Diciéndolo rápido, podemos aclaramos mucho acerca de por qué estamos aquí si vemos hasta qué punto todo lo que hacemos es un rechazo de «lo mental». A menudo vemos muy claro que tenemos un auténtico terror ante lo mental, y esto nos alumbra sobre la insustancial sustancia de este mundo. Este miedo está motivado por una realidad que nos cuesta admitir, la del inmenso poder de la mente. Quizá ese miedo lo tenemos cada vez menos, ya que por ejemplo más y más gente está viendo, y desde muy temprana edad, películas como Matrix, etc. O quizá no, y mucho o todo lo de nuestra cultura iría a tener un efecto contraproducente a la hora de no tener miedo ante la realidad de la mente, o la definición más precisa de la mente en Un Curso de milagros: mecanismo de decisión (pues realmente solo podemos elegir, y nada más que dos cosas). En realidad nuestro miedo se explica muy claramente con el curso de milagros en la mano. Hemos elegido ego, en nuestra mente, por defecto. Podríamos decir entonces, metafóricamente, que nuestro miedo es del ego, es el que el ego tiene porque el ego «sabe» que podemos elegir otra cosa, aunque él no «sabe» qué es esa otra cosa, y nosotros sí, pues en nuestro sentir nos podemos ir haciendo más y más conscientes de que hay un «más allá» de toda esta locura de la separación. Por eso, aquí, cuando alimentamos ego, sentimos el tremendo miedo del ego, su miedo a que elijamos otra cosa (pues realmente no somos el ego, el ego y su corte: el deseo de ser especiales, el deseo de ver conflicto y sufrimiento «afuera», etc.). Así, nosotros creemos tener miedo de la mente, pero el miedo es en realidad el miedo que tiene el ego al hecho de que somos mentes que podemos elegir desde dónde ver las cosas, y nada más. El ego tiene miedo a su desaparición, pues su vida solo depende de que lo sigamos eligiendo. El ego tiene miedo de que elijamos «la otra cosa», y al sentir el miedo del ego creemos que tenemos en general miedo a lo mental, al interior, y así, actuamos de acuerdo con esa creencia, orquestadamente, en un mundo de demencia volcada hacia el exterior. Pero como decimos ese miedo es en realidad del ego, es decir, es el de nuestra mente enfocada en el sistema del ego. Y como vimos, nuestra mente no es el ego, sino que puede elegir otra cosa y solo otra cosa. Y como sabemos el curso nos insta a simplificar la mirada para poder salir del infierno realmente, y permitir que nuestra mente se convenza poco a poco de la verdad, de que solamente hay dos opciones, y la del ego nos hace sufrir pero es por la que nos decantamos siempre por defecto, en primera instancia, pues todos una vez aquí nos olvidamos de todo nuestro verdadero ser, de que hay otra elección, y que solo hay otra elección posible. El rechazo Todo se estructura en gran parte entonces en torno al rechazo de lo mental, que coloca fuera lo mental. Y podríamos interpretar que lo hacemos para verlo «fuera», y así darnos la posibilidad de admitirlo; y a la vez podríamos interpretar que lo hacemos para perdernos en el exterior, en un movimiento que a menudo imposibilita integrar que «todo es uno»…, y que nosotros somos la mente que proyecta la materia en cada segundo, y que permite que exista todo esto, empezando por nuestro cuerpo, en una especie de sueño acordado del cual solo se sale admitiendo el principio del que huimos fabricando este «aquí», este universo (principio relativo a que seamos «solo amor», y todas estas cosas de las que hablamos). En realidad es muy simple salir de aquí y ayudar y ayudarse uno mismo mejor y más eficientemente desde otros planos a deshacer el miedo que subyace a la necesidad de «universo»…, pero tenemos mucho miedo y nos es difícil aceptar que sea tan simple. Ese punto de vista nos puede aclarar mucho. En él vemos que todo en la civilización se estructura en función de la evitación miedosa de las capacidades de la mente, de la unión mente-materia. La materia es proyección mental, y cuando crecemos «espiritualmente» podemos acercarnos muy íntimamente a sentir la verdad de eso, aunque no a utilizarla sin más, según nuestro capricho, pues no podemos ni asustar a la gente ni asustarnos a nosotros mismos, ya que todo aquí, en el universo, es solo una especie de