Huimos de la mente. Todo lo cultural, cualquier institución, tiene una parte de simbolizar tal huida. La alegría de nuestras proyecciones y aprendizajes hacia lo que creemos que es exterior, aparte de ser algo necesario para poder vivir en el universo, siempre tiene un lado de un «disimular»… un lado de un «no afrontar» la realidad. Esto se muestra por ejemplo en ciertos matices de la filosofía posmoderna que tiempo atrás nos capturaron o que capturamos. Ni está bien ni mal. Esto tiene que ver con que toda enfermedad sea mental, y que al universo vengamos en realidad básicamente a enfermar (aunque solo sea por la ilusoria «muerte», pero para empezar por los muchos conflictos que experimentamos desde el estado fetal, y que parece que solo podemos interiorizar al estilo víctimas, pues realmente no hay nada que comprender, no podemos comprender, dentro del útero y en varias etapas de la infancia). Por un lado eso es vivido como liberador, por otro lado a veces la gente necesita volver, limpiar. Todo volver es limpiar pues lo que tenemos en la mente, si nos abrimos, asegura la limpieza. El universo, como el cuerpo, vistos en tanto separación, en tanto símbolo de la separación, son una especie de enfermedad mental.