Un curso de amor, C:31 (comentario)   Leave a comment

imagen corazón en círculoUn curso de amor, C:31

Este capítulo nos sugiere esto:

con “las cosas espirituales” nos pasa algo tan absurdo como lo que sugiere este capítulo.
¿Qué nos pasa? Que pensamos que, por poner un ejemplo, el vino y el agua son exactamente LO MISMO, PORQUE son INSEPARABLES (no podemos pensar en un vino sin agua, es absurdo; pero no son lo mismo).

Un modo de pensar equivalente, uno tan absurdo como ese (pero respecto a la mente y el cuerpo), es lo que estamos viviendo o reforzando con nuestro modo usual de percibir aquí, normalmente.

Identificamos a la Mente con la “mente material”. Y esto provoca algo tan absurdo como absurdo sería que creyéramos que el vino es exactamente LO MISMO que el agua.

Eso es lo que tenemos de hecho implementado en nuestras vidas. Es ese “estado ego”, el estado egoico de experiencia usual… ese estado con el que aquí nos “programamos” aún básicamente los humanos.

Así que una cosa es que el vino y el agua sean inseparables… es decir, una cosa es que:
– en un vino concreto, aquí y ahora, sea materialmente cierto que el agua no es separable, pues “nos quedaríamos sin vino”…
– y otra cosa es que sean “lo mismo”.

Como vemos, este ejemplo lo sacamos porque lo comparamos con el tema de “la mente y el cuerpo”.

Y como siempre, cuando hablamos de la “mente”, se trata de un concepto que no es el de la mente “material” usual, es decir, no es un concepto que reduzca a la “mente” a ser algo así como impulsos “materiales”, impulsos que surgen de un cuerpo ya hecho –como sabemos, nuestra “mente”, es algo más “global”, un principio que realmente no depende del tiempo, que más bien hace que este tiempo “corra”.

Así que, para distinguir nuestro concepto global de “mente”, escribimos “Mente”, con mayúsculas.

Como siempre, vamos a ver una vez más que una cosa es que algo sea “materialmente” cierto… y otra que algo sea “espiritualmente” cierto.

¿”Espiritualmente”? Sí, porque “lo espiritual” requiere, como sabemos, que “convivamos” con una serie de paradojas en la mente, como por ejemplo esta: “todo es Ahora”.

Esas paradojas solo pueden sostenerse, vivirse… solo pueden ser “creativas” en una experiencia real… si aceptamos un Origen único y común para todo.

Pensemos que podríamos tener un cierto reconocimiento fuerte de ese Ahora tan extraño, ese ahora de cierta Unidad más allá del tiempo.

Es decir, que podemos estar más o menos cómodos ahí, aun cuando tengamos “un cuerpo”. Y ese reconocimiento se da si de cierto modo estamos “abiertos”, es decir, en un cierto estado de “maestría”, de apertura a la Unidad… si tenemos un canal tan abierto a todas las probabilidades… y a reconocerse como “creador” (unido al Origen)… como el canal que demostraba por ejemplo Jesús… cuando aquel “milagro del vino”… o como el que demostramos cuando “sentimos el espíritu de los demás” y nos relacionamos a partir de esa “percepción”.

Así que, nuestra mera observación Mental, desde aquel “Ahora”, puede producir, por así decirlo, el colapso de otras probabilidades universales.

Entonces, volvamos al tema: no podemos entender el vino sin el agua. Como señala este capítulo, son inseparables, es decir, no los podemos diferenciar en un momento dado… es decir, NO son realmente DIFERENTES en un momento dado, EN EL VINO.

Sin embargo… obviamente, tampoco son lo mismo.

Entonces, normalmente vivimos la Mente como si fuera inseparable del cuerpo, pero además, creemos que son lo mismo. Es decir, que “en modo ego” creemos que la Mente es absolutamente inseparable del cuerpo, de modo que se convierte en exactamente lo mismo.

Y, al habernos identificado más o menos plenamente con el cuerpo (una identificación que paradójicamente nos impide observarlo y utilizarlo correctamente para nuestro “servicio”, para el servicio a nuestro verdadero Yo, o con este)… al creernos totalmente el cuerpo… entonces, y prácticamente sin querer, experimentamos la creencia de que la Mente es ABSOLUTAMENTE inseparable del cuerpo, y por tanto, que es lo mismo.

