Toda crianza de un niño es un acto de brujería, magia mental (o, en lenguaje moderno: «programación mental» —co-programación) En ese acto de programación, en mayor o menor medida nos transmitimos nuestras carencias. Si vemos que nos falta algo, proyectaremos. Los padres creyendo que la salvación está en lo externo, proyectarán formas distorsionadas de auto-percepción de sí mismos (formas con las que no se ven como lo que todos somos: amor incondicional); proyectarán y compartirán con la mente de sus niños, a los que programan y reprograman con el beneplácito (afortunadamente no siempre), esas distorsionantes auto-imágenes sobre esas imágenes divinizadas, las que se quieren pizarras blancas, las de esos ídolos con piel de porcelana que son los niños. Pero no somos pizarras blancas, sino que en cierto sentido hemos venido a buscar programación, que nos recuerden nuestro ser-ego identidad.