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Privado: Notas de Simone Weil (hechas en 2011, por tanto con reflexiones muy influido por las suplantaciones de Jesús en UCDM, etc.). La universalidad del despertar. Introducción con comentarios sobre «Spinoza básico»

[Ahora cuando escribo esto es 9 de julio, 2023: En este texto escrito en el 2011, lamentablemente yo aún no conocía al «Jesús real», y la verdad tan simple que a partir de finales del 2020 empiezo a asimilar.]

Aquí iré recopilando notas de o sobre Simone Weil; y todo para ir así recogiendo lugares que atestiguan acerca de la «universalidad» del tema del despertar o de «la iluminación».

Esta «universalidad» tiene que ver con lo más elemental de este asunto de «lo espiritual», cosa que hasta hace poco aún estaba algo liada para mí, embrollada —ya no.

Esto de la iluminación, el despertar, es una tendencia que tenemos todos, y de hecho «está» en el universo, y es también el universo, aunque en un sentido diferente del verbo ‘ser’.

Simone Weil parece que en cierto modo se crucificó en vida, diciéndolo muy rápidamente. Quiso «ser pequeña», eligió con ello las crudas evaluaciones del mundo que éste le presentaba: ese mundo que diferencia de forma a veces tan precisa entre humildes y distinguidos, entre pobres desfavorecidos y ricos favorecidos.

Pero en realidad es imposible crucificarse y crucificar a nadie, ya que en último término —y hablando en términos «no-dualistas puros» (como es esa literatura en torno al vedanta advaita con la que Weil parece que se puso más en contacto al final de su vida)—… en último término, decíamos, el sufrimiento, la muerte, etc., son nuestro propio invento —son en realidad del todo imposibles, pese a que duelan mucho —individual-egoicamente— los sufrimientos y las diferencias del mundo del ego).

Uno puede querer sufrir y justificarlo de mil modos…, se puede ser un «masoquista» por decirlo vulgarmente…; es decir uno puede estar «crucificándose»; de hecho se nos ofrecen muchas oportunidades para ello ya sin tener que salir «de casa»; entre otras oportunidades tenemos la de los medios de «comunicación», que están ahí en parte para dosificar oportunamente los desastres, las penas, etc., con toda la industria que hay montada también alrededor de ello.

«Estamos realmente atados a irreales cadenas» (Simone Weil)

«Hablando con propiedad, el tiempo no existe (salvo el presente como límite), y sin embargo es a eso a lo que estamos sometidos. Esa es nuestra condición. Nos hallamos sometidos a lo que no existe. Tanto si se trata de la duración padecida pasivamente —dolor físico, espera, pena, remordimiento, miedo—, como del tiempo dirigido —orden, método, necesidades—, en ambos casos, aquello a lo que nos rendimos no existe. Pero nuestro sometimiento sí existe. Estamos realmente atados a irreales cadenas. El tiempo, irreal, cubre todas las cosas y a nosotros mismos de irrealidad.» (Simone Weil. Cuadernos, p. 214) Hablemos de esta parte de la cita: «Estamos realmente atados a irreales cadenas» Tenemos por ello dos sentidos de ‘realidad’: – el sentido del ego, pues para el ego estamos «realmente» atados. El ego tiene su concepción de lo que es «la realidad»; pero es un mero sueño, como lo es este universo, que es nuestro propio sueño desde otro nivel de lo mental —siendo todo un guión que más o menos ya hemos aceptado. – el otro sentido: la realidad verdadera; no es la del ego, y es esa la que el ego intenta tapar con sus alaridos constantes (que convocan a nuestras reacciones programadas ante lo que nos «afecta» de lo de ahí fuera; las afecciones que disminuyen nuestra potencia singular: nuestra conexión con el amor perfecto). Esta «singularidad» no es algo relativo a una individualidad: la singularidad comunica órdenes diferentes de «magnitud», ámbitos claramente distintos que son puestos en comunicación por el relámpago de una singularidad. Y el movimiento eminente de la singularidad en cada uno de nosotros es precisamente el de comunicar estos dos terrenos absolutamente incompatibles: – la verdad, como amor perfecto, nuestro verdadero hogar, fuera del otro terreno, el de… – la dualidad, que es este sueño de universo. Todo el mundo está en realidad en el proceso de deshacer el ego, pero el universo tiene mil cosas que aparentemente nos esconden este hecho (que es el único hecho), de formas muy barrocas. El universo es un «ahí fuera» ilusorio que nos ofrece mil excusas sentidas como muy lógicas, «muy válidas», completamente «necesarias» (pero que todas desaparecerán, como bien sabemos y no queremos ver), mil excusas para seguir prolongando el tiempo falso de la espera, del orden, la necesidad, el método, el dolor… —como decía la dulce Simona.

