Vimos un ejemplo traumático de miedo, de ese miedo a sentir, o sea, ese miedo que es a la vez juicio, o sea, juzgar un sentimiento, una emoción (miedo-juicio).
De ahí que la ira/enfado/frustración sea en realidad miedo;
de ahí que esa ira-enfado-frustración dependa de juicios hechos contra nuestro estado de ánimo, contra nuestra alma…
Y claro, luego esas cosas se hacen «grupales»;
o sea, nos agrupamos, o nos atraemos entre nosotros para normalizar o contemporizar;
vamos, que nos hacemos mente-colmena de todo tipo… aviniéndonos entre nosotros para ir contemporizando, o para ir amoldándonos y haciendo componendas con los yoes heridos… entregando así, o poniendo así en un compromiso, nuestra alma, o sea, «nuestro ser real en su esencia real» (esencia que se desbloqueará en algún momento, que no está destinada para bloquearse así);
nos ayudamos en eso que si en las familias, en las instituciones varias, etc., claro.
Parece que normalizamos los miedos-juicios con creencias sobre la vida, sobre las emociones, sobre el ánimo, sobre la naturalidad del miedo…
vamos, que lo llenamos todo de creencias falsas, y que parece que en general se quedan como inadvertidas, ahí, como remaches, pues todos vivimos en ellas;
parece que esa vivencia es como un estado de más o menos frustración, pero de «buena frustración», o sea, la frustración aprobada, sancionada (en el segundo sentido de sancionar), confirmada, legitimada… por «el pobre sistema» (o la familia, etc.).
Así es que ahí están… creencias muy «serias» o «científicas» ellas, a veces… pero que, por lo que se ve, si son falsas es porque en realidad muchas veces simplemente enmascaran esos miedos-juicios, esos en los que vivimos «muy emocionalmente».
El yo herido parece ser esos juicios-miedos, hechos e interiorizados por nosotros muy tempranamente… y también sería todos esos otros miedos/penas/vergüenzas/ira-infantil… todo eso que está por debajo… es decir todo eso que se quedó por debajo de «miedos-juicios», y luego bajo montañas de creencias, que parecen remacharlo todo;
esos miedos, penas y vergüenzas de infancia y uterinas… todo eso que se quedó por «terminar de sentir», por desbloquear… y que es más o menos traumático, pero por lo cual habría que volver a pasar, en esta vida física incluso, si queremos, para resolver la vida de la manera en que, por diseño, podríamos hacerlo ya, o sea, sin tener que «morir» (pues ya sabéis: otra creencia falsa en la que vivimos, aunque a menudo no es expresada… es: «ya me lo solucionará la muerte» ).
A todo esto resulta que se debe el dato de que, toda persona que ataca, en realidad lo hace por miedo… y eso aunque el ataque esté engalanado de ideas, tradiciones, instituciones, nacionalismos, causas justas, o «qué machote soy», o «qué mujerota soy», etc.
Así que las madres y padres, tutores… nos han enseñado a tener miedo-juicio de nuestra alma, como vemos (emociones, deseos, etc.).
Y a nosotros nos toca volver a pasar por esas emociones que condenaron y luego para ser buenitos nosotros mismos condenamos (nos autocastigamos de muchas maneras);
y claro, esas emociones condenadas eran a menudo en realidad sus emociones, las de los adultos, y se les estábamos mostrando (como regalo de las leyes naturales, para que los adultos las vieran y pudieran hacerse cargo del estado real de su alma, para armonizarse con el amor y la verdad tal como los siente Dios, y no tal como el mundo dice que una madre, un padre, un trabajador, una trabajadora, etc., tienen que ser… para cuidarse/amarse, o para cuidar/amar a «sus hijos»).
Y claro, eso es lo que «recordamos» en la línea de la oración del amor divino que habla de «maestros falsos» (esos maestros falsos en que luego todos nos convertimos: maestros de falsedad pura y dura).
Pero, fijaros, esto llega hasta casos claros, físicos, como el de golpear a bebés: ahí, recibiendo esos golpes cuando somos bebés, parece que interiorizamos el «miedo-juicio a sentirnos con pena», con «duelo», (si nos golpean cuando estamos llorando o por llorar, por ejemplo);
será pues un «miedo-juicio» a esa pena que, en general, por ahora sólo los bebés son los que la sueltan más espontáneamente, sollozando en plan puro.
(Esto del miedo-juicio lo puse por ahí varias veces porque en un taller lo dice así Jeśus, miedo-juicio.)