programa demente, donde acordamos venir a morir millones de veces en historias falsamente separadas (para poder seguir siendo «yoes», orgullosos seres especiales: seres que «salvan» o que sanan, que hieren o que destruyen… que «aman» o que odian…, etc.). Según parece, cuando nosotros crecemos en el reconocimiento de nuestro verdadero ser, sucede que, si está en el «plan», se nos va a permitir proyectar nuestros cuerpos tan fácilmente como ahora proyectamos —apretando un botón— los cuerpos de luz de los actores de las películas, con un haz de luz. Ese permiso está por otra parte orquestado en el «plan» de servir al propósito verdadero de este universo, así que en dicho plan aceptaremos el ya no ser más «libres» en el sentido egoico del término, el de este mundo donde la libertad es por defecto la libertad de hacernos daño, de «obtener». El universo no es más que una proyección de la que estamos completamente a cargo, aunque aquí vengamos a creernos que no, y para ello pusimos en marcha el reloj infernal del tiempo lineal con sus muy sufridas historias y consecuencias. «¿Cuánto vale esto?» «¿Cómo me queda este vestido?» En las conversaciones familiares navideñas con familiares, o con seres desconocidos o entre gente que no se ve desde hace tiempo… se hace quizá más patente cuál es la base superficial de relación que parece constituir este mundo en un nivel «sociológico». Vemos que muchos humanos nos juntamos en reuniones hablando más o menos nerviosamente sobre «cosas superficiales» que siempre se relacionan con objetos, con «cómo te queda este vestido»… con cuánto dinero cuesta esto o lo otro… Es fácil reaccionar con desagrado a todo eso. Pero, hacerlo, en ese momento, nos desune. Y, como sabemos, el único momento que se podría asemejar un poco a la eternidad —que es lo que realmente somos— es el del presente, si se lo permitimos, en cualquier situación. Así, tal situación es a menudo interpretada con el ego, y puede resultar agobiante por eso mismo, por nuestra interpretación interior más o menos automática. Pero siempre hay dos interpretaciones y solo dos. Tal situación puede ser interpretada pidiendo ayuda al Espíritu Santo para buscar sin ansiedad «otro sentir». Como siempre, nos diremos que nunca sabemos realmente por qué estamos molestos, ya que realmente no sabemos nada y, en realidad, solo hay un problema y solo una solución. Así, todo malestar se reduce a haber elegido la «interpretación ego» en la mente. Esta interpretación consigue otorgar realidad a lo de fuera, a lo que parece estar pasando «fuera». ¿Cómo? Gracias a por ejemplo ver conflicto ahí en vez de ver que todo conflicto es simplemente miedo, y que el miedo es simplemente falta de amor; por tanto, el miedo no es nada, pues una falta no es nada, ya que solo el amor es real. Por otra parte, y para completar, gracias al hecho de que el amor no sea de este mundo todo esto tiene una «solución» real, gracias a Dios :). Nos abrimos así a estar dispuestos a que se nos cambie la percepción, eligiendo que nuestra opción sea la paz y la dicha, y, entonces, puede llegar nuestra aceptación del sutil milagro que será el poder realmente sentir que, en esta ocasión, hemos podido elegir nuestros sentimientos, dejándonos obrar dentro el milagro del cambio de percepción, de un sutil cambio de percepción. Entonces, e incluso al mismo tiempo, vendrán quizá unas espontáneas ganas de «querer participar», sean o no seguidas por nosotros, por nosotros alimentando de nuevo ego. El Amor, es decir, lo que realmente somos o nuestra verdadera naturaleza… lo que realmente queremos o nuestra voluntad… el Amor… es capaz de amarse a sí mismo a través nuestro cuando nos abrimos a ello. Y al Amor no le importa en absoluto el tipo de situación en que nos veamos metidos, Es más, metafóricamente hablando, podríamos decir que el Amor «quiere» poder amarse a sí mismo en la mayor cantidad posible de situaciones en nuestras vidas, y todo para que vayamos llenando nuestra consciencia del sistema de pensamiento contrario al del ego y que sustituirá a éste dulcemente… para que así nos podamos ir demostrando a nosotros mismos, abriéndonos a nuestro impersonal Ser de Amor, que nuestras leyes no son las de este mundo y nunca lo