Entonces, por ejemplo tenemos la siguiente creencia (una que en realidad es pura “costumbre”, pura palabrería, por así decirlo, que sentimos que ya no tiene sentido si empezamos a abrirnos a nuestra Unidad):

“cuando muere el cuerpo, no queda nada”.

Ocurre quizá que esta creencia es como si estuviera rondando por nuestro inconsciente.

A la vista de lo que “sabemos”, en cuanto a lo espiritual, esa creencia suena tan absurdo como decir esto:

“elefantes rosas volando las patas destruyen magma de la raíz cacofónica sin mar muerto”.

Pero esa creencia, ese absurdo (“muere el cuerpo, no queda nada”), es algo en gran medida activo en casi todos… es un “principio activo”… aunque creamos conscientemente que estamos deshaciendo su “funcionamiento”.

Es muestra de nuestro encierro en un tipo de pensamiento de “si esto, entonces lo otro”.

Y parece que solo si inundamos de “Mente” a la mente material… solo si la inundamos de “principio creativo”, de amor… podremos deshacer realmente esa creencia y ese tipo de creencias.

Así que esa sería la creencia subyacente en muchos de nosotros, ya sea que creamos o no en “lo espiritual”… e incluso aunque nos parezca estar en un “camino espiritual” donde intentamos deshacer tal tipo de creencias.

Pues, como sabemos, no se trata en el fondo de creencias, sino de conectar y de expresar ese “algo más allá de las creencias”, ese amor que somos en unidad.

Esta creencia, esta “nada”, se basa de cierto modo en haber pensado y en haber confiado en que lo primero es “lo individual”, tal y como entendemos lo individual normalmente: es decir, lo individual separado de su proceso de individuación, separado de la relación.

Creemos que somos “antes individuos” que relación… que somos antes nuestra historia personal, una creencia que refuerza el yo separado (un yo separado que existe en una especie de “nada” mental, en una especie de lugar imposible, antes de toda relación).

¿Y esto cómo se traduce en términos del proceso de individuación?

Creemos que somos un proceso donde en realidad vive una “nada”, o se individúa esa nada que subyace a la ficción de un yo personal que está “antes” de la relación, colgado en una nada anterior a toda relación.

Sin embargo, lo que individuamos aquí, cada uno, es un Todo. Somos ya el Todo. El Todo es antes.

Hemos reducido nuestra Mente a nuestra mente material, y lo único que sucede es que con nuestros cuerpos y con nuestras mentes materiales asociadas a ellos nos es imposible concebir lo siguiente:

somos “partes” de un Todo, pero que no “pierden” nada al ser tales partes de ese todo… sino que en ello Todo y todos “ganamos” en realidad.

Esta es una “nueva creencia”, dependiente del sistema de creencias de la Unidad… y es lo que el curso de amor o por ejemplo los materiales de Walsch nos hacen poco a poco vivir, experimentar… si insistimos en su lectura… y mientras vamos viviendo y realmente cambiando nuestra experiencia desde “víctimas” a “creadores”.

Entonces, como vimos alguna vez, todos estamos individuando ese “Todo” que ya somos, ese “Alma única”.

Así que ya somos “plenos”… y solo tenemos que vivir esto, “practicando” la expresión de nuestro Yo verdadero, que se vale de la ficción del yo personal para ahora permitir la individuación del Todo, en vez de la anterior individualización de una especie de “nada”, con un yo personal aplastado contra la pantalla del mundo, al reforzar al “yo separado”.

Entonces, lo que principalmente está pasando en nosotros, ahora, no es la individuación de una historia personal, aunque, en la superficie, sí es esto lo que sucede. Esta “individuación” de la historia personal la podríamos llamar “INDIVIDUALIZACIÓN”, como ya hemos hecho, para distinguirla del proceso más amplio y “más real” de la “INDIVIDUACIÓN del TODO” que estamos “realizando” como “almas”.

Entonces, somos una individuación del Todo: ya somos una especie de versión de un Todo, es decir, un universo, una uni-versión.

La expresión “individuación del Todo” la podríamos describir así:
somos un Todo ya pleno (“Dios”), que se individúa acogiendo individualizaciones personales.

La paradójica inmutabilidad de Dios, una inmutabilidad o inmovilidad cambiante… consiste en que siempre nos está “aceptando” tal y como nosotros queramos ser. Esa sería su inmutabilidad… su “ser inmutable”, en su Amor. Así se da una especie de crecimiento, en función de la total aceptación de sus Hijos y los hijos de sus Hijos…cuando permitimos su expresión. Así es como Dios se está individuando a través nuestro, gracias a estas “vidas personales”… gracias a estas INDIVIDUALIZACIONES que aceptamos abrazar “desde el Espíritu” que de cierto modo “baja” aquí a intentar “facilitar” una plena individuación de ese Todo que ya somos, desde nuestro único Origen.

Así que vemos, y vivimos, todos estos detalles individualizados en estas vidas de estos seres aparentemente separados que somos.

Y, como ya sabemos, nos quedamos cegados en la pantalla de “cine” universal… cegados en la identificación de la Mente con la mente material… cegados en la individualización vivida como proceso de refuerzo de la idea de separación… y perdemos la sensación fundamental de que aquí en realidad se trataba de “lo contrario”.

Perdemos la visión de que lo fundamental no es la individualización de los detalles personales… en el mundo de relaciones exteriores… es decir, perdemos la idea de que, antes de ser “individuos” a secas… es decir, antes de ser un proceso que individualiza, que separa ilusoriamente a esos individuos… antes de eso… somos proceso de individuación de un Todo.

Entonces, de hecho, la Mente y el cuerpo nos parecen inseparables, por el momento, como el vino y el agua… mientras los estamos viviendo así, de esta manera, tan enfocados ansiosamente en los detalles para poder realizar aquella identificación entre “mente material” y Mente (aunque, por cierto, todas las noches… cuando dormimos… 🙂 ¿qué pasa? … Pues ya sabéis… pasa algo “raro” con respecto a todo esta “necesidad” de dormir… y es una necesidad del “alma” más que del cuerpo).

Entonces, el cuerpo es una especie de traducción en constante proceso, sumergido en programas que nos facilitan traducir nuestra Mente en experiencia relativa, en un mundo de relaciones exteriores… y por tanto de forma similar a como lo hagan “los demás” Espíritus que también están “individuando el Todo”… traduciendo el Todo que todos somos “en unidad de amor” (para así podernos “relacionar con ellos”).

Y entonces, creemos que Mente y cuerpo son lo mismo, no solo inseparables.

El vino y el agua son inseparables, y no son lo mismo.

La Mente y el cuerpo las EXPERIMENTAMOS como inseparables con nuestro tipo de focalización en lo material… pero no son lo mismo.

Experimentamos así a la Mente y al cuerpo, excepto si estamos recordando de vez en cuando este curso de amor, por ejemplo, pues ya ha habido varios capítulos sobre “separarnos del cuerpo”.

Entonces, la Mente que vino a “traducirse” finalmente en cuerpo, es vivida e interpretada, por nuestra consciencia, como inseparable de este. Y esto no quiere decir que no se vaya a separar, sino que solo quiere decir que, mientras nosotros lo queramos así, no vamos a permitir el reconocimiento ampliado de lo que somos… que incluye la vivencia plena del hecho de que las formas son “ilusorias”.

El cuerpo es pues una especie de traducción constante que realizamos de nuestra Mente…, una Mente que “lo envuelve”.

Y la Mente, cuando está “traduciendo un cuerpo”… de cierto modo ya está “por todo el cuerpo”, pues lo contiene dentro, como el agua contiene las partículas de vino, que son agua teñida “perfectamente”… lo que hace que agua y vino sean inseparables.

La “pureza” del agua está teñida.

El espacio de la mente “alberga” un cuerpo. Nuestro ser espacio total, distribuido en todo como todo un universo… se “condensa” de cierta forma al acoger un cuerpo para envolverlo animándolo con Vida… haciéndose “inseparable”, pero sin ser “lo mismo”.

Y con el ego, como vimos, creemos equivocadamente que son lo mismo: creemos que el vino y el agua, la Mente y el cuerpo… son lo mismo.

Como realmente no podemos diferenciar el agua del vino, podemos decir que NO son diferentes.

Fijaos bien: EN TANTO QUE VINO, MIRANDO DESDE EL VINO, realmente el agua y el vino NO SON DIFERENTES.

Esto nos podría confundir y hacernos pensar que son lo mismo (como ayuda, por ejemplo podríamos imaginar que por un momento SOMOS literalmente vino, una cantidad concreta de ese líquido… y que no podemos “mirar fuera”).

Entonces, ¿qué decía este capítulo?:

«Lo que es inseparable no puede ser diferente, pero esto no significa que deba ser lo mismo».

Es lo que hemos visto: en el vino, mirándolo desde el vino -por así decirlo-, el agua y el vino no son diferentes. Pero no son lo mismo.

Sigamos con la cita:

«Lo que es inseparable no puede ser diferente, pero esto no significa que deba ser lo mismo. Inseparable no significa reemplazable. El agua no reemplaza al vino ni el vino reemplaza al agua, pero ambos provienen de la misma Fuente, por lo que no son diferentes aun cuando no sean lo mismo».

Podríamos pensar que, en el milagro, un líquido ha reemplazado al otro… cuando en realidad, de cierto modo, lo que se está dando siempre es una “pulsación de universos”… un constante cambio de las probabilidades dependiendo de las elecciones profundas… y se da pues a veces una especie de juego de colapso temporal, de cambio de versiones universales… un cambio necesariamente aceptado y recibido en todas o casi todas las mentes que viven ese milagro, en el mismo momento del milagro…

Así que si “presenciamos” un milagro así, como el de la conversión de agua en vino, no vemos un reemplazo… sino que, como siempre, nos vemos a nosotros mismos… todo está dentro nuestro… ya que somos una individuación de un Todo… y todos somos ese Todo de Amor… y por tanto habremos vivido, con el milagro, ciertas pulsaciones que cambian aparentemente de un salto… algo que en realidad ya está siempre “saltando” (el universo pulsa todo el rato, por asi decirlo). Vivimos, pues, lo que quizá luego decimos que es un “cambio milagroso”, un milagro, algo atípico en el transcurrir del “tiempo” –ya que básicamente solo hemos hecho algo diferente con el tiempo, una especie de colapso entre versiones para vivir algo que “nos ahorre tiempo” de sanación… tiempo en vertical, no el ilusorio.

Así que la Mente no reemplaza al cuerpo, ni el cuerpo puede reemplazar a la Mente. Este pensamiento del “reemplazo” no nos vale.

Es decir, ese Espíritu que somos, en unidad, no reemplaza, sino abraza, acoge. Es como si la Mente recibiera su Ser de ese Espíritu, y una parte de ese Ser es aquello que es capaz de experimentar… de entrar al mundo de la experiencia, mediante una Mente que “acoge cuerpos”.

La materialidad del cuerpo procede de la misma Fuente, mismo Origen… que la Vida de la Mente que nos anima, y que el Espíritu que acoge todo esto para individuar el Todo.

Todo tiene un mismo Origen, solo hay un Centro primero.

Y, como vimos, al creer que somos absolutamente “el cuerpo”, vivimos en la ilusión que nos permite creer que Mente y cuerpo son lo mismo.

En esa ilusión, hemos retirado de la ecuación al Espíritu que “utiliza” a la Mente para “ser experiencia”, y para guiar la expresión del Amor que Dios es, en las tierras materiales.

Al creer que la Mente es absolutamente inseparable del cuerpo (en vez de creer que el cuerpo es nuestra traducción momentánea de cierta operación mental-material-espiritual), también creemos que son lo mismo.

Entonces, en resumen, ¿qué ocurre?

Que la Mente sí es separable del cuerpo… que hay algo, hay “alma”, hay un espacio o un observador más puro, podríamos decir… que vamos a sentir y a reforzar con más o menos Consciencia, abriéndonos al Espíritu. Hay algo que “sobrevive” entre vidas… algo de esa Mente que por así decirlo acoge a un cuerpo siendo a su vez “acogida” desde el Espíritu.

De esa Mente, y de esa separación del cuerpo, ha hablado mucho y ha invitado a experimentarla en la práctica el curso de amor, en anteriores capítulos.

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