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Vivir en el miedo

Qué genial es empezar a entender por qué hacemos ese gesto, el gesto tan sano de poder «estar con uno mismo», y sentirse más uno mismo «primero»…

Eso que a veces se juzga erróneamente como egoísmo, cuando se dice que «nos aislamos», etc. (aunque el hecho físico de aislarnos se puede emplear de muchas maneras, también efectivamente muy egoístas, claro está).

O sea, me refiero al gesto de «estar con uno mismo», de estar con uno «para lo bueno y para lo malo»… «en la salud y la enfermedad», jajaja… o sea, así como intentando «casarse con uno mismo».

Es pues ese «quererse» uno mismo «primero», pero no en sentido egoísta, sino descubriendo su «sentido no egoísta», cada vez más.

Es el uso de un acto físico para por ejemplo aprender a «aceptarse» todas las emociones; pues si no queremos sentir lo nuestro, y sin remilgos, entonces es como que tampoco podremos sentir «lo bueno de los demás», por ejemplo.

Y si no queremos sentir lo nuestro, tampoco podremos evitar realmente «lo malo», para por ejemplo evitar ser tontamente masoquistas en la vida, etc.

O sea, si no sentimos nuestra esencia personal no se puede apreciar la esencia de los demás, etc. (y parece que esto tiene mucha «lógica sensata», que es muy sensato).

Y digo «sentir las emociones», todas… ya sea que las juzguemos «malas» o «buenas»; pues todo juzgar, todo condenar, no sería bueno, al final… pues bloquearía las emociones dentro de nosotros, y parece que así nos convertimos en seres «retorcidos» por nuestro gesto de resistencia… «retorcidos» y anclados en nuestro propio ánimo herido… y luego, por ello, más o menos envilecidos — y a menudo no queriendo ver lo envilecidos que resultamos o que acabamos en este proceso, gracias a nuestro «comportamiento con las emociones» — .

Hablamos pues de cosas como cuando constatamos que nos viene muy bien salir de ciertos ambientes: por ejemplo sacarnos físicamente de la convivencia con padres, madres, etc.

Eso es a menudo porque así nos libramos de esas «tormentas de miedo obligatorio», esas tormentas donde «aprendimos a vivir» como si nada… pues padres, madres, abuelos… todo el mundo en el «hogar» tenía más o menos normalizado el miedo (e incluso evaluado o validado como un «buen estado de ánimo» —  como lo que hay que guardar, conservar, atesorar incluso — ).

Esas tormentas, entonces, serían especialmente peliagudas en el caso de las madres y padres biológicos… y de todos los demás presentes en «un hogar» (del cual hogar, por cierto, los niños a menudo no pueden salir para por ejemplo aprender a «sólo sentir», etc. — no pueden elegir qué hacer, etc. — ).

Esas serían las «tormentas emocionales» bajo las cuales convivíamos cuando estamos aprendiendo lo más básico en cuanto a, digamos, «ser nosotros mismos» (aprendiendo en gran medida, en realidad y en general, más bien a no serlo, o a des-serlo).

Esas tormentas son de miedos, vergüenzas, etc. Y en gran parte lo que se enseña a aceptar en el hogar como lo normal, es decir, como el estado de ánimo normal (desde pequeños).

Así aprendemos y absorbemos cosas que están en desarmonía con el amor, cosas erróneas en ese sentido. Aprendemos a vivir en lo falso o el error que conlleva tener la actitud de esperar que pasen cosas que en realidad no están pasando… vivir como si estuvieran pasando, etc.

Por eso a veces se siente tanta claridad en el ánimo (alma) cuando salimos de «la familia», etc., donde muchas veces, por ejemplo una abuela continuamente proyecta o bombea sus miedos — miedos a ser ella misma, etc. –.

O sea, ese era el miedo de, pongamos por ejemplo esa abuela, los miedos a atreverse ella a sentir sus deseos bonitos.

Y sería el miedo de esa abuela a sentir los miedos correlativos a esos deseos bonitos; o sea, los miedos concretos que le impedían precisamente cultivar esos deseos, purificarlos, etc.

Y el cultivar «deseos bonitos» redunda en el bien de todos a la vez.

Por ejemplo, un caso que debe ser muy común es el de los abuelos desarraigados de sus pueblos, que van a la ciudad, y que se sentirían (y que no terminaban de sentir y liberar eso)… se sentirían tal como se sentía en gran medida mi abuela: con cierta desazón por la vida dejada atrás, y — tal como lo veo ahora — por no haberla sabido combinar y cuidar, así como compaginándola con la nueva vida (quizá, como digo, en «la ciudad frente al pueblo», donde esta es una diferencia muy acusada, como sucede aquí).

En esos casos, digo, un deseo muy bonito de esos abuelos podría ser quizá el de poder tener una vida más independiente, así como más reconciliada con «las raíces», etc.

Por ejemplo mi abuela tenía ciertos complejos — sobre todo al principio — de haberse ido; «complejos» al parecer desatados cuando volvía al pueblo, relacionados a sentimientos de «traición», de «superioridad»… que en parte eran emociones proyectadas por la gente del pueblo.

O sea, este «deseo bonito» tendría que ver con poder «combinar lo mejor de la ciudad y del pueblo». Y esto es evidente que podría haber beneficiado mucho a la sociedad en general, para irnos ayudando a reconciliar e ir comprendiendo estas desarmonías respecto a la naturaleza… al trato que damos a la naturaleza, etc.