fueron (pues este mundo, incluso, no existe). Es decir, que la conciencia renovada por dicho sutil milagro o cambio, induce ahora a la acción, a una acción que antes se podría ver imposible; induce ahora a una cierta participación en los «infiernos» de las «conversaciones materialistas» :)… conversaciones que en sí no son nada, pues la materia simplemente es una proyección mucho más plástica de lo que creemos (cosa que podéis haber notado ya en vuestro propio cuerpo, una proyección «chiclosa», si habéis meditado… o si hacéis el curso o cualquier otro sistema que os lleve a mirar adentro, a «meditar»… o si simplemente lo habéis sentido en cualquier momento de forma natural. Esa proyección es solo nuestra, en cada instante, y es en sí «neutra» aunque quiso ser en sí solo demente (la veremos como una «demencia neutral» 🙂 ). Como sabemos, teñido con tal neutralidad es como en el fondo un día sentiremos todo, o veremos todo aquí, en este universo, como paso intermedio a poder aplicar el cambio o milagro en nuestras mentes con cada vez mayor coherencia. Aparentemente, con el ego, podría haber quedado todo teñido por nuestra sensación o actitud de «esto es solo absurdo», pues realmente este mundo es demente, dicho sea sin acritud, por intentar demostrar de formas tan irrisorias que somos solo cuerpos, objetos, cuentas, sumas, restas, colores. Es algo realmente gracioso y se siente algo bastante «loco» ver cómo nos publicitamos entre nosotros mismos las marcas, los productos… sin cesar…, gratis…, en el contexto íntimo familiar o en el de amigos y conocidos «lejanos». Son todas esas marcas, firmas, corporaciones, grandes superficies comerciales, etc., en una «vida práctica» en este capitalismo del despiporre tan gracioso y devastador… una vida práctica en la que a veces hasta se hace «necesario» dicho parloteo para poder optimizar nuestra inmersión en la locura institucional destructiva que llamamos «sociedad». Pero, como siempre, todo es para perdonar, en el concepto profundo de perdón, que admite que nunca nada salió de nuestra mente y que lo que ocurre es que simplemente ésta está simplemente equivocada al proyectar todo esto, cualquier mundo, más o menos irrisorio… ya que está equivocada de forma global tras un único error que ni siquiera fue realmente posible «cometerlo» (pues solo Dios es). El hecho de que todo sea sentido como algo tan «superficial» podría incitarnos a pensar que no queremos ser responsables de la fabricación de nuestra realidad en todos los niveles, desde el poderoso nivel mental que fabrica el sueño de universo. Sí, parece que el hecho de que seamos tan «banales» contando objetos, mirando pequeñas arrugas, defectos, precios… en un mundo que se limita a menudo, quizá sobre todo en las ciudades occidentalizadas grandes, y cada vez más… a hablar sin cesar de compras, de productos, de precios…, a relacionarse comprando… nos indicaría que hemos alejado como nunca antes la posibilidad de darnos cuenta de «la verdad», de que solo somos mente proyectando equivocadamente la materia para hacernos sufrir ilusoriamente en historias desgarradoras cuyo protagonista es por defecto, en el desgarro usual, el afán de ser especiales, de conservar el sentido del yo, pase lo que pase «afuera». Pero, a la inversa, podríamos sentir que el hecho de que «exista» esta aparente «banalidad» contiene también la posibilidad de sentir una total des-identificación con lo externo, de pasar a una total identificación con el núcleo interior de nuestro ser, con el Espíritu Santo, con ese ser que es el plan o la guía interior que, seguida con confianza, deshace el miedo cuando aceptamos las intuiciones que vienen de ahí, de nuestro ser más amplio, en todos los momentos de nuestras vidas —y que algunas veces pueden ser directamente una voz. Esas intuiciones, sentires, y en algunas contadas ocasiones también palabras son algo que ya está ahí, aunque no lo escuchemos. Y como sabemos, cuando nos quitemos los obstáculos mentales que cada individuo ponemos ante esa sutil «voz»… todo se nos irá aclarando y se nos irá guiando de forma perfectamente consistente en alguna de estas vidas, cuando así lo volvamos a elegir… guiando… entre la maraña de decisiones que es este mundo.