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Protegido: Un curso de amor. 31. La naturaleza de la mente   Leave a comment

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Publicado 8 mayo, 2014 por qadistu en amor, discernimiento, ego, verdad

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Protegido: Un curso de amor. 9. El regreso del pródigo   Leave a comment

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Masoquismo y «santidad». Aceptar limitaciones: es el ego quien se quiere perder en los extremos aparentemente expuestos por Un Curso de milagros   Leave a comment

Hummingbird-Violet Sabrewing (Male5) de Young in Panama, en Flickr

Podríamos decirnos:

«eh, tened cuidado con el “masoquismo” y la santidad».

¿A qué viene esto?

En un sentido es cierto que “uno está donde tiene que estar”, y que nos toca “aceptar limitaciones”, etc.

Entonces, la respuesta rápida que podría ser más bien “del ego”, “con el ego”, ante la situación de vida, es esta:

“eh, qué bien, porque «estás donde tienes que estar», ahí, realizando tu trabajo (espiritual, etc.)”.

Pero… sí y no; esto está bien y no está bien; precipitarnos con esas conclusiones puede “estar mal”.

Por un lado sí que es así: el trabajo se puede y se debe realizar con toda percepción que se nos presente, intentando renunciar a los juicios en cualquier situación.

Pero tales “consejos” (“estás bien donde estás y trabaja volviendo a la mente, que es la causa”) bien pueden conducirnos a un grado mayor de tensión y de “masoquismo estructural”. Es decir, bien pueden suponer para nosotros también una enorme trampa para, una vez ahí, no reconocer tensiones, o pretender simplemente tapar nuestras tensiones elementales —las faltas de paz “estructurales” que podemos estar experimentando.

El curso dice precisamente en el Manual que una fase (no lineal) es la de selección: seleccionamos aquello que nos facilite el no creernos este sueño, el desapegarnos de la identificación con el sueño (lo hablábamos aquí).

Un cierto grado de “masoquismo” es siempre nuestro estado por defecto, de primeras, en el universo, una vez nos creemos aquí “vivos” en un mundo de necesidades y carencias.

Así, con el ataque en la mente, con el ego intacto, “regresamos” al universo una y otra vez, a esta “tierra”, a creer que somos cuerpos —bien sea en una vida breve, bien sea por toda la eternidad ilusoria del ego (“reencarnación”).

La “tierra”, efectivamente, implementa el pensamiento de la separación, o escasez, carencia, necesidad… con todo este grandioso aparato de cuerpos tan vulnerables, cuerpos donde pretendemos sumirnos con más o menos éxito en la ciega visión que dice que “principalmente somos cuerpos”, seres necesitados (es decir, por tanto: que nuestra esencia es algo esencialmente vulnerable).

Así, diciéndonos que “estamos bien donde estamos, realizando «nuestro trabajo»” también puede ser que fácilmente nos estemos engañando, y creamos poder libramos de aquel nuestro masoquismo —tan natural en la condición de egos— simplemente por no reconocer y mirar de frente la tensión, el miedo.

Así que está genial este curso de milagros, del que hablamos en este blog entre otras pocas cosas.

Es el ego el que convierte las cosas como el curso —como hace con todo— en cosas a las que atacar, a las que juzgar.

El ego es muy tramposo, se pone a hacer el camino espiritual el primero, siempre el primero, y si no lo hace, juzgará y tirará el libro por la ventana. Tiene infinitas soluciones para su miedo (miedo a que dejemos de elegirle a él y que volvamos a elegir la paz que somos y de forma consistente en la vida).

En definitiva el curso tensa la cuestión de la vida, la de “qué es vivir”, de una forma muy simple, al colocar nuestra atención en estos dos extremos de nuestro inevitable “destino”:

— el polo del irreal destino como egos, un destino que ya habitamos aquí, que ya hemos escogido si es que estamos leyendo esto. Este es el estado que creemos “natural” cuando empezamos nuestras vidas o nuestros caminares “espirituales” o simplemente nuestro natural compartir en las relaciones. Este es el literal infierno del “egoísmo”, el que podríamos decir “ontológico”: un egoísmo que es lo “natural” en este universo, un egoísmo de juicios, proyecciones y negaciones —y que será, por otra parte, aparentemente y en un mayor o menor grado “egoísta” también en el sentido “práctico”, aunque podamos haber elegido quizá inconscientemente ya una parte del posible “antídoto”, de ese cierto antídoto “anti”-egoísmo —a la luz de ese perdón que nos hace más naturales.

— y el polo real de nuestra experiencia total: el de la reunificación con la Fuente, con la intensa dicha que “éramos” ya siempre en una actividad incesante de creación eterna con el Amor que nada sabe de percepción.

Dos auténticos extremos pues: el infierno (este mundo) y el Cielo (el cielo al que vamos a través del perdón a nosotros mismos, y que realizamos a través del perdón en nuestra mente de todas las relaciones, del perdón de todas las fantasías que tienen que ver con nuestras relaciones con la gente y con el mundo). Leer el resto de esta entrada »