Seguro que en muchos casos de este tipo de «desarraigo con complejos», mismamente se constata con claridad que si hubiéramos desafiado más y mejor los miedos, se hubieran cuidado más y mejor algunas casas, tierras, etc. — por ejemplo — .

Por eso digo lo de que cuando uno es «feliz en sus deseos bonitos», eso beneficia «a todos a la vez», claro.

Parece que en seguida nos podemos dar cuenta de lo beneficioso que resulta para todos perseguir los deseos más «armónicos».

Aunque muchas veces la «gente herida» del entorno (con heridas emocionales), interpretará que la gente que es feliz «es egoísta».

(Este es en parte, y curiosamente por cierto, el «espíritu de envidia» que se proyecta en las difamaciones a Miller y a su pareja, en Australia, con expresiones como «qué bien viven», etc. — como si eso fuera malo — .       Son expresiones que nos muestran cómo se usa el ánimo de los lectores que acuden por ejemplo a periódicos sensacionalistas, a leer mentiras sobre las vidas de los demás, etc. (pues hemos constatado cómo se miente sobre las vidas de Jesús y María Magdalena en Australia). Los lectores confirman así sus miedos aplicándose a lo que quizá llamaríamos envidia. (Recordemos que no existe la reencarnación al uso; es un fenómeno muy nuevo, reciente digamos, y hay unas pocas parejas de almas gemelas más ya «reencarnadas» en este tipo de «reencarnación» que no habría que denominar así)).

Desde pequeños enseñamos a los niños a que vivir en el miedo es lo normal.

Esos son miedos normalmente infundados.

Son también muchos miedos a simplemente sentirnos a nosotros mismos, miedos a sentir nuestro ánimo (penas enterradas, vergüenzas ídem, etc.).

Y parece lógico pensar que vivir en el miedo no es bueno, sobre todo a la larga.

Se comenta que el miedo sería un factor principal que envejece, enferma, etc.

De ahí que, como tanto hemos hablado, sea algo muy usado por la tele, etc., para vender cosas; o sea, de ahí que sea tan «comercial», pues el miedo lo hace todo más inmediato, más predecible, más controlable, etc.

Parece, pues, que el estado de ánimo (alma) se deteriora o degrada si nos resistimos a soltar el miedo (temblar, etc.).

Y esto parece lógico, sobre todo porque la mayoría son miedos infundados, o sea, miedos relacionados con cosas que esperamos que pasen, pero sin tener ninguna razón «física» real para esperar eso.

En eso lógicamente hacen presa, cual «vampiros», tantas industrias de esta sociedad basada en adicciones: aseguradoras, farmacéuticas (que acosan a los médicos tantísimo y que tanto los «tientan»…), etc.

Y es que al nosotros no apropiarnos, al no asumir, al no responsabilizarnos emocionalmente de nuestro ánimo (por ejemplo al no querer temblar o llorar nuestras propias emociones), lo que hacemos es — por lo que parece y estoy comprobando — lanzar fuera las cosas: lanzarlas fuera del ánimo, a que otros se responsabilicen.

Eso es o suena lógicamente egoísta; y eso sería en gran parte «la raíz» de lo que luego se llama «egoísmo», como vimos en estas enseñanzas.

Es como que nos convertimos en antenas emisoras de eso de lo que no queremos responsabilizarnos; y así es como los demás (y los niños muchas veces los primeros… pues ellos sienten más y mejor… junto a los animales, etc.) …así es como los demás, decíamos, y «sin saber lo que está pasando», se ven obligados a hacerse cargo de esas emociones que los adultos no queremos sentir.

Parece que todos hacemos esto mismo en algún grado esto con los demás, así como «sin querer queriendo».

O sea, es como que todos usamos a la gente así como de «cubos de desechos» o «basura», pues arrojamos fuera las emociones que «son desagradables» (esas que juzgamos, condenamos).

Y de este modo, y de una tacada… de una vez, a la vez…, condenamos:

– tanto el alma o ánimo entero nuestro (tanto las cosas buenas en ese ánimo, así como las malas, y no podemos conectar tampoco con lo bueno),

– así como también invitamos a los demás a que hagan ese mismo «gesto interno» (y si son niños pequeños, serán muy susceptibles de aprenderlo, pues son «esponjas» en cuanto a lo que hacemos emocionalmente en la vida).

Este egoísmo vemos que hace que por ejemplo la gente se aísle.

Y es muy gracioso ver esto, porque eso «está muy bien» para poder sentir; o sea, aislarse es algo que nos puede servir para «aumentar mucho lo bueno» en nuestras vidas… a menudo nos puede servir para eso… pues ya se dice que la sanación «empieza por uno» (aunque de paso viene bien aprender a «rezar», etc., ya que estamos comprobando que nuestro ánimo, el alma, fue creada por un ser infinito personal, Dios, que anhela tener una relación de amor con nosotros).

Entonces, qué bonito es poder entender todo esto; o sea, resulta bonito y curioso poder entenderlo como primer paso para «sentir sin miedo»; o sea, a veces, como primer paso para atreverse a desalojar de nuestro «estado de ánimo», del alma… todo eso, todo ese «mal ánimo» o desánimo que a menudo configura en gran medida las vidas.

¿Las vidas? Sí, estas vidas de más o menos «miseria» que llevamos, aunque tengamos «cosas materiales» (tenidas más o menos adictivamente).

Es una miseria que parece que se debe en gran medida a «vivir en el miedo», o sea, a vivir protegiendo miedos en nuestro estado de ánimo; pues esos miedos nos impiden ir purificando y viviendo en los «deseos más bonitos».