Algunos esbozos preparándonos para hablar sobre «el miedo no es nada». El amor en realidad tiene que ver esencialmente con una discontinuidad; y, paradójicamente, parece una especie de «arma» para armar la continuidad de la vida [armar: «Sentar, fundar algo sobre otra cosa»]. Y esto ya desde el caso más «carnal» posible, o precisamente ahí, en el caso de un parto, en el cual se daría digamos que la obligación de un cierto «decidir», aunque esto obviamente no se plantea así normalmente en un parto. Pero digamos algo fríamente que, en el parto, en algún momento al menos, nos estaríamos «dejando hacer» por una «actuación» pura de lo que podríamos llamar el operador lógico «o bien… o bien…»: – o acepto, al hijo/a, – o no acepto a la criatura (y ahí, «la naturaleza» y las anteriores actuaciones de dicho «operador», en la mujer embarazada…, ya normalmente han decidido la respuesta: aceptar, incondicionalmente). Y este «o bien… o bien…» va sin mediaciones, no habiendo una tercera posibilidad, estando pues excluida la tercera posibilidad (por eso lo del «tercio excluido», como se suele decir). Aunque…, bien, en este caso de «tener hijos», en cuanto pasa el tiempo…, éste puede irse encargando de superponer «decisiones» o faltas de decisiones suplementarias a la primera decisión incondicional («acepto»), con los mil y un matices posibles de semi-aceptación, es decir, condenando ilusoriamente de tal modo a los cuerpos, condenándolos a supuestas «vidas de víctimas» o de un sentirse aún más víctimas de lo que ya lo es por defecto cualquier recién nacido: siempre una postulada «víctima» de «las circunstancias». Claro que la discontinuidad «física» que ya de por sí supone el parir o ese pretendido «dar un nuevo ser al mundo» sería la garante del aspecto «continuidad vital» —y con lo que cuesta parir a veces… ¿Cómo así? Porque en realidad también por el amor sabemos que esta vida no es lo real, no es la realidad; lo real solamente es el amor…, aunque esto suene muy esotérico-loco… o bien demasiado tajante como para que lo aguanten nuestras muy concretas, relativistas y materialistas mentes, tan casi absolutamente «perdidas». Pero tal frase no es tan tan esotérica-loca si la miramos algo inocentemente. En realidad, en cierto sentido, se está diciendo algo muy muy obvio, ya que, como claramente podemos constatar a diario, los cuerpos no perduran; y, de hecho, quizá nos sea fácil sentirlos como algo no esencial, a los cuerpos, ya no solo por ese su aspecto temporal lineal —del «no perdurar»— sino que son inesenciales porque…: aquí venimos en realidad a des-densificar, a aligerar ese pesado mundo, este cansado mundo del ego, este pretendido «destructivo» mundo-universo del ego… y, precisamente…: proyectando, como mentes, amor, o proyectando-con-el-amor. Así de simple. Es decir, venimos a recordar una especie de «conexión» con la Fuente, con esa Fuente de la cual nunca estuvimos realmente desconectados; solo lo «estuvimos» en nuestra imaginación (tan tonta ella), cuando ésta se puebla de miedos o ataques irrealizantes…, y demás tonterías y bromas de mal gusto con las que el ego adereza su infierno «normal» y «normalizador». Así pues, venimos simplemente a recordar nuestra naturaleza que nada tiene que ver con el universo —o, digamos: a tener reminiscencias, que queda más bonito dicho así :), dicho con palabros más usualmente «platónicos». ¿Son inesenciales los cuerpos para aquella «tarea» del proyectar amor? ¿Por qué? En un sentido lo son. Y tenemos un cierto «cómo», acerca de cuán poco esenciales son (dicho en tono algo «cómico»); tenemos delante de las narices el ejemplo obvio de un recién nacido, que es algo a veces extraordinariamente «feo» (con mil comillas), pero que es sin embargo precisamente el cuerpo sobre el cual se proyecta una cantidad realmente inconmensurable de amor en el universo —no solo humano, a veces también «mamífero», etc. En realidad, el amor es siempre «inconmensurable», y por eso hablábamos de la discontinuidad esencial que es en realidad lo que arma la aparente continuidad de este insulso universo de supuestas leyes que en realidad son más bien puro caos, pese a que intentemos (de nuevo desde el amor, aunque le pongamos muy serias matemáticas, da igual), pese a que intentemos… que el universo sea muy «inteligente», muy «bello», etc. Si el universo «es» cualquiera de esas cosas lo es por nuestra «bendita» proyección, y nada más, pues «ahí fuera» lo que «hay» es en realidad sin sustancia, por ser una despiadada separación ilusoria entre los seres…, cuerpos…, o bien algo que más bien tiene la sustancia de un sueño, de nuestro sueño. Es decir, que en realidad no «hay» nada…, pues lo de fuera ni siquiera «es». Hubo «filósofos» que al parecer querían