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«Lo bello: la realidad sin apego» (Simone Weil)

Claro: la belleza es realidad sin apego, dice Simone. Por eso en cierto nivel básico toda relación «amorosa», al estilo usual —por tanto, cualquiera que dure más de unas horas 🙂 —, por eso mismo, por lo que dice Simone Weil…, toda «relación» tiene entonces todas las papeletas para convertirse en el infierno del que también a menudo suelen nacer (proyección de carencia, de que «me falta algo» y tú eres «más especial» y me completarás). Toda relación que quiera hacer perdurar el infierno de la carencia «honrará» la «fealdad», y no la belleza, en cada segundo que dure, en cada respiración supuestamente dada «juntos»…, y tan hipócritamente como pueda. Entramos pues de lleno en el infierno de los apegos; ninguna belleza. Hay «remedio» para esto, y en general sin tener que hacer necesariamente nada demasiado visible en «lo exterior» (pues los cambios importantes son en último término mentales); pero el «remedio» supone un dejarse hacer, como sabemos, un ofrecer, una «fe». En general, todo esto de ver qué pasa con los apegos y con el realizar algo al respecto parece estar en la raíz de todos los actos y pensamientos de todos los «sabios» de todo pelaje: en oriente…, o en la tradición más «de aquí»: cínicos, Jesús, escépticos, epicureístas, estoicos, platónicos, místicos de todo tipo…, psicoanalistas (el irónico Lacan), y… Simone, que decía esto tan sencillo también:

«La realidad del mundo la hacemos nosotros con nuestro apego [por eso es ilusoria en «comparación» con la realidad real, que luego Simone llama «exterior» en esta cita aquí mismo]. Es la realidad del yo [es decir, la realidad del mundo es el ego, el sistema de pensamiento del ego] trasladada por nosotros a las cosas. En modo alguno es la realidad exterior [exterior relativamente a la ilusión «normal», la corriente, la que constituye la realidad]. Ésta [realidad exterior, como la llamó Weil, la «auténtica», nuestro verdadero hogar] no es perceptible más que por medio del desapego total. Mientras quede un hilo, habrá asimiento.»

(Más citas sobre apego y vacío en esta entrada de este blog: ‘natural ment’ (extraídas de ‘la gravedad y la gracia’)) En este artículo ‘psicoanalítico’ se está tratando —desde ese aparato de conceptos (Lacan)— esta misma cita de Weil (aparentemente).

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La verdad y Simone Weil

«Una verdad constituye el punto innombrable [indefinible, no cualificable, «a-logos»] con referencia al cual es posible ordenar y colocar en su sitio preciso todas las opiniones posibles sobre un asunto» (Simone Weil; Cuadernos, p. 343)

¿Por qué no definible?

Porque en realidad «la verdad» no es de este universo. En este universo —que es cambio, un eterno retorno de la nada del cambio— en este universo, «la verdad», solo se da como algo que radicalmente da aparentemente mayor profundidad a las condiciones en las que las cosas, en otro nivel, pueden «cambiar». En realidad, en la verdadera realidad, nunca nada ha cambiado; y esa realidad verdadera es nuestro verdadero hogar [sic]. Pues como vemos en este otro parrafito*: «Todos sabemos que no hay bien en este mundo, que todo lo que aquí aparece como bien es finito, limitado, se agota y, una vez agotado, la necesidad se muestra al desnudo. Probablemente en la vida de todo ser humano ha habido algún momento en el que se ha confesado a sí mismo con claridad que no hay bien en este mundo. Pero en cuanto se percibe esta verdad se la recubre de mentira. Muchos que jamás han podido soportar el mirarla de frente por más de un segundo se complacen en proclamarla buscando en la tristeza un placer mórbido. Los hombres perciben que hay un peligro mortal en mirar de frente esta verdad durante un tiempo prolongado. Y es cierto; ese conocimiento es más mortífero que una espada, la muerte que inflige produce más miedo que la muerte carnal. Con el tiempo mata en nosotros todo lo que llamamos «yo». Para sostener esa mirada hay que amar la verdad más que la vida.» …amar la verdad… deshaciendo el ego 🙂 ____ * http://homepage.mac.com/eeskenazi/weil1.html

