Una vez, cuando era un hombre, se me enseñó a sentarme en la base de un árbol cinco minutos cada día, y a imaginarme allí a mí mismo como el creador de todo lo que pudiera pensar, de todo lo que pudiera ver, y de todo lo que pudiera sentir. Cinco minutos extraídos de las horas de juego de un niño. Tú eres un niño jugando en tu propio reino. ¿Darás cinco minutos para aprender a ser el Cristo que crea en perfección ilimitada en alineamiento con la Mente de Dios, y cuya experiencia es siempre esplendorosamente dichosa y libre de limitación y de miedo? Siempre vas a experimentar tu creación. Lo que la creación sea, y cómo la experimentes, dependerá enteramente de ti.»
[…]
«… todas las redes de relación, todos los campos de energía, son absolutamente neutrales. Lo que crea experiencia es cómo decides que vas a ver o a considerar esa red de relación, ese campo de energía. Y el efecto de esa decisión es también algo completamente neutral.»
[…]
«Cuando te llega alguien airado y reaccionas, reconoce primero que tú decidiste que está airado, y que con esto has atraído todas aquellas asociaciones que en algún momento hayas decidido valorar con respecto a lo que significa la ira.

» Y podrías contemplarlo con curiosidad y asombro si lo definieras de forma diferente. Esto es cierto para todo lo que surja. Incluso las así llamadas grandes enfermedades del cuerpo, que parecen amenazar la vida del cuerpo en tu mundo, pueden ser contempladas con perfecta neutralidad. Pero, si las defines de una manera específica, atraerás hacia ti mismo el miedo a ese evento, que vendrá con todas las asociaciones que hayas aprendido del mundo, de tus propias experiencias.

» Porque tus pensamientos están literalmente imbuidos del poder de la creación. No crean de forma neutral. Esto es, cada pensamiento hace que reverbere una cualidad de vibración que se esparce a partir de ti, que toca las confines de la realidad manifestada, y que regresa hasta ti. Y eso será lo que tú experimentes en tu vida como eventos positivos o negativos.
[…]
» Ahora bien, es muy cierto —por favor escucha cuidadosamente esto—, es muy cierto que en cualquier momento, mientras transcurre tu experiencia, mientras experimentas la reverberación, el regreso de las ondas que has enviado, en ese mismo momento, no estás siendo una víctima de lo que tú has creado. Porque en cada uno de tales momentos sigues siendo tan perfectamente libre como lo eras cuando primero arrojaste la piedra en la balsa, esa piedra que en un primer momento creó la onda. Eres libre de elegir cómo experimentar el efecto de esa onda. Y si lo experimentas con libertad incondicional, con aceptación y Amor incondicionales, con perdón, neutralidad, inocencia, entonces, literalmente, desactivas los efectos de esa onda en el estanque de tu consciencia. Y entonces, en ese momento, te haces instantáneamente libre para poder comenzar a crear de una nueva manera las ondas que experimentarás en el futuro. Y por esto es que nunca eres la víctima de la creación de nadie, y especialmente nunca lo eres de la tuya propia».
[…]
«¿Conoces ese dicho de tu mundo, que dice que “siempre que vas de viaje no sales de ti mismo”? Tú eres creación de Dios. Estás en el Cielo ahora. El Cielo no es un lugar. Es un estado de ilimitado e infinito poder creativo, pues es el reflejo de la Santa Mente de Dios.»

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