ver a los cuerpos de «ahí fuera», los nuestros incluidos, en tanto que modos de dos de los atributos (extensión y pensamiento) de la verdadera sustancialidad (‘Dios’), pero eso, por lo que decimos, quedará claro que es intentar combinar lo que no se puede combinar: – la realidad, que podemos caracterizar diciendo que es «amor perfecto», pero que es inefable aunque sea lo único real… – con irrealidad (universo). Así pues, nada podemos esperar realmente de las cosas del mundo en tanto imaginariamente puestas «ahí fuera» por nuestra muy imaginativa y perdida mente. Si creemos en nuestras mentes separadoras, lo «mejor» que podemos hacer —y haremos— en un momento dado es des-esperar (aunque por supuesto que simplemente «desesperar» no es solución a nada; y observemos de todas maneras que nunca está bajo nuestro control aquello que nos permitirá re-esperar de otro modo). Las cosas del mundo, en un nivel, son neutras, están sujetas a los aprendizajes de nuestra proyección, que puede transmutar —digamos— el ambiente general, la atmósfera, en la que se nos presentan tales «cosas» (transmutarlas desde la falsedad (como símbolos de la separación) a ser verdaderas (símbolos del amor y del regreso a la Fuente)). Así pues, desde un cierto punto de vista operativo todo es neutro, aunque no sea nada neutral el hecho de que, como dijimos, por defecto nos parezca que son pura separación, para así no tener que responsabilizarnos de nuestra proyección y seguir haciéndonos las víctimas en la eternidad ilusoria del ego. Pero es necesario que, en un momento u otro, y si queremos ser felices (cosa que tiene que ver con el problema de la discontinuidad esencial), sepamos claramente que ellas en sí son neutras, y que son todas iguales, para así poder proyectar ese «inconmensurable amor» en cualquier situación, cada vez más generalizadamente…, un amor que nos enseña poco a poco que en realidad las cosas en tanto que «del ego» o del miedo no son nada…, son falsas…, y que solo el amor es real o verdadero. Las cosas en realidad son solo lo que nosotros proyectamos sobre ellas porque en realidad son consciencia proyectada por nosotros desde otro nivel de la mente, ese nivel que nosotros venimos aquí, al universo, a olvidar, en sucesivos ciclos aparentes de reencarnaciones ilusorias. Así pues, nosotros proyectamos, potencial y discontinuamente, amor, desde una fuente que no es «solo nosotros» (es decir, que no es el ego). Esto se ve tan tan claro… en el caso del parto…, donde se da aparentemente tantísima «proyección maternal»…, siendo además a veces los niños tan tan «feos» 🙂 …, como dijimos… y a veces tan ruidosos cuando despiertan a la supuesta vida de aquí… o hasta tan «incómodos» 🙂 en su «manejo» (y en la mentalidad que se da muy a menudo en las urbes en esta «precaria» y «sucia» «vida moderna» :)…)…, y todo ello, por supuesto, como vemos, al juzgarlos desde cierta visión banal, que los trata como cuerpos…, una visión donde éstos aún no han recibido la salvífica protección de ese «más allá» que es el amor (proyección-protección que en realidad siempre está actuando —por esotérica que sea). Pero el amor no juzga. Y ya vemos que, el mero hecho de haber juzgado a los pobres e inocentes bebés, ahora mismo, justo en el anterior párrafo, ese hecho ya es algo que nos chirría a todos en nuestra necesaria y justificada consciencia amorosa protectora de «la infancia». El amor no juzga: juzgar es separar, y un bebé parece ser el nobjeto por antonomasia en el mundo. Digamos una pura dualidad alma-ego, a ser acogida y enseñada por nosotros, los incautos que hemos reencarnado aquí de nuevo mil y una veces, en el universo de la separación. Pero esa intención amorosa no juzgadora que convierte todo en «nobjetos»…, en realidad es algo que tenemos siempre a nuestra disposición, para emplearla en cualquier situación. Es particularmente dramática la «bella» situación en que se ve, «subjetivamente» hablando, una madre y/o un padre. Parece que «tienen que» proyectar, o proyectan de hecho, obviamente, una cantidad brutal de inconmensurable amor sobre precisamente aquel cuerpo que parece la víctima por antonomasia, el cuerpo débil por antonomasia, de entre los cuerpos que se presentan en este infame universo —aunque también «neutral universo». Es decir, esta situación del parto o en general del «tener hijos» suscita, precisamente: — la mayor cantidad de amor incondicional, unida a, — la situación percibida de mayor desamparo del mundo. Así pues, con esto tenemos abierta de par en par la puerta y la excusa ideal para que lógicamente a la gente le entre el miedo, pavor (y más en «crisis»): miedo a la carencia: a no tener cómo proteger al niño bien…, así que por tanto se proyectará y planificará desde