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«La violencia del tiempo desgarra el alma: por su desgarro entra la eternidad»

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«…el principal apoyo del opresor radica en la rebelión impotente del oprimido»

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«…el peligro más grande no es la tendencia de lo colectivo a comprimir a la persona, sino la tendencia de la persona a precipitarse, a ahogarse en lo colectivo. O quizá el primer peligro no es sino el aspecto aparente y engañoso del segundo.» (Simone Weil. «La persona y lo sagrado», en Escritos de Londres y últimas cartas; p. 23; trad. Maite Larrauri; ed. Trotta. 2000)

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El obvio sinsentido de las guerras: Simone Weil, Spinoza y la guerra civil española

Dice Simone Weil (Carta a Georges Bernanos*), al parecer en el año 1938, y algo después de estar casi dos meses en España, en la guerra civil española: «No sentía ya ninguna necesidad interior de participar en una guerra que no era ya, como me había parecido al principio, una guerra de campesinos hambrientos contra propietarios terratenientes y un clero cómplice de los propietarios, sino una guerra entre Rusia, Alemania e Italia». Volvió a Francia digamos que descompuesta tras ver desatarse la conocida «muerte gratuita» que tanto se da en las guerras…: «Lo esencial es la actitud con respecto al hecho de matar a alguien. Ni entre los españoles, ni siquiera entre los franceses llegados, sea para combatir, sea para darse un paseo —estos últimos con mucha frecuencia intelectuales blandos e inofensivos—, he visto nunca expresar, ni siquiera en la intimidad, la repulsión, el desagrado ni tan sólo la desaprobación por la sangre vertida inútilmente. […] Cuando se sabe que es posible matar sin arriesgarse a un castigo ni reprobación, se mata; o al menos se rodea de sonrisas alentadoras a aquellos que matan. […] Una atmósfera así borra pronto el objetivo mismo de la lucha. Pues no se puede formular el objetivo más que reconduciéndolo al bien público, al bien de los hombres, y los hombres tienen un valor nulo. […] Y bien, esos míseros y magníficos campesinos de Aragón, tan dignos bajo las humillaciones, no eran para los milicianos siquiera un objeto de curiosidad. Sin insolencias, sin injurias, sin brutalidad […] un abismo separaba a los hombres armados de la población desarmada, un abismo semejante al que separa a los pobres y a los ricos. Se sentí en la actitud siempre algo humilde , sumisa, temerosa de unos, en la soltura, la desenvoltura, la condescendencia de los otros. » […] Se parte como voluntario, con ideas de sacrificio, y se cae en un a guerra que se parece a una guerra de mercenarios, con muchas crueldades de más y el sentido del respeto debido al enemigo de menos.» Ay, «las masas»…, lo masivo… Las «atmósferas masificantes». Es como si absorbieran lo que, en sencillo sentido spinoziano, podríamos llamar sentido ético…, es decir, el tratar cuidadosamente con lo que toca a nuestra actitud, o al cuidado de la más mínima posibilidad de seleccionar las afecciones hacia nuestra felicidad…, hacia encontrarnos con nosotros mismos…, hacia nuestro interior…, hacia la realidad. Es como si las atmósferas siempre pudieran tragarse nuestra capacidad de discernir lo elemental…, vapuleándolo…, impidiendo el mínimo trabajo interior que todo humano puede darse como regalo a sí mismo…, en esa para nosotros su tarea esencial: alcanzar una cierta paz interior. En general, «la sociedad», como la guerra, es una condición atmosférica para nuestro ser ético. Las situaciones excepcionales, como esta guerra civil o un partido de fútbol…, lo son, a su manera, y dentro de atmósferas más globales…, y haciendo o no a su vez una posible mella en tales atmósferas más globales (mella que diríamos «política», «económica»…, etc.). Pongámonos racionalistas por un rato, a lo Spinoza (macabro el racionalismo, pero no tanto en Spinoza, que era un pedazo iluminado 🙂 ). ¿Cómo podríamos decir que se justifica, en estos casos de guerra, un asesinato? Pongamos que estamos compartiendo un interés con otros camaradas, en este caso comunistas, anarquistas, etc. Nos une «la salvación de la humanidad», de la República, o el ascenso radical en la posición política del campesinado-proletariado, etc. Esa unión entre camaradas, esa fortaleza digamos «micropolítica», se impone a veces por sobre cualquier otra cosa, aliada como está a «grandes ideales», o paradójicamente sostenida por ellos. Así pues, ya «nos da igual todo», todo es lo mismo, da igual ocho que ochenta: somos de tal o tal equipo, para bien y para mal. Se abre la veda, vamos a la caza de «enemigos», incluso a su tortura «gratuita», etc. Cuando agarremos a alguien, y lo matemos, asociaremos su muerte a la imagen (a algo imaginario, al futuro que no existe) de, por ejemplo, una revolución conseguida, una alianza internacional de proletarios y campesinos, la República conservada…, etc., o en el otro bando: a la imagen de un golpe fascista existoso. Ya estamos, pues, «justificados», estamos en el equipo, estamos en el agenciamiento guerra y hemos tomado partido (vivido como inevitable…): aquí se juega a eso; «la vida» poco importa, el fin es el fin y vivimos alegremente para tal fin, entre camaradas; y tanto, que nos podemos reír, en las comidas, por la sangre que algún «enemigo» vertió hace poco, en nuestra quizá embriagadoramente ampliada categoría de «enemigo». Para Spinoza (según el comentario de Deleuze) sabemos que no hay ni bien ni mal: hay lo bueno y hay lo malo. Spinoza veía el mundo como relaciones de relaciones al infinito; el mundo no tiene «esencias», el mundo no nos pide a gritos que seamos por ejemplo «morales» en el sentido usual; eso de la moral son tonterías, son ilusiones, son imaginaciones locas; el mundo no va así, el mundo es digamos «neutro», y nosotros solo tenemos nuestra perspectiva y nuestro discernimiento selectivo desde ahí (en este «racionalista», ya digo, pero muy «iluminado» ser que era Spinoza…, insistamos); entonces, solo podemos decir…: – esto es bueno, esto es malo…, en el sentido de si nos conviene o no nos conviene (de si establece condiciones para la alegría o de si las descompone, podríamos decir también). Y dice Deleuze**: «será llamada «buena» toda cosa cuya relación o cuyas relaciones se componen directamente con las mías; directamente o con pocos intermediarios». Pone luego el ejemplo del aire: el aire, su relación constituyente, normalmente se compone directamente con nuestra relación (en tanto que cuerpos, nuestra relación o relación de relaciones, esa que «fluye» en, y que constituye, nuestros cuerpos). Una relación constituyente, en la guerra —digamos que muy a menudo «nueva»— es la relación micropolítica de «camaradería». Entonces, ¡ajá! Nuestra relación de «camaradería», ahí, tan orgullosa a veces, con todas sus armas, sus planes e ideales…, etc. (en algunos casos quizá más imaginaria, volátil o «superficialmente» que otra cosa…)… ¿cómo se compone tal relación camaraderil con otras relaciones, en ese acto de dar muerte, más o menos «indiscriminada», a alguien catalogado —más o menos ajustadamente— como «fascista» —por ejemplo, en la guerra civil? Quizá se trate de que yo, en la guerra, cuando mato, asesino, torturo, y luego me río después, comiendo con los camaradas (en realidad sea el bando que sea), creo estar componiendo: – esa relación amistoso-comunitario-camaraderil con «los míos», esa que tiene el noble fin de por ejemplo, visto desde esa perspectiva, ganar la guerra para impedir la arribada del fascismo a la España de los años 1930…, – con la relación que quizá se instituya, futurible, imaginaria (¡oh peligro!, el presente nos queda tan lejos…), tras haber ganado la guerra o incluso derrotar al fascismo en Europa. Éticamente en realidad esto obviamente parecería malo, en la definición de Spinoza. Aún así, a pesar de ser tan claro, de todas maneras no podríamos decir, en racionalistas estrictos: «es el mal». Paradójico, pero… Vamos a ver cómo, muy «racionalmente», si queremos decirlo así, el mundo, en general —obviamente—, no tiene ningún sentido, en absoluto, es pura estupidez, puro disparate, a no ser que nos dediquemos prácticamente solo a «perdonar», y, que con ello, nos escapemos dulcemente de aquí, de la demencia de este universo de destrucción (ya en otra nota hemos visto decir a Weil claramente que aquí no es posible ningún «bien»). Veamos si hay algo «bueno» en el sentido de Spinoza. Las relaciones de la persona que matamos, en el aquí y ahora de tal acto…, se descomponen (no hay composición, siquiera), a la vez que supuesta e imaginariamente componen nuestra relación —en el futuro— con una «nueva sociedad» revolucionaria o con simplemente una España sin fascismo y con una República conservada. Creemos —imaginariamente— que descomponiendo esa relación descomponemos la relación del fascismo, o algo así de confuso, mil cosas así de confusas. ¿Eh? ¿Es que vemos aquí algo «bueno», algo que componga sus relaciones directamente, o con pocos intermediarios, con nuestras relaciones? Uf. ¿Nuestras? Digamos que son nuestras ya las relaciones de camaradería con los compañeros o también las de la República, las de la democracia. Si acaso, lo que inmediatamente se da es un cadáver que, muriendo, descompuso sus relaciones constituyentes para con ello, luego, quizá, provocar o hacer (re)constituirse, en mí, la camaradería (para componer y recomponer relaciones camaraderiles) con los compañeros del infierno de la guerra, o, del todo imaginariamente, componerse con la relación de la República, conservada imaginariamente mediante el concreto asesinato o fusilamiento de, pongamos, las 12:15 AM, poco antes de comer. Horror, infierno, desastre. ¡Bah!. En general parece obvio, estamos en una gran trampa, la trampa de las guerras. No tiene sentido. No hay nada «bueno» éticamente, en sentido spinoziano…, la guerra es basura. Es absurdo, no se entiende cómo el humano es tan tonto…, a no ser que sepamos ya, como parece que ya sabemos, que todo esto, que el universo incluso…, es nuestro propio sueño; nunca tuvo, tiene o tendrá, jamás, ningún sentido (solo el de perdonar). Ese estilo de guerra, ya tan aparentemente «de otro tiempo», siempre parece que fue eso: engañar sin parar a la gente para que crean estar justificados en su propio envilecerse (mientras tanto, gastando balas, productos industriales…, acicateando la industria…, y mientras tanto…: el capital haciendo los negocios de turno…, etc., etc.). El universo es, aunque parezca muy esotérico decirlo…, pero no…: es nuestra propia estúpida conspiración contra nosotros mismos. Pero es puro sueño, no tiene consecuencias. Así que hemos venido a perdonar, y todo lo que podamos: no hay nada ahí fuera, todo es un sueño, nuestro sueño. __ * «Escritos históricos y políticos» (2007), pág. 253… **  «En medio de Spinoza», Ed. Cactus, pág. 143.

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Una nota «primeriza» sobre libertad:

« …Dos cuestiones distintas para un máximo de libertad: 1º que el individuo tenga la menor necesidad posible de la colectividad; 2º que la colectividad tenga la mayor necesidad posible del individuo, es decir, del pensamiento (puesto que es lo único inseparable del individuo). Emprender la búsqueda, no de la técnica que da mayor rendimiento, sino de la técnica que da mayor libertad: una completa novedad…» (Simone Weil, Cuadernos, p.40)