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Protegido: Un curso de amor. 31. La naturaleza de la mente   Leave a comment

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Publicado 8 mayo, 2014 por qadistu en amor, discernimiento, ego, verdad

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«El hombre rico», por Jayem (blog de Jayem)   2 comments

imagen corazón en círculo

[Traducción de esta entrada del blog de Jayem, la de hoy nochebuena, 2013.]

Esto obviamente no podría ser más oportuno, en este “Occidente” que somos, con la inmensa culpa que está asociada a la riqueza y al sexo:

Recuerda la parábola del hombre rico que llega al Maestro buscando entrar en el Reino. Caído sobre sus rodillas, implora por su salvación. Los espectadores, dando por hecha la gran compasión del Maestro, anticipan calladamente Su reacción: una mano colocada amorosamente sobre la cabeza del hombre…, unas pocas palabras amables llenas de sabiduría… y la aceptación de este nuevo discípulo.

El Maestro se detiene. La multitud calla. Parece transcurrir una eternidad mientras Él mira hacia el hombre rico arrodillado y quieto a sus pies. Finalmente, habla tan rápida y abruptamente que varias mujeres de la multitud, sorprendidas, emiten gritos entrecortados:

«Ve, vende todo lo que tengas, y sígueme».

El hombre rico mira hacia arriba, bastante sorprendido, pues estaba seguro de que con su acto de piedad iba a conmover al Maestro.

«Maestro —murmura—, he trabajado mucho y duramente para conseguir todo lo que tengo; ¿debo acaso renunciar a mis posesiones más queridas?»

La mirada del Maestro parece clavarse en el hombre. Entonces levanta su cabeza frente a la multitud y dice:

«Resulta ciertamente más fácil para un camello pasar a través del ojo de una aguja, que para un hombre rico entrar en el Reino”.

Abruptamente, el Maestro se da la vuelta y marcha dejando atrás al pasmado hombre arrodillado, quien de algún modo se da cuenta de que implorar al maestro ya es inútil. De repente se siente pobre, muy pobre.

La multitud murmura para sí.

Un hombre que ha estado cerca de la escena, se dirige hacia una mujer que lleva un niño pequeño. Ella le reconoce como el empleado a tiempo parcial de su primo, que posee la tienda de carne justo un poco más allá de la plaza.

«No puedes dedicarte solo a las adquisiciones mundanas. Después de todo, no puedes llevártelas contigo».

Satisfecho con esta interpretación de lo que ha oído y presenciado, continúa su camino.

Cerca de la fuente del pueblo hay un hombre sentado, con pelo largo y barba. Se sienta con las rodillas cruzadas, apoyado en su bastón. Los habitantes se han acostumbrado ya a ver, día sí, día no, esta manera de sentarse ascética, en meditación profunda, a la luz de la luna.

«Cuidado con la tentación de la riqueza —dice.
» Sí, realmente el sacrificio de este mundo es absolutamente necesario».

Contento al pensar que el Maestro habría estado de acuerdo con él, cerró sus ojos. El suave movimiento de sus labios revelaba que estaba cantando los nombres de Dios, los que había aprendido en su peregrinaje a India.

A medida que la multitud se dispersaba, un hombre parecía abrumado con sus tres niños pequeños. A su mujer le costaba seguirles, con su mano en su dolorida espalda, y el vientre grueso con otro niño.

El hombre le habló a su mujer, aunque sería difícil asegurar que le estuviera escuchando. Realmente, así habían estado por un largo rato.

«Bien, fue interesante. Pero el Maestro no quería hablar conmigo. Después de todo, es muy difícil conseguir algo en este mundo despiadado».

Desechando todo esto como irrelevante para su dura vida, él también continúa su camino.

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El camino espiritual precisa de pasos que no pueden ser eludidos. Sabiendo esto, el Maestro miró hacia el alma del hombre rico, y, discerniendo qué era lo real —pero oculto— hizo la revelación de su próximo paso.

En algún punto debemos “ir y vender todo lo que tenemos”. No obstante, esto no tiene nada que ver con objetos materiales. No, puesto que nos aferramos bastante más intensamente a dos posesiones que apreciamos de forma particular. Leer el resto de esta entrada »