la carencia y por la carencia…: «tenemos que abrirle una cuenta bancaria»…, pues «mira cómo está la sociedad de mal»…, y «tiene que estudiar una buena y cara carrera en otro país»… Dramático, porque el universo de los cuerpos une precisamente crea la situación más potencialmente miedosa donde también se da en quizá mayor medida eso que en realidad no es de este mundo: el amor. Pero ambas cosas, miedo y amor, en realidad no están en el mismo nivel. Así que ahí tenemos una especie de «gran trampa» del universo-ego. Esto es lo que hay. Y para bien y para mal… ¡esto es lo que nos hemos inventado! Precisamente aquí llega pues el miedo a jugar su partida, con su escolta detrás, una escolta de mucha enjundia aparente: los mil y un «chantajes sociales»…, controles sociales, etc., con que se sazona usualmente «lo social», por ejemplo en los países tan egoicamente desarrollados como, pongamos, son «los occidentales»; y más quizá en estas crisis programadas, crisis que están en el guión digamos que «desde siempre» (pues aquí hemos venido la mayoría en realidad a sentirnos «víctimas» desde que nacemos), donde los sujetos han de vérselas con la paradójica mezcla de las «estructuras de control» —o para el control— con la precariedad en los medios para afrontar tales condiciones —o condiciones estructurales— de base: me refiero por ejemplo al simple hecho de que todo absolutamente todo pase por la mediación-dinero, y más todavía por ejemplo en el caso de una gran ciudad en occidente, cuando tal dinero está sujeto a los vaivenes de siempre, absurdos y planificados por las mismas y casi «intemporales» entidades que estrujan la humanidad ante la mirada de corderitos de las pretendidas «víctimas» que somos todos (¡no hay «víctima» posible! ¡pues en realidad el «ataque» es imposible!). Las situaciones, ahí fuera, los cuerpos ahí fuera, etc., nos dan excusas para ser muy puramente amorosos, pero son solo excusas, aunque haya que mimar a los símbolos-excusas (pues en realidad estamos unidos en el nivel que importa realmente, en el real…, y no hay separación). Ese amor lo podemos sentir siempre con cualquier cuerpo…, aunque claro, esto requiere entrenamiento. ¿Cuál entrenamiento? Uno que parte de algo que tiene que ver con nuestro título: «Una discontinuidad, el amor, que arma la continuidad vital». En realidad no podríamos vivir en este universo (que en realidad es «el falso») si no tuviéramos en la (in)consciencia esa cierta discontinuidad esencial con respecto a la Fuente de todo amor. Esa discontinuidad real en la consciencia potencial nos permite decir un día: ¡se acabó! Y nos permite elaborar el juego de escapada amorosa y feliz de este universo, del despertar, viendo que todo, absolutamente todo, admite solamente dos interpretaciones: amor o miedo; y una de ellas es falsa (la de la separación-miedo). Esto cuesta mucho de realizar como experiencia; es todo un programa. En un nivel general esa discontinuidad esencial es lo que nos permite en realidad vivir, gracias a que lo que refleja tal discontinuidad es el hecho de que la Fuente no tiene nada que ver con este universo y no ha sido afectada por nuestros sueños de miedo y separación. Es decir, la Vida real de las cosas, lo que las anima, su alma, no tiene nada que ver con los cuerpos del universo de la separación. Estos cuerpos son nuestro sueño egoico como mente colectiva confundida, perdida…, pero aquí tenemos la garantía de que es un sueño precisamente por el hecho de que existe dicha discontinuidad esencial entre eso que creemos que es lo real (el universo, que en realidad es solo creencia)…, y la realidad del amor perfecto, la cual no tiene nada que ver con «lo que vemos», y no se ve afectada por el absurdo devenir de los cuerpos en su repetida destrucción, en su despropósito*. Toda elección es una ilusión, pero hay una última elección-ilusión dentro de esta ilusión global…, y por ella parece que vamos a pasar y ya estamos pasando todo el mundo: — o la Fuente (Dios, amor perfecto), — o el ego. Paz y amor ___ * Recordemos que lo que vemos pretendidamente «fuera» solo lo vemos así porque lo creemos así, por duro que suene decir semejante «burrada»; el universo de «fuera» nos puede parecer que es muy lógico o coherente, masivo, grande o apabullante…, etc. Pero… ¡no es real! Solo el amor es real, solo la parte de nuestra mente no afectada por el sueño-universo es lo real…, y los cuerpos son proyección desde otro nivel de la mente donde todos hemos ya aceptado a grandes rasgos nuestro guión, y venimos aquí a escenificar estas muertes por puro miedo a una destrucción que nos hemos inventado nosotros mismos, para no tener que vérnoslas con nuestra verdadera naturaleza, que es amor; y el amor no condena ni